¡Oh yeah! No morí, aquí está un nuevo capítulo, disfrútenlo.
- ¡INUYASHA ME PERTENECE!
"Aranza, no puedes decir eso, tienes que aclarar que..."
- Si, si, lo sé. Inuyasha es de Rumiko Takahashi, no es mío, la historia sí lo es, blah, blah...
ENJOY :D
Unlimited
By Lovergreen
Capítulo XII: Buscando raíces
Te veo llegar y mi corazón salta de gozo
Hoy no te esperaba y llegaste
Estamos frente a frente y por fin
Veo mi imagen reflejada en tus ojos
Ellos me dicen cuánto me amas
Y a través de los mios recibes mi más cálido amor
Estamos cerca… tan cerca
Que no hay espacio entre nosotros
Nuestros corazones laten al unísono
Porque estamos felices de estar una vez más juntos
Anónimo
Guardó el papel con la dirección en el bolsillo de su camisa. Iría, en este mismo instante iría hacia el Castillo o templo o lo que fuera y buscaría una manera de volver a donde sea que Kagome estuviera. Recordar las líneas donde decía que ella había muerto hacía que los vellos de su nuca se erizaran. Eso no pasaría.
Caminó rápidamente hacia la salida de su casa, tratando de llegar pronto a su auto y no perder más tiempo, pero el sonido de su celular lo sacó de sus cavilaciones. Lo sacó de su bolsillo y cuando vio el número que correspondía a su padre, sólo atinó a tragar fuertemente. Había olvidado el asunto del viaje.
-Padre- Esperaba que el viejo estuviera en algún momento de felicidad y le dijera que no era necesario que viajara, que todo se solucionaría y que Sesshomaru se encargaría él sólo del trato en Alemania. Pero, su padre no era tan sencillo.
-Tu vuelo sale en cuatro horas, ¿Por qué no estás en la oficina?
Las yemas de sus dedos se tornaron frías. En cuatro horas no podría llegar al castillo y averiguar todo lo que quería y necesitaba saber. Cerró los ojos sintiendo como la furia tomaba ahora posesión de su cuerpo, podría jurar que también sintió como su cabeza palpitaba y sus ojos se calentaban. En estos momentos debía calmarse, escaseaba de tiempo y no lo perdería en vano.
-No podré ir al viaje.
Un pequeño silencio se hizo por parte de su padre, Inuyasha esperaba alguna respuesta y también una discusión. Eran igual de tercos y orgullosos, con maneras de pensar diferentes, pero padre e hijo al fin. Era por eso que sabía que en estos momentos, su padre estaba masajeando el puente de su nariz preguntándose si era o no una broma de mal gusto.
-No empieces con ideas estúpidas, Inuyasha. Irás.
-Lo siento, no puedo. Debo resolver algo primero.
-¿Qué es más importante que la compañía en estos momentos?
-La vida de la mujer que amo.
Cierto. La amaba. Ya no había vuelta atrás. Pelearía con todo por ella. Contra todos y no había ni siquiera tiempo o espacio que impediría que llegara a ella.
-Lo lamento, padre. Miroku irá sólo. Sesshomaru es más que suficiente para representar la compañía.
-Ven a mi oficina. Ahora.
Iba a replicar nuevamente cuando el pitido que indicaba que la llamada se había cortado sonó. Maldijo entre dientes. Ya él era un adulto, estaba actuando un poco irracional siguiendo pistas que cabía la posibilidad no lo llevaran a nada pero, debía intentarlo.
Subió a su auto y condujo a máxima velocidad camino a la empresa. ¿Su padre quería hablar? Bien. Pero no daría su brazo a torcer. Estaba decidido a ésta vez arriesgarse. Cuando entró a la empresa inmediatamente fue hasta el ascensor y marcó el último piso, donde estaba la oficina de su padre. Mentalmente se dispuso a estar firme, acompañando su posición con un ceño fruncido.
Entró a la espaciosa oficina en el momento en que la secretaria se retiraba con unos papeles que su padre había firmado. Éste se levando caminando hacia él. Inuyasha se detuvo en medio del lugar, esperando que él hablara primero.
-Quiero que me expliques…-comenzó el hombre- Con lujo de detalle…-enfatizó alzando su dedo índice- Cómo está eso que hay una mujer que amas y de paso… su vida peligra.
Inuyasha frunció más el ceño al recordar el hecho de que iba en contra del reloj. El viejo no entendería todo lo que él tenía por decir, así que de alguna manera iba a tratar de maquillar el asunto.
