Disclaimer: Hetalia Axis Powers y sus derivados pertenecen a Hidekaz Himaruya.

Advertencias: Temática slash (hombre/hombre). Diferencia de edad (6 años).


Debido a lo que Antonio me confesó en la tarde y a la cita que tendríamos al día siguiente, el nerviosismo terminó por consumirme, haciendo que durmiera pocas horas durante la noche.

En la mañana me quedé dormido cerca de media hora, pero por suerte Feliciano fue a despertarme antes de irse él al colegio. A veces, y sólo a veces, era bueno tener un hermano menor tan diligente como él. Logré llegar sólo diez minutos retrasado al instituto y tanto Alfred como Lukas se extrañaron por ello, pero sólo Alfred preguntó que qué había pasado.

—Solo me quedé dormido. —Miré más atentamente el rostro de mi amigo, ya no tenía ninguna venda ni rastro de haberse metido en una pelea— ¿Te maquillaste para esconder los moretones o qué?

—Como crees. Estoy acostumbrado a los golpes, desde pequeño, así que me sano realmente rápido. —Al dejar de hablar hizo el signo de victoria con la mano.

—Eres extraño. Y bruto.

—No me llames bruto, ¡y extraño es Iván! Él tampoco tiene más los golpes.

—¿Te has encontrado con él en la mañana? —Asintió levemente con la cabeza. Luego llegó el profesor y debimos dejar de hablar para saludarlo.

El día pasó tranquilo, dentro de lo que se podía llamar tranquilo, teniendo en cuenta las miradas de odio que se dedicaban Alfred e Iván cuando estaban cerca. Bueno, al menos eran sólo eso, miradas, y no golpes.

Cuando las clases terminaron se me llamó por el altavoz, este decía que debía ir a la sala de profesores. Tanto Lukas como Alfred me miraron extrañados.

—¿Qué hiciste esta vez? —preguntó Alfred.

—Oye, que aquí el que siempre se mete en problemas eres tú. —Me levanté de mi asiento y tomé mis cosas— No creo que para cuando vuelva sigan aquí, ¿no? —Ambos negaron— Nos vemos el lunes entonces.

—Nos vemos.

—Que estés bien.

En cuanto salí del salón me dirigí directo hacia la sala de profesores, allí me encontré con la señorita Monika. Resulta que ella me había llamado por el tema de haberme ofrecido para ser ayudante. Me agradeció bastante y me pidió si la podía ayudar ahora mismo, que necesitaba ordenar y buscar algunos materiales para la próxima clase. Sin pensarlo mucho acepté y junto a ella pronto nos dirigimos hacia un salón que funcionaba como almacén donde se guardaban todo tipo de cosas. Luego de buscar y recoger varios utensilios fuimos a dejarlos a la sala donde las clases se impartían, allí los sacamos, pasamos inventario y ordenamos.

No sentí el paso del tiempo, y en un momento de distracción mientras la profesora me conversaba miré hacia fuera por la ventana, esta daba al patio central interior del instituto, ahí vi a dos hombres adultos jugar fútbol, uno era uno de los profesores de educación física, y el otro era Antonio.

Luego de procesar lo recién visto por dos segundos me alarmé, se me había olvidado completamente la cita con Antonio. Miré otra vez por la ventana confirmándome de que era él, sin demora abrí la ventana a mi lado y grité su nombre. Pronto se volteó y al encontrarme con la mirada me sonrió y saludó agitando ambos brazos.

De alguna forma Antonio siempre se las arreglaba para aparecer en los lugares menos esperados.

Me excusé con la profesora y le dije que debía irme, ya que tenía un compromiso. Con una sonrisa en el rostro y sin preguntar nada me dejó ir, prometiéndole que la próxima vez le avisara si es que estaba realmente desocupado como para ayudarla. Le agradecí y me retiré rápidamente. Pasados unos instantes me encontré con Antonio en el patio.

—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunté nada más llegar.

—Hola Lovi —me saludó con una gran sonrisa—. Hoy teníamos una cita, ¿recuerdas?

—Sí... —respondí nervioso. Me sentía culpable por haberlo olvidado— Más o menos...

—Eso pensé. —Sin decir nada más me regaló una sonrisa, que sólo me hizo sentir aún más culpable.

