Si había logrado librarme de las sospechas gracias a la poción matalobos, ahora es un secreto a voces para todo el mundo mágico lo que soy. He sido abofeteado y echado a patadas de más de una entrevista de trabajo, mientras me decían lo que podía hacer con mis recomendaciones, pero no importa si no me cogen en un sitio será en otro, puedo seguir buscando aún tengo lo que gane en Hogwarts y siempre puedo volver a trabajar entre muggles, cada vez que pienso en ello me acuerdo de Dalia, entre mis pocas pertenencias aún está el delantal de su cafetería, decido ir a verla. Estoy terminando de ponerme el abrigo cuando me llega el mensaje de Dumbledore, Dalia tendrá que esperar.

Llego directamente por red flú al caldero chorreante, no necesito que me digan donde está el reservado voy directo, pero antes de hablar Dumbledore me lleva a otro lugar.

– Sé que es pronto y estas ocupado, pero sabes que no te lo pediría si no hiciera falta.

– Lo sé. – Contesto dándome cuenta de que sus palabras se refieren al hecho de que necesito descansar y encontrar un trabajo.

– Esta misión sólo puedo pedírtela a ti, dada tu condición será menos peligroso para ti enfrentarte a uno de los hombres lobos de Greyback. – Empieza a explicarme y siento hervir mi sangre al escuchar ese nombre. – Por la información que ha llegado a mi sólo sé que está encerrado en una granja muggle, necesito que junto a tu compañero averigüéis que están tramando y porque se están movilizando.

– ¿Compañero?

– Sí, es un compañero muy delicado. Te pido guardes en secreto su existencia, él está corriendo un gran riesgo si es atrapado al estar trabajando para mí mientras deja creer a los demás que está en el otro bando.

– Preferiría hacerlo sólo, si es un hombre lobo es mejor evitar el riesgo.

– Tranquilo, él ya tiene experiencia en estas situaciones y os conocéis bien, además su talento puede ser necesario. – Mi cerebro tarda un poco en procesar la información, pero cuando lo hace empiezo a negar con la cabeza.

– Severus no, él no Dumbledore, no puedes hacerle esto. Lo hare solo o con otra persona, pero no voy a ponerle en peligro. – Hablo más rápido de lo que llego a pensar, pero tengo claro que no reviviré ese momento en la enfermería, el miedo de haberlo transformado, la decepción en su mirada. – Él no.

– Ya no sois niños, tenéis que superar el pasado.

Me deja en la habitación mirando por la ventana, siento ganas de romper algo, pero me contengo, la luna llena está lejos pero puedo sentir a mi lobo como si fuese a salir esta noche. Guardo las manos en los bolsillos del abrigo para ocultar que aprieto los puños y centrarme en el contacto de mi varita contra mi antebrazo.

Escucho como entra en la habitación con Dumbledore tras él, noto como por un segundo cambia su respiración, siento que mis sentidos están más cerca de los del lobo que de los del hombre, aparto la idea a la vez que espero escuchar lo que él tiene que decir sobre nuestra misión juntos.

– Me niego en rotundo, tengo más posibilidades de que me ataque él a que lo haga el que tengo que atrapar. – Dice en ese tono lleno de cinismo.

– Eso no ocurrirá mientras no me des motivos, – Me giro lentamente, las manos aún dentro de los bolsillos del abrigo que él me regalo y mis ojos fijos en los suyos. – además la luna llena está lejos y estoy bien surtido de poción matalobos. – Añado intentando no sonreír y darle las gracias por ello.

– Le he explicado a Remus tu actual situación, siendo dos os será más fácil atrapar al enemigo. – Más bien siento que me obligan a llevar un más que suculento cebo.

Severus no discute más sobre el tema, pero puedo ver que no está nada contento con la situación, yo también preferiría ir sin él, doy gracias de que Dumbledore sea tan sabio de no mandarlo a él solo por más que diga que tiene experiencia con hombres lobos gracias a mí, no creo tener mucho que ver con los hombres de Greyback que son más bestias que hombres.

Dumbledore ha de tener muy buenos informadores para que le hayan dicho lo que ocurre en una pequeña granja alejada de la civilización, de no ser porque nos hemos aparecido no sabría decir cuanto habríamos tardado en dar con ella, el aire huele rancio y los animales parecen asustados, Severus también debe de haberlo notado porque por un momento se cubre la nariz con la manga, mientras mira algo con total desagrado, cuando sigo sus ojos para ver que le molesta tanto, veo los restos de animales, no cabe duda que nos espera una bestia.