-El hecho es… que conocí a una chica- Si, no podía evitarlo, hablar de ella hacía que su ritmo cardíaco aumentara- Pero… ella se tuvo que ir, hoy. Ella…- ¿Cómo continuar?- Ella… es perseguida por un tipo de… criminal.
La reacción de su padre no pasó desapercibida por él. Sabía lo que estaba pensando.
-No pienses mal de ella- aclaró- Este hombre la busca porque quiere saldar viejas cuentas que vienen desde hace tiempo con su familia- mintió.
-¿Hay alguna manera en lo que pueda ayudarte?
Eso lo sorprendió. Su padre siempre fue muy dado a él. De hecho, tenía muy gratos recuerdos de su niñez a su lado, pero… en estos momentos no había tocado el tema del viaje. Sería… ah claro. Ahora recordaba que ellos querían (Su madre y él) que se casara. Capaz pensaba que finalmente se casaría y la realidad era que eso era la última cosa por hacer en su lista.
-Sólo deja que me vaya. Estaré bien- posó ambas manos en los anchos hombros de su padre, por un instante, pensó en que era un niño otra vez- Dame tiempo.
-Me preocupa el hecho de que te estés enfrentando a algo tan peligroso. Sería mejor avisar a las autoridades, ¿no crees?
Dorado y dorado se miraron casi con súplica. El dorado más opaco, quizá por la edad, expresaba un miedo sin palabras, miedo a llegar a perder un hijo quien sabe por qué tipo de situación. El dorado más jovial suplicaba que lo comprendiera, que confiara en él.
-Confía en mí, padre. Estaré bien. Todo se arreglará.
Su padre tomó sus brazos, los cuales aún estaban extendidos apoyados en los hombros del hombre. Lo haló en un abrazo fuerte, confiaría. Estaba seguro que su esposa y él lo habían criado bien. Inuyasha sabría defenderse.
-Cuando vuelvas…-dijo sin soltarlo- Quiero conocer a esa chica.
Inuyasha esbozó una suave sonrisa y palmeó sonoramente la espalda de su padre.
-Así lo haré… y cuando la conozcas, verás que valió la pena.
Se despidieron. Inuyasha le aseguró que cualquier eventualidad y si necesitaba su ayuda, le haría saber. Claro… no le contó el hecho de que tal vez se iría y no sabrían de él en algún tiempo. Debía hablar con su madre. Sacó el celular de su bolsillo y rápidamente buscó su número.
-Hola cariño… ¿Dos llamadas en un día? Es un nuevo récord.
Una suave risa nació en su garganta. Casi podía imaginar el sereno rostro de su madre sonriendo.
-Quería decirle que la quiero-Una pausa y luego un suspiro se dejó oír por parte de su madre- Me iré, pero no sé cuándo vuelva. Quiero que esté tranquila y sobre todo… que confíe mucho en mí.
-¿Ocurrió algo malo?
-Nada, madre. Pero, debo hacer esto.
Escuchó como su madre se sorbía la nariz, la había hecho llorar.
-Cuídate muchísimo, Inuyasha. Recuerda que mamá te ama.
-Siempre lo hago. Cuídese. No ande de loca en los centros comerciales y haga que el viejo se distraiga. Tanto trabajo lo matará.
-Lo haré- respondió con gracia.
-Hasta luego.
Cuando cortó la llamada, tuvo una sensación de vacío. Colocó la mano en su pecho y por sobre la tela sintió el colgante aún debajo de la camisa. Bien, debía hacerlo. Salió de la empresa y encendió su auto poniéndolo en marcha para salir del estacionamiento frontal. Pero se le había olvidado que tenía un amigo loco y algo suicida que hacía las cosas sin pensar.
-¡MIROKU!- gritó mientras frenaba de golpe. Lo vio quitar sus manos de la capota del auto y correr hasta el lado del copiloto y embarcarse- ¿Estás loco? ¡Pude haberte atropellado!
-Pero no lo hiciste- lo tranquilizó con una pequeña sonrisa- No sé a dónde vas, pero dejaste a tu padre muy intranquilo. Iré contigo.
Inuyasha lo miraba claramente como si fuera un desquiciado o como si le hubiese crecido de la nada un ojo en la frente.
-¿Cómo que irás conmigo? No puedes ir.
