"Un hermano puede no ser un amigo, pero un amigo será siempre un hermano."
Samuel Richardson
12 – Siempre un hermano
Watson
Me detuve, con las vendas en las manos, y me quedé mirando a Mycroft Holmes con expresión de sorpresa.
Junto a mí, Holmes se puso tenso y, presa de la impaciencia, empezó a bombardear con preguntas a su hermano mayor. A Mycroft no le hizo gracia su beligerante actitud y lo reprendió severamente, para diversión mía.
—¡Sherlock, no te diré nada hasta que ceses este bombardeo verbal! ¡Y hasta que te estés QUIETO, para que el doctor no tenga que hacerse daño intentando vendarte!
Vi cómo Holmes se ruborizaba, incómodo, bajo la severa mirada de su hermano mayor, y se sentó quieto, permitiéndome limpiar sus heridas y vendar sus ensangrentados nudillos. Fue una tarea bastante difícil, pues sólo contaba con un brazo para realizarla, ya que, con el cabestrillo, la movilidad del otro sólo era parcial. Pero juré que me las arreglaría como fuera, y lo conseguí.
Orgulloso de mí mismo por haber logrado hacer algo sin ayuda, me centré a continuación en los intensos verdugones que había en el cuello y la mejilla de Holmes. Dio un respingo, pero no emitió ningún sonido mientras le limpiaba delicadamente las heridas. Cuando acabé, volvió a darme las gracias y se volvió hacia Mycroft con impaciencia.
—¡Y ahora, hermano, cuéntame lo que ha ocurrido! ¿Qué has descubierto?
—Sherlock, ¿has dormido desde que empezó todo este asunto? —preguntó Mycroft a su vez a su hiperactivo hermano menor.
Éste se encrespó, indignado, y reconocí los signos de una inminente crisis nerviosa. Estos incidentes eran más frecuentes de lo que me habría gustado, porque Holmes tenía poca o ninguna consideración por su salud, aunque se preocupara mucho por la mía.
Me pregunté si podría hacerle dormir durante un rato.
¿Yo, hacer dormir a Holmes? Me reí mentalmente de semejante idea.
Vi los ojos de Mycroft clavados en mí, y cuando le devolví la mirada, echó un vistazo a mi maletín, luego a Holmes y luego a mí, y asintió ligeramente.
¿Interpreté correctamente lo que quería decir?
Mycroft estaba a punto de responder a las preguntas cada vez más vehementes de su hermano cuando la señora Hudson llegó con nuestra cena. Sonreí al ver cómo se iluminaban los ojos del hombre ante la perspectiva de una abundante comida, completada por una tetera llena del té caliente de la señora Hudson. Eso me dio una idea.
Mientras Mycroft iba hacia la mesa, cogí un sobrecito de mi maletín, lo deslicé en mi bolsillo y me levanté para seguirle. Holmes, de un modo casi mecánico, me tomó por el codo y me guió hacia la mesa. Luego se sentó sobre su escritorio para observarnos mientras comíamos.
Me trajo a la cabeza la incómoda imagen de un buitre, allí posado con aquel aspecto tan depredador. Mycroft suspiró y comenzó su historia mientras comenzábamos a comer.
—Investigué ese pedazo de tartán, Sherlock, doctor —comenzó—, y descubrí algo muy singular.
—¡Ahórranos la poesía, Mycroft! —le espetó Holmes. Sin duda, la férrea constitución de aquel hombre clamaba por un descanso, y Mycroft me dirigió una mirada de advertencia.
—Ese tartán, Sherlock, pertenece al clan Gersauch. Formaba parte del clan Farquharson hace más de cien años.
—¿Formaba, ha dicho? —pregunté, reparando en el pretérito.
—Sí, doctor. Formaba. El clan Gersauch se extinguió.
—Obviamente no, ya que el tartán sigue activo, Mycroft —dijo Holmes, frunciendo el ceño con interés.
—En absoluto, Sherlock —dijo Mycroft, dedicándose con sumo deleite a su comida—. Entre los informadores escoceses corren rumores de que un grupo anarquista radical ha estado apropiándose de varios tartanes y nombres poco conocidos para utilizarlos como identificación en sus círculos.
—¿Anarquistas? —pregunté con voz ahogada.
