La música en el alma
Capítulo 12: Fascinación
Lunes, 23 de mayo de 1870
Apoyé la cabeza de nuevo contra las almohadas, intentando descansar un poco más. Aún siendo lunes y habiéndome acostado verdaderamente tarde, mi cuerpo decidió madrugar, consiguiendo que un terrible dolor se asentase en mi cabeza.
A pesar de que la noche pasada acabé por ignorar el enfrentamiento que tuve con la soprano, en mi interior no paraban de revolvérseme las entrañas por lo dicho; yo no era alguien que soliese discutir, y aquellas circunstancias me desinflaban, quitándome incluso el apetito. Mi mayor preocupación sobre todo era el haber enfadado a los gerentes; Madame Giry me aseguró que aquellos hombres no harían nada respecto a la lucha que habíamos tenido, mas, me valía tener cuidado, no queriendo perder las pocas cartas que me quedaban en la mano.
Me removí inquieta en la cama, pensando en las posibles contestaciones que podría haber dicho, rememorando cada segundo de la conversación lo mejor que pude, revolcándome aún más en un pozo de miseria. Acabé por levantarme de un salto, apartando las sabanas de mi cuerpo; tenía que distraerme, pero estar encerrada bajo el lugar donde había surgido el problema no era de ayuda.
Me preparé un baño, intentando despejar con el olor de los jabones el malestar que sentía por dentro, hundiendo la cabeza bajo el agua, olvidando todo lo que me rodeaba por breves segundos.
"Tendrías que haberte callado" me reprendí. "La próxima vez deja que todo fluya y no te entrometas."
¿Pero cómo podría no haber defendido a Durant de aquella víbora? ¿A caso nadie me habría ayudado si no fuese yo la que tuviese la culpa? ¿Tan desinteresados eran, o a caso la diva tenía tanto poder que lo mejor era alejarse y hacer oídos sordos?
Rogaba porque no se tratase de ese hecho injusto.
Me enjugué las lágrimas que caían por mi rostro a causa de la frustración creciente dentro de mi pecho, además de las gotas de agua que se mezclaban con ellas; revivir todo lo ocurrido hacía que se me acelerase el pulso y nublase la vista.
Intenté mantenerme distraída, decidida a evitar subir por la mañana a las plantas superiores. No vería a La Carlotta, siendo hoy nuestro día libre, pero tampoco tenía ganas de dedicar sonrisas fingidas a mis compañeros dado mi penoso estado de humor.
Leí los cuadernos que tenía con las óperas, dejando que mi mente volase a otras producciones mejores, olvidándome de la que estábamos realizando; incluso eché un ojo por encima al libro que tenía de leyendas suecas, intentando introducirme en los cuentos fantásticos.
Pasaron las horas a una velocidad ciertamente rápida, encontrándome pronto con que eran las siete de la tarde y sin nada más que hacer que no fuese estudiar con odio las manecillas del reloj, a pesar de lo raudo que hizo pasar el tiempo.
Hoy era un día desperdiciado.
Había terminado las dichosas carpetas, dejándome sin nada nuevo que leer.
Repentinamente, entre pensamientos y suspiros quejosos, llamaron a la puerta, haciendo que me pusiese en pie y me acercase a ella en silencio, no sabiendo muy bien si abrir o dejarlo pasar.
—Christine —llamó Meg desde el exterior, haciéndome recordar el primer día que vino a por mí.
¿A quién más debía de esperar allí?
Abrí la pesada madera, saludándola brevemente mientras entraba.
Ésta arqueó una ceja al mirarme.
—Llevas aquí todo el día, ¿estás bien? —me preguntó.
—Sí, he estado recuperando las horas de sueño perdidas —me excusé, colocando bien las sábanas de la cama tras haber estado tumbada en ellas la mitad de la tarde.
—Mmm… —murmuró, sentándose en la silla frente a la mesa; la cual había acabado por recoger en mi aburrimiento—. Ayer parecías bastante molesta, ¿de verdad que estás bien?
¿Podría decirle todos los pensamientos que hacían que se me contrajesen las tripas por culpa de una estúpida mujer a la que estaba comenzando a odiar con toda mi cuerpo?
Decidí que no.
—He estado cansada. Como bien dijiste una vez, aquí todos perdemos la cabeza y yo estoy intentando mantener la mía en su sitio —me reí con cierta sequedad, sentándome frente a la chimenea encendida.
Ella siguió mis movimientos, colocándose a mi lado, dejando que el hermoso vestido que llevaba le rodease.
