Capítulo 12
Por mucho que quiso retrasar lo inevitable, las clases terminaron. Cuando llegó a casa, en ella estaba Gokudera, como ya le había avisado el día anterior que iría. Tuvo que enfrentar una vez más la situación, mientras Reborn sonreía maliciosamente.
—Ey, Gokudera… —Tsuna hizo la tentativa, rogando por una rotunda negativa—¿no quieres ir a lo de Yamamoto?
La verdad es que sí, en parte tenía ganas de verlo a ese idiota, y todos los demás idiotas, pero otra parte de él quería secuestrar a su décimo y llevarlo a su departamento para hacer cosas indebidas. Ya tendría toda esa semana para hacerlo, así que asintió, conforme con la idea de visitar a Yamamoto.
En poco menos de una hora, estaban listos para ir a la tienda del beisbolista. Reborn los siguió, porque por nada del mundo se perdería semejante show. Gokudera tendía a explotar, cual bomba humana que era, ante la mínima provocación.
Eso iba a ser muy interesante.
…
No eran muchos, o mejor es decir que eran los mismos de siempre, con el sorprendente agregado de Hibari. Y es que nadie, pero nadie apostaba que fuera capaz de ir. Gokudera se mostró nervioso e inquieto por su inesperada presencia, que por suerte no duró mucho –diez minutos rodeado de gente… Hibari había roto su marca personal-; pero Tsuna atribuyó el estado catatónico de la Tormenta al hecho de que no esperaba una fiesta de bienvenida. Que ya, no había ningún cartel, ni nadie hizo mención al respecto, pero era bastante obvio que todos habían sido convocados porque él había vuelto.
Cuando Hibari desapareció, Mukuro también lo había hecho al poco tiempo y no tardó Chrome en seguirles los pasos. Tsuna estaba entrando en crisis, porque poco a poco quedaba menos gente. Eso se notó especialmente cuando Bianchi se llevó a los tres niños a casa, decretando que era tarde para ellos, debían bañarse y acostarse -toda una madre… que nadie querría tener-. La calma reinante, sin los chicos más pequeños de la familia –descontando a Reborn-, era muy patente.
Y allí solo quedaban ellos; por suerte Kyoko y Haru estaban concentradas en su plática, pero Ryohei, quien era el más "peligroso" ahí, estaba muy atento a los dos chicos sentados frente a él.
—¡Cuéntate algo! ¡¿Que tan extremadamente duro es el trabajo del Noveno?
—No grites —pidió la Tormenta con dejadez—, no es nada demasiado complicado de hacer.
—¿Y qué vas a hacer con la escuela? —La pregunta de Yamamoto lograba colocarlo en el lugar más difícil.
Gokudera sintió que la respiración se le cortaba abruptamente, miró de soslayo a su jefe quien, sentado a su lado, esperaba por la respuesta. E intentó responder lo elemental.
—La voy a terminar, por supuesto.
Reborn sonrió quedamente.
—Ya, me imagino —terció el beisbolista, quien no… no sabía estarse callado—, pero ¿te dejarán anotarte de nuevo en la escuela? Digo, a estas alturas del año…
Gokudera abrió la boca y luego la cerró. Reborn decidió salir en su auxilio y decir lo que, era evidente, tanto le costaba al joven.
—Desde ya que Gokudera terminará la escuela, pero en Italia, como fue previsto.
—¿Eh? —Tsuna lo miró, de una manera tan letal que todos repararon en ese gesto, hasta Kyoko y Haru dejaron de hablar para prestar atención a la conversación de los chicos—¿En Italia? P-Pero…
—Gokudera firmó un contrato, Tsuna-tonto —Reborn le dio un sorbo a su café, mientras la Tormenta asentía bajando la vista a las manos que había entrelazado y apoyado sobre la mesa.
—Es cierto, f-firmé un contrato y d-debo cumplirlo. No se trata de renunciar y ya.
Porque claro, habían hecho muchos cambios para ubicarlo en un puesto; su traslado no solo implicaba gastos monetarios, era toda una responsabilidad. No podía dimitir solo porque sus hormonas lo ordenaban.
—O sea que… estas son como vacaciones —dijo Takeshi, entendiendo mejor.
—¿Y de cuánto es ese… contrato? —preguntó Tsuna, sin dejar de mirar duramente a su guardián, y con cierto tono despectivo hacia la palabra "contrato".
