Capítulo 11:
Gimió entre sueños y se revolvió inquita entre las sábanas del mullido colchón sobre el que estaba tumbada. ¡Qué suaves eran las sábanas! Acarició la textura y se percató de que sentía esa misma suavidad por todo el cuerpo. Debía de estar desnuda. Se estiró intentando reacomodar los entumecidos músculos de su cuerpo y sonrió al descubrir todo el espacio que poseía para tumbarse. Le sobraba la cama bajo los pies y también hacia los laterales. Se dio la vuelta para tumbarse boca arriba y sin abrir aún los ojos se acarició los enredados rizos. El sol no le pegaba en la cara por lo que probablemente, no fuera de día. Ahora bien, ¿dónde estaba?
Abrió los ojos repentinamente por la pregunta que atravesó su mente y se quedó mirando las cortinas de la cama de dosel en penumbras. Eran rojas, lo sabía por el tono burdeos que adquirían en la oscuridad. Y las sábanas… claro que eran suaves, eran de seda. Estaba tumbada sobre una cama enorme, parecía hecha para un gigante y le hacía sentirse avergonzada porque su dormitorio era de ese mismo tamaño. ¿Dónde estaba? Recordaba estar en el supermercado trabajando, la hora de descanso, su cumpleaños, un regalo de Sango, el mensaje de Inuyasha y a partir de ahí todo era muy confuso. Se despertó por la noche y estaba en un hospital; Inuyasha la tenía entre sus brazos. Más tarde se encontraba sobre esa misma cama, sentada a horcajas sobre Inuyasha, montándole como hacían algunas mujeres en las películas.
¡Inuyasha! Seguro que él podía explicarle todo lo que estaba ocurriendo, seguro que él sabía por qué se estaba sintiendo tan rara y qué pasaba con su mente. Nunca había tenido tantas dificultades para recordar lo que había hecho el día anterior y no quería esforzarse de más porque le empezaba a doler la cabeza. Se incorporó pesadamente dejando la sábana descansando en su regazo y extendió un brazo para apartar la cortina. Justo en ese mismo instante escuchó el sonido de una puerta abrirse y curiosamente, pudo ver aunque estaba a oscuras.
A pesar de llevar una bandeja con comida en las manos, no era ningún criado sino que Inuyasha y parecía contento. Sonrió al verla despierta y se acercó hasta la cama con todos esos manjares. Estaba muerta de hambre. ¿Cuánto tiempo llevaba sin comer?
- Por fin te despiertas, bella durmiente- se sentó en la cama- aquí traigo el desayuno.
¿Desayuno? ¡Qué bien sonaba eso! Ojala toda esa comida estuviera tan buena como lo parecía.
- Estoy seguro de que tienes hambres.
- La verdad es que sí…
Inuyasha le ofreció un vaso repleto de zumo de naranja recién exprimido y dejó la bandeja sobre las sábanas. Había tostadas con mermelada, galletas caseras, tortilla y frutas. Todo tenía una pinta estupenda y ella se moría por probar un poco de cada cosa. Entonces, ¿aquella era la casa de Inuyasha? Si le traía el desayuno hasta la habitación y andaba por allí con tanta confianza, era por algo.
- ¿Vives aquí?
- Sí, desde hace bastante.
Le gustaría pedirle que encendiera las luces o que abriera las cortinas pero le daba un poco de vergüenza hacerlo. Ella era la intrusa en esa casa e Inuyasha fue siempre de lo más correcto en la de ella.
- ¿Recuerdas algo de lo ocurrido ayer?
- Esperaba que tú pudieras contármelo…
- Ya veo.
Él no le decía nada. Después de darle su respuesta se había quedado pensativo y muy callado mientras parecía buscarle solución a un grave problema. ¿Qué estaba pasando?, ¿por qué Inuyasha tenía ese comportamiento tan extraño? Necesitaba una explicación sobre todo lo ocurrido, estaba muy confusa y sabía que él se estaba callando algo importante. Ojala no le dijera que tenía una enfermedad terminal y le quedaban cuarenta y ocho horas de vida.
Se mordió el labio nerviosamente y bajó la vista percatándose de que tenía los senos desnudos delante de Inuyasha. Sonrojada, agarró las sábanas y tiró de ellas hasta cubrir su pecho pero él detectó su movimiento y evitó que se mostrara recatada.
