Los personajes de Candy Candy pertenecen únicamente a Kyoko Mizuki y Yumiko Igarashi, esta versión del final ha sido hecha sin fines de lucro y por motivos de entretenimiento.

Los días siguientes no cambiaron en nada, ella seguía tratándome como a su paciente favorito y yo disfrutaba de esto. Y a pesar de que ya iba a trabajar, siempre que volvía, trataba de cuidar de mí.

Pese a todo, yo notaba muy bien como luchaba contra sus propios pesares, aunque ella intentaba ocultarlo yo me daba cuenta… sufría por Terry y aunque mi accidente la había distraído, solía quedarse pensativa a veces, perdida en sus recuerdos.

o-o-O-o-O-o-o

Un día después del trabajo llego con una sonrisa de oreja a oreja, salí a recibirla como usualmente lo hacía y antes de llegar a ella, corrió a mí.

—¡Albert! ¡Albert! ¡Stear ha enviado una carta a Patty! —grito girando de alegría.

—¡Pero que maravillosa noticia! ¿está bien? —pregunte yo.

—Por supuesto, dice que viaja gratuitamente en el barco, a cambio de trabajo, y que desea luchar porque la paz siga presente en nuestras vidas… —dijo perdiendo un poco los ánimos.

—Sabes Candy… creo que ya entiendo a Stear… —ella me escucho atenta —él no se fue por capricho o necedad, sino porque quería cuidar de ustedes… cuando me encontraron a mi sin memoria, una de las enfermeras dijo que yo peleaba en el frente italiano… seguramente por una causa similar a la de Stear.

Ella asintió.

—Sí… siempre fuiste muy bueno… —agrego ella.

Luego del accidente que tuve, continuamente iba de visita a la clínica Feliz, para que el doctor Martín revisara lo que quedaba de mis heridas. Además, de tanto frecuentarlo tuve la oportunidad de tratarlo más a fondo y considerarlo pronto un buen amigo.

Curiosamente, hoy era uno de esos días, y después de revisarme minuciosamente, dijo que ya estaba curado. Y que confiaba en que, a partir de ahora, mi memoria no tardara en regresar.

Me vio resoplar con fuerza y dijo —pareciera como si quisieras continuar así…

Yo levante la vista sintiéndome descubierto.

—Lo cierto es que, me da miedo descubrir quién soy realmente…

Él se acomodó el bigote y levanto una ceja —y supongo también, que esa no es la única cosa que te abruma… ¿no es cierto?

¡Vaya perspicacia la del doctor Martín!

—Supone bien... —hice una pausa —en realidad es Candy la verdadera razón…

El doctor no dijo nada en ese instante y se levantó camino a la alacena, saco una botella de alcohol y con una seña me invito un trago que yo denegué.

—Harías bien aprovechando todo cuanto puedas.

Yo me levanté del asiento y dije —así lo hare —luego me despedí y salí de la clínica.

Era verdad lo que el doctor decía, e independientemente de que hubiera entendido o no lo que yo realmente quería decir con eso, su idea era acertada.

No sabía cuánto tiempo me quedaba con ella, mi memoria podía regresar hoy, mañana o hasta en este mismo instante…

Y con esto en mente me dirigí al puente por donde forzosamente tenía que pasar Candy. Me acomode debajo de un farol y me recargue en él para esperarla. No tuve que hacerlo por mucho tiempo pues, a lo lejos divise su hermosa silueta y aguarde ansioso a que me viera.

Conforme se acercaba me di cuenta de que algo le había pasado, no sonreía y más bien parecía estar frunciendo el ceño, pero al verme su rostro cambio radicalmente.

—¡Albert! —grito y yo fui a su encuentro.

—Fui a casa del doctor Martin —le dije sonriendo.

—¿Y? —pregunto impaciente.

—Oh… nada nuevo todavía… pero y tú ¿Qué hacías andando así, con ese aire de vieja? —la interrogue aguantándome la risa.

—¿Me has visto? —dijo apenada —puedes creer que el frutero me llamo señora —hablo dolida —¿acaso te parezco una esposa?

La vi un instante sin decirle nada, muchas cosas se me venían a la cabeza con esa pregunta.