—Lo siento...

Miré de reojo a Antonio, quien tenía una cara de sorpresa, pero pronto desapareció convirtiéndose nuevamente una sonrisa.

—Ay Lovi, no te preocupes.

—Pero es que lo olvidé...

—A cualquiera le pasa.

—¡Pero era algo importante!

—Ya tendremos muchas más citas —dijo y luego me besó en la cabeza.

—¡Oye Antonio!

Me alarmé al escuchar otra voz. Miré detrás de Antonio y vi al profesor con el que estaba jugando hasta hace un momento. De inmediato me alejé de Antonio por lo menos tres pasos.

—¿Qué pasa? ¿No vamos a jugar más? —preguntó deteniéndose a su lado.

—Lo siento Sadiq, pero ya llegó a quien estaba esperando. —El profesor me miró y luego sonrió.

—Tú eres mi alumno. —Asentí con la cabeza— Vargas, ¿no? —Asentí nuevamente— ¿Te ibas a juntar con él? —preguntó esta vez a Antonio.

—Sí, quedamos en salir hoy. —Miró su celular— Pero creo que lo dejaremos para otro día.

—¡Entonces podemos seguir jugando! Necesito dar vuelta el marcador.

—Sabes que eso no pasará —dijo Antonio. Se veía bastante seguro.

—Aún quedan treinta minutos. —Antonio rió divertido.

—No podrás.

—Eso lo veremos. ¡Vamos! Que ya hemos perdido bastante tiempo.

El profesor fue en busca de la pelota que estaba apartada a un lado del patio. Antonio se giró hacia mí y me sonrió.

—¿No te molesta que termine el juego?

—No. Yo salí tarde después de todo...

Repentinamente Antonio colocó su mano en mi nuca y me atrajo hacia él, besándome. Por la sorpresa no alcancé a reaccionar, y para cuando pensé en devolverle el gesto ya se había apartado.

—Mírame ganarle a tu profesor —dijo lleno de confianza.

Pronto se fue hacia el centro del patio también, se colocó frente a mi profesor, y luego de intercambiar unas palabras, comenzaron a jugar.

Caminé hasta el pasillo más cercano y me senté en la cerámica, desde allí me dediqué a mirar como jugaban.

Antonio era realmente bueno. Lograba pasar de manera sencilla y rápida al otro hombre, haciendo varios goles seguidos. Parecía tener total dominio del balón, y si es que mi profesor lograba hacerse con él, al poco tiempo Antonio lo tenía de vuelta.

Me causaban gracia las expresiones de frustración de mi profesor las veces que Antonio anotaba, así como también un agradable sentimiento nacía dentro de mí en los momentos que Antonio sonreía y reía por estar ganando. Pronto el partido terminó, con la obvia victoria de Antonio.

—Es la edad, te digo —decía insistente mi profesor mientras se acercaba junto a Antonio.

—Haha, es fácil excusarse. —Ambos rieron durante un momento— Necesito un baño.

—Si quieres puedes usar los camarines.

—Pero no tengo ropa para cambiarme.

—Yo tengo, no te preocupes —dijo mi profesor—. Tú sólo ve a ducharte. Enviaré a Vargas con la ropa.

—¿Qué? —dije entrometiéndome en la conversación.

—¿Dónde están los camarines? —preguntó Antonio.

—A un costado del gimnasio. De aquí se ven. —Le indicó con las manos y Antonio pareció entender pronto— Vamos Vargas —dijo y comenzó a caminar.

—Eh, pero... —Miré a Antonio, quien sólo sonrió. Luego comenzó a caminar hacia los camarines. No tuve más remedio que acompañar a mi profesor.

Fuimos hasta la sala de profesores, en donde de su casillero sacó jabón, una toalla y una camiseta. Me las entregó y me agradeció. Él se quedó en la sala mientras yo iba hacia los camarines. Al estar fuera de éstos me quedé quieto. Debía entrar para pasarle las cosas a Antonio, pero al hacerlo lo vería desnudo. No es como que no me interesara, pero el sólo imaginarme la escena lograba hacerme un manojo de nervios. Coloqué la mano en la perilla de la puerta, durante varios segundos dudé, hasta que de pronto ésta se abrió y me tiró hacia delante, por el impulso choqué con la persona que había abierto la puerta, que para mi buena -o mala- suerte, se trataba de Antonio, quien estaba sin camiseta pero que aún tenía puestos sus pantalones.

