Muchas gracias a todas por su paciencia, no recordaba bien el capítulo y no quería narrarlo todo de nuevo xd asique me costó un poco escribir esto. Espero poder recompensar debidamente a su paciencia.

Muchas gracias a todas por sus reviews! No olviden que han sido muy importantes, de no ser por ellos esto no habría continuado, asique supongo que el lema de este fic es: mientras más comentes, más capítulos tendrás (?) jajaja xD esque me encanta leer sus comentarios ! *0* son lo mejor del día


El Choise fue un desastre. Lo único bueno era ver que estaban nuevamente diez años en el pasado.

Haru ya no sabía cómo ayudar, Hibari solo quería pelear y no podía persuadirlo como la otra vez. Ella sabía que Tsuna y el resto debían tomar otra importante prueba, pero sus conocimientos eran escasos. La mantenían al margen por seguridad, eso lo tenía bien claro, aunque no por eso la ignorancia dejaba de ser frustrante.

No quiso abandonar la vieja rutina, todos los días preparaba dos almuerzos y se aseguraba de llegar lo suficientemente temprano como para entregarle el suyo al presidente del comité disciplinario. Ya no comía junto a ella, sin embargo el pequeño lazo aún estaba ahí.

Sentía cierta nostalgia cuando escuchaba a sus padres discutir, ninguno de los dos era tonto y ambos sabían perfectamente por qué su hija llevaba siempre un almuerzo de más. La madre de Haru parecía muy feliz con la idea de que su hija estuviera avanzando con los chicos, mientras que su padre lloraba desconsoladamente al ver que su pequeña estaba creciendo. Era difícil ocultarles la verdad. Cuánto tiempo pasaría antes de que sus vidas comenzaran a estar en peligro.

Al principio no tuvo el valor de entregarle personalmente el obento al guardián de la nube, por lo que se limitaba a dejarlo en la azotea, en el sitio donde él siempre se instalaba a dormir. Con una nota que decía: "Itadakkimasu". Y cuando lo veía irse, se escabullía dentro de la escuela y recogía la caja.

Hasta que un día encontró un mensaje de parte de Hibari: "La comida se enfría afuera".

No le quedó más remedio que arriesgarse a entrar a la oficina del comité disciplinario para dejar el obento. Hibari nunca le agradecía nada, recibía el almuerzo y la dejaba irse. Aunque ella no se molestaba, sabía que él disfrutaba en silencio de la comida, dejar el plato vacío era su forma de decirle que estaba delicioso. No se hacía grandes expectativas, pues ni siquiera dentro de diez años su actitud no cambiaría.

La relación comenzó a cambiar el día en que se realizó la prueba de la herencia de Alaude. Haru se enteró que el guardián de la nube no tenía intenciones de participar, cosa que no la sorprendió, quiso ir a hablar con él pero cuando llegó se dio cuenta que Ryohei ya se le había adelantado.

En momentos como esos era cuando más deseaba saber cómo fue que su yo del futuro conquistó a la solitaria nube.

Como si nunca hubiera llegado, decidió irse junto a Kyoko, ocultando la extraña relación que guardaba con el prefecto. Aunque estar con Kyoko diagnosticaba otro problema: Chrome, no saber dónde se encontraba, la mantenía preocupada día y noche.

Tantas preocupaciones eran agobiantes, la incertidumbre tomaba cada vez más fuerza. El deseo de ayudar de algún modo y no saber cómo.

Lambo e I-pin corrían de un lado a otro frente a ellas, esos dos pequeños siempre conseguían subirle el ánimo, su alegría era contagiosa, había algo en ellos, esa inocencia infantil se expandía hasta el fondo de su corazón. Lambo solo se preocupaba de jugar, mientras que I-pin se desvivía por intentar hacer que su amigo se comportara.

A veces, en vez de pensar en su yo diez años mayor, prefería pensar en el destino de ambos niños. Al igual que Haru, ellos eran parte de la familia Vongola. Solo dentro de una década sabría si la romántica idea de verlos crecer siempre tan unidos se haría realidad.

Diez años era mucho tiempo, ciertamente. Ojalá para entonces consiga ser más útil que en ese momento.

El pequeño guardián del rayo entró corriendo en Namichuu. Haru corrió detrás de él, seguida por I-pin y Kyoko. Algo estaba pasando, algo malo, el peligro se había comenzado a sentir pocas cuadras más atrás.

Alcanzó a Lambo, lo tomó en sus brazos y solo entonces pudo echar un vistazo para ver de qué se trataba.

—¡Oni-san!—gritó Kyoko.

—¡Hahi!—hipó Haru.

