IV
—Ruby, ¡aléjate de él!
Una voz la llamó. Pero ¿a quién pertenecía esa voz? ¿Acaso importaba siquiera? No.
Jaune estaba… inconsciente. Podía sentir los latidos de su corazón bajo su mano. Así que se recuperaría con el tiempo. O quizás no. No sabía porque estaba en ese estado, ya que Cardin ni siquiera había conseguido golpearle una sola vez. Y la profesora Goodwitch se había concentrado en capturarle, no en hacerle daño.
En otras palabras, podrían estar pasandole cualquier cosa. Y ella no podía hacer nada.
En cualquier caso, la había dejado sin respuestas. Sola y sufriendo.
Durante los años posteriores a la muerte de su madre, se había esforzado para enterrarla poco a poco. Para enterrar el dolor en algún oscuro recoveco de su corazón. ¿Cuántas horas, cuantos días, cuantos años habían pasado desde la última vez que oyó el nombre de su madre?
Visita su tumba al menos una vez al año para hablar con ella. Para reunir fuerzas.
Pero siempre se refería a ella como mamá. Así que esas seis palabras grabadas en la lápida eran su primer y último recuerdo del nombre de su madre desde aquel día de pesadilla.
Al darse cuenta de eso, se echó a llorar sin saber muy bien porque. Y, en vez de cubrirse la cara con las manos, abrazo a Jaune contra si con más fuerza. Le temblaban los brazos.
Debería odiarle. Se que, en cierto modo, tiene razón. Si su familia no hubiera corrido peligro, si él no existiera, mama aún estaría conmigo. Y lo que le hizo a Cardin, aunque no es una persona que merezca mi compasión. Pero no puedo.
—…señorita Rose, señorita Rose…
Manos en sus hombros.
Levantó la cabeza.
No podía ver claramente a través de la cascada de lágrimas, pero…
—Ozpin. Quiero decir, director.
No sabía que decir.
—Tienes que soltarle —dijo con una voz muy suave, como si tuviera miedo de cómo iba a reaccionar.
—No pienso permitir que le hagáis daño.
—Y yo tampoco le deseo ningún mal. Es necesario que le llevemos a la enfermería. No se que le pasa, pero podría estar en peligro de muerte. Jamás podría perdonarme si dejara morir a dos de mis estudiantes en el mismo día.
Ella no se movió.
—Ruby...
—Vale. —Le solto—. Esta bien.
No creía al Director, pero ¿qué podía hacer sino? ¿Sacar a Rosa Creciente? ¿Amenazarle, atacarle y huir con Jaune de la policía de todos los reinos durante el resto de sus vidas?
Sabía que dejar a Yang sería lo mismo que matarla. A ella y a su padre.
Además, no era una persona capaz de hacer daño a otros aunque tuviera un buen motivo. Algunos se habrían reído de ella. Le habrían dicho que era una hipócrita. Y quizá tendrían razon.
La profesora Goodwitch levitó el cuerpo de Jaune y salió de ahí junto con Ozpin.
Ruby se quedó donde estaba, mirandose la manos. Su querida hermana llegó hasta ella y la envolvió en sus brazos como si no quisiera soltarla nunca más, pero apenas lo noto.
Era como si le hubiera pasado a otra persona en algún mundo lejano.
Estaba flotando en la oscuridad.
Las cosas habían dejado de tener sentido. Delante de sus ojos se encontraba un caleidoscopio de imágenes rotas, que giraban, giraban y no paraban de girar.
El pasado y el futuro.
Las dos mitades del espejo llamado presente.
No podía ver lo que iba a pasar, no podía ni imaginárselo. Por lo tanto, el caleidoscopio era inútil para él. Estaba atrapado en un elaborado laberinto, sin entradas ni salidas.
Al fin y al cabo, una puerta no era una puerta sino había nada al otro lado.
Quería muchas cosas, pero no sabía cómo obtenerlas. No era como los demás, eso sí que lo sabía. Él era una extraña criatura nacida entre la sangre y vísceras de otra especie, arropado en los brazos de su segunda madre, que no tardó mucho en morir también.
Jaune extendió la mano hacía la luz y la vida, los colores, los cristales rotos de su esperanza. Y encontró algo allí.
El otro yo que dormía dentro de él aulló de placer.
Abrieron la puerta de su oficina.
Ozpin no necesito levantar la vista del escritorio para saber que la persona que se metió en la sala era Glynda Goodwitch. Sentía su Aura, una marca tan distintiva para un cazador como las huellas dactilares.