—Oye, lo que ha pasado con Giudicelli no es nada, debes creerme.
Ignoró mis intentos por no tener esta conversación.
—Meg…
—No van a echarte —me cortó—. Eres buena y monsieur Onetto está encantado contigo —Tomó mi mano—. El otro día dijiste que confiabas en mí, pues hazlo ahora también —terminó mientras apretaba su agarre.
Miré su extremidad y la mía, brillando bajo las llamas del fuego, dirigiendo la mirada al manto negro que cubría el espejo a nuestra derecha, intentando pensar algo coherente que contestarla sin parecer amargada.
Terminé suspirando, colocando mi otra mano sobre las nuestras ya unidas.
—Lo hago Meg. Pero este tipo de cosas me dan que pensar —admití, mirándola directamente a los ojos—. En el conservatorio había una chica muy parecida a Carlotta, era igual de terrible y muchos maestros la tenían en un pedestal. —Meneé la cabeza con resignación—. Era tan buena como ella, con una voz terriblemente hermosa de soprano, pero eso no le daba poder para burlarse de la gente o hacer sufrir a los que son inferiores —la dije mordiéndome el interior de las mejillas, notando como mi enojo volvía a resurgir.
—¿Alguna vez te disputó? —me preguntó, inclinando ligeramente el rostro hacia la izquierda.
Negué con la cabeza.
—No, siempre procuré no acercarme a ella. Sin embargo, había una amiga mía, ¡santo cielo! ¡Me hace enfermar solo de pensarlo! Cada vez que se cruzaba con ella recibía algún comentario. Por supuesto que acabó por ignorarla, pero en muchas ocasiones era tan molesta que incluso el resto de compañeros nos entrometíamos para que parase. ¿Quién demonios aguanta a una persona así?
Recordaba cómo aquella chica se había reído en varias ocasiones de Carine, alegando que tenía los dedos demasiado pequeños y regordetes para tocar bien el arpa. Aquel día estuve a punto de lanzarme a su cuello y tronchárselo entre las manos.
—Aquí es sin duda por el dinero, y allí por unos padres con lo mismo —me había dicho la rubia, sonriendo con pesar—. Nunca te he preguntado pero —dudó unos instantes—, ¿por qué estás aquí? Es decir, ¿por qué abandonaste el conservatorio? —acabó por murmurar con genuina curiosidad—. Y créeme, estoy contenta de que decidieses venir.
Dudé; la única que sabía acerca de dichos problemas era la señora y parecía ser una verdadera tumba con todo, no diciéndole detalles ni a su propia hija.
No obstante, estaba segura de que podría ser sincera con esta; hasta el momento me había parecido una persona razonable y discreta, no comenzaría a dudar ahora sobre su honradez. Todavía me sorprendía lo pronto que habíamos unido lazos y creado una amistad tan fuerte en menos de un mes.
—Dinero, como hemos dicho antes —la contesté, dando la vuelta a su mano entre las mías, pasando la punta de mi dedo por las líneas de su palma, dirigiendo mis ojos desde allí hasta los suyos en varias ocasiones—. Fue demasiado caro, subieron las tasas y me quedé sin un franco —hablé dejando caer los hombros, soltando el poco aire que tenía en el pecho—. No tienes ni idea de la suerte que he tenido que de tu madre me diese este trabajo. No quiero ni pensar en lo que hubiese sido de mí de no haberme escrito.
Al levantar mi rostro hacia el suyo vi en sus ojos lástima.
—No me mires así —continué—. Estoy bien ahora.
—Y tienes a personas que se preocupan por ti —agregó—. ¿No hay… ningún familiar con el que mantengas relación, alguien que te hubiese ayudado?
Negué con la cabeza.
—No. Todo lo que tenía era mi madre y mi padre. Si hay algún tío o primo lejano con el que comparta sangre no tengo idea de dónde puede encontrarse.
—¿Tal vez en Suecia?
—¡Era lo que estaba pensado cuando no tenía dinero! Volver allí, ya sabes. ¿A caso lees mi mente? —me burlé con ironía, consiguiendo que Meg se apartase de mi agarre y me empujase ligeramente, haciéndome caer sobre la espalda, sintiendo la tupida alfombra al recibirme en el suelo—. Si alguna vez vuelvo a la casa de mis padres, en mi tierra natal, será en mucho tiempo. Allí no se me ha perdido nada por el momento —proseguí, pensando brevemente en lo que podría esperarme si regresaba.
