XII – La montaña de fuego
Había dos lunas a caballo sin descanso entre el laboratorio de Akkala y la posta de la Montaña. Link había decidido hacer todo el tramo lo más rápido posible, aunque todavía se resentía de sus moratones mientras se encajaba en la montura. Sus recuerdos también le dolían. Era como si con cada nueva visión tuviera un peso mayor sobre los hombros. No quería tocar la túnica azul que llevaba bien empaquetada en su mochila de viaje. Representaba a un Link que no era él mismo, verla le producía una sensación parecida a la que tuvo cuando se vio montando guardia en la Fuente del Poder. "Estoy ahí, pero no soy yo", pensó Link. También se sentía intranquilo por los nuevos sentimientos que se estaban despertando en su interior. En su descenso de los acantilados de Akkala tuvo tiempo de pensar en el castillo de Hyrule, invisible desde esa región, y no paraba de preguntarse si la princesa Zelda estaría bien dentro de sus delicadas circunstancias. Antes no le importaba… o más bien no le afectaba. Pero después de sus últimas visiones empezaba a preocuparse por distintos asuntos, ¿cómo es posible que ella no tuviera su poder desde un principio? ¿Estaría viva? Esta última pregunta le atormentaba bastante. Habían pasado cien años, una eternidad. Era muy probable que ella se hubiera mantenido como un espíritu atrapado por su propio poder, de una forma similar a Mipha y al rey Rhoam. Y de ser así, cuando él llegase a cumplir parte de la misión que se le había encomendado, el espíritu de la princesa quedaría libre para marcharse al más allá… y él volvería a quedarse solo.
—Tomad, joven. Este es el elixir del que os hablé —le dijo Sitta, una de las dueñas de la posta de la Montaña, en la que se hallaba alojado.
—Y con esto… ¿no me afectará el calor? —preguntó Link.
—Os protegerá por un tiempo. Lo que hacen los viajeros es tomarlo para hacer el camino hasta ciudad Goron. Una vez allí pueden comprar vestimentas adecuadas para el calor de la Montaña de la Muerte. Son cincuenta rupias.
—Tomad… gracias por todo.
Link echó un vistazo a su bolsa de rupias. Ya no le quedaban tantas y su viaje apenas acababa de comenzar. Tendría que buscar una manera de conseguir más para poder afrontar con seguridad el resto de su camino.
Inició el ascenso final a Ciudad Goron nada más despuntar el alba. Preparó víveres en su mochila y tomó un par de sorbos del elixir protector que le había comprado a Sitta. Durante el trayecto observó que el camino era muy impracticable. Había pequeños riachuelos de lava por doquier, y un intento de reconstrucción de las calzadas y caminos. Tablones de metal cubrían el suelo y faroles con lámparas de aceite iluminaban el sendero, pero parecía un trabajo de reparación reciente y sin acabar. ¿Cómo diablos había podido viajar a aquel lugar en el pasado cuando acompañaba a la princesa Zelda? No se imaginaba a una joven como ella caminando en medio de ríos de lava y vapores venenosos, por muy intrépida que fuese. De hecho, no parecía un camino practicable para nadie, desde luego no se podía ir a caballo por la alta temperatura y a duras penas se podía caminar a pie.
Al caer la tarde se topó con un cartel indicador en el que se podía leer: "Puerto III – Mina meridional". Sitta le había hablado de ese lugar. Era el último puerto de montaña antes de Ciudad Goron. Se acercó a un joven goron, fuerte y alto, que se encontraba picando roca a unos pocos metros de la entrada a la mina.
—¡Por todos los pedruscos, un hyliano! —exclamó el joven minero, dejando de cavar para observar a Link.
—Saludos, mi nombre es Link. Me dirijo a Ciudad Goron. Este es el camino correcto, si no me equivoco…
—Así es. Pero no veía a un hyliano por aquí desde… ya ni lo recuerdo.
—¿Acaso no visitan los hylianos la Ciudad Goron?
—Mmm. La mayoría se queda como mucho en este puerto de montaña. Hace demasiado calor para vuestro cuerpo debilucho, no aguantáis la subida hasta la ciudad. Y últimamente apenas llegan hasta aquí los de tu raza… tal vez algún comerciante, pero es raro. Mi nombre es Jengoro, por cierto. Trabajo en la mina desde hace años para abastecer al pueblo de alimento.
