1. algunos de los personajes usados en esta historia pertenecen a Naoko Takeuchi (digo algunos personajes porque otros preferí mantenerlos del original)

2. la historia no me pertenece ni es de mi autoría, la historia se llama "Intriga y Seducción" y pertenece a Jennifer Blake


Capítulo 12

La mañana llego tras una noche intranquila, durante la cual Serena despertó varias veces de su sueño ligero e inquieto a causa de gritos y voces airadas, ladridos de perros, los gruñidos de un jabalí bajo la cabaña y el crujido de los troncos azotados por el viento frio que se levantaba cuando cesaba la lluvia. Se sentía peor que cuando se había acostado, si era posible tal cosa. Por sus malhumorados comentarios cuando inquirió como se sentía, Darien se hallaba en el mismo estado. La fiebre persistía. Tenía los labios secos y agrietados. Se tomó el agua con somnífero que le ofreció Serena sin protestar, lo que era motivo de preocupación.

Cuando Darien volvió a quedar dormido, Serena se puso el vestido gris estampado que le había comprado Darien y salió del dormitorio. Atravesó la sala común en la que algunos hombres dormían aun envueltos en mantas y fue en busca del jefe de los bandidos que se llamaba a sí mismo McCullough.

Lo hallo desayunando bollos con mantequilla y tocino ahumado. Junto a él vio a Mina, que picaba lo que parecía un trozo de tarta. A la mesa se sentaban también Malachite y Neflyte, y varios de los bandidos. Alzaron todos la cabeza cuando Serena se acercó al escocés.

-¡Buenos días! -saludo McCullough con torso jovial-. ¿Cómo está su alteza esta mañana?

-De eso quería hablarle -replico Serena.

El escocés soltó un gruñido mientras mordía un trozo de jamón con entusiasmo. Sin embargo, Serena había conseguido atraer su atención, así como la de Mina y la de los otros ocupantes de la mesa.

-No se encuentra nada bien. Si pudiera verle un medico...

-Mi querida muchacha -dijo el escocés, tragando con fruición-, no hay ninguno en ochenta kilómetros a la redonda, y si lo hubiera, no querría aventurarse en Tierra de Nadie.

Serena extendió una mano en gesto de súplica.

-¿Que hacen cuando hieren a uno de sus hombres?

-Se cura solo, o con la ayuda que le preste Estrella Matutina, si así lo quiere. -Señalo con la cabeza a la chica india, que en ese momento, frente a la chimenea, sacaba una pesada sartén de hierro colado de las brasas para echar más bollos en una bandeja de madera que tenía al lado. Serena observo a la chica, que le devolvió una mirada impávida.

-¿Quiere que se la mande a su príncipe otra vez? -pregunto McCullough con tono cargado de ironía.

Malachite se aclaró la garganta y entro en la conversación.

-Creo que sería más conveniente que los miembros de su guardia cuidaran de Darien. Reclamo el honor de ocuparme de sus heridas.

Serena se volvió hacia el hombre para encontrarse con la mirada de sus ojos grises.

-Por mi parte me sentiría aliviada, pero debo advertirle que no estoy segura de que él lo permita.

-Si puede impedírmelo -dijo Malachite con una sonrisa- es que no necesita un médico.

A Serena no le gustaba la idea de que obligaran a Darien a recibir unas atenciones que no deseaba, pero algo debía hacerse. Se limitó a mostrarse de acuerdo con Malachite.

-Bien -exclamo McCullough, golpeando la mesa con la palma de la mano-. Ahora que ya ha quedado claro, ¿quiere desayunar con nosotros? Estoy seguro de que a su prima le agradaría que le hiciera compañía.

Serena miro a Mina. La joven intentaba en vano evitar que su mano desapareciera bajo la manaza del escocés, que al captar esa mirada se echó a reír.

-¿Le sorprende que conozca su parentesco? Es sencillo descubrir esas cosas. Para empezar, tengo ojos para ver que se parecen mucho. Y además, Mina me lo ha contado durante la noche, eso y mucho más.

Serena recordó los gritos que había oído durante su sueño irregular. Por la expresión de terca ira que vela en el rostro de Mina, estaba segura de que los había provocado una discusión entre su prima y el bandido. -¿Que más había ocurrido entre ellos? Serena no quiso pensar en eso, a pesar de la expresión fatua y complacida de McCullough al posarse sobre Mina.

-Tomare el desayuno en mi habitación-dijo Serena con tono excesivamente formal.

-Entonces tendrá que servirse usted misma -fue la respuesta-. Estrella Matutina tiene demasiado trabajo para andar sirviendo a gente que puede cuidarse sola.

-Por supuesto.

-Cuando Serena se dio la vuelta, Malachite y Neflyte se pusieron en pie. La alcanzaron en el portal. Ceñudo, Malachite formulo preguntas minuciosas sobre el lugar y el tamaño de las heridas que había sufrido su hermanastro. Mientras hablaban sé dirigieron al dormitorio.

La herida de Darien en la cabeza era molesta, pero no parecía que pudiera derivar en algo más serio. Era el costado lo que preocupaba a Serena. La bala le había atravesado y salido por la espalda. El problema residía en que la bala se había llevado consigo seguramente trozos de la camisa, con polvo o lodo. La fiebre, cuando se estaba herido, era síntoma de curación, y por tanto nada raro había en ello, pero existía cierto peligro si subía demasiado o duraba demasiado tiempo. Las cosas por las que se interesaba Malachite y sus comentarios a las respuestas de Serena fueron un consuelo para esta, porque demostraban conocimientos en cuestiones médicas.

