EL DESTINO
Capitulo: 12
El interior de la cabaña estaba semioscuro, y los últimos rayos de sol que se filtraban por las rendijas habían pasado de rosa a gris, haciendo que estuviera todo demasiado oscuro para ver nada excepto la sombra de alguna figura pasar frente a la construcción.
Telémaco, que había ocupado la cabaña previamente, se había mostrado demasiado sorprendido por su liberación como para hacer comentarios, y nadie se había acercado al lugar desde entonces, salvo para llevar bebidas a los guardias que custodiaban la puerta.
Un ligero sonido repetitivo lo alertó, haciéndole fruncir el ceño. Con cierta dificultad, se giró y se acercó a la puerta, donde podía oír los ronquidos del guardia. Pensó cómo un guardia romano habría sido asesinado por dormirse en su puesto. Si no hubiese estado atado de pies y manos, tal vez hubiera tenido posibilidad de escapar.
Trató de enderezarse. Con la luna llena, había dicho Hemón. ¿Estaría la luna sobre el horizonte ya? ¿Iría Meg a despedirse? ¿Tanto lo odiaba después de todo? ¿Cuándo irían a buscarlo? ¿Había alguien moviéndose fuera? Alguien… algo… tiró de la cuerda que mantenía la puerta cerrada. Iban a por él. Se sintió invadido por el pánico. La puerta se abrió lentamente, dejando entrever una figura esbelta.
—¡Hércules! —susurró la figura—. ¿Dónde estás?
—Aquí —dijo él.
—¡Sss! Por el amor de los Dioses , estate quieto. Tengo un cuchillo.
Obedientemente, esperó, sintiendo su cercanía mientras serraba las cuerdas de sus muñecas. Lo puso en pie y se agachó para comenzar a cortar también la cuerda que tenía alrededor de los tobillos. Pero estaba cansada.
Hércules le tocó el pelo y sintió el dolor del amor.
—Déjamelo a mí —susurró quitándole el cuchillo, sintiendo el temblor de sus dedos. Sabiendo qué parte del nudo cortar, pronto quedó libre y pudo abrazarla.
—¿Por qué? — preguntó—¿A qué viene todo esto? ¿Se trata de otro truco?
—¿Crees que hago esto por diversión? —preguntó ella zafándose de su abrazo—. Lo hago porque me perteneces a mí, no a mi hermano. ¿Ahora vienes conmigo o te quedas aquí discutiendo como un senador?
—Voy contigo —dijo mientras la seguía. Para su sorpresa, un hombre alto estaba esperando fuera, con su daga apuntando al guardia dormido. Telémaco, el hombre que más deseaba verlo muerto, le entregó su espada y su jabalina.
—Gracias —susurró Hércules.
Como fantasmas, los tres se perdieron entre las sombras; Hércules tropezaba entre Telémaco y Meg, pues ellos conocían a la perfección el sendero. Tras dos días de cautiverio, Telémaco apenas podía creerse libre.
—No sé cuánta pócima les has echado en la bebida, Meg —dijo—, pero no me sorprendería que alguno de ellos no volviese a levantarse. Incluso los perros roncan.
—Sss… No hagas ruido —dijo ella—. Además, ha sido la mujer de Hemón, no yo. No está segura de la dosis y creo que podrías tener razón. Tal vez se haya excedido. Vamos, por aquí.
Los Tracianos, sin embargo, preparándose para el ritual de la luna, no habían tomado la droga del sueño, y los dos aprendices que habían sido enviados a recoger al preso llegaron sólo momentos después del rescate. El sonido de las trompetas rompió el silencio de la noche mientras la luna ascendía poco a poco por el cielo.
Pero, para entonces, en vez de ponerse en movimiento, los guerreros roncaban, dando vueltas en los bancos y en el suelo, ajenos al ladrido de los perros, a las sonrisas de las mujeres y a las risas de los niños.
Los gritos hicieron que los fugitivos aceleraran el paso, pero los sacerdotes, con sus túnicas blancas, estaban vestidos para una ceremonia, no para una persecución. De modo que, tras quedar todo en silencio, los tres se detuvieron y fueron conscientes de sus miembros doloridos y, en el caso de Meg, del tobillo torcido que la obligó a sentarse.
—No puedo… no puedo seguir así —susurró—. Seguid. Yo iré a mi paso.
