Hermione retomó los ensayos con Snape durante dos días más, pero ahora llevaba uno completo, sin saber de él.
La castaña conocía el motivo por el cual Snape se ausentaba. El accidente con la Legeremancia se lo reveló. Y si bien él había mostrado ser capaz de sortear esos peligros durante años, ella se preocupaba. También admiraba que él no descuidaba la ayuda: Escribió los pergaminos enrollados donde le daba los lineamientos del conjuro, para que ella pudiera estudiarlos en su ausencia.
Semejantes en carácter, se concentraban para lo que debían hacer sobre el tema, dejando aparte lo que sentía el uno por el otro. No obstante, en las pausas lo dejaban traslucir, y ella no podía tener más claro que la actitud de Snape cobraba mayor fuerza; adusto, esquivo, revelaba la conmoción que Hermione le causaba. Y estaban sus palabras. Y aquellos besos reacios a abandonar su recuerdo.
Ella lo demostraba más, porque Snape estaba habituado a contenerse y entraba en las consideraciones de no involucrarla con él, para no hacerla peligrar. En cambio ella nunca se había visto en la necesidad de simular como norma de supervivencia diaria. Lo hacía ahora, sobre todo con Ron y Harry, pero confiando en que a futuro, cuando les dijera, podrían entenderla. De momento se le complicaba porque tenía que ver con Snape. Más difícil todavía porque había surgido un sentimiento entre ellos.
No era tan justo, pues la castaña intuía de sí misma que el no poder decir, la ayudaba a no tener qué decir.
Era un alivio no tener qué decir, porque una parte complicada era Ron. Lo estaba engañado en su cara. Y pese a saber que no se atrevería a llegar a grados importantes, como tener relaciones íntimas con Snape mientras Ron fuera su pareja, o intento de pareja, el sólo plantearse esa posibilidad con Snape le decía todo sobre sus deseos más grandes. Hermione no pensaría en eso con nadie de no tener un sentimiento importante. Y eso le demostraba que había removido a Ron del sitio que ocupara.
El remate era que Harry y Ron se desconcertaban a tal nivel que aparecían dudas en su contra. El efecto era que esas dudas la empecinaban más en aprender Ojo de Horus, para no muy lejanamente poder explicarles. E irse de Hogwarts. Y dejar de ver a Snape… lo que la convencía menos. Y no vivir más estos días… cuya sola idea la hacía sufrir. Mucho había cambiado en las dos semanas transcurridas desde que fueron al Boulevard de los Sortilegios.
Al lanzar el conjuro no tendría más justificación para estar con Snape, ni él con ella… Como fuera, se lo diría al pelirrojo. No esperaba mucho de él en su respuesta, pero por primera vez tampoco esperaba mucho de sí misma. Las vivencias con Snape eran una nueva luz con la cual veía a Ron.
Y a sí misma. Analizando el pasado se descubría empeñada en cambiar la forma de ser de Ron. En desacuerdo por lo que veía como una enternecedora, exasperante y desafiante cualidad en él, de no entender lo que ella sentía y no saber manejarlo. La castaña se veía intentando hacer que Ron encajara en un molde. Pero ahora se daba cuenta que motivada por un deseo y su amor por él, trataba de amoldar a Ron en esquemas que él no entendía. Vivían un eterno estira y afloja. Y al hacer el corte de caja al día de hoy, comparado con sus actitudes que le daban felicidad, era más lo que Ron la decepcionaba.
La razón que la mantenía, ¿era amor? Sus constantes choques con Ron eran un impulso de su relación. El motor del enojo, la pelea y la reconciliación. ¿Era eso el impulso del amor o el impulso de la antipatía? Por fuera podía ser pintoresco, como en ocasiones era para Harry, testigo de peleas que lo enternecían con una sonrisa. ¿Era igual de simpático el vivirlo? ¿Era suficiente para ella sentirse feliz de lograr lo que debía ser primero? Por fin tomar de la mano a una persona así, como si fuera un logro que él pudiera asumir que la quería, ¿era motivo para sentirse plena y orgullosa?