Me apoyé en su abdomen para alejarme, y aunque fue solamente un instante los nervios me llenaron.

—Al fin llegas Lovi. Te estaba esperando. —Sentía mi rostro arder.

—Toma. —Le entregué las cosas, soltándolas inmediatamente luego de que él las tomara— Te... estaré esperando aquí...

—Adentro hay una banca para que puedas sentarte.

—¡Ya lo sé! —solté al instante—. Estoy bien aquí. Sólo apresúrate. —Di media vuelta y me alejé unos pasos.

—Salgo enseguida. —Escuché la puerta cerrarse. Me giré levemente para mirar y lo confirmé. Suspiré cansado.

Al estar sólo y más calmado me apoyé en la pared a un lado de la puerta.

Finalmente no tendríamos hoy la tan esperada cita, y todo por mi culpa. Aunque Antonio dijo que lo dejaríamos para otro día, e incluso que tendríamos muchas más citas.

No pude evitar sonreír y sentirme algo nervioso de sólo pensar en ello. Podríamos ir a comer a algún lugar cualquiera, no me importa mucho donde sea, podríamos pasear luego, tomar un helado, conversar de varias cosas, en la tarde iríamos a ver una película al cine, se crearía un buen ambiente entre los dos, gracias a que seríamos los únicos en la función, además de la oscuridad y todo eso. Incluso podríamos continuar... lo de ayer...

Sentí mi rostro hervir más al imaginar las posibilidades. Me cubrí la cara con ambas manos y me acuclillé para así esconderme más. Lo que había pasado ayer de verdad que me dejó un poco descolocado, pero no había podido dejar de pensar en ello. Maldito Antonio que llega y confiesa todo como si nada importase.

—¡Estoy listo Lovi! —La puerta se abrió y del interior apareció Antonio, con la camiseta nueva, la toalla en el cuello y el cabello aún mojado. Pequeñas gotas caían por su rostro de vez en cuando. Bajó su mirada y al encontrarme en el piso se vio extrañado— ¿Pasó algo?

—¡No! —Me puse de pie en un segundo—. Sólo te estaba esperando. —Antonio me sonrió.

—Vamos a dejarle estas cosas a Sadiq.

Yo sólo asentí y comenzamos a caminar en dirección al edificio. Cuando entramos en el me atreví a preguntar.

—Por cierto... —Antonio me prestó atención—. ¿De dónde lo conoces?

—¿A Sadiq? —Asentí—. Éramos vecinos hace años. Recuerdo que él ya estaba grande pero aún asi jugaba con nosotros de vez en cuando. Sabía que se había titulado de profesor, pero hacía tantos años que no lo veía que se me olvidó. No esperaba encontrármelo aquí. Fue una agradable sorpresa. ¿Es un buen profesor?

—Cuando está de buen humor... Sí. —Antonio rió.

—Recuerdo que a veces tenía mal genio.

—Pues lo sigue teniendo. —Siguió riendo hasta que llegamos a la sala de profesores. Por suerte él aún estaba allí.

Antonio le devolvió las cosas y conversaron unos minutos más. Finalmente quedaron que otro día, cuando estuviese libre, se juntarían y allí Antonio le entregaría la ropa prestada.

—Podrías aprovechar de ver el instituto —recomendó mi profesor. Antonio se vio sorprendido.

—¿En serio?

—Claro, ¿no me habías dicho que estabas estudiando para ser profesor también? —Antonio asintió animoso— Pues podrías darte unas vueltas aprovechando que estás aquí. Si te dicen algo di que vienes de mi parte y ya.

—¡Muchas gracias Sadiq! —dijo feliz. Luego se giró hacia mí— ¿Me enseñarás el instituto?

—Si eso quieres...

—¡Por supuesto!

Antes de despedirnos del profesor, Antonio le agradeció nuevamente, incluso intercambiaron sus correos y números de teléfono para mantener contacto.

—¡Bien! ¿Por dónde partimos? —Antonio estaba realmente animado.

