12. No day, but today.
- Vaya, esto es nuevo – Dijo Kurt, a modo de saludo cuando, al entrar en la habitación de Rachel, la encontró vestida con un ajustado pantalón de cuero y un top blanco.
- Esta noche cantaremos RENT en el restaurante – Respondió ella, poniéndose un poco más de polvos de maquillaje en sus mejillas tostadas. – Es el vestuario para La Vie Boheme.
Aquél caluroso martes de Julio, Rachel volvía al TriBeCa Jazz Café en plena temporada turística para empezar de nuevo su calendario laboral. Su trabajo era bastante sencillo, tenía que servir cafés, hamburguesas y refrescos hasta que uno de sus compañeros comenzara a cantar al más puro estilo de un flash mob neoyorquino y entonces se unía a sus voces para representar la escena del musical que hubiesen elegido para la ocasión. RENT era uno de los que más éxito tenían, y aquella noche se metería en la piel de una jovencita de la bohemia neoyorquina que malvivía a caballo entre las drogas, el sida y la indigencia.
- ¿Y tú qué vas a hacer? – Kurt iba vestido claramente para pasar una noche de copas. Se había puesto su mejor pantalón verde musgo, a juego con un gracioso chaleco y una camisa clara.
- Bueno, Quinn y yo hemos decidido salir a dar una vuelta. Le vendrá bien conocer la noche en Nueva York.
Lo que en realidad pretendía era sacar a la rubia del loft para hacerla beber hasta que, o bien por la gracia del alcohol en la sangre, o bien por voluntad propia, le aclarase un poco cuáles eran sus pensamientos con respecto a Rachel.
- Pues pasadlo bien. – Ésta se levantó presurosamente de la silla que había frente a su tocador, se colocó con torpeza los altísimos tacones negros y salió de la habitación sin darle tiempo a Kurt a emitir una despedida coherente. Necesitaba huir de allí antes de que su compañera de piso saliese de la ducha, ya que, nuevamente, había adoptado la táctica de evitar todo contacto con ella, ya fuera físico, verbal o meramente visual, desde que ensayasen juntas un par de noches antes. Bajó las escaleras a toda prisa en lugar de pararse a esperar al ascensor y salió del portal como una exhalación.
Entretanto, Quinn terminaba de arreglarse en el baño del loft. Se puso un sencillo vestido negro, se maquilló y se secó el pelo sin peinárselo para que su naturaleza física crease unas brillantes ondas rubias que derramó ante su cara.
- ¿Lista? – Kurt la recorrió de arriba abajo con la mirada y pensó que estaba sencillamente espectacular. "No" se corrigió a sí mismo "Quinn siempre ha sido espectacular".
- Eso creo. Vámonos, necesito una cerveza bien fría. – También ellos abandonaron el loft para echarse a un hermoso atardecer de verano que se vislumbraba entre los altísimos edificios que coronaban la ciudad. Descartaron unos cuantos bares que no fueron de su agrado hasta que encontraron uno que parecía perfecto.
Y allí fue, donde aquella graciosa pareja se sentó en sendos altos taburetes junto a una barra que, aunque era fría, en ese momento les pareció más cálida que el fuego ardiendo en el hogar. Y allí fue donde bebieron como si todo el alcohol del mundo no bastara para saciar la sed de juventud, de experiencias. Y cuando Quinn estaba a punto de vaciar la cuarta jarra de cerveza, y en su cara lucía una expresión de profundo deleite, con los ojos entrecerrados y una perezosa sonrisa, Kurt redirigió la conversación para llevarla hasta lo que quería conseguir.
- Rachel me ha dicho que la otra noche compartisteis un momento de lo más íntimo… - Comentó, despreocupado, sorbiendo su margarita con una pajita rosa. – Fíjate, me dijo que estuvisteis a punto de besaros. Supongo que exageraba, tratándose de ella, no me parecería nada raro.
Aunque pretendía que sus palabras sonaran naturales, fue bastante obvio que no había sido un comentario casual. Quinn apuró la jarra de cerveza e hizo un gesto al camarero para que se la rellenara. Así que era eso de lo que se trataba. Kurt la había llevado hasta allí para hablar de Rachel.
- No te mentía – Respondió, a pesar de que lo último que desease en el mundo fuese hablar sobre Berry en ese momento. – Casi nos besamos otra vez. Pero no te preocupes, Hummel, no volveré a hacerlo. No quiero que ella se vuelva a sentir herida y vaya llorando por las esquinas sintiéndose humillada.
Lo cierto era, que si había algo que le había dolido a Quinn de la actitud de Rachel fue que pensara que la había besado sólo para reírse de ella. ¿Tan despiadada se pensaba que era que ni por un mínimo instante era capaz de dejar la maldad y hacer algo sincero?
Al principio le había dado igual, porque ella también pensaba que el beso había sido un error. ¡Maldita sea, lo único que había pretendido era hacerle daño, daño físico, desahogarse hundiéndole el puño en la cara! No obstante, su cuerpo había hablado antes que ella y se había acercado a su boca para robarle algo que necesitaba desde hacía muchísimo tiempo. Error o no, lo que no podría negar aunque lo intentase mil veces era que ese beso la había cambiado.