La posibilidad de que así fuera, de sentirse feliz al tener, al cabo de peleas, lo elemental, hacía preguntarse a Hermione si Ron sólo era el chico que le había sucedido. El que se cruzó en su camino y no una persona que eligiera.
No era que los peligros compartidos demostraran la fuerza de su amor. Demostraba que los peligros los encerraron y no tuvo otras opciones. Harry era el hermano que nunca tuvo y Ron lo más parecido a un amigo. Sin nadie más con quien vivir de manera estrecha. Sin tener la posibilidad real de conocer a otra persona.
Ron no encajaba en las necesidades de ella. Hermione no exageraba al decir que Ron sólo entendía a golpes. Incluso momentáneamente culpó a Harry, pues seguirlo todo este tiempo le impidió conocer a un chico mejor. O a otro. Ron fue su única opción.
La presencia de Snape no provocaba algo que Hermione no hubiera sentido antes por Ron. La noche del baile, Krum fue una ilusión y Ron, como siempre, fue el desencanto. Casi podía pensarse que si se necesitaba cometer una torpeza se podía contar con Ron. La ternura que el pelirrojo le causaba y por la cual lo perdonaba una y otra vez, no borraba que él le amargaba los buenos momentos. Ron era el que cuando sabía y podía, enseguida dejaba de saber y de poder.
Deducir, aunque se lo guardara con temor y dolor, que Harry mismo era un horrocrux, fue la capacidad que le permitió sospechar que Snape no era un malvado. Esa misma capacidad le dejó saber, muchas veces antes, que Ron no le convenía. Con su cara noble, Ron le cortaba las alas. ¿Por qué ella se empeñaba en cambiarlo? ¿No era por su necesidad de que las cosas fueran como ella deseaba? ¿Eso era amor o era una necedad?
Por primera vez se rebelaba ante su imagen más querida, contra su fetiche personal: La imagen de la persona capaz, intachable, inteligente y noble. ¿Quién tenía el derecho de exigirle ser siempre así? Nadie, solo ella, ¿Y quién del colegio o de fuera podría criticarla por estar enamorándose de Snape, excelentes jueces para atacar a los demás, excelentes abogados para defender sus egoísmos?
Aquellos pensamientos crecían por verse a la luz de alguien con quien era mucho más compatible: Snape… Pensaba en Snape y se mareaba. Habría deseado que Ron le gustara más y tomar eso de pretexto para quedarse con él. Pero Ron no le gustaba tanto. Snape como hombre la atraía. La imagen de Snape la dejaba pensativa y con un leve gesto voluptuoso en una comisura de la boca.
La que siempre daba las soluciones, la que tenía sentimientos que los demás no atendían, ahora era el foco de un sentimiento y un deseo, y de parte de alguien que era valiosísimo. Por eso se permitía sonreír discretamente, complacida, cuando conversaba con las chicas en la Sala Común. En un ambiente tan cotidiano como estar con las demás Gryffindor, sentada en la alfombrilla entre ellas, se sentía diferente, envuelta en una unión, gratificada con una soberbia dichosa. Sentía tener un secreto enorme y maravilloso: Snape estaba apasionándose por ella.
¡Pasión! ¡Fantástica palabra! Recordar la vibración de Snape cuando ella lo tocaba le causaba esa sonrisa satisfecha, de ojos bajos en medio de la conversación. Por recordarlo a punto de perder el control.
Snape la deseaba a morir. Snape estaba enamorándose de ella. Nadie más lo sabía. Nadie lo imaginaba. Era su secreto.
Snape, que a esa hora caminaba por un páramo oscuro de árboles muertos, para reunirse con Voldemort, pensaba que Granger sería perfectamente capaz de formular el conjuro completo con el talante y arrojo que forma parte de la Magia Ceremonial. Fue en ese género de magia donde nació la imagen del hechicero imponente que llenaba las leyendas y aun los cuentos infantiles. Snape estaba convencido que la Gryffindor tendría la presencia y dominio para llevarlo a buen término. Ahora que ya no podía detestarla, le quedaba el espacio para admirarla.