- No tienes que avergonzarte- suspiró- no hay nada que yo no haya visto.
Eso era totalmente cierto, no había nada en absoluto que Inuyasha no hubiera visto de ella.
- ¿Por qué no me cuentas nada de lo ocurrido ayer?
Ninguno de los dos esperaba que ella se mostrara tan directa por lo que ambos se miraron sorprendidos después de que pronunciara aquellas palabras. Además, Inuyasha cometió el error al apartar la mirada con una mezcla de dolor y miedo. Algo malo estaba pasando y ella estaba en el centro.
- Inuyasha…
- Primero desayuna y luego hablamos.
Hubiera querido discutir pero Inuyasha no parecía estar en condiciones de mantener una discusión con ella por lo que decidió ser piadosa y morderse la lengua hasta terminar. Le daría tiempo para que se pensara bien lo que tenía que decirle y esperaba que no le mintiera para hacerle sentirse mejor o algo por el estilo. Odiaba que la gente hiciera esas cosas para intentar "ahorrarle" el sufrimiento a los demás. A veces, la verdad era menos dolorosa que la mentira piadosa.
Bebió su zumo disfrutando de la acidez de los cítricos y probó su primera tostada con mermelada de arándonos. Estaba todo delicioso, mucho más que cuando lo hacía ella. Se notaba que tenían dinero para comprar alimentos de primera calidad y una cocina mucho mejor equipada que la suya propia. Las galletas caseras también estaban deliciosas y la tortilla era lo mejor que había probado en toda su vida. No le gustaba parecer una glotona pero no podía parar de comer. Entre el hambre voraz que tenía y el exquisito desayuno que le ofrecían, no podía parar. Terminó tomando un poco de fruta y se recostó sobre la multitud de mullidas almohadas y cojines para hacer la digestión. Nunca había comido tan bien.
Respiró hondo recordando el asunto que tenían entre manos segundos antes y miró a Inuyasha. Él bebía su café en silencio y no le dirigía ni una sola palabra. Parecía un hombre destrozado y ella no deseaba verle de esa forma. Se puso a cuatro patas y gateó hasta donde él se encontraba. Le rodeó con sus brazos y se apoyó sobre su espalda desnuda.
- Sea lo que sea puedes contármelo… - musitó- no me enfadaré contigo…
Él tardó unos segundos que se le hicieron eternos en contestar.
- Primero voy a dejar esta bandeja en el pasillo para que la recojan- se soltó de su agarre- vuelvo en un minuto.
Le dejó marchar porque estaba muy agobiado pero ella no se quedó quieta. Aprovechó el momento para levantarse de la cama y tiró de una de las sábanas para envolver su cuerpo en ella. Se puso de puntillas y con mucho cuidado se dirigió hacia las cortinas que debían tapar la luz del sol. Quería ver cómo era todo fuera de su habitación, cotillear un poco y de paso sentir la calidez del astro. Inuyasha no se enfadaría porque se asomara un segundo a la ventana.
Estaba abriendo la cortina cuando la voz de Inuyasha la interrumpió.
- ¡No!
Antes de que pudiera terminar de abrir la cortina, fue empujada hacia la pared, hacia la oscuridad.
…
- ¡No!
Salió sólo un par de segundos de la habitación para dejar la bandeja en el pasillo y Kagome ya estaba cometiendo la mayor tontería que podría hacer en ese momento. Estaba intentando apartar la cortina, quería permitir que los rayos del sol iluminaran la habitación y sabía que ella no era consciente del daño que podía hacerse. Tenía que actuar de prisa y evitar la desgracia.
Echó a correr hacia ella y llegó en cuestión de segundos para evitar la desgracia. La sujetó y la apartó de un brusco movimiento hasta estamparla contra una pared. Ella le miraba sorprendida y agitada, sin lograr entender por qué se estaba comportando de esa forma. Empezó a temblar, tenía miedo. Claro que tenía miedo, se acababa de comportar como un imbécil delante de ella y podría haberle hecho mucho daño al apartarla. Sin embargo, él sabía a la perfección que el contacto con la luz del sol le haría más daño todavía.