—Hum… para los vendedores, todas las mujeres son amas de casa —le respondí ágilmente, consiguiendo que se calmara un poco.

—¡Ah, bien!

Luego de eso me ofrecí a ayudarle con lo que traía en las manos, al parecer esas naranjas habían sido las causantes de todo este lio.

Al llegar al departamento le propuse hacer un delicioso pan con las naranjas que había comprado y la idea le pareció estupenda.

—¿Qué te parece si me ayudas? —le dije sonriendo de lado —alguien me dijo que eras muy buena horneando el pan.

—¿Quién te ha dicho semejante mentira? ¿acaso fue el mismo sujeto que se burló de mi comida? —pregunto aguantando la risa.

—¡Candy...! si me disculpé contigo —le respondí recordando muy bien a que se refería.

—Lo sé, pero solo te ayudare con una condición —dijo juntando las manos maliciosamente.

—Mmm… ¿Cuál?

—¡Que uses mi delantal como castigo! —exclamo divertida.

—Ya decía yo que no sería nada justa tu condición… —ella solo levanto la barbilla graciosamente —¿acaso me obligaras a usar tu floreado delantal rosa?

Ella se echó a reír —así es.

—Mmm… bueno está bien —acepte derrotado —pero tu usaras el mío.

—¡Sí! —acepto saltando triunfante.

Total, fue corriendo por su dichoso delantal y me lo puso casi cayéndose de risa. Pero lo peor no era eso, sino que descubrimos que el rosa no me sentaba para nada mal.

Siguiéndole la corriente dije y aparentando decirlo de verdad dije —quizás a partir de ahora utilice solo este…

—¡Pero es mi favorito! —se quejó enseguida.

—Quizás… pero me luce mucho mejor a mí que a ti…

Entonces no pude aguantar la risa y ella comprendió que no hablaba en serio.

Después de esa travesura, nos pusimos a preparar los ingredientes. Ella estaba batiendo la masa, mientras yo trataba de encender el horno.

Llevaba ya tantos intentos que el humo comenzó a llenar toda la habitación y sin poder evitarlo ella estornudo, haciendo con esto que un poco de la masa saliera expulsada del tazón y cayera justamente en mi cara.

—¡Candy! —le reclame.

Ella contraria a decir otra cosa, estallo en carcajadas. Yo la veía intentando estar molesto y esto solo ocasiono que su risa fuera más aguda.

—¡Candy! ¡Candy! ¿quieres dejar de burlarte de mí?

Ella me miro intentando controlarse con todas sus fuerzas, pero le fue imposible. Otra vez la risa le ganaba.

Yo me puse aún más serio, como si de verdad esto no me hacía nada de gracia, aunque en realidad bien sabemos que me moría de risa también.

—Per… per… perdón Albert, no fue mi intención —dijo calmándose un poco.

Entonces ambos nos miramos y de nuevo nos reímos juntos.

—Anda ya… ayúdame a limpiarme ¿quieres?

Ella dejo el tazón en la mesa y fue por una servilleta, y con cuidado retiro la masa de mi cara.

Estábamos cerca de la ventana y aunque estaba atento en ella, me pareció haber escuchado algo inusual afuera.

—¿Qué pasa Albert? —me pregunto asomándose a la ventana conmigo.

—No, nada... creí escuchar algo.

Ella se asomó de nuevo y solo comprobó que, en efecto, no había nada.

—Quizás era un búho…

—Sí, quizás…

Sin prestarle más atención a ese inconveniente, terminamos de hacer el pan y lo metimos al horno. Después nos apuramos a recoger todo el desastre que habíamos hecho por estar jugando.

—¡Candy, no deberías echar el agua del jarrón por la ventana! —la reprendí.

—Lo siento, es más cómodo de este modo.

—¡Que holgazana! ¡decir que el fregadero está justo al lado! —sí, ella no tenía remedio.

—Tendré más cuidado —dijo y salió huyendo para que no le dijera nada más.

Iba a salirse de la cocina, cuando el guiso comenzó a hacer ruidos extraños.

—Albert, ¿podrías sacar los platos? Voy a ocuparme del guiso.

Yo me puse a hacer lo que me dijo y apenas salí de la cocina para preparar la mesa, ella grito y el sonido de algo cayendo al piso me hizo girar rápidamente.

