Cabos sueltos
Aunque la muerte y las malas noticias fuesen parte de su trabajo día a día, Botan no podía decir que estaba acostumbrada a ellas.
La llegada de grandes grupos de almas de humanos que deberían haber vivido muchos años más seguía provocándole una gran turbación, aun si no era ella la encargada de guiar esas almas al Reikai.
Esta vez, además, la noticia de las nuevas muertes ocurridas antes de tiempo había llegado con otra peor y esa última era la razón por la que ahora estaba allí, en la oficina de Genkai.
Aun cuando en un comienzo había creído era ese sería un buen lugar para reunirse, el que Yusuke y Kuwabara aún no llegasen la estaban haciendo pensar que no había sido la mejor de sus ideas y que, quizás, usar la sala común de Gryffindor temprano en la mañana o tarde en la noche seguía siendo la mejor opción. Una interrupción era, al fin de cuentas, mejor que no poder hablar con todos ellos.
Botan suspiró, mirando de reojo a los dos que sí habían acudido a su llamado y preguntándose si tendría que hablar solo con ellos por ahora.
No era que le molestara, aunque fuese más práctico decirles a todos al mismo tiempo, pero el silencio indiferente de Hiei, quien estaba recostado contra una pared con los ojos cerrados, y el hecho de que Kurama no hubiese hablado desde que habían intercambiado un saludo la hacían sentir incómoda y dudar.
Si tan solo Yusuke y Kuwabara apareciesen...
Como si estuviesen respondiendo a sus pensamientos, un ligero murmullo de voces, que pronto se volvió más claro y que ella reconoció de inmediato, se hizo escuchar.
Ella no fue la única que lo hizo, pues de inmediato Hiei abrió sus ojos y Kurama giró su cabeza en dirección a la puerta, la cual no tardó en ser abierta.
—Es culpa de Kuwabara —aseguró Yusuke en el mismo instante en el que entró.
—¿Qué estás diciendo? —reclamó Kuwabara tras él—. ¡Yo no fui el que...!
—Al fin —pronunció Hiei, interrumpiendo la discusión de los dos detectives.
Kuwabara empujó la puerta tras sí para cerrarla y abrió la boca, dispuesto responder la queja del Jaganshi, mas no pudo hacerlo.
—¿Y a qué se debe esta reunión? —preguntó Kurama con su expresión tan afable como de costumbre, pero con un dejo de impaciencia en su voz, consiguiendo así detener cualquier discusión.
Botan se aclaró la garganta y aguardó a que la atención de los cuatro detectives estuviera en ella.
—Anoche —comenzó mientras paseó su mirada por ellos, queriendo trasmitirles la gravedad de lo que tenía que decirles— recibí una noticia del Reikai.
—¿Es sobre esos magos desaparecidos? —interrumpió Kuwabara con nerviosismo.
—Sí —dijo Botan, recordando la noticia impresa que había conmocionado al colegio pocos días atrás—, sus almas ya están en el Reikai y ya confirmamos qué pasó.
—El tal Voldemort —afirmó Yusuke frunciendo el ceño, antes de que ella pudiera continuar.
—Ese es el problema —suspiró Botan—. No fue exactamente él, pero es un hecho que alguien logró abrir temporalmente la barrera del Makai desde el mundo humano y los demonios que salieron por ahí fueron los que mataron a ese grupo de magos.
—¡Lo sabía! —la exclamación, dicha en voz alta y con un tono intranquilo, de Kuwabara atrajo la atención de todos.
—¿Tú... sabías lo que ocurrió? —cuestionó Kurama, entrecerrando sus ojos.
—¡No! Bueno, sí. —Kuwabara rascó su cabeza—. Tenía un mal presentimiento e intenté... averiguar porqué era. Solo pude saber que eran "fuerzas malignas que venían en camino" y supuse que era sobre esos magos desaparecidos, pero ahora tiene más sentido.
—¿Ahora estás diciendo que crees en la adivinación? —intervino Yusuke, visiblemente incrédulo.
—¡Ya van varias veces en que acierto, Urameshi! —se defendió Kuwabara, alzando su voz a cada palabra—. No puedes decir que es una coincidencia.
