-No….

Sus piernas traicionaron sus fuerzas en ese instante, dejándole caer al suelo mientras su mirada seguía fija en la lejanía, justo donde había visto a Gilbert. El aviso de la partida del vuelo fue como el anuncio de una pesadilla, el aviso de lo que nunca se imaginó que llegase a ocurrir, estremeciéndose su corazón, sometido al dolor y a la tristeza. Hubiera llorado, pero, además de que las lágrimas se habían extinguido por culpa de los días anteriores, todo él permanecía en un estado de shock, se negaba a sí mismo, y las personas que intentaban apartarle o le preguntaban si estaba bien, eran como si no existieran, como si únicamente Feliks estuviera en aquel aeropuerto, perdido, solo. No distinguió el momento en el que Toris empezó a ocupar su campo de visión, arrodillándose ante él y pronunciando su nombre. Alguna que otra pregunta también era musitada, pero él no era capaz de contestarle. Toris no sabía exactamente qué había sucedido, creía o estaba completamente seguro que finalmente su amigo conseguiría detener a Gilbert. Pero, al ver sus ojos perdidos, aquellos ojos verdes que tanto había querido, esa mirada que destilaba brillo, se había apagado.

Como un fénix que acababa de perder su fuego.


Desde lo acontecido, los días ya no tenían nombre para él, ni siquiera se daba cuenta de lo rápido que habían transcurrido las semanas. Feliks había vuelto a realizar su rutina diaria. Asistía a todas las clases, incluso iba a la biblioteca a pasar algunas tardes a estudiar, y en la medida de lo posible, asistía al trabajo del Cat Eyes. Elizabeta, aún preocupada por su estado, le había insistido que no hacía falta que trabajase más, más que nada porque aquel lugar estaba impregnado de muchos recuerdos que podían resultar dolorosos para él. A pesar de eso, Feliks, siendo cabezota y no permitiendo que su mejor amiga siguiese preocupada por él, continuó su trabajo allí. Además, Toris también comenzó su trabajo como cocinero. Feliks debía admitir que aquello se le daba bastante bien, de vez en cuando, cada vez que le hacían un pedido y tenía que decírselo a Toris y esperar, se dedicaba a ver cómo hacía la comida. Pero otras veces, simplemente no podía quedarse mucho tiempo ahí: se acordaba del albino, en ese mismo sitio, cocinando. Él no lo sabía, pero Toris era consciente de que el polaco estaba sufriendo. Aunque siempre afirmase estar bien y no permitiese que se nombrara el tema ni nada relacionado con el alemán, él se había fijado en que Feliks aún no dejaba de llevar la cruz de hierro en su cuello. Desde que Ludwig se la había devuelto, no se la había quitado de encima, o al menos, no cuando estaban en el Instituto, en las clases, o trabajando en la cafetería. El joven de ojos azules sentía celos por esto, pero antes de los celos, predominaba la tristeza. No soportaba ver así a Feliks. Quería que él fuese feliz, pero no era necio, y era evidente que por mucho que lo deseara, él no podía garantizarle la felicidad que Feliks esperaba tener. Porque no era suficiente, su felicidad se había ido en aquel avión con destino a Berlín.


Toris estuvo dándole muchas vueltas, días y semanas. A medida que pasaba el tiempo, más dudas se planteaban, pero cada vez estaba más cerca del camino, de la respuesta, dejando de lado sus sentimientos, dejando de ser egoísta, pensando esta vez en la persona que amaba, no en él. Por lo tanto, tomó una decisión. Una mañana de un Sábado fue el día elegido para decirle a Feliks que por favor, le acompañase. Feliks realmente no tenía ganas de salir, se le notaba en el rostro, pero ante tanta insistencia de Toris, afirmando de que no se arrepentiría, tuvo que ir sin más remedio. Lo que no sabía Feliks era que su mejor amigo le llevaría ni más ni menos que a Miyabigaoka. El polaco miró con desdén a Toris, pensando por un momento que ya el chico no estaba en sus cabales.

-¿Para qué demonios vamos aquí?- le reprochó.-¡O sea, como que sabes que estos engreídos de pacotilla estuvieron a punto de quitarle la cafetería a Eli!