A veces incluso eso, algo que podría hacer cualquier estudiante de primer año con un poco de práctica, le resultaba difícil, pues la suya ardía como una hoguera. Eclipsaba a las demás. Pero no había vivido tanto tiempo por nada. Se las podía apañar con ese pequeño problema.
—¿El señor Winchester? —pregunto.
—Vivo. Aunque a duras penas. La enfermera no está segura si volverá a despertarse algún día, y tendremos que trasladarlo al hospital central de Vale de todos modos.
Ozpin frunció el ceño. Se llevó una mano a la cabeza.
No quería ver sufrir o morir a nadie, pero mucho menos a un niño. Era la gran ironía de su trabajo. Una cruz con la que tenía que cargar todos los días de su vida.
Por muy terrible que sonara, se había acostumbrado a muertes en el campo, contra las criaturas de Grimm. Pero esto… que dos de sus estudiantes lucharán a muerte en su propia escuela…
Ni siquiera un hombre como él podía acostumbrarse a algo tan retorcido.
—Director, yo…
Ozpin levantó una mano para indicarle que se callara.
—Siento que hayas tenido que ver eso. Y hacer lo que hiciste.
—No tienes que disculparte. —Su voz era muy suave, como si le estuviera hablando a alguien a punto de tirarse al vacío. ¿De verdad estaba tan mal?
Se dio la vuelta para mirarse en el cristal de la ventana.
Si… probablemente.
Le castañearon los dientes. Si esto le afectaba, ¿cómo pretendía librar al mundo de Salem? Para conseguir eso tendría que cometer actos muchos más terribles.
—¿Sabía lo de su conexión con Summer? —pregunto Glynda.
La miro a los ojos.
—No —respondió sinceramente—. En realidad no supe ni se prácticamente nada sobre él. Debería haber sido más precavido, pese a todo. Podría haber…
Suspiro.
Bebió un poco de café de la taza que tenía en una esquina del escritorio. Se había quedado frio hace tiempo, pero no le importaba. No bebió para saciar su sed, sino que para hacer algo con las manos y la boca, para fingir que no se sentía completamente fuera de lugar.
—Para cuando el señor Arc se despierte, estará en una celda.
»¿Sabes qué? Dijo que falle a Summer. Y tenía razón, pero a él también le he fallado.
Se hizo el silencio.
Jaune abrió los ojos de golpe.
El alivio de estar vivo no duró mucho. Se encontraba en una cama, probablemente de la enfermería de Beacon, y no entre rejas. Pero lo importante era que sabía que no había asestado el golpe de gracia.
Por lo que veía, estaba solo en la habitación. Lo cual era normal, si lo pensaba bien.
Se miró de arriba abajo.
Le habían arrebatado la armadura y la habían sustituido por una delgada bata de hospital que ni siquiera era de su talla. Crocea Mors no estaba a la vista, pero tampoco lo había esperado.
Cardin también estaría en la enfermería. Tendría que encontrarle, y rápido. ¿Pero cómo? La enfermera no hacía algo tan conveniente como colocar a sus pacientes por orden alfabético, y no podía preguntarle donde estaba a nadie después de lo que hizo.
Le estaba dando vueltas a un asunto resuelto.
Sabía que era su única opción, aunque no le gustara. Aunque fuera peligroso.
Vale. Vamos allá.
Se irguió. Agarró los barrotes a los lados de la cama con las fuerzas que le quedaban y los uso como apoyo para izarse.
Lo consiguió.
Poco a poco. Paso por paso.
Todo le dolía. Por humillante que fuera admitirlo, levantarse de esa cama probablemente era lo más duro que había hecho en su vida hasta ahora. Como todo lo demás, esto también lo superó. Sólo para derrumbarse inmediatamente.
Esperando que nadie hubiera oído el golpe, se arrastró. No hacía la puerta, sino que a la ventana.
Si Ozpin no era estúpido, y no lo era, tendría a alguien vigilándole fuera. Quizá incluso se ocuparía de esa tarea el mismo. No se creía capaz de enfrentarse a uno de los afamados profesores de Beacon en su estado, así que esa era la única salida viable para él.
No tardó mucho en encontrar Cardin, y nadie le vio. No estaba muerto, pero su cuerpo era como un cadáver. Su otro yo le susurraba que no volvería a despertarse. Que siempre estaría atrapado dentro de su propia mente. Toda mente enferma se convertía, con el tiempo, en una cárcel.
¿No es así?
Sacudió la cabeza.