—Independientemente de la utilidad de la adivinación —dijo Kurama, interrumpiendo una vez más la discusión antes de que ésta desviara por completo el tema—, deberíamos hacer uso de todo lo que pueda servirnos.
—Es una buena idea —aceptó Botan con una pequeña sonrisa y se dirigió de nuevo hacia Kuwabara—. Avísanos si tienes otro mal presentimiento. Aunque no sepamos exactamente qué va a pasar, puedo avisarle al Reikkai y todos podremos estar más preparados.
—¡Cuenten conmigo! —El orgullo que eso le produjo a Kuwabara fue tan obvio como la manera en que Yusuke puso sus ojos en blanco y se cruzó de brazos, mostrándose poco contento tal como había estado en el momento en que le habían asignado esta misión.
—¿Esa es la única razón por la que nos citaste aquí? —interrogó Kurama de nuevo, esta vez con un brillo pensativo en sus ojos.
—No, claro que no —dijo Botan, recordando lo mucho que aún le faltaba por decir—. Sospechamos que Riddle tuvo que ver y además de estar probando por cuánto tiempo puede abrir la barrera, también está comenzando a probar cómo manipular youkai para usarlos contra sus enemigos.
—Imposible —habló Hiei, resoplando con desprecio.
—No realmente —replicó Kurama—, en especial si hablamos de demonios no muy fuertes que estén dispuestos a hacer algún... sacrificio a cambio de venir al mundo humano. Aunque
—En resumen—intervino Yusuke—, es posible y sabemos quién fue aunque digan no estar seguros. Así que no solo tendremos que encargarnos de ese mago, sino también de los demonios que está trayendo.
—¡Exacto! Sabía que lo entenderías. —Botan sonrió, aliviada de lo fácil que había resultado explicar todo.
—¿Y cuándo nos vamos? —continuó Yusuke, luciendo esperanzado.
Aunque tanto Kurama como Hiei reaccionaron con indiferencia ante eso, Kuwabara se mostró tan confundido como Botan se sentía. ¿De dónde había sacado Yusuke esa pregunta?
—No nos vamos.
—Pero los demonios... —insistió Yusuke, consiguiendo con ello que Botan comprendiese que él había creído que irían directamente a encargarse del problema.
—No sabemos donde están ahora —aclaró Botan con pesar—. Incluso durante el ataque el rastro de youki fue mínimo y aunque el Reikai ha intentado hallarlo, creemos que los está ocultando con las mismas barreras que él usa para ocultarse o que volvieron al Makai por ahora. Pero tenemos que estar listos en caso de que abran un portal aquí.
La decepción de Yusuke fue evidente en la forma bajó su mirada, dejó caer sus hombros e inclinó su cabeza, y la oficina se llenó de silencio por unos momentos, al menos hasta que Kurama lo rompió.
—Estoy seguro —comentó con una amplia sonrisa, dirigiéndose a Yusuke quien, esperanzado, alzó su vista de inmediato— de que Genkai podría enseñarte algún hechizo que nos ayude a encontrarlos.
El semblante de Yusuke se pintó de horror al tiempo que Kuwabara dejó escapar una gran carcajada.
Aparentemente, ni estar en Hogwarts ni las clases particulares con Genkai habían logrado que Yusuke comenzase a apreciar e interesarse en la magia.
Había días en los que Ron estaba dispuesta a aceptar consigo mismo y nunca en voz alta, que Hermione era una genio.
Otros, solo podía preguntarse porqué alguien que sacaba tan buenas notas podía estar tan empecinada en ideas tan tontas como la liberación de los elfos domésticos o que personas como Yusuke eran sospechosas y quizás incluso malignas y peligrosas.
¿De dónde había sacado esa idea, en primer lugar?
Ron había estado a punto de preguntarle justo eso en más de una de las comidas silenciosas y poco agradables que habían tomado lugar en la mesa de Gryffindor, al igual que en más de una clase en la que se habían sentado relativamente cerca, mas el recuerdo de la última discusión que habían tenido, que coincidía también con la última vez que habían intercambiado palabra alguna, lo había detenido.
¿Por qué tenía que ser él el que debía romper la ley del hielo que Hermione había comenzado?