¿Cómo cojones iba a contarle que él era un vampiro?, ¿cómo iba a hablarle de la sociedad secreta de vampiros?, ¿cómo iba a explicarle que ella vivió su comunión la noche anterior? Algo que podría ser tan sencillo con cualquier otra vampiresa se volvía tan complicado con ella. Kagome había vivido como humana durante toda la vida que ella recordaba, se relacionaba con ellos, creía en ellos y no en los vampiros y de la misma forma que otro humano, temía a lo desconocido. Estaba seguro de que Kagome no lo entendería o por lo menos no a la primera.
- ¿Por qué… has… has he-hecho… eso?
¡Perfecto! Cuando Kagome balbuceaba de aquella forma estaba muy asustada y él era la causa de su miedo. Seguro que pensaba que era un psicópata o algo por el estilo.
- Hay cosas que no sabes…
- ¿Q-qué cosas?
- Cosas sobre ti y sobre mí…
- No entiendo.
Claro que no entendía. Ella había vivido como humana, tenía falta de información, estaba asustada por su culpa y no recordaba nada. Su padre le advirtió que no recordaría durante varias horas. Tenía que explicarle todo antes para que no sufriera el shock de recordarse a sí misma bebiendo su sangre. Lo más seguro era dejar de dar rodeos y contárselo todo de una.
- Kagome, tú y yo… - ella le miraba con lágrimas en los ojos- t-tú y… yo so- somos… - empezó a transpirar por el estrés que sufría- tú y –yo… somos… - tragó hondo y se relajó- ¡Somos vampiros!
Kagome no lo entendió. Ella le miró como si se hubiera vuelto loco y empezó a reírse de forma ruidosa. ¿Creía que estaba de broma?
- ¿Kagome?
- ¿Te has montado todo esto para gastarme una broma tan tonta?
Ella no le creía, tenía que continuar explicándole las cosas hasta que le creyera.
- ¡Pero es verdad!- insistió- tú naciste como vampiresa aunque no lo recuerdes, lo llevas en la sangre- sujetó sus muñecas dejando que cayera la sábana- los humanos se alejan de ti porque no eres como ellos y su instinto se lo dice, no porque no te deseen…
Seguía sin creerle y estaba empezando a enojarse, lo sentía. Acababa de tocar un tema que debía ser muy delicado para ella.
- Ayer, cuando cumpliste veinticinco años, fue tu comunión- le explicó- bebiste mi sangre y te convertiste. Si no lo hubieras hecho estarías muerta.
- Inuyasha, esta broma ya no tiene gracia.
Ella estaba cada vez más molesta con él e insistía en no creerle. ¿Qué demonios debía hacer para que volviera a confiar en su persona? La respuesta le llegó cuando se percató de que ella miraba con cara de susto algo que debía estar a su espalda. Sin necesidad de girarse supo que miraba un espejo que él utilizaba únicamente como elemento decorativo. Aún así, se apartó para que ella también pudiera ver que no aparecía en él. El espejo se veía vacio, como si no hubiera nadie en la habitación.
Kagome se acercó al espejo ignorándole por completo y lo palpó como si intentara averiguar si era real o producto de su imaginación. Apartó la mano temblando cuando tocó la superficie y se la llevó al pecho.
- ¿Qué clase de truco es éste?
- No es ningún truco, Kagome.
- ¡Eres un psicópata!
- ¡No es así!- gritó- ¿o no te das cuenta de que estás viendo en la oscuridad?
Por primera vez desde que había despertado, la muchacha pareció darse cuenta de que estaba viendo en la oscuridad como si fuera de día. Dio una vuelta sobre sí misma observando toda la habitación y de su boca salió una exclamación ahogada por el llanto. Estaba aterrada y seguía pensando que él era alguna clase de maníaco que jugaba con ella por pura diversión. Él sólo quería ayudarla.
- Kagome…
- Me has hecho algo- sollozó- ¡estás loco!
Ella estaba andando hacia atrás, iba a echar a correr y podría atraparla pero no quería hacerlo. Si la obligaba a quedarse, le odiaría por siempre. Necesitaba que ella entendiera lo que estaba ocurriendo.
- Mírame.
- ¡No quiero!
- ¡Mírame!
Ella levantó la vista para mirarle aterrada y en ese instante él abrió la cortina lo justo para que un pequeño rayo de luz solar atravesara la habitación. Respiró hondo y dejó que su mano atravesara el camino que recorría el sol. Se empezó a quemar. Sintió el escozor y el calor de la quemadura y una humareda comenzó a salir de su mano. Dolía muchísimo pero estaba dispuesto a seguir con tal de que ella le creyese.