Podía dejarla aquí. Dejarle sufrir dentro de su prisión. Pero nada le garantizaba que no se despertaría algún día, por mucho que el otro dijera lo contrario … a menos que tomara cartas en el asunto.
Por lo tanto, no tenía elección.
Cogió la almohada y le asfixió casi con cariño. Ahora que todo estaba a punto de llegar a su fin, no podía odiarle. Su muerte alimentaria una parte de él que necesitaba el alimento, así que podría decir que le estaba bendiciendo. ¿Cómo podía odiarlo sabiendo eso?
—No tengas miedo —susurró como si pudiera oírle—. No tengas miedo…
—No volvamos a hacerle nada a ese chica —dijo Dove, rompiendo el silencio en el que había estado sumido la habitación del equipo durante… ¿Quién podría saberlo?
—¿En eso estás pensando cuando Cardin esta medio muerto en el hospital? —le acuso Russel.
Dove frunció el ceño.
—No podemos hacer nada por él. Pero si por nosotros. Estoy siendo realista… o tratando de serlo.
—¿A qué te refieres?
—Ese Jaune… está loco —dijo, despacio y al cabo de un rato—. Puede que sea una tontería, pero ni siquiera parecía humano desde que empezó su contraataque hasta el final.
Se detuvo. Ninguno de ellos protestó, y eso decía mucho.
—Le arrestaran —dijo Sky—. Ya no tenemos que preocuparnos por él.
—Sinceramente, no estoy seguro de que sean capaz de hacerlo. Y entonces si tendremos que preocuparnos. Porque él no se detendrá ante nada. Ya le habéis oído. —Se pasó una mano por el pelo—. A lo mejor no es capaz de hacernos nada aquí, en Beacon. Pero no pasamos todo el tiempo en la academia. Cuando salgamos a Vale nos encontrará y nos matara por lo que hemos hecho. Si nos mostramos arrepentidos, si ayudamos a Ruby…
Russel estalló en carcajadas.
—¡Mírate! No puedo creer que estés hablando así. Si viene a por nosotros, le matamos. Así de sencillo. Derrotó a Cardin, vale, pero sii luchamos juntos, definitivamente podremos con él. ¡Deja de hablar como si ya estuviéramos muertos, joder!
Dove negó con la cabeza suavemente.
—¿Qué significa eso? —le exigió.
—Sabes que no tenemos ninguna oportunidad contra él.
—Le llevaron a la enfermería —dijo Sky—. Busquemos su habitación y matémoslo mientras está inconsciente.
—Eso es asesinato.
—¿Y qué? Tal y como lo pintas, no tenemos ninguna otra opción… Y tienes razón. Todos vimos cómo luchaba. Es un monstruo con piel de humano.
Algo se movió de arriba y abajo.
La ventana.
Dove se giró hacía la ventana sintiéndose vacío por dentro, como un fantasma. Allí estaba Jaune. La última vez que le vio parecía estar al borde de la muerte, a pesar de que no tenía heridas, pero ya no era así. Su cuerpo estaba lleno de poder. Tenía las manos desnudas, pero eso no le hacía menos peligroso. Antes al contrario.
Saltó de la cama, miro alrededor. Su arma… ¿dónde estaba, dónde la había dejado?
Allí. A un lado.
¿Por qué está tan lejos?
—Buenos días. —El monstruo sonrió. Y extendió los brazos a los lados como si quisiera darles un abrazo—. Permitid que os de la bienvenida a esta maravillosa cámara de matanza.
Los ojos de Dove se abrieron mucho. Prácticamente se le salierón de las órbitas.
Ni siquiera se dio cuenta de que se le había parado el corazón por el miedo.
Velvet se sobresaltó al oír los gritos.
Intento convencerse de que se lo había imaginado, pero sabía que no era cierto. Solo los había oído porque era una Fauno. Sus compañeros de equipo ni siquiera se habían percatado.
Aunque no hiciera nada, alguien que estuviera más cerca seguramente se acercaría para ayudar a esas personas.
Puede que no fuera nada importante.
Y aunque lo fuera, nadie la culparía por no hacer nada si mantenía la boca cerrada.
Visiones de pesadilla bailaron en su cabeza.
Apretó los dientes con fuerza.
No. No era esa clase de persona.
Se levantó de la mesa y echó a correr, haciendo caso omiso de las voces de sus compañeros. No podía perder tiempo. Los conejos podían alcanzar una velocidad de setenta kilómetros por hora. Ella no era tan rápida, por obvias razones, pero casi. Y tendría que bastar.