—¡Candy! —la llame, evidentemente preocupado.

—¡El guiso ha intentado atacarme haciendo un ruido enorme!

—El fuego estaba demasiado fuerte… —le explique yo.

Y con el rostro rojo de vergüenza dijo —¡podemos decir que no soy muy diestra para preparar el guiso.

Yo no pude evitar recordar lo que me había hecho hacer hace rato —¿solamente el guiso? —le dije guiñándole un ojo, ella se puso aún más roja —bien, yo hare el resto. Puedes sentarte, Candy.

La cara de vergüenza había desaparecido y una de tristeza se figuró en su lugar.

—Tengo la impresión de que jamás seré una buena esposa…

Yo la escuche sorprendido, nunca pensé que eso en verdad le preocupara.

…Eso no es cierto, Candy. Serás una excelente esposa… algún día… eres tan gentil incluso con un desconocido como yo… no será que con tu dulzura y vitalidad…

¿Qué era lo que estaba pensando? ni siquiera podía ofrecerle algo siendo un hombre sin pasado, que sólo podía entregarle un futuro incierto…

Quizás tenía esposa o hijos, y yo aquí enamorándome tontamente de ella.

Sí, tenía que aceptarlo… la amaba; y ese tal Terruce era un maldito afortunado, pues ella aún seguía pensando en él, aunque intentara ocultarlo…

o-o-O-o-O-o-o

Estaba en la cocina haciendo otra vez la limpieza cuando Patty llego a visitarnos.

—Hola, señor Albert —me saludo —¿puedo ir donde Candy?

Yo abrí la puerta y deje que entrara —está en su habitación, si no me equivoco.

Se metió enseguida y las escuche hablar sobre un regalo de parte de Stear, Pupe que estaba conmigo salió corriendo en dirección a la habitación lleno de curiosidad y yo me pregunte que era ese dichoso regalo.

De la nada, escuché un sonido bastante raro y fui corriendo a ver qué era lo que sucedía. Al entrar lo primero que vi, fue a Candy tirada en el piso, con un casco extraño en su cabeza.

—Candy... —le dije sin saber si reírme o reprenderla.

—Albert…

Patty tratando de evitar que les dijera algo, tomo la escoba con prisa e hizo como si barría.

—Voy a hacer la limpieza —dijo, ¿acaso yo parecía tan malo como para retarlas?

—Debimos probarlo afuera… —agrego Candy.

No quedo de otra, que ayudarlas a recoger todo lo que habían desordenado, por suerte Candy no estaba lastimada y solo fue un susto lo que nos causó. Stear como siempre, continuaba haciendo inventos fallidos… ni porque estaba en la guerra perdonaba.

El día siguiente parecía ser como todos los demás, me levanté cuando Candy y la despedí por la ventana antes de marcharse al hospital, por mi parte, aún faltaba un poco de tiempo para irme a trabajar.

Cuando se llegó la hora, tome a Pupe y nos fuimos. El día iba bastante ajetreado por ser fin de semana, las mesas estaban llenas y los platos sucios llegaban a cada momento.

Esta pues haciendo eso, cuando de un de repente una sensación de nauseas me hizo dejarme caer en el piso, mis compañeros al verme en ese estado se acercaron para auxiliarme. Tenía unas terribles ganas de vomitar y me dolía la cabeza…

Pero, ¿qué me pasa?

Pupe…

Pupe… ¿Dónde estás?

Esto me duele… me duele…

El dolor aumentaba con cada segundo, sentía como si mi cabeza fuera estallar en cualquier momento y lo único que podía pensar era en mi mofeta. Puse mis manos en mi nuca intentando controlar un poco el dolor, por mínimo que fuera, pero era imposible.

…Me siento aspirado en un remolino…

Todo daba vueltas, mis compañeros totalmente asustados, sin saber que más hacer me cargaron y me llevaron a la parte trasera de la tienda.