Cuando atravesaron la sala que ocupaban el príncipe y su escolta, Jedite y Ziocite levantaron la vista de la partida que estaban jugando con unos naipes grasientos. Los arrojaron a un lado y sacudieron con fuerza a Artemis, que seguía roncando, hasta despertarlo. Mientras el veterano se ponía las botas, los gemelos se acercaron a la puerta del dormitorio en el que habían entrado Serena y Malachite.

Darien se había despertado en su ausencia y se había incorporado. El brillo de sus ojos delataba la fiebre, pero también una lucidez preñada de irritación.

-¿Una invasión en masa? Muy halagador, pero innecesario. Haríais mejor todos en inspeccionar esta fortaleza rustica y sus defensas.

-Solo quería asegurarme de que estabas bien -dijo Malachite.

-Contempladme, alegre y robusto -dijo Darien, con fuerza convincente-, y luego marchaos.

-Lo haré si primero me dejas echarle un vistazo a tu herida.

-Me disgusta negar privilegios, pero prefiero salvaguardar cierta intimidad.

El rostro de Malachite se contrajo.

-Dependemos de ti, Darien. Si te ocurriera algo...

-Ahórrame tu infinita paciencia. No te servirá de nada, y yo no tengo ninguna.

-Sé razonable, te lo ruego. Tus heridas...

-...son una molestia, pero no peligrosas. En cuanto a la razón, ¿qué necesidad tengo yo de ella? Soy el futuro rey de Rutenia.

Lo dijo con ironía y cierto humor amargo. Su tono resulto más conmovedor de lo que hubiera sido una franca petición de ayuda. Darien estaba solo, como toda figura de la realeza, y no podía confiar en ningún hombre por mucho que lo necesitara.

Serena avanzo hacia la cama con las manos en la cintura.

-Tal vez Malachite podría ayudarle. Tiene que dejar que le vea.

-No necesito ayuda-replico Darien, volviendo su brillante mirada zafiro hacia ella-. No deseo nada ni necesito nada de nadie, y menos aún de una atenta intermediaria, cargada de falsa preocupación y ruegos llorosos. Puede marcharse con los otros.

Con estas palabras los despedía a todos, incluso a Artemis, que había aparecido con los brazos cruzados en la puerta. Mientras Darien tuviera fuerzas para desafiarlos, nada podían hacer sino obedecer sus órdenes.

Serena abandono el dormitorio, se acercó a la chimenea de la sala y extendió las manos hacia el fuego. Malachite y Neflyte se reunieron con ella.

-Yo podría haberos dicho -declaro el primo de Darien- que no permitirá que nadie le cuide. Siempre ha sido así.

-Es un hombre obstinado -dijo Malachite con un suspiro.

-Le gusta creerse invencible, y prácticamente lo es -comento Neflyte, y dedico una breve sonrisa a Artemis al oír el gruñido del veterano, que podía significar cualquier cosa.

-Es un hombre como cualquier otro -replico Malachite-. No creo que tema la cauterización que requieren sus heridas para evitar la infección. El orgullo es su mayor pecado, un orgullo demasiado grande para aceptar la ayuda que necesita.

Neflyte miro a Serena, que había emitido un leve quejido de angustia. En sus ojos se reflejó el horror que la idea de quemar las heridas de Darien con un hierro al rojo había causado en Serena. Luego le dijo a Malachite con rostro inexpresivo:

-No creo que sea tanto el orgullo como el instinto de conservación y la dignidad personal. De todas formas, cualesquiera que sean las razones, por ahora estamos en un punto muerto. Me voy a ver a los caballos, si puedo persuadir a los que nos custodian para que me dejen ir mas allí de la sala del desayuno.

-¿Hay desayuno? -inquirió Ziocite, mientras Neflyte se dirigía hacia la puerta-. Llévame hasta él.

-Y a mí -añadió Jedite.

-No me importaría comer algo -dijo Artemis, aunque en su tono había cierta tristeza.

Se marcharon todos dejando a Serena sola con Malachite. Los centinelas de la puerta les cerraron el paso. Se oyó una breve discusión y luego el sonido de pasos que se alejaban. El fuego crepito bajo la tosca repisa de madera. Malachite se acercó al sitio donde había dormido y empezó a recoger sus cosas, doblando las mantas y apiñándolas en un viejo baúl que había contra la pared, junto a un banco toscamente tallado.

-Siento pena por su prima -dijo al cabo de un rato-. Independientemente de la relación que tuviera con la muerte de Maximilian, no le desearía su posición actual a ninguna mujer.

-¿Su posición?

-Como amante de nuestro amigo McCullough, si es que podemos llamarla así.

-¿Cree... cree usted que se ha convertido en su amante?

-Lo sé. El individuo ese lo ha dejado lamentablemente claro durante el desayuno, antes de que usted llegara. Una manera de decirnos que nos mantengamos alejados de su coto privado, supongo.

A Serena no le cupo la menor duda de que tenía razón. Resultaba extraño que estuviera allí discutiendo abiertamente de tales temas con un hombre.

-Pobre Mina.

-Al parecer es el destino de su prima tropezar con hombres que no quieren nada más de ella. Maximilian era un poco más refinado, sin duda, pero el resultado final fue el mismo. Lo extraño es que ella creyera que podía esperar otra cosa. Si hubiera usado la cabeza, habría comprendido que no podía ofrecerle más.