Más de uno se preguntó si Tsuna estaba enojado, porque era raro verlo hablando con tanta aspereza y sarcasmo en el tono.
—Pues… de… —Gokudera de repente parecía tener miedo de hablar—… ¿dos años?
—¡¿Dos años? —Chilló Tsuna—¡¿Y no se te ocurrió que podías comentármelo en algún momento?
—Bueno, pero es que… no tuve tiempo —se excusó pobremente.
—¡Ayer tuviste todo el día para contármelo! ¡¿Dos años?
De golpe Tsuna se dio cuenta de que estaba gritando como un desquiciado y dejando en evidencia cuánto le molestaba tener que separarse otra vez de su guardián.
Reborn aguantó la carcajada, porque se daba cuenta de que los chicos habían llegado más lejos de lo que sospechaba y la situación podía volverse seria, mientras que Yamamoto y Ryohei se miraron, y el mismo gesto tuvieron las chicas.
—Es mucho tiempo dos años —decidió comentar Takeshi creyendo que así ayudaba a Tsuna, siendo empático con su pensar.
—Gracias, idiota —vociferó la Tormenta, era lo que más necesitaba en ese momento.
—¡Es mucho tiempo, Yamamoto tiene razón! —Tsuna se obligó a guardar compostura.
Le molestaba tener que enterarse de esa manera que no todo era tan perfecto en su vida. Claro, no podía serlo o los planetas se caerían, ¿verdad? Estaba pagando un horrible karma en la tierra, ¿qué era el pecado de los Vongola junto a eso? Nada.
Bueno, Tsuna exageraba, porque estaba entre dolido, molesto y decepcionado. No con Gokudera exactamente, en el fondo podía entender por qué su guardián no había querido decírselo de entrada, pero sí con la situación.
Tsuna se puso de pie, tratando de disimular su malestar yendo en busca de un poco de jugo. Gokudera se levantó en el acto, siguiéndolo detrás. Teniendo ambos muy presente que todos estaban prestando demasiada atención a la pequeña… escenita que estaban teniendo.
—¿Y cuándo tienes que volver?
Gokudera estaba un poco agitado, además de angustiado.
—El sábado.
Tsuna apretó el vaso de plástico que tenía en la mano destrozándolo.
—Hoy es lunes… ¿de verdad el sábado? No me estarás mintiendo —de vuelta, la mirada de Tsuna era una que Gokudera nunca le había visto, al menos no para con él y sí para con aquellos enemigos que habían osado lastimar lo que Tsuna más quería. Mukuro podía decir que sí conocía esa expresión en el Vongola.
—No le miento.
—No va a ser como la vez pasada, ¿verdad?
—No, décimo. No le mentiría —de repente plantó un gesto de redención absoluta, porque sabía que eso último no era tan cierto.
—Chicos, ¿quieren tiramisú? —propuso Yamamoto para tratar de aplacar los ánimos.
—Nadie quiere tiramisú —gruñó Gokudera, para volver a encarar a Tsuna. —Décimo… no se enoje conmigo —murmuró bajito.
—No estoy enojado, o sí —admitió, pura contradicción—, pero no es contigo. —Luego susurró con más confianza al ver que los demás dejaban de prestarle tanta atención a su conversación—Es con… la situación.
—Lo siento.
—Dos años es mucho tiempo, Gokudera —reclamó.
—En realidad sería poco menos... —dijo con una sonrisa nerviosa—, porque ya cumplí algunos meses.
—Gran consuelo. Un año y medio —satirizó, cruzándose de brazos y tomando una gran bocanada de aire, que tanto parecía necesitar en ese momento. Sentía que escaseaba el oxigeno en su cerebro.
Los demás parecían muy ajenos a ellos dos, de estar tan pendientes ahora conformaban un barullo unipersonal. Hablaban sobre una foto, pero ni Tsuna ni Gokudera les daban real importancia, porque era claro que tenían un pequeño inconveniente a resolver.
—Tsu-kun —Kyoko llamó tímidamente su atención—, Onii-chan quiere sacarnos una foto.
Gokudera la miró de mala manera, alarmado por la forma tan personal de tratar a su décimo. Los demás estaban acostumbrados a ese cambio, pero para él era la primera vez que oía ese escalofriante "Tsu-kun".