Por el contrario, Rachel parecía seguir asustada de las caricias de la carnosa y anhelante boca de su compañera de apartamento.
Kurt la miró enigmáticamente durante unos segundos que a ella le parecieron siglos. Carraspeó con suficiencia y, erguido en la silla, formuló una pregunta vocalizando cada palabra como si quisiese saborearlas.
- ¿Y si te dijera, Quinn, que lo que Rachel quiere es que vuelvas a besarla? – Sonrió, petulante, y se refugió dentro de su copa.
- Vale, Kurt, he aceptado sin quejarme escucharte hablar de Berry, pero lo que no puedes pretender es que me crea ese rol de alcahueta que te has asignado, ¿De acuerdo? – Suspiró, profundamente. Veía borroso, el alcohol estaba comenzando a subírsele a la cabeza lentamente, embriagándola, haciéndola hablar más de lo que le gustaría. – Ni por un segundo me creería que quiere tenerme cerca. No tienes más que ver su actitud, cada vez que me ve es como… como si hubiese visto a su querido fantasma de la ópera. Se pone pálida, comienza a temblar y se esconde por ahí. Es patético.
- ¿Y qué hay de ti? ¿Qué es lo que tú quieres?
Fabray conocía muy bien la respuesta a aquella pregunta. No existía otra en su cabeza que se acercase más a la realidad, a esa injusta y cruel realidad a la que tanto temía. ¿Que qué quería? Era obvio. A ella. A Rachel. A la misma Rachel que se acostó con su novio, que le robó a su hija y que después se paseaba por las bulliciosas calles de Nueva York haciéndose pasar por una chica inocente y frágil. ¿El por qué? Escapaba a su razón. Y cuando se trataba de la razón de la brillante Quinn Fabray, la primera de su promoción, con una media aritmética de diez sobre diez, sólo había algo que era capaz de hacer que fallase: Su corazón.
- Ese silencio lo confirma todo – Kurt cabeceó un par de veces y Quinn, sintiendo que se acababa de delatar a sí misma, se apoyó en la barra, cogió su cerveza y dio un largo trago. Estaba jodidamente atrapada.
- Escúchame, Kurt. Una vez me dijiste que aunque yo fuese lesbiana y Rachel también, sería la última persona del planeta con la que tendría algo más allá del beso accidental que le di. Y sé que tenías raz…
- ¡Quinn! ¿Es que no te das cuenta? – La interrumpió Kurt, que estaba perdiendo la paciencia. Si había algo que odiase más que el falso heroísmo, era el martirio innecesario al que algunas personas se sometían por decisión propia. – No estoy aquí para reprenderte. Lo que quería eran respuestas y me las has dado.
Quinn trató de intervenir pero Kurt le puso las manos sobre los hombros para que no le interrumpiese.
- Mira, Rachel tiene miedo ¿Vale? Está muy asustada. Está cambiando, toda ella es como una especie de hervidero de hormonas, y aunque me gustaría negarlo, influyen en todas sus decisiones. Decisiones completamente nuevas, que le aterran, que nunca se había planteado. No a todo el mundo nos resulta fácil salir del armario, ¿Sabes? Ignoro cómo te lo habrás tomado tú…
- Vengo de una familia radicalmente cristiana, educada en un ambiente pleno de fervor religioso y católico, y aunque soy consciente de que amar no es un pecado, para mí ha sido bastante difícil asumir que lo que antes condenaba es lo que ahora soy.
Quinn bajó los ojos ante la sorprendida mirada de Kurt.
- ¿Tú…? – No hizo falta decir más. La rubia asintió con pesadez y algo de vergüenza. - ¿Desde cuándo?
- Desde hace mucho, Kurt, muchísimo. – Se abstuvo de decir "Desde mi primer día en el McKinley", puesto que eso supondría revelarle cuál había sido el acontecimiento que había marcado un antes y un después en su vida. Y no estaba dispuesta a hacerlo, al menos todavía.
El chico se lanzó a sus brazos, lleno de esa alegría que se siente al saberse acompañado y comprendido, sonriendo con sinceridad ahora que había alguien junto a él que lo apoyaría y entendería sus problemas. Y lo más importante, que podía ayudarlo con Rachel.
- Tienes que decírselo. – Le susurró al oído. Sus palabras activaron un resorte que hizo que Quinn se deshiciese de su abrazo y lo mirase con dureza.
- No.
- ¡Tienes que hacerlo!
- Todavía no, Kurt. No mientras sepa que ella se siente incómoda conmigo, que no quiere saber nada de mí y posiblemente siga evitándome. Eso… eso no nos haría ningún bien. A nadie.
Kurt la cogió por las mejillas, con dulzura, como si fuese a besarla como un hermano besa a su hermana o un padre a su hija, nada más allá. Sin embargo, clavó su mirada esmeralda en los ojos enrojecidos por el llanto inminente de la rubia y habló con voz grave.
- No hay día sino hoy, Quinn. ¿Quién sabe qué puede pasarnos mañana?