Había estado allí para ver caer a Cardin, atravesado por la espada de ese chico… Jaune.
Cardin la había atormentado desde siempre, tan terriblemente que era una presencia constante en sus pesadillas, pero ni siquiera había podido sentirse feliz por eso. Coco diría que era demasiado blanda. Quizá tendría razón.
Yatsuhashi habría dicho que esa compasión demostraba la fuerza de su carácter, pero se equivocaría rotundamente.
Era débil, eso lo tenía claro. Era la persona más débil del mundo.
No podía soportar las lágrimas de nadie.
No podía soportar el dolor de nadie.
Ese era el único motivo por el que estaba corriendo tan desesperadamente. No para salvar a personas que ni siquiera conocía personalmente, sino para salvar su propio corazón.
Rezaba porque ese chico no hubiera atacado a otra persona. Porque no fuera nada serió.
Llegó al lugar.
Los gritos se habían apagado hace tiempo, pero su oído era varias veces superior al de los humanos y tenía una buena memoria, así que conocía la disposición de la academia como la palma de su mano.
Dicho lugar era la puerta del equipo CDLR.
Lo sabía.
Lo que sea que hubiera pasado en esta habitación ya había terminado. Y teniendo en cuenta que ellos eran el objetivo, sólo podía tratarse de una cosa.
Extendió la mano hacia delante. Hacía el pomo.
No abras esa puerta, le susurró la voz de la razón.
Trago saliva.
Aunque entres, no podrás hacer nada por ellos. ¿Qué quieres conseguir con esto? ¿Acaso crees que alguien te lo va a agradecer?
Agarró el pomo. Lo torció.
Le costó un tiempo procesar lo que vio al otro lado. Segundos. Un minuto. Quizás horas enteras.
¿Quién iba a saberlo?
¿A quién le importaba?
La habitación entera estaba cubierta por una capa de pintura roja. Y sobre la pintura había lo que parecía partes de una escultura.
Eso…
Se detuvo a contarlas detenidamente y llegó a la conclusión de que había demasiadas una única escultura con forma humana. ¿Cuántas podrían hacerse con esas partes?
Eso no es…
La cabeza le dio dos vueltas de campana, y tuvo que agarrarse al marco de la puerta para mantenerse en pie.
Cabezas. Brazos y piernas.
Los cadáveres mutilados de personas que veía todos los días.
Velvet lanzó un grito. Grito hasta que la garganta se le quedo en carne viva y perdió la consciencia por la falta de oxígeno.
—¡Atrapadle!
Se le había acabado la suerte. Como no podía ser de otro modo. Francamente, le sorprendía más que no hubiera pasado antes. Pero aún podía escapar. No iba a rendirse después de haber llegado tan lejos. Solo un poco más y se ganaría su libertad sin verse obligado a hacer algo desagradable.
…No, no lo haría aunque se viera entre la espada y la pared.
Había matado a Cardin, aunque por una buena razón, y Ruby le había mirado como si le hubiera arrancado el corazón del pecho. Después de eso, de ninguna manera podría matar a una persona inocente.
Supondría traicionar a Summer. Romper su promesa.
Sin embargo, esa promesa había perdido gran parte del peso que tenía sobre su alma antes de que se diera cuenta.
Lo siento, pensó. Como si ella pudiera oír su voz interior.
La bomba había estallado y el caos se estaba propagando como un incendio, devorando todo lo que había a su paso. Cuando le veían, una parte sorprendentemente grande de los estudiantes gritaban y corrían en busca de algún lugar seguro. Como si tuviera algún motivo para perseguirlos y matarlos.
Todos ellos eran cazadores. Armas diseñadas para matar a los Grimm.
Aunque se suponía que iban a dedicar su vida a luchar contra esos monstruos, que incluso se sacrificarían por el bien de la humanidad, ahora estaban huyendo de un ser humano como otro cualquiera. Es más, un estudiante de primer año. Pero no tenía nada de extraño.
Después de todo, a sus ojos había dejado de ser humano en cuanto apuñalo a Cardin.
Dudaba que ese cabrón tuviera amigos fuera de su propio equipo, pero eso no importaba.
Los seres humanos eran muy similares a los animales, por mucho que les gustara diferenciarse de ellos, de los Grimm y de los faunos. Cuando el mundo se les caía encima, retrocedían a la seguridad de sus propias manadas, gruñían y ladraban, intentando aparentar que eran más grandes y más fuertes. O simplemente hacían los muertos.
En el fondo, todo era dolorosamente simple.
