Volviste a casa después de pasar por la tienda y te tiraste a la cama, era cierto que tú le habías dejado, pero en fondo de tu corazón se escondía una innegable verdad. Tan dura y sucia como una espada oxidada, lo amabas.

Lo seguías amando a pesar de todo, por mucho que te doliera. Y te odiabas por ello, es que, ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía la vida ser tan cruel? No era justo que solo la persona que te había roto fuese la única que te pudiese reparar.

Te tiraste en la cama y pusiste la televisión para distraerte, lo no esperaste encontrar era esa noticia. Esa. Maldita. Noticia.

En un parpadeo estabas de pie, te cambiaste de ropa, cogiste un abrigo y corriste por las calles de la ciudad. No podía ser cierto, no era cierto, ¡Por favor que fuese mentira!

En un mundo perfecto, tu tío estaría a salvo, Ken no habría cambiado de forma tal radical, Touka y Ayato se llevarían bien, Hinami no habría perdido a su madre, Sakura, Aisha y tú seríais mejores amigas, seguirías siendo la niñera de Toru y Kaito seguiría portándose como un hermano mayor para ti. Pero como suele pasar, no era un mundo perfecto.

Seguiste corriendo después de bajar del autobús, y viste a Touka en la otra acera, una sombra en el cielo que parecía ser Ayato.

Por supuesto, cómo no, viste a tu ex-novio, Ken Kaneki, cargando con Hide, su mejor amigo y ahora muerto y depositarlo en la acera, frente a un desconocido, de pelo blanco como él, mirada triste como él, pero totalmente distinto al mismo tiempo. Ese hombre, a quien no conocías de nada, era hermoso y letal.

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Ver a tu novio volverse loco no es precisamente algo bonito, pero al final podía verte, abrió el ojo que le quedaba ampliamente y las lágrimas se derramaron, desde la cuenca vacía y del ojo sano. Una mano estirándose, el movimiento de los labios y tú misma gritando su nombre.

-¡Ken! – para ver como finalmente moría a manos del otro. Todo lo que supiste después de ver esa escena era que alguien te sostenía, un abrazo, falta de gravedad y una pantalla negra.

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Ha pasado un tiempo desde que viste a Ken morir, ese día algo se rompió dentro de ti. De nuevo, lo había hecho de nuevo, te había destrozado y encadenado otra vez. ¿Podía ser más cruel? Seguramente no, pero nunca estarías segura, siempre puede volverse algo más negro.

Seguían llamando a la puerta como cada mañana, las palomas no podían dejarte en paz con tu luto, oh no, eso sería demasiado pedir.

Abriste la puerta con una mirada vacía y ojeras, por supuesto, vestida de negro.

¿Qué? – no estabas de humor para juegos y menos para cortesías. Entonces le viste por primera vez, un muchacho de pelo blanco y negro, que parecía sorprendido por el tormentoso recibimiento. Él era igual que esa persona.

¿Señorita [apellido]? Soy Haise Sasaki, ¿Podría responder a algunas preguntas, por favor? – su voz era la misma, la misma que tenía cuando su pelo era completamente negro. Caíste de rodillas y te abrazaste en el suelo. El pobre muchacho no sabía qué hacer, estaba completamente perdido y acabó agachado en frente tuya moviendo las manos para todos lados y una cara de tonto. - ¡¿Qué pasa señorita?! ¡¿La he ofendido?! ¡Lo siento muchísimo! ¡Por favor no llore!

¿Cómo no ibas a llorar? Ya estabas lo suficientemente rota para que ahora te pasase esto, sí, Kaneki seguía siendo cruel incluso después de muerto. Después de todo, seguía poniéndose más y más negro.

Algo dentro de Haise se removió con demasiada fuerza, salió a la luz su horrible secreto, por unos minutos, él se convirtió en un mero espectador de la escena.

Vio como su escondido secreto se hacía cargo de ti, te abrazó y susurró palabras de amor a tu oído. Tú paraste de llorar y lo miraste incrédula, tocaste su cara, y te le echaste al cuello, temblando como una hoja. Haise luchaba por recuperar el control, no podía dejar que "ese" hiciese daño a una civil, no señor, era su responsabilidad mantener a ese monstruo bajo control.

Entonces pudo escuchar las palabras de "ese" por primera vez.

[Nombre], te he echado tanto de menos. – decía, enteraba la nariz en tu pelo y acariciaba tu espalda dulcemente, reconociendo el cuerpo ajeno, temblaste sin querer. – Perdóname, por favor perdóname. – repitió. – Por herirte, por hacerte sufrir, por causarte tanto dolor. Perdóname, por no poder darte más de unos minutos antes de que Haise recupere el control de este cuerpo. – volvías a llorar, y Haise sentía curiosidad ciega por ti. Te vio a través de los ojos de Kaneki, tu pelo [color], tus ojos [color], las pequeñas imperfecciones, todo, y te encontró hermosa. Tanto como Kaneki, y su corazón latió con fuerza, dejándole unos minutos más.