Miroku giró a su derecha y tomó el cinturón, halándolo y colocándoselo. Inuyasha lo observaba atentamente y cuando el ojiazul le sonrió y con una seña le indicó que comenzara a tomar su camino, le empezó un molesto tic en la ceja.
-No importa lo que me digas, iré.
Inuyasha suspiró. Su padre… sabía que no se quedaría tan tranquilo.
Puso el auto en marcha de nuevo y de reojo vio a Miroku. Esperaba que no saliera corriendo cuando se diera cuenta en lo que se estaba metiendo.
Esa mujer le causaba una repugnancia infinita. Desde su regreso se había dado cuenta que ahora expresaba sus emociones y sentimientos de manera más abierta que antes. Cuando la encerraban en esa jaula, también había encerrado su verdadera manera de ser, hasta el punto de llegar a ser tímida y sumisa. Pero ahora sabía que debía salir adelante, luchar por lo que quería y sobre todo… no dejarse vencer. Tampoco se dejaría encerrar nuevamente. Jamás.
La hechicera hizo una reverencia y ella entrecerró sus ojos en su dirección, casi de manera imperceptible sus labios hicieron una mueca de desagrado. Esta mujer no sabía que ya ellos conocían sus secretos. Sabían que el Shogun y Naraku eran el mismo y que ella confabulaba con él para obtener la perla y también sus poderes.
-Es un placer tenerla de vuelta, Princesa Kagome.
No respondió. Tenía un nudo en la garganta y las manos le picaban. Deseaba liberar toda su energía en ese momento y achicharrarla hasta que quedara purificada en un montón de chispas rosas. Sin embargo se calmó rápidamente cuando Tsubaki abrió sus ojos en su dirección. Esta bruja siempre había conocido sus poderes, por eso la mandaba a encerrar. Seguramente ahora mismo se había dado cuenta que su energía había aumentado. Kikyou también debió darse cuenta porque posó una mano en su hombro, tratando de tranquilizarla.
-Nos habíamos preguntado por su paradero, hechicera.
Tsubaki miró a Kikyou y aunque su expresión fue plana, la mayor de las princesas notó inmediatamente su desprecio. Ella las odiaba, a ella y a su hermana y sabía que la razón era porque ellas tenían los poderes de las sacerdotisas más fuertes que hubiesen existido y estaban destinadas a la perla. La tomarían con la guardia baja, no iba a permitir tampoco que encerraran a su hermana nuevamente.
-Había estado en las tierras del norte. Oí rumores sobre la Perla Shikon.
"Mentira" quiso gritarle Kagome. Su ceño fruncido y su mandíbula apretada hacían que su energía se arremolinara dentro de ella.
-Kagome…-la llamó Kikyou y ella inmediatamente se calmó y posó su mirada en su hermana- ¿Por qué no vas al jardín con Sango? Tus flores te han extrañado mucho.
Su hermana era lista. Quería sacarla de la presencia de Tsubaki para evitar un problema y de cierta manera se lo agradecía.
-Está bien. ¿Nos vemos para tomar el té en el jardín?
Kikyou le sonrió suavemente y afirmó con su cabeza. Kagome se levantó sin mirar a la hechicera, mientras ésta la seguía con la mirada. Cuando la puerta corrediza de uno de los vestíbulos donde estaban se cerró, la hechicera comenzó a levantarse suavemente, no podía perderla de vista, mantenerla vigilada era primordial para evaluar el momento ideal para atacarla y también, para ganarle a Naraku.
-No se vaya aún, Tsubaki.
"Maldita Kikyou".
Se giró nuevamente hacia la princesa e hizo una reverencia con la cabeza.
-Usted dirá.
-Cuénteme… ¿Qué sabe de la perla?
Sus manos se cerraron fuertemente en puños y sintió como sus puntiagudas uñas se clavaban en las palmas de sus manos.
-No mucho, en realidad. Desde que desapareció no he dado con su paradero.
-Y… ¿De Naraku?
Mantener la fachada de indiferencia no era difícil para ella. Esta mocosa no se daría cuenta de si mentía o no.
-Tampoco sé nada de él, princesa.
Esta mujer pensaba que ella era tonta, pero la subestimaba demasiado. Kikyou sabía claramente que ella mentía.
-Esperamos no vuelva a desaparecer por tanto tiempo… Su ayuda es importante para el castillo, ahora que lo hemos convertido en un templo, deseamos que nos ayude a mantenerlo libre de demonios.
-Siempre les serviré, alteza.
-Puedes retirarte.