Porque si mal no recordaba, él era el que había pronunciado la última palabra en la biblioteca y ella seguía sin darle ninguna explicación y encargándose de gran parte de los deberes que ambos tenía como prefectos, como si quisiera evitarlo, y las pocas veces que se habían visto cara a cara, ella había apartado su mirada y seguido su camino como si ni siquiera lo hubiese notado.
Sin importar cómo lo viese, ella era quien debía cambiar eso y no él.
Convencido de que tenía la razón, Ron frunció el ceño e inclinó su cabeza para observar el pergamino en el que debería estar escribiendo un ensayo de encantamientos, pero no movió la mano en la que estaba sosteniendo su pluma.
Aunque una parte de él quería conformarse con sentirse indignado y seguir con su vida hasta que Hermione decidiese que era hora de volver a hablar con él, otra no entendía nada. Hermione no era una mala persona, nunca se unía a los intercambios de chismes en los que incluso Ginny participaba y podía recitar la historia de Hogwarts de memoria y usar eso como justificación para algo, cosa que no había hecho esta vez.
—Harry... —murmuró, comenzando a cansarse de ser el único que le estaba dando vueltas a eso en su cabeza—. ¿Te ha dicho algo?
—¿Eh? —Harry apartó su vista de su propio pergamino y lo miró con el entrecejo fruncido en evidente confusión—. ¿Hermione?
—Ni siquiera entiendo porqué ella está molesta —aceptó, dejando su pluma de lado; no era como si estuviese pensando en escribir un ensayo en ese momento.
—Has intentado... ¿hablarle? —cuestionó Harry luego de mirar a su alrededor, como si quisiese verificar que nadie en la sala común estuviese poniendo atención a la conversación que estaban teniendo.
—Ella no quiere que le hable —afirmó Ron, cruzando sus brazos—. Tú viste su última lechuza —señaló, queriendo recordarle que ella le había enviado notas impersonales sobre algunos de sus deberes como prefectos las últimas semanas en vez de acercarse y decirle—. Y la anterior ¡y la anterior!
Dos chicos de primero, que habían estado concentrados en lo que parecía un trabajo de investigación pues tenían varios libros polvorientos cerca, pusieron su atención en Ron cuando él subió su voz, pero él los ignoró y se negó a fijarse si algún otro de los estudiantes presentes lo estaba observando ahora.
Realmente, todo era culpa de Hermione y él no tenía porqué ser el que le hablase primero.
Harry asintió con su cabeza con lentitud y permaneció en silencio, gesto que Ron decidió tomar como una indudable prueba de que su amigo lo entendía y le estaba dando la razón.
Si Hermione tenía algo que decir, fuese sobre un sus teorías disparatadas o sobre algo más, Ron la escucharía. Pero no, ni siquiera le preguntaría porqué estaba sospechando de un grupo que solo era extraño por su procedencia y repentina llegada al colegio, aun cuando él mismo estaba cada vez más curioso al respecto.
Era obvio, en opinión de Draco, que la reciente racha de infortunios sobre él no era una coincidencia.
La reciente clase de Defensa Contra las Artes Oscuras solo lo terminaba de confirmar.
Sin siquiera preocuparse por disimular, Draco se levantó de su asiento y abandonó el salón con sus puños cerrados y a paso rápido, sin pensar por un solo segundo en aguardar a Crabbe y Goyle, aun cuando los escuchó intentar seguirlo apresuradamente.
Ante la poco esperanzadora charla con Dumbledore, había considerado por un momento a la vieja Genkai como una posible fuente de conocimientos contra demonios que podría ayudarlo, mas ésta se había convertido en una pérdida de tiempo, pues en lugar de volver a hablar de demonios, la bruja los había hecho practicar hechizos defensivos en las últimas clases, dejándolo en el mismo estado de incertidumbre de antes.
¿Cómo podía ser eso posible?
No había tal cosa como una racha de mala suerte para un Malfoy. Había magia antigua, heredada de sus ancestros, que los protegían de los azares del destino que habían llevado a que otras familias puras decayesen con el paso del tiempo.
Pero desde su primer y desafortunado encuentro con Minamino en el tren, nada bueno había sucedido.