—Algún día podríamos ir —me dijo mientras se tumbaba a mi lado, colocándose de lado para mirarme—. Nunca he estado fuera de Francia.
—Ningún pueblo ni ciudad es igual, ni si quiera en los mismos países —la hablé desde la experiencia de mis viajes.
La pregunté entonces acerca de su familia, al menos la que le quedaba, estando situada en el pueblo donde nació su madre. Aparentemente eran todos comerciantes y el negocio les iba de mil lujos. Según me había informado, solían ir a visitarlos al menos tres veces al año, obligatoriamente en Navidad, y mantenían correspondencia tan a menudo como su tiempo se lo permitía.
Estuvimos recostadas hablando hasta que el hambre no me dejaba pensar con claridad, haciendo que mis tripas rugiesen de forma estrepitosa, y me obligué a prepararme para volver a aparecer en el mundo de los vivos, recriminándome por haber sido tan necia al no comer nada y ahora tener mucha más necesidad.
Dejé que Meg me peinase al alegar que quería probar varios recogidos que se hacía sobre ella en mí misma.
—¡Tienes demasiado pelo! —me acusó tras intentar meter por tercera vez un mechón en su respectivo sitio—. Y tan rizado. ¿Has pensado en cortártelo?
—Si me lo corto podría parecer un repollo, Meg.
Había visto los peinados que llevaban las mujeres con el pelo corto y rizado, no siendo para nada de mi gusto personal, quedando muy pomposos y estrafalarios, además de ser difíciles de sujetar.
—Bueno, igualmente lo tienes muy bonito —me alabó, haciéndome sentir incómoda.
A mi padre siempre le había gustado cepillarme el pelo, alegando que era algo precioso a lo que cuidar con delicadeza, y yo siempre lo disfrutaba.
Tras acabar, entre los gruñidos de la rubia por no haber conseguido lo que quería y las risas que brotaban de mis labios, subimos al comedor, acercándonos al grupo de bailarinas que ya estaban cenando.
Charlamos de forma alegre mientras comíamos, al igual que cuando salimos a dar un pequeño paseo por el edificio; nadie parecía querer mencionar el incidente que tuve ayer, aliviando aún más mi anterior malestar, convirtiéndolo casi en un borrón negro para siempre.
—Pero eso no es justo —se quejó con un puchero una de las gemelas pelirrojas.
—La vida no es justa —se carcajeó la otra.
No tenía idea de lo que estaban hablando.
Caminábamos por la zona trasera del escenario, viendo a algunos tramoyistas colgados de los largos palos, entablando conversaciones con sus compañeros. Pudimos diferenciar a Víctor entre ellos, quien nos saludo con un gesto de su mano. Estaba sentado con varios chicos jóvenes más, casi todos agraciados.
Algunas de las mujeres a mi alrededor se ruborizaron, consiguiendo que las demás nos burlásemos de ellas por tal reacción a los varones apuestos.
Correteamos por los decorados, esquivando las cuerdas, dando pequeños brincos de aquí para allá sin ninguna preocupación.
Mientras mencionábamos lo terrible que sería empezar mañana de nuevo con la rutina que se nos exigía, vimos venir caminando a un paso veloz a Madeleine, con el rostro fruncido y la respiración agitada, atravesando varios huecos sin luz, dando la impresión de que estaba siendo seguida por las sombras.
Elinore la cogió por los hombros en cuanto paró frente a nosotras.
—¿Qué es? —la interrogó rápida.
—Buquet ha estado siguiéndome. Él…
No pudo hablar más, apareciendo el hombre tras ella, saliendo por el mismo camino por el que había venido.
Volvía a llevar en su mano una botella, y la mirada vidriosa solo nos aseguraba que estaba borracho.
—Hoy hay muchas mujeres guapas sueltas —habló con la voz rasposa, sin un ápice de cortesía.
Entrecerré los ojos, estudiándole de arriba abajo, tragando saliva de manera audible. Al menos en esta ocasión no estaba sola y éramos las suficientes como para poder atacarle si era necesario; sin embargo, mis compañeras no estaban muy al tanto de lo que hacer, observándole únicamente con una creciente sorpresa.
Dio un trago a su botella, acercándose todavía más.
—Maravilloso —escuché Meg en un susurro, con el rostro arrugado por lo que veía.
—Dentro de poco serán las diez y media, ¿lo sabíais? —nos preguntó, pasándose la mano por el mentón.
Nadie abrió la boca para contestarle.
