Título: BELLUM
Autora: Clumsykitty
Fandom: MCU, AU (universo alterno)
Parejas: Thorki, Stony principalmente.
Derechos: Nah, Marvel como siempre se lleva todo.
Advertencias: algunos nombres han sido alterados por locuras de la autora, otros nombres son retomados de sus originales históricos sin relación alguna con éstos. Por si alguien se lo pregunta, esta historia se halla inspirada en esa hermosa como tormentosa saga llamada Juego de Tronos (los libros) del gordito más temido, George R.R. Martin. Ojo, basada no igual.
Bellum. Guerra (latín).
Gracias por leerme.
Once. Gorriones y Votos.
La primavera se había marchado y llegaba el verano con días soleados entre lluvias de temporal que refrescaban los campos. Steven Roggers miraba por un balcón a los pequeños hijos de nobles de su corte entrenarse con espadas de madera con puntas romas y escudos de metal ligero que trataban de lanzar sin mucho éxito. Toda intención de la Orden de la Moneda se había esfumado momentáneamente por alguna misteriosa razón que aún no había podido averiguar. Aldair Stark le había permitido entrar a sus aguas, encontrándose con uno de los generales del Este al que conocía de antaño, hablando sobre detener aquella agresión en ambos reinos a cambio de una reunión más pacífica en tierras Sureñas como anfitriones. Dicho general recibió un mensaje en esos momentos que le hizo palidecer por segundos antes de retirarse con sus navíos, diciéndole que la Orden le pedía regresar a toda prisa pero que la ofensa aún no era perdonada. El Rey del Sur no le había creído ésta última frase, hubo algo en el tono del general que le hizo pensar que algo más escondía.
-Estás muy pensativo, hijo mío.
Se volvió al escuchar la voz de la Reina Madre entrar a la sala cuyo balcón estaba ocupando, ofreciendo una sonrisa cordial con una reverencia leve.
-Las guerras hacen a los reyes pensativos, madre.
-Aún no hay guerra –Sens arqueó una ceja, cruzando un brazo con su hijo- No he escuchado que el Norte haya declarado tal cosa.
-Cierto, pero eso no resta importancia a la rivalidad que tenemos.
-En todas las provincias se habla de cómo tu presencia hizo retirarse a todos los Lobos de Hierro a sus madrigueras.
-Las historias no siempre cuentan la verdad.
-¿Cuál es ésa verdad, Steven?
Éste besó su frente, deshaciéndose de su brazo. –Que esto apenas comienza, madre. Si me disculpas, tengo una reunión con algunos miembros del Consejo Real.
-Adelante, entonces.
-Te veré a la hora de la cena.
-¿Habrá un baile con la princesa de Charterns?
Steven se detuvo unos segundos, antes de reír, haciendo una reverencia de despedida. –Si tú me lo pides, madre, lo haré.
El rey salió de ahí, seguido por sus escolta personal hacia la sala del Consejo Real donde le esperaban el Gran Duque Odinson, el Barón Kuld y el Marqués de Bhart. La inesperada retirada de la Orden había truncado sus planes originales pero era alguien con la capacidad de tener otros de respaldos, sabiendo adaptarse a los cambios súbitos. Los tres amigos cercanos como leales a su nombre se levantaron de sus sillas al verle entrar, haciendo una reverencia solemne. Steven les sonrió, tomando su lugar en la cabecera de la pequeña mesa alrededor de la cual se sentaron.
-Barón Kuld, gracias por venir tan presurosamente –saludó al hombre de baja estatura con sonrisa quieta y una cabeza completamente rapada, enfundado en un traje gris claro.
-Rey mío, cualquier cosa por el Trono de Oro.
-¿Noticias de la Orden?
-Lo más que hemos podido averiguar es que aparentemente algo les asustó.
-¿Algo?
-Esto solamente es un rumor, Su Majestad, tendría que confirmarlo, pero al parecer sucedió algo en la bahía del Clan Nesz que hizo a toda la flota del Este volver a casa.
-¿Qué sucedió, Barón? No me tengas con ascuas.
