VER A DIAMANTE ST. CYR RESULTÓ INCLUSO MÁS DI fícil que ver al rey. Su cámara estaba muy próxi ma a la de sus mismísimas majestades. De hecho, Diamante había llegado a Hexham con su compañía real y había guar dado con celo su intimidad desde el primer momento.

A diferencia de los otros nobles, nunca comía en el salón ni salía a entrenar con los demás caballeros. Tenía re servada la liza para el crepúsculo o el anochecer, e iba só lo con los tutores más reconocidos; a esas horas, ningún caballero tenía permitido acercarse al lugar.

Esto la hacía preguntarse cómo había conseguido el Cisne ver sus mejillas, sobre todo teniendo en cuenta que el príncipe usaba una máscara dorada que le cubría la par te superior de la cara. Nunca se le veía sin capa, ni siquie ra en lo más caluroso del verano, y siempre llevaba puesta una capucha para ocultar la máscara.

No es que ella supiera cómo era la máscara. Senci llamente había oído a otros cortesanos chismorrear al respecto. Muchos afirmaban que se había quemado de pequeño y que pretendía cubrir las cicatrices. Otros decían que era deforme de nacimiento y que nadie había vislum brado nunca ni su rostro ni su pelo. Pero si el Cisne tenía razón respecto a los escritos...

-Podéis pasar, milady.

Serena dejó escapar un suspiro de alivio cuando el sirviente se echó atrás y abrió la puerta para que ella en trara en la cámara privada del príncipe. Nerviosa e insegu ra, pisaba despacio. Era una cámara lujosa, llena de corti nas color burdeos y ornamentos, sillas de caoba cubiertas de almohadones de terciopelo azul oscuro. Había una puer ta cerrada a su derecha que, sin duda, comunicaba con la sala de estar.

Diamante estaba de espaldas a ella, mirando por una ventana que había en un rincón de la habitación. Era un hombre alto, de proporciones intimidatorias.

- Serena de Vitry. -Pronunció su nombre con una voz sedosa y suave, profunda y cultivada-. ¿Qué trae a la conocida doncella del amor ante la humilde presencia de un hombre como yo?

Serena tragó saliva y pensó que ojalá supiera algo más acerca del noble señor que tenía ante sí. Aunque, a de cir verdad, corrían pocos rumores sobre él, y eso hablaba mucho de la vasta influencia de su familia. Y del poder de Diamante.

-He venido a pediros un favor, milord.

Entonces él se volvió para mirarla. Serena no veía ni su rostro ni su silueta, escondidos por completo bajo una gruesa capa. Incluso tenía las manos cubiertas con guantes de color gris oscuro. Su presencia era tan abrumadora que Serena sintió un escalofrío.

-¿Y cuál es ese favor que queréis pedirme, milady?

-Vos pelearéis contra Seiya de Blackmoor en la...

Diamante dejó escapar un siseo tan lleno de odio que hizo que Serena diera un respingo e interrumpiera lo que estaba diciendo.

-Perdonadme, Serena. ¿Puedo llamaros Serena?

Con el corazón martilleándole en el pecho, asintió con la cabeza. Diamante caminó hasta quedar frente a ella, elevándose muy por encima de su pequeña estatura. Ea jo ven sospechaba que lo hacía sólo para intimidarla, lo cual funcionaba mucho mejor de lo que hubiera preferido.

Diamante levantó la mano, enfundada en el guante, y alzó a Serena de la barbilla hasta que ella tuvo delante los contornos que se escondían bajo los pliegues de la capucha.

-Sois hermosa -susurro-. Ya veo por qué os hi zo suya.

-¿Disculpad?

-No os disculpéis, Serena, es degradante. Ella trató de apartarse pero Diamante la cogió del brazo y la re tuvo cerca de sí. Lanzó una siniestra carcajada cuando la joven intentó liberarse-. De nada os servirá resistiros, Serena. Lo sé todo sobre ti y ese bastardo, lo que habéis he cho esta mañana creyéndoos a salvo en la celda. ¿Quién creéis que convenció a Artemis de que os separara, aun cuando Luna se opuso?

Serena escuchaba, atónita.

-No sé de qué habláis.

Ea aferró con más fuerza.

-Claro que lo sabéis. Seguramente estáis soñando con volver a sentirlo dentro de vos, incluso mientras me miráis.

Ella forcejeó para soltarse de su opresiva mano. ¿Có mo se atrevía a tratarla así? Y, no obstante, estaba a un paso de dos poderosos tronos. Nadie se animaría a cuestionar nada de lo que hiciera este hombre.

-Shhh -dijo con calma. La mano, enérgica, se vol vió tranquilizadora-. Perdonadme mis modales. No sue lo agredir a las mujeres, os lo juro, pero mi ira hacia vuestro conde no conoce límites. Ea sola mención de su nombre... -Aquel hombre la liberó de manera tan brusca que Serena se tambaleó hacia atrás. La tristeza se apoderó de Diamante. Parecía desinflarse delante de los ojos de la mu chacha-. No me pidáis clemencia ni piedad para este hombre, Serena. He pasado demasiadas horas de mi vida deseándole la muerte.

-¿Por qué? ¿Qué os ha hecho?

No respondió. En cambio, habló con una calma tan letal que a la joven le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo.

-Vuestro secreto está a salvo conmigo, milady. No diré a nadie lo que sé de vosotros dos, pero os pediré un pequeño precio por mi silencio.

Serena se preparó para soportar más crueldad. -¿Y cuál es ese precio?

Tardó varios minutos en contestar y, cuando habló, lo hizo en voz muy baja, casi imposible de oír.

-Si aún creéis en Dios, elevad una oración por mí.

Hace años que ya no escucha mis plegarias.

Serena no podía estar más atónita.

-¡Guardias! -gritó Diamante. La puerta se abrió de inmediato-. Acompañad a la doncella y llevadla con su tío. -Pero, milord...

-No, Serena -le dijo con frialdad-. Será Dios quien mañana decida el destino de vuestro conde. Y con fío ser yo el instrumento que por fin libre a este mundo de su pestilencia.

Serena casi no pudo dormir. Pasó toda la noche dando vueltas en la cama, agitada por Diamante y su odio. ¿Sabría Seiya con quién iba a enfrentarse? ¿Se lo habría dicho al gún malintencionado? ¿Qué haría el conde? Ella lo sabía: nunca daría muerte a un hombre que se culpaba de haber lastimado.

La muchacha se despertó antes que saliera el sol, jun to con sus damas de compañía. Ellas también habían tenido una noche agitada y, al igual que el resto de la corte, querían presenciar el juicio de Seiya. Serena se dirigió rápida mente a la liza, pero, mientras que sus doncellas se sentaron en las tribunas que se habían emplazado para el torneo, ella se escabulló por detrás hasta la tienda de Seiya, adonde habían llevado al conde para que se colocara la armadura.

Había más de una decena de guardias alrededor de la tienda y, cuando el capitán vio que Serena se acerca ba, la detuvo.

-No se permiten visitas.

-Por favor -imploró, suplicante-. Sólo quiero hablar con él.

-Sé compasivo, Boswell le dijo otro guardia Puede que el hombre muera esta misma mañana. El capitán se resistió.

-Déjala entrar un instante -insistió otro-. A él solo le quedan unos minutos antes de que comience el com bate. Que abandone este mundo con el recuerdo del ros tro de una hermosa doncella.

El capitán se puso serio al dirigirse a Serena.

-Sólo un instante, así que le conviene ser breve. - Serena le dio un beso inocente en la mejilla antes de apresurarse a entrar en la tienda.

Se paró en seco. Seiya estaba de pie, de espaldas a ella, y Zafiro le ataba los lazos de la coraza de malla. Nunca había visto a dos hombres más adustos.

-Sigo creyendo que deberías haber aceptado el ofre cimiento de Haruka de huir contigo.

-No voy a huir, Zafiro, y tú lo sabes. Puedo enfren tarme a cualquier caballero francés.

Zafiro miró por encima de Seiya y vio a Serena. Se detuvo; luego soltó a su hermano. Seiya se dio la vuelta y, cuando su mirada se topó con la de la muchacha, ella sin tió que una oleada de frío le sacudía el cuerpo. Zafiro se in terpuso entre ambos.

«No sabe que es Diamante». Articuló las palabras con los labios para que Seiya no lo oyera. Serena se santi guó y deseó que la armadura ocultara a Diamante para que Seiya nunca se enterara de quién era su adversario.