—Estoy seguro que unas palomas como vosotras no quieren enfadar al fantasma —se rio, salpicando babas entre carcajadas.
—Vámonos —había dicho Madeleine en un tono bajo, quien estaba sujetando ahora la mano de Emilie. Elinore se había colocado frente a ella, tapando su cuerpo menudo con el suyo más grande.
El tramoyista se movió de forma pesada, dando otro paso hacia nosotras al que retrocedimos, dejando siempre el mismo espacio entre nuestros cuerpos y el suyo, no deseando su cercanía.
—Yo podría salvaros de él porque es un espectro terrible, ¿sabéis? Pero nada contra lo que no pueda luchar —prosiguió, trabándose en algunas palabras, consiguiendo menos sentido la frase última que acababa de decir—. Tan, tan alto y delgado. Es como un esqueleto. —Volvió a beber—. Y estoy seguro que no llegáis a imaginar lo que oculta tras esa máscara que lleva. —Nos mostró los dientes con cinismo.
Dirigí la mirada a Meg, quien estaba apretando fuerte los puños y fruncía los labios. Daba la sensación de que en cualquier momento se lanzaría contra el asqueroso hombre que nos cortaba el paso.
—La faz del demonio, eso es lo que esconde debajo. La cara de un cadáver. ¡Podría decirse que no tiene rostro incluso! —volvió a reírse Buquet, lanzando con un terrible estruendo la botella, salpicando con lo poco que había en su interior el suelo, esparciendo además los cristales rotos alrededor de nuestros pies—. Nunca podríais comprender algo así sin verlo, os lo aseguro.
Sus ojos se posaban en cada una de nosotras.
—No digas tonterías —alegó Amélie, moviendo con desacuerdo su cabeza, haciendo que algunos mechones pelirrojos se le colasen en la frente.
—Los fantasmas no existen —exclamé yo con voz alta.
Me miró de arriba abajo, frunciendo los labios con seriedad.
—No creo que digas eso dentro de un tiempo, cría.
Sus ojos parecieron adquirir un matiz de advertencia.
—¿Qué demonios estáis haciendo aquí? —sonó una voz fuerte a nuestras espaldas.
Al darnos la vuelta descubrimos al señor Signoret, acompañado de una mujer bien vestida y joven a su lado, quien tenía una expresión de duda en su rostro delicado.
Se pudo escuchar como todas soltamos el aliento.
—Les decía a las chicas que ya no son horas de estar por aquí, jefe —se justificó el tramoyista—. Será mejor que me retire, mañana es un largo día.
Y como había venido, desapareció, sin ninguna burla más.
En esta ocasión nos enfrentamos al jefe, quien nos miraba con la frente fruncida.
—Debo hablar con los gerentes sobre ese hombre apestoso. Solo da quebraderos de cabeza —pareció murmurar para sí—. ¿Os dijo algo impertinente? —demandó, agarrando el brazo de la dama a su lado.
Madeleine le relató con velocidad lo que había ocurrido, verdaderamente angustiada de lo que acababa de pasar. Sin duda esta noche la pasaría mirando a cada rincón de su habitación, dándome la impresión de que gracias a lo asustadiza que era no descansaría.
Signoret asintió en varias ocasiones, pasándose los dedos por la barba enredada.
—Ese era el hombre del que te hablaba, mi niña —le dijo a la mujer, dándole suaves palmadas en su agarre con la otra mano. Esta tenía el rostro crispado por la incertidumbre, dirigiendo los ojos de unas a otras—. Marchaos ya a las habitaciones, es tarde y no se puede merodear por la ópera, ya lo sabéis —nos ordenó—. Los gerentes serán informados y hablaré también con Madame Giry, ella sabrá dedicarle las palabras perfectas a Joseph.
—Buenas noches a los dos —dijimos al unísono todas, corriendo enseguida en dirección a los dormitorios con pasos rápidos y sonoros, sin abrir la boca hasta que nos alejamos lo suficiente del personal.
Meg fue la primera en hacer un comentario:
—Ojala y le despidan.
—No sé cómo puede estar aguantando tanto, la verdad —asintió otra bailarina.
—Es repugnante.
—Y repulsivo.
—¿Te hizo daño Madeleine? —tuve que preocuparme por la chica que había venido casi corriendo a nuestro encuentro, quien todavía parecía durarle el susto a pesar de estar todas reunidas. Apenas había dado detalles acerca de lo que había ocurrido con el tramoyista antes de encontrarnos.
