Para Gregory Lestrade estar lejos de su amado era sin duda el menor de sus problemas, unas semanas después de la partida del pecoso ya se había acostumbrado a la distancia y a contestar mensajes de texto antes de la madrugada. Cada mañana se levantaba al alba, tomaba un rápido desayuno y salía a correr pero no hoy; este día, vestido informal, más nervioso que nunca, afeitado, y peinado, era su primer día en siendo parte del cuerpo de policía.
— ¿Qué tenemos aquí? –dijo un hombre de gran estómago entrando al departamento- Greggy Lestrade listo para la acción.
— Buenos días, Oficial Smith –saludo el muchacho.
— Es bueno verte aquí, siguiendo los pasos del viejo… Lo… lo siento –aclaró en tono solemne-, no debí…
— No se preocupe, es bueno que no se le olvide.
— Vamos, estaré al mando este día, y ni creas que seré suave contigo ¿entiendes? –bromeó el hombre haciendo temblar su tupido bigote.
— No espero que lo sea, Oficial Smith.
Caminaron hacia la pista de entrenamiento. Sangre, sudor y trabajo, fueron los ingredientes principales de cada día de Lestrade durante meses, sin embargo, todo el esfuerzo tenía su recompensa: a finales de noviembre el pequeño Greggy Lestrade fue ascendido como Primer Oficial del Departamento de Scotland Yard.
—Felicidades, hijo –dijo el ahora Sargento Smith dejando caer la mano en la espalda del chico en señal de afecto-. Rompiste el récord, "el más rápido en ascender": sólo tres meses. Me alegra que hayas sido tú. Por cierto, mañana conocerás a tu nuevo compañero.
— ¿Compañero? –cuestionó el moreno.
— Si, nuestro Segundo Oficial será transferido mañana, chico inteligente, la verdad pero no te angusties, tú siegues siendo el más guapo –bromeó el hombre-. Relájate, bebe algo, te lo mereces.
El moreno regresó a casa exhausto, no estaba para fiestas ni para tragos. Llegó a casa y se desplomó en la cama para dormir lo que no había dormido desde hace días. No soñó, su descanso fue como el aleteo de una mariposa: suave, pasajero, para cuando abrió los ojos era de mañana; fijó su vista en el reloj de la mesita que tenía al lado de su cama y dio un salto para salir de ella, seguido por un grito de horror.
— ¡Dios mío! Gregory ¿qué sucede? –dijo una voz desde la cocina.
— ¡No escuché la alarma! –gritó el joven- ¡Eso es lo que sucede!
Azotó la puerta tras de sí y corrió lo más rápido que pudo mirando una que otra vez el reloj en su muñeca. "¡Maldición!", repetía en su cabeza. La estación se encontraba más cerca a cada paso que daba. Pasó por la entrada chocando con un oficial provocando una lluvia de café y donas en la entrada principal. Sudado y agitado saludó a la mujer de cabello rubio oscuro y lentes que se encontraba sentada frente al escritorio al pie de la oficina del Sargento Smith.
— Greg, que bien que llegas –dijo la asistente de Smith-, el Sargento está en su oficina con el nuevo Oficial.
— ¿Puedo?...
— Claro.
El joven Lestrade, giró el pomo de la puerta esperando ver a su nuevo compañero, y en efecto allí estaba. Alto, rubio, y de sonrisa arrogante.
— ¿To… to…
— Tobias, Gregory, es Tobias –señaló el muchacho en uniforme tendiéndole una mano al moreno-. Un placer volver a verte.
— ¿Se conocen? –preguntó el Sargento Smith.
— Algo así –musitó Greg.
— Me alegro, así no tendrán que "conocerse". Okey-dokey, vámonos.
Se lanzaron la misma mirada de desprecio de hace tiempo y siguieron al hombre del gran bigote. Su primera misión como compañeros era patrullar la ciudad; los dos metidos en un auto durante casi todo el día sin nada de qué hablar, salvo bueno, Mycroft, quien ahora estaba en la universidad.
Patrullar no era sencillo, requería tener los cinco sentidos muy alerta a cualquier cosa sospechosa por mínima que fuese. Habían pasado ya cuatro horas de inquebrantable silencio, Greg y Tobias debían regresar a la estación, una ducha rápida y un tiempo libre para la comida era lo que necesitaban. Gregson se dirigió a las duchas mientras Greg se quedaba en los vestidores casi vacíos para enviar un texto a su novio, únicamente para avisarle de su ascenso.
"— Hey, adivina a quien nombraron primer oficial :) –G.