-Esperaré fuera -dijo Zafiro, dejándolos solos.

Serena estaba abrumada al ver a Seiya tan increí blemente preparado y despierto a aquella hora de la maña na. Casi sin darse cuenta, se arrojó a sus brazos y lo abrazó con fuerza.

Seiya cerró los ojos e inhaló el dulce perfume del cabello de Serena. Por primera vez en su vida, detestó la armadura que no le dejaba sentir las curvas suaves de la jo ven y las manos de ella en su carne. Esta vez no tardó en bajar la cabeza para besar aquellos labios que lo habían per seguido en sueños. Gimió al sentir el sabor de su boca, la mano que lo agarraba del pelo.

Deslizó las manos por la espalda de Serena, to mándola con las palmas y apretándola contra su cuer po. Deseaba tanto penetrarla que casi no podía resistir la tentación de arrancarse la armadura y hacer suya a la mu chacha. Pero no había tiempo para ello.

-Mi dulce Serena -murmuró, con sus labios contra los de ella-. Gracias por venir.

Serena sintió que las lágrimas le arrasaban los ojos.

-¿Creísteis que no vendría?

-No creí que os lo permitieran.

Ella se burló.

-¿Desde cuándo obedezco los órdenes de otros? Seiya se rio v la abrazó con tanta fuerza que Serena gritó.

-¡Disculpadme! -Ella asintió y luego se quitó una de las cintas del cabello-. ¿Qué hacéis? -le pregun tó, mientras ella la ataba alrededor de sus bíceps.

-Una prenda para vos, milord, que os traerá buena suerte.

Se sintió honrado con su ofrecimiento.

-¿Vos, que despreciáis tanto la guerra, me entregáis esta prenda?

Ella alzó la vista, con la mirada abrasadora y sincera.

-Sí, Seiya. Quiero que se haga justicia esta ma ñana y veros libre para que me deis la oportunidad de ele gir esposo.

Seiya gruñó.

-Y yo que pensé que teníais un motivo más noble para vuestros actos.

Ella estiró la mano y la posó sobre su mejilla.

-No era más que una broma. No quiero que os su ceda nada hoy. Si por casualidad murierais, temo que me sentiría muy desconcertada.

-No tanto como yo -bromeó él-. Además, siem pre digo a todo el mundo que no tengo miedo. No hay quien me iguale en el campo.

Alguien carraspeó. Serena miró por encima del hombro de Seiya y vio al capitán de pie en la entrada. -Ha llegado el momento.

Seiya inclinó la cabeza. Comenzó a alejarse, pe ro, antes de que pudiera dar otro paso, Serena volvió a atraerlo hacia sí y le dio un beso fugaz en los labios.

-Ojalá tengáis la fuerza de Hércules.

Él se llevó la mano de la joven a los labios y le dio un tierno beso en la palma.

-Hasta luego.

Serena asintió; el capitán se adelantó para llevarlo a la liza. Los siguió y luego ocupó su lugar entre las don cellas que estaban en las tribunas.

-¡Aquí estás! -dijo Rei cuando Serena se sentó a su lado-. Comenzábamos a temer que te hubiera ocurrido algo.

Seiya entró en la liza, que estaba rodeada de arqueros, por si pretendía huir. No es que fuera a hacerlo, pero era la costumbre en estos casos. Dos heraldos sostenían sendas espadas en el centro. Sólo restaba esperar que apareciera el paladín francés que se enfrentaría a Seiya.

El pensamiento casi le provocaba risa. Sin embargo, el humor se le agrió en el preciso momento en que vio en trar a su oponente. De hecho, se le enfrió todo el cuerpo ante la imagen del escudo de armas de la corona francesa sobre la armadura de malla dorada. Aunque el gran yelmo cubría la cara del contrincante, Seiya no tardó en reco nocerlo. Era Diamante St. Cyr.

Seiya soltó una maldición.

-El sentimiento es mutuo -respondió Diamante entre dientes, parándose ante él.

Seiya deseaba maldecir otra vez al destino. ¿Có mo era posible que Artemis le hubiera hecho esto?

-No lo hagas, Diamante. Tú y yo fuimos amigos en el pasado.

-Y ahora somos enemigos. Qué extrañas las vuel tas del destino, ¿verdad? -Diamante empuñó su espada.

-Yo no te considero mi enemigo.

Diamante le tiró a Seiya la otra espada.

-Entonces eres un imbécil y te mereces la muerte.

En el mismo momento en que Seiya agarró la es pada, Diamante arremetió contra él. Seiya apenas si tuvo tiempo de esquivar la estocada y alejarse dando vueltas.

-No me obligues a hacerte daño, Diamante. No ten go intenciones de aumentar aún más tu sufrimiento.

Diamante soltó un bramido y se abalanzó con la furia y la fuerza de diez hombres. A Seiya le costó evitar que el caballero lo hiriera, cosa que resultaba verdaderamente extraña. Diamante no había estudiado mucho en los años posteriores a que su amistad terminara. En aquellos días, el muchacho había tenido un espíritu libre y amado la diversión. Sus padres, al igual que su hermana mayor, lo adoraban por ser el pequeño.

Si bien Seiya era apenas un año mayor que Diamante, el conde siempre lo había considerado un hermano menor que necesitaba protección. Sin embargo, el hombre que tenía ante sí no se parecía en nada al muchacho que ha bía conocido. Este Diamante era iracundo e implacable. Ea rabia le brillaba cual hielo en las profundidades verdosas y doradas de los ojos que miraban a Seiya desde las hen diduras del yelmo.

Seiya no sabía lo que le habían hecho los sarrace nos, pero era evidente que no se habían limitado a tenerlo prisionero y tratarlo con gentileza para pedir rescate por él, como había dicho Diamante.

Diamante pateó a Seiya en la pierna y luego asesto la espada contra la cabeza del conde. Seiya apenas pudo esquivar el letal golpe. Diamante tiró la espada, lo agarró de la capa y lo lanzó contra la reja baja que separaba la li za de los espectadores. Seiya soltó la espada y se dispu so a luchar cuerpo a cuerpo. Éste no era el combate que ha bía querido Artemis: para Diamante, aquello era una cuestión personal.

Y a Seiya le dolía profundamente. Durante los úl timos años, había intentado hablar con su antiguo amigo en muchas ocasiones, pero Diamante se había negado a tra vés de sus hombres.

-Nunca quise que te hicieran daño -dijo Seiya.

Diamante dejó escapar un quedo gruñido desde lo más hondo, cual animal herido, antes de darle un puñetazo en el hombro. Seiya lo resistió sin estremecerse.

-No te atrevas a hacerte el mojigato conmigo, bas tardo. Te juro que no me iré de este campo sin bañarme en tu sangre.

-¿Es eso lo que quieres? -preguntó Seiya, es quivando otro golpe-. ¿Enmendarás así el pasado? –Le quitó el yelmo y clavó la mirada en su amigo-. Todavía te considero mi hermano, Diamante.

Diamante lo golpeó en la cara. Seiya se tambaleó hacia atrás, sintiendo la sangre en los labios. Lamiendo el gusto metálico, se enderezó.

-Lucha conmigo, maldita sea. Seiya negó con la cabeza.

-No quiero luchar contigo.

Diamante ladeó la cabeza v luego se dio la vuelta pa ra recoger su espada. Cuando estuvo otra vez frente a Seiya, la frialdad de su mirada estremeció al conde.

-Muy bien -dijo Diamante-, pero antes de que te dé muerte y pases a la historia como un asesino convicto, déjame decirte algo.

-Adelante.

-Conozco al muchacho de Tierra Santa al que fa llaste. Aquarius.

Seiya se quedó helado con la noticia.

Cómo sabes ese nombre? -Le invadió el males tar-. ¿Tú? Diamante dejó escapar una carcajada.

-Ojalá hubiera tenido esa suerte. No, nunca fui Aquarius, pero supe mucho de él. Podía oír sus gritos las noches en que lo torturaban después de que tú y tu Her mandad lo dejarais allí. Oí sus imprecaciones y sus súpli cas de muerte.

Seiya no podía respirar: el dolor lo consumía.

-Estaba muerto cuando me fui.