-Mina no se ha destacado nunca por examinar las consecuencias de... de hacer lo que quiere.

-Lo que le viene en gana, querrá decir. Una joven menos testaruda se hubiera dado cuenta de que Maximilian estaba destinado a buscar esposa en las casas reales de Europa. Su posición así lo exigía, por no hablar de su padre.

-Sí, parece obvio. -También era obvio que Malachite pretendía llamar su atención sobre el hecho de que lo mismo ocurría en el caso de Darien. Era muy amable al recordárselo, pero ella no lo había pasado por alto. El único problema era que, en una situación como la suya, no le servía de nada. Serena no tenía más remedio que quedarse con Darien.

-Lo lamento por la señorita Aino. Ojala pudiéramos hacer algo, pero no veo cómo. No es probable que nuestro anfitrión escocés se avenga a razones y deje de importunar a la dama, y no disponemos de armas.

-Estoy segura de que Mina tampoco espera nada -replico Serena, mirando el fuego.

Se equivocaba. Menos de media hora después, Mina la busco para hablarle. McCullough había llamado a Malachite, presumiblemente para interrogarle sobre el rescate. Serena estaba sola, sentada en la sala común, luchando contra el impulso de acercarse sigilosamente a la puerta del dormitorio y asomarse al interior. Tan solo la detenían los ácidos comentarios que probablemente le lanzaría Darien. Serena alzo la vista cuando su prima se introdujo en la sala, con el chal ondeando a su espalda y la boca convertida en una fina línea carmesí.

-¡Tienes que hacer algo! -exclamo Mina-. ¡Si ese bruto vuelve a tocarme me volveré loca de asco!

-¿Té... te refieres a McCullough?

-¿A quién sino? Me manosea como un oso torpe hasta que me deja sin aliento. ¡Es una bestia brutal e insaciable, y lo peor de todo es que estoy convencida de que anoche salió de mi cama para irse directamente a la de su amante salvaje, esa Estrella Matutina!

-Sé que debe ser terrible para ti -dijo Serena-, pero no veo...

-¿Terrible? No te lo puedes ni imaginar... ¿o sí? Supongo que crees que lo que me toca sufrir ahora es justo después de que mama y yo lo dejáramos en manos de Darien, ¿no? ¡Debería haberme imaginado que pensarías así!

-Yo no he dicho eso.

-¡Ni falta que hace! Lo veo en tus ojos. Nunca has sabido disimular tus sentimientos. -Mina echo hacia atrás la cabeza coronada por gruesos rizos aguardando a que Serena lo negara.

-Piensa lo que quieras -replico su prima-, pero lamento que sea este el resultado de tu huida.

-En otras palabras, que es culpa mía -Insistió Mina con tono aún más amargo- Fue culpa mía que mataran a mi cochero y que me capturaran.

-No voy a negarlo, aunque eso no sirve para aliviar mi inquietud.

-Muy noble de tu parte -dijo Mina con una risa hueca, y empezó a caminar por la sala-. Te aseguro que a menos que Darien se comportara de un modo inhumano, tú estabas mil veces mejor que yo anoche. ¡Me violo, no hay otra palabra para eso! Me arranco las ropas y me obligo a tumbarme bajo su cuerpo. Ese fanfarrón en celo hacia conmigo lo que quería. Le haré lamentarlo aunque me cueste la vida, pero primero tengo que escapar.

-Eso deseamos todos.

-¿Estas segura? Yo diría que Darien está muy contento. ¿Por fin me ha atrapado, o no? -Giro en redondo. Sus ojos azules lanzaban chispas.

-No está en condiciones de alegrarse.

-¿Quieres decir que esta grave? Que inoportuno. Estaba segura de que podíamos confiar en que él nos liberaría, sobre todo a cambio de una recompensa adecuada.

-¿Te refieres...?

-A la información que busca, por supuesto -replico Mina con tono impaciente, aunque su furia había remitido.

-¿Sabes algo sobre la muerte de Maximilian?

-¿Tanto te sorprende? Yo estaba allí -le recordó Mina, y una extraña sonrisa curvo sus hermosos labios.

-No dijiste nada la noche del baile.

-Mi querida madre estaba en la habitación con nosotras. Es mejor no desilusionar a la mujer que te trajo al mundo si puedes evitarlo.

El cinismo de este comentario dejo helada a Serena. Aunque se había hecho una idea bastante aproximada, de una parte al menos, de la situación a la que se refería su prima, como amante de Max, no podía dejar -¿Qué quieres decir?

Mina se encogió de hombros.

-¿Acaso importa? Ya hace mucho tiempo de todo eso. Debemos pensar en el presente.

-Te he dicho...

-Sí, sí, lo sé, pero algo podrá hacerse. Si tengo que actuar por mi cuenta, habré de encontrar el punto flaco de ese escocés. Creo que le preocupan sus hombres y su situación aquí, en esta tierra dejada de la mano de Dios. Gobierna un campamento armado, ¿o no te has dado cuenta?, lo que no se justifica por el temor a las fuerzas de la ley. Por lo que le oí decir a uno de sus hombres, creo que está envuelto en una disputa con una banda rival. Que encantador seria que los derrotaran esos otros criminales, sean quienes sean.

-¿Y dónde nos dejaría eso a nosotros? -pregunto Serena con aspereza.

-¿Que importa mientras McCullough sufra? Además, sin duda conseguiremos escapar aprovechando la confusión.

-No existen garantías de que los otros bandidos nos traten mejor si no conseguimos escapar.

-Tenemos que arriesgarnos.