Jaune Arc se rió como si se estuviera divirtiendo, como si se estuviera burlando de ellos.
En realidad el objetivo de su risa era el mismo.
Hablaba como si se considerara distinto al resto de la raza humana y, sin embargo, ¿qué era está desesperada huida sino el resultado de un animal siguiendo sus intentos?
Es más, si hubiera sabido controlarse, esto no tenía por qué haber pasado.
Había más maneras de encargarse de Cardin que matarle. Podría haber hecho… ahora mismo no le ocurría un método efectivo, pero debía existir otra solución.
Aunque ya era demasiado tarde para lamentarse. Para pensar en posibilidades alternativas.
Sí quería salir de esta, debía concentrarse en escapar.
Los estudiantes se estaban manteniendo al margen de esto, incluso aquellos a los que su presencia no les había hecho a actuar como animales… pero los profesores de Beacon iban tras de él, intentando darle caza.
Los árboles y otras cosas le servían de cobertura, pero no estaba seguro de que pudiera aguantar mucho más.
No podía moverse como era debido.
Se sentía como si alguien le hubiera cortado los tendones de los brazos y las piernas con un cuchillo y una gran precisión, y ahora tuviera que mover sus extremidades como un titiritero movería a su muñeco.
En resumen, estoy jodido.
No. No.
Ya había muerto una vez. No le temía a nada ni nadie, porque había experimentado lo peor que el mundo podía ofrecer y había conseguido salir a la superficie.
¿Qué era esto en comparación?
¿Quién se creían, como se atrevían a pensar que podían intimidarle? ¿Hacer que se sometiera como un cachorro apaleado?
Arrastrándose a cuatro patas, cubierto por la sangre de otras personas, Jaune aulló.
Por un momento pensó que se le iba a parar el corazón. Pero empezó a latir con más fuerza.
Le estaban tratando de decir algo, o eso lo parecía. Era difícil prestar atención a las veces, captar el significado de esa discordante mezcla de sonidos en la que se había convertido las voces humanas. ¿Acaso importaba? Seguramente le estaban maldiciendo y llamándole un monstruo.
No podía hacer nada para que cambiaran de opinión. Nadie estaba de su parte. Incluso Ruby había…
Trago saliva. Se esforzó por contener las lágrimas.
Que ella le… odiara no importaba. Su misión, su promesa, consistía en mantenerla segura y feliz. Mientras pudiera asegurar eso, no importaba que método utilizara ni lo que ella pensara de él. De hecho, cuanto más lo pensaba, esta estaba entre las mejores situaciones posibles.
El odio se desvanecía más rápido que la desesperación o la tristeza.
Y cuando esa emoción escapara de ella, no derramaría lágrimas por él, una extraña criatura que carecía de un corazón humano aunque era casi idéntico a ellos.
Ese tendrá que ser su final feliz.
No soy un caballero, así que no puedo darle el otro. Un final más clásico y dulce.
Sintió un dolor en el costado. Algo le había alcanzado.
Incapaz de soportarlo, cayó al suelo, gimió de dolor. Pero lo que de verdad quería era gritar por la frustración. Tan cerca y ahora, precisamente ahora, le iban a atrapar.
La sangre se escurría entre sus dedos. Caliente, como el aliento de Ruby. Caliente como sus manos. Caliente como su suave cuerpo.
¿Estaba llorando? ¿Acaso estaba llorando?
Sí. El monstruo, al final de todo su sufrimiento, no pudo hacer más que compadecerse de su destino.
Que patético. Que… extrañamente humano.
Echo la vista atrás.
Glynda Goodwitch. Peter Port. Peach. Y, en el centro de ese pequeño grupo, el Director.
El brujo. Un eco de un recuerdo.
Faltaba alguien. No recordaba cómo se llamaba, pero sí que existía. El profesor que hablaba demasiado rápido. ¿Dónde estaba? ¿Dónde demonios se podía haber metido en un momento como este?
No. Calma.
Debe haberse quedado atrás para asegurarse de que no pueda utilizar a los estudiantes como rehenes. Eso es perfectamente normal, lo que yo habría hecho u ordenado en la misma situación. No está fuera de mi vista, esperando el momento más oportuno para atacar…
Se había echado a llorar sin previo aviso, y ahora tenía ganas de reír. ¿Por qué?
Bueno, eso era evidente. Aunque ni siquiera había visto venir el ataque que le había derribado, el hecho es que estaba derribado, derrotado. Aún no estaba listo para rendirse, pero una parte de él —la parte más humana y racional— sabía que podía hacer poca cosa en estas circunstancias.