-No -contradijo Diamante con una malvada no ta de regocijo en la voz-, no estaba muerto. Vivió. De hecho, todavía sigue vivo y te detesta a ti y a toda tu Her mandad por haberlo dejado allí, abandonado a su suerte. Te aborrece incluso más que yo. Cada vez que lo golpea ban, te maldecía y juraba que algún día te daría muerte.

-Me estás mintiendo.

Diamante sacudió la cabeza v Seiya tuvo la incon fundible sensación de que su antiguo amigo disfrutaba cau sándole dolor.

-Si dudas de mí, pídele a tu hermano que te cuen te la verdad.

Seiya frunció el ceño.

Zafiro? ¿Qué tiene que ver con todo esto? –Zafiro es Aquarius, idiota.

Atónito por la noticia, Seiya apenas vio venir la pu ñalada. Se hizo a un lado, pero no con la suficiente rapidez para que la hoja no le hiciera un tajo en las costillas. Bramando de ira, se alejó de Diamante arrastrándose v cogió su espada.

Serena se puso de pie cuando vio a Seiya herido. Toda la multitud que la rodeaba contuvo la respiración al unísono. Nadie había herido jamás al conde: nadie. A diferencia de los demás, Serena sabía por qué Seiya no peleaba con toda su fuerza, pero, cuando agarró la espada y se volvió hacia Diamante, se dio cuenta de que algo había cambiado. Ya no había comprensión en la cara de Seiya, sólo una ira tan fuer te que, incluso desde donde ella estaba, le causaba pavor.

Seiya atacó a Diamante corno si estuviera poseído. Diamante opuso resistencia, pero fue inútil. Con una embes tida arrolladora, Siamante logró desequilibrar a su adversario v lo tiró de espaldas en la tierra. Serena respiró hondo cuando Seiya se disponía a dar muerte al príncipe.

Luego, cuando estaba segura de que Seiya le atra vesaría el corazón con la espada, la desvió y la enterró en el suelo. Mantuvo el pie con firmeza sobre el pecho de Diamante, inmovilizándolo contra el suelo.

-¿Señor? -La voz de Seiya resonó en el rocío de las primeras horas de la mañana-. He vencido a vuestro paladín. No tengo deseos de matar a un hombre para de mostrar mi inocencia. Jamás quité una vida a sangre fría y no pretendo comenzar a hacerlo ahora.

Artemis asintió en señal de aprobación.

-Ciertamente, lord Seiya, habéis demostrado te ner misericordia. Que nadie más ose cuestionar vuestra cul pabilidad en los asesinatos. Soltad a nuestro primo y per mitid que nos ocupemos de él.

No era necesario. En el momento en que Seiya alzó el pie, Diamante se levantó y cargó contra el conde. Artemis ordenó a sus hombres que los separaran.

-¡Esto no ha terminado! -gritó Diamante, mientras se lo llevaban los hombres del rey.

Seiya respiraba entrecortadamente cuando Serena se acercó a toda prisa. Con el corazón acelerado, que ría arrojarse en sus brazos y llenarle la cara de besos hasta que ambos cayeran al suelo. Sólo se lo impedía saber que la observaba toda la corte.

-Hay que curaros, milord.

Sus hombres y Zafiro no tardaron en unírseles.

-Gracias a Dios que entraste en razón -le dijo Haruka a Seiya, dándole un abrazo ligero y una pal madita en la espalda-. Temía que le dejaras matarte.

La mirada de Seiya se tornó extraña cuando se vol vió hacia Zafiro. Estudió sus ojos como si estuviera mirando a un desconocido.

-¿Pasa algo? -preguntó Zafiro.

-Yo... -Seiya sacudió la cabeza como para aclarar sus pensamientos-. Necesito que me lleven a mi tienda.

Todos lo rodearon, protegiéndolo de la muchedum bre anonadada, y lo llevaron de regreso a sus cuarteles. Sin embargo, aunque estaban aliviados y felices, Seiya no pa recía complacido con la victoria.

Serena y Kakkyu intercambiaron miradas preocu padas mientras los hombres felicitaban a Seiya y se em pujaban unos a otros como niños traviesos que acabaran de derrotar al adversario. Las dos mujeres esperaron fuera de la tienda, mientras Haruka y los demás ayudaban a Seiya a quitarse la armadura.

En cuanto Seiya se hubo quitado la armadura, agarró un pedazo de tela limpia y se lo llevó al costado para contener la sangre que salía de la herida, al tiempo que Haruka le servía una jarra de cerveza. Sus amigos le hacían preguntas pero, a decir verdad, él no oía ninguna.

Lo único que podía oír era la acusación de Diamante, el sonido de la voz de Aquarius a través de los muros, cuan do el niño imploraba que alguien lo ayudara. Luego vio la cara de Diamante el día en que discutieron.

«¿Quién te crees que eres para convertirte en nues tro líder? Yo soy hijo de reyes y un líder nato».

Tras la muerte de su señor y de su caballero, que daron seis para hallar el camino de regreso a Francia desde Tierra Santa. El Cuervo, que era el más joven, tenía trece años, pero por fortuna su estatura le permitía pasar por un muchacho mayor. El resto tenía dos o tres años más que él.

Seiya siempre había pensado que ojalá le hubiera hecho entrega de las riendas del liderazgo a Diamante cuan do éste se lo exigió. Sin embargo, demasiado joven y va nidoso, él se había negado. Así que Diamante partió con otros dos del grupo a buscar su propia ruta. Como un idiota, Seiya había ido tras él junto con el Cuervo y Ravenswood a la zaga para convencerlos de que volvieran. Y los habían apre sado a todos por haber sido un idiota.

Ahora veía ese día con claridad. El sol abrasaba las dunas mientras ellos eran dominados y capturados. Les obli garon a arrodillarse en la arena ardiente, ensangrentados y apaleados. Los sarracenos les ataron los brazos a la espalda. Los ojos de Diamante se llenaron de odio al mirar a Seiya.

-No le digas a nadie quién eres -había dicho Seiya entre dientes-. Si descubren tu linaje, te las harán pagar.

-Estás celoso -había susurrado Diamante con ra bia-. Valgo diez veces más que tú. -Y así Diamante declaró sus títulos a todos los presentes.

El líder sarraceno se reía con ganas mientras les ha blaba a sus hombres en un idioma que ninguno de los pri sioneros conocía en aquel momento. A Diamante lo pusie ron sobre el lomo de un caballo. Él y el sarraceno se alejaron al galope mientras que los demás marcharon por el desier to hasta el campamento donde se reunieron con los otros cautivos.

Sólo Dios y Diamante sabían lo que le infligieron los sarracenos para hacerle pagar por su arrogancia. En Euro pa, la posición de la que gozaba Diamante le garantizaba el mejor alojamiento y la mejor atención. En las manos de una raza nómada decidida a exterminar a un ejército extranjero de sus tierras era garantía de empalamiento.

La mirada que le había lanzado Diamante poco antes, cuando luchaban, le hizo pensar a Seiya que Diamante hu biera preferido ese destino al que le dieron.

-¿Estás aturdido? -preguntó Haruka mientras Seiya cogía la jarra de las manos de su amigo y vaciaba el contenido de un solo trago-. ¿Me oyes?

Seiya sacudió la cabeza para librarse del pasado y se dio cuenta de que sus amigos habían estado haciéndole un sinfín de preguntas.

-Estoy... -Dejó la frase sin terminar. No podía, no mientras dudara acerca de todo lo que se refería a él v a su familia.

Zafiro nunca hablaba del pasado, jamás. Desde aque lla noche en que Seiya lo había encontrado en Canter bury, su hermano se había negado a decirle nada de los años que habían pasado separados. Aunque, después de todo, Zafiro nunca hablaba mucho de nada personal. Conociendo el dolor de su propio pasado, Seiya había preferido no insistir.

-Diamante mentía.

-¿Sobre qué?

Seiya no se había dado cuenta de que había ha blado en voz alta hasta que Kayama le hizo esa pregunta.

-Nada -respondió, dirigiéndose hacia la cama.

Cuando se estaba acostando, Serena y Kakkyu se reunieron con ellos. Serena corrió a toda prisa a su lado y le cogió la mano que sostenía el trozo de tela para po der inspeccionar la herida. Seiya cerró los ojos y se con soló con la sensación de las manos de la muchacha sobre su piel fría, con la preocupación que veía en sus ojos azules. Estaba hermosa, así, preocupada por él.