—Sí, doctor. Este tartán es uno de los tres que sabemos que están aparentemente activos, aunque todos sus miembros hayan fallecido hace más de un siglo.
—Eso es muy sugerente —dijo Holmes, juntando las yemas de los dedos mientras nos miraba fijamente.
—Sí, Sherlock. Apostaría a que el cardo, junto con este tartán de Gersauch, es la identificación del grupo que asesinó a su hermano, doctor. Si era o no uno de ellos, o si simplemente sabía demasiado, aún está por determinar.
—¡Entonces supongo que nuestro siguiente paso es tomar el Flying Scotsman[1] y dirigirnos a Edimburgo, y de ahí a Rathclythe! —exclamó Holmes, bajando de un salto del escritorio y comenzando a pasear de un lado a otro.
Mycroft lo fulminó con la mirada y luego frunció el ceño. Una arruga se formó en su amplia frente.
—¡Espera un momento! ¡Sherlock!
Holmes giró en redondo ante el tono de su hermano.
—¿Mycroft?
—¡Hemos sido unos tontos! ¿No lo ves? Debe haber una razón por la que esa gente haya decidido venir ahora a por Watson. Andrew murió hace casi un año. ¿Por qué precisamente ahora?
—Yo diría que porque acaba de entrar en posesión de ese reloj, pero…
—Pero nada que perteneciera a Andrew ha entrado en mi posesión desde el funeral, en enero —dije yo.
—Entonces, la única explicación que queda es…
—…que ese grupo acaba de enterarse del paradero del reloj —dijo Holmes, completando la sugerencia de su hermano—. Pero, ¿a dónde nos lleva eso? ¿Cómo lo descubrieron, en cualquier caso, Mycroft?
La respuesta me iluminó de repente como un relámpago ilumina un paisaje.
—La Strand Magazine —susurré.
—¿La qué?
—El signo de los cuatro, ¿correcto, doctor? —inquirió Mycroft.
Asentí.
Entonces Holmes sacó conclusiones por sí solo y se dio una palmada en la frente, consternado.
—¡Pues claro! ¡Su florida historia proclamó a toda la población alfabetizada que su hermano había muerto y le había dejado su reloj!
—¡Mis historias NO son floridas! —dije, indignado. De veras, ese hombre necesitaba dormir.
Mycroft rió con disimulo.
—Esta discusión ya ha tenido lugar antes, por lo que veo.
Eso me hizo reír, y di un respingo. Había vuelto a olvidarme de mis costillas, y el agudo dolor que me atravesó fue un horrible recordatorio.
Al oírme jadear, ambos Holmes volvieron hacia mí sus preocupados ojos grises.
—¿Así que el reloj es la clave del asunto? —pregunté.
—No es muy sutil cambiando de tema, doctor —dijo Mycroft, traspasándome con la mirada.
—No, no lo soy. ¿Y bien?
Holmes me dedicó una congratulatoria sonrisa mientras Mycroft fruncía el ceño.
—Ésa parece ser la conclusión lógica, doctor. Su historia le dijo al mundo que su hermano, aparentemente, había muerto a causa de la bebida y que usted está ahora en posesión de su reloj. Y unas semanas después de que la historia saliera a la luz…
—…usted es atacado en la calle —dijo Holmes, completando nuevamente la frase de su hermano.
—No me interrumpas, Sherlock. Es una costumbre de lo más irritante.
El severo reproche de su hermano mayor no fue bien recibido por Holmes, que le dirigió una mirada amenazadora.
La irritación de Holmes crecía por momentos. Había que hacer algo al respecto.
Mientras los dos Holmes se enzarzaban en una discusión veladamente sarcástica, rasgué el sobrecito de somnífero que había sacado de mi maletín y vacié su contenido en una taza de té vacía. Luego vertí en ella té caliente. El producto era insípido, y además, Holmes estaba de tan mal humor que probablemente ni siquiera sabría qué estaba bebiendo.
—¡Muy bien, es suficiente! —les reprendí cuando la irritada voz de Mycroft se alzó por encima de la de Sherlock—. ¡Por el amor de Dios, Holmes, siéntese y tome una taza de té! ¡Puede obligarme a ver cómo se muere de hambre, pero al menos permanezca hidratado!