Tsubaki se levantó y luego de una pequeña inclinación salió del vestíbulo. El aura pura de esa mujer se le hacía detestable. Llevó su mano a su garganta… esa niña, Kagome, había estado tratando de purificarla. Su odio hacia ella era tanto que con el simple hecho de pensar que la odiaba era capaz de hacer llegar su energía a ella. Pero… ¿cuál era la razón de su enojo hacia ella? Pudiera ser que supiera que ella y Naraku… no, imposible. Nadie sabía de su conspiración con ese hombre. El Rey tampoco diría jamás que lo había visto, arriesgaba demasiado.
Entonces, ¿qué pasaba?
Kagome se sentó suavemente en el pasto acomodando su kimono para tener más comodidad. Sango se sentó frente a ella y le sonrió.
-Cuéntame Kagome… ¿dónde habías estado este mes?
Kagome sonrió un poco sin embargo, la sonrisa no llegó a sus ojos.
-En un lugar maravilloso.
Mordió su labio inferior cuando recordó a Inuyasha. Le había dejado su colgante para que pudiera tenerla presente siempre, si era verdad que la historia cambiaría al ella haber regresado al pasado, se aseguraría de que Inuyasha estuviera seguro. Sus visiones habían sido macabras, verlo morir había sido igual de doloroso que presenciarlo en verdad. Por eso quería que él la recordara, pero que estuviera a salvo. Alzo la vista fijando sus ojos en el cielo despejado, era una tarde agradable, podía aun así ver el destello de la barrera protectora de Kikyou, aunque eso no le quitaba la alegría y luminosidad al día. Era hermoso ciertamente, le hubiera encantado compartir sus vistas de su propio tiempo con Inuyasha.
-¿Ocurre algo? Te has puesto triste.
Fijo sus ojos en Sango y sonrió cálidamente.
-Confío ciegamente en ti, Sango. Por eso te contaré todo- Suspiró profundamente mientras comenzaba a relatarle todo acerca de lo que vivió. Los momentos con él, las conversaciones, hasta el momento en que la había besado. Le dijo todo y en cierta manera, se sintió más liberada.
-Pero… ¿Un demonio perro? ¿Cómo es eso posible?
-Yo me pregunté lo mismo, Kikyou logró explicarme. El alma de Inuyasha está reencarnada, él es descendiente de esta era. Los demonios perro que viven en nuestro tiempo son sus ancestros. Su sangre de demonio debía estar sellada y vivir como una persona normal, sin embargo al yo haber llegado a donde él estaba, hizo que eso cambiara. Mi energía y la de él lograron reaccionar entre sí, por esa razón él ahora está consciente de que es un demonio, sólo que… no sé si un demonio completo, en el momento que lo conocí, él era totalmente humano.
-Es extraño en realidad…- Dijo Sango ladeando el rostro demostrando su confusión- Pero… si su sangre demoníaca ahora está presente en él… él puede ayudarnos. Puede ayudarte contra Naraku.
-No. Él no debe venir. Si mis visiones se hacen realidad, él morirá aquí. Prefiero morir yo a que a él le pase algo por mi culpa. Este es mi destino, no el de él.
La exterminadora la miró con algo de tristeza. Kagome estaba enamorada, de eso no había duda. Pero se sacrificaría, dejaría de lado sus sentimientos solamente para que él estuviera bien y fuera feliz.
-Princesa Kagome…
Kagome alzó la vista y vio a Kouga haciendo una reverencia hacia ella. Sonrió animadamente y con una mano le hizo señas para que se acercara.
-No había tenido el momento para agradecerte, Kouga. Gracias a ti estoy bien.
-No diga eso princesa. Por mi culpa, estuvo desaparecida.
-Eso no fue tu culpa… yo misma provoqué eso. Ahora dime…-alzó una ceja en su dirección- ¿A quién buscas?
La cara del demonio lobo adquirió un suave tono carmesí, lo cual hizo que tanto la princesa como la exterminadora sonrieran de manera cómplice.
-B-Bueno… yo…
-Ella está en el vestíbulo- aclaró mientras tomaba la tetera y comenzaba a servir el té.
Con una reverencia rápida dirigió sus pasos hacia donde le habían indicado.
-Está enamorado de mi hermana.
Sango asintió para luego reírse junto con Kagome. Esperaban de verdad que ellos dos llegaran a algo.