No era suficiente con que el pelirrojo tuviese las desfachatez de considerarse su igual —algo que no era, obviamente— y con que una vieja bruja no reconociese sus habilidades, sino que ahora tenía que temer unos seres que muchos seguían considerando un mito.
Él mismo lo había hecho, incluso después de la supuesta prueba de Genkai, mas la palabra de su padre valía mucho más que eso; aun así, precisamente gracias a la ignorancia de muchos él ahora estaba solo y además, el mundo entero estaba en su contra.
Y como si el universo quisiese recordárselo más de lo que ya lo había hecho, en el mismo instante en que giró por el corredor se encontró de golpe con una túnica decorada con el escudo de Gryffindor, vestida por el que parecía ser el nuevo amigo del niño de oro, uno de los japoneses que habían aparecido junto a Minamino, y quien para colmo de males estaba acompañado por el más alto y ruidoso del grupo de los transferidos.
—Ten cuidado —dijo Urameshi, sin siquiera tambalearse a pesar de que el hombro de Draco resintió el impacto al estrellarse contra él.
—Quítense de mi camino —ordenó, sacudiendo su túnica con desagrado para también intentar disminuir el dolor, masajeando su hombro, sin ser obvio.
Los japoneses intercambiaron una mirada y no hicieron ningún movimiento para apartarse tal como deberían.
—Cada vez confirmo más porqué todos odian a los Slytherin.
—Sí... ¿Realmente es allá que queda el salón de Trasfiguraciones? —preguntó Kuwabara a Urameshi, como si incluso tuviese intenciones de ignorar a Draco por completo. Nadie le hacía eso a un Malfoy.
—Creo —dijo Urameshi, encogiéndose de hombros.
—Parece —pronunció Draco en el mismo momento en que escuchó a Crabbe y a Goyle alcanzarlo— que todos los amigos de Potter carecen de educación y de dinero.
Los dos Slytherin tras él rieron, pero Kuwabara frunció el ceño y dio un paso hacia él. Estaba claro que ni siquiera era capaz de entender lo que Draco había dicho.
—¡Tú ni siquiera pediste perdón!
—No tengo porqué hacerlo —replicó Draco, cada vez más airado. Todo era culpa de ellos; habían aparecido junto a Minamino al tiempo que los demonios y estaban en todas partes, arruinando cada minuto que él pasaba en Hogwarts.
—¿¡Estás buscando pelea!? —insistió Kuwabara, dando un paso más en su dirección.
—¿Finalmente algo de diversión? —habló Urameshi con una sonrisa, golpeando sus dos puños.
Ellos eran bárbaros, no había ninguna otra explicación para la forma en que estaban reaccionando. Pero él era un mago perfectamente capaz, aun si la vieja bruja Genkai no parecía reconocerlo, y además era un prefecto; podría hacerlos pagar por sus recientes infortunios doblemente y sin siquiera tener que pronunciar una sola maldición.
Crabbe y Goyle eran capaces de comprender la situación y en cuanto Draco los miró por encima de su hombro para darles la señal, ambos sacaron sus varitas con presteza.
Él había escuchado los comentarios sobre la ineptitud de Urameshi e, incluso ahora, ni él ni Kuwabara habían sacado sus propias varitas.
Estaba claro que ellos tenían la ventaja y podían aprovecharla; luego, él podría usar su posición de prefecto para castigarlos.
Draco estuvo a punto de sonreír al pensar eso, mas antes de que Crabbe o Goyle pronunciasen el primer hechizo contra los japoneses, ambos desaparecieron.
—Tsk, estos magos no hacen más que depender de sus palitos —dijo Kuwabara.
Draco se giró en sus talones al escucharlo y lo vio junta a Urameshi, a poca distancia de los otros dos Slytherins.
Él ni siquiera los había visto moverse; sin embargo, ambos habían desarmado a Goyle y a Crabbe en cuestión de un parpadeo. Ese era el mismo truco que Minamino había usado, aunque parecían haber añadido algo más pues tanto Crabbe como Goyle se encontraban en el suelo, cubriendo sus rostros con sus manos y gimiendo de dolor.
Tragando saliva, Draco metió la mano en el bolsillo derecho de su túnica y suspiró con alivio al descubrir que su varita seguía ahí, perfectamente a salvo.