-¡L-lo sé Feliks!- Toris alzó las manos para tranquilizarle y que bajara los humos.-¡Pero esta vez es una buena causa! Y está relacionada contigo, no te arrepentirás.

-¿Relacionada conmigo?- Feliks alzó una ceja.-¡Toris, más te vale que eso que dices valga la pena! Si no, cargarás con todas mis bolsas de compra durante un mes.

Toris continuó diciendo que lo que le iba a mostrar era bueno. Feliks, cruzándose de brazos y suspirando, caminó junto a él, adentrándose en la preparatoria. La verdad era que seguía igual que aquel día, en la competición: lujoso, intacto, y perfectamente limpio y decorado. La verdad era que el joven seguía considerando aquel instituto casi como una mansión de ricos, no tenía la pinta de ser un edificio destinado a la enseñanza y la educación. A punto de perder la paciencia, Feliks ya estuvo a punto de decirle a Toris que mejor era que se fueran a Seika, pero entonces se detuvieron frente a una puerta. Feliks se sintió de repente muy pequeño en comparación a aquella puerta, compuesta de caoba y cuyos picaportes relucían y brillaban de lo hermosos que eran. Toris ni siquiera tocó la puerta, sino que directamente se dio el permiso a sí mismo de abrir la puerta, invitando a Feliks a que pasara. Este, con la desconfianza reflejada en la cara, entró, teniendo ante sí un despacho amplio que parecía más el de un director. En un perfecto escritorio negro, se encontraba una silla de terciopelo morado. En las paredes, cuadros de girasoles y paisajes invernales decoraban la estancia.

-Perdón por la tardanza- dijo Toris, con su tono educado y cortés que siempre solía utilizar.-Me alegra que hayas aceptado lo que te propuse, Iván.

Los ojos de Feliks se abrieron de inmediato, mirando primero a Toris con la boca abierta, aunque este no hacía más que sonreírle, y después a la silla, que por lo visto era giratoria, dando su dueño la cara. Y ahí estaba. Iván Braginski, el mismo que había desafiado a Elizabeta para ser elegidos los dueños de la cafetería. Feliks quiso lanzarse sobre su escritorio y agarrarle aquella nariz y tirar de ella hasta quedarse a gusto, pero no hizo nada de eso. Sin embargo, le señaló, con el dedo índice, acusatorio:

-¿¡Le has lavado el cerebro a Toris y ahora me lo quieres lavar a mí, verdad!?

La sonrisa de Toris desapareció para dar lugar a un gesto de resignación, pasándose la mano por la cara, murmurando cosas. Por otro lado, Iván no pareció mostrarse ofendido, simplemente sonrió, esa sonrisa que le producía desconfianza a Feliks.

-Tu amigo es bastante peculiar, Toris.

-Algo así…-Toris suspiró.

En cambio, Feliks prácticamente se aproximó a él y le zarandeó.

-¡Toris explícame qué sucede aquí, no entiendo nada, y me da miedo no entender nada, uuugh!

-¡F-feliks, tranquilízate!

-¡No quiero!

Pero al final decidió tranquilizarse, esperando. Toris se ajustó su chaqueta, tosiendo.

-Verás, le he hablado a Iván de lo sucedido en el aeropuerto.

-¿¡Se lo contaste!?- exclamó Feliks, indignado.-Y lo que es más importante aún… ¿de qué conoces a este?

-Iván y yo somos amigos de infancia- contestó Toris, calmado. Feliks se sorprendió por este hecho, puesto que creía que su único amigo de infancia siempre había sido él.- Pero nos separamos cuando cada uno fue enviado a una preparatoria diferente. Sin embargo, hace poco recuperamos el contacto.

-Por eso os encontrasteis en el día de la competición, yo había invitado a Toris- explicó Iván, sin perder su sonrisa. Visto así, Feliks a veces le daba la sensación de que en el fondo, Iván podía ser un chico calmado.

-Tiene sentido…-puntuó Feliks, asintiendo.-Pero no entiendo la razón de estar aquí.

Toris no dijo nada, por lo que fue Iván quien habló por él.

-Beilschmidt y yo nos conocemos también de antes. Mi familia y la suya estaban muy relacionadas cuando éramos pequeños.