—Jengoro, ¿crees que podría seguir a pie hasta la ciudad? —preguntó Link, bastante sorprendido con el panorama que se había encontrado.
—Lo dudo mucho. No es aconsejable hacer el ascenso durante la noche y además… no soportarás el calor con esas ropas. Te consumirás antes de llegar.
Link apretó los puños con frustración. Necesitaba llegar, necesitaba reactivar el motor de la Bestia Divina como fuese.
—No pongas esa cara, hay una solución —dijo Jengoro sonriendo —si te quedas a cenar conmigo y el resto de mineros, te la puedo contar. Es raro ver a un hyliano… será un honor que compartas cena con nosotros.
En la mina meridional había cinco gorons trabajando de sol a sol. Hacía unos diez años que empezaron las excavaciones por ese lado de la montaña y ellos se encargaban de llevar suministros a la ciudad, además de mejorar los caminos. Link compartió fuego y cena de muy buena gana con el grupo de mineros, que le acogieron como a uno más.
— Y dinos, Link, ¿por qué quieres ir a Ciudad Goron con tanta premura? —preguntó el viejo Borunia, capataz de los mineros.
—Necesito hablar con vuestro patriarca. Vengo en nombre del rey Dorphan y el alto consejo sheikah con una misión especial.
—¡Eres una caja de sorpresas, hyliano! —exclamó Jengoro, que devoraba rocas como si se tratase de un jugoso muslo de pollo.
—Si te envía el mismo rey zora debe de tratarse de algo importante. En ese caso me veo en la obligación de ayudarte a llegar hasta nuestro patriarca. Hace muchos años que los hylianos no nos visitan. Para ayudarles a soportar las temperaturas y vapores de la Montaña de la Muerte, nosotros disponemos de unas armaduras especiales para hylianos, son como una segunda piel que les vuelve resistentes —dijo Borunia —El problema es que el mineral con el que las fabricamos es complejo de conseguir. En esta mina hay una veta abundante, pero llevamos meses sin excavar ahí y no disponemos de mineral suficiente como para fabricarte una.
—Vaya… al final todo son inconvenientes —dijo Link, arrojando un hueso de los restos de su cena al fuego.
—Jefe, tenemos que ayudar al hyliano —propuso Jengoro —si ha venido… es una señal. Ya no vienen hylianos por aquí.
—Estoy de acuerdo, Jengo. Pero no podemos parar los trabajos por él. La ciudad quedaría sin reservas de roca para alimentarse, tendrá que esperar —razonó Borunia.
—Tal vez él mismo pueda extraer el mineral —dijo Jengoro —si el hyliano trabaja duro tres o cuatro días seguro que tenemos suficiente roca negra para su traje anti llamas.
—Mmmm. Veamos —murmuró Borunia poniéndose en pie —Link. ¿Puedes levantar aquel martillo?
Link se acercó hasta un enorme martillo de gemas, que descansaba apoyado sobre una roca. Lo agarró por el mango y lo levantó, aunque con cierta dificultad pues era muy pesado.
—Está bien. Pareces fuerte. Si consigues suficiente mineral para tu traje, te lo fabricaremos sin ningún coste, aunque te advierto que no será un trabajo fácil… —propuso Borunia.
—Gracias, muchas gracias —dijo Link, estrechando la dura mano del viejo goron.
El trabajo en la mina era agotador. Desde que despuntaba el alba, todos los mineros se ponían en marcha en las excavaciones, en medio de aquellas altísimas temperaturas. Jengoro dio algunos consejos a Link, para que no se lesionase mientras trabajaba. Él tuvo que desprenderse de la cota de malla, la camisa y la casaca para trabajar a pecho descubierto, pues cada vez que levantaba aquel martillo por encima de su cabeza sentía que se asfixiaba por el esfuerzo y el calor. También se fabricó unos guantes con un material ignífugo que Jengoro le había prestado. Las manos le ardían al empuñar el martillo y pronto le salieron algunas ampollas. No recordaba hacer un trabajo tan duro desde que estaba junto al viejo rey en la Meseta de los Albores, y cada uno de los músculos de su cuerpo y brazos se fue resintiendo al levantar tanto peso durante todo el día.