-No lo sabemos con certeza, mi señor. Únicamente tenemos entendido que el Príncipe Anthony estaba ahí y envió un mensaje a su hermano diciéndole sobre barcos hundidos de la Orden de la Moneda.
-¿Y después de eso?
-Su Majestad se encontraba hablando con el general del Este en esos momentos. Por eso el Príncipe Heredero se marchó poco después.
-Lo recuerdo, apenas si le vi –comentó Steven no muy complacido.
-Milord –habló el Marqués de Bhart, cruzando una mirada con el Barón- Mi gente ha recibido también ciertos rumores. Se dice que los Lobos de Hierro se retiraron por el llamado del Trono Negro.
-¿Aldair? –inquirió Dzor Odinson.
-No… parece que la reina muerta ha regresado a los vivos.
El rey le miró fijamente. -¿Puedes asegurármelo?
-No, Su Majestad. En estos momentos el Norte está siendo muy receloso de la información que deja ir con sus cuervos. Pero hay altas probabilidades desde que los dos Príncipes Stark volvieron a la Fortaleza en un parpadeo.
-Se han replegado en espera de nuevas órdenes, ya sean de Malle Stark o de su hijo Aldair –comentó Steven, mirando a cada uno- La Orden de la Moneda no atacará de inmediato pero quiero saber qué es lo que los motivó a retirarse. Nosotros habremos de reforzar nuestras fronteras nortes y prepararnos para asaltos en el Sur, ¿tenemos la flota en los Pantanos del Oeste?
-Sí, Su Majestad –respondió el Gran Duque- Igual que mis Cuatro Grandes en sus posiciones.
-Es así como nos mantendremos por ahora. Esperaremos.
-¿Por qué, mi señor? –quiso saber el Barón Kuld.
-Atacar cuando no tengo a todas mis espadas conmigo sería una tontería, además de que no sabemos quién está sentado realmente en el Trono Negro. La victoria depende del conocimiento y es algo de lo que carezco en estos momentos.
-Le damos nuestra palabra de cambiar eso muy pronto –prometió el Marqués de Bhart.
-Eso será todo, caballeros.
-¡Su Majestad!
Los tres hombres se pusieron de pie, con una reverencia antes de retirarse, dejando solo a Steven mirando un mapa de los dos reinos en una piel trabajada y lisa. Se levantó con manos cruzándose detrás de su espalda, saliendo por otra puerta hacia sus aposentos privados, una vez más acercándose a uno de los amplios balcones semi circulares del Palacio Rojo, esta vez observando los jardines siendo atendidos por manos expertas. El rubio levantó su mirada ojiazul hacia el cielo, torciendo una sonrisa poco después, reclinándose sobre la valla de piedra del balcón.
-Me alegra que estés mejor, Asesino sin Rostro.
-Debí cobrar más, esta jodida mordida de lobo arde como mil infiernos –respondió aquél, trepado sobre la cornisa del balcón, oculto entre esculturas y enredaderas con flores- Sin mencionar mi contusión por tu jodido demonio de ojos verdes.
-De él me encargaré, quiero que te prepares.
-En eso estoy, rey dorado.
-Tienes los mapas y las rutas, tu oportunidad aparecerá y esta vez te cortaré esa cabeza si fallas.
-Con tales palabras, no hay duda que los ánimos de cualquier mercenario se elevan.
-Hay otra cosa más que deseo hagas.
-Soy versátil, adelante pomposo rey.
-Debes averiguar algo –Steven alzó su brazo, tendiéndole un pequeño papel- A nadie le hablarás de ello, solamente a mí.
-Misterio, me encanta. ¿Algo más?
-Eso es todo. Puedes irte.
El Rey del Sur se quedó una vez más solo, observando como las ramas de los árboles se mecían con un viento cálido, dejando caer algunos pétalos sobre el verde pasto. Su sonrisa fue más tranquila pero amplia al escuchar el aleteo de un ave acercarse a él, levantando una mano para recibirle con ojos entrecerrados. Un gorrión de lomo rojo y pico amarillo se aferró a sus dedos, trinando apenas con unos gorgoteos, ladeando su cabeza varias veces. Steven buscó entre sus ropas una pequeña bolsa que contenía semillas, tomando un puñado para ofrecerlas en su palma al juguetón cantor que las comió ávidamente, sacudiendo apenas sus alas en gesto de alegría y agradecimiento.