—Por donde quieras...

—¡No lo sé! ¡Como que estoy muy emocionado y no se me ocurre nada!

—¿Entonces estás siempre muy emocionado o qué? —Se giró hacia mí y me miró con fingida molestia.

—¿Estás gracioso hoy, eh?

Rápidamente se me acercó y me atrapó por la espalda, haciéndome cosquillas a ratos, tanto en el abdomen como bajo los brazos.

—Espera Antonio... —Intentaba decir entre risas, pero no me hacía caso.

—Este es tu castigo por hacerte el chistoso.

—¡Está bien! ¡Lo siento, lo siento! —dije apresurado para que detuviera las cosquillas. Pronto lo hizo. Tuve que apoyarme en la pared para recuperar el aire. Antonio me miraba con una sonrisa llena de satisfacción— Idiota...

—Ya sé donde quiero ir. —Me miró para asegurarse de que le estaba escuchando— A la biblioteca. ¿Está abierta aún?

—¿Qué hora es?

Sacó su celular y luego de verlo, respondió—: Las cuatro treinta.

—Entonces si. Tengo entendido que cierran alrededor de las seis.

—Vamos entonces. —Extendió su mano hasta mí. Con extrañeza miré su mano, luego a él.

—¿Qué?

—Vamos de la mano.

—¡¿Eh?! —No me esperaba eso— ¿Por qué? ¿Para qué?

—Tantas preguntas... ¿Para qué...? Pues para que estemos juntos, supongo. Y porque... Porque quiero sentirte cerca. —Sentí mis mejillas sonrojarse— Y porque somos novios, y esas cosas hacen los novios, ¿no crees?

—Supongo...

—¿Qué dices? —Nuevamente extendió su mano hasta mí, pero esta vez si la acepté. Antonio sonrió y comenzamos a caminar.

Ir de la mano me avergonzaba un montón, pero por suerte a esta hora pocos eran los alumnos que rondaban por el instituto, incluso los que participaban en clubes ya deberían haberse ido a casa, así que en ese aspecto era una preocupación menos.

En el camino Antonio miraba hacia todos lados como un niño pequeño emocionado, se detenía a leer los afiches de los clubes y las noticias publicadas en diarios murales por el periódico escolar y el consejo de estudiantes.

—Veo que tienen varios clubes.

—Síp.

—¿Tú estás en uno?

—Nope.

—¿No? —preguntó sorprendido— ¡Deberías inscribirte en uno Lovi! Debes aprovechar tu tiempo como estudiante.

—No quiero.

—Cuando estés en la universidad te arrepentirás.

—¿Lo dices por experiencia propia?

—No, yo participé en varios clubes. Por eso te digo, ¡es muy divertido!

—¿En qué clubes estuviste?

Estuvo un momento en silencio, luego respondió—: En el de fútbol.

—¿Sólo en ese?

—También en el de tenis. De vez en cuando ayudaba a entrenar a los de baloncesto y voleibol.

—¿En serio? —No pude pensar en nada más que probablemente habría sido muy agotador estar en tantos clubes.

—Incluso con Gilbert y Francis creamos un club. Aunque luego lo disolvieron ya que éramos sólo los tres, y no hacíamos ninguna actividad en particular.

—O sea que perdían el tiempo.

—Más o menos.

—Llegamos —dije para luego detenerme frente a la entrada de la biblioteca.

—¿Podemos entrar, no? —Asentí y ambos entramos.

Ya en el interior Antonio se dedicó a admirar el tamaño del lugar y la cantidad de libros que había en él mientras yo saludaba a la bibliotecaria.

—Arthur se hubiera muerto con tantos libros.

—¿Quién es? —pregunté acercándome.

—Un amigo. No lo conoces... No, si lo conoces, pero no creo que lo recuerdes. —Quedé con la duda de si al final lo conocía o no, pero no le di más vueltas— Es muy acogedor —decía acercándose a las estanterías y echando una ojeada rápida a los lomos de los libros—. A Gilbo también le hubiese encantado.

—¿A Gilbert? ¿Alguien como él lee siquiera? —pregunté escéptico.

—Es difícil creerlo, ¿no? —Antonio rió un poco— Pero es capaz de leerse un libro completo en un día.