-No con un hombre herido que no puede defenderse -protesto Serena.

-¿No puede? Darien debe sentirse muy angustiado en esa situación, nueva para él. Estoy segura de que resulta difícil convivir con él. No me extraña que prefieras estar aquí.

-Por favor, Mina -protesto Serena con vehemencia-, eso no es asunto tuyo. Pero te lo diré claramente, no pienso participar en tus maquinaciones, aunque por algún extraño medio consigas que ataquen el campamento. Es ridículo, como tú misma comprenderías si reflexionaras un poco.

-Oh, tal vez no tenga que participar personalmente. Según he oído, esperan esa incursión cualquier día deestos. Todo lo que necesito es distraerlos en el momento adecuado y esperar una circunstancia favorable para poner fin a la hospitalidad de McCullough. Al fin y al cabo, ¿qué puedo perder?

-Es una locura, Mina -Insistió Serena-, pero la otra no le prestó atención y continúo paseando de un lado a otro de la habitación, pisando con fuerza sobre las toscas tablas de madera.

Durante el resto del día no se oyó sonido alguno procedente del dormitorio en el que yacía Darien. Serena permaneció en la sala. Rechazo la comida del mediodía por falta de apetito, aunque estuvo largo rato preguntándose si debería llevarle agua o caldo al príncipe. Sabía que no podía seguir de aquella manera. No obstante, al atardecer Artemis se arriesgó a abrir la puerta de la habitación. Darien estaba durmiendo, dijo, y él se quedaría con Neflyte para vigilarlo mientras Serena iba a cenar a la otra ala de la casa.

La cena aún no estaba lista. Serena se detuvo en el vano de la puerta, dudando entre compartir la larga mesa con McCullough y algunos de sus hombres o regresar al portal, donde los hombres de Darien se habían enzarzado en juegos de cartas y en una competición con sus guardianes que consistía en escupir tabaco al patio. No había más alternativas. A Mina no se la veía por ninguna parte y la chica india estaba ocupada en el fuego, levantando tapas para remover el contenido de las perolas, rociando la carne que se azaba en un espetón y preparando el inevitable pan de maíz en un gran cuenco de madera. Serena alzo el mentón, despreciando la inclinación de cabeza con que la recibía McCullough, se acercó a la india y le ofreció su ayuda; le pidió el cucharón con que rociaba la carne y le dedico una cordial sonrisa. Estrella Matutina la contemplo unos instantes, estudiándola con sus profundos ojos negros, luego cedió el cucharón. Miro a Serena mientras esta rociaba el asado, haciendo girar suave mente el espetón y, satisfecha de ver la tarea en manos competentes, se ocupó de otros menesteres.

Los hombres se reunieron en torno a la mesa con gritos, bromas groseras y apetito voraz. Entre los bandidos y los hombres de Darien existía una fuerte rivalidad, solo a medias amistosa. Daba la impresión de que, tácitamente, o tal vez por común acuerdo, la escolta de Darien había decidido ganarse el respeto de sus captores y hacerles bajar la guardia. Hasta entonces no habían tenido mucho éxito, pero la estratagema parecía acertada en esas circunstancias.

Los hombres solteros de la banda comían con su jefe. Los que tenían esposa, o mujeres que se ocuparan de sus necesidades, solían permanecer en las cabañas que se desparramaban alrededor de la casa principal. Durante el día Serena había oído a niños jugando y llantos de bebes, así como los sonidos típicos de cualquier aldea. ¿Qué ocurriría con las mujeres y niños si atacaban el campamento?, se preguntó Serena. ¿Y qué antojo estúpido o arrogante impulsaba a aquellos hombres a poner en peligro a sus familias?

Cuando llego, Mina fue como un fanal que atrajo las miradas de todos los hombres. Vestía de terciopelo amarillo verdoso con una chaqueta corta de raso anaranjado y llevaba el cabello recogido a la Tite, como si se hubiera pasado toda la tarde sin hacer otra cosa que arreglarse para una gran ocasión. Serena tardo cierto tiempo en darse cuenta de que ella misma era también objeto de atención. Sin embargo, las miradas especulativas sobre sus cabellos, su rostro, encendido por el calor de fuego, el cuello recatado de su vestido y sus dedos sin anillos, bastaron para que perdiera el apetito. Incluso McCullough fijo en ella sus ojos entornados con admiración mientras engullía las judías.

La situación no mejoro por el hecho de sentarse entre Malachite y Jedite, prestos a defenderla. Como si quisiera rodearla de un aura protectora, Malachite se ocupaba a menudo de poner algo apetitoso en su plato, se inclinaba para hablarle en voz baja y le tocaba el brazo para llamar su atención, sonriéndole.

Mina contemplaba este juego con una mueca desdeñosa. Desmenuzando el pan de maíz con sus largos dedos blancos, fijo su mirada en un bandido barbudo con una sola oreja; la otra se la habían arrancado de un mordisco en una pelea en la que valía absolutamente todo. Al poco rato, el hombre con una sola oreja se puso en pie y cargo contra el hombre sentado a su lado. Cayeron al suelo, dándose puñetazos y patadas v arañándose, mientras Mina los contemplaba con desprecio, aunque en el fondo de sus ojos había una ávida excitación.

Nadie les presto mucha atención hasta que la hoja de un cuchillo emitió un destello plateado. Entonces McCullough gruño una orden, al tiempo que echaba una mirada de reojo a Mina que no auguraba nada bueno para ella. Mina se limitó a sonreír y se volvió para ver un segundo cuchillo que salía volando por los aires para irse a clavar en el suelo de tablas, cerca del hombre con una oreja.