—No, no se acercó a mí, pero sus habladurías son horribles.
Se estremeció.
Y la entendía perfectamente, apiadándome de ella tras el susto que tuvo que sentir, muy parecido al mío ya sufrido.
Rezaría porque pronto aquel individuo desapareciese pero, según me relataban en el camino de vuelta, eran actos habituales del semejante; ir asustando a las jóvenes con sus cuentos parecía ser su máxima diversión, habiéndolas cogido ya en varias ocasiones para inquietarlas.
El ambiente había decaído mientras nos despedimos de las chicas, antes de llegar al pasillo donde debíamos separarnos, alegando que Meg me acompañaría brevemente allá donde yo residiese.
Parecía que todas miraban por encima de sus hombros mientras caminaban hacia sus dormitorios, esperando a que aquel hombre o, tal vez el aberrante fantasma del que había hablado, apareciese de entre las paredes para volver a dejarnos una enfermiza sensación en el cuerpo.
La rubia y yo paramos en las grandes escaleras antes de acercarnos más a los bustos. Estábamos rodeadas por oscuridad, llegando únicamente una ligera luz desde la planta superior a través de los pasillos que bajaban, solo pudiendo vislumbrar con claridad su cabello revuelto.
—Como puedes ver, el Fantasma da mucho que contar —habló mientras movía las manos sobre su vestido.
—Eso parece —acepté.
Asintió varias veces.
—¿Te molesta? —la cuestioné, dándome la sensación de que estaba enojada.
Me era extraño que en los primeros días que llegué hubiese bromeado acerca del espectro, mientras que en la actualidad pareciera irritarse con solo su mención.
—A veces es divertido, en otras ocasiones simplemente inoportuno.
—Suelen usarlo como una amenaza —la confesé—. Aunque supongo que ya lo sabrás.
—Por supuesto que sí —me contestó indignada.
Meneó la cabeza.
—No te molestes por tonterías —la dije—. No merece la pena. —La sonreí, intentando hacer que la rigidez de sus hombros desapareciese, al igual que el enfado en sus ojos azules—. Dos no discuten si uno no quiere.
Aquel dicho me había servido para muchas ocasiones de mi vida y esperaba que le fuese útil a ella también.
—Está bien, está bien —murmuró, colocando sus manos delante de mí, mostrándome las palmas—. Tranquilidad —me dijo mientras golpeaba con las mías, y en un imperceptible movimiento, las suyas, haciendo que resonasen en la estancia—. ¡Ay! Eso ha dolido —se quejó mientras se las frotaba contra la tela de su camisa para hacer desaparecer la picazón, consiguiendo que me carcajease—. Será mejor que llegue a casa o mamá pensará que he decidido fugarme —declaró—. Que duermas bien.
—Lo mismo te digo.
Y tras eso, cada una se dirigió a sus respectivas habitaciones; una con las intenciones de descansar, mientras que la otra comenzaba a soñar sobre seres etéreos y rostros espeluznantes.
~)}O{(~
Canturreé una alegre melodía mientras me movía, intentando que sonase lo más baja posible para no despertar a nadie. Miraba la estancia por la que me caminaba con aire distraído, apretujando los bordes de la oscura capa en una de mis manos mientras en la otra mantenía el ya conocido quinqué para iluminar el camino.
Aquellas temibles palabras que había usado el tramoyista para asustarnos me habían calado mucho más profundo que a mis compañeras. ¿Había hablado todo eso porque estaba borracho o realmente existía tal personaje endemoniado? Ya fuese real o un simple embuste, sin duda, ese ser tenía acobardados a todos los trabajadores del Palais Garnier.
Hacía mucho tiempo que había descartado el hecho de que Buquet y Favre estuviesen asociados en cualquier maldad; Joseph era un borracho incompetente e inepto el cual solo se preocupaba de que su botella estuviese llena y de hacer de forma decente lo que le decían a la hora de mover los cordones de los decorados. Favre, sin embargo, era totalmente diferente a él; realizaba su trabajo de manera disciplinada junto al resto de porteros y siempre tenía el ánimo suficiente como para ayudar a las personas que lo necesitasen con una expresión cálida en los ojos.
No volvió a mencionarme nada acerca del incidente nocturno que sufrimos, continuando nuestra lejana relación donde la habíamos dejado.
Un día llegó incluso a presentarme a su esposa e hijos, teniendo cinco en total; la más mayor con dieciséis años y el más joven dos, siendo este un pequeño querubín de rizos dorados y mejillas sonrojadas quien no paraba de reír por cualquier distracción que se le ofrecía.