Antonio se acercó al pasillo principal y se asomó por allí. Una sonrisa adornó sus labios y con alegría me indicó que nos acercáramos a la sección de cuentos, cómics y novelas gráficas, que estaba cerca del final de la biblioteca.

—Apuesto a que te la pasas aquí.

—No vengo mucho, la verdad.

—Hmm. —Al llegar al final del pasillo se sorprendió— Hay gente durmiendo aquí.

—¿A qué te refieres? —Me acerqué y al mirar me encontré con Alfred e Iván, ambos echados sobre una mesa junto a varias pilas de cómics a sus lados—. Idiotas.

—¿Les conoces?

—Digamos que no. —Se me había olvidado que los dos debían estar en la biblioteca. Al instante Alfred se levantó de golpe y miró hacia donde nos encontrábamos— Maldición...

—¡Lovi! —dijo con una sonrisa en el rostro, de inmediato Iván se incorporó también— ¡Has venido por mí!

—Eh... —Me dio mala espina— Que bueno que has venido por él, ¿no, Lovi? —A pesar de que Antonio estaba sonriendo no parecía nada feliz.

Alfred se me acercó y me abrazó como solía hacer. Nervioso miré a Antonio, quien se mantenía impasible, o eso aparentaba al menos. Iván se acercó a nosotros y Alfred me dejó de abrazar, pero seguía afirmándome por los hombros.

—No sabes lo aburrido que estaba. Menos mal que volviste.

Tanto Alfred como Iván se fijaron en Antonio, y como era de esperarse, Alfred, sin ningún tipo de filtro, comenzó a hablar.

—¿Quién es, Lovi?

—Deja de llamarme así.

Antonio se me acercó por detrás, y con aparente delicadeza quitó las manos de Alfred de mis hombros para luego colocar las suyas. Sentía como me apretaba un poco.

—Soy Antonio, y con Lovi estamos-... —Al instante le cubrí la boca a Antonio con mis manos.

No es que me avergonzase de salir con Antonio, es sólo que no quería que Alfred se enterara, porque si él lo hacía, probablemente media escuela también.

Antonio me dedicó una mirada llena de reproche. Le sonreí incómodo como respuesta.

—Ah, Feliciano me ha contado de ti. —Me giré hacia Alfred más que sorprendido. Antonio estaba en las mismas condiciones que yo.

—¿Qué? Explícate. ¿Cómo es que te ha contado sobre él? —Apunté a Antonio con un dedo— ¿Y por qué te ha contado siquiera? ¿Has estado hablando con él? ¿Por qué?

—OK, no debí haber dicho eso...

—Ya lo dijiste, escúpelo ahora.

Confesó que durante aquel día que se quedó en casa de Kiku para su cumpleaños, realmente se habían llevado bien, así que intercambiaron números y correos, desde entonces sólo han hablado a través de esos medios.

Mi entrecejo no daba más de lo fruncido que estaba. Ni el muy idiota de Feliciano ni el estúpido de Alfred se habían dignado a contarme sobre ello, hablando a mis espaldas.

—Ya, ya. Cálmate Lovi —dijo Antonio, luego comenzó a acariciarme la nuca a la vez que enredaba sus dedos en mi cabello.

Increíblemente ese masaje logró relajarme en unos segundos, además de hacerme sentir un poco extraño. Nació en mí el deseo de compartir un momento de intimidad con Antonio, algo como lo sucedido el día anterior.

—Te... salvaste esta vez —dije aún un poco adormilado. Alfred asintió rápidamente—. Sigamos recorriendo el instituto.

—Claro.

—¿Vendrás por mí luego?

—Te puedes ir sólo a casa —dije antes de comenzar a caminar—. Nos vemos el lunes. Adiós.

Logré escuchar unas desanimadas despedidas por parte de ambos, pero no les presté atención. Pronto salimos de la biblioteca y comenzamos a caminar por los pasillos.

—Tus amigos son... diferentes.

—Diferentes queda corto.

—Sí, creo que sí. —Antonio rió en voz baja, pero repentinamente dejó de hacerlo— Por cierto... —Antonio se detuvo, yo también lo hice. Tenía una expresión seria en el rostro que me extraño un poco— El chico rubio, ¿cuál es su nombre?