Me pongo por delante, si somos atacados nada más entrar quiero darle tiempo a prepararse para defenderse, no voy a dejar que le hagan ninguna cicatriz nueva en mi presencia.

– Yo iré primero. – Le digo atento a cualquier ruido que pueda indicarme algo de la situación que nos espera.

– No respires el humo. – Me dice en apenas un susurro y yo asiento sin girarme.

La puerta está abierta y en el pasillo están los restos de una pareja de la que se han alimentado, el lobo en mi ruge furioso por verlos, es como si gruñese en mi cabeza ofendido por ser comparado con una bestia más parecida a un carroñero. Los olores se mezclan en mi nariz y me cuesta diferenciarlos con mi mente racional, pero otra parte me está diciendo que hay dos presas esperando más adelante, y no me sorprendo cuando veo al hombre lobo, mejor dicho a la bestia sujetando a un joven aterrorizado como si fuese un escudo, tiene garras en lugar de manos, y estas sujetan al joven tembloroso por el vientre y el cuello como si fuera a desgarrarle en cuanto nos acerquemos más.

– ¡Lanzar las varitas o le desgarro el cuello ahora mismo! – Nos grita el desgraciado, no ha terminado de escupir sus palabras que he lanzado mi varita no lo suficiente lejos de mí, y estoy seguro de que Severus hará su movimiento.

Veo un humo de color imposible salir de entre los trozos del frasco roto y no dudo en cubrirme con la manga de mi abrigo a la vez que me lanzo a recuperar mi varita, escucho toser al chico y pienso que sea lo que sea que ha lanzado Severus no debe ser peligroso para él.

No estoy seguro de si el humo ha hecho efecto, pero hemos logrado arrebatarle a su rehén y siento unas ganas irrefrenables de desgarrarle y comprobar si tiene entrañas en su interior, además puedo ver una molesta sonrisilla en sus labios pero pronto voy a dibujar una nueva expresión en su rostro. Dejo que Severus se lleve al chico a otra parte, mientras me ocupo de atar al malnacido asegurándome de que sus asquerosas garras de bestia y su boca de carroñero no puedan acercarse a nosotros durante el interrogatorio, para asegurarme de que no puede mover la cabeza le doy un bofetón con el dorso de la mano que le quita la molesta sonrisilla.

– ¿Te ha gustado mi juguete? Sabe mejor que sus padres. – Habla en cuanto ve aparecer a Severus por la puerta, le dejo que se crea que puede molestarnos, sólo estoy esperando el momento de darle el próximo golpe, porque está claro que no dirá nada útil sin un poco de ayuda.

– ¿Cómo está el chico? – Por favor dime que no le ha mordido, que no te estoy viendo a ti hace años.

– Mal, no sé si sobrevivirá y si lo hace no le espera nada bueno.

A cada segundo que estoy en esta casa me siento más unido a mi lobo que nunca, siento que somos los dos los que golpeamos la silla con la bestia para hacerle caer al suelo.

– ¿Cuantos hombres lobos sois? – Preguntó dándole la espalda, sintiendo que algo está cambiando en mí a la forma que tenía que haber sido.

– No lo sé, sólo Fenrir lo sabe. – Empieza a hablar, pero sólo dice basura inútil.

– ¿Qué te ordenaron?

– Encontrar al hombre lobo con marcas de azur en el rostro. – No sé de quien se trata, he conocido pocos, más bien ninguno si no contamos al hombre lobo de San mungo en mi vida, y dudo que se refieran a él.

– ¿Por qué? – Tiene que ser alguien especial para que ordenen buscarlo, no puede ser un desertor habría dicho su nombre o que se trataba de un traidor, pero él mismo no sabe de quién se trata.

Hace un numerito deprimente intentando arrancarse su propia lengua, me está haciendo perder el tiempo así que piso su cuello y aprieto lo justo para que sepa que soy yo quien decide cuándo va a dejar de hablar o morir.

– ¿Por qué? – Repito mi pregunta apretando un poco más para dejarle clara su posición, el sonido de su tos es raposa y desagradable.

– ¿Por qué? – Esta vez pateo su estómago sin ningún miramiento para que pueda respirar un poco mejor.

– Fenrir no lo dijo. – Así que no es tan tonto como para revelar todo lo que sabe, aunque puede que este estúpido crea que puede guardarse algo.

– ¿Lo encontraste?

– Sí, pero se me escapo. Por eso me escondo aquí, Fenrir no me lo perdonara. – Ahora entiendo que hace en esta granja, se esconde como el carroñero despreciable que es, contarme lo que sabe a mí o a Fenrir va a dar igual porque no sabe nada, falló.