-Has viajado mucho, ¿no es así? Y debes partir de nuevo, esta vez más lejos, llevando mi mensaje.
Recibió unos gorgoteos en respuesta, con el gorrión terminando sus semillas.
-Eres mi mejor mensajero y el más seguro. Vuela de nuevo, pequeño, y que la Estrella de Cinco Puntas te proteja de los depredadores para que llegues con bien a tu destino.
Hizo un ligero arco con su brazo, ayudando al ave a emprender el vuelo, perdiéndose una vez más en lo alto del cielo con las mejores bendiciones del rey para él. Las gruesas nubes blancas ayudaron al gorrión a desaparecer de la vista de otras aves, cazadoras de pequeños como él, moviéndose ágilmente ayudado por las corrientes de aire que fueron llevándole por encima de las provincias hacia los Campos Nublados que parecían apenas un punto desde la distancia en la que volaba. El sol caminó por el firmamento para cuando el pajarillo vio delante las frías tierras del Norte, las cadenas montañosas de ambos extremos con el Bosque Sagrado de árboles oscuros dominando el paisaje. Evadió astutamente los encuentros de las águilas como de los cuervos, descansando sobre las gruesas ramas de aquellos enormes árboles antes de continuar. No tuvo muchos contratiempos porque aquellas nubladas tierras estaban atareadas en otras cuestiones lejanas a la cacería de aves.
La impotente Fortaleza del Gran Lobo apareció, con banderines del Clan Cathcart y de los Stark ondeando en las torres y almenaras. Había decoraciones propias del Festival de Verano, enormes ramilletes de flores con pétalos anaranjados y blancos entre gruesas hojas verde oscuro, combinándose con los banderines blancos de orilla plateada cubriendo varios de los muros de aquella construcción. El gorrión revoloteó alrededor de todas las ventanas, buscando su objetivo que por fin encontró en una de las alas que miraban al norte, aterrizando al fin en la cornisa. Dio pequeños saltitos buscando entrar y al no encontrar forma de hacerlo, comenzó a picotear con insistencia, gorgoteando al tiempo que ladeaba su pequeña cabeza, mirando por el vidrio sujeto a la ventana, insistiendo con picotazos más fuertes que hicieron vibrar la madera.
Anthony levantó su vista de los mensajes que estaba leyendo al escuchar un sonido, era como un repiqueteo. Buscó alrededor de su habitación, hasta dar con una ventana detrás de la cual se encontraba aquel curioso gorrión que viera en tierras de los Whoberi. Sonrió ante la coincidencia de volver a verle o quizá era algo más, poniéndose de pie y caminando hacia el arco, abriendo una de las puertas de su ventana, dejando pasar a su emplumado visitante que ni tardo ni perezoso entró, volando alrededor antes de posarse sobre la mesa en la que estaba leyendo, brincoteando un poco antes de comenzar a trinar una vez más su melodía, alegre, vibrante y llena de algo que hizo sonreír ampliamente al príncipe, sentándose frente al gorrión que cantó sin miedo para él. Esta vez el joven Stark le ofreció unas migajas de pan de su bandeja ya vacía con unas gotas de agua que puso en un cuenco, acercándolo al ave cuando terminó.
-Tú sí que eres singular –rió el castaño, mirándole curioso- ¿Qué es lo que cantas con tanta pasión frente a mí?
Tuvo gorgoteos por respuesta, entre picoteos a los trozos de pan y al agua.
-Una vez puede decirse casualidad, dos veces ya no es coincidencia sino intención. ¿Quién es la mano que te envía, pequeño cantor?
-¿Alteza? ¿Puedo pasar? –se escuchó la voz de Jarvis del otro lado de la puerta.
El gorrión salió de ahí al acto, perdiéndose en el firmamento antes de que Anthony pudiera despedirle o ver hacia dónde se dirigía. Con un suspiro desganado, se levantó para abrirle al Maestre, quien miró alrededor de la habitación, cruzando sus manos por delante.
-Me pareció que el príncipe charlaba con alguien.