Tsuna asintió enérgicamente y con desesperación miró a su guardián. Tal vez ese era un buen momento para aclararlo, o tal vez no.
—¡Ya, Sawada! —gritó Ryohei, con una cámara en la mano.
—Bueno, pónganse todos para la foto —propuso Yamamoto realmente nervioso, se daba cuenta de que el aire estaba muy cargado—, tú también, Gokudera —lo llamó, al verlo rezagado contra la barra.
Con cara de pocos amigos y luego de soltar un "no me gusta que me saquen fotos" se ubicó a un lado del décimo. El flash lo encegueció, pero aun más las palabras del Sol.
—Bien, ahora todos fuera que quiero una foto de mi hermanita y mi cuñado.
Tsuna abrió grande los ojos y todo su cuerpo tembló, como si un frío hubiera entrado de golpe por la puerta cerrada, pero no… venía desde el costado, desde donde estaba parado su guardián de la Tormenta. Kyoko plasmó una efímera sonrisa y murmuró un retraído:
—Onii-chan, no digas eso…
—¿Cuñado? —El reclamo de Gokudera no tardó tanto en llegar como Tsuna quiso que tardase.
No podía siquiera mirarlo a los ojos.
—¡Claro, cabeza de pulpo! ¡¿En qué mundo vives?
—Onii-chan —Kyoko salió del encuadre para caminar hacia él.
—¿Cuñado? —volvió a preguntar, pero sin prestarle atención a Ryohei. Sus ojos estaban fijos en la figura enclenque de su jefe.
Tsuna no supo qué decir. Miró de soslayo a Kyoko, junto a su hermano y tragó saliva, para tratar de reunir coraje y enfrentar a Gokudera.
—Pues… —Tsuna cerró los ojos, rezando para que el otro lo entendiese, tarde o temprano—Sí… —miró de vuelta a Kyoko y su expresión de profunda preocupación, atenta a lo que él tuviera para decir al respecto. Ella de inmediato se dio vuelta tratando de acaparar la atención de Ryohei.
—Son novios… todavía —Gokudera lo había dicho, innecesariamente, como si todavía no pudiera procesar esa información y necesitara la dolorosa confirmación.
Tsuna temió que Gokudera montase en cólera, que empezase a reclamarle allí y frente a todos, para matarlo de vergüenza y dejarlo en evidencia frente a Kyoko y su hermano. Lo temió de verdad, a tal punto que con su mirada buscó el auxilio de Reborn.
Sin embargo Gokudera se daba cuenta de la situación y por supuesto que no haría nada de eso, tal vez por puro egoísmo, porque no quería -en su orgullo- dejarse en evidencia, pero tampoco podía luchar contra sus emociones. La ira era algo que solía gobernarlo, y por tener a Tsuna frente a él la tormenta interior no sería menos violenta.
No obstante logró aquietarse lo suficiente, pero aunque intentó reprimir el reproche, igualmente nació.
—¿No pensaba contármelo? —cuestionó entre dientes, de vuelta todos habían dejado de hablar para prestar atención a la escena. Mierda, ¿no tenían nada mejor qué hacer? Era tan difícil hablar del tema sin poder hablar en verdad.
—Sí, pero es que…
Gokudera apretó los puños e intentó ahogar esas emociones que amenazaban con desbordarlo: la bronca, la tristeza, la impotencia. No tenía otra cosa para hacer más que mandarse a mudar, era eso o explotar indebidamente en el lugar.
—¡Gokudera! —lo llamó tratando de que el nudo en su garganta no demostrara cuánto le afectaba su enojo.
Fue tras él, ya sin importarle si los demás se daban cuenta de que sus reclamos no eran propio de amigos, mucho menos de jefe y mano derecha. Era claro para todos que eso se asemejaba más a los reclamos de una pareja.
Pero a Tsuna ya no le importaba todo eso en verdad. Lo alcanzó casi en la esquina e intentó hablar lo más claro posible, intuyendo que debía tener el aspecto de un loco desesperado. Y lo era, estaba desesperado.
—¡Déjame explicártelo! ¡No es como tú piensas!
Gokudera lo miró de una manera que lo heló, porque era una clase de mirada que no le conocía. A fin de cuentas, Gokudera también podía tener para con él gestos desconocidos y otras actitudes, y a Tsuna en el fondo eso le parecía mejor.