Apretándola para evitar que se la quitasen también, Draco dio un paso hacia atrás en el mismo momento en que Urameshi habló.
—Y yo que pensaba que podríamos divertirnos un poco.
Lo decían como si hubiese sido fácil y estuviesen en total ventaja, algo que quizás era cierto.
Aun cuando, en parte, Draco quería dejar el lugar antes de que tuviesen la oportunidad de humillarlo como habían hecho con sus compañeros de casa, su orgullo le impidió hacerlo en silencio.
—No saben con quién se están metiendo.
—¿Con alguien que no puede defenderse solo? —cuestionó Kuwabara con un resoplido.
Si antes había estado molesto, ahora Draco estaba enfurecido, pero también consciente de que no tenía las de ganar, por lo que manteniendo su cabeza en alto y su vara bien agarrada, dio media vuelta y se alejó a paso rápido.
Crabbe y Goyle podían ir a la enfermería por sí mismos si realmente lo necesitaban.
—Dejar a tus camaradas atrás no es muy amable de tu parte.
El comentario, dicho a poca distancia tras él, lo paralizó. Reconocía la voz, pues había tenido la desgracia de escucharla con más frecuencia de la que le agradaba, mas en ningún momento había notado que lo había seguido.
Al girar su cabeza y ver el rostro sereno del pelirrojo, Draco solo pudo tensarse más y apretó incluso con mayor fuerza su empuñadora, sin importarle el dolor que le produjo la forma en que la madera se enterró contra su piel.
Estaba claro que Minamino tenía algo en su contra y sin saber qué trucos eran los que utilizaba para acercarse con el sigilo de un fantasma y robar varitas, no podía descuidarse.
—Ellos pueden cuidarse solos —masculló.
—Algunas veces hay que ser egoísta, pero dejarlos así... —Minamino movió su cabeza con desaprobación, como si ni siquiera hubiese escuchado lo que Draco acababa de decirle—. Tienes mucho que aprender.
—¡Y tengo frente a mi al señor perfección! —explotó Draco, recibiendo en respuesta solo una sonrisa tan inocente como falsa del pelirrojo.
Sin decir más, Draco continuó su camino por el corredor.
Cada vez era más evidente que no solo necesitaba encontrar la forma de defenderse contra los demonios; también necesitaba descubrir cómo desquitarse de Minamino y sus amigos.
No era que Kurama tuviese algo contra Malfoy.
Si quisiese explicar los sentimientos que le producía el rubio, podría resumirlo como una especie de diversión lastimosa.
A pesar de sus ínfulas, Malfoy era demasiado joven e inexperto, algo que hacía evidente con cada uno de sus actos y palabras.
Eso era divertido de observar, en el mismo sentido en que era entretenido ver a un perro perseguir su propia cola, y provocarlo y confirmar lo predecible e ingenuo que era, lo hacía querer puyarlo más para ver si llegaría el día en que Malfoy notaría sus propias debilidades y haría algo para remediarlas.
Aun así, eso no quería decir que lo buscaba para ello.
Todos sus encuentros con Malfoy habían nacido de una coincidencia, salvo las veces en que Malfoy se había acercado primero, nunca con las mejores intenciones.
Kurama sólo había aprovechado cada una de esas oportunidades, tal como ahora, en que su camino solo había coincidido con el de Malfoy, algo poco sorprendente cuando ambos habían salido de la misma clase casi al mismo tiempo.
Al menos Malfoy sabía cuándo no tenía las de ganar, lo cual era un punto a su favor, aun cuando eso no cambiaba su falta de sabiduría y el exceso de orgullo que le impedía escuchar el consejo que Kurama acababa de darle.
Preguntándose si esta vez Malfoy sí se percataría de su presencia —que ni siquiera había tratado de ocultar— tras él antes de que sus caminos divergiesen, Kurama reanudó su andar.
Si bien se había detenido unos segundos atrás para señalarles a Yusuke y a Kuwabara hacia dónde debían llevar a sus dos desafortunadas victimas y luego lo había vuelto a hacer para hablar con Malfoy, tenía algo que hacer.
Malfoy no pareció siquiera pensar en mirar atrás una sola vez y Kurama se encogió de hombros, indiferente ante la pequeña dosis de diversión perdida.