El resto de bailarinas habían tratado de comerse al niño entre besos y abrazos, consiguiendo que su esposa, una mujer de cabellos rubios como los del bebé y buena amiga de Madame Giry, argumentase que no dudaría en traerle en alguna ocasión para que se ocupasen de él, a lo que todas habían accedido de buena gana.
Me parecía imposible e irracional pensar que una persona tan buena y amable intentase llevar a la ruina a la ópera; y el otro hombre no era ciertamente astuto como para tal intrincado acto.
Así que, ¿qué era lo que prendía de esta noche?
Ni yo misma lo sabía.
No tenía ningún lugar al que quisiese ir, por lo que pronto me encontré vagando por los pasillos que me llevaban a la zona que solía recorrer cuando salía a tales horas; los pasillos y habitaciones tras el escenario.
No había pensado en cambiar de nuevo las carpetas que tomé prestadas, prefiriendo hacerlo en otro momento. Decidí que al no ser necesarias podría mantenerlas un tiempo más, habiéndome gustado varias arias, las cuales quería probar a cantar yo misma.
Vigilaba el interior de cada sala que veía, buscando cosas que me llamasen la atención o estuviesen fuera de lugar.
En un pequeño cuartucho había colocados, sobre varias mesas, al menos cuarenta tipos de instrumentos de viento; desde un gran trombón hasta una flauta travesera, reluciendo a causa de la llama que llevaba en mi mano, apartando las sombras que intentaban ocultarlos.
Siempre me habían parecido instrumentos difíciles a cusa de las extraña forma por la que hacer pasar el aire entre ellos; pero los más graves serían siempre mis favoritos. No obstante, jamás aprendí a tocar uno y pronto descarté la idea de si quiera intentarlo, no ayudando el hecho de que solían aburrirme, prefiriendo instrumentos con algo más de "movilidad".
Caminé a otra habitación, estando llena de pelucas, barbas, bigotes… Todos bien colocados en sus estantes, sobre cabezas falsas.
Distinguí las que usaba Carlotta; se encontraban en un aparador muy distinguido de un color caoba. Los cabellos falsos que usaba para interpretar a Juno en la ópera eran muy grandes y bien decorados, con cientos de horquillas diminutas que tenían piedras brillantes en las puntas, dando el aspecto de que llevase estrellas en el pelo negro.
Una maliciosa idea me rondó la mente; uno de los muchachos del conservatorio me había enseñado a hacer un ungüento que, cuando lo rozabas con la piel, te hacía desesperadamente rascarte hasta que lavases la zona. Se lo habíamos hecho a uno de los frívolos niños que nos molestaban, untándoselo en algunas costuras de los pantalones.
Todavía me parecía divertido a pesar de la crueldad, y mi mente se preguntó si sería incluso mejor al hacérselo a la diva.
Continué distraída por los pasillos, planteándome tal hazaña descabellada cuando escuché, antes de llegar a la esquina final donde el corredor giraba a la derecha para rondar las salas de los ensayos, un maullido procedente de aquel animal al que había cogido verdadera tirria, quien estaba mirando con pesar hacia arriba, apartándose de mis ojos fisgones aquel a quien parecía hacer los sonidos, estando oculto en el otro corredor, tras la pared.
Me paré en seco; no había ninguna luz proveniente de su posición y el gato proseguía con sus lamentables arrullos, no habiéndose dado cuenta si quiera de mi inesperada presencia en la estancia.
De repente sonó un golpe, y algo le fue lanzado a la alimaña tras el eco parecido al de un gruñido de lo más extraño, haciéndonos saltar tanto a mí como a él, consiguiendo que pasase corriendo a mi lado a la velocidad del diablo, acompañándola como único sonido restante el resonar de sus patas ligeras contras las baldosas.
Pude percibir el murmullo de un suspiro y el roce de las hojas de un libro.
Fruncí el ceño ante la oscuridad que me envolvía, dudando sobre mi propia cordura.
¿Quién estaba allí entre las tinieblas?
Debería haberme dado la vuelta y desaparecido, hubiese sido lo mejor. Aquello que estaba al girar no parecía escucharme mientras me movía en su dirección, sintiendo como pasaba los papeles a una velocidad cada vez más rápida, aparentemente abstraído de mi existencia mientras me acercaba. Mas, cuando la luz del quinqué golpeó la pared frente a mí tras dar varios pasos más, escuché el sonido cesar, convirtiéndose el resonar de la suela de unos zapatos en lo que parecía ser una súbita carrera.