Snape tenía gran necesidad de volver a Infinity Manor para aprovechar más el tiempo, pero llevaba varias visitas indagando en cimientos y áreas, con la meta de determinar la razón de aquel grave accidente en la lectura mutua. No lo encontraba, pero deseaba regresar hasta que Granger manejara mejor el conjuro para total certeza. Y debía hacerse a la primera; para eso eran los ensayos. No podía estar siempre presente porque Voldemort los llamaba más frecuentemente a consultas y daba encargos.
Con todo, hasta ahí el plan marchaba, y no era que lo siguiente obstaculizara, pero tener a Granger cerca le causaba una placentera desazón.
No era para negarlo. Era elocuente.
Lo asumía paulatinamente, tanto por sus necesidades de proteger a Granger como porque le representaba una sacudida el arribo de nuevos sentimientos, a una esfera dominada por Lily. Llegaba a sentir que la era infiel. Eso le generaba culpabilidad. La luz naciente que representaba Granger para él poseía una intensidad que desvanecía los límites del santuario de Lily. Aunque no tenía resuelto ese problema, la presencia de Granger equivalía a una serie de argumentos que hablaban por sí solos.
Una inseguridad venida de su pasado rondaba a Snape, haciéndole pensar que ella volvería con Weasley. Le parecía adecuado, pero le dolía. Para él era una marea indomable la forma como Granger ocupaba un sitio cada vez mayor en su interior. La capacidad de Granger, su nivel de compromiso, la inteligencia que demostró al descubrir un conjuro que eran palabras mayores, su tesón para irlo aprendiendo… Le era admirable. Aunque estuviera por concluir los estudios, Snape la consideraba ya como una gran bruja consumada.
Y aunque Snape hacía su trabajo y lo haría en Infinity Manor, se llenaba de estremecimientos imperceptibles al escuchar a Granger pronunciar el conjuro en voz alta, practicando las palabras en la lengua antigua, ensayando los pasos en el despacho. Entre más la veía trabajando, crecía la corriente de su admiración y de su admirarla físicamente. La deseaba en su sutil encanto.
Y lo más importante ocurrió apenas ayer. La escuchaba ensayar la parte del conjuro que decía: «el señor de la fuerza cuando recibe la corona…» y él la interrumpió, serio:
—Debe repetirlo -se hizo atrás, en el asiento.
Ella entró en duda al ver la expresión de él; consultó el tercer pergamino enrollado.
—¿Por qué, le di mal acento?
Muy serio, viendo a un lado, Snape se tomó de la barbilla:
—Me distrajeron sus labios, Granger. No oí absolutamente nada.
La risa de Hermione, alzando el rostro y entrecerrando los párpados, una risa divertida y halagada, sorprendió un poco a Snape.
Anocheció mientras ella estudiaba la transcripción de la pronunciación de la fórmula ceremonial, que en Hogwarts se llamaba encantamiento.
Como ella transcribía del inglés a jeroglíficos, Snape le había hablado de modificar una línea del primer párrafo, pero como no se lo confirmó, le preguntó al cabo de media hora.
—¿Hacemos el cambio, profesor? -volteó a él, de pie, señalando la línea.
—Sí, Granger. Hagamos el cambio.
Snape se sentó a su lado -ya no la restringía al sofá, luego que ella lo dejó obsoleto- y la contempló: Las velas encendidas arrojaban un breve halo sobre el rostro concentrado de Hermione, atenta a traducir a jeroglíficos. El resto del despacho, un poco sumido en la media sombra, ocultaba los frascos, los libros y los rótulos.
Por sus inquietudes y porque Granger solamente con estar ahí invadía cálidamente sus sentimientos en amanecer, Snape valoraba especialmente esos momentos.
