CRISIS MINISTERIAL

CAPÍTULO 12

PRÁCTICA Y PRINCIPIOS

Cecilia vio a Rocío hablar unos instantes con un tipo alto, delgado, desgarbado y completamente despeinado. Supuso que sería su compañero auror, por lo que no le extrañó que tras intercambiar palabras con la bruja se acercara corriendo hacia donde estaba ella.

- Sígame, por favor.- Dijo el brujo sin entrar en preámbulos ni presentaciones.

-¿Dónde vamos? –Preguntó Cecilia mientras echaba a andar tras él.

-Ahí, detrás de esos árboles. Es para que no nos vean. Voy a camaleonizar su varita.- Dijo tranquilamente mientras avanzaba con grandes zancadas.

-¿Qué cosa? – Preguntó Cecilia con la lengua fuera. Ella era alta y tenía las piernas largas, y estaba acostumbrada a correr detrás de sus hijos pequeños, pero la agilidad de este hombre la superaba completamente.

-Es un hechizo de disimulo para que la pueda tener en la mano sin que la vean los muggles. Ya estamos. ¿Puede sacar su varita? Cójala, por favor, con naturalidad, como lo hace habitualmente.

Cecilia, respirando trabajosamente, sacó su varita. No sabía muy bien qué quería el mago que hiciera con ella, así que la sostuvo en alto, delante de sus narices.

-¿Y ahora?

-Ahora voy a echarle los polvos. – Dijo el mago mientras metía una mano en el bolsillo de la chaqueta y extraía un sobrecito de papel.- Parecerá que su varita es invisible.- Añadió mientras comenzaba a echarlos a lo largo del palo. Cecilia contempló atónita como su varita desaparecía delante de su vista.

-¿Entonces no es realmente invisible?

-No. Se está mimetizando con el entorno. Si se fija bien, podrá apreciar los bordes...

Cecilia frunció el ceño incapaz de ver nada de nada.

-Esto ya está. Siga cogiéndola así, como lo hace habitualmente, sin apretar, porque los demás verían un puño crispado...

Cecilia alzó la mano. En teoría, la varita estaba ahí, delante de sus narices, pero no la veía. La aproximó a los ojos y esta vez sí, tenuemente, pudo apreciar un poquito sus bordes. Suspiró.

-Y ahora volvamos con el resto. Ya sabe, no tiene nada que hacer mas que observar mientras la sacamos...- Y el mago emprendió el regreso al mismo paso apresurado. Cecilia aceleró para intentar ponerse a su altura.

-¿Van a entrar ustedes?

El mago asintió con la cabeza.- Hay una bruja dentro del agujero, con la niña. Tiene la apariencia de una anciana inofensiva, pero a saber si es real.

Cecilia no supo qué decir. Era el trabajo de los aurores enfrentarse al peligro mágico. Estaban preparados y entrenados, y habían asumido el riesgo como parte integrante de su profesión. Ellos eran quienes podían sacar a la pequeña Patricia de aquel agujero con las máximas garantías de éxito. Se colocó en el puesto de observación, con la varita disimulada en la mano, con la sensación de que la marcha del tiempo se había ralentizado.

A una señal, los policías muggles comenzaron a entrar en el local. Lo hicieron discretamente, sin armar jaleos. Tras los hombres de azul entraron Valverde, el comisario muggle, pistola en mano, y los dos aurores, ambos también armados. Cecilia supuso que lo que parecían pistolas en sus manos serían realmente sus varitas, camufladas con algún otro tipo de polvitos mágicos.

Los minutos ahora parecía que volaban mientras en el exterior esperaban, comunicadores en ristre, en completo silencio y prácticamente inmóviles. Tras lo que a Cecilia le pareció una eternidad, se escuchó una voz ahogada por uno de aquellos aparatos y el dispositivo externo se puso en marcha como una exhalación. Unos policías se dispusieron en la puerta del comercio para recibir a los detenidos, un matrimonio de edad indefinida que debían ser los dueños y que tenían todo el aspecto de ser muggles completos e ignorar lo que se cocía en sus sótanos, y la anciana, una mujer de pelo blanco despeinado y ojos tan rasgados que casi no se veían.