Como era de esperar, los hombres ignoraron su sugerencia, y le arrancaron unas tiras del dobladillo de su túnica para hacerle un vendaje. Entonces Hércules dijo que se turnarían para llevarla en brazos el resto del camino. Sabían que era un plan casi imposible, dado que apenas podían ver dónde ponían el pie.
—No, Hércules —dijo Telémaco—. Yo conozco mejor el camino; lo he recorrido muchas veces en la oscuridad. Me adelantaré e iré a buscar ayuda mientras os quedáis aquí, al abrigo de esta roca. Tomad mi capa. Volveré en cuanto pueda.
De modo que envolvieron a Meg con la capa y la llevaron bajo el saliente rocoso.
—Habría ayudado —dijo Telémaco— si te hubieras enamorado de un hombre de Tebas y no de un tribuno romano, Meg. Eso hace que se compliquen mucho las cosas.
—Sí —dijo ella acurrucándose contra Hércules—. Lo siento. Intenté resistirme, pero creo que no funcionó. Ya sabes cómo es eso.
—Sí, supongo que sí. Será mejor que me vaya.
—Que los dioses te acompañen, Hermano.
—Hasta ahora me han acompañado. No tardaré mucho —se marchó como una liebre, en silencio, como si fuera plena luz del día.
— Meg— Susurró Hércules. Durante los minutos siguientes, se ocupó de ella como un marido devoto, envolviéndole las piernas con la capa, colocando su propia capa bajo sus cabezas y estrechándola entre sus brazos para que estuvieran nariz con nariz, respirando el mismo aire—. Mi mujer. Mi maravillosa y valiente mujer. Nunca había conocido a nadie como tú, y soy un tonto por haber esperado tanto a decírtelo. Debería habértelo dicho mucho antes.
—¿Decirme qué?
—Que te quiero, Meg. Desde el principio te he querido y, cuando pensaba que iba a morir hoy, eras a ti a quien lamentaba perder. El hecho de que no supieras de mi amor era lo más duro, cariño. No puedo fingir lo contrario. Y, cuando has venido a liberarme, saber que te importo después de todo ha sido como un dolor, como un ungüento que duele antes de curar. ¿Lo entiendes?
—Sí, lo entiendo.
— Telémaco ha dicho que estabas enamorada de mí. ¿Acaso sabe algo que yo no sé? — dijo con una media sonrisa.
—Intenté resistirme —dijo ella dándole un beso en la nariz—. Has oído cómo lo decía. Los dioses saben que lo intenté, pero dejé de negarlo hace unas semanas. Te quiero. Creo que siempre te he querido. Tal vez buscaba síntomas diferentes porque no sabía que el amor pudiera parecerse tanto al odio y al dolor al mismo tiempo. Pero ahora te quiero cerca de mí. No quiero que me dejes nunca. No quiero perderte. Tebas ya no forma parte de mi vida, Hércules. No puedo seguir siendo dos personas.
—Después de todo lo que te he hecho pasar, ¿es cierto que puedes amarme? ¿Después de las amenazas, las peleas? ¿Después de todo eso?
—Después de todo eso. No es nada comparado con el miedo a perderte. No pude ver cómo te llevaban, mi amor, pues Hemón habría visto el dolor en mis ojos. Sin la ayuda de su mujer, no sé cómo habría podido liberaros. Estaba asustada e indefensa, y no quiero que eso vuelva a ocurrir. Jamás —se agarró a él mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas—. Sé que pensaste que te estaba traicionando, abandonando, y lo siento mucho. Era lo único que podía hacer para
engañar a mi hermano.
—Estuviste maravillosa, cariño. Tan convincente que incluso me engañaste a mí. Ahora tranquila, no llores más. Todo ha acabado.
—Pero no esta mañana. Lo de esta mañana ha sido maravilloso. Despertarme a tu lado, hablar. Ha sido maravilloso.
—¿De verdad?
—De verdad.
—¿Entonces podrías ser feliz siendo la esposa de un ciudadano romano? Sería un lugar muy distinto, no aquí. Los oficiales ecuestres no pueden casarse con mujeres de las provincias en las que están destinados, pero pienso dejar el ejército pronto, y quiero llevarte conmigo para casarnos en mi casa. ¿Vendrás conmigo?