-Pero si Gilbert y tú os odiáis. O al menos eso me pareció a mí cuando os dirigíais la palabra. Había mucha tensión, y él no te trataba con amabilidad precisamente.- Feliks se sintió un poco mal por tener que hablar del albino, pero intentó controlarse.

-Eso fue porque él lo quiso así. Cuando nos conocimos, siendo apenas unos niños, yo quise ofrecerle mi amistad, yo no era un niño digamos con muchas amistades. O huían de mí, o querían meterse conmigo. El segundo caso, fue el caso de Gilbert, y entonces empezamos así esta relación tan… particular. El caso de todo esto, es que Toris me ha pedido un favor. Me lo he tenido que pensar bastante, porque ese favor tiene que ver contigo. Pero, como me lo ha pedido Toris, lo haré sólo por ese detalle.

-¿Qué tipo de favor?- Feliks miró a Toris, frunciendo el ceño, tenía la sensación de que lo acababan de meter en un lío. Luego, miró a Iván.- Mira, no sé qué te habrá pedido Toris, pero sea lo que sea, como que no necesito tu ayuda. Además, a saber, viniendo de…

-Puedo reunirte con Gilbert.

La voz de Feliks murió en su garganta. Iván pudo ver cómo la mirada del joven se había vuelto frágil, cristalina, como dos lagos verdes que estaban a punto de desbordarse. Toris los observó a ambos, los tres bajo el silencio.

-¿Qué?

Y Toris sonrió. Había tomado una buena decisión.


Alemania, Berlín. El día que había llegado, un mayordomo ya le estaba esperando en el aeropuerto y le había conducido a su antigua casa, una mansión grande y desoladora, con demasiadas cosas materiales y pocas cosas más importantes como el cariño o el calor de una familia. Si una vez había sido feliz allí, sólo lo había sido cuando su madre había estado. Cuando le abrieron la puerta y le llevaron las maletas a su habitación, no opuso resistencia. Su destino y futuro ya estaba escrito. No había sido decidido por su cuenta, habían decidido por él, sin su consentimiento, pero no podía ir en contra, debido a que muchas cosas estaban en juego. Una de las sirvientas, con las que no solía tener mucho contacto, le anunció que Friedrich lo recibiría mañana en la mañana, y que por el momento fuera a su habitación a descansar. Sin saber bien cómo sentirse, el albino se dirigió a aquel cuarto tan inmenso, del que nunca se había sentido como su verdadero hogar o rincón personal. Echó de menos en ese momento su pequeño piso. Dejó caer su cuerpo sobre la cama, recién cambiada sus sábanas, de un color blanco impoluto, que olían a suavizante. Frunció el ceño ante eso, no quería oler nada relacionado a aquella casa, y entonces, se acordó de algo. Abrió su maleta, la cual habían subido y dejado en el suelo, cerca de la cama. Una tela roja y cálida fue sacada, una bufanda. No estuvo de cuántos segundos estuvo observándola, sólo supo que una vez se la colocó alrededor del cuello, volvió a acostarse, esta vez de lado, adoptando una posición fetal. Sus ojos rojos, del mismo color de la bufanda, miraban en dirección a un gran ventanal que daba vistas hacia el jardín. Sin embargo, no estaba concentrado en la belleza de aquellas flores y árboles. Aunque sus ojos estuvieran fijos en un punto determinado, su mente comenzó a evocar una serie de recuerdos, unos tras otros. Y en todos, aparecía Feliks. Recordó sus mejillas ruborizadas, su sonrisa de satisfacción cuando quería molestarle, los trazos de su piel, la forma que tenía de demostrar preocupación por él, sus ojos verdes…

Se tapó la boca y la nariz con la bufanda, y aspiró profundamente, mientras cerraba los ojos. Olía a él. Aún podía tener algo de él consigo, en Alemania.

Sus ojos se cerraron lentamente, el sueño lo envolvió.


Al día siguiente, se había despertado obligado por los sirvientes. Malhumorado, se levantó, aún sin quitarse la bufanda, con el cabello revuelto. Uno de sus mayordomos hizo ademán de quitarle la bufanda, pero él no lo permitió, frunciendo el ceño y alejándole de un manotazo.

-No se atreva a tocarla- amenazó, nunca trataba tan mal a los sirvientes, pero una impotencia se apoderó de él en ese instante.-No autorizo a nadie para que la coja. ¿Ha quedado claro?