-Sí, y acabas de ahuyentarlo.
-¿Alteza?
-¿Qué sucede, Jarvis?
-Deseaba charlar con Su Alteza, unos minutos si me permite –dijo el Maestre, cerrando la puerta con cuidado- Los príncipes apenas si han tenido descanso desde que la reina volvió.
Aquello había sido todo un acontecimiento, mientras Aldair pretendía verse con el Rey del Sur y Anthony descubría aquellos barcos atacados misteriosamente de la Orden de la Moneda, en la Fortaleza del Gran Lobo apareció caminando Malle Stark con su Claymore en mano y mirada fiera. Al acto, los guerreros que custodiaban el lugar se hincaron de rodillas al verla en su armadura, intacta como si no hubiera sufrido herida alguna, escoltándola hasta el Trono Negro donde tomó asiento, preguntando por Jarvis para que le diera noticias de sus dos hijos a quienes llamó de inmediato. Todas las cabezas de los Clanes del Norte partieron de inmediato hacia el hogar de los Stark para ver aquel prodigio, hincando una rodilla ante la reina, alabando el enorme poder del Gran Lobo Gris a través de los Señores del Bosque y los Hijos del Hielo que una vez más habían protegido a los regentes del Norte. Ahora comenzaban a llamarla la Vencedora de la Muerte por todo lo largo y ancho del Reino Norte.
-Es bueno estar en casa –opinó Anthony ofreciendo asiento a Jarvis- No sabes cómo extrañaba escuchar las órdenes de mi madre.
-Sin embargo, hay una nube que no deja brillar del todo al príncipe.
-¿Qué es lo que tratas de decirme, Jarvis?
-Alteza –éste le sonrió paternal- Algo ha sucedido, y no ha sido el ataque del concilio, la ausencia de la reina ni los arranques de Aldair.
-¿Sugieres que tales acontecimientos no me afectaron en lo más mínimo?
-Lo hicieron, por Gaia que así fue, pero le conozco desde pequeño, Alteza, y reconozco en su mirada algo que no había visto antes.
El joven Stark tomó aire, desviando su mirada a la ventana abierta.
-¿Puedes guardar un secreto, Jarvis?
-Siempre, mi señor.
-Tienes razón, ocurrió algo. Y no sé cómo tomarlo.
-¿Es sobre el Rey Steven, cierto?
Anthony abrió sus ojos, sorprendido y de pronto sintiendo sus mejillas arder al verse descubierto por alguien tan sabio como experimentado.
-Bueno…
-En cuanto regresó mi príncipe, me di cuenta que algo había cambiado en él. Cuando el Príncipe Heredero hizo aquella pequeña cena para celebrar a la reina, se mencionó de vez en cuando el nombre del gobernante del Sur. Su Alteza reaccionó de manera curiosa en cada ocasión.
-¿Tan obvio fui?
-No, pero una vez más, le he criado desde la ausencia del Rey Haruld, y le conozco, Alteza. Quizá más de lo que usted mismo se conoce.
-Me siento un traidor, Jarvis.
-¿Por qué, milord?
-Él… -el castaño negó, mirando a todos lados menos al Maestre- No debí verlo a escondidas.
-Por favor, continúe.
-Quería hablar conmigo sobre lo que pasó en la Isla de los Silencios. ¿Sabes qué hizo? Se cortó la maldita mano e hizo un juramento de sangre de no haber intentado envenenar a mi madre ni tampoco ordenado asesinar a mi padre y mi familia. ¡Un juramento de sangre! Yo sé que eso no se acostumbra en el Sur y me hace rabiar.
-Interesante, por favor, siga Alteza.
-Pues solo fue eso.
-Íbamos tan bien, mi príncipe –Jarvis arqueó una ceja, ladeando su rostro.
-Jarvis… bueno… -el joven Stark se talló su rostro, enfadado- De acuerdo, te lo diré. Cuando estábamos terminando de hablar… el estúpido me besó.
-¿Besar? ¿En dónde?
-¡Jarvis, por Gaia! ¿Crees que estaría así si me hubiera besado los pies?
-Es que Su Alteza no está siendo específico.
-Tú eres un morboso.