—Alfred. ¿Por qué preguntas? —Antonio se me acercó y me tomó de una mano, luego de acariciarla un poco, la besó— ¿Qué...? —Empecé a balbucear ante tan repentina acción— ¿Antonio...?

—Lovi, me gustas mucho.

Mi rostro enrojeció violentamente y, a pesar de que quería reclamarle que ya había comenzado a decir sin sentidos, lo único que lograba formular eran monosílabos incomprensibles.

—¿Puedo besarte?

Antonio mantenía su mirada firme en mí, lo que sólo causaba que me colocara más nervioso. Miraba hacia ambos lados para no tener que encontrarme con sus ojos. Abría y cerraba la boca, intentando pronunciar algunas palabras. Finalmente, y con dificultad, logré decir algo.

—Eso no... se pregunta, idiota...

Vi como una sonrisa se formó en sus labios. Pronto tomó mi mandíbula con firmeza, se acercó y unió sus labios con los míos. En primera instancia fue un roce bastante suave e inocente, pero luego comencé a sentir las ansias de Antonio por más y más besos, ya que apenas nos separábamos para poder tomar un poco de aire, al instante él ya había apresado mis labios nuevamente.

Sin saber cómo me encontré acorralado entre Antonio y la pared, lo que no me pareció muy importante, al menos hasta que sentí sus dedos rozar mi piel bajo la camisa, entonces entendí que debía haberlo considerado antes. Ahora no podía escapar.

—Antonio... —No hubo respuesta—. ¡Antonio...! —El muy idiota no me contestaba.

Cuando sentí sus manos subir aún más por mi abdomen me alarmé, y pues, circunstancias desesperadas requieren medidas igual de desesperadas, así que, con ganas, le mordí la lengua por unos segundos. Un quejido salió de su garganta e intento alejarse, pero no lo logró debido a que aún le mordía. Me dedicó una mirada cual cachorro abandonado, logrando apiedarme un poco, entonces le solté. Se cubrió la boca con ambas manos a la vez que cerraba con fuerza los ojos.

—Por no escucharme —dije molesto y avergonzado a la vez. Me ordené la ropa y luego con ambos brazos cruzados delante de mi pecho le miré con enfado, él me devolvió una mirada llena de tristeza— No.

—Duede... —dijo con la lengua afuera.

—Que bueno. —Comencé a caminar sin un rumbo en particular. Me giré disimuladamente, y cuando me aseguré de que Antonio venía detrás de mí decidí ir a una sala en particular.

Noté que iba con la cabeza gacha, lo que hizo que sintiera un poco de culpa. Yo no iba caminando muy rápido, pero aún así Antonio se mantenía a una distancia prudente, y si yo me detenía, él también lo hacía. Si bien hasta hace un momento el haberlo mordido me había parecido una buena idea, ahora pensaba que quizás había exagerado.

Luego de caminar un momento me detuve frente a una puerta, Antonio también se detuvo más atrás. Me giré a verlo y al encontrarse nuestras miradas la quitó.

—Entraremos a esta sala —Avisé. Abrí la puerta y pasé.

Caminé hasta el otro lado de la sala y me apoyé junto a la ventana. Pronto apareció Antonio por la puerta y una expresión de felicidad se alojó en su rostro al ver el interior del salón.

—¡La sala de música! —Hechó un vistazo rápido a toda la sala y se quedó quieto al ver el piano de cola— Oh dios, amo los pianos.

Raudo se acercó al instrumento y se sentó frente a él, levantó la tapa que cubre las teclas y pasó sus dedos sobre ellas, sin presionarlas. Se giró hacia mí emocionado y me llamó para que me acercara a él. Con indecisión lo hice, ya que no estaba seguro si estaría molesto conmigo o no. Me senté a su lado.

—Los pianos son hermosos, ¿no lo crees, Lovi?

—Sí...

Antonio tocó unas cuantas teclas pero sin reproducir un sonido fluido. Pensé que comenzaría a tocar.

—Ojalá saber tocar esto...

—¿No sabes?

—No —dijo a la vez que dejaba caer la cabeza—. Lo intenté una vez, pero nada bueno salió. Sólo me dio para aprender a tocar la guitarra. —Se quedó callado durante unos segundos— El piano está fuera de mis alcances.