Luego de eso supongo que de nuevo me quede inconsciente… mis compañeros al ver que había despertado rogaron a mi jefe que me dejara marchar a casa, y pese a que eso era lo que debía hacer, ahora me encuentro aquí tirado sobre la hierba…

—¿Qué hacemos Pupe? El día declina…

Cuando me desperté en la bodega del restáurate, en un principio no sabía en donde me encontraba… tenía la impresión de haber dormido mucho… y luego la primera cosa que recordé fue esa linda cara llena de pecas…

Hay Candy… nos encontramos en tantos lugares… cuando te caíste de la cascada, cuando Anthony murió, después en Londres, y luego te envié una carta desde África, luego cuando me fui voluntario… y después el accidente… Chicago…

Ahora que recobre la memoria… ¿podré continuar viviendo contigo?

Paciente y enfermera… eso era lo que me permitía vivir contigo hasta hoy…

Finalmente, lo que tanto me temía estando amnésico, llego… Me pesara tanto tener que dejarte.

Sobre todo, ahora que sé, que aun habiendo perdido la memoria volví a enamorarme de ti y peor aún… más profundamente…

Estaba divagando en mis recuerdos cuando Pupe me hizo salir de ellos, por el momento debía regresar al departamento y encontrar el mejor momento para irme…

Me levante de donde estaba y camine aun un poco confundido el resto del camino, al llegar vi que todo en el departamento estaba a oscuras.

…¿Candy no ha regresado todavía?... pensé.

Encendí la luz de la habitación para cambiarme de ropa cuando miré a Candy en el suelo.

—¡Candy! —la llame, pero ella al parecer estaba dormida sobre un montón de periódicos… ¡oh dios! Eran los periódicos que había estado ocultando todo este tiempo para que ella no se sintiera aún más mal… finalmente los había descubierto… debí haberme deshecho de ellos cuando pude… ahora ya era tarde.

—Debes tener ganas de ir a socorrerlo, de consolarlo… pero no puedes… —¿lagrimas? —Perdóname Candy —dije tomándola entre mis brazos para llevarla a su cama —las había escondido pensando que podrían entristecerte, pero hubiera sido mejor que te los mostrara…

Su cabello era tan suave y lucia tan vulnerable, sin poder evitarlo mi mano fue hasta sus mejillas y le enjugue las lágrimas…

Candy has sufrido tantas penas… en serio, no sabes cuánto me gustaría hacerte feliz…

Dejé que descansara y fui a donde estaban los periódicos, a hacer lo que debí hacer desde un principio.

Me acerque a la ventana, habían pasado tantas cosas en un solo día. No podía dejarla en estas condiciones, no así… necesitaba quedarme un poco más de tiempo… tenía que callarme por un poco más, la vuelta de mi memoria…

Ya era un poco noche y no quise hacerla levantar, era mejor que se durmiera, sobre todo porque si mal no recordaba mañana tendría guardia nocturna.

Durante todo este tiempo que llevaba viviendo con ella y durmiendo en la misma habitación, no me había sentido como ahora… ella descansaba justamente en la cama de abajo y yo debía subir las escaleras… aunque esto era una gran bendición… a veces más bien parecía ser una tortura.

Ya estaba lo suficientemente dormida, como para no sentir que Pupe se había acomodado justo al lado de ella. Me asomé y pude verla como nunca antes me había atrevido… la luz de la luna la hacía parecer un hada… mágica e imposible…

Volví a acomodarme en mi sitio… acomode mis brazos justo detrás de mi nuca y me puse a pensar nuevamente en lo que haría. Llevaba ya más de un año perdido y George seguramente estaría más que preocupado… eso sin contar que la tía Elroy posiblemente también ya sabía de mi ausencia, era inevitable ocultarla luego de tanto tiempo.

Mañana luego de que Candy se fuera… buscaría la forma de ponerme en contacto con George… de nuevo tenía que empezar a hacerme cargo de mis obligaciones, además de que, también tenía que ir al restaurant y agradecer el tiempo que me brindaron ese humilde trabajo de lavaplatos.

Quien diría que mi entrenamiento consistiría en perdidas, guerras y alegrías… ahora plenamente consciente, estaba de acuerdo en que moralmente había crecido. El miedo que tenía antes de recobrar la memoria se había desvanecido, no era un criminal, tampoco un trotamundos… pero, a pesar de todo, la sencilla vida del Albert amnésico era mejor que la mía…

o-o-O-o-O-o-o

Ya por la mañana esperé impaciente a que Candy se marchara, inusualmente se había levantado un poco más tarde de su hora de entrada e indudablemente me di cuenta de que algo le pasaba. La despedí desde el comedor y le advertí que tuviera cuidado.