Los dos hombres empezaron a estudiarse, sonriendo. Se acometían el uno al otro con los cuchillos por delante, lanzando gruñidos y maldiciones, pero haciéndose escaso daño. El sudor empezó a correrles por la cara y a empapar sus camisas, impregnando el aire lleno de humo de la sala cerrada con su acre olor animal. Se produjo un rápido movimiento y manó la sangre de un tajo en el brazo del hombre con una oreja. Con una mueca de dolor se abalanzo sobre su adversario haciendo rechinar los dientes. El otro hombre lanzó un grito y dejo caer el cuchillo para sujetarse la muñeca. Le goteaba la sangre de los dedos, uno de los cuales había sido cortado.

-Tosco y torpe -comento Mina con desprecio-. Cualquiera de los hombres del príncipe lo hubiera hecho en la mitad de tiempo y con mayor elegancia. Creo que Darien, enfermo como esta, hubiera podido despachar a ambos sin prejuicio para sus heridas. Si esta es la calidad de los hombres que tiene a su disposición, no me extraña que haya tenido que rebajarse a capturar mujeres.

-¿Eso cree? -gruño McCullough.

-Sí.

-Tal vez deberíamos probarlo -sugirió él. Mina enarco una ceja, adoptando una postura principesca.

-¿Quién soy yo para decidirlo? Diviértase como mejor le plazca.

-No será solo para que me divierta yo -dijo el jefe de los bandidos, observando a la mujer que tenía al lado con un brillo de astucia en sus ojos castaños-. Bien pensado, me gustaría comprobar que tipo de hombres son estos pisaverdes venidos del viejo continente.

Los hombres de Darien se miraron. En sus ojos no había terror, solo cierta cautela ante el giro que habían tornado los acontecimientos y la posibilidad de cambiar el papel pasivo que habían desempeñado hasta entonces.

-Una auténtica prueba debería incluir la destreza con la espada y las pistolas, ¿o no? -Inquirió Mina con fingida inocencia.

Al oírla, Serena comprendió que su prima esperaba así conseguir las armas necesarias para que los hombres de Darien intentaran huir, con ella, claro está. Lo que Mina no comprendía era que la lealtad de la guardia a su príncipe no le permitirla abandonarlo allí. Serena miro a McCullough de reojo y le pareció que el jefe de los bandidos no se dejaba engatusar por Mina. Tenía el rostro sombrío al mirar a su nueva amante y a aquellos de sus hombres que expresaban con gritos y abucheos su disposición a vengar la afrenta que les habían inferido. La cuestión estribaba en el grado de confianza que tuviera el escocés en su capacidad para controlar la situación... y a los hombres del príncipe una vez que dispusieran de armas. Bruscamente McCullough golpeo la mesa con la palma abierta.

-Aquí no hay espacio suficiente. Traed las lámparas; iremos al portal.

Se dirigieron entonces en tropel al portal gritando y riendo y pasándose las damajuanas de fuerte whisky de maíz. Los perros aullaron cuando los echaron al patio, las mujeres se quejaron y se cruzaron las apuestas. De las pieles colgadas de las paredes y los cuerpos de hombres sin lavar, apiñados a ambos extremos del amplio portal, emanaba un intenso olor. El viento agitaba las columnas de humo que se elevaban de las lámparas de aceite de ballena y hacía vacilar violentamente las llamas, que arrojaban extrañas sombras sobre las paredes de troncos y el techo. Su resplandor caía juguetonamente sobre palas y picos, sobre ruedas de carretillas y rejas de arados, cestos de mimbre y sacos de semillas agorgojadas y frutos secos que colgaban de las vigas del techo. También sé reflejaba en los rostros fieros y dispuestos de los bandidos desafiados y en los excitados ojos azules de Mina.

Primero decidieron competir con pistolas. El objetivo habría de ser un tablón de ciprés hendido en el que había una diana toscamente pintada. Serena percibió en el ambiente el mismo regocijo violento que era patente la noche en que sostuvo el naipe para que Darien le disparara. Luego vio que los centinelas, más de una docena, tomaban posiciones a lo largo de las paredes, armado cada uno con una carabina.

Un escalofrió recorrió la espina dorsal de Serena, de repente no pudo soportar más estar allí. Se abrió paso entre los hombres hacia la parte de la casa en la que se hallaba Darien. En la entrada vio a Artemis conversando con Neflyte. Así pues, Darien estaba solo. Serena entro en la sala y se detuvo en seco.

La puerta del dormitorio de Darien estaba abierta, Una vela sobre la chimenea de la sala arrojaba un poco de luz en el dormitorio, donde un hombre inmóvil contemplaba a Darien. Cuando Serena se acercó, giro en redondo y se encorvo.

Era Ziocite. Al reconocer a Serena, volvió a erguirse con una tímida sonrisa y se aproximó a ella.

-Quería comprobar cómo se encontraba Darien, si le molestaba el ruido de fuera.

Serena asintió, aunque no se había tranquilizado del todo.

-No veo como impedir que le moleste cuando empiecen a disparar.

-Es una lástima.

-¿Quiere decir que aun duerme?

Antes de que Ziocite pudiera responder, una voz ronca y cáustica surgió de la cama.

-No, ni es probable que duerma mientras una multitud calzada con botas se dedique a competir y los conspiradores susurren en la penumbra. Salid y detened el alboroto, o venid a explicarme a que se debe, pero dejad de comportaros como si estuvierais ante un sepulcro.