Si el hombre todo análisis debiera definir el significado de Granger, habría dicho que… ella le parecía un sueño. Un sueño valioso que no volvería a soñar cuando se hubiera ido. Su presencia, a menos de un metro de él, concentrada a la luz de las velas, cotejando en su libreta la relación de jeroglíficos con el abecedario occidental, era un sol en la noche del subterráneo.
Al verla ensayar, también consciente que ella lo tenía en mente a ratos, aunque estudiara. Su rostro no lo mostraba, pero pensaba en él. Snape no lo leía, era una impresión nacida del torrente de los sentimientos de Granger, para él era difícil de contener con los diques que acostumbraba usar. Más difíciles de contener por sus propios sentimientos y deseos por ella.
La inteligencia lúcida en la mirada serena de Hermione, el gesto determinado de sus labios delgados, sus facciones armónicas, el dibujo de sus cejas… Ese halo constante y sorprendente de poder acercarse a ella. Y sumado a eso, las palabras, los contactos y los besos a medias que se habían dado. Las manos de ella estrujándolo, sus suspiros, a ratos flotaban en tensión atrayente.
Hermione sentía mucho más por él, tanto como él por ella. Pero los palacios interiores de Snape, de corredores silenciosos y llenos de ausencias, le dificultaban el creer.
Aun así, él había decidido arriesgarse. Desde la primera vez que se hablaron con sinceridad, el pensó que aunque al final perdiera, no temería por siempre.
Observó la estantería, en parte heredada y en parte construida por él a lo largo de estos años.
¿Quién la heredaría? ¿Qué de todo lo vivido, conservaría para él como su heredad?
Únicamente sus sentimientos.
—No estaré mañana, Granger -anunció-. Deberá repasar la pronunciación. Ya sabe que nada ocurre si no hace los movimientos ceremoniales. Y cuando los haga, no pronuncie la fórmula.
—Está bien -asintió, sin dejar de ver la libreta, pluma en mano-. Lo echaré de menos.
—Yo también la echaré de menos -susurró.
Hermione asintió lentamente, aunque sus labios se contrajeron un poco.
—Quiero preguntarle, Granger -dijo Snape- y no lo tome como sentimental, pero si ya no me viera nunca, ¿me recordaría?
Ella anotaba el jeroglífico de Horus, el halcón, que por cierto era parte del nombre "Hermione" en egipcio antigio.
—Lo veré en dos días -dijo en voz baja, conciliadora-, esa pregunta no tiene sentido. No concibo no verlo pasado mañana.
—¿Me recordaría, por un tiempo al menos?
Seria, tocada por la luz de las velas en sus ojos brillantes, ella apoyó una sien en una mano, escribiendo, y aseguró, en voz más acariciante:
—Por un tiempo, sí, profesor -asintió-. El tiempo de todos los días de mi vida.
Siguió escribiendo, preparándose para terminar el bloque de jeroglíficos en cartuchos, y pensándolo, preguntó:
—¿Y usted? ¿Si ya no me viera, me recordaría por unos días?
Snape volteó hacia ella, asegurando:
—Yo no tendría días, si me viera obligado a solamente recordarla.
Ella también giro hacia él, contemplando su mano en la mesa. Sonriendo tersamente, pasó las puntas de sus suaves dedos, por los de Snape.
—¿Y me recordará hasta que lo vea de nuevo?
La expresión de Snape tenía un aire enigmático. Alzó unos dedos y tocó las puntas de los dedos de Hermione.
—Tal vez también sueñe con usted, Granger.
—¿Y qué soñará? -sonrió alzando las cejas, un poco melancólica, viendo sus dedos tocándose.
—Que despierto y la veo. Así, cuando la vea de nuevo, sentiré como siempre.
—¿Y qué siente cuando me ve?
—Que sueño, Granger. Que sueño con usted.
Ella sonrió, de pronto levemente agitada, y volvió a la libreta. ¿Era un poco de rubor ese súbito color en sus mejillas? Su risa quiso sonar casual al anunciar:
—Leeré su libro, por lo menos el capítulo de Agnes Sádicar, es bastante tenebroso.