-Creo que mi señor está teniendo conflictos que nada tienen que ver con esta rivalidad.
-¿Qué quieres decir? –el príncipe frunció su ceño, empezando a jugar nervioso con un sello.
-A que ese gesto de parte del Rey Steven ha sacudido los sentimientos de Su Alteza.
-¡A mí no me ha sacudido nada!
-Gritar no es necesario, milord. Aún tengo oídos buenos.
-Mentí a mi hermano sobre esa reunión, Jarvis, me quema en el alma cada que veo a los ojos a mi madre. No sé qué hacer.
-Exactamente, ¿qué le dijo sobre eso el Rey Steven, Alteza?
Anthony lo pensó unos segundos, juntando sus cejas al volverse hacia el Maestre.
-Dijo que me quiere a su lado.
-Mmm…
-¿Sólo vas a decir eso? ¿"Mmm"?
-Hay misterios en todo esto, príncipe, y los del corazón con los más difíciles de desentrañar. Lo que sí es seguro es que el Rey del Sur conoce como la palma de su mano las tradiciones, costumbres y sentimientos del Norte como si hubiese nacido aquí.
-No te atrevas a decir eso, Jarvis.
-Pero lo extraño es que lejos de mofarse de ello, parece exaltarlo, milord. Si el Rey Steven hubiera hecho un juramento de sangre sobre algo más banal sin duda le diría ahora que su gesto habría sido una blasfemia, pero lo hizo sobre algo que es también sagrado para el Sur, y es la memoria de un fallecido, el respeto de un título.
-Gaia nos resguarde de tu fe en ése…
-No es fe, Alteza, es tolerancia, algo que vamos a necesitar en el futuro si pretendemos salvar al Norte. Cerrarnos a la comprensión será nuestra sentencia de muerte, porque se acerca a la soberbia.
Cuernos sonaron, anunciando la llegada de una nueva comitiva. Jarvis se puso de pie, sonriendo cariñoso al joven Stark, pasando un brazo por sus hombros.
-Ahora, milord, es tiempo de recibir a sus amigos. Si necesita un consejo sobre aquella reunión, puedo decir que lo deje al tiempo, es el mejor revelador de toda verdad. Hoy comienzan los ritos para la boda del Príncipe Aldair, que su hermano menor esté siempre a su lado en tan dichoso momento.
-Está bien, Jarvis –el castaño sonrió, abrazándole con fuerza- Gracias por escucharme.
-Siempre, Alteza.
Todo un grueso de jinetes desmontaban en el patio de armas de la fortaleza, intercambiando saludos fervorosos como abrazos y palmadas en la espalda con los otros guerreros. Anthony llegó cuando los frisones ya eran llevados a los establos, sonriendo ampliamente al ver entre tantos Lobos de Hierro a sus amigos, bajando rápidamente las escaleras casi a brincos, llamándoles.
-¡BRUXIE! ¡ATASHA! ¡RHODEY! ¡VIRGEE!
Ellos cuatro rieron ante los gritos tan escandalosos de su príncipe, recibiéndole de brazos abiertos. Lord Brjánn Bann solamente rodó sus ojos, dejándoles a solas para que hablaran, llamando al resto de los lores hacia el salón donde les esperaba la reina, dejando solamente a un jovenzuelo que miraba entre asombrado y temeroso aquel sitio, acercándose tímidamente hacia el grupo de guerreros donde se encontraba el joven Stark, mismo que abrió sus ojos al verle, llamándole a sus brazos que le apretujaron unos segundos antes de ser despeinado de sus cabellos, siendo inspeccionado por el príncipe por sus nuevas ropas, cortesía del Clan Bann, específicamente de Brux quien lo había cuidado desde que se separaron en el Este.
-Petya, te sientan las maneras del Norte.
-Gracias, mi señor –murmuró éste, con un rubor en sus mejillas- Todos han sido amables conmigo.
-Salvaste nuestras vidas, claro que tienes nuestro agradecimiento –sonrió Lord Rhodrark.
-Gaia realmente nos bendice este día –Anthony miró a todos- Tengo a mis amigos una vez más a mi lado, con una adquisición más –todos rieron ante la referencia a Petya- Y comenzamos la boda de mi hermano.