El grito que llega desde arriba interrumpe mi próxima pregunta, y es seguido por la risa descontrolada de mi presa, le doy una patada en la boca que le hace sangrar, no tiene mi permiso para reírse o hacer más sonido que el necesario para darme la información que quiero.

– Voy a necesitar tu ayuda. – Me dice Severus que ha permanecido en silencio observándolo todo.

Lo acompaño arriba aunque no quiero ver al chico, preferiría quedarme abajo haciendo pagar por todo a la bestia que hemos atrapado, pero Severus nunca antes me ha pedido ayuda, así que lo sigo escaleras arriba, nada más entrar a la habitación el olor a orina me dan ganas de darme la vuelta e irme, me sorprendo al verle abalanzándose sobre el joven que se convulsiona.

– Hay que inmovilizarlo y evitar que se trague la lengua. – Lo dice ocupándose de lo último, yo me ocupo de lo primero intento por todos los medios no hacer contacto visual, porque no logro ver la cara del joven que sujeto, cada vez que lo miro sólo veo a Severus en el colegio y al Severus de ahora que me guarda tanto rencor como para preferir enfrentarse sólo a una bestia que tener que estar a mi lado.

– ¿También fue así para ti? – Me atrevo a preguntárselo, yo soy incapaz de recordar como fue para mí y nunca me he atrevido a preguntarle a mis padres, pero esto es claramente una tortura para nosotros tres. – Me refiero a tus heridas.

– Sí. – No dice nada más y tampoco hace falta, ahora ya sé por lo que le hice pasar, pero no puedo ni imaginarme lo doloroso que debió ser.

Entre el silencio que se hace la habitación sólo soy capaz de asegurarme de que aunque el chico deje de convulsionarse seguirá inmovilizado por si vuelve a pasarle, los ruidos que llegan de abajo me dan una oportunidad de salir, y de descargar la rabia que está creciendo en mí igual que la unión con mi lobo, antes cuando me sentía más cerca de la bestia que del hombre me asustaba, dejaba que el miedo se apoderase de mí, pero ahora siento que los dos estamos haciendo lo correcto, venganza y protección.

– Lo siento. – Pienso al salir de la habitación, quisiera ser capaz de decírselo en alto y mirándole a los ojos.

Veo al medio bestia golpeando la silla contra la pared intentando romperla para escapar, decido ayudarle y terminar de una vez con esto, si Dumbledore quería saber si se estaban movilizando está claro que sí y buscan hombres lobos para que se unan a ellos lejos de los que ha criado Greyback, aunque quizás sólo buscan a ese hombre lobo, debe tener algo especial ya sea información o fuerza.

Nuestro combate empieza cuando le dejo levantarse y sacudirse los trozos de madera de encima, parece creer que puede conmigo ahora que esta suelto y no duda en atacarme de frente con sus asquerosas garras, es tan previsible que lo esquivo dejándole arañar el aire. Seguimos moviéndonos por el salón destrozando los muebles a nuestro paso.

– ¿Me tienes miedo? – Pregunta socarronamente cuando una de sus garras llega a cortarme.

Le miro más bien molesto, debí quitarme el abrigo que me regalo Severus, espero poder arreglarlo después.

– Mimblewimble. – Digo sin levantar la voz y veo como se tambalea ante mí, sus garras destrozan el sillón cuando se niega a caer y se fuerza a levantarse.

Como esta tan confiado de que es alguien que debería temer, le dejo creer que así es, hago ver que mis manos tiemblan ante él y cuando se acerca a por mí dejo que él solo se golpee contra la mesita baja mientras yo me ocupo de golpear sus articulaciones.

– Si os entrego a Fenrir me perdonara. – Dice con cierta vehemencia, creo que ni el mismo se lo cree.

– Si no te mato yo antes. – Contesto notando que Severus ha bajado, habría preferido que siguiera arriba.

Por respuesta hace algo que no me esperaba, su cuerpo se transforma a pesar de no haber luna llena, está aún lejos para que nos afecte, pero no me hecho atrás, avanzo decidido a llevarme por delante a este ser inferior, siento mi sangre bullendo, en mi cabeza sólo está claro que debo morderle la yugular e impedir que se acerque a Severus, yo soy el lobo aquí. Bloqueo sus avances, pero me esquiva y se lanza sobre Severus, me muevo rápido para bloquearlo pero soy empujado con fuerza contra la pared y aplastado por el cuerpo del hombre lobo, mi cabeza da vueltas e intento centrarme para seguir consciente, lo único que logro pensar es que si él me ha golpeado significa que está lejos de Severus.