Quizás en ese momento de turbación no podía verlo con claridad, pero descubrir que Gokudera era capaz de enojarse con él, sería lo que le ayudaría a entender que comenzaba a verlo como un individuo, y no como un semi dios a quien venerar. Perfecto e incorregible.
Tsuna tenía muchos defectos, defectos de los que Gokudera era consciente en mayor o menor medida. Al menos eso le había dicho a Shitt.P-chan en su momento.
—¡No somos novios! —vio que Gokudera, pese a estar muy enojado, prestaba atención a sus palabras—De verdad —continuó, al notar por la mueca de sus labios que no le creía—, es solo que… es muy difícil.
—Imagino —ironizó.
—¡De verdad! —Se quejó—Es mucha la presión —Tsuna bajó la vista a la acera, sintiéndose un auténtico fracasado. Tenía tantas ganas de llorar—, para los dos… para Kyoko y para mí.
—No entiendo —y era muy sincero, porque no entendía absolutamente nada con la pobre excusa de su jefe que, de paso, era un cliché muy gastado.
—Todos… todos parecían estar más contentos que nosotros —Tsuna perdió la mirada, explicándose a media lengua, sabiendo que igual entendía lo que quería decir—, Onii-chan estaba muy… bueno, ya sabes cómo es él.
Gokudera asintió. Sabía que Ryohei le tenía estima a Tsuna, como casi todo el mundo que lograba conocerlo mejor. Así que podía hacerse una idea de lo pesado que podía llegar a ser siendo cuñado si ya era pesado siendo solo un amigo.
—Él y mi mamá ya querían casarnos prácticamente —dijo con gracia, pero en gran contraste, con los ojos llenos de lágrimas—, era mucha la presión porque nosotros nos dimos cuenta enseguida que no funcionábamos como pareja… es decir, es genial estar con ella, pero… no sé, a la vez era raro también.
Lo escudriñó de manera huidiza, como si tuviera miedo de mirarlo directamente a los ojos y descubrir en ellos el más hondo desprecio; pero Gokudera comenzaba a sosegarse con esa confesión, aun más con la expresión tan desolada de su décimo. Que no se largase a llorar, porque ahí sí que no sería capaz de mantenerse firme con su válido enfado.
—Creo que el error fue dejar que los demás se dieran cuenta antes de que nosotros estuviéramos seguros… y es horrible, porque tenemos muchos amigos en común y vamos a seguir viéndonos toda la vida. Digo, espero… porque ella me cae bien y…
Había sido una situación por demás tensa para Tsuna, porque no había querido hacerle sentir mal a Kyoko. Cuando ella le pidió tiempo para lograr juntar el coraje necesario y encarar a su hermano, Tsuna aceptó seguir adelante con una relación ficticia, sin sospechar que Gokudera iba a volver a irrumpir de esa manera en su vida.
No le costaba nada seguirle la corriente a los demás, simular que seguía siendo el novio de Kyoko el tiempo que fuera necesario hasta poder contárselo a Ryohei y arruinarle así la ilusión espeluznante -para los involucrados- de ser tío.
Estaba muy contento con la idea de que Tsuna fuera su cuñado; habían tenido una plática de hombre a hombre en su momento, en donde Ryohei le había dejado muy en claro que si lastimaba a su hermanita de alguna forma, la amistad entre ellos iba a morir dolorosamente. Y dolorosamente porque, además, le iba a romper todos los huesos.
Le hizo prometer que jamás haría nada que lastimase a Kyoko de forma adrede para, a lo último, confesarle que estaba tranquilo de saber que su hermana lo había elegido a él. Porque para el Sol, Tsuna era un buen chico, o al menos en el colegio era al único que le permitiría estar con su hermana.
Horrible. Todo era horrible para Tsuna. Porque él no dejaba de pensar en Gokudera y, por efecto dominó, cuestionarse desde su propia sexualidad hasta su salud mental. Quizás estaba loco, tal vez algún golpe había desajustado algo dentro de él, porque Kyoko era la chica de sus sueños y Gokudera… Gokudera era ese gamberro al que le tenía miedo, pero que lo cuidaba de otros gamberros como él.
¿Cuándo fue que todo empezó a torcerse dentro de él?