Parpadeé varias veces, intentando aclarar mis ideas, percibiendo las respiraciones pesadas que salían de mi boca. Notaba las manos sudorosas y el vello de la nuca erizado por el nerviosismo.
"¿Qué está pasando?" era lo único que mi mente parecía decirme.
Agarrando las faldas del vestido para no tropezarme seguí el sonido de aquellos pies, alejándose a una velocidad vertiginosa, cubriéndome una sensación de valentía desde los talones a la cabeza.
Al tórname hacia la dirección por donde había ido, observé una sombra negra y grande colarse en una de las habitaciones, resonando con un terrible golpe la puerta que acababa de abrir. Lastimosamente no conseguí diferenciar de quién se trataba, encontrándose tan lejos del resplandor del quinqué.
Di la última carrera con todas mis fuerzas, estupefacta por la desaparición del rastro de la persona que huyó de mi presencia, bajando esas escaleras que ahora estudiaba con mórbida curiosidad, tratándose de aquel absurdo cuartucho al que me había llevado el gato días atrás.
"¡Vete!" exclamaba mi mente, y es que verdaderamente se sentía como si estuviese a punto de descubrir un terrible y misterioso secreto. "¡Es el Fantasma! ¡Créetelo ya, niña tonta! ¡Déjale!"
¿Debía creer lo que me habían dicho los trabajadores y huir, o podría obtener mis propias experiencias para después analizarlas?
Dejé que mis respiraciones se acompasasen, vigilando la terrible bajada que deseaba descender.
—No, los fantasma no existen —me dije a mi misma, intentando que la sensatez volviese a ganar a los disparates—. Y ellos lo verán —me prometí.
No era lo más prudente ir a un espacio cerrado con única forma de salir, ahora me doy cuenta. Sin duda, si fuese Buquet o algún parecido que trabajase allí quien estuviese esperándome estaría en serios problemas, pero en aquel momento todo daba igual. Mi parte intrépida ganaba, nublando los demás pensamientos que galopaban en mi mente.
Pisé cada escalón con deliberada lentitud, haciendo saber que estaba bajando. ¿Cómo podría haber sido tan tonto de meterse en tal lugar?
Me recorrió la misma sensación que tenía de pequeña cuando descubría un hueco en el bosque por el que poder introducirme, buscando a las hadas o los trolls que lo hubiesen formado, deseando inconscientemente creer en toda aquella magia de la que me rodeaba mi padre.
—¿Hola? —murmuré, apoyando una de las manos contra la fría pared.
La temperatura cambiaba drásticamente en aquella sala, siendo muy fría en comparación con el resto, aunque por supuesto, a excepción de mi propia habitación, ninguna más estaba en el tercer piso.
Al llegar al último peldaño me quedé mirando las cuatro paredes y la puerta abierta de par en par. Lo admitiese en voz alta o no, una parte de mí esperaba encontrarse con aquel demonio del que nos había hablado el tramoyista —aquel ser sin rostro que vestía una máscara y capa en todo momento—, pero para mi pesar, la estancia estaba vacía.
Solté el aliento, sin saber si era de alivio o decepción.
¿Habría desaparecido?
Sentí fascinación ante tal acto, no reconociendo muy bien mis propios sentimientos dentro del pecho.
Me posicioné al lado de la mesa, con la intención de llevar claridad a cada lúgubre esquina, procurando vislumbrar cualquier zona por la que podría haber escapado, destacando la extravagante idea de que se hubiese evaporado en la nada.
Mientras estudiaba cada posibilidad desde la perspectiva de la razón, vislumbré por el rabillo del ojo un libro tendido en el suelo, con las páginas contra las baldosas, mostrándome la cubierta de piel, con las letras en dorado permitiéndome leer 'las afinidades colectivas' como título.
Me acerqué a por él, todavía escrutando mi alrededor por si algo o alguien decidían aparecer de repente.
Miré el tomo en mis manos, girándolo, sin tener ninguna idea de lo que trataba o qué podría hacer allí; pero pronto supuse que se trataría del elemento que había estado oyendo antes de comenzar la carrera frenética por ver quién hacía tales ruidos en la oscuridad.
Lo junte contra mi pecho y una pequeña sonrisa creció en mis labios; acababa de adueñarme del objeto. Seguro que sería una buena forma de entretenimiento cuando no tuviese más cosas que hacer, aunque raramente conseguía ya tiempo para mí.