Idiota, estúpido, imbécil, inútil, malvado, odioso, gilipollas, capullo, cabrón. – le insultaba pegándole, no precisamente débiles, puñetazos en el pecho. – Siempre lo decides todo por tu cuenta y no escuchas a los demás, ¿Me querías proteger? Entonces, no me engañes, no te vayas con otras, no dejes que hieran, no me dejes sola, búscame, y sobretodo y ante todo ámame. – pediste sin dejar de llorar.

Fue entonces cuando Haise descubrió el inconmensurable amor que ese ser escondía, lo mucho que le costaba retener su deseo por ti. Estaba sediento de ti, quería amanecer contigo a su lado, marcarte y que todos supieran que eras suya, solo suya. Lo celoso que estaba incluso de la misma luna que parecía llevarte a un mundo de sueños en el que él no podía entrar. Era un amor casi enfermizo, casi.

Y lo notó, su cuerpo estaba cumpliendo la voluntad de él, la suavidad de unos labios ajenos sobre los suyos, los cuerpos atraídos el uno hacia el otro. No era suave, si antes había sido una dulce balada ahora era un tango apasionado. Tenía que parar esto antes de que llegase más lejos y él tuviese que afrontar las consecuencias. Arima lo iba a matar como se pasara de la raya… más de lo que ya lo había hecho.

Obligó con demasiado esfuerzo a "otro" retroceder y volver a sentarse en su maldita silla. Cuando volvió en sí, tú seguías pegada a él, respirando agitada, con las mejillas y los labios rojos. "Por los besos que le has dado." Dijo una vocecita que identificaba como su conciencia dentro de su cabeza, ese mero pensamiento bastó para que se pusiera tan rojo como un tomate y bajase la cabeza, apoyándola en tu hombro.

Tú ya sabías que el tiempo se había acabado, ese no era Ken, era solo una paloma. Pero Ayato debería estar a punto de llegar con Hinami, necesitabas esconderlo o algo. Entonces recordaste que les habías pedido que hoy no viniesen, ibas a salir para comprar.

Siempre igual de problemático… No había cambiado en nada y eso, en cierta forma, te alegraba.

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Han pasado un año y medio desde que conociste a Haise, pero no habías vuelto a ver a Kaneki, era amargo saber que no podía salir de su "prisión". Pero habías encontrado en Haise al antiguo Kaneki, ese que creías muerto, pero a fin de cuentas era como si una parte de él hubiese sido sellada.

Cuando estabas en Aogiri hubieses dado lo que fuera para que esto pasase. Pero ahora sabías que amabas ambos aspectos, el dulce y el amargo, como la miel con chocolate negro. Y ahora Haise, estaba enamorado de ti, no hacía falta que te lo dijese, lo conocías suficiente como saber el por qué de todas sus acciones raras últimamente.

Hoy ibas a darle una sorpresa, llamaste a la puerta y te abrió una ¿chica? Morena y de pelo corto. Otra. Vez. No.

¿Quién es usted? – preguntó dulcemente, quizás en realidad todo era una ilusión creada por tu imaginación. Empezaste a cuestionarte el por qué estabas allí. – ¿Señorita?

¿[Nombre]? – preguntó Haise desde dentro. – [Nombre]… ¡[Nombre]! – y trasbilló hasta la entrada. – ¿Qué? ¿Por qué? ¿Cómo?

He venido a traerte esto, feliz navidad, hasta luego. – dijiste a la carrera, era cobarde lo que estabas haciendo pero ¡Vamos! Tenía a una chica en su casa ¿Y venías tú a molestar? ¿A pasar por lo mismo que la última vez gratuitamente? Podrías ser muchas cosas, pero masoquista no era una de ellas.

¡E-espera [Nombre]! – pidió Haise mientras otros chicos, que daban algo de grima, asomaron sus cabezas para cotillear un poco. Te detuviste cuando ibas a darte la vuelta y lo miraste de perfil, la enorme bufanda blanca, te tapaba la barbilla y un poco de la boca. – ¿Por qué no pasas? Está empezando a nevar y no veo que lleves paraguas, puedes quedarte hasta que pare de nevar ¿Vale? – estaba desesperado o eso parecía.

Sí señorita, debería hacerle caso a Haise. – dijo rápidamente la chica intentando ayudar, cuando solo hacía que un aguijón te taladrara la cabeza diciéndote que salieras de allí ¡ahora!

De acuerdo. – entraste renuente y caminaste tras Haise hasta la sala de estar.

Esta iba a ser una larga noche, tenías la certeza de ello. Y con respecto a Kaneki, solo te quedaba esperar, una espera horriblemente larga, pero, después de todo la esperanza es lo último que se pierde ¿No es verdad?