Definitivamente algo debía estar mal en su persona, porque no se lo explicaba. Una vez que obtenía lo que tanto quería, o que creía que quería, fue a descubrir estrepitosamente que ni por asomo era en verdad lo que lo hacía feliz.
Adoraba a Kyoko y la pasaba bien con ella, pero era ese gamberro frente a él el que lo arrastraba a hacer cosas que en su vida jamás imaginó ser capaz de hacer. La persona que le hacía sentir que estaba viviendo a pleno la vida, con la adrenalina del peligro y el "esto está mal, pero es genial, porque está mal". Iba a obtener la credencial de adolescente vitalicio si seguía así con todos esos temores, el vértigo que le daba aceptar de una condenada vez que quería estar con Gokudera. Y por estar se refería todas las manifestaciones de esa palabra o estado: estar con él, compartir un desayuno, ir a la escuela, pecar en su departamento. Estar. Y punto. No tenía porque andar escondiéndolo como el delincuente que era, porque lo era en gran parte, pero siempre lo había querido así: problemático, como solo Gokudera sabía serlo a su particular modo.
—¿Entiendes? —preguntó, con intenso terror a la respuesta—No quería que Onii-chan se enojase con nosotros… Kyoko me pidió el favor y yo pensé que era lo mejor de momento…
—¿Y por qué no me lo dijo? —Reclamó lo obvio, para dar la vuelta e irse.
—¡¿Adónde vas, Gokudera?
—A mi casa —respondió secamente—¡Y no me siga —advirtió al sentir la presencia del chico tras su espalda— quiero estar solo!
—¡Tú también me mentiste! ¡Estás siendo muy injusto, Gokudera!
—Tan sacrificado usted —murmuró, pateando una lata en el camino.
Porque para Gokudera era clara la situación: Tsuna nunca había dejado de querer a Kyoko, y quizás nunca lo haría. ¿Qué le hacía creer que su décimo lo preferiría a él, con el desastre de persona que era? ¿Con todos los dramas existenciales que le ocasionaba? Tsuna no parecía muy molesto con eso de simular un noviazgo con Kyoko. ¿Qué pretendía? ¿Tenerlos a los dos?
De golpe, Gokudera dejó de caminar para pararse en medio de la calle y reflexionar profundamente al respecto.
—¿Es eso? —se preguntó estúpidamente, para después abrazarse al sentir el viento calándose en la piel. Hacía mucho frío y recién se daba cuenta de que había dejado la campera en la tienda de Yamamoto, todo por salir furioso cual reina del drama. Pensar que esas cursilerías pasaban en las novelas rosas, y él comenzaba a sentir que su propia vida era un mal guión.
¡¿Quién? ¡¿Quién estaba escribiendo su vida? Dios debía odiarlo a él también. Pero bueno, había llegado al punto de preguntarse si estaba dispuesto a eso. A ser eternamente el segundo en la vida de su décimo.
Sonrió con tristeza, pero era tan patéticamente obvio que sí. No podía evitarlo.
Si ese era el lugar que le correspondía junto a su décimo… estaba bien. Era mejor, antes que nada. Al menos con eso se consoló. Sería una digna mano derecha y todas esas idioteces que le importaban muy poco, y le daría calor al décimo cuando este lo necesitase.
¿En qué momento se había convertido en ese estropajo de ser humano? No tuvo tiempo para respondérselo, porque le tocó montar en furia otra vez cuando llegó ante la puerta de su departamento y se dio cuenta de que las llaves estaban en la campera que había olvidado. ¡¿Algo más? Faltaba que comenzara a llover, por supuesto.
Furibundo, pateó la puerta de su casa y dio la vuelta, con la intención de volver en busca de las llaves. Una gota tocó su frente, y luego le siguió otra.
Había empezado a llover.
Tuve unos días muy duros (y van a venir días aún más difíciles) y aunque parezca algo trivial o tonto, escribir este fic e interactuar con ustedes (responderles los comentarios y reírme de algunas cosas que dicen) fue y es lo único que me distrae lo suficiente como para no tener tan presente que una persona que quiero mucho va a morir. Así que muchas gracias por estar del otro lado :=), no se dan una idea del bálsamo que son.
En una semana traigo el último capítulo. Hasta entonces.
23 de junio de 2012
Merlo Sur, Buenos Aires, Argentina.