Sin palabras, incapaz de creer lo que estaba oyendo, Meg le cubrió la cara de besos.
—Tomaré eso como un sí —dijo él.
—Sí… sí, oh, Hércules. Sí. ¿Pero qué hay de la campaña? ¿Irás o te quedarás?
—Me han ofrecido un puesto temporal durante dos meses antes de obtener mi libertad. Ayudante del cónsul. Y quiero que estés conmigo, como mi mujer.
—¿O como tu amante?
—Como mi futura esposa.
—Como la mujer del Héroe —susurró ella antes de darle un beso—. ¿Hércules, podríamos estar en Épiro digamos antes de febrero?
—Sí, bastante antes. ¿Por qué? ¿Qué tienes que decirme?
En vez de usar las palabras, le tomó la mano y la deslizó hasta colocarla sobre su vientre, sintiendo cómo la acariciaba.
—¿Estás segura?
—Es demasiado pronto para estar completamente segura, pero eso creo.
—Entonces, cariño, estamos más completos que antes.
La estrechó entre sus brazos mientras los árboles se mecían sobre sus cabezas, dejando pasar la luz de la luna por entre las ramas. Los dos amantes no tuvieron que esperar mucho la ayuda, pues Hércules estaba seguro de haber visto puntos de luz acercándose por la colina. Meg también había oído cantos.
—No puede ser —susurró ella—. Telémaco no puede haber llegado a Atenas tan
pronto, y no llegaría aquí con Eryx hasta casi el amanecer. Le llevará tiempo conseguir ayuda.
Hércules estaba de acuerdo. ¿Entonces qué eran aquellas luces?
—Parece como si la mitad de Atenas estuviera en movimiento —dijo él. Y no estaba lejos de la verdad.
Telémaco se había encontrado con un ejército formado por hombres de Hércules y ciudadanos de Atenas guiados por Eryx, atravesando los páramos en dirección a Tebas. El guardia había decidido no esperar, y alguien había tenido la precaución de llevar una camilla por si acaso Hércules o Telémaco habían resultado heridos.
Bajo la luz de la luna, el grupo se dispuso a realizar el rescate que todos supieron que sería inevitable cuando la intrépida mujer de Tebas que había salvado a sus hombres de la muerte decidió llevar a su amante romano a conocer a la
familia.
En respuesta a un silbido lejano, Eryx se llevó dos dedos a la boca y sopló. El silbido regresó una vez más.
—Es él —dijo—. Vamos, joven Telémaco. La otra mitad de Atenas aguarda con un festín.
Fue difícil saber cuál de los dos, Hércules o Meg, se mostró más sorprendido por el recibimiento cuando ambos pensaban que su relación no sólo sería privada, sino poco valorada. Ahora parecía que todo el mundo lo sabía. ¿Habría sido Alcina, la charlatana amiga de Meg? No importaba.
El día había sido largo, pero la noche no acabó hasta que los últimos invitados abandonaron la Casa de las tejedoras al amanecer, y las últimas lámparas fueron apagadas por Achilles.
Todas menos una, que se quedó encendida junto a la piscina caliente, donde dos amantes exhaustos rodaban por el agua como dos anguilas enroscadas.
Después, como era costumbre, Achilles contempló cómo el tribuno se llevaba a la señora de la casa a su habitación, cerrando la puerta tras ellos con el pie. Las risas fueron breves.
—Vaya —dijo Achilles alejándose hacia el patio y contemplando a tres urracas alimentándose de los desperdicios—. Tres van a la boda…
Epílogo
El hospital militar de la Casa de las tejedoras siguió funcionando bajo la dirección de Adriana y sus ayudantes, una de las cuales era Alcina. Aunque su razón para estar allí tendía a ser malinterpretada por algunos de los pacientes más atractivos.
En septiembre, Hércules y Meg, Menestre, Eryx y Achilles llegaron al hogar de la familia de Hércules, donde las colinas brillaban en mitad del calor y no de la lluvia, y donde se casaron. Y una noche de febrero, Meg y Hércules fueron padres de un hermoso niño de pelo rojizo.
FIN
Holaaa! mis queridos lectores. Espero que hayáis disfrutado de esta Fic.
Gracias por vuestros comentarios. Un saludo enorme a todos mis seguidores, nos vemos en el otro fanfic.