Frente a Namichuu había un enorme dirigible lanzando proyectiles en dirección a la escuela. Y de algún modo, Ryohei estaba volando en el aire, bloqueando a los misiles.

Estaba tan absorta en la escena que no se dio cuenta que uno de esos misiles iba en su dirección hasta que este estuvo casi en frente de ella. No tenía tiempo para correr y escapar, no es que huir fuera de mucha ayuda, de todas formas sus pies se habían enganchado en el asfalto y sus piernas no obedecían a la orden de salir corriendo. Solo sus ojos reaccionaron, cerró sus párpados e, inconscientemente, apretó con más fuerza a Lampo contra su cuerpo, preparándose para recibir el impacto. Todo ocurrió en segundos, pero su cerebro aplicó un extraño efecto de cámara lenta que hizo que todo se moviera con más lentitud.

El impacto nunca llegó.

No se trataba de una trampa impuesta por el efecto de cámara lenta. Pasó demasiado tiempo, a la velocidad con la que iba ya debía haberse impactado. Sus párpados se separaron y sus ojos no podían creer lo que veían.

—¡Un puerco espín!—exclamó.

La escena rápidamente fue armándose. Ese puerco espín pertenecía a Hibari, él la había salvado.

Nuevamente todo transcurrió demasiado veloz. De un momento a otro Ryohei rompió el dirigible, un pequeño niño salió antes que se destruyera, Hibari lo alcanzó y antes de darse cuenta. Ambos recibieron su herencia.

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—¡Que bien que todo haya salido bien! ¿No?—preguntó Kyoko, dirigiéndose una cordial sonrisa.

—¡Alto! ¡Pausa! ¡Retrocedan! ~desu. Haru está confundida—respondió la castaña.

—Yo tampoco entiendo mucho, pero se supone que todo salió bien.

La respuesta no logró convencerla por completo.

—Ser una Vongola es difícil~desu. Haru no es lo suficientemente rápida, Haru necesita mejores reflejos—reconoció, y luego agregó—. Kyoko-chan, adelántate.

Haru le entregó a Lambo, quien se había quedado dormido en sus brazos, completamente despreocupado.

—¿A dónde vas, Haru-chan?—inquirió la pelirroja.

Haru ya había emprendido camino de regreso, pero alcanzó a escuchar la pregunta y respondió lo suficientemente alto como para que su voz cubriera la distancia entre ellas:

—Debo agradecerle a Hibari-san ~desu.

La idol de Namichuu recordó la extraña unión que se había formado entre su amiga y el Hibari del futuro, la dedicación que ponía cada vez que cocinaba para él, la sonrisa que traía en el rostro luego de verlo, la ansiedad por ir a visitarlo. Incluso a ella se le partió el corazón cuando vio que esa amistad se había acabado, cuando Hibari de diez años menos reemplazó a su contraparte futurista. Ese día, el aura de alegría en Haru desapareció, a pesar que en su rostro aún había una sonrisa.

—¡Buena suerte, Haru-chan!—gritó Kyoko.

Eso era lo que siempre le decía a Haru cada tarde, antes de que se marchara rumbo a la habitación de Hibari.

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No fue difícil encontrar al presidente disciplinario. Estaba en la azotea, desde ahí veía cómo el resto del comité limpiaba los trozos de metal dispersos por toda Namichuu.

—¡Hibari-san! Haru quiere agradecerle por haberla salvado hoy ~desu—. La recién llegada hizo una reverencia.

El prefecto miró en su dirección, un vistazo fugaz, para cuando Haru levantó su cabeza él ya había cambiado la dirección de su mirada.

Se sintió ignorada, decidió que iba a insistir. Caminó hasta él y se plantó a su lado.

—Si hay algo que Haru pueda hacer para agradecerle...—se paró en medio de la frase, cuando un recuerdo golpeó su cabeza.

—No hay nada de una herbívora que me interese.

Con sus respuestas Hibari solo conseguía atraer con más fuerzas el recuerdo del primer beso que se dieron, o que se darían. Había algo similar en ambas escenas. Sus mejillas se tiñeron de rojo y apartó la mirada para intentar ocultarlo. El prefecto lo notó, a pesar de sus esfuerzos.

Hibari sintió algo extraño dentro de sí, por lo que decidió alejarse, la imagen de Haru sonrojada se había quedado en su mente, como una fotografía que no podía dejar de mirar. Hace un rato había estado deseando degollar al pequeño herbívoro que intentó destruir su escuela, pero repentinamente su ira había disminuido la intensidad.

—Te dije que mordería hasta la muerte a quien te molestara —dijo, y finalmente abandonó el lugar, dejando a Haru sola con su vergüenza.