Inconscientemente, estiró el brazo y deslizó la ma no por el rubio y largo cabello, dejando que se enredara entre sus dedos. Al instante se aliviaron todos los temo res que le invadían, el horror de que podría haber dejado a su adorado hermano en manos de sus enemigos.

-Necesito un cuenco con vino y un poco de hilo -le dijo a Kayama-. Hay que coser esta herida.

Luego miró a Seiya y algo dentro de él se hizo añi cos. Ninguna mujer lo había mirado con esa expresión. Su sexo se puso rígido al instante. Todo su cuerpo ardía en de seo por probar sus labios, a pesar del dolor que le provo caban las heridas.

-Creo que se ha quedado aturdido del golpe que recibió en la cabeza -dijo el Cisne desde el fondo-. Mi radlo.

-Sí -coincidió Val-. No lo ha dejado bien de la cabeza. Tal vez deberíamos ayudarle a recobrar el sentido a golpes.

A Seiya no le importaba lo que pensaran sus hom bres. No estaba aturdido: veía todo con claridad, con mu cha claridad. Por primera vez en su vida, comprendió algo de lo que su padre había sentido por su madre, compren dió el deseo de sentarse al lado de una mujer y observarla hacer las cosas más simples mientras suspiraba por ella.

Aunque eso no cambiaba nada. Diamante, Aquarius, Zafiro, sus hombres: él vivía por ellos. Cada día le recordaban que nunca podría atarse a sus tierras. Mientras hubiera un niño que sufriera, él tenía que hacer lo que estuviera a su al cance para que ese niño regresara a casa. Nunca descansaría, jamás. Pese a lo mucho que su corazón deseara otra cosa.

Apartó con gran esfuerzo la mirada de Serena y vio que Zafiro estaba de pie detrás de sus hombres, con el ceño fruncido y la expresión seria. Durante todo el tiempo que habían estado en prisión, Aquarius se había negado a ha blar de su familia. No había dicho nada sobre su persona, ni siquiera cómo lo habían apresado. Lo único que había querido el niño era regresar a casa.

¿Sería posible que aquel niño de verdad fuera Zafiro? Zafiro no tenía hogar cuando Seiya lo encontró. Lo único que dijo su hermanastro, Darien, fue que Zafiro había re gresado y que luego él lo había echado de casa. En ese mo mento, Seiya estaba demasiado enfadado como para pre guntar de dónde había regresado Zafiro.

Ahora deseaba haberlo hecho. En las manos de su hermano no se veían marcas, no como las que tenían los miembros de la Hermandad. No. Zafiro no podía ser Aqua rius. Su hermano lo amaba, de eso no le cabía duda. Diamante le había jurado que Aquarius le odiaba y el niño hu biera estado en todo su derecho.

Sin embargo, no había odio en la expresión de Zafiro cuando lo miraba. Sus ojos azules sólo reflejaban preocu pación. Diamante había sembrado la sospecha para mortifi carlo, para debilitarlo. Incluso de niño, Diamante siempre había sabido cómo hacer daño con las palabras. Decir algo no lo convertía en verdad.

-¿Seiya? -Volvió la mirada hacia Serena, que lo observaba con atención-. ¿Estáis bien?

-Sí -contestó él, regalándole una pequeña sonri sa mientras bajaba la mano y le soltaba el cabello-. No es peraba enfrentarme con Diamante en esta contienda.

Val empujó al Cisne.

-Te dije que deberías haberle advertido.

-¡No! No me lo dijiste -replicó el Cisne, con brusquedad.

-Aprecio que cuidéis de mis intereses -dijo Seiya a sus hombres-, pero en el futuro os agradeceré que me advirtáis de estos asuntos. -Todos desviaron sus mi radas culpables-. Pero nadie ha quedado malherido. No pensemos más en ello.

El Cisne y Val asintieron con la cabeza y abandona ron la tienda, mientras Serena se dedicaba a suturar la he rida del costado. Haciendo una mueca de dolor, Seiya observó los delicados puntos. La muchacha se esmeraba para no hacerlo sufrir más de lo necesario.

-Sois muy buena cosiendo heridas para ser una mujer que aborrece la guerra.

-Los hombres reciben heridas por otras razones -dijo ella con calma-. Mi madre decía que todas las mu jeres deberían poseer esta habilidad.

Kakkyu aplaudió, y luego se frotó las manos.

-Creo que Serena será capaz de cuidar a Seiya ella sola. ¿Qué os parece si nos retiramos y vamos a bus car al asesino?

Zafiro y Kayama asintieron. Haruka rehusó.

-Creo que no es buena idea dejarlos solos.

Kayama resopló, cogió a Haruka del brazo y lo lle vó a rastras hasta la entrada.

-Seiya es un hombre maduro, abad. Lo que me nos necesita es que lo acosemos nosotros. -Pero...

-Vamos -dijo Kayama, sacándolo a tirones de la tienda.

Kakkyu les lanzó una mirada de complicidad.

-Quédate tranquilo, Seiya. Me aseguraré de que no os interrumpan. -Cerró bien la entrada de la tienda.

-¿Qué no nos interrumpan cl qué? -preguntó Serena, apartándose del conde.

-Esto -respondió Seiya, y la atrajo hacia sí has ta probar por fin la miel de sus labios.

SERENA GIMIÓ BAJO LA FUERZA DEL BESO DE SEIYA. Y pensar que había temido por su vida ese mis mo día. Pero el poder de aquel beso le decía que nada gra ve había pasado. No: su caballero estaba bien.

La llevó hacia el lecho, tendiéndola sobre su pecho para tenerla suavemente entre sus brazos. Serena inte rrumpió el beso enseguida.

-Cuidado, milord. Podríais lastimaros.

-No me importa -respondió con voz entrecor tada, uniendo una vez más sus labios con los de Serena para besarla hasta la locura.

A Serena le dio un vuelco el corazón al oír aque llas palabras y al sentir la lengua de él frotándose con la suya. El aroma cálido y masculino le llenaba la cabeza mientras recorría con las manos los acerinos bíceps de Seiya, que estaban flexionados y la atraían irresistiblemente.

¿Qué tenía aquel hombre que la hacía sentir así, tem blorosa, excitada y sedienta, siempre deseosa de estar a su lado, aun sabiendo en lo más profundo de su ser que Seiya representaba la mayor amenaza para todo lo que quería en la vida?

Paseó su mano sobre los músculos pectorales de Seiya, sintiendo cómo se expandían y se contraían bajo su palma. Él le cogió la mano y la guió a lo largo de su cuer po, hasta posarla sobre su rígido sexo.

-Soñé contigo toda la noche, Serena -jadeó jun to a su oído-. Soñé que me tocabas una vez más.

Serena gimió ante el sonido de aquella voz y la sen sación de su virilidad en la mano. Deslizó los dedos hasta la punta, donde ya sentía la humedad. Un escalofrío re corrió a Seiya, y Serena pudo sentirlo en cada centí metro de su cuerpo. Le costaba creer que aquel hombre, capaz de matar, pudiera ser tan gentil con ella, abrazarla de ese modo y hacer que todo su cuerpo ardiera de deseo. Sin embargo, así era. La dejaba débil y sin aliento y, al mismo tiempo, le hacía sentir que podía volar.

-Me alegra tanto que no hayáis muerto.

-¿De veras?

Hizo un gesto afirmativo con la cabeza mientras su mirada se perdía en el azul zafiro de los cautivadores ojos de Seiya.

-Nunca me creí capaz de desear tanto que un ca ballero zurrara a otro. -Seiya abrió la boca para decir algo-. O cualquier hombre, caballero o no -agregó ella antes de que Seiya pudiera decir palabra.

Seiya le mordió los labios mientras deslizaba las manos a lo largo de su espalda, hacia las caderas. Serena no opuso resistencia a que las manos indagadoras le levantaran la falda hasta dejar sus nalgas al descubierto. Un gemido escapó de su garganta cuando la mano de Seiya encontró esa parte de ella que palpitaba de deseo.

Seiya apretó la mandíbula al sentir la dulce hu medad que cubría sus dedos. Ni siquiera debería estar pen sando en poseerla, especialmente en aquel momento en que su misión era tan clara. Pero no podía resistirse. Necesi taba estar dentro de ella en aquel mismo instante, y lo ne cesitaba de un modo que no podía comprender. Tenía que poseerla, y estaba dispuesto a matar a cualquiera que osa ra interrumpirlos.