Mantente consciente, me digo a mismo sintiendo mi cuerpo flotando, no tengo mucho éxito. Las voces me llegan como apagadas, no logro entender lo que dicen y tampoco puedo moverme o hablar, deseo levantarme y acabar lo que empecé pero mi cuerpo no me responde.

– No te vas a levantar en un rato, no pierdas nuestro tiempo.

– ¿Quién eres? – Pregunto buscando mi varita y notando una vez más que no puedo moverme.

– Estás demasiado atado a tu cuerpo físico.

La voz me resulta familiar y al fin puedo ver a mi alrededor, pero no es la casa, tiene que ser una alucinación porque estoy de pie en la cafetería de Dalia.

– Siempre nos gustó el olor de este sitio, nos recordaba al de él.

La voz viene de una de las mesas a mi espalda, me giro con la varita en la mano y lo que veo me sorprende tanto que se me cae al suelo. Esto no puede ser real.

– No puedes seguir negándome, siéntate y hablemos. – No le hago caso, sigo de pie mirándolo fijamente, tiene que ser algún hechizo ilusorio más me vale espabilarme. – Esto no es magia y hace rato que perdimos la conciencia, todo esto es… nuestro mundo interior.

Termino por sentarme, más porque necesito sentarme que porque quiera compartir la mesa con un, un, un…

– Lobo antropomorfo. – Eso, encima lee mis pensamientos. – No los leo, los compartimos, como el cuerpo, es sólo que tú te empeñas en separarnos. Pero si quieres seguir así, te lo dejo claro desde ahora, él es mío y no te lo daré, le gusto yo no tú.

– No es así, tú no le gustas a nadie. – Ya es oficial, estoy loco y discuto con mi lobo interno.

– Le gusto, le gusta dormirse apoyado en mi lomo, le gusta mi pelaje y vino a mi alumbrado por la luna y guiado por mi aullido.

– ¿Has olvidado que casi lo matas? Y que eso paso hace siglos. No le gustas, es él quien prepara la poción para que yo te controle.

– No iba a matarlo, iba a marcarlo como mi pareja dado que tú le diste la espalda e ibas a dejar que se lo quedara otro, cosa que hiciste, pero pienso recuperarlo. Además la poción es para mí, es gracias a ella que se ha abierto esta comunicación entre nosotros, mucho mejor que la mierda que nos dabas antes. – Tras soltarme eso se pone a comer bizcocho de chocolate imaginario supongo.

– Esto no me está pasando.

– Sigue así, es lo tuyo. Negación constante. – Lo miro fijamente en respuesta, entrecerrando los ojos, estoy seguro de que si todo esto es producto de mi imaginación bastara con desearlo con fuerza y desaparecerá. – Prueba a imaginarte que me estalla la cabeza. – Encima se ríe de mí, lo que me faltaba.

– Siempre he aceptado que soy un hombre lobo.

– Lo has sido desde que puedes recordar, pero dime, cuándo no has sentido vergüenza de mí, de las cicatrices de tu cara.

Sólo hay una respuesta y visto que compartimos pensamientos ya la conoce, aun así se la doy.

– Cuando Severus vino al bosque y cuando viajo en el tiempo, en ese entonces recuerdo que me gustaba transformarme, el mundo era distinto y cuando volvía a mi verdadero yo no me sentía culpable de lo que pudiese haber hecho, sabía lo que había hecho.

– Lo ves. Únete a mí y seamos uno o hazte a un lado y déjame cortejarlo.

– ¿Cortejarlo?

– Ya no somos un cachorro inconsciente. Está claro que hay que ganárselo. – Lo escucho, lo miro y me da la risa al imaginármelo regalándole flores o chocolates.

No puedo decir que todo esto no sea producto de alguna contusión, magia o simplemente que ya estoy loco del todo, pero mirando al lobo a los ojos, siento que estoy ante un espejo, puedo ver todos mis miedos, perder el control, convertirme en una bestia y hacer algo irreparable, como cuando ataque a Severus en el colegio, aún puedo sentir su sabor, su olor y el deseo irrefrenable que sentía. Todo lo que he rechazado una y otra vez, he negado que el lobo sea parte de mí, siempre pensando en ello como una enfermedad incurable, una maldición perpetua, pero y si él tiene razón, si somos sólo un mismo ser no hay motivo para dejarlo todo al instinto, mi conciencia, mis decisiones, todo eso podría ser controlado.

– Yo soy el lobo y el lobo soy yo.