— Felicidades, Gregory. –M. H.
— Cuando regrese te daré tu obsequio. –M. H.
— ¿No me puedes dar una pista de lo que será? –G.
— No, lo siento, Oficial Lestrade. –M. H.
— No me obligues a sacar las esposas Holmes –G.
— Tengo tanto miedo, Oficial :( –M. H.
— Cuando te tenga frente a mí, Mycroft Holmes, lo primero que haré será besarte suavemente para que tengas un buen recuerdo de mí la mañana siguiente. G."
Pasaron unos minutos antes de que el teléfono del moreno volviese a sonar.
— ¿Enserio? Yo te lameré el cuello y estaremos a mano. –M. H.
— Después acariciaré tus pezones y bajaré mi mano hasta tu pene, deslizándola de arriba abajo hasta que se te ponga lo suficientemente dura como para chuparla. –M. H.
Greg se sintió acalorado. ¿Había leído bien? ¿De verdad Mycroft había escrito eso? Su instinto despertó, debía contestar, la plática se tornaba interesante; miró a su izquierda y a su derecha, hacia atrás por si las dudas, pero estaba a solas.
— Me la chuparás lentamente mientras mis dedos y yo nos encargamos de tu entrada. –G.
— Y cuando la hayas mojado lo suficiente te la meteré de un solo tajo. Mycroft quiero oírte gemir, que me ruegues por más. –G.
Hubo otra pausa, el celular volvió a timbrar sin embargo no era un mensaje de texto sino una llamada
— ¿Mycro…? –contestó el pelicastaño susurrando.
— Métemela Greg… -gimió el pecoso por el aparato.
— ¿Qué son esos modales? –respondió el moreno metiendo una mano bajo la toalla amarrada a su cintura. En ese momento comprendió el estado de su amigo, el mismo en el que él se encontraba.
— Por… por fa… vor, Gregory –rogó conteniendo los gemidos y su mano-. Métela, por… ah.
Lestrade apresuró su mano, recargándose hacia atrás para hacer más agradable la posición en la que se encontraba: con el teléfono entre su oído y su hombro izquierdos. Podía imaginarse a Mycroft en su habitación en la universidad, en la cama con los pantalones abajo, moviendo la mano alrededor de su pene como él lo estaba haciendo, o mejor; lo imaginaba allí en ese momento, de rodillas entre sus piernas chupando su miembro. La fantasiosa pero casi real sensación de la lengua del oji-verde bajando y subiendo por su erecto pene hizo escapar un audible gemido de la boca de Greg seguido por el líquido lechoso sobre su mano.
— Ese es un lindo adelanto –dijo al fin.
— Cállate –ordenó la voz al teléfono-, espero que no me hayan escuchado.
— Te extraño…
— Y yo a ti –aclaró-. Gregory, lo siento, tengo que colgar.
— Bien, adiós.
Una sonrisa se pintó en el rostro del pelicastaño porque por una parte estaba Mycroft y su extraña forma de hacerlo feliz, y por otra la fascinante satisfacción que viene después de "venirte".
— Hey, compañero –dijo una voz sorprendiendo del moreno- ¿qué haces?
— Na… nada –aclaró Greg escondiendo su ahora pegajosa mano-. Digo, estaba despidiéndome de mi…
— ¿Novia?
— Si, de ella. ¿Y qué tú no te estabas bañando?
— Regresé por algo.
— Ah.
En el campus, Mycroft Holmes vivía con la cabeza metida en los libros; ser listo y ordenado le daba buenos resultados a la hora de entregar trabajos y proyectos, pero últimamente, por culpa de los exámenes, vivía de café, cigarrillos y una que otra línea blanca. Lo dejaría en cuanto estuviese en casa, decía. En ocasiones se sentía abandonado, no tenía a Greg ni a Anthea, ni siquiera a Sherlock, si no hubiese sido por uno de sus compañeros hubiera perdido las riendas.
Faltaban unos días para salir, el cielo nublado y poco rojizo por la puesta de sol no interesaba mucho a los estudiantes que iban de un lado a otro portando libros o re-leyendo los trabajos a entregar. El pecoso muchacho, libre por fin de la gran carga educativa, paseaba por los parajes del campus. Su mente estaba aún repasando las respuestas del examen anterior cuando una gota cayó sobre su mejilla cubierta de puntos cálidos. Alzó la mirada en lo que sus manos hacían un acto reflejo buscando su paraguas. Gregory, musitó.
— ¡Holmes, ven! –gritó un joven de gafas portando un paraguas- ¡¿Te quedarás ahí parado?!