- ¡Basta!
- No hasta que me creas…
- Por favor, basta… - sollozó.
Siguió sin apartar la mano y entonces ella corrió hacia él, le apartó la mano y cerró la cortina. Derretida en puras lágrimas de dolor se dejó caer contra su pecho y lloró desconsoladamente. Necesitaba respuestas y él no podía dárselas todas. Había una profunda brecha en el pasado de Kagome, una brecha que ninguno de los podía atravesar. Él sólo podía volver a enseñarle cómo era su mundo.
Kagome agarró su mano quemada y gimió asustada al ver cómo se iban regenerando los tejidos para cerrar la herida.
- ¿Cómo…?
Se quedó en silenció al mirarle. Sabía que sus ojos se habían vuelto rojos y que sus colmillos habían crecido pero no podía controlarlo en ese momento debido a la quemadura en su mano. Rezó en silencio para que Kagome no le viera antes de recuperar su aspecto normal pero sus oraciones no habían sido escuchadas. Ella volvía a estar horrorizada y se alejaba de él.
- Kagome…
- No te acerques a mí…
- Tienes que escucharme- intentó justificarse.
- ¡No!
La joven se dio la vuelta y echó a correr hacia el pasillo. Ella ya sabía lo que eran, corría porque la realidad se estaba asustando. Ahora, él podía perseguirla.
…..
No podía creer lo que estaba ocurriendo, tenía que ser una horrible pesadilla. Después de catorce años de miserable vida, había hecho una amiga y había encontrado a el que creía que era el hombre de su vida y se encontraba con todo aquello. Estaba en una casa desconocida en algún lugar lejos de la mano de Dios, confusa, desnuda y a merced de un psicópata que disfrutaba torturándola psicológicamente. Además, le había hecho algo raro mientras estaba inconsciente. Seguro que estaba drogada o algo así porque no podía creer lo que estaba ocurriendo. Simplemente era imposible creerlo.
¿Vampiros? Los vampiros no existían, sólo eran ficticios. Un invento de Bran Stroken que habían utilizado las grandes productoras de cine para ganar más dinero. ¿Personas que no se reflejaban en los espejos?, ¿el sol quemando la piel como si fuera fuego?, ¿ojos rojos?, ¿colmillos largos y afilados? Seguro que aquel espejo había sido sacado de algún escenario de rodaje y estaba trucado. Los colmillos podrían ser postizos y para los ojos un par de lentillas de esas que tanto usaban los góticos. Pero, ¿y el sol? Eso sí que no podía explicárselo y tampoco lo de ver en la oscuridad. Bueno, igual su vista se había hecho a esa oscuridad.
Dio la vuelta a una esquina en el mismo momento en que su perseguidor rodeaba su cintura. Cayó hacia atrás, sujeta por él con tan mala suerte que una de sus piernas quedó extendida, expuesta a la luz del sol. Entonces, sintió como su piel empezaba a quemarse como si estuviera sobre una parrilla. Gritó de puro dolor y no pudo volver a respirar hasta que Inuyasha la apartó de ese sitio. Su visión se nubló y unas imágenes confusas empezaron a aparecer.
- Inuyasha…
- Shhhhhhhhh- la silenció- tienes que morderme- le indicó- no te preocupes, a mí no me dolerá.
- Pero…
- No te preocupes- intentó tranquilizarla- todo va a salir bien…
Ella continuó dudando de sus palabras pero finalmente arqueó su espalda para alzarse y le mostró sus colmillos. Estaban creciendo, eran preciosos. Blancos y bien afilados, deseosos de hincarse en su yugular y él también estaba deseoso de que ella lo hiciera. Rozó deseosa su piel en una suave y mortal caricia. Su lengua lamía la sangre que emanaba el arañazo en su cuello pero esa herida ya estaba casi curada, no saldría mucha más sangre. Necesitaba morder para obtener la sangre que necesitaba y tanto ella como su cuerpo lo sabían.