Luego de cerrar la puerta, me fui a asomar a la ventana para corroborar que ya iba algo lejos. Me regrese al comedor y saque la carta que había ocultado bajo mi periódico del día. Por seguridad no podía ir personalmente a la mansión a decirle a George o a mi tía que me encontraba bien, por el momento debía hacerlo por carta y citarlo en algún lugar privado.

Metí la nota en el sobre, y puse los últimos datos, era obvio que en cuanto viera la caligrafía sabría que era yo. En serio me apenaban todas las molestias que seguramente le cause en mi ausencia.

Salí pues a enviar la carta y luego de llegar a la oficina de correos, me dirigí al restaurante como había dicho.

Mi jefe, a pesar de que yo desempeñaba un trabajo simple me suplico que me quedara, incluso ofreció una mejor paga con tal de que lo hiciera… por desgracia tuve que negarme, si me ponía en contacto con George lo más seguro era que me entrevistara con él todos los días, y ahora sí, preparara todo para mi presentación en sociedad.

Dudando un poco fui con el doctor Martín, no sabía si decirle que había recobrado la memoria, pero al final termine haciéndolo… sabía que podía confiar en él. Pero por seguridad, aun así, me reservé la información sobre quien era realmente yo, y solo le dije que ya no había nada de qué preocuparme.

Ya que él iba en dirección al parque y yo planeaba pasar también por allí, nos fuimos juntos. Íbamos en medio de la cháchara cuando nos topamos con tambores y payasos de un circo… al instante recordé los animales que había salvado en Londres… ¿Cómo estarían?

Íbamos tan distraídos que casi chocamos con una rubia señorita que casualmente se parecía mucho a mi pequeña Candy…

—¡¿Candy?! ¿Qué haces aquí a una hora así? —le pregunte al darme cuenta de que efectivamente era ella.

Ella se giró apenada, ya sabía yo que algo sucedía.

—¡Albert, doctor Martin!

En ese momento hubo un incómodo silencio que solo el doctor Martin pudo disolver.

—Si te paseas por aquí a estas horas, es que has debido hacer una tontería y te han despedido del hospital, ¿no? —dijo el doctor en tono burlón.

Ella me miro a los ojos, no sabía cómo explicarse.

—¿Es verdad Candy? —le pregunte queriendo saber la verdad. Según yo, no había ninguna razón para que fuera despedida… a menos de que…

—Eh… sí… de hecho… —iba a decirme la razón cuando un gran alboroto se escuchó a unos metros de nosotros, luego un fuerte rugido me erizo la piel…

—¡Por allí! ¡se fue por allí! —gritaron los sujetos detrás de los arbustos.

Sí, era un león, un fuerte y formidable león… como los de África…

Sin pensármelo dos veces y viendo lo asustada que estaba Candy, me hice cargo de la situación.

—¡Ustedes dos, diríjanse lentamente detrás del tronco de ese árbol!

Todo iba bien, el león estaba quieto con la mirada puesta en mí, cuando un grito de Candy saco las cosas de control.

—¡Candy! —ella se había tropezado con una raíz y el león que estaba esperando solo una oportunidad se abalanzó contra ella.

En un acto reflejo, me lance también intentando cubrirla con mi cuerpo, no dejaría que nada malo le pasara. Al instante sentí ese ardor ya familiar… había rasgado la tela de mi camisa y también parte de mí.

Lleno de euforia no sentí dolor y cuando vi como los dueños del león venían a buscarlo dispuestos a tirar a matar me entrometí.

—¡No disparen! —bien sabía yo lo que pasaba luego de un disparo dado en el momento menos oportuno.

Todos me miraron atónitos.

—¿Cómo se llama este león? —pregunte con fuerza.

—¡Dongo, pero no me obedece! —contesto seguramente su entrenador.

—¡Cuerpo a tierra! ¡hay que matarlo! —grito otro de ellos.

…Aaah, no… esa tonta amenaza no…

—¡No dispare! —volví a gritar aún más firme.