—Link, creo que ya debes parar por hoy —le dijo Jengoro, acercándose hasta él con una cantimplora con agua fresca. Link la bebió con ansias y luego se echó un poco por encima de la cabeza.
—Me gustaría hacer el trabajo en menos tiempo… como te dije ayer tengo cierta prisa —dijo Link.
—Los hylianos siempre vais con prisa. Nunca os paráis a mirar ni a disfrutar de la belleza de este mundo. Vamos, déjalo… ha sido tu primer día y te exiges demasiado. Ven a descansar conmigo, te voy a enseñar algo que nunca has visto.
Link terminó cediendo. Soltó el martillo en un lado y siguió a Jengoro, que le llevó por un estrecho sendero, ladera abajo.
—¿A dónde me llevas? —preguntó Link.
—Ya lo verás, no seas impaciente.
Llegaron a una especie de valle rodeado de rocas, que curiosamente no estaba relleno de lava ni material incandescente. En su lugar había una laguna de aguas termales, que desprendían un curioso olor a sales minerales de la montaña.
—¿Qué te parece? ¿Alguna vez habías estado en unas termas goron? —preguntó Jengoro con entusiasmo.
—No. —respondió Link. "O puede que sí" pensó para sí mismo.
Jengoro y Link se desprendieron de la ropa y se introdujeron en las aguas cálidas y reparadoras. Link apoyó la cabeza sobre una roca y dejó que toda aquella sensación de pureza llenase cada poro de su piel.
—Es increíble, ya me siento mejor —dijo Link.
—Te lo dije, las termas goron son uno de los grandes tesoros de esta tierra. Tienen un inmenso poder curativo, mañana estarás más fuerte que un toro para poder trabajar, y seguro que acabarás antes para tener la armadura a tiempo.
—Gracias, Jengoro. Lo aprecio de veras.
—Antiguamente muchos hylianos venían a visitar nuestras aguas termales, para curar sus enfermedades.
—¿Cómo es posible que la gente se atreviese a hacer un camino tan peligroso hasta este lugar? Aunque sea para disfrutar de esta maravilla, me cuesta imaginarlo.
—¡Oh! Antes no era así para nada —dijo Jengoro, soltando una grave carcajada —Antiguamente no había tantos lagos de lava ni rocas ardiendo. El sendero era rocoso, pero incluso había algo de vegetación rodeando las rocas, era un camino que hasta los niños hylianos se atrevían a hacer. Pero hace cien años, cuando se produjo el Cataclismo, la Montaña de la Muerte entró en erupción. El colapso fue muy grande… Ciudad Goron quedó arrasada.
—¿En serio? No lo sabía… —se lamentó Link.
—Así es. Muchas familias fueron alcanzadas por el fuego de la montaña y no tuvieron tiempo de ponerse a salvo, muchas vidas goron se perdieron en el Cataclismo y la erupción del volcán. Los ríos de lava destrozaron los antiguos caminos y llenaron los lagos de roca fundida y fuego. Y ahora todo… bueno es como lo ves. A los goron no nos afecta demasiado, pero después de la gran erupción los hylianos dejaron de venir. No todo es tristeza, no pongas esa cara —dijo Jengoro tratando de animar a Link, que agachaba la cabeza con pesar —Ha pasado ya mucho tiempo y nuestras heridas están curadas. Juntos hemos trabajado durante años para levantar la ciudad y las minas. Y lo bueno es que nuevos tipos de minerales surgieron del interior de la montaña. Son muy apreciados por los hylianos y también por las gerudo, que ambicionan las piedras preciosas. Para nosotros no son más que comida pero para el resto tienen un incalculable valor.
—¿Crees que podría hacerme con una de esas piedras?
—Seguro que sí, hay varias vetas cerca de donde estás excavando.
Al fin Link vio una salida a sus problemas económicos, y se sintió tranquilo y reconfortado con la idea de encontrar minerales preciosos y no depender más de la solidaridad de los sheikah en general, y de Impa en particular.
—¡Jengoro! ¡Borunia te busca! —gritó uno de los mineros desde el exterior de las termas.
—¡Voy en seguida! —respondió Jengoro —Link, puedes quedarte todo el rato que quieras.