Haciendo caso omiso del dolor que le causaba la he rida, la puso con delicadeza sobre su regazo y se deslizó hasta lo más profundo de aquella calidez expectante. Ce rró los ojos y se limitó a saborear la sensación. Pensó que podría permanecer dentro de aquella mujer para siempre. Sentía una extraña paz consigo mismo cuando ella estaba cerca. Era como si no hubiese nada malo en el mundo, nada malo en él. Era una tranquilidad que nunca había creído posible.

Serena ahogó un quejido al sentir a Seiya com pletamente dentro de su cuerpo. Lo que sentía por él la ate rraba. Lo que estaban haciendo era una locura: era libertad lo que ambos anhelaban. Y, sin embargo, no podía hacer nada contra el deseo irrefrenable que sentía por él. Su co razón quería estar cerca de Seiya: consolar a aquel hom bre de ojos permanentemente torturados como un mar tormentoso en eterna oscuridad.

Él la guió con sus manos, mostrándole cómo hacer le el amor estando sobre él. El vestido azul y generoso los cubría a ambos y se derramaba hasta el suelo. Serena mi raba fijamente el rostro que tenía delante y se preguntaba si sus propias facciones reflejaban el placer que estaba re cibiendo. Seiya respiraba con rapidez, mordiéndose los labios y gimiendo, mientras sus manos intentaban acelerar los movimientos de Serena.

-Así, amor -suspiró él cuando Serena encon tró el ritmo que satisfacía a ambos.

Seiya posó sus manos sobre las mejillas de Serena mientras ella embestía por ambos. Era lo único que podía hacer ante la tentación de arrancarle el vestido y de jarla desnuda para que sus manos la recorrieran íntegra mente y saciara así el deseo que tenía de embriagarse en la contemplación de sus voluptuosas curvas. Sin embargo, lo último que quería era que Serena se avergonzara más de lo necesario si alguien los interrumpía. Confiaba en que Kakkyu velara por su intimidad. Pero, por si acaso...

Serena giró el rostro entre sus manos y besó la par te interna de su muñeca. El corazón de Seiya se aceleró con ese gesto. Era maravillosa, realmente: un placer que no se esperaba. Sintió el cuerpo de Serena contraerse en tor no a su sexo mientras aumentaba la velocidad de los em bates. Una sonrisa se dibujó en la boca de Seiya cuando Serena alcanzó el éxtasis. Era la visión más hermosa que jamás había presenciado. Los gritos de placer llenaban sus oídos y lo cubrían por completo con una sensación de ca lidez.

La atrajo hacia sus labios y bebió esos gritos antes de que alguien los oyera, elevando su cadera e internándo se aún más en el cuerpo de Serena. Notaba los latidos del corazón de la joven mientras él la abrazaba y arremetía con más fuerza hasta alcanzar su propia liberación entre los be sos profundos que le prodigaba Serena.

Suspirando de placer, saboreó la sensación del calor húmedo de Serena hasta que su cuerpo estuvo completa mente vacío y saciado. Nada en este mundo se compara ba a su ninfa. Nunca nadie podría compararse a ella, ni dar le un momento de tanta dicha.

Serena se apoyó sobre sus codos para poder ver a Seiya, que yacía bajo su cuerpo. Sus besos recorrieron el borde de la barbuda mandíbula mientras aspiraba su aro ma cálido y masculino.

-¿Os hice daño? -preguntó, preocupada por la he rida y los moretones que comenzaban a formarse en el cuer po del conde.

-No, milady. Haría falta bastante más peso que el vuestro para hacerme daño. - Serena se dejó caer sobre el pecho del caballero, con la mejilla sobre su corazón, que latía y la calmaba mientras los dedos de Seiya juguetea ban con su cabello. Él levantó la otra mano y recorrió con el dedo el perfil de Serena -. Sois tan suave...

Serena posó los labios en el corazón de Seiya y se levantó para mirarlo.

-Vos no.

Seiya sonrió, con los ojos ardientes y abrasadores.

-Decidme por qué no puedo resistirme a vuestros encantos, Serena. Vos escribís sobre el amor y el deseo. ¿Por qué os deseo cuando mi lógica me dice que no debería?

-Si supiera la respuesta a esa pregunta, entende ríais por qué estoy aquí con vos a pesar de que no debería. -Mordiéndose el labio, se separó del caballero-. ¿Qué estamos haciendo, Seiya?

-Creo que estamos enamorándonos. -El silencio se instaló entre ambos mientras el eco de las palabras re sonaba en la quietud.

Serena sabía que era cierto. Lo sentía en todo su ser y eso le daba deseos de escapar, aterrada. La mandíbu la de Seiya endureció mientras rozaba con sus dedos la mejilla de la joven.

-Y no puedo permitirme amaros, milady. No puedo.

-Lo sé. Y yo no quiero amar a un hombre que nun ca podré mantener a mi lado, un hombre que nunca esta rá dispuesto a renunciar a su espada en nombre de la paz para vivir tranquilamente conmigo.

Seiya suspiró con dolor ante esas palabras.

-No. No puedo renunciar a mi espada, no mien tras existan niños que sufren, como Diamante. Y no son sólo los sarracenos quienes los lastiman. Nosotros liberamos tanto a los niños de su pueblo cautivos de nuestra gente co mo a los niños cristianos que están en su poder. No veo el final de esta guerra y, hasta que lo vea, no tendré más re medio que hacer todo lo que esté a mi alcance para ayudar a los que sufren.

-No podéis salvar al mundo entero, Seiya.

-Si puedo salvar a una persona, entonces habré sal vado un mundo. Los hogares no se construyen con una so la piedra, sino con cientos de ellas. Si se rompe una piedra, toda la casa está en peligro, cuando no completamente en ruinas. Quizá no pueda salvar a todas, pero debo salvar tan tas como sea posible.

Era eso lo que Serena amaba más de Seiya.

-Quiero que ganéis esta guerra que libráis.

Seiya la besó los labios y se deslizó fuera de su cuerpo. Se hizo a un lado para que pudiese recostarse jun to a él en el estrecho catre. Se apretó contra ella con ternu ra, mientras tendía la manta sobre ambos.

-Y yo espero que ganéis la vuestra, Serena. Me gustaría que buscar la paz fuese tan sencillo como cantar una de vuestras canciones.

Serena miró la herida, roja e hinchada, del cuerpo de Seiya. Sentía dolor por él, al igual que por ella misma. -¿Qué vamos a hacer, entonces? -Tendremos que evitarnos todo lo posible.

Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas cuando vio la falta de vida en los del caballero. Lo último que de seaba era no verlo.

-¿Qué hay del torneo? Si ganáis, tendréis que des posarme. ¿Cómo podréis ganar el concurso de canciones si no nos vemos?

-Puedo pedirle a Zafiro que me enseñe algo para ga nar el concurso. Tendréis libertad de elegir, señora mía. Lo juro.

¿Y si eres tú el que quiero?». Serena notó el nu do que se le había formado de pronto en la garganta. Si po día elegir, elegiría lo que ella quería, el único esposo que quería. Pero ése era un sueño infantil, y lo sabía. Seiya de Blackmoor estaba fuera del alcance de cualquier mujer. Mientras la causa lo llamara, nunca se quedaría con ninguna.

-Muy bien. - Serena se obligó a levantarse y a colocarse el vestido. Si no podían seguir viéndose, no había necesidad de seguir torturándose. Era mejor par tir ahora, cuando todavía podía soportar la idea. Aun que, a decir verdad, el dolor que tenía en el pecho era in soportable. Le dolía y la traspasaba. No quería dejarlo pero, recordando sus palabras, entendía por qué era ne cesario. Sólo esperaba que la agonía que sentía desapare ciera en algún momento. Quizás, algún día, encontraría a otro hombre a quien amar... No, nunca habría otro que significara tanto para ella corno Seiya. Por desgracia, algunas cosas eran imposibles, y su relación era una de ellas.

Seiya se rodeó el cuerpo con los brazos por el frío que le invadió de pronto al alejarse Serena. Era mejor así, pero a pesar de todo su alma le gritaba que tenía que man tenerla junto a él. Entonces hizo lo más difícil que había hecho en su vida: vio cómo salía de la tienda.

Se cubrió los ojos con la mano y maldijo en voz ba ja. ¿Cómo había pasado esto? ¿Cómo había permitido que una fierecilla revoltosa se colara en su corazón, tan bien protegido hasta entonces? Pero no: no era una fierecilla. Si 1o hubiera sido, no podría haberlo conquistado con tan ta destreza. Era, sencillamente, una mujer de profundas convicciones. Impetuosa, inteligente y decidida: cualida des que él admiraba.