—Señorita Granger, no pierda el tiempo. Ese libro nunca saldrá de la gaveta. Hay temas más urgentes.
—¿Cómo cual? -tomó tinta del frasco, con repentino nerviosismo.
Sí, Severus, consideró él. Deja algo en este mundo. Por lo menos deja tu verdad.
—Granger… -susurró.
—¿Sí, profesor? -preguntó ella, sin desatender la libreta y el pergamino desenrrollado y detenido por piezas rígidas, manteniendo aquel acuerdo de tratarse formalmente.
Snape la tomó suavemente por la barbilla, con dos dedos.
Pluma en mano, con ojos de leve sorpresa, Hermione giró mientras él la hizo mirarlo, a la luz de las cálidas velas.
Granger…
¿Profesor…?
No le he dicho nunca lo hermosa que es -la observó grave, pero acariciante-, lo bella que es.
Hermione quedó un poco boquiabierta, con el mentón en los dedos firmes de Snape, que la sostenían con delicadeza. El leve rubor encendió las mejillas de la castaña.
—N… no…
¿Se lo he dicho en la vida real, y no en nuestros sueños? En esa vida ojalá verdadera, ¿le he dicho que es un león de Gryffindor? No se lo he dicho, perdone mi ceguera. Lo es. Usted es el león, y la rosa, y la espada. Es hermosa, Granger, por dentro y por fuera. Para mí es lo más hermoso que existe y que puede existir. Después de usted, la belleza no tendría sentido, ni mensaje que darme.
Hermione, con los ojos húmedos, lo escuchaba asombrada. Que Snape se planteara así, él, de viva voz, con aquella mirada apasionada, sí, ella lo sabía y quería oírlo, pero la impresionaba. Como de pronto tener a alguien que deseabas y de pronto no saber qué hacer. La voz de Snape, grave, profunda, acompañaba a sus ojos intensos y a aquella seña vertical entre sus cejas, que revelaba a la mente analítica. El marco de sus largos cabellos negros acentuaba su mirada, el mensaje de su voz.
—Profesor, yo… -súbita, encantada y nerviosa, admitió que estaba enamorada y que el mundo iba a volar por los aires, y lo tomó de la mano.
Snape pasó un dedo por una mejilla de la castaña, acercándosele más.
—¡Hermione Granger! -susurró Snape, admirando sus facciones, en la intimidad de las velas- ¡Eres más bella que las minaretes de Avalon, que he visto despuntar al alba roja, contra el firmamento de oro! ¡Eres más hermosa que Xanadú, con sus jardines de rosas azules! ¡No se te acerca ningún reino en esplendor, de los que he visitado en mi navío de silencio! ¡Eres una joya más preciosa que los tesoros de la reina de Saba! ¡Tu corazón es tan brillante como una estrella en las noches de Utopía! ¡Tu voz es más hermosa que las melodías de Camelot! ¡Tu cabello está hecho con el oro de Asgard! ¡Eres una princesa de Arcadia!
—¿Por… por qué me lo dices, por…? -llevó la mano a la mejilla de él; por sentirse feliz, estaba a punto de llorar.
—¡A veces no lo sé, Granger...! -colocó sus dedos bajo el mentón de ella, con los ojos alegres, melancólicos y ciertos- No sé si te he amado en esta vida o sólo fue en mis deseos, que tú descubriste. Pero si el amor que yo haya de tener es el tuyo en esta hora, solo en esta hora, vale más para mí que mil vidas sin haberte conocido, ¡te lo juro…!
Tomó el rostro de Hermione, con las manos como un cuenco.
—No puedo callarlo más. No puedo callármelo -asintió Snape-. Es verdad lo que me dices, que no gano nada con aparentar contigo, que no tiene sentido, si tú lo sabes. Y también porque cada vez menos puedo vivir si no te toco, si no te escucho por lo menos. O si por lo menos no te veo de lejos. Tú a la distancia para mí más eres más valiosa que si yo fuera el amo de mil reinos. Estoy aquí y no te lo digo de improviso. ¡Llego al cabo de días de vagar por el desierto de añorarte, por la inmensa angustia de no verte!