Serena entro en el dormitorio de inmediato. Ziocite cogió primero la vela. Coloco luego la palmatoria de madera sobre el taburete, para que la luz no diera directamente en los ojos de Darien, e inicio un relato detallado de lo que estaba ocurriendo.

Cuando hubo terminado, Darien se lo quedo mirando con una expresión impenetrable que sugería una intensa reflexión.

-¿Posibilidades de éxito? -pregunto al fin.

-De minúsculas a inexistentes.

-¿Recomendaciones?

-Esperar a tener mayores posibilidades, cuando tú estés recuperado -repuso Ziocite.

-Espero que mis circunstancias no hayan pesado en vuestra decisión. Cinco hombres libres de trabas antinaturales son mucho mejor para un jefe asediado que la misma fuerza atada.

-Sin duda, pero McCullough espera que le demos una especie de demostración de refinamiento con el cuchillo. Por mucho que nos disguste decepcionarlo, me temo que debemos hacerlo. De ese modo, en otra ocasión estaba menos atento.

-¿Pretendéis hacerle bajar la guardia con vuestra decadencia o inspirarle asombro con vuestra destreza?

-Creo que ambas cosas -respondió Ziocite, y sonrió

No había confianza ni desconfianza implícitas en su conversación, solo cierto respeto por ambas partes. Serena no pudo contener la curiosidad, y examino atentamente a Ziocite mientras este se despedía para ir a reunirse con los demás. Tal vez la excusa con que había justificado su presencia en el dormitorio fuera cierta, o tal vez no. Nadie estaba libre de sospechas.

Cuando Serena se volvió hacia Darien, este tenía los ojos cerrados y respiraba entrecortadamente, como si la conversación le hubiera costado un gran esfuerzo. Su fiebre seguía siendo alta, como indicaban los labios agrietados, las mejillas hundidas bajo los altos pómulos eslavos y las costras resecas sobre los rasguños y erosiones de la piel. Tenía las manos quietas sobre la manta, los dedos finos y fuertes estaban relajados y el oro de su anillo brillaba tenuemente a la luz de la vela. No dio muestra alguna de sí sabía o no que Serena seguía en la habitación ni siquiera cuando se acercó a la cama.

Ella se preguntó si habría caído en un estado de somnolencia, de lo que se convenció al ver que no se movía cuando alguien llamo discretamente a la puerta.

Era Estrella Matutina. Llevaba una pequeña y humeante olla de hierro por el asa; el aroma que despedía era penetrante. En la otra mano sostenía un cuchillo de hoja mortífera.

-Eres una mujer de corazón, no como la otra -dijo la chica india-. Te ayudare con tu hombre.

Serena reflexiono. Malachite no había ofrecido medicamento alguno para mejorar el estado del príncipe. Solo había sugerido cauterizar las heridas, lo que supondría una terrible tortura para el herido.

-No estoy segura de que él lo permita -le dijo Serena con toda franqueza.

-A ti no te rechazara -fue la réplica.

Serena no estaba tan segura. Fue un alivio, por tanto, que no tuviera que comprobarlo. Darien no movió un solo músculo mientras ella retiraba las mantas, ni se agitaron sus pestañas cuando Serena apretó la fría hoja de acero del cuchillo contra su estómago para deslizarla hacia arriba y cortar el vendaje que le rodeaba fuertemente la cintura. La ropa estaba pegada a los bordes hinchados de las heridas, tanto en el orificio de entrada como en el de salida. Serena la humedeció con él líquido de la olla de Estrella Matutina y el despego con enorme paciencia y lentitud.

La india le explico cómo tenía que aplicar las hierbas cocidas. Serena hundió una cuchara en la olla y cato la temperatura del líquido, ya que no deseaba escaldar a Darien. Respiro hondo y depósito la masa verdusca sobre el primer orificio.

El príncipe se estremeció; luego volvió a quedar inmóvil. Con ayuda de Estrella Matutina, Serena movió ligeramente el cuerpo de Darien para alcanzar la segunda herida, desde la que surgían unos chorretones resecos, de color rojo oscuro. La primitiva cataplasma quedó sujeta mediante vendas limpias. Luego volvieron a cubrir a Darien con las mantas. Concentraron entonces su atención en la herida de la cabeza. Serena saco la sucia tira que la cubría, lavo el surco abierto en la piel con la infusión tibia y le quito la sangre seca de los mechones azabache. Mientras trabajaban, oyeron disparos y más tarde el entrechocar de espadas. Tan absorta estaba Serena en lo que hacía que apenas se dio cuenta.

Por fin la chica india recogió la pesada olla, prometió regresar a la mañana siguiente para ver si necesitaba algo más y se marchó. Serena cogió un trozo de toalla grisáceo pero limpia y empezó a secar los brillantes rizos que había mojado.

-Relleno y guarnecido de vegetales para que me cueza como un lechón en mi propio sudor. ¿Qué viene ahora, la salsa?

Serena dio un respingo. Era tal su seguridad de que Darien estaba inconsciente que oírle hablar fue como un veneno que recorriera su sistema nervioso, dejándola paralizada

-¡Esta despierto! -exclamo tontamente.

-A mi pesar.

-¡Pero... pero me ha dejado que le curara las heridas!

Darien abrió los ojos brillantes por la fiebre con una sonrisa.

-Estaba tan ansiosa por hacer algo, y parecía... tan inofensivo complacerla.