Su deseo se vio cumplido cuando al fin se atrevió a atravesar la blanda carne con sus afilados colmillos. La sangre caliente que emanaba de las incisiones fue directa a su boca y ella la tragó con gula y avaricia. Esa sangre estaba deliciosa, tenía el sabor del mejor de los vinos y la embriagaba totalmente. Un deseo voraz se despertó en ella y sintió las inmensas ganas de montar sobre el miembro de él. Sabía que Inuyasha también la deseaba en aquel momento y eso aumentaba sus deseos. Caliente y húmeda por el acto se sujetó con más fuerza a su cuerpo y succionó el líquido rojizo. Necesitaba cada vez más y más y eso le asustaba. ¿Y si le terminaba haciendo daño?
Asustada intentó apartarse pero él puso la mano en su nuca para detenerla.
- Sigue- la instó- no me pasará nada…
Ahora lo recordaba. Ella había bebido de la sangre de Inuyasha y le había gustado. De hecho, ya no le parecía tan terrible todo lo que le había contado Inuyasha. Algo le decía que no estaba mal.
Le empujó sobre las sábanas y se alzó sobre él como toda una diosa dispuesta a dominar todo su cuerpo. Sin más miramientos se sentó sobre sus caderas a horcajadas y arqueó la espalda al sentir cómo se introducía en ella. Estaba deseando que llegara aquel momento desde que le mordió en el hospital y por fin le tenía justo donde quería. Bajo ella, a su completa merced y suplicando que continuara con su labor.
Sonrió ante el empeño de Inuyasha por animarla a que se moviera y se mordió el labio inferior mientras disfrutaba de la sensación de tenerlo dentro de ella, hundido profundamente. Se sentía tentada a sufrir más aún pero su propio cuerpo no aguantaría semejante tortura. Apoyó sus manos sobre sus duros pectorales y comenzó a mover sus caderas como si le estuviera cabalgando. Moverse era mucho más placentero que quedarse parada y para él también lo era. Inuyasha tenía en la cara una expresión de puro placer masculino y eso le gustaba porque lo estaba provocando ella. Sintió sus manos en sus caderas instándola a moverse más de prisa y más profundamente y después subieron por su cuerpo hasta sus pechos. Los rodeó con amoroso cuidado y los masajeó mientras ella continuaba.
- Kagome…
- Dímelo…
- ¿El qué?
- Dime que me amas… dímelo otra vez…
El hombre gimió otra vez por sus movimientos y la observó intensamente, a punto de llegar.
- ¡Te amo, Kagome!
A los pocos segundos, ambos llegaron hasta el final. Gritaron el nombre del otro casi al unísono y se dejaron caer agotados sobre la cama. En ese momento, Kagome volvió a clavar los dientes en el cuello de Inuyasha y en esa ocasión, él también clavó los suyos en su cuello.
Temblorosa alzó la mirada y buscó el cuello de Inuyasha. En el lateral derecho, debajo de la oreja y sobre lo que ella creía que era la yugular, Inuyasha tenía dos incisiones de colmillos que ella misma había provocado. Sintió la vena bombeando la sangre y un instinto casi animal recorrió su cuerpo. ¿Qué le estaba sucediendo? Y ¿por qué de repente le parecía tan normal?
- ¡Pero es verdad!- insistió- tú naciste como vampiresa aunque no lo recuerdes, lo llevas en la sangre- sujetó sus muñecas dejando que cayera la sábana- los humanos se alejan de ti porque no eres como ellos y su instinto se lo dice, no porque no te deseen…
Seguía sin creerle y estaba empezando a enojarse con él. Acababa de tocar un tema que resultaba muy complicado y doloroso para ella.
- Ayer, cuando cumpliste veinticinco años, fue tu comunión- le explicó- bebiste mi sangre y te convertiste. Si no lo hubieras hecho estarías muerta.
- Inuyasha, esta broma ya no tiene gracia.
No era ninguna broma. Inuyasha no estaba bromeando con ella, sólo intentaba ayudarla por todos los medios. Sin embargo, en ese momento de pesadumbre y angustia, sólo se le ocurrió una pregunta que verdaderamente la torturase.
- ¿Desde cuándo lo sabes?- preguntó ignorando el dolor en su pierna- ¿desde cuándo sabes lo que soy?
Él dejó de acariciar su pierna herida con angustia y la miró sorprendido. Claro que estaba sorprendido porque de repente su actitud había dado un giro de ciento ochenta grados. Ahora bien, no tenía ni ganas ni capacidad de explicarle en ese momento por qué ya no estaba aterrorizada. Necesitaba resolver algunas dudas que empezaban a formarse en su cabeza.