Cuando había estado en África y me había topado con aquella leona, ella nunca quiso hacerme daño, contrario a eso, se mostró curiosa e incluso coqueta, este animal no era igual de salvaje que aquellos, pero su instinto y esencia eran las mimas, violencia genera más violencia…

…Dongo, no soy tu enemigo… conozco muy bien tu continente, África… tus semejantes son ignorados por los humanos insignificantes que corren en la naturaleza sin dignarse a mirarla… ¡Dongo… Dongo! ¡No debes morir aquí, abatido por estas gentes!...

—Dongo, eres una bestia brava, ven… Dongo…

Sin saber exactamente como lo había logrado, nuevamente pude salvar la vida de un animal hermoso. Los sujetos me vieron atónitos cuando sin necesidad de armas o de un látigo, hice que Dongo entrara de nuevo en su jaula, se lo llevaron y por el momento mientras George no apareciera, sería imposible rescatarlo.

Saliendo entonces de ese estado de emoción, me di cuenta de que en serio la herida comenzaba a arder más que al principio, Candy entonces se acercó a revisarme, necesitaba al parecer unas puntadas… así que de nuevo nos regresamos a la clínica para que el doctor Martin me curara.

—¡Lo dicho, Albert, eres un chico sagrado! —dijo el doctor Martin riéndose a carcajadas por los nervios —para que ese león entrara gentilmente en su jaula como un gato…

Deje de prestarle atención y me centre en Candy, desde que regresamos, ella había permanecido callada, indague más en su rostro y pude ver como una lagrima resbalaba por su mejilla.

—Hacer… hacer una cosa tan imprudente… ¡me has hecho preocuparme horriblemente! —me reprendió, dejando que más lagrimas comenzaran a escurrirle como aguacero —creí que el león te mataría… más bien habrías debido huir y dejarme.

Sé que el momento para interpretar las cosas a mi conveniencia no era el más apropiado, pero… lo que decía me recordaba tanto a lo que Susana había intentado hacer… prefería morir antes de que a mí me pasara algo… eso, eso era lo más hermoso que nadie me había dicho…

—Eso me era imposible —le dije acariciándole la cabellera.

—¡Pero si el león no se hubiera calmado, podrías estar muerto! —insistió.

—¿Tú crees? —le dije intentando hacerla reír un poco, pero solo conseguí que se enfadara más de lo que ya estaba —eso me duele, Candy… —proteste al sentir lo fuerte que apretaba el vendaje.

—Es necesario que apriete muy fuerte, sino la venda va a deshacerse en seguida —me contesto bastante seria.

El doctor Martin que nos observaba, vio lo buena enfermera que era mi pequeña y al instante le propuso trabajar con él en su clínica. Para Candy, la propuesta resulto inesperada, pero igual acepto.

Ya me encargaría yo, de saber más a fondo la verdadera razón de su despido.

Ya que los del circo habían dado una buena remuneración por los daños y la ayuda; el doctor Martin mando a Candy por una botella de Whisky para celebrar, bueno en realidad el que terminaría bebiéndose todo sería él, porque ambos nos marchamos luego de que destapo la botella.

Había regresado del mandado callada nuevamente, y yo trate de respetar su silencio… la cena transcurrió de igual manera, no hubo muchas palabras en la mesa como otros días, y era evidente que nuevamente algo le pasaba, y que no tenía que ver con lo del león ni su despido.

Fui a levantar los platos de la mesa y vi cómo se escabullía hasta la habitación… pidiéndole a Pupe que no hiciera ruido me acerque lo más que pude a la puerta, sí… de nuevo lloraba por Terry, baje a Pupe de mi hombro y le pedí que fuera a consolarla.

Como siempre, ella intentaba salir adelante sola.

A la mañana siguiente me mantuve rondando constantemente el buzón, esperaba que para estas horas George respondiera a mi carta.

Candy ya no estaba, había salido a trabajar desde temprano y debido a que en la clínica Feliz el trabajo era bástate, había poco peligro de que descubriera que ya no iba a trabajar de lavaplatos.

Me metí a darme un buen baño y cuando salí alcance a divisar por la ventana que el cartero había llegado, con prisa y cuidado a la vez, rehíce mis vendajes y me vestí.