Desde el corredor en el que perdió de vista a Malfoy, el cual llevaba a la sala común de Slytherin, Kurama tuvo que recorrer varios pasillos más y un par de escaleras para llegar a su meta actual: la biblioteca.
Aun cuando había sacado de ella varias docenas de libros, la ola de curiosidad que Genkai había causado con su única clase sobre demonios significaba que podía haber otros más que, quizás, habían estado en manos de algún alumno durante sus visitas anteriores.
Si bien muchos de los libros habían resultado estar llenos de disparates, otros contenían poca pero verdadera información del Makai y uno de ellos, el único que no había devuelto a la biblioteca y que hasta el momento no había logrado destruir o modificar debido a la magia que lo protegía, lo mencionaba.
Era satisfactorio para su orgullo ver tal cosa, mas estaba consciente de que tal información también podía ser una fuente de problemas en las manos equivocadas, especialmente si la existencia de los demonios era probada sin lugar a duda en la comunidad mágica.
Los elfos domésticos eran una muestra clara de algunas de las tradiciones de los magos y si bien aquellas criaturas parecían aceptar su condición de esclavos, Kurama había aprendido lo suficiente en la ignorada, por los demás estudiantes, clase de historia como para saber que ellos no eran una excepción. El rechazo en contra de la superioridad de los magos por algunas criaturas había provocado guerras, algunas veces iniciadas por los magos mismos.
Kurama no les temía, pero evitar posibles enemigos y no poner en riesgo a su madre era ya un hábito que no deseaba romper, por lo que ser ahora cuidadoso y acabar con los registros de su vieja vida que estaban a su alcance le parecía sensato.
Al llegar a la biblioteca, Kurama saludó a la bibliotecaria en voz baja y con una sonrisa, gesto que ella correspondió, aparentemente apreciando que alguien respetase el silencio sagrado del lugar y viniese con tanta frecuencia.
Su recorrido por los estantes usuales no le trajo más que la novedad de un libro grueso sobre "Criaturas posiblemente mágicas no identificadas", el cual acomodó bajo un brazo con toda la intención de sacarlo de la biblioteca para leerlo con calma durante la noche.
Al llegar de regreso a la recepción tuvo que esperar, debido a que alguien se había acercado antes que él, aunque aparentemente para entregar algunos textos que se había llevado con anterioridad.
—Buenas tardes —saludó Kurama al reconocer a la persona en cuestión y se contuvo de sonreír con burla cuando ella no pudo ocultar su sobresalto.
Su nombre Hermione Granger, recordaba, era prefecta de Gryffindor, el único ratón de biblioteca que no pertenecía a Ravenclaw y era quien los había descubierto en la primera reunión que habían tenido un día después de su llegada a Hogwarts.
Según Botan, ella no había escuchado nada importante, pero la mirada de desconfianza qué le dedico expresaba claramente qué pensaba de él, aunque quizás se debía a que todavía lo resentía por haber roto la tradición de "solo estudiantes de una casa pueden entrar a la sala común de ella".
A pesar de eso, ella le respondió el saludo con un gesto y volvió su atención a Madame Pince, quien estaba ocupada comparando el nombre de cada libro que la chica estaba devolviendo con la lista de registro, un proceso sorprendentemente anticuado y lento y que él no había esperado ver en una sociedad llena de personas capaces de volar en una escoba y de hacer desaparecer un objeto con un movimiento de varita.
La mayoría de los libros que la chica estaba devolviendo eran de temas específicos, como pociones y encantamientos, pero uno captó la atención de Kurama.
—¿"Demonios y sus historias"? —pronunció, curioso; no lo había visto en ninguna de sus visitas anteriores. Al notar que sus palabras habían captado la atención de Granger, añadió—: ¿Es interesante?
Granger se encogió de hombros.
—Son leyendas —explicó con poco ánimo—, como las que se ven en libros de historias muggles.
Quizás, pensó Kurama, la chica estaba tratando de averiguar lo que podía sobre demonios y había pensado que no había descubierto nada real en ese libro. Si ese era el caso o no, Kurama tendría que confirmarlo con sus propios ojos.