-Veo que Su Alteza aún no se ha cambiado las ropas –comentó Lady Pott.
-¿Me ayudarás de nuevo, milady?
-Si no lo hago, Gaia sabe que eres capaz de presentarte en mantos de dormir –bromeó la joven- Pero ahora tenemos manos extras, ¿no es cierto, Petya?
-No dejó de hablarnos en todo el camino sobre cómo te serviría una vez que llegara a la Fortaleza del Gran Lobo –Atasha le guiñó un ojo.
-Tampoco fue tanto… -murmuró más rojo el chico.
-Anda, Anthony, ve a prepararte, te veremos en el salón –animó Brux- Hoy podemos divertirnos.
Las charlas sobre la guerra quedaron atrás ante la alegre festividad que unía al Clan Cathcart con los Stark en la boda del Príncipe Heredero que Malle Stark ordenó llevar a cabo, pues había cosas más importantes en la vida que pelear con las Claymore. La reina deseaba ver a su hijo unido a la joven Dwen, asegurarse de alguna manera que el legado de la familia continuaría, después de despertar del umbral de la muerte tenía una perspectiva al respecto. También tenía un asunto pendiente con el menor de sus hijos porque a sus ojos de madre le era claro que algo había sucedido con Anthony, más el momento llegaría, a él también deseaba verle alegre por esos días en que durarían los ritos sagrados. La guerra iba a estallar, Malle lo tenía muy claro en su corazón, pero iba a depender de ella lo que fuese a perder en el campo de batalla. Una mano oculta estaba tirando de los hilos correctos para encender los ánimos de ambos reinos y antes de que ambos descubrieran que estaban siendo utilizados, iban a perder la vida por las Claymore o los escudos.
Pero antes de eso, vivir.
Más banderines decoraron paredes interiores y exteriores de la Fortaleza del Gran Lobo, encendiendo antorchas para la noche que caía, marcando camino que salía de una salida secundaria hacia el Bosque Sagrado, marchando hacia el jardín donde crecía uno de los primeros árboles que los Señores del Bosque hicieran crecer en aquellas tierras, honrando el pacto de sangre con los Stark. Aldair y Dwen avanzaron al frente de la fila tomados de la mano, cada uno sujetando un ramillete de flores típicas de la región y listones de los colores de sus familias entrelazados uno con el otro. Detrás iba una orgullosa Malle Stark cuya mano era sostenida por Anthony, ambos llevando además otros listones más gruesos con los emblemas de todos los Clanes, que enlazarían alrededor del tronco de aquel Árbol Padre. La muestra de lealtad del Norte a los Hijos del Gran Lobo Gris, a Gaia misma a quien pedían la bendición para la nueva unión a celebrarse en los próximos días.
Petya agradó a los guerreros en la fortaleza por su solícita participación en los eventos, yendo y viniendo de aquí para acá, sobre todo cuando Anthony le llamaba, sonrojándose cuando fue presentado formalmente a Malle entre los descansos de los ritos, de la misma forma que con Aldair quien casi lo tiró con sus consabidas palmadas en la espalda que no medía. Los rostros al fin se llenaron de sonrisas y expresiones relajadas para cuando llegó la noche principal, con los novios vestidos en sus ropas blancas bordadas con hilos platinados y gruesas capas por el frío que soplaba en la entrada al Bosque Sagrado. La Reina Stark unió sus manos con un listón con el emblema del Gran Lobo Gris que enredó en ambas muñecas, recitando las bendiciones antiguas para la nueva pareja que dijo sus votos frente a las cabezas de los Clanes del Norte, frente al Bosque Sagrado bajo la luz de la Hermana Mayor y la Hermana Menor.