Una sonrojada Kikyou apareció en el jardín, Kagome y Sango se miraron esperando una palabra de parte de la mayor de las hermanas, sin embargo no dijo nada. Ya habría manera de que Kagome le sacara información luego. Le tendió una taza con té de hierbas y siguieron charlando de cosas triviales.
Una suave brisa mecía el cabello de las tres jóvenes. El día era cálido, sin embargo sabían que la amenaza seguía latente, acechándolas y esperando el momento justo para atacar.
La noche dejó caer su manto sobre el templo. Kagome ya estaba en su habitación pero… se sentía tan inquieta que se le hacía imposible dormir. Algo extraño había en el ambiente. Vestía un suave kimono blanco sencillo de dormir pero, no lo haría en un largo rato. Encendió una de las velas que estaban en su habitación y observó a su alrededor. Algo extraño había en el ambiente y lo confirmó, cuando escuchó pasos fuera de su habitación y de manera abrupta Kikyou deslizó la puerta entrando rápidamente.
-Ven conmigo Kagome. ¡Rápido!
Aun confundida y con la respiración contenida, la siguió. ¿Qué estaría pasando para que Kikyou estuviera tan alterada? Aun vestía su kimono de la tarde aunque ya era algo tarde. La llevó fuera de la habitación, cruzando el jardín y llegaron al otro extremo del templo, donde había una pagoda con un pozo dentro según lo que pudo distinguir en medio de la oscuridad.
-Debes quedarte aquí… no salgas por nada del mundo.
-Pero… Kik…
-¡No salgas!
Su hermana cerró nuevamente la puerta de la pagoda y en ese momento permitió que el miedo se adentrara en ella. Escuchaba como los samuráis corrían por los pasillos de un lado a otro y de repente, una ola de energía con el poder de su hermana llegó hasta ella. Sus ojos se abrieron mientras subía las escalerillas de la pagoda.
Deslizó un poco la puerta y observó en medio del jardín a su hermana, sostenía un arco mientras que su flecha era rodeada por una luz celeste, estaba apuntando a… ¿Tsubaki?
-Dime… ¿Qué pretendes ahora?- escuchó como le preguntaba su hermana a la hechicera. La risa escalofriante de Tsubaki hizo que la rabia corriera por su cuerpo.
-No finjas conmigo, niñita. Tu y yo sabemos perfectamente que alguien te vino con el chisme de que estoy trabajando con Naraku… ¿cierto?
Kikyou tensó más la flecha en su arco preparándose para lanzarla. Kagome llevó una mano a su boca ahogando un sollozo cuando detrás de Tsubaki, vio la figura del hombre causante de todas sus desgracias… antes sólo lo había visto con la horrenda piel de babuino sobre él, ahora, gracias a sus visiones sabía quién era…
Naraku…
Kikyou distendió la flecha cuando sus ojos se enfocaron en el hombre… él había podido atravesar su barrera… ¿Cómo era posible?
Tsubaki volteó y con rabia infinita observó a Naraku detrás de ella, ¿Qué hacía ese maldito aquí?
-Planeabas traicionarme, ¿Verdad?- el tono oscuro con el cual lanzó la pregunta hizo que Kagome y Kikyou instintivamente retrocedieran un paso. Claramente esos dos estaban por cobrarse sus traiciones.
-¿Traicionarte?- preguntó la hechicera con burla- ¿Desde cuándo te he sido leal?
La oscura mirada de Tsubaki se empañó cuando un hechizo comenzó a salir de sus labios, queriendo robarle las energías que le había dado a Naraku cuando sanó su cuerpo. Pero la risa de este la desconcertó y la hizo fruncir el ceño.
-¿No te has dado cuenta, verdad? Yo siempre gano.
-¡Maldito! ¡No dejaré que obtengas la perla, tampoco los poderes de esa mocosa!
-Perdiste, desde el momento en que decidiste ayudarme con tus poderes, lentamente te los he ido robando, ahora matarte será muy sencillo.
Una nueva risa malévola brotó de los labios de él. Estiró de manera elegante su brazo, el cual adquirió la forma de un tentáculo que dirigió rápidamente hacia Tsubaki, atravesándola y elevándola.
-¿C-Cómo…?
-Cuidaré la perla por ti.
Comenzó a halarla hacia él hasta que un oscuro resplandor los engulló a ambos. Kikyou y Kagome se negaban a respirar hasta que el oscuro brillo amainara, dejando ver a Naraku, pero sin rastros de Tsubaki.