Todos asintieron, algo intimidados por su comportamiento, hasta que Gilbert pidió que continuasen, quitándose la bufanda con delicadeza y guardándola en un lugar seguro. Cuando se giró para ver que uno de sus mayordomos le tendía unas ropas, alzó una ceja:

-¿Qué es esto?

-El uniforme militar de su padre, señor Beilschmidt- respondió una de las sirvientas, lo había dicho en voz baja, como si no se atreviera a decirlo.- El señor Friedrich quiere que se lo ponga.

Gilbert cogió el uniforme, casi a regañadientes. No era que odiase a su padre ni mucho menos, pero no era el momento ni la ocasión justa para eso. Cuando se lo puso, se observó en un espejo que había allí. Era un uniforme azul muy oscuro, casi podía confundirse con el negro. Cuello ajustado y bien colocado, cinturón, pantalones, botas militares negras. Detrás de él, sus mayordomos y sirvientas le observaron en el cristal. Algunas de las mujeres se emocionaron, estaban llorando.

-Su padre hubiera estado muy orgulloso de usted….- musitaron algunas.-A pesar de todo lo que sucedió, él era un gran hombre.

-La señora Julchen también lo hubiera estado.

Gilbert sonrió a duras penas, dando leves golpecitos en las espaldas de las mujeres para que no llorasen más, pero él sabía que no lloraban por eso. Lloraban porque aquello precisamente, era lo que su madre había querido evitar, correr el mismo destino que su padre y el de ella, no tener que ir al ejército y no estar sometido a las cuatro paredes de aquella casa. Sin más dilación, bajó las escaleras que le conducían a una sala. Ahí, una mesa grande de comedor compuesta de la mejor madera, al igual que sus sillas, le esperaban. De pequeño, solían comer allí él y su madre, los dos solos en aquella inmensa mensa, tan alargada y distante. Ellos siempre se sentaban al final, ambos al lado del otro, bromeando y a veces, gastando bromas a los cocineros y camareros que iban a servirles la comida. Pero ahora, un hombre de cabellos grises y una mirada un poco más severa, le esperaba de pie, de espaldas a él. Gilbert se aproximó, hasta que mantuvo una distancia respecto al hombre, poniéndose tenso y esperando a que dijera algo.

-Por fin has tomado la decisión correcta, Gilbert- la voz del hombre se alzó después de un breve silencio.- Finalmente has aceptado la realidad y los cargos que te conciernen. Finalmente eres un hombre.

-¿Desde cuándo ser un hombre significa abandonar todo aquello que es lo verdaderamente más importante?

Por fin se giró, enfrentándole. Friedrich le dirigió una mirada seria, negando con la cabeza.

-Siempre has hecho lo que has querido- dijo, no se arrepentía de lo que decía.-Tu problema siempre ha residido en tu rebeldía. Desaprovechaste toda la educación que te ofrecimos, y aún viniendo aquí, te comportas aún de esa forma tan arrogante y malcriada. Tu madre al menos sabía en qué posición estaba, y conocía sus deberes.

-Por supuesto que mi madre sabía en qué posición estaba. Pero nunca fue feliz por culpa de un imbécil que le importaba más los cargos que la felicidad de una mujer- soltó Gilbert, molesto.-Por eso acabaste amenazando a mi padre, y eso es lo que estás haciendo conmigo. Pero yo no soy él, Friedrich.

-Curioso que digas eso- esta vez, Friedrich sonrió, a lo que creó confusión en Gilbert.-Me acuerdo que antes, cuando era un niño, me solías admirar. ¿No haces memoria? Me solías llamar el gran Fritz.

-Porque no sabía lo que le habías hecho a mis padres- el albino apretó los puños.-Pero ahora sí lo sé. Y si estoy aquí, solo ha sido para salvar a una persona. No porque me vaya a someter a ti.

-Cierto, habíamos hecho un trato. Pero no creas que tienes todas contigo- advirtió.- Necesito tenerte controlado. Por lo que, a la mínima equivocación que cometas, a cualquier locura o estúpido plan que se te ocurra, mis hombres irán a por él. Ah, cierto ¿cómo se llamaba? ¿Feliks, no es así?