-Que amable -dijo Serena, apretando los dientes

-¿La he ofendido? -Inquirió él, con tono no demasiado firme-. ¿Por qué? Nunca... he puesto objeciones a ninguna atención que haya decidido... tener conmigo.

-¡No he tenido ninguna!

-¿Puede culparme entonces de que haya disfrutado con la novedad?

-Delira -le espeto Serena.

-¿De alegría?

Haciendo caso omiso, Serena continúo: -¿Y si hubiera decidido... rebanarle el cuello?

-Demasiado brutal. Su venganza, creo, seria más suave y mortífera, perfumada, abrasadora e irrevocable. -Aplacada a su pesar, pero resuelta a no dejarlo entrever, Serena se dio la vuelta para mezclar más polvos somníferos con agua.

-Tenga, a dormir -dijo, tendiendo la mezcla a Darien.

El príncipe no hizo ademán de acogerla.

-El sueño inofensivo que embota los sentidos y desenredar la madeja de las tensiones. ¿Me atreveré?

-Su cuello está a salvo. Debe tomárselo. -Darien cerró los ojos.

-Ha cesado el alboroto. La competición ha terminado.

-¿Le gustaría saber quién ha ganado?

-Mi guardia, si conozco bien a los hombres a los que he entrenado; y si no han sido ellos... la noticia puede esperar.

Su voz descendió hasta un susurro. No obstante, no era él sueño lo que la privaba de fuerza, sino la debilidad. Por la misma razón no había alzado el brazo para coger el vaso que ella le tendía. Con una imprecación silenciosa contra sí misma por no haberlo comprendido antes, Serena se inclinó para deslizar la mano por debajo de su cabeza. Darien abrió los ojos pestañeando y, con la vista fija en la de Serena, se tomó la droga.

Al cabo de unos minutos la tranquila respiración de un sueño benigno movía su pecho. Esta vez era real y profundo. Darien no se despertó cuando, un rato después, la vela se apagó, extinguiéndose en un charco de grasa derretida, ni se movió cuando Serena se tendió bajo las mantas junto a él y le toco la frente abrasada. Serena permaneció despierta durante horas, o al menos así le pareció, inmóvil, mirando con ojos fijos y ardientes en la oscuridad. Y finalmente se durmió, con las puntas de los dedos enredadas en los cabellos de Darien.

Se despertó cuando la luz gris de la mañana iluminaba la habitación. Darien dormía aun profundamente, o lo fingía muy bien. Serena sopeso la idea de lavarle el cuerpo afiebrado, pero en la agrietada jarra metálica no quedaba más que un par de centímetros de agua. Abandono la habitación con la jarra en la mano, atravesó la sala y llego al portal.

Encontró a McCullough sentado en una silla apoyada contra la pared, cuyo asiento de piel ostentaba aun el pelo de la vaca que lo había suministrado. McCullough alzo los ojos, se inclinó hacia adelante y las patas delanteras de la silla golpearon el suelo con un ruido sordo.

-Aquí la tenemos. Me preguntaba a donde se habría ido anoche.

-Tengo un paciente que cuidar.

-¿Cómo está? ¿Alguna posibilidad de que pueda escribir una carta hoy?

-Muy pocas -respondió Serena secamente.

-Mire, he tenido una idea. Se ha comentado que la legación francesa en Nueva Orleáns va a hacerse cargo de los asuntos de Rutenia en los Estados Unidos; cuestión de cortesía. He estado pensando que sería bueno llevar allí la carta que escriba ese hombre tan valiente. Tal vez consiga mi oro y mi plata mucho más deprisa, ¿no?

-No lo sé.

-Pero apuesto a que el Príncipe sí.

-Tendrá que preguntárselo a él -replico Serena, haciendo ademán de marcharse.

McCullough la retuvo, acogiéndola por el brazo.

-Eso haré, y me alegrara ocuparme personalmente. Sus hombres dicen que es valiente con las pistolas, con la espada y también en la lucha cuerpo a cuerpo; más que ellos.

-¿Y ellos son mejores que usted y sus hombres? -Inquirió Serena dulcemente.

-Mejor que los estúpidos con los que tengo que cabalgar, desde luego. Mi destreza no la he puesto a prueba, aunque no soy un novato en el manejo de la pistola, ni del machete. Estuve un par de años navegando con Lafitte antes del desastre de Nueva Orleáns. Cuando todo terminó el viejo Hickory me concedió el perdón y me ínstate en tierra.

-Tal vez cuando él se restablezca, si continúa aun aquí, tendrá la oportunidad de comprobar que sabe hacer.

-Eso sí que me gustaría. Estaría bien ver su estilo. Si, estaría muy bien.

-Sí -repitió Serena, retorciendo la muñeca para intentar soltarse-. Y ahora, si me permite marcharme, tengo que ocuparme de él.

-Ah, que hermosa enfermera es usted, lo bastante hermosa como para que un hombre desee su compañía. Es usted diferente a Mina, que no hace más que arañar, morder y gritar hasta echar abajo la casa. Usted es tranquila, pero profunda, con unos ojos que suavizan a un hombre y tranquilizan su espíritu, aunque le hagan hervir la sangre. Eso es lo que la hace especial para su alteza, no lo dudo.

-Le he pedido que me suelte -dijo Serena, apuntalando los pies para resistir el lento pero firme tirón de McCullough-. Ya tiene dos mujeres. ¿Es que no le basta?

-Tenía dos, es cierto, pero ahora solo tengo una.