—¿Podría llevar también ese? —le preguntó Kurama a la bibliotecaria, quien luego de alzar su mirada asintió gustosa y dejó el libro aparte, en lugar de colocarlo junto a la pila de libros pendientes por ser regresados a sus estantes apropiados—. A veces me gusta leer algún libro de ficción en mi tiempo libre —explicó después a Granger, quien lo estaba observando con el ceño fruncido.
—No conozco muchos magos que digan eso —comentó ella sin apartar su vista de él.
—No saben de lo que se pierden.
—Señorita Granger —interrumpió Madame Pince—, todo está en orden. Señor Minamino, ¿qué otros libros piensa llevar hoy?
Kurama le entregó el tomo que llevaba a la mujer, quien lo anotó en el registro al tiempo que Granger se despidió y salió del lugar, luciendo como si estuviese perdida en sus pensamientos.
Considerando mencionarle su encuentro a Botan, para que ella vigilara a Granger y verificase la razón de su extraño comportamiento, Kurama le agradeció a Madame Pince y salió del lugar sin ninguna prisa.
Estar en alguna parte alta del castillo o incluso en el bosque era más productivo que asistir a una de las famosas clases.
Hiei fulminó con su mirada a Kurama, quien, como todos los días en los que tenían Pociones o Cuidado de Criaturas Mágicas, lo había obligado a asistir con él.
Ya era una rutina a la que comenzaba a resignarse, aun cuando no por ello pensaba dejar de demostrar su molestia al respecto ni mucho menos dejar de buscar nuevos lugares aislados, con la esperanza de no ser encontrado y poder mantener su atención en una posible amenaza acercándose, en lugar de pretender poner atención a la magia.
Eran un hecho, sin embargo, que entre el calabozo lleno de humo y olores desagradables en el que enseñaban Pociones y la zona al aire libre en la que el gigante llamado Hagrid les mostraba diversas criaturas, prefería al segundo.
En esta ocasión, además, se llevó una sorpresa al ver a Hagrid cargando un gran pedazo de carne todavía sangrante, algo que produjo una ola de reacciones de sobresalto, miedo y algo de preocupación entre la mayoría de los estudiantes, cosa que no disminuyó cuando el gigante les indicó que se acercaran al lindero del bosque y mencionó la preferencia por la oscuridad de las criaturas que pensaba presentarles en esta ocasión.
Eso fue suficiente para que Hiei lo siguiese aun antes de que Kurama pusiese una mano en su espalda y lo empujara para instarlo a hacerlo.
No era que esperara ver algo interesante, no después de haber recorrido el bosque en su totalidad y descubrir lo poco que había allí, pero quizás sí sería algo que rompería la rutina, tal como un encuentros entre dos o más demonios lo hacía en el Makai.
—¿Listos, ya están todos? —preguntó Hagrid, sonriendo de oreja a oreja, una vez avanzaron lo suficiente para llegar a un punto en el que los árboles tapaban gran parte de la luz—. Esta vez, les tengo algo especial.
—¿Será algo peligroso? —murmuró una chica de Gryffindor, mas Hagrid no pareció escucharla.
—Reservé esta excursión para su quinto año y ahora finalmente podremos verlos en su habitad natural.
El hombre continuó hablando con orgullo sobre lo extraños que eran y el haber logrado entrenarlos, pero Hiei dejó de prestarle atención a él y a los comentarios no siempre dichos en voz baja por los alumnos, y se fijó en su alrededor, buscando la criatura que podría comer tal pedazo de carne y que sin duda no podía ser inofensiva.
—¿¡El olor de la sangre!? —La exclamación indignada de un Slytherin hizo que Hiei volviese a poner atención a las palabras dichas a su alrededor.
—Sí, así saben que aquí esta su comida —replicó Hagrid, tan alegre como había estado desde el principio, dejando la carne en el suelo—. También los voy a llamar, para que sepan que fui yo el que les trajo esto.
De no haber escuchado eso, Hiei se habría sorprendido al escuchar agudo grito que dio el hombre, el cual repitió dos veces más hasta que por fin fue respondido por un sonido similar proveniente de algún lugar cercano del bosque.
Cuando Hiei vio a la criatura que se estaba acercando con lentitud, esquivando los troncos de los árboles, resopló, decepcionado.
El caballo esquelético y alado no era una verdadera novedad.