George me citaba en un lugar no muy lejano, al parecer planeaba que almorzáramos juntos.

Preparé todo… seguro una buena reprimiendo me esperaba.

Al llegar, busque detenidamente su rostro entre los clientes, pero no vi a nadie luego, alguien me llamo por detrás y me pidió que lo siguiera.

—Un señor lo espera de este lado… —dijo un muchachillo indicándome el camino —siga por aquí y gire a la derecha.

Había una puerta algo escondida del resto de la gente, dentro de un pequeño callejón oculto.

George me esperaba en la entrada completamente enmudecido, su cara distaba mucho de querer retarme y aunque ya casi ajustáramos dos años desde la última vez que nos habíamos visto, yo no esperaba ver su rostro marcado por unas cuantas arrugas.

—¡William! —grito abriendo los brazos para recibirme, hacia tanto tiempo...

Era tanta la emoción, que me apretó en la herida, me queje.

—¿Qué? ¿Qué te ha pasado? ¿Cómo lograste regresar? —pregunto olvidando completamente el protocolo.

—George… primero que nada, lamento todas las molestias que te he causado con mis arrebatos, en verdad lo siento… —me disculpe.

—Eso no importa William… lo bueno es que estas vivo… —se quedó callado —durante todo este tiempo la posibilidad de que estuvieras muerto era cada vez más latente, dejaste de mandar mensajes y te perdí el rastro, la señorita Candy estaba perdida y la guerra ya se cocinaba mucho antes de que estallase…

—Contarte la historia completa, sería casi imposible… tu carta avisándome de Candy llego dos meses tarde, yo intente volver enseguida… —agache la cabeza —es verdad, las cosas eran críticas y yo intentando acortar el camino tome un atajo innecesario, iba de Siria a Hungría y solo conseguí que me tomaran como espía, para entonces había sido asaltado y cuando me cuestionaron sobre mis intenciones, no tuve otra opción que mostrar mis papeles… George… no me creyeron, me obligaron a enlistarme en la armada y termine al frente en Italia…

Para entonces George me escuchaba atento, con el ceño fruncido y un gesto de preocupación inevitable.

—No había forma de escapar de eso, si lo hacía podían matarme y cuando tuve la oportunidad salí huyendo a toda prisa, logré abordar un tren de refugiados, todo parecía ir mejor, pero allí me acusaron nuevamente de espía, había una bomba en el tren y… y perdí la memoria.

—William… —susurro él sorprendido, supongo que esperaba una gran historia, pero no una como esta.

—Luego de eso, estuve de hospital en hospital, nadie quería hacerse cargo de mí, no recordaba nada y tampoco tenía algo que me avalara como ciudadano, ya que, si no te lo he dicho, el oficial que me arresto destruyo mi identidad. Todas las noches repetía las mismas palabras, Chicago y America, por esa razón me enviaron acertadamente al hospital Santa Juana.

—Sí… el hospital donde la señorita Candy trabaja…

—Trabajaba... —le dije haciendo énfasis en la palabra —he de decir que, estoy aquí, hablándote ahora gracias a ella, no sé… no sé cómo lo hizo, pero logro reconocerme… lucho contra mis inseguridades y deseos de morir… George… yo deseaba suicidarme, todos decían cosas terribles sobre mí… —hace una pausa —por suerte ella no cedió y me obligo a seguir adelante pese a todo, dejo el hospital solo para cuidarme y desde entonces he estado viviendo con ella en una avenida llamada Magnolia, y… no hace ni tres días que recobre la memoria.

George no sabía ni que decir, pero yo quise dejar muy en claro que si seguía con vida era por ella. En serio le debía todo el crédito, durante la guerra, en el trayecto y cuando perdí la memoria fue mi único motivo para seguir adelante.

No miento al decir que pasamos más de 5 horas hablando al respecto, poniéndonos al tanto y reorganizándonos para a partir de ahora volver a encontrarnos.

—Entiendo que quieras seguir estando con la señorita —hizo una pausa —por el momento me reservare el derecho de decirle a la señora Elroy que te he localizado, eso te dará tiempo para que prepares tu partida.

—Justo de eso quería hablarte… —me recargue en la silla y me incline hacia atrás —no puedo dejarla… no todavía.

