Capítulo 11

No puede ser.

La luz de la mañana se cuela por las persianas; llevo un buen rato despierta, pero soy incapaz de levantarme. Contemplo el techo, respirando despacio. La teoría, supongo, es que si estoy lo bastante quietecita quizá se calme la vorágine que tengo en la cabeza.

Por ahora ha demostrado ser una teoría muy chapucera.

Cada vez que repaso lo ocurrido anoche siento mareos. Creía que me estaba adaptando a esta nueva vida, que todo empezaba a cobrar sentido. Y ahora es como si se hubiera abierto el suelo bajo mis pies. Rosalie dice que soy una bruja repulsiva. Y ese tipo va y me suelta que soy su amante secreta. ¿Qué más? ¿Va a resultar que soy agente del FBI?

No puede ser. Y punto. ¿Por qué narices habría de engañar a Mike? Es atractivo, delicado, multimillonario. Y sabe conducir una lancha motora. Mientras que Edward es como… no sé, desaliñado. Como erizado de púas.

En cuanto a esa frasecita: «No tienes ni idea de tu vida», ¡menuda cara, el tipo! Yo sé un montón de cosas de mi vida, muchas gracias. Sé a qué peluquería voy, y qué pusieron de postre en mi boda, y con qué frecuencia nos acostamos Mike y yo… Está todo en el manual.

Además, ¿no es de una grosería espantosa? Uno no se presenta y le espeta a una mujer casada «Somos amantes» mientras está dando una cena en su casa con su marido. En fin, al menos eliges otro momento. O le escribes una carta.

No, una carta no…

Bueno, lo que sea. Y deja ya de pensar.

Me siento en la cama, aprieto el botón para subir las persianas y me paso los dedos por el pelo enredado, dándome tirones. La pantalla que tengo delante permanece apagada y un misterioso silencio me rodea. Después de vivir en mi piso de Balham, lleno de corrientes, se me hace raro este lugar tan hermético. Según el manual, no tenemos que abrir las ventanas porque eso distorsiona el sistema de aire acondicionado.

Ese Edward debe de ser un psicópata. Seguro que se ceba en las personas con amnesia y les dice que es su amante, el muy descarado. Pero no hay ninguna prueba de que nosotros tuviéramos una aventura. Ninguna. No he encontrado nada que tenga que ver con él: una nota, una foto, un recuerdo.

Claro que tampoco iba a dejarlo en medio para que Mike lo encontrase, ¿no?, dice una vocecita en mi interior.

Permanezco unos momentos inmóvil, siguiendo el curso de mis pensamientos. Luego, con un impulso repentino, me levanto y voy al vestidor. Me acerco al tocador y de un tirón abro el primer cajón. Está lleno de envases de Chanel perfectamente alineados. Lo cierro y abro el siguiente, atestado de pañuelos doblados. En el siguiente hay un estuche de joyas y un álbum de fotos de ante, vacío.

Cierro el cajón lentamente. Incluso aquí, en mi rincón más íntimo, todo parece ordenado, esterilizado y como anulado. ¿Y el desorden? ¿Y los trastos, las cartas, las fotos? ¿Dónde están mis cinturones con tachuelas? ¿Y mis pintalabios de muestra, obsequio de alguna revista de cuarta? ¿Dónde estoy… yo?

Me apoyo en los codos, mordisqueándome una uña. Y de repente tengo una inspiración: el cajón de las bragas. Si hubiera escondido algo, sería allí. Abro el armario, tiro del cajón y empiezo a hurgar entre un mar satinado de La Perla… Pero no encuentro nada. Tampoco en el cajón de los sujetadores.

—¿Buscas algo? —Me vuelvo con un respingo y veo a Mike en el umbral. Me pongo roja como un tomate.

Lo sabe.

No, no seas estúpida. ¡Si no hay nada que saber!

—¡Hola! —Saco las manos del cajón con toda la calma, o eso intento—. Estaba buscando… unos sujetadores.

Vale, Bella. Ésta es la razón principal de que no puedas tener una aventura. Mientes de pena.

¿Para qué iba a necesitar «unos sujetadores»? ¿Es que me han salido seis tetas?

—Me estaba preguntando —continúo, medio aturullada—. ¿Hay más chismes míos en otra parte?

—¿Chismes? —Mike arquea una ceja.

—Sí, cartas, diarios, esas cosas.

—Bueno, también está el escritorio del estudio. Ahí tienes todos tus archivos de trabajo.

—Claro. —Se me había olvidado el estudio. O tal vez pensaba que era territorio suyo.

—Una cena maravillosa, anoche. —Se adentra un par de pasos en el vestidor—. Te felicito, querida. No te habrá sido fácil.

—Fue divertido. —Me pongo en cuclillas y jugueteo con la correa del reloj—. Había gente interesante.

—¿No te resultó abrumador?

—Un poquito —contesto sonriendo—. Todavía tengo mucho que aprender.

—Ya sabes que puedes preguntarme lo que quieras. Para eso estoy —dice, abriendo las manos—. ¿Algo en concreto?

Le devuelvo la mirada en silencio. «¿Sabes si me he tirado a tu arquitecto?»

—Bueno. —Me aclaro la garganta—. Ya que lo preguntas… Estaba pensando… Nosotros somos felices juntos, ¿no? Formamos una pareja feliz… y fiel, ¿verdad? —Creo que he dejado caer «fiel» muy sutilmente, pero su oído aguzado la pesca al vuelo.

—¿Fiel? —repite, con el entrecejo fruncido—. Yo nunca te he sido infiel, Bella. No me lo plantearía siquiera. Hicimos unos votos. Asumimos un compromiso.

—Por supuesto. Sin duda.