- Me enteré a noche cuando te vi… - musitó- yo también pensaba que eras humana…
- Entonces, ¿no estabas conmigo porque era vampiresa?- preguntó esperanzada- ¿no tenías el deber de socorrerme?
¡Claro que no!- sacudió la cabeza- estaba tan convencido como tú de que eras humana y tú no diste pie a ninguna otra cosa- suspiró- además, yo nunca estaría con nadie por deber. Es la primera vez que dejo a otra vampiresa beber de mi sangre, he rechazo todas las ofertas de familias que tenía de jóvenes a punto de pasar por su comunión.
¿Ella era la primera vampiresa? Una sensación muy cálida invadió su corazón al escuchar aquellas hermosas palabras. Era la primera para Inuyasha en algo y además, en algo que parecía ser muy importante para él y para todos los demás vampiros. ¿Tendría algún significado especial aquello? Estaba deseando aprender más sobre ese mundo para comprender sus palabras. De repente empezaba a entender tantas cosas. Por ejemplo, el por qué Inuyasha no quiso ponerse junto a un espejo con ella.
¡Dios Santo! Tenía tantas dudas sobre su cambio que ni siquiera sabía qué debía preguntar primero.
- Cuéntamelo todo.
…..
Estaba sentado en la silla frente a su escritorio a la espera de que Kagome apareciera vestida para explicarle todo lo referente a su mundo. Ella había recordado todo lo sucedido la noche anterior y parecía mostrarse mucho más comprensiva y abierta a hablar del asunto. Ya no estaba asustada y no le temía a él, cosa que le aliviaba en extremo. Tuvo miedo de que ella no quisiera volver a saber nada de él. Además, sintió verdadero pánico cuando ella salió corriendo de la habitación. Sabía de muy buena tinta que no todas las ventanas estaban cubiertas y había podido salvarla por poco. La herida en su pierna ya había desaparecido cuando volvió a meterla en el dormitorio.
Hacía ya más de una hora que la dejó al cargo de un par de sirvientas y empezaba a impacientarse. Iban a ayudarla a bañarse porque aún estaba algo desorientada y a darle algo de ropa para que no anduviera desnuda por la casa. A él personalmente no le disgustaba su desnudez pero no quería que nadie que no fuera él la divisara.
Agarró otro documento y tras leerlo de forma superficial le puso el sello de la Hermandad y lo dejó en el montón que su mensajero debía llevar a la sede principal. Había decidido aprovechar el tiempo para arreglar algunos asuntos pendientes que no pudo mirar con anterioridad. Sin embargo, había asuntos que todavía le preocupaban. Un ejemplo era el caso de Sango. Ella no lo había dicho en todos esos años pero le asustaba la idea de que supiera tanto sobre ellos. Empezaba a plantearse seriamente el buscarle un mejor trabajo dentro de su mundo para tenerla bien vigilada.
Estaba cambiando de papeles cuando la puerta del despacho se abrió y apareció su mayordomo. Le hizo paso a Kagome y se marchó. Ella estaba encantadora. Vestía unos coquetos zapatos de charol negros, unos calcetines hasta la mitad de los muslos blancos, una minifalda de tablas grisácea, una camisa de seda blanca de mangas cortas y un lacito gris atado en el cuello. Parecía una colegiala así vestida. Además, los lacitos blancos que recogían su cabello en dos coletas, le daban un toque de inocencia que le cautivaba por completo.
Incapaz de decir una sola palabra se levantó y le ofreció asiento en los sofás. Ella se dirigió hacia ellos y se sentó esperando a que hablara.
- Estoy seguro de que tendrás muchas preguntas.
Kagome asintió con la cabeza e hizo un mohín angustiada.
- Yo contestaré a todo e intentaré darte las mejores respuestas posibles- sonrió- te lo enseñaré todo, Kagome.
- Gracias.
- Pero antes…
Se arrodilló frente a ella y sacó del bolsillo de su pantalón una cajita de terciopelo de color azul marino. La abrió sin ceremonias mostrando una hermosa sortija de compromiso. La sortija se componía por un anillo con el adorno de una rosa de oro blanco e incrustaciones de zafiros. Era una pieza de joyería única que había pasado de generación en generación por su familia.
- ¿Me concederías el honor de ser mi esposa, Kagome?
Continuará…