Ahora se había ido, y un dolor que no había senti do hasta entonces le consumía el corazón.

-Debes de ser el hombre más tonto de toda la cris tiandad -dijo Kakkyu cuando entraba en la tienda-. No, eres el hombre más tonto del mundo entero.

Sin descubrirse los ojos, Seiya respondió con un gruñido.

-Déjame en paz, Ka. No tengo paciencia para so portarte en este momento.

-Perfecto, porque yo tampoco tengo paciencia pa ra aguantarte a ti. Por fortuna, nunca he tenido que tolerar a tontos como tú.

Para total sorpresa de Seiya, Kakkyu se acercó y le abofeteó en las costillas sanas. Seiya hizo una trueca a causa del inesperado dolor y movió el brazo para lanzar a Kakkyu una mirada furibunda.

-¡¿Pero qué haces?!

-Da gracias al cielo por tus lesiones: son lo único que me impiden desenfundar la espada y darte el castigo que mereces.

Seiya resopló burlonamente ante la amenaza. -Hace falta alguien más aparte de ti para hacerme daño.

-Es posible, pero con la furia que me invade en es te momento... ¿Cómo pudiste dejar que Serena se fuera?

Seiya se encogió al pensarlo, aunque su cabeza comprendiera la razón.

-Es mejor así.

Kakkyu volvió a golpearlo en un costado.

-¿Has perdido el juicio? -preguntó Seiya mien tras se frotaba las costillas.

-No, pero creo que tú sí. Amas a esa mujer. ¿Por qué la apartas de tu lado?

-¿Y tú qué sabes?

Kakkyu estaba de pie con las manos en las caderas, y su rostro mostraba cada fracción de la ira que sentía en ese momento hacia Seiya.

-Sé todo al respecto, al igual que Val, el Cisne, Kayama y Haruka. No es ningún secreto: solo hace fal ta mirar la luz que te llena los ojos ante la sola mención del nombre de « Serena ». Y eso sin contar las miradas de lobo hambriento que le prodigas cada vez que se te acerca.

-¡Bah! ¡Qué sandeces dices!

Kakkyu puso los ojos en blanco y dijo algo en su lengua natal que Seiya no terminó de comprender. -¿Acabas de llamarme cerdo? -Te llamé «jabalí con cabeza de cerdo». -¿No es eso una redundancia?

Se movió para abofetearlo nuevamente, pero esta vez Seiya le frenó la mano antes de que lo tocara. En lugar de la bofetada, lo pateó por debajo del catre.

-¡Ay! -gritó Seiya al sentir el pie de Kakkyu contra sus nalgas.

-Te quiero como a un hermano, Seiya, pero juro que a veces sería capaz de estrangularte.

-Entonces me alegro de que estés cuidando de mí. Teniendo en cuenta que eres la encargada de curarme, me estremezco de pensar en lo que me harías si me odiaras.

El rostro de Kakkyu adoptó una expresión más se vera.

-Reza para no averiguarlo nunca -dijo, mientras se daba vuelta y se encaminaba hacia la entrada. Se detu vo y se volvió para mirarlo-. Dime algo, Seiya. Cuan do seas demasiado viejo para participar en torneos, de masiado anciano para cargar tu espada y luchar por los débiles, ¿quién se sentará a tu lado en la sala para hacerte compañía?

Seiya desvió la mirada. A decir verdad, había de cidido no pensar en esas cosas. Con un poco de suerte, no tendría que preocuparse por semejante destino. Sin em bargo, Kakkyu no estaba dispuesta a que él olvidara esos pensamientos.

-No puedes detener el tiempo ni derrotar a todos los demonios que mancillan esta tierra. Te has pasado la vida huyendo del fantasma de tus progenitores y del mie do de convertirte en tu padre. Sé sincero, Aniquilador, ¿qué habría pasado si tu madre hubiese amado a tu padre co mo él la amaba a ella? Piensa en eso por un instante: un ma trimonio en el que dos personas viven y mueren por el otro, los dos irremediablemente enamorados para toda la vida. -¿Crees que es posible?

-Ravenswood vive feliz. Tú mismo me lo dijiste.

Sí, era verdad. Ravenswood y Hotaru vivían felices con sus votos. Sin embargo, como le había dicho antes a Serena, llevaban casados poco tiempo. Lo que tenían podía durar para siempre o terminar al día siguiente, por no mencionar el hecho de que el matrimonio había restringido la lealtad de Ravenswood para con la Hermandad.

-Ravenswood vive ahora en Escocia, separado para siem pre de nuestras filas.

-¿Sí? -preguntó Kakkyu, arqueando una ceja ¿Qué hay de los jóvenes que les enviamos? Si no tuvieran a Hotaru y a Ravenswood para comprender sus problemas y ayu darlos a acostumbrarse a la vida en libertad, esos niños estarían perdidos, para nosotros y para sus familias: irre cuperables. Creo que sirve más a la causa donde está aho ra que cuando te seguía.

El silencio se apoderó de Seiya mientras analiza ba esas palabras. Sin embargo, no era ese aspecto el único que había que ponderar.

-Haces que parezca fácil. Si yo tomara a Serena como esposa, tendría responsabilidad no sólo sobre mis tierras, sino también sobre las de ella. Artemis nunca me daría libertad para viajar. Incluso ahora debo esforzar me para lograr que me permita salir de Inglaterra. Como señor de ambos dominios, estaría atado a Artemis para siempre.

-No hay nada que no cueste -dijo Kakkyu con voz calmada-. Así como nada que se obtenga sin esfuer zo vale la pena. Pero no pelees demasiado, Seiya, o po drías resultar perdedor en este asunto. ¿Has pensado en có mo te sentirás cuando veas que entregan a la mujer que amas a otro hombre?

Seiya parpadeó mientras Kakkyu se retiraba, de jándolo solo con una imagen tan perturbadora en la men te que a duras penas le dejaba respirar. No, no había pen sado en eso.

-¡ Serena no se casará con otro! -gritó, para que Kakkyu lo oyera. El costado le empezó a latir de dolor, re sintiéndose de su elevado tono de voz.

Kakkyu asomó la cabeza en la tienda una vez más.

-Sigue repitiéndote eso, y el día en que se case yo estaré allí para consolarte.

En ese momento, Seiya realmente odiaba a su ami ga por lo que estaba haciendo. Le lanzó una almohada pa ra luego darle la espalda y hacer lo posible por apartar esos pensamientos de su mente. Serena nunca sería capaz de traicionarlo, o traicionarse a sí misma, eligiendo a otro esposo. Su libertad era demasiado valiosa para ella. «¿Y si Artemis la obliga a elegir? ¿Y si ama a otro?». Esas pre guntas no dejaban de atormentarlo. Era posible. Podía cor tejarla otro hombre, un poeta de la música, un hombre que se quedara a su lado y le diera hijos. La idea lo desgarraba por dentro. De cualquier modo, la decisión sobre la liber tad de Serena para elegir esposo dependía sólo de él. Ga naría el torneo, no había duda de ello.

Sin embargo, el concurso de canciones... «Te odiará para siempre si pierdes». ¿Sería capaz de odiarlo? ¿Estaba dispuesto a correr ese riesgo?

Seiya se encontraba inmerso en un silencioso de bate, en una batalla entre sus sentimientos y su razón. Era posible que no ganara el concurso. En la corte había mu chos otros más hábiles que él para la canción. ¿Era culpa suya si alguno le superaba? ¿Le culparía Serena?

«Libérala». Seiya soltó una maldición. Sí, la libe raría. Estaba totalmente obnubilado y eso que apenas se conocían. Lo último que podía permitirse era reclamar una mujer cuyo recuerdo borraba todo lo demás. Como el he cho de que tuvieran que descubrir a un asesino antes de que volviese a atacar.

Aquarius se deslizó rápidamente y en silencio hasta el in terior del cuarto. No había nadie allí excepto la persona a la que buscaba. Sentada sola delante del tocador, cepillaba sus rizos negros y largos, murmurando una canción mien tras se miraba al espejo. Él reconocía que era hermosa, de curvas gráciles y exuberantes, que revelaban a la perfección su camisón escarlata.

Confiando en lo que había aprendido durante los entrenamientos, se colocó detrás de ella y la aferró por el brazo con tanta fuerza que ella abrió la boca, dispuesta a gritar.