—No te preocupes por eso, sabes que cuentas conmigo… ahora por lo menos ya sé dónde estás y sobre todo… que estas en las mejores manos.

—Gracias George… —le dije levantándome de la silla.

—Espera… —dijo extendiendo un sobre que seguramente contenía dinero —tómalo.

—No George, no es necesario… —me negué y caminé a la puerta.

—Necesito que compres un coche para vernos en un lugar más alejado, además no lo hagas por ti, sino por ella… recuerdo bien lo que me dijiste antes de marcharte y el motivo de tu viaje a África…

—Está bien… —lo tomé y me marché de allí.

Por mandato de George, al dejarlo me dirigí inmediatamente a comprar el coche, no debía ser uno lujoso y muchísimo menos ostentoso; era obvio que si me compraba un Rolls Royce sabría que andaba metido en algo.

Por esta razón opte por un coche sencillo y que servía casi de milagro. Eso no atraería sospechas ni, aunque quisiera.

A partir de ahora mis mentiras regresaban, decirle a Candy que continuaba trabajando en el restaurante ya no era una opción viable, así que preferí sacarle provecho al inconveniente del otro día.

Iba sacando mi recién comprado coche de la tienda, cuando afuera de un café, vi a una pareja comiendo un rico helado… la muchacha tomaba la cuchara y le servía a su novio en la boca como a un niño… el hombre por su parte hacia lo mismo… que envidia sentí en ese momento.

Lucían tan enamorados y yo… yo suspiraba por Candy peor que antes.

¿Cómo estarían Laureen y Adelaida en estos momentos? Me pregunte en silencio… haber recordado lo que les hice a ambas por mis tonterías, inevitablemente hizo que la culpa regresara… pero, aunque no me gustara y me avergonzara de ello, todo había sido parte del duro proceso para que yo abriera los ojos.

Si quería a Candy… la edad poco importaba, ya lo había entendido… pero, aunque doliera aceptarlo, ella seguía teniendo ojos solo para Terry… y lo pasado el día anterior lo recalcaba…

Recordaba bien el día en el lago… ese día en que estuve a punto de marcharme y que por suerte Candy me encontró… ese día en el que me dijo que me conocía y que yo le había salvado la vida en innumerables formas…. Y aunque en ese entonces sus palabras me conmovieron enormemente, ahora una pequeña parte de la plática me lastimaba. Esa en la que ella me llamaba hermano…

Para un amnésico que no recordaba nada, escuchar a alguien llamarlo de esa manera, era una luz en la penumbra, pero para mí, ahora que estaba cuerdo, era inaceptable.

No quería… simplemente no quería que ella me viera así. Mis ojos la veían distinto y yo deseaba que ella también lo hiciera… pero… tenía que callarme mis deseos, ella no debía enterarse de ningún modo.

Volviendo a la realidad en la Tierra, pensé en que, aunque mi boca no pronunciara nunca la frase te quiero… mis acciones podían darle pistas de lo que sentía.

Motivado por aquella desconocida pareja, me encamine a la misma cafetería a comprar algo para ella. Desde ahora la cuenta regresiva para dejarla empezaba y pues… debía aprovechar para que la despedida no doliera.

Continuara...

Notas de la autora:

Silvia gc concuerdo contigo, la muerte de Stear es algo innecesario en la historia y supongo que lo más probable era que él siguiera vivo.

Isasi pues como pudiste leer en este capítulo,Albert ya ha aceptado que la quiere... y también es verdad, Terrence no ha tenido mucha participación, porque hasta ahora estoy siguiendo la trama del manga XD

Muchas gracias a Glenda, grau grey, Silvia gc, Yeneli, Rore, Nina, Mary silenciosa, Becky, Skarllet northman, AnMonCer, Locadeamor, Glen, HaniR, Sol, Isasi, Stormaw, Carolina Macias, Love Andrew, Ilovexmas, YAGUI, Mercedes, Lizita, LeslieArgyll, Carolinamaciaslandaeta, Betzy C, Fancya, Roceli, Yeneli, K.e.c.s y Ever Blue, a todas les mando un gran saludo, nos leemos el viernes... ¡lo prometo!