—¿No te importa que me quede un poco más?
—Claro que no. Te mereces este descanso, nunca había visto a un hyliano tan duro como tú —sonrió Jengoro, guiñándole un ojo.
Link sonrió satisfecho, y volvió a relajarse, concentrándose en su baño relajante. No había imaginado que encontraría un lugar tan placentero en medio de aquel cruel volcán de fuego. Entreabrió los ojos y vio una pequeña elevación de roca que le resultó muy familiar. La había visto antes. Se acercó al borde de la terma, y sacó la piedra sheikah de su cinto. Tal y como sospechaba, una de las imágenes de la piedra había sido tomada desde algún lugar cercano. Volvió a sumergirse en el agua y cerró los ojos, había estado allí antes y tenía que recordarlo.
—No es necesario todo esto, ya te he dicho que estoy bien —se quejó Link.
—Has terminado con todos esos monstruos tú solo y ahora necesitas reparar tus heridas. No sé si te has dado cuenta, pero no eres inmortal —refunfuñó la princesa Zelda, que caminaba delante de él conduciéndole colina abajo. —Aquí es.
Habían llegado a un pequeño lago de aguas termales, rodeado por una pared de roca. Un goron alto y con barba blanca guardaba la entrada al lugar.
—¡Saludos, hylianos! Si quieren disfrutar de una hora en nuestra fuente de agua termal, tengo que decirles que en estos momentos está vacía y disponible para el uso.
—Estupendo, eso es lo que queremos —dijo la princesa —mi amigo ha tenido algunos altercados en el camino hacia este lugar, y necesita un baño reparador.
—¿Altercados? —preguntó el goron, frunciendo el ceño.
—Una horda de moblins nos ha tendido una emboscada —aclaró Link —he tenido que acabar con ellos. Había siete en total.
—¡Oh! Es importante avisar de ello a Daruk. Si los caminos se han vuelto peligrosos tal vez sea necesaria más vigilancia. No podemos permitir que los viajeros sean asaltados o que estén en peligro.
—Yo me encargaré de avisarle, de hecho nosotros nos dirigíamos a Ciudad Goron —dijo Zelda —Pero por hoy, necesitamos descansar un poco… al menos hasta que él se sienta mejor.
—Sin problemas. Os daré un par de toallas y jabones por si queréis utilizarlos. Sólo serán veinte rupias por cabeza.
Link dejó sus armas y ropas en un cofre que el goron le había facilitado. Sin pensarlo demasiado, se introdujo en la terma. De inmediato notó el efecto curativo del agua que se calentaba con el corazón de la montaña, se escoció de sus heridas en un principio pues eran muy recientes, pero al poco la sensación empezó a ser muy agradable.
—Link, ¿estás ya en el agua? —preguntó la princesa Zelda desde el otro lado de una gran roca que había en el centro y dividía la terma en dos mitades.
—Sí… ¿t-tú también te has metido?
—Sí, ya estoy dentro. No podía dejar pasar la oportunidad de tomar un baño. Pero no hace falta que te pongas nervioso, no me voy a mover de aquí, así que puedes estar tranquilo en tu mitad.
—No me voy a poner nervioso —negó él, apoyando la espalda contra la roca.
—No me mientas, claro que sí —dijo ella soltando una carcajada desde el otro lado de la roca. —Eso sí, no se te ocurra decirle a nadie que he venido a las termas goron contigo, y mucho menos a los sheikah. Seguro que pondrían el grito en el cielo por algo tan absurdo, cuando ellos siempre toman baños juntos.
—No diré nada —respondió Link. Entonces cerró los ojos y dejó que el agua cálida y burbujeante hiciera su efecto.
La princesa empezó a canturrear algo mientras chapoteaba con el agua. Link la imaginó usando alguno de los jabones que el goron les había dado a la entrada. Apretó los ojos tratando de no pensar en ella y supo que mientras compartiesen la terma no iba a poder estar totalmente relajado.
—Oye… —dijo Link, pensó que iniciar una conversación le serviría para distraerse. —La primera vez que vinimos a Ciudad Goron apenas me hablabas, ¿te acuerdas?
—Lamento haberme portado así, Link. Pero ahora somos amigos, ¿no querrás que me disculpe otra vez por aquello?