Kagome esperó detrás de la puerta corrediza viendo como Naraku mantenía sus ojos cerrados, pudo ver claramente como en su rostro una cicatriz que atravesaba su ojo desaparecía en segundos. Había engullido los poderes de la hechicera.
-Bien, sigues tú, preciosa- dijo mirando a Kikyou, la cual tensó nuevamente la flecha y no dudó en liberarla. Tomó otra de su carcaj tensándola rápidamente y soltándola, haciendo más daño que la primera, pero ella sabía que sus poderes no lo dañarían, no tanto como los de Kagome.
Kagome estaba muy enojada, escuchar la amenaza contra Kikyou había hecho que su sangre hirviera. Sintió como su cabeza palpitaba y las yemas de sus dedos se calentaban, miró sus manos y estas brillaban, estaba toda cubierta por un brillo rosado muy suave, pero esta vez era diferente, ella estaba conservando la conciencia, estaba dejando que su energía se liberara pero sabía exactamente lo que hacía. Y lo iba a aprovechar.
Salió de la pagoda llamando la atención de su hermana y de Naraku, se asombró de no ver samuráis alrededor, pero estaba segura que estaban cuidando a sus padres. Bien, mejor así. Sango, Kohaku, Kouga y dos demonios lobos más llegaron y se colocaron detrás de Naraku, el cual sólo los miró por encima del hombro, muy seguro de sí mismo.
-Kagome… pequeña. Nos volvemos a ver.
Escucharlo dirigirse a ella la hacía arder en rabia y los presentes observaron asombrados como ella cerraba sus ojos y al abrirlos, dos colores diferentes se adueñaban de ellos. El dorado y el azul resplandecían en medio de la noche y Kikyou se acercó a ella tendiéndole un arco y un carcaj con flechas.
Ahora sí, estaba lista para darle su merecido a ese engendro.
Habían llegado casi una hora después de camino al lugar que indicaba la dirección. Delante de ellos se alzaba un templo que estaba ubicado en una colina, a la cual había que subir por medio de unas largas escaleras. Cuando llegaron a la cima, pudieron ver el templo en todo su esplendor. Miroku seguía sin entender nada, pero no preguntaría. Esperaba encontrarse con mafiosos y un tiroteo estilo el lejano oeste. Pero no esto… no ésta calma, ésta paz.
Fácilmente el templo tenía alrededor de tres plantas. Había una pagoda a un costado separada por un extenso jardín, adornado con muchas flores y fuentes con diferentes figuras. Una mujer salió de la pagoda e inmediatamente Inuyasha caminó hacia ella.
-Disculpe…-llamó el joven. La mujer se giró e Inuyasha sintió como una corriente de energía lo envolvía, pero no era proveniente de la mujer… miro detrás de ella… ¿Era la pagoda?- Necesitamos de su ayuda.
Miroku estaba concentrado a su alrededor preguntándose por qué no recordaba nada acerca de éste templo de las clases de historia. Luego sonrió cuando recordó que odiaba estudiar historia. Dirigió su mirada a la joven mujer y luego de un costado, vio como un hombre se acercaba hacia ellos, era alto, casi tanto como Inuyasha y él mismo, con largo cabello y expresión penetrante, luego observó a la mujer. Era hermosa, de cabello castaño tomado en una coleta baja, estaba vestida de sacerdotisa y el hombre llevaba un traje budista de templo.
-¿Qué necesita?- preguntó la mujer.
-Mi nombre es Inuyasha y… necesito que me hable de la Princesa Kagome.
Los dueños del templo se miraron entre ellos y el hombre entrecerró sus ojos hacia el ojidorado.
-¿Qué sabe de la Princesa?- interrogó el hombre.
Inuyasha introdujo su mano en su camisa y sacó el colgante, mostrándoselo a la pareja. La mujer ocultó su sorpresa tras su mano.
-Esto me lo entregó ella.
-Se ha cumplido- escuchó a la mujer- Lo escrito por la princesa Kikyou… se ha cumplido.
Inuyasha los miró interrogante. Se le estaba acabando la paciencia.
-Discúlpenos caballeros. Mi nombre es Hoshiomi. Soy el encargado junto con mi esposa de cuidar el templo Higurashi.
-Mi nombre es Sukiomi. Soy… descendiente de las sacerdotisas Higurashi.
-¿Es descendiente de Kagome o de Kikyou?- Preguntó Inuyasha directamente. Si, estaba siendo un idiota sintiéndose celoso por algo estúpido, pero ahórquenlo por eso, necesitaba saber.