-¿Qué? -exclamo Serena. Quedo paralizada, e imagino a Mina asesinada por aquel hombre, quitándose la vida.

-Estrella Matutina se ha ido. He tenido que apartarla de mí por culpa de esa lagarta. Hubo una apuesta; Mina apostó por los hombres del príncipe y yo por los míos. Gano ella, así que tuve que echar a Estrella Matutina. Intento clavarme un cuchillo, esa gata india, y tuve que darle en la barbilla. Aun así estuvo a punto de derribarme con sus patadas y golpes mientras la arrojaba sobre un caballo.

-¿Y ahora no tiene quien le haga el desayuno? Que terrible. -Su simpatía tenía un tono burlón.

-Mina no sabe cocinar -convino él.

-¡Debería haberlo pensado antes de aceptar la apuesta!

-Oh, sí, pero estaba seguro de ganar, y por el premio que pedí valía la pena arriesgarse.

Serena abrió la boca para preguntar que era, pero el brillo lascivo de la mirada del escocés selló sus labios.

-Tendrá que recurrir a alguna de las otras mujeres.

-Sí, podría hacerlo, pero tendría que esperar a que terminara de ocuparse de su familia.

-Es una pena. -Girando bruscamente la muñeca hacia abajo, Serena consiguió liberarse. Cuando se abalanzaba hacia la puerta, McCullough se puso en pie con una fuerza que hizo volcar la silla y la aferró por el brazo.

-¡Suéltela!

Era Malachite quien hablaba, al tiempo que terminaba de subir los escalones que conducían al portal. Le seguían Artemis y Neflyte. No estaban armados, pero con sus cuerpos atléticos seguían siendo una fuerza terrible para que se enfrentara con ellos un solo hombre.

McCullough soltó el brazo como si le quemara.

-Muy bien -dijo, frotándose la palma de la mano en la parte trasera de sus calzones-. No iba a hacerle ningún daño. Es como la miel, tan dulce y delicada que no he podido resistirlo. Era a ustedes a quiñes estaba esperando. Tengo una proposición que hacerles.

-Le escuchamos. -Malachite miro a Serena y señalo la puerta con un leve movimiento de la cabeza, Serena no necesitaba más. Dejo el portal. En la sala junto a la chimenea, encontró un cubo de agua que ha' extraído del pozo. Lleno su jarra y se acercó al portal. A través de la puerta abierta oyó a McCullough pedirles a los hombres de Darien que le ayudaran a entrenar a sus hombres.

-Si tuviera cincuenta como ustedes, toda la Tierra de Nadie seria mía, transbordadores, carreteras, establecimientos comerciales, todo. Sería tan rico que no necesitara robar nunca más, quizás únicamente para mantener el control. ¡Y lo mejor de todo, ese español rastrero que se ha puesto en contra mía no tendría más posibilidades que una puta en una reunión de predicadores!

Lo primero que vio Serena cuando volvió al dormitorio fue las gotas de sudor en el labio superior de Darien, en las ojeras y en la frente, y la almohada empapada. Tenía el pelo más brillante a causa del sudor, y también los brazos y el torso, que había dejado al descubierto al apartar la manta con sus inquietos movimientos.

Las lágrimas pugnaban por asomar a los ojos de Serena. Se llevó una mano a la boca. Luego, cuando hubo pasado esa breve oleada de emoción, pensó que el peligro ahora residía en él frio de la mañana. Necesitaba lavar de pies a cabeza a Darien, cambiar las ropas de la cama y darle algo nutritivo, como caldo caliente. Serena precisaba ayuda, pero Estrella Matutina se había marchado, así que tendría que recurrir a algún miembro de la guardia de Darien.

Jedite y Ziocite se habían unido a los demás con las caras limpias y enrojecidas, como si acabaran de realizar sus abluciones matinales. Los cinco miembros de la escolta se hallaban con McCullough, hablando y gesticulando, interrumpiéndose los unos a los otros. Dirigieron una mirada inquisitiva a Serena cuando irrumpió impetuosamente en el portal.

Antes de que ella pudiera hablar, se oyó un saludo en la parte delantera de la casa y vieron a un par de jinetes. Entre ambos había un tercer caballo que montaba un hombre con la cabeza gacha. Tenía un moretón en una mejilla y los brazos atados a la espalda. No llevaba sombrero; la brisa hacia ondear sus finos cabellos oscuros. Los primeros rayos del sol caían oblicuamente sobre sus rasgos, destacando el tinte cetrino de su piel y el delgado bigote sobre su labio superior. El hombre, deslumbrado por el sol, miro al grupo, y entonces sus ojos encontraron a Serena y se clavaron en ella. Formo su nombre con los labios, pero no emitió ningún sonido. Bruscamente se echó a reír.

Era Andrew


Esa Mina es odiosa, perversa, y loca, en definitiva se le seco el cerebro en la huida, o se le cayó de chiquita a la Sra. Aino, porque neta que se le zafaron todos los tornillos… hay, pero como dicen hay un dios allá arriba que toma cuenta de todos nuestros actos…

Me encanta la dedicación de Serena para con Darien, en definitiva creo que en este punto ella ya lo ama, jejeje, y como le gusta a Darien dejarse cuidar y atender por esa mujer, jeje… creo que se imaginan porque… jeje

Aún sigue el misterio de que hay un asesino al asecho de Darien… ¿podrían imaginar quién es?, cuando yo lo leí no me imagine quien era hasta el final, pero apuesto a que son listas, jeje… hagan sus apuestas

Bueno, gracias por sus rw

Besitos