Se le acercó más, yendo con esa mirada reflexiva, de sus ojos a su boca. Y permaneció mirando sus labios. Negaba con la cabeza como una forma de enfatizar.
—¡Qué hermosa eres! -susurró Severus Snape, recorriendo las facciones de Hermione con su mirada profunda- Y, ¡tu ser es tan grande…! ¡Eres alguien que alguna vez soñé! ¡Eres alguien que alguna vez imaginé! ¡Alguien de quien desperté y ya no supe encontrar de regreso, perdido en un laberinto donde solamente escuchaba los ecos de tu voz! ¡Pero eres tú, siempre tú, la hechura perfecta de mis sueños…!
Sin soltar el delicado rostro de Hermione, Snape, aspirando el aroma de las facciones de la Gryffindor, apoyó sus labios sinuosos en el borde de los labios de ella, arrancándole un suspiro. Hermione cerró los ojos, frunciendo el ceño con dolor y lanzando el beso con deseo enorme de dárselo, pero solo rozándole los labios, la mejilla... Él oprimió la comisura nuevamente y al separar los labios sobre la piel perfumada de la castaña, el levísimo sonido de la caricia acompañó al susurrar de los pabilos, ardiendo en dorado.
Pero besarse así, era besarse más. Acariciar las comisuras de la boca con esos besos sugerentes, llevó a que muy pronto sus labios humedecieran, llamándose al contacto de más besos, como si con cada uno obtuvieran el zumo de una fruta dulce, con el que sus labios se impregnaron, enteros, de leve humedad, acelerando sus respiraciones, girando a los labios del otro, unos milímetros más, cada vez más, intercambiando esos toques, acelerando, volteando un poco más al rostro al otro, cada vez.
La tomó de las manos. Aquello ya no era suficiente. Snape se hizo adelante y besó a Hermione en los labios.
Las palabras se convierten en besos cuando las pronuncian las alas del amor. Hermione y Snape intercambiaron besos en los labios, repetidos, sintiéndose liberados, aliviados con los contactos y suaves sonidos, encontrándose con esos besos insistentes, casi tercos, enormemente tiernos, enormemente ardientes, en una creciente necesidad donde la castaña, en una suerte de salto hacia él, lo tomó de la nuca con ambas manos, besándolo y diciéndole:
—No quiero que te vayas, no quiero que te vayas, te lo ruego, no te alejes jamás de mis besos…
Snape la tomó por los hombros, estrujándola suavemente.
—No iré a donde no quieras -le dijo, con voz ronca.
Frente a frente comenzaron a levantarse de la mesa. Snape volvió a besarla en los labios, pero ella trató de separar los de él, con los suyos, protestando levemente, intentando que el beso en los labios se convirtiera en un beso en la boca.
Haciendo a un lado las sillas se pusieron de pie, y Hermione le echó los brazos al cuello, él la abrazó y por fin entreabrieron más sus labios... Los unieron por completo, con fuerza, acoplándolos, enlazándolos perfecto, besándose en la boca, con deseo, con amor, un beso abierto, completo, donde él la recibió atrapando su boca entera, entrelazándose, besándose sin limitaciones, con necesidad, con avidez, con afán, un beso en la boca de humedad y de susurros y suspiros, al cabo de semanas de pensarse, de desearse, de descubrirse el uno al otro y de encontrarse en la caricia del azar y del asombro.
Snape alzó a Hermione un poco del suelo, acariciando la espalda de ella, sin parar de besarla, la castaña rodeándole el cuello con los brazos y hundiendo los dedos en los cabellos negros de él, liberando su aroma a lavanda. Sus labios se estrechaban mutuamente, buscando apagar un fuego con más fuego.
Rodeándola con un brazo, pasó el otro bajo las piernas de Hermione.