-Silencio -ordenó Aquarius en voz baja, subién dole la manga del camisón y dejando al descubierto una lis ta escrita en árabe, tatuada sobre la piel pálida, similar a la que llevaba él en su propio brazo. Salvo que los nombres eran diferentes-. Sabía que eras tú.

La mujer se liberó de un tirón. -¿Qué haces aquí?

-Quiero saber por qué implicaste a Seiya de Blackmoor en el asesinato.

Dejó el cepillo sobre la mesa y le dirigió una mirada fría y calculadora mientras se bajaba la manga y la ataba pa ra esconder la lista de nombres.

-¿No tienes modales, milord? Han pasado años desde la última vez que nos vimos. ¿No podrías ser más amable con la mujer que una vez poseíste con tanta pasión?

El rostro de Aquarius reflejó el dolor que le causa ban esas palabras y el recuerdo de los días en que los for zaban a estar juntos para que otros se divirtieran, en los banquetes donde...

-Hago todo lo posible por no recordar esos días.

-Me alegro por ti, porque a mí me persiguen cons tantemente pese a lo mucho que me esfuerzo por olvi darlos.

Sintió pena por ella, pero eso no cambiaba las cosas. Lo que había hecho estaba mal.

-No has respondido a mi pregunta.

Ella le lanzó una mirada entre burlona y ofendida. -¿Y a ti qué te parece? Me ayudaste y quería de volverte el favor.

-¿Favor?

-Mataste a Jedite por mí. No recordaba quién eras hasta la noche en que te vi abandonar su tienda. Entré pa ra terminar mi trabajo y descubrí que ya estaba muerto. Al principio estaba aterrada. Pensé que te habían enviado pa ra acabar conmigo y los de mi lista pero, una vez que re cobré la calma, comprendí que seguramente él te había reconocido antes.

La vergüenza que sentía obligó a Aquarius a desviar la mirada. Sí, era cierto: Jedite le había reconocido. El im bécil incluso le había provocado cuando despertó y le vio junto a su catre. Las provocaciones terminaron en cuanto Aquarius hundió su daga en el corazón de aquel hombre.

-¿Se te cayó la nota? -preguntó Aquarius.

-Sí. Regresé a buscarla después, pero no encontré rastro de ella.

Aquarius la sacó de su morral y se la entregó.

-Será mejor que la destruyas antes de que alguien más sepa de su existencia y descubra, como yo, quién la es cribió.

Ella asintió y la deslizó por la parte de delante de su camisón escarlata, entre los senos. Aquarius la miraba fija mente, con furia en los ojos.

-No me hagas más favores en lo que se refiera al conde.

-¿No? -preguntó ella arqueando una ceja-. ¿Sa bías que Kalb al Akrab está aquí?

Aquarius se quedó estupefacto ante aquellas pala bras. «El Corazón del Escorpión» era el nombre del asesi no que estaba a cargo de vigilarlos, aquel al que mandaban a matar a los que revelaran quiénes y qué eran. Maldición. El Escorpión y Kalb al Akrab eran la misma persona, sin lugar a dudas. Debería haberse dado cuenta, pero nadie co nocía su nombre ni su apariencia. Aquellos de su clase que lo conocieron ya habían muerto a manos suyas.

-Sí -susurró-. Encontré a uno de sus mensa jeros.

-Supe que era el Escorpión en cuanto lo vi -dijo ella-. Nuestros captores no lo mantenían oculto tanto tiempo como a ti, sino que preferían enviarlo a las rondas de abusos.

-¿Cómo estás tan segura de que se trata de Kalb al Akrab?

-No estoy completamente segura, pero no me equi voqué al sospechar que tú eras Aquarius, y sé que se te ha terminado el plazo para matar a Seiya. ¿Recuerdas? Yo estaba allí cl día en que te dejaron en libertad, y oí a los guardias sarracenos cuando reían y decían que los días del Aniquilador estaban contados. Por eso intenté implicar lo. Supuse que, si Seiya moría, al menos tú te verías libre de ellos, y yo podría comprobar que en efecto nos dejarán en libertad cuando completemos nuestra lista. -Desvió la mirada, y el terror le invadió los ojos-. Lo que más te mo es que vengan a por nosotros una vez que terminemos el trabajo. No sé de nadie que haya sobrevivido por ha ber completado su lista, ¿y tú?

-Hasta ahora, no sabía de nadie más que tuviera una misión como la mía. Sólo mencionaron a Kalb al Akrab, y tenía la esperanza de que fuese un invento creado para que yo obedeciera.

La mujer agudizó la mirada, entrecerrando un poco los párpados.

-¿Por qué no has matado al Aniquilador?

-Aún no ha llegado el momento.

Se acercó para quedar frente a él, con el cuerpo rígi do de ira.

-¿Te has acobardado? Mi amo dijo que eras el ase sino más frío y eficiente de todos los que habían enviado. ¿A qué esperas?

-¿Amo? ¿Qué amo?

Las facciones de la mujer se endurecieron, pero no contestó a la pregunta.

-Tuviste suerte, Aquarius. Te enviaron solo. Los de más sabemos que hay otros que nos vigilan. Las órdenes que debo cumplir me suelen llegar a través de sus mensajeros. Una sensación de malestar invadió a Aquarius. -¿Por qué no se mostraron ante mí?

-Dieron por sentado que completaríais vuestra misión. ¿Por qué no lo has hecho?

-¿ Y a ti qué te importa? Pensaba que tú y tus ami gas queríais que Seiya sobreviviera y desposara a Serena.

Ella se burló de esas palabras.

-¿Crees que quiero que Serena se case? Ya es bas tante malo haber vuelto a mi hogar y al cálido seno de mi familia. -Escupió las palabras, cargándolas con un vene no lleno de odio que estremeció a Aquarius-. Cuando mi padre supo que yo ya no era virgen y. que él no podría ob tener mucho por mi matrimonio porque ya me habían usa do, no tardó en enviarme a casa de Serena para no tener que verme ni avergonzarse de lo que había pasado por su falta de atención. Al contrario que tú, yo salí de una pri sión para meterme en otra. Lo último que quiero es que Serena se case con un hombre que nunca estará en el país: él se irá de aventuras mientras nosotras nos quedamos encerradas en Sussex para siempre, así Serena puede en señar a esos blandengues su estúpida poesía. -Rei...

No -dijo ella, separándose con un empujón No me toques ni pronuncies mi nombre. No quiero oírlo de tu boca.

Aquarius dejó caer los brazos.

-¿Y por qué no mataste a Seiya tú misma? -Lo intenté, pero nunca estábamos solos. Luego pensé que si lograba convertirme en condesa de Black moor, él podría protegerme.

-¿Entonces mataste a otro miembro de la Her mandad para implicarlo? -preguntó, tratando de com prender sus motivos.

-Sí. Devonshire fue quien violó a Amy.

Aquarius se estremeció al recordar la noche en que los miembros de la Hermandad habían escapado de la pri sión. Algunos de ellos tenían la misión de liberar a los que quedaban. Sin embargo, abusaron de ellos, los dejaron en cerrados en las celdas y volvieron con historias falsas, di ciendo que todas las rameras estaban muertas.

Durante años había odiado a todos los miembros de la Hermandad. ¿Cómo no odiarlos? Después de su hui da, los restantes quedaron a merced del enemigo. Amy ha bía muerto durante uno de los castigos que recibieron tras la huida de la Hermandad. Era una mujer tímida, pequeña y delicada. Los sarracenos la despedazaron cual flor inde fensa.

Hasta ahora, lo único que movía a Aquarius era el deseo de adquirir la fortaleza suficiente para volver a la pri sión y matar a los responsables. Por desgracia, no creía que esa oportunidad fuera a presentarse.

-Matar a Devonshire me proporcionó mucho placer-di jo Rei, llena de rabia-. Y también me habría dado placer la muerte de Seiya.

-Él va sufre bastante.

Una mueca de desprecio se dibujó en los labios de Rei.

-¿Y tú qué sabes? Nunca habrá sufrimiento sufi ciente para Seiya. Somos nosotros los que más sufrimos entonces, y aún sufrimos. Dime la verdad: ¿puedes pasar una noche sin que te acechen las pesadillas?