— Eh… No, ya voy –dijo espabilando.
— ¿Te sientes bien? –preguntó el otro al resguardarlo de la plomiza y fría lluvia.
— Si… estoy bien.
— Déjame ver si… -el joven movió el cabello rojizo de la frente de Mycroft y colocó su mano delicadamente-. Myc, tienes fiebre…
— Estoy bien, debo ir a terminar el informe de economía…
— Nada, dame tus cosas que tú vienes conmigo.
El joven de las gafas tomo del brazo al pelirrojo y lo llevó hacia su dormitorio. Las mejillas rosadas se habían tornado rojizas y su temperatura había aumentado para cuando llegaron a su destino. Holmes se recostó en la cama de su compañero, desabrochaba los botones de su camisa mientras se deshacía del saco que llevaba puesto, pronto, en lo que su amigo llegaba con un par de medicamentos, té y algunas compresas frías, Mycroft se despojaba de sus pantalones.
— Myc… -gimoteó el muchacho, quien le colocó una manta y una toalla fría en la frente-. Quemaré mi colchón en cuanto te despiertes.
El nimio golpeteo de la lluvia contra la ventana del departamento era como una canción de cuna para los chicos. En lo que uno dormía el otro se despojaba de sus lentes para descansar sus ojos un rato, la silla frente al escritorio lucía cómoda, estaba a punto de tomar asiento cuando el teléfono de su amigo pecoso comenzó a sonar.
— ¿Hola? –contestó.
— ¿Mycroft? –preguntó la voz al teléfono.
— Oh, no, mis disculpas, Mycroft no se encuentra en condiciones de atender en este instante –aclaró buscando sus gafas.
— ¿Por qué? ¿Dónde está?
— Durmiendo en mi cama…
— ¿Qué? ¿Qué diablos sucede? ¿Quién habla de todos modos?
— Charles Augustus Magnussen pero no te preocupes, está bien… Bueno, mojado y aún caliente, pobre tipo, no me sorprende que se haya quitado los pantalones tan rápido –rió-. ¿Hola? ¿Sigues ahí?… Bien, creo que no.
Greg colgó furioso. ¿Qué mierda acababa de oír? y ¿Quién demonios era ese imbécil? Guardó el aparato en su bolsillo y pateó la patrulla fuertemente sin importarle el dolor en el pie.
— Tranquilo tigre, abollarás el auto –rió Tobias extendiéndole un vaso con café caliente.
— Cierra la boca –espetó Greg entrando al auto seguido de su compañero.
— Mira idiota, no sé qué suceda en tu vida amorosa –comenzó Tobias- pero no puede ser tan malo.
— Estaba en la cama de alguien en ropa interior, ¿eso es suficientemente malo para ti?
— Siempre hay una explicación…
— ¡Oh, por favor! No actúes como si te importara.
— Me importa más de lo que piensas –aclaró el rubio mirando fijamente al Primer Oficial-. Si a Myc no le interesan tus sentimientos a mi sí.
— ¿Qué demonios? ¿Qué tiene que ver Mycroft en esto?
— No soy imbécil, Greg –dijo Gregson tomando el rostro del moreno entre sus manos, acercándose- pero Holmes lo es –unos centímetros lo separaban de sus labios-. Hacerte eso, como si fueses un pedazo de nada.
— Pensé que sentías algo por Mycroft, y todo este tiempo era por…
— Por ti –confirmó-. Cuando te vi esa vez en casa de Holmes te quise para mí pero ya estabas encariñado con Myc así que me contuve. ¿Por qué crees que te observaba tanto?
— ¿Odio tal vez?
— Dios, deseaba guardarte en mi cabeza porque sabía que tendría que resignarme. Y sin embargo estás aquí, siendo mi compañero… Greg, créeme cuando te digo que no iba a intentar nada pero verte… verte intimando contigo mismo fue la gota que derramó el vaso.
— ¡¿Me estabas espiando, pervertido?!
— Yo, lo siento, fue sin querer, de verdad iba a por algo –dijo el rubio acariciando la mejilla del moreno-. Yo sé que la vida no es justa; le has dado todo y ¿así es como él te corresponde? ¿Engañándote?
—…
— Greg, déjame arreglar lo que Mycroft te hizo.
Gregson se apoderó dulcemente de los labios del moreno, quien le correspondió amargamente; se sentía un verdadero idiota, un estúpido con un par de cuernos del tamaño del mundo. Cerró los ojos y se dejó hundir en un pozo lleno de repudio y de dolor.