Terminando con un beso, la algarabía no se hizo esperar, comenzando un baile justo ahí, para honrar a los Maestros de Gaia, repartiendo coronas de flores blancas a todos los presentes. Con el sonido de las flautas, tambores, panderos y laúdes se formaron los círculos de danzantes, rodeando a la feliz pareja. Anthony bailó con Lady Pott, luego con Lady Romanova a quien bromeó sobre la siguiente boda con su amigo Brux Bann. Sus ojos se posaron en el interior del Bosque Sagrado, observando a su hermano sonreír como nunca para su ahora esposa, Dwen Stark. La reina Malle estaba charlando con Lord Bann, ambos con copas en sus manos. Aprovechó ese momento en que todos estaban distraídos celebrando para escabullirse al interior del bosque, quería y necesitaba hablar con Loki. De manera inconsciente, sus pasos fueron más apresurados conforme se perdía entre las penumbras de los árboles cuyas ramas se entrelazaban entre sí, buscando con mirada ansiosa aquella figura que al fin descubrió, mirando hacia su dirección.
-Milord… -se arrodilló al acto, bajando por completo su cabeza- Gaia vive en ti.
-Y por nada Gaia está contigo –respondió con frialdad el hechicero.
El joven Stark pasó saliva, cerrando sus ojos. –Gracias por bendecir el matrimonio de mi hermano.
-No soy un ser que rompa sus juramentos.
-Loki… yo…
-¿Por quién me tomas, Anthony? ¿Por un ingenuo?
Se quedaron en silencio, el príncipe sintiendo un aguijonazo de dolor que rozó sus ojos y el ojiverde mirándole muy serio. El primero levantó su vista húmeda, arañando el musgo que sus dedos atraparon en el suelo.
-Pido el perdón de Gaia, y el tuyo. Jamás fue mi intención ofender al Gran Lobo Gris, ni este bosque… ni a mi familia… a nadie… a nadie…
Loki entrecerró sus ojos unos segundos, mirando a las dos lunas, negando con su cabeza antes de caminar hacia el joven Stark y levantarle para borrar las lágrimas traicioneras que escaparon de sus frías mejillas. En ese preciso momento, el príncipe le abrazó con fuerza, ocultando su rostro en su pecho, percibiendo claramente su angustia, su temor, recordándole lo muy joven que era a sus ojos, como un niño. Las manos del hechicero fueron levantándose lentamente hasta abrazarle, acunando su cabeza contra él, palmeando apenas su espalda con la otra mano. Sonriendo apenas, comenzó a canturrearle al oído una melodía, una canción de cuna que Anthony pudo reconocer porque era algo grabado en su alma. Así le había cantado el ojiverde la primera vez que se conocieron, él con rostro empapado en llanto al haberse perdido en el bosque, con una herida en su costado, arrastrando su Extremis que le pesó como mil bloques, hambriento, agotado y con mucho sueño.
Había caído en el hueco entre raíces, echándose a llorar amargamente hasta que Loki le calmó, curando sus heridas y dándole unos frutos que comer, notando su temor al verle por primera vez. El Príncipe Stark aún no perdía a su padre, era muy pequeño pero había probado ya lo que era pelear en una batalla real, e igual como en esos momentos, sentía que le había fallado a todo el mundo al tener miedo, al haberse perdido por su caballo que no supo controlar. Para calmar esos temblores, esos falsos temores, el hechicero le acunó en su regazo, meciéndole apenas mientras le canturreaba esa melodía de aire nostálgico y a la vez cariñoso. Anthony se quedó dormido entre sus brazos y el ojiverde supo que ya nadie iba a poder arrebatarle ese Stark de ellos. Hoy, el príncipe era ya un guerrero consumado, un Lobo de Hierro con el corazón más noble que Gaia hubiera visto, que no podía guardar rencores por mucho tiempo, esa cualidad única de saber perdonar a pesar de todos los daños.
-Es de mala educación desaparecer en la boda de tu hermano mayor –Loki le separó, tomando su rostro entre sus manos, acomodando su corona de flores y sus cabellos sueltos- Vuelve antes de que la reina se enfade por tus caprichos. Anda, luego hablaremos.
Anthony le sonrió, a punto de irse pero se volvió aprisa, besando rápidamente una mejilla del ojiverde con una risa traviesa, girándose sonriente de vuelta hacia donde la música. El Hijo del Hielo le dedicó una mirada hasta perderlo de vista, cubriéndose con su capa.
-Que nadie provoque lágrimas en tu rostro, mi lobezno, o Gaia no volverá a ver la luz del sol.