-Sí -mintió Aquarius-. Esos demonios ya se lle varon bastante de mi vida. Me niego a darles más. -Por lo menos él trataba de vivir creyendo eso. Era sencillo mien tras el sol brillaba en el cielo pero, cuando llegaba la noche y dormía, no podía librarse de las pesadillas.

-Me alegro por ti -respondió Rei con sor na-. Yo nunca puedo olvidar lo que hicieron conmigo. ¿Sabes que ya no puedo tener hijos? Me trataron con tanta brutalidad después de quedarme embarazada que, en to do este tiempo, no he podido concebir ni una vez. Nunca.

Las lágrimas sin derramar le brillaban en los ojos.

Aquarius quería consolarla, pero sabía que era cosa del pasado y que ella tampoco aceptaría sus caricias y las emociones que sin duda evocarían, emociones no desea das. Como fue uno de los pocos hombres en ese grupo de celdas, había oído los padecimientos de las mujeres em barazadas e incluso las había ayudado en algunos partos. Reifue una de las que había tenido dificultades para dar a luz.

-¿Tu hijo sigue en Tierra Santa? Rei asintió.

-Lo tienen para asegurarse de que cumpla mi misión. Tiemblo cada vez que pienso que está en su poder. ¿Cómo saber con qué mentiras le están llenando la cabeza o qué le estarán haciendo?

Aquarius sintió que la furia se apoderaba de él. El hijo de Rei debía de tener siete u ocho años. -Yo lo rescataré.

Rei estalló en tina carcajada.

-¡Como si eso fuera posible! Si vuelves, te matarán. De hecho, sé que tengo razón: ese Kalb al Akrab está aquí para matarte.

-Hace falta alguien más para matarme. Ella se burló.

-Hombres vanidosos. Arrogantes. Eso es lo que sois, y yo ya he tenido bastante. Si tú no matas a Seiya, lo haré yo, no sea que se cansen de esperar y vengan a por noso tros. La poca libertad que tengo es más valiosa que su vida.

Aquarius le dirigió una mirada dura y cargada de sig nificado.

-No dejaré que lo mates.

-¿No? -preguntó incrédula-. ¿Y si le digo quién eres?

-Te mataré antes de que lo hagas.

-¿ Serena?

Serena se detuvo ante la voz profunda y caverno sa y un escalofrío le recorrió la espalda. No esperaba vol ver a oírla dirigiéndose a ella. Se volvió lentamente y se encontró cara a cara con Diamante St. Cyr.

-Milord -dijo con una reverencia.

-No hace falta ser tan formal, milady, ni tan fría. Después de todo, no maté a vuestro caballero. -Había al go diferente en Diamante, se le veía más relajado y tranqui lo. Al igual que Seiya, se había quitado la armadura. Bajo la imponente capa negra que lo cubría casi por completo, vestía una guerrera gris, una gonela escarlata y dorada y calzones negros-. Parece que Dios ha decidido que es ino cente, después de todo.

Serena creyó detectar un deje de amargura en la voz de Diamante.

-Espero que no hayáis salido malherido, milord.

-Sólo en el orgullo. Pero el pobre ha recibido tan tos golpes que estoy seguro de que se recuperará también de éste. -Hizo una reverencia-. Con vuestro permiso, me retiro, milady. Sólo quería disculparme por el com portamiento grosero e indecoroso que tuve con vos la víspera, cuando vinisteis a verme.

-No os preocupéis, milord.

-Diamante -dijo él, con voz seductora-. Por favor, llamadme Diamante. - Serena repitió la reverencia e incli nó la cabeza ante él. Diamante chasqueó la lengua-. ¿Des confiáis de mí?

-¿Tengo otra posibilidad?

Diamante se rio, con un sonido profundo e hipnó tico.

-Y ni siquiera intentáis negarlo. -¿Debería?

-La mayoría lo hace. Debo confesar que vuestra honestidad me resulta refrescante. - Serena tenía la im presión de que Diamante estaba sonriendo, y realmente le molestaba no poder siquiera adivinar su rostro-. Que ten gáis un buen día, milady. Confío en que os depare infinidad de tesoros.

Serena frunció el ceño mientras Diamante se aleja ba, dejándola sola en el centro de la sala. No se movió has ta que oyó otra voz a sus espaldas.

-¿Qué quería? -preguntó Kakkyu, colocándose junto a Serena. Ambas miraban cómo Diamante desapare cía por la puerta, en dirección al exterior del castillo.

-Disculparse -respondió Serena. Todavía no po día creer que hubiera hecho eso. Parecía algo completa mente ajeno a su carácter.

-¿Por qué razón?

-Por haber sido grosero cuando le pedí que no se enfrentara a Seiya.

La expresión de Kakkyu delataba su sorpresa. -Es muy extraño que se haya disculpado por nin guna razón.

Serena frunció el ceño.

-¿Lo conoces? -Kakkyu desvió la mirada, como si se sintiera culpable de algo-. ¿Qué ocurre? -pregun tó Serena, que notaba cómo se apoderaba de ella una ole ada de angustia. Había algo siniestro en el modo en que Kakkyu miraba a su alrededor.

-Sé muchas cosas de aquellos a los que mi padre tenía prisioneros, y me avergüenza infinitamente -susu rró-. No hablo de las historias que cuentan los de la Her mandad, que ya son terribles de por sí, sino de aquellas que oí por boca de los hombres de mi padre, que fanfarronea ban sobre la crueldad con que trataban a sus «huéspedes».

Serena la acarició el brazo en señal de comprensión.

-¿Por eso los ayudaste a escapar?

Kakkyu asintió.

-Mi padre olvidó que el linaje de mi madre era distinto del suyo. No somos adornos que permanecen sen tados y en silencio al lado de un hombre, en especial cuan do vernos una injusticia. Los ayasheen descendemos de las amazonas. Pelear es nuestro derecho y nuestro deber. Aún puedo oír la voz de mi madre cuando me decía que nadie debe verse privado de su dignidad. Su gente creía que ha bía que respetar o ejecutar a los enemigos. Si los ejecutas, dejan de ser un problema; si les permites retirarse con dig nidad, lo harán; pero si los mantienes cautivos y los haces sufrir constantemente, tarde o temprano atacarán, y no querrás estar allí cuando eso ocurra: no hay poder más te rrorífico que el de una venganza alimentada por el odio de años.

Serena asintió.

-Tu madre era muy sabia.

-Sí, en verdad lo era. Tú me recuerdas mucho a ella.

Serena se sorprendió con la comparación. -¿Yo?

-Ajá. Mi madre solía llamarme karima, que quiere decir «pequeño mono» en su idioma. Decía que yo corría y gritaba, tirando cosas y ofendiendo a todos hasta salirme con la mía. Ella era firme y callada, como un muro indes tructible, decidida y segura de sí misma.

Serena sonrió.

-Eso suena mucho mejor que «terca como una mu la», que es lo que me llama mi tío.

Kakkyu se rio.

-Ser terco es malo sólo si te lleva a hacer cosas que te perjudican.

-¿Cómo es eso?

-¿Recuerdas cuando te hablé acerca del hombre que amo?

Sí.

-Es esa terquedad lo que le aleja de mi lado. En lu gar de aceptar lo que le ofrezco, recorre el inundo buscan do una paz que nunca encontrará. A veces no es posible tener aquello que queremos y aquello que necesitamos.

-¿Qué quieres decir?

-Si Seiya gana el concurso de trovadores y a ti te dan libertad para elegir esposo, ¿a quién elegirías?

La respuesta era bastante fácil.

-Elegiré mi libertad, desde luego. Por lo menos mientras Artemis se lo permita.

-¿Porque la necesitas o porque la quieres?

Al sentir que comenzaba a vislumbrar la verdad, Serena desvió la mirada.

-Por ninguna de las dos razones: porque el hom bre al que quiero se parece mucho al tuyo. No se quedará a mi lado y, si lo forzara, me odiaría por ello. Prefiero en vejecer sola que junto a un hombre que llegaría a odiarme por atarlo a mi lado contra su voluntad.

Para sorpresa de Serena, Kakkyu volvió a reír.

-Eres como mi madre. -La cogió del brazo y la condujo hacia las escaleras-. Acompáñame, lady Serena. He perdido al hombre que amo, pero tú... Tú me tienes a mí, y juntas veremos qué podemos hacer por tu hombre.

-¿Crees que podemos conquistarlo? Kakkyu exhaló un suspiro largo y deliberado. -Lo único que podemos hacer es intentarlo.