Detrás, un policía de azul llevaba en brazos a la pequeña Patricia que se aferraba a su cuello con las dos manitas. Cerraban la comitiva el auror, el comisario Valverde y Rocío, que llevaba la mano izquierda en el antebrazo derecho y una expresión contenida en el rostro.

Metieron a los chinos en coches patrulla que salieron disparados a comisaría para los interrogatorios y a la niña en un hospital de campaña donde comprobaron que no tenía lesiones físicas. Allí también entró Rocío.

Cecilia salió de su puesto de observación y empezó a caminar observándolo todo. Esperaba que algún mago chino apareciera de un momento a otro, y lo cierto es que no se hizo esperar.

Era grande, gordo y calvo. Si no hubiera tenido aquella expresión de mala leche, hubiera recordado a un buda benévolo. Llevaba un traje negro que parecía que le venía estrecho y una corbata también negra, y caminaba directo hacia el hospital de campaña. Cecilia apresuró el paso y le salió al encuentro.

El brujo, en principio, quiso evitarla. Pero ella insistió identificándose como funcionaria del Ministerio de la Federación. El chino entonces se detuvo y la miró de arriba abajo, como sopesándola.

-Nos haremos cargo de la niña.- Expuso directamente.- Se trata de una ciudadana de la China mágica...

Cecilia abrió la boca dispuesta a decir que discrepaba, que se trataba de una ciudadana española desde el punto de vista muggle y por tanto de la Federación. Pero algo vino a su mente entonces.

-Estamos en un caso que afecta al Estatuto de Protección y Defensa de la Infancia Mágica, puesto que se trata de una menor.

-¿Usted cree? – Dijo el chino mirándola fijamente. Cecilia casi se sintió intimidada.- Que yo sepa, mi gobierno suscribió ese Acuerdo con una cláusula especial de preferencia de las leyes nacionales.

-Eso tendrá que discutirse en otro momento y con mas calma. Ahora prevalece el bienestar del menor.

-Mire, me está haciendo perder el tiempo.

El chino la apuntaba con su varita directamente a la frente. Cecilia supo que pretendía desmemorizarla, pero ella también era rápida. La punta de su varita presionó ligeramente sobre la sien izquierda del hombre.

-¿Sabe que es un delito el ataque premeditado a un funcionario de la Federación en servicio y en territorio nacional?

-¿Sabe que cuando acabe con usted no va a saber ni cómo se llama?

Cecilia sintió el sabor dulce de la adrenalina en la boca, su sexto sentido de percepción mágica totalmente alerta para responder en cuanto notara el más leve signo de una maldición.

Pero lo que no se esperaba era que la magia viniera de otra parte. Retrocedió instintivamente al sentir el impacto mágico en el chino, que puso una expresión indescriptible. Cecilia se giró hacia donde su instinto le decía que había venido la magia y vio a Rocío con la mano izquierda señalando al mago. Su brazo derecho lucía un gran apósito blanco.

-¡Lo has...!

- No lo digas, pero si. Era o él o tu.

-Estaba pendiente. Habría puesto un escudo.

-¿Y? Habrías tenido que acabar desmemorizándole.

-Eso no lo sabes.

-Eso lo se tan bien como tu.

-Bueno, si hubiera tenido que hacerlo...

-Si lo hubieras hecho mañana estarías de baja por depresión. Nos conocemos, Cecilia. Tu eres la de los principios. Por eso eres una letrada en lugar de trabajar con la varita.

-¿Qué quieres decir?

- Tu eres de las que trabajan para que nuestra sociedad mejore, para que el mañana sea mejor. Yo soy de las que se encargan de que la gente llegue a ese mañana. Tu eres la idealista, y yo soy la práctica.

Cecilia no dijo nada. Tal vez Rocío tenía razón, y sus escrúpulos impedían que hiciera mucha más magia de la que realmente hacía. Pensó que reflexionaría sobre eso mas tarde, con mas calma. En ese momento, lo único que se le ocurría era agradecer a Rocío su pronta intervención. Pero cuando iba a abrir la boca un periodista mágico ya estaba por allí.