—No, no. Es sólo que… está bien que seamos amigos. —dijo él con torpeza, no pretendía volver a levantar unas ampollas que ya estaban más que cerradas.
—Sí, yo me alegro mucho. Lo único es que no esperaba que tuviéramos que volver a Ciudad Goron tan pronto. Daruk había empezado a manejar mucho mejor a la Bestia, es una pena que el mecanismo se haya desequilibrado tan rápido. Tampoco esperaba encontrar a tantos monstruos en el camino.
—¿Por qué habrá tantos? Antes los caminos estaban casi vacíos…
—Tal vez sea una señal del Cataclismo —dijo ella con un gran deje de preocupación —por eso las Bestias tienen que estar a punto. Y yo… pronto haremos un viaje a otro sitio en el que nunca has estado.
—¿A dónde?
—Lo sabrás a su momento. Aparte de las Bestias y la tecnología, yo también necesito prepararme para lo que viene… por mucho que me cueste. Y eso implica ir a algunos lugares secretos.
—Cuánto misterio… —se burló Link, haciendo reír a la princesa.
—Veo que ya te encuentras mucho mejor.
—Así es —dijo Link con satisfacción.
—Me alegro. Tienes que cuidarte más, Link. Eres demasiado temerario.
Link abrió los ojos y salió del agua. Estaba seguro de que el lugar secreto al que se refería la princesa en su visión, era la Fuente del Poder. El hecho de despertar sus memorias de forma caótica y desordenada en el tiempo le resultó frustrante. Era como intentar resolver un rompecabezas dentro de su cabeza. Lo bueno era que sabía algo más… había una disculpa detrás del cambio de actitud de la princesa hacia él.
Al día siguiente trabajó sin descanso. Sus músculos estaban como hinchados, y mucho más fortalecidos, cada vez le costaba menos levantar aquel pesado martillo, así que puedo avanzar mucho en la excavación. También tuvo la ocasión de buscar algunos minerales preciosos, que guardó con cautela en su mochila con la aprobación de Borunia.
—Has conseguido completar el trabajo en un día menos de lo previsto —celebró Jengoro —se lo debes a las aguas termales.
—Tengo que admitir que así es —sonrió Link.
—Está muy bien, muchacho —dijo Borunia —trabajaremos en tu armadura y podrás ascender a Ciudad Goron. Ven conmigo, me gustaría comentarte algo al respecto.
Link se dejó guiar hasta un pequeño cobertizo desde donde el viejo capataz solía organizar todo el trabajo de la mina. Allí le tomó las medidas para la armadura y le dio algunos consejos más sobre cómo llevarla para estar lo más cómodo posible. Después cambió su gesto, a otro más serio y confidencial.
—No sé si estás informado de esto, si es parte de esa misión para la que te han enviado los sheikah. —comenzó a decir Borunia —pero un peligro se cierne sobre Ciudad Goron.
—¿De qué se trata?
—Nadie lo sabe muy bien. El caso es que uno de los goron más jóvenes, uno llamado Yunobo, se internó hace más de una semana en la zona norte de la cordillera y desde entonces no se sabe nada de él.
—¿Por qué lo hizo? ¿Qué hay al norte?
—La mina septentrional. Es un lugar peligroso porque, aunque las rocas de allí son mucho mejores, la mina está rodeada por el lago Darunia, que es una enorme caldera de lava ardiendo. Yunobo es joven e impulsivo, pero la mina está bien señalizada, debería haber vuelto sin problemas de allí. Nuestro jefe, el patriarca Gorobu está muy nervioso. Él es el padre de Yunobo y está organizando una expedición para ir a buscar a su hijo a la mina del norte.
—Entiendo…
—Link, lo que voy a pedirte es que impidas que Gorobu vaya en persona a la mina. Es un goron viejo y lleva unos años delicado de salud… si tienes ocasión de hablar con él, te pediría que lo convencieses de que no vaya a buscar a su hijo.
—Haré lo que pueda, me gustaría prometerte que lo conseguiré… pero es difícil hacer cambiar de idea a los padres respecto a sus hijos. —dijo Link con seriedad, recordando tanto a su padre como al propio rey Rhoam.
—Para mí es suficiente con que me prometas intentarlo. Gracias, Link.
—De nada.