Cuando ella se dio cuenta ambos estaban en el sofá de cuero negro, de costado, Snape tomándola por el talle. A Hermione se le escaparon gemidos cuando él la besó en la mejilla, luego en el cuello, a ratos mirándola para disfrutar con su belleza, volviendo a su boca para darse pequeños mordiscos. Se abrazaron con más fuerza, fundidos en sus brazos, sus manos y sus labios entrelazados.
Esa fue una noche de confesiones, de abrazos y de besos.
Al otro día, Hermione caminaría por Hogwarts entre los alumnos, convertidos en sombras grises que caminaban o corrían, y hablaban palabras lejanas. Ella, en ocasiones taciturna, caminaba feliz y herida por las caricias con Snape… Esos toques sugestivos de otros encuentros y de otros sueños, de otros, pero con él. Estaba herida, pero no herida de pena, no herida de sufrimiento. Quizás herida de viveza; quizás herida de arrebato. Herida de fuego.
Herida de fervor por querer llevar a Snape a lo profundo de su corazón, y que no se fuera de ahí.
Herida de pasión al saber que él trataba de guardarla en las cimas de su alma.
Herida del anhelo de llevarlo con ella, a la luz del sol.
Snape la había besado esa noche, besado y abrazado en el ambiente de quietud del despacho, abrazados en una maravillosa sensación de tener a la persona correcta, descubierta un día que el viento sopló y en el caos de las horas descubrió para ti el oro en la tarde lluviosa. Alguien a quien descubriste en medio del caos y de las sombras, como ellos supieron al verse a los ojos, para ser su dicha, para su tormenta.
Al separarse un poco, todavía con los dedos en el mentón de ella, Snape contempló los ojos de castaña, su emoción dar el paso de la imaginación a la realidad.
La castaña vio un destello diferente en él, al de su enojo habitual, a su común inconformidad: Era no sufrir, ni dudar. Tal vez, como ella, era no poder saber cuánto duraría. Aunque eso no era lo más importante. Lo más importante era su abrazo bajo las olas del cielo. Aquellas miradas de cuánto te deseo.
Hermione colocó sus dedos en el rostro de líneas rectas y firmes de Snape.
—No quisiera irme -sonrió con ternura.
—No tardaré en buscarte.
Al despedirse, ella del otro lado de la puerta abierta, le tendió la mano, con la palma hacia abajo, sonriendo con juego y coquetería.
—¿Tal vez el profesor quiera despedirse de la doncella, como se hacía antaño?
Viéndola un poco de lado, Snape se permitió una muy leve sonrisa de ojos entrecerrados.
Tomó su mano y sosteniéndola, la colocó con la palma arriba.
Inclinándose, Snape posó sus labios un poco carnosos en la palma de Hermione, con aroma a rosas, y la presionó, en una caricia más larga.
Un escalofrío y latigazo de placer recorrió a Hermione desde la palma hasta la espalda. Llevando los documentos en el otro brazo y con éste extendido en la mano de Snape, los ojos de Hermione se hicieron brumosos.
La castaña subió dos escalones, y se detuvo.
Dirigió a Snape una mirada cálida, y una sonrisa de labios juntos, tan roja como las franjas color vino de su corbata. Haces de luz de Luna que sorteaban la escalera de caracol llegaron a ella, cuando le prometió, acompañada de sus ojos vivaces:
—Soñaré contigo.
El sabor de la frase mostró que habían traspuesto un umbral y por él corría un viento fresco.
Y Hermione, en el dormitorio de las chicas, abrazada a la almohada, no dejaba de pensar. El silencio de la noche le traía un perfume. Recargó la mejilla en la palma que Snape le había besado, para sentir que la besaba en la mejilla y dormir acompañada de él.
Y cuando Snape caminaba por el yermo oscuro esa noche, aspiró el dorso de su mano, por tener el perfume de Granger impregnada en él.
Snape pensó: Con un beso he leído mi destino, en las líneas de tu mano.