—¿Cómo dices eso? —dije algo molesto. No me gustaba esa actitud en Antonio. No le quedaba para nada bien—. Sólo tienes que intentarlo.

Me quedó mirando un instante, después me sonrió divertido. Tomó mi nuca y se acercó hasta pegar su frente con la mía, luego cerró los ojos.

—¡Estoy feliz de no haberlo intentado más! Por eso hoy puedo estar aquí contigo.

—¿Ah?

No tenía sentido lo que estaba diciendo. ¿Qué tenía que ver no saber tocar el piano con que estuviese aquí?

—¿Te sientes bien? —Abrió los ojos y al verlo tan de cerca no pude evitar alejarme, avergonzado.

—Estoy bien, aunque aún me duele un poco la lengua ¿sabes? —Giré la cabeza para no tener que verlo, la culpa de nuevo había aparecido. Escuché una risita y luego volvió a hablar—: Quizá un beso lo arregle.

—Eso es chantaje —dije esta vez mirándole.

—¡Aah, me duele tanto...!

—¡Está bien! —dije molesto. Él sonrió feliz—. Pero cierra los ojos. —Antonio los cerró— Y no intentes nada raro.

—Muy bien.

—¡Es en serio!

—Lo sé, lo sé. —Levantó ambas manos— No haré nada raro.

—Ya...

Me acerqué más a él, lentamente, luego junté mis labios con los suyos, fue sólo durante unos pocos segundos hasta que me separé de el.

—Eeh, tan poco...

—Conténtate con eso. —Antes de que se quejara otra vez hablé—: Después... habrá más...

Antonio se vio sorprendido un momento, luego sonrió y se me acercó, diciéndome al oído que lo recordara, porque de seguro lo cobraría en otro momento.

Mis orejas ardían, al igual que mis mejillas, sólo pude quedarme en silencio mientras miraba hacia otra dirección.

—Lovi. —Me giré hacia Antonio— Ya son cerca de las seis. ¿Te parece si nos vamos?

—¿No quieres seguir viendo los alrededores?

—Ya me hice una idea. Otro día me enseñas el resto, ¿si?

—¿Piensas venir otra vez?

—¡Por supuesto! —dijo lleno de ánimo— Mi deber como novio es venir a buscarte de vez en cuando.

—No digas tonterías.

—No son tonterías —dijo haciendo un puchero.

No pude evitar reír un poco, Antonio a veces podía actuar igual a un niño.

—Haz lo que quieras —dije mientras me ponía de pie.

—Entonces vendré la próxima semana.

—Ugh, ¡no lo decidas por tu cuenta!

—Pero si acabas de decir...

—Ya nos vamos, apresúrate. —Le interrumpí. Por mi parte ya había abierto la puerta y estaba por salir.

—¡Espera!

Caminamos sin prisa hasta la estación, juntos bajamos y abordamos el metro. Cuando pensé que nos separaríamos, puesto que Antonio vive hacia la otra dirección, me dijo que iría a dejarme hasta mi casa y luego se devolvería.

—¿Por qué harías eso? Será una vuelta innecesaria.

—Si así puedo estar aunque sea un rato más contigo, lo haré.

Me giré y comencé a caminar rápidamente, no deseaba que Antonio viera la sonrisa idiota que tenía en el rostro luego de escuchar eso.

Cuando abordamos el segundo metro en dirección hacia mi casa, ya que este iba más desocupado de lo normal, nos dimos el lujo de sentarnos. Luego de un momento comencé a dar varios bostezos seguidos.

—Si quieres puedes descansar en mi hombro.

—Claro que no.

—Era sólo una idea.

Me quedé viéndolo unos segundos, luego bajé la vista hasta su hombro, que en estos momentos de veía bastante tentador.

—Sólo será un rato.

—Muy bien, sólo un rato.

Me apoyé en él y resultó más cómodo de lo esperado. Antonio me conversaba sobre diferentes cosas, todas relacionadas a su época estudiantil y algunas otras con la universidad. Con el paso de los minutos el sueño comenzó a vencerme, hasta que finalmente dejé de escucharlo y caí dormido.