Rocío desapareció del entorno mientras Cecilia y el chino, que ahora lucía una sonrisa beatífica, explicaban que los muggles habían hecho un buen trabajo, eso si, siempre supervisado por los aurores, y que el bienestar de la niña era lo mas importante, y que la colaboración y amistad entre ambos gobiernos mágicos era sólida... etcétera... etcétera... etcétera. Las cosas que se dicen desde un punto de vista diplomático a la galería. Por alguna razón, el chino se ganó la simpatía y atención del periodista, que dejó a un lado a Cecilia para centrarse exclusivamente en él, cosa que ella aprovechó para escabullirse.

Al cabo de un rato, lo vio. Adolfo había cambiado mucho. Estaba medio calvo y bastante fondón. Y sobre todo, ya no se movía como si fuera el rey del mambo, objeto de veneración y admiración por todo el mundo mundial. Adolfo era un padre que había sufrido mucho en las últimas horas y que abrazaba a su niña como si fuera el mayor tesoro del mundo. Cecilia observó que la niña correspondía al abrazo, y pensó que algunas personas sí que cambian y maduran, y tal vez Adolfo era una de ellas.

Y estaba pensando aquello cuando él levantó la vista y la vio. Besó en la mejilla a su hija, la tendió a su mujer, y mientras ella la abrazaba con fuerza caminó hacia Cecilia.

-Adolfo...- dijo ella.- ¿Te acuerdas de mí?

-Cecilia Pizarro, la mas guapa del colegio. Y señora de Alberto Fernández de Lama, porque imagino que seguís juntos ¿No?

Cecilia asintió con la cabeza.

-No has cambiado nada, Cecilia.

Ella no supo qué contestar. No podía decir lo mismo de él, desde ningún punto de vista. Fue él el que la sacó del apuro.

-Si estás aquí, debe ser por algo... y ¿por qué será que no creo que tenga que ver con el Ministerio de Interior?

-No te equivocas.

-Siempre fuiste especial. ¿Es por eso?

-Creo que mas bien es mi temperamento.

-Mi niña es cariñosa, abierta... o era, no se cómo le influirá todo esto...

-Os asesorarán. Tanto los psicólogos muggles como los medimagos. Y no me refiero sólo a este suceso, también a entender, si es que se puede entender.

-Debe poderse. Alberto era un tío inteligente. Si él lo hizo, no veo por qué yo no...

El deje era el del Adolfito Mendoza, qué guapito y qué listo que soy. La sonrisa era la de adulto que ha madurado algunas cosas. Cecilia también sonrió.

-¿Crees que le importaría que de vez en cuando quedemos para tomar unas cañas y hablar de eso? Estoy dispuesto a reconocer que en colegio era un completo gilipollas.

- Prueba.

Horas mas tarde, mientras una familia festejaba que todo había quedado en un susto, y las sociedades tanto mágica como muggle respiraban aliviadas con la confianza restablecida, una mujer baja y delgada pero fuerte oteaba desde la puerta de un bar de copas. No había mucha gente, por lo que fue fácil encontrar en la barra a quién estaba buscando. El ya la había visto y le hacía gestos con la mano. Ella se aproximó sonriendo.

-¡Cómo me alegra que te hayas decidido a venir!

-Así que este es el garito donde los polis de tu comisaría empapan en alcohol los avatares del servicio...

-Mas o menos. ¿Una copa?

- Un gin tonic.

Rocío sonrió mientras el comisario pedía la consumición.

-¿Qué estas pensando? – Dijo al verle la expresión risueña.

-Estoy pensando en una amiga. Una completa idealista. Creo que mañana la llamaré por teléfono.

-Vaya, qué cosa más rara...

-Bueno, no vamos a hablar de crímenes todo el tiempo ¿No? Solo el 75%, si te parece.

Valverde se echó a reír. Pasaron una larga velada hablando, muy cómodos, el poli y la auror. Aunque él no sabía lo que era eso. Todavía.