La criatura se detuvo a poca distancia de su comida a observar a todos los alumnos antes de lanzarse hacia la carne y arrancar un pedazo; fue en ese momento en el que algunos de los estudiantes reaccionaron ante su presencia.
Según otros de los esqueléticos animales negros se acercaron e imitaron al primero, el nerviosismo y la incertidumbre pareció apoderarse de la clase, algo extraño, teniendo en cuenta que todos deberían conocer a los caballos desde que llegaron al colegio.
—¿Bien? ¿Quiénes pueden verlos?
—¿Cómo no van a verlos? —cuestionó Yusuke con incredulidad, aun antes de que cualquiera pudiese responder—. ¡Están ahí! Son los caballos alados de los carruajes.
—No todos pueden —respondió Hagrid—. Verán, los Thestrals son muy especiales.
El nombre de las criaturas produjo un par de gritos ahogados.
—¡Ellos son de mala suerte! —exclamó una de las Gryffindors. Hagrid rió, negando con su cabeza.
Hiei decidió ignorar las palabras del gigante una vez más, prefiriendo acercarse a los Thestrals y alejarse así de los humanos.
La clase que había parecido prometer alguna distracción decente había resultado ser una decepción, tal como todo lo relacionado con la magia.
Estas criaturas, en particular, solo eran un peligro para las aves que volaban por su territorio y todas las veces en las que él que se había topado con Thestrals, tanto cerca del bosque como en el techo del castillo, estos habían permanecido inmóviles e incluso habían permitido que se acercara a ellos.
¿Y los humanos se asustaban por eso?
En un impulso, Hiei se acercó un poco más, consiguiendo con su movimiento atraer la atención de uno de los Thestrals, y estiró un brazo, aguardando por una reacción.
No tuvo que esperar mucho, pues el Thestral se acercó y en lugar de morder el pedazo adicional de carne que le estaban mostrando, le dio un suave empujón con su cabeza al brazo de Hiei.
—¿Q-qué es lo que...?
El silencio que siguió a esas palabras de uno de los estudiantes hizo que Hiei notase que todos lo estaban observando mientras el Thestral le daba otro juguetón cabezazo.
—Le agradas a ella. Mordelona, la llamo —comentó Hagrid, acercándose para darle una palmada en la espalda a Hiei que casi logró que tambaleara. Mordelona dio media vuelta y regresó a la cena antes de que los demás la terminaran solos.
—Como ven, los que pueden verlos, ellos ni siquiera son peligrosos. ¡Y son muy útiles! Solo tienen mala fama porque solo los que han visto la muerte pueden verlos.
—¿Por qué? —cuestionó Hiei, curioso por primera vez de lo que estaba escuchando.
—Hay muchas teorías —respondió Hagrid con una sonrisa cada vez más brillante, haciendo evidente su alegría ante la atención que estaba recibiendo—. Algunos creen que ellos solo se dejan ver por los que entienden el concepto de la muerte...
Hagrid continuó hablando y Hiei fijó su atención en los presentes, notando la aburrición de Yusuke, los escalofríos de Kuwabara, la pizca de curiosidad de Botan y la mirada llena de concentración de Kurama.
A pesar de la cierta distancia que los separaba y el aparente interés de Kurama en lo que estaba escuchando y viendo, el Youko se dio cuenta de que lo estaba observando y giró un poco su cabeza hacia él. Cuando sus ojos se encontraron, Kurama sonrió y puso un dedo sobre sus labios por un segundo, como si lo estuviera incitando a permanecer en silencio.
Hiei bufó por lo bajo.
Él ya había perdido su interés en la clase, pero si el zorro quería escucharla hasta el final, Hiei no se lo impediría.
Continuará
Notas: A quienes todavía recuerdan este fic: lo siento y gracias por tener tanta paciencia.
A quienes apenas comiencen a leerlo: gracias por darle una oportunidad y no se preocupen, que este fic tendrá un final y podrán verlo este año.
Y es que sí, finalmente llegó la hora de cumplir mi promesa de terminar este fic y estaré actualizando regularmente.
Así que ¡gracias por leer y hasta el próximo capitulo! (que estaré subiendo la próxima semana)
-Nakuru Tsukishiro.