Empezó a arrastrarse hacia atrás con una mano. Hacía el borde.
Había dejado de sentir dolor en algún momento, pero, aun así, su cuerpo se negaba a cooperar con él. Era como el alma hubiera abandonado su cuerpo. Nadie sabía dónde se guardaba, así que ¿quién podía asegurarle que seguía donde debía estar?
Un cometa rojo aterrizo en medio del camino.
No podía describirse con otras palabras. El impacto agrieto la piedra y su fuerza se trasmitió por el suelo, haciendo temblar la tierra.
Su corazón se saltó un latido.
Había llegado Ruby. Vestía su atuendo de combate, portaba a Rosa Creciente en sus manos. Pero no podía ver su usual determinación en su postura. Ni el valor en sus ojos. Además, ahora que pensaba en ello, la punta de la guadaña rozaba el suelo mientras caminaba.
Estaba preparada para luchar, pero no quería hacerlo. Sí había cogido su guadaña era porque, por muy buena que fuera, no era estúpida.
—…tienes que irte de aquí —dijo alguien.
—Esto es entre él y yo. —Dio un paso adelante. Un solo paso—. Jaune…
Ella trago saliva.
—¿Por qué estás aquí, Ruby?
—Creo que ya lo sabes. Solo hay una razón: que respondas a las preguntas que te hice la última vez, antes de que perdieras la consciencia. Por favor. Necesito saberlo, Jaune.
Se intentó levantar. Y lo consiguió, de algún modo.
—No… me mires… con esos ojos. Ya tienes todas las piezas necesarias. Es solo que no eres capaz… no, que no quieres juntarlas. Fui el único en sobrevivir a aquel ataque. Uno en el que perecieron mi padre y mi madre, que se encontraban entre los mejores cazadores de su generación. ¿Por qué es eso? ¿Gracias a su sacrificio? No.
»Así es. Summer… tu madre murió por mi culpa.
Ruby se quedó blanca como el papel.
Y Rosa Creciente, su más querida posesión, su bebe, se escurrió entre sus dedos. Rodo por el suelo destrozado.
—¡Soy la razón de tu tristeza y tu sufrimiento! —Jadeo. Tosió varias veces, con fuerza. Y acabo vomitando sangre—. Ella murió abrazándome y tapándome con su capa, para que el frio no consiguiera lo que no pudieron los Grimm. Y para escudarme de los horrores que había alrededor. A pesar de que sus órganos estaban desparramados por el suelo y apenas podía respirar.
Ruby cayó de rodillas. No había indicio de expresión o emoción alguna en su rostro.
Y no podía apartar la mirada de él.
—Al final me hablo sobre ti. Le prometí que te protegería. ¡Que siempre estaría a tu lado! Y por eso… por eso, a pesar del dolor, a pesar de que iba a dejar sola a su querida familia, murió con una sonrisa en la cara. No quería traicionar esa esperanza.
La expresión de Ruby tembló.
—Jaune… Tú…
—Por eso he estado luchando desde entonces. Todo el tiempo. Para cumplir mí promesa. Para ser digno de mi misión. Iba a las tierras de los Grimm día tras día, como si buscara la muerte, apostándolo todo para ganar poder. E hice todo lo necesario para sobrevivir en este agujero de mierda que llamamos mundo.
»Soy un ladrón, un mercenario y un asesino. ¡Un asesino! —Trato de controlar su respiración—. Y todo lo hice por ti. Cada vez que pensaba en ahorcarme o cortarme las venas, tu imagen era lo que me empujaba a seguir adelante.
»Eres mi única razón para vivir. Te amo desde el fondo de mi corazón, porque mi corazón, mi cuerpo, lo que quieras o necesites de mí, es tuyo desde aquel día.
Jaune dio dos pasos hacia atrás.
Ruby reacciono a eso. Se levantó de repente y camino hacía el. Había dejado atrás su arma, pero no pareció importarle.
Extendió una mano tras pararse a cierta distancia de él.
—Vale. —Respiro hondo—. Si eso es cierto, demuestra que confías en mí. Detén esta locura y dame la mano. Aún no es demasiado tarde. La enfermera sanara esa herida y luego… pensaremos en algo, ¿vale?
Jaune sonrió como el niño que fue, no una bestia.
Dio un paso atrás. El ultimo. Dejándose caer por el borde del precipicio.
El grito de Ruby resonó en sus oídos.
Cerró los ojos.