-Soy descendiente de la princesa Kikyou… la Princesa Kagome… ella murió en batalla.
-Es por eso por lo que estoy aquí, debo impedir que ella muera.
-Wow, wow… ¿Qué está pasando aquí?
Había olvidado a Miroku. Claramente vio que lo miraba como si tuviera dos cabezas. No entendía nada pero… no había tiempo de explicar.
-Es complicado.
Sukiomi los llevó a la pagoda, donde un pozo estaba dentro, el cual estaba sellado. Alrededor habían candelabros, incienso y también a un lado un escritorio con varios pergaminos.
-La princesa Kikyou escribió que esto pasaría. Dejó plasmado que un hombre vendría al templo con un colgante del Feudo Higurashi, el único existente. A ese hombre deberíamos entregarle ése pergamino y decirle todo acerca del templo.
La mujer tomó un pergamino que estaba cuidadosamente enrollado con una cinta roja, el tacto suave con el que lo trataba les daba a entender que quería cuidarlo ya que era muy antiguo.
-Ella escribió que usted…-dijo mostrándole el pergamino a Inuyasha- Querría volver al pasado a buscar a la princesa, que su ayuda era lo único que podría permitir que ella sobreviviera.
-¿Cuándo escribió ella esto?- preguntó curioso.
-Luego de que la Princesa Kagome muriera.
Inuyasha tragó fuertemente. Desearía que dejara de repetir eso, odiaba la idea de perderla. En ese momento, Hoshiomi entró cargando una vieja katana, la cual le extendió a Inuyasha.
-Según los pergaminos, usted es un mitad demonio. Esto le pertenece. Si puede sacarla de la funda, significa que la Princesa Kikyou estaba en lo correcto y que nosotros no estamos ante sólo una leyenda.
Inuyasha tomó la katana y colocó una mano en la empuñadura y otra en la vaina. Con un ligero movimiento de su muñeca logró sacarla y la hoja brilló a la luz de las velas de la pagoda.
Sukiomi sonrió en dirección a su esposo.
Miroku no entendía nada, y de cierta manera, no quería… en verdad, no quería preguntar. No sabía si era mejor estar aquí con esta gente que parecía de una secta a estar con mafiosos y disparos. Su mirada lo llevó a una esquina de la pagoda, donde había un Shakujo apoyado contra un pergamino, se dirigió hacia él y lo tomó con facilidad, arrancando el papel que estaba sobre él.
-¿Cuál es su nombre, señor?- se giró a la pregunta del hombre y se señaló con un dedo preguntando mudamente si era con él. Hoshiomi asintió y Miroku carraspeó. Quería seguir siendo invisible.
-Miroku.
-Es usted el buda del futuro, es por eso que está aquí.
Inuyasha y Miroku alzaron la ceja en dirección a la pareja. El ojidorado no pudo reprimir una risa, Miroku… ¿Una figura sagrada?
-Lo siento, yo no soy nada de eso… ni siquiera sé que hago aquí.
-Está bien, su destino está escrito en los pergaminos también. Sus ancestros sabían que este momento llegaría.
Mientras más hablaba esa mujer, más sentía que estaba en una broma de cámara oculta. Miró el bastón en sus manos. Rayos.
Hablaron toda la tarde sobre cómo Inuyasha había encontrado a Kagome, cómo nadie la recordaba y todo se centraba en que quería ir al pasado a evitar que ella muriera. Al caer la noche estaba más que decidido, la sacerdotisa Sukiomi podía abrir el portal que lo llevaría a la época donde Kagome vivía, hacia el templo. En el pergamino se explicaba exactamente las palabras que debían ser pronunciadas para que Inuyasha y ahora en compañía de Miroku, llegaran a un momento determinado, sin embargo, Sukiomi no les supo decir que momento sería ese.
-Deben tener mucho cuidado, no sabemos cómo llegarán allá. Tal vez cambien, ya que no será el mismo tiempo o espacio y sus energías saldrán al exterior de sus cuerpos.
Inuyasha observó a Miroku, recibiendo un asentimiento de parte de éste. Lo acompañaría, aunque muy en el fondo de verdad deseaba que todo fuera una broma de mal gusto y que detrás de una de las repisas saliera un hombre calvo con audífonos y una cámara burlándose de él.