Ante la fiereza de mi voz, nacida del cansancio y la irritación, ambos hombres se detuvieron y Holmes me fulminó con una mirada que habría acobardado a la mayoría de los hombres. Yo, sin embargo, ya estaba acostumbrado a sus cambios de humor y se la devolví sin pestañear, retándole a desafiarme.
Holmes decidió que el esfuerzo no merecía la pena y se sentó pesadamente junto a mí, aceptando el té con muy poca cortesía. Mycroft me dirigió una mirada inquisitiva, y asentí de manera casi imperceptible.
Ocultó una sonrisa tras su propia taza de té, y me levanté de la mesa en busca de la comodidad de mi butaca. Me complació el hecho de ser capaz de rechazar con un gesto de la mano el ofrecimiento de ayuda de los hermanos Holmes y llegar hasta la silla sin sufrir ningún percance.
Me acomodé en ella justo a tiempo de ver a Sherlock Holmes tomarse distraídamente el té de un solo trago y lanzar un exabrupto al quemarse la lengua.
Mycroft le dirigió una reprobatoria mirada que su hermano menor ignoró por completo, y se sentó en el sofá.
—Entonces, tenemos el tiempo justo para tomar el Flying Scotsman que sale a última hora de la tarde—dijo Mycroft, mirando el reloj (las seis y media)—. Saldrá exactamente ocho minutos después de las diez de la noche.
—Iremos a Edimburgo y continuaremos la investigación del clan Gersauch cuando lleguemos a Rathclythe… que, si mal no recuerdo, es una pequeña aldea a sólo ocho millas de la capital —respondió Holmes, ocultando un bostezo tras la mano.
Dirigí a Mycroft una significativa sonrisa, y éste le preguntó a Holmes si estaba cansado.
—¡Sabes que nunca duermo durante una investigación, Mycroft! —le espetó el detective.
—Lo sé, y lo lamento —dijo su hermano con voz cálida—. Deberías echarte una siesta antes de irnos, de veras.
—Voy a hacer el equipaje —dijo Holmes, marchándose furioso a su habitación, donde comenzó a tirar prendas de ropa al suelo.
—Dele seis minutos —le dije a Mycroft en voz baja.
Efectivamente, al cabo de poco más de cinco minutos Mycroft entró en el dormitorio y regresó un momento después con una amplia sonrisa en su ancho rostro.
—Al menos disfrutará de tres horas de sueño antes de que nos vayamos —dije, levantándome de manera un tanto insegura mientras Mycroft empezaba a ponerse el abrigo.
—Gracias, doctor. Aprecio su preocupación por él, pese a la incomodidad que sé que siente —dijo el hombre, estudiando mi rostro una vez más con sus sagaces ojos.
—Haré nuestro equipaje.
—Pasaré a buscarlos a las nueve y media. Asegúrese de llevar el reloj, doctor.
—Por supuesto —respondí, tendiéndole el sombrero.
Lo tomó con una sonrisa.
—Enviaré un telegrama a Mary Morstan en su nombre. Sherlock me dijo que se comprometieron tras el caso del asesinato de Sholto, y no querríamos preocuparla. Le explicaré que está usted metido en un caso con Sherlock y conmigo.
Farfullé unas palabras de agradecimiento, porque durante las escasas horas en las que había estado consciente el día anterior no se me había ocurrido tener en cuenta tal previsión. Por el contrario, a tenor de las revelaciones sobre lo ocurrido con mi hermano, no había tenido tiempo de pensar en la gentil y maravillosa mujer que había consentido en ser mi esposa.
Ahora, al recordarla, lancé un suspiro y sentí una leve punzada en el corazón. Me sentía infinitamente agradecido por el hecho de que ella estuviera a salvo y al margen de este espantoso asunto.
—Y, doctor —añadió el mayor de los Holmes, deteniéndose un momento en las escaleras.
—¿Sí, Mycroft?
—Por favor, recuerde que debe cuidarse tanto como mi hermano —dijo el hombre, mirándome con aprecio fraternal—. No me gustaría perder a ninguno de los dos.
Sentí un incómodo rubor en el rostro mientras balbuceaba que así lo haría, y aquel hombre extraordinario bajó los escalones, resoplando sin aliento cuando al fin llegó a la planta baja, y abandonó nuestra casa.
[1] El Flying Scotsman es el nombre de un tren que viajaba de Londres, Inglaterra, hasta Edimburgo, Escocia.