—No entiendo cómo se te puede haber ocurrido. —La verdad es que parece estupefacto—. ¿Te ha dicho alguien otra cosa? ¿Alguno de los invitados? Porque quienquiera que sea…

—¡No! ¡Nadie me dijo nada! Sólo que… todo es tan nuevo y tan extraño… —Hablo a trompicones, la cara me arde—. Bueno… se me ha ocurrido preguntarte. Simple interés.

Vale, así que el nuestro no es un matrimonio abierto y «moderno». Por si necesitaba saberlo.

Cierro el cajón de los sujetadores, abro otro al azar y observo tres filas de medias primorosamente dobladas mientras la cabeza me va a mil por hora. Debería cambiar de tema. Pero no puedo evitarlo, tengo que investigar.

—Eh… y ese tipo… —Arrugo la frente exageradamente, como si no pudiera recordar su nombre—. El arquitecto.

—Edward.

—Eso es, Edward. Parece buen tipo —digo encogiéndome de hombros.

—De lo mejor que hay. A él se debe nuestro éxito en gran parte. Es la persona con más imaginación que conozco.

—¿Imaginación? —Me aferró a ese detalle—. ¿Quieres decir que se pasa a veces de imaginativo? ¿Una especie de… fantasioso?

—No. —Me mira perplejo—. En absoluto. Es mi mano derecha. Pondría mi vida en sus manos sin dudarlo.

Antes de que pueda preguntarme a qué viene tanto interés, el teléfono da un timbrazo repentino para mi alivio.

Mike sale del dormitorio para responder y me apresuro a cerrar el cajón de las medias. Estoy a punto de darme por vencida y abandonar el registro de mi propio armario cuando descubro una cosa en la que no me había fijado hasta ahora. Hay un cajoncito disimulado en la base del armario, con un pequeño teclado numérico.

¿Un cajón secreto?

El corazón se me acelera. Me agacho y marco la clave que utilizo siempre: 4591. Se oye un chasquido y el cajón se abre. Mirando la puerta de reojo por si aparece Mike, tanteo sigilosamente con la mano y tropiezo con algo duro, el mango de un…

Látigo.

Me quedo tan pasmada que no puedo ni moverme. Es un látigo pequeño con tiras de cuero negro; vamos, un artículo directamente salido del Palacio del Sado. Su visión me deja paralizada. ¿Será esto el látigo de mi adulterio? ¿Me he convertido en una persona totalmente distinta? ¿En una fetichista, una asidua de los locales sadomaso que somete a los hombres vestida con un corsé de tachuelas?

Siento unos ojos clavados en mí. Mike está en el umbral, mirando el látigo y enarcando las cejas con aire socarrón. Me llevo un susto de muerte.

—¡Ah! Eh… ¡He encontrado esto aquí! No sabía…

—Será mejor que no lo dejes a la vista —dice con aire divertido—. No vaya a ser que lo encuentre Gianna.

Lo miro de hito en hito mientras mi cerebro alelado trabaja a marchas forzadas. Mike está al corriente. Sonríe. Lo cual significa…

No. No puede ser.

¡Ni hablar!

—¡Esto no estaba en el manual! —Quería decirlo en tono ligero y burlón, pero me sale un chillido histérico.

—No todo está en el manual. —Sus ojos destellan.

Vale, pero eso es cambiarme las reglas. Yo creía que todo, absolutamente todo, figuraba allí.

Le echo una mirada nerviosa al látigo. Entonces… ¿cómo es la cosa? ¿Yo lo azoto? ¿O es él…?

No quiero ni pensarlo. Vuelvo a meterlo en el cajón y lo cierro de un golpe. Me sudan las manos.

—Eso es. —Mike me guiña un ojo—. Bien guardado. Hasta luego.

Me deja sola y un momento después oigo la puerta principal.

Creo que me iría bien un chupito de vodka.

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Al final, me decido por una taza de café y un par de galletas que Gianna me cede de su alijo personal. Dios mío, echo mucho de menos las galletas. Y el pan. Y las tostadas. Me muero por una buena tostada crujiente y doradita, cubierta de mantequilla…

En fin. Deja de fantasear sobre carbohidratos. Deja de pensar en el látigo. Un látigo en miniatura. Muy bien. ¿Y qué?

Mamá viene a las once, pero no tengo nada que hacer hasta entonces. Me paseo por la sala, me siento en el brazo del inmaculado sofá y abro una revista, pero la cierro a los dos minutos. Estoy demasiado crispada. Es como si hubieran empezado a surgir grietas en esta vida tan perfecta. No sé qué pensar. No sé qué hacer.

Dejo la taza de café y me miro las uñas impecables. Yo era una chica normal con el pelo de escarola, los dientes salidos y un novio chungo. Con un trabajo cutre, un grupo de amigas con las que echar unas risas y un piso diminuto y acogedor.

Y ahora… Aún reacciono con retraso cuando veo mi reflejo en un espejo. Y no veo mi personalidad reflejada por ningún lado en este apartamento. El reality show de la tele… los tacones altos… mis amigas que no quieren ni verme… un tipo que me dice que es mi amante secreto… No sé en qué me he convertido. No comprendo qué demonios me ha pasado.

Siguiendo un impulso, dejo la revista y voy al estudio. Ahí está mi escritorio, pulcro y reluciente, con la silla perfectamente colocada en su sitio. Nunca he tenido un escritorio tan ordenado. No es de extrañar que no supiera que es mío. Me siento y abro el primer cajón. Está lleno de cartas ordenadas en carpetas de plástico. En el segundo están los extractos bancarios, atados con cordel azul.

Jolines. ¿Desde cuándo me he vuelto tan minuciosa?

Abro el último, el más grande, esperando encontrar una hilera de frascos