Pero un escalofrío lo recorrió cuando la sacerdotisa tomó entre sus manos un círculo de metal con una estrella dentro de él y lo apuntó hacia ellos, empezando a recitar unas palabras que no entendía. Se sintió descompuesto, como si su cuerpo saliera de sus esquemas normales, dejo de sentirlos y cuando giró la vista a Inuyasha, sabía que él sentía lo mismo.
Había un extraño pálpito en sus oídos y no fue consiente de mucho hasta que sintió sus manos arder, con casi pánico observó cómo sus uñas se alargaban, pasando a ser unas garras casi animales, la energía que lo recorría era tanta que lo obligó a encorvarse y para cuando fue consciente de donde estaba, el sitio era totalmente oscuro. Aunque al mirar alrededor se dieron cuenta de que estaban en la misma pagoda, pero estaban solos, no había candelabros, ni libros, ni pergaminos y el olor a incienso había desaparecido.
Inuyasha arrugó la nariz y sintió como un olor dulce lo mareaba, ¿por qué los olores eran tan fuertes? Y… ¿por qué demonios estaba descalzo?
-Oh…amigo-escuchó hablar a Miroku y cuando lo enfocó con su mirada se asombró verlo tan diferente, su traje era de un monje, de color violeta y sostenía con fuerza el Shakujo, su rostro era ligeramente más adulto, ¿habían cambiado?
-¿Qué te ocurrió?- preguntó con el ceño fruncido.
-¿A mí? ¿Qué te ocurrió a ti?
Inuyasha se tomó un momento para mirarse y sus ojos se abrieron enormemente mientras cerraba la boca de golpe. Estaba vestido con un traje extraño de color rojo, la katana estaba en su cintura y cuando se movió un poco, un mechó de cabello se deslizó sobre su hombro y casi grita cuando lo tomó entre sus garras y este brilló. Era plateado, casi blanco.
-Esto… ¿es real?- preguntó Miroku asombrado.
Inuyasha abrió la boca para responder pero en la cima de su cabeza sintió un movimiento y palpando, se dio cuenta que tenía orejas extrañas, no humanas, eran… orejas de perro. Una de ellas se movió en dirección hacia donde estaba la puerta de la pagoda… una corriente de poder llegó a él y no pasó desapercibida por Miroku.
-Kagome…
-Kagome… pequeña. Nos volvemos a ver.
Escucharlo dirigirse a ella la hacía arder en rabia y los presentes observaron asombrados como ella cerraba sus ojos y al abrirlos, dos colores diferentes se adueñaban de ellos. El dorado y el azul resplandecían en medio de la noche y Kikyou se acercó a ella tendiéndole un arco y un carcaj con flechas.
Ahora sí, estaba lista para darle su merecido a ese engendro.
Cuando tensó una flecha inconscientemente tuvo que girar a la pagoda… imposible, era imposible…
-No te distraigas, querida.
Naraku aprovecho ese momento para elevar un tentáculo y dirigirlo hacia ella, pero no previno cuando una espada cortó su extremidad, antes siquiera de tocar a la chica. Kikyou sonrió, él había buscado la manera de llegar a donde Kagome estaba.
Inuyasha gruñía, se asombró del sonido que salía de su garganta pero en ese momento no le dio importancia, su cuerpo se posó frente a Kagome, ese engendro no la tocaría.
Por su parte, la azabache no salía de su asombro. La punta de la flecha estaba dirigida al suelo, era él. Era Inuyasha…
Naraku frunció el ceño y rápidamente un campo de energía lo rodeó. Por ahora, debía salir de ahí. Cuando ya no sintió la presencia del enemigo, Inuyasha se permitió girarse y buscar a Kagome, ella estaba detrás de él, con los labios entreabiertos mirándolo con asombro. Ella frunció el ceño e Inuyasha pensó que le gritaría y reclamaría el haber llegado hasta ahí, pero no fue así.
Kagome soltó el arco y corrió hacia donde Inuyasha estaba, aferrándose a su pecho y llorando de tristeza y alegría.
Estaba con ella… Inuyasha ahora estaba con ella.
Continuará…
N/A: A lo mucho, tres o cuatro capítulos más y llegamos al final t.t
Debido a mi larga desaparición de dos semanas decidí hacer un capítulo algo larguito, para que no me asesinen. AGRADEZCO TODITOS TODOS LOS REVIEWS. Los leo todos y cada uno de ellos y estoy agradecidísima con quienes se toman el minuto de escribir algo para esta historia, son un amors.
Nos leemos pronto.
Besitos.