La sorpresa dio lugar a la rabia, y la rabia, dio lugar de inmediato al enfado. Gilbert, dominado por sus emociones, por la injusticia de todo aquello, estuvo a punto de agarrar al que una vez había sido el mentor de su padre, a punto de golpearle por lo que acababa de decir. Sus sacrificios por Feliks no iban a ser en vano, y no iba a permitir que aquel hombre le hiciese daño. Pero, un ruido brusco y el viento mover todos los cristales de las ventanas, hizo que en vez de eso, dirigiese la vista hacia el exterior. Los jardines, que eran muy extensos, sus hierbas estaban siendo abatidas por un viento de causas desconocidas. Algunos sirvientes gritaron por el susto, y otros mayordomos había salido fuera para ver qué era lo que estaba sucediendo. Gilbert, sin hacer caso omiso a las llamadas de Friedrich que querían detenerle y que volviera, se dirigió deprisa hacia la entrada, abriendo la puerta y saliendo afuera. Sus ojos no creían lo que veía. Un helicóptero, bastante grande, estaba a una cierta distancia de su casa, pero ahí estaba, no muy lejos de los jardines, pero no estaba sobre él.


Mientras, en el helicóptero:

-¡I-Iván no me habías hablado de esto!- gritó Toris, aferrándose a los asientos del helicóptero, con miedo. Estaba temblando.

Sin embargo, Feliks lo observaba todo desde aquellas alturas, chillando de pura emoción.

-¡Esto es genial! ¡Si es que eso de ser rico tenía que servirte para algo!- entonces, al ver una casa, no muy lejos de ellos, le dijo a Iván.-¿¡Es esa la casa de Gilbert!?

Iván asintió.

-Voy a ordenar que hagan aterrizar el helicóptero. En cuanto se abra la puerta, corre.

Feliks asintió, sintiendo los latidos de su corazón en los oídos. Cuando Iván le había dicho que era capaz de reunirles a él y a Gilbert, no había dudado en ningún instante de darle una respuesta afirmativa. No sintió mareos cuando el helicóptero empezó a descender, y una vez este tocó el suelo y la puerta se abrió, hizo justo lo que Iván le había aconsejado. Bajó y fue corriendo hasta la casa, y muchas preguntas le invadieron: ¿Cómo le recibiría Gilbert? ¿Estaba bien lo que estaba haciendo? Pero las respuestas a esas preguntas no tuvieron importancia cuando vio que una figura comenzaba a aproximarse también. Al principio, con pasos lentos, como si estuviera inseguro, como si no se creyera que estuviera ahí. Gilbert, con un extraño uniforme militar, le miraba desde la distancia como si estuviese en un estado de ensimismamiento. Feliks no aguantó más, y gritó su nombre:

-¡Gilbert!

Y entonces, eso pareció hacer reaccionar el albino. Comenzó a avanzar más deprisa, aún así ya Feliks estaba a punto de alcanzarle. Sin avisar, se lanzó a los brazos del albino, que ya le recibía con los brazos abiertos. Ambos se fundieron en el mejor abrazo de todos los que habían tenido. Feliks sintió que podría llorar ahí mismo, pero no quería hacerlo delante de él, no ahora. No sabía qué decirle debido a que todas las palabras le saldrían muy deprisa y no se le entendería, pero Gilbert actuó mejor: le besó como nunca antes. Feliks sintió que había sido una mezcla de posesividad, dulzura, añoranza, pasión, todo mezclado. Sentía todo su cuerpo temblar, pero dio gracias a que el otro aún le estaba sosteniendo.

-Por qué….-susurró Gilbert, sus labios aún rozaban los de Feliks después del beso. Su respiración era cálida, y Feliks pensó que se sentía muy bien.-…después de todo lo que te dije…

-Mientes muy mal, estúpido- y ahora, sin evitarlo, Feliks empezó a llorar.-¡Eres un gilipollas! ¡Hasta yo mentiría mejor, da gracias a que soy más inteligente que tú y he venido a buscarte! ¡Nunca vuelvas a dejarme o te mataré!

Y Gilbert no hizo más que reírse, su risa habitual, una risa que Feliks echaba de menos. Pero lo siguiente que dijo, le llenó aún más de felicidad:

-Yo también te quiero.