Con creciente excitación me lancé a la escalera de nuevo, subiéndola de dos en dos con mis pequeños pies, deseando llegar a mi habitación para meterme en la cama.
Sentía felicidad.
Qué cosa más extraña era la que acababa de ocurrir, y aún así salí de allí volviendo a canturrear la misma melodía que había estado murmurando con anterioridad, moviéndome al son del ritmo que creaba con mi voz.
¿Quién era ese que había huido? ¿Y por qué? ¿No se suponía que el Fantasma se dedicaba a asustar?
Todavía recordaba cuando me había devuelto el pañuelo tras dejarlo en su palco privado, y ahora había sido yo quien le había robado un libro, y anteriormente le hice correr al escucharme, como si fuese yo de la que tuviese que escapar.
Se me hinchaba el pecho de orgullo al saber que tal reacción había sido por mi causa; aquel espíritu había desaparecido del cuarto solo porque yo le estaba siguiendo.
Di una carcajada, parando abruptamente la canción que salía de mis labios, no pudiendo evitar la risa que salía entre ellos.
—¡Qué absurdo! —pensé en voz alta, meneando la cabeza.
Continué en mi propia burbuja, sin darme cuenta del ruido que estaba haciendo en realidad, hasta que me encontré frente a las escaleras a una de las bailarinas; específicamente, a Hélène, quien se encontraba moviéndose en la dirección de los dormitorios.
Se paró en seco, mirándome de arriba a abajo con su típica expresión enfadada mezclada con sorpresa, una sorpresa que compartíamos ambas por estar junto a alguien en aquellos pasillos tan tarde.
Nos estudiamos en silencio unos instantes, antes de que decidiese que lo mejor era ignorarla sin decir nada; no obstante, ella prefirió entrometerse con un absurdo comentario.
—No esperaba encontrarme con nadie —habló en voz alta, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Tengo que decir lo mismo —la sonreí, dando pequeños pasos a su lado, esquivándola.
La niña no iba a amargarme la velada.
—No sabía que resididas en la ópera —me atacó.
—Y no resido en ella —me defendí, intentando pensar una escusa, observando el libro en mi mano izquierda—. Me dejé unas cosas aquí y necesitaba recuperarlas. —Me encogí de hombros—. No creo que sea de tu incumbencia. Además, pensaba que sabías que el Fantasma tiene prohibido salir por los corredores tan tarde —continué, levantando una ceja.
—¿Lo sabes tú?
—Soy yo la que no cree en esas cosas, Le Burn.
—Deberías tener cuidado de cómo hablas, Daaé. Yo no voy a aguantar tanto como aguantó ayer la señora Giudicelli tus palabras; por lo que te advierto de que tengas precaución.
Entrecerré los ojos, viéndola darse la vuelta, removiendo las telas del vestido blanco que llevaba, dándome la espalda mientras volvía a caminar.
Cuadré los hombros.
¿Cada vez que nos dirigiésemos la una a la otra sería mediante amenazas? Igualmente, ¿pensaba que así iba a conseguir algo de mí?
Inocente criatura; era tan parecida a la diva. Había percibido que solía hacer los mismos gestos absurdos que esta, como si se le pudiese asemejar.
Lo bueno era que todavía se podían parar los pies de la bailarina, mientras que los de Carlotta estaban tan por encima de nuestras cabezas que hasta que no llegase el más alto y la bajase no cesaría, y menos aún siendo alentada por tales gerentes.
Esperaba que la joven no dijese a nadie dónde nos habíamos encontrado y a qué horas, porque no dudaría en atacarla de cualquier forma posible; aquel ultimátum que me había dado no pasaría tampoco desapercibido.
A pesar de todo, llegué a mi habitación y entre todo el ajetreo de sentimientos que se removían en mi interior fui capaz de dormir sin ninguna pesadilla que me dejase los resquicios de haberla tenido, levantándome la mañana siguiente con los ánimos totalmente renovados, habiendo olvidado el por qué aquel día lo había permanecido, casi en su totalidad, escondida.
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¡No os hacéis una idea de cómo me cae de mal Hélène!
Pero así mejor, no es como si La Carlotta fuese la única 'mujer malvada' de toda la ópera; alguien más tendría que haber.
¿Y qué tal el fantasma? ¿Habrá sido él quien echó a correr de forma tan desesperada?
Puajjajaajaj
¡Un besazo y hasta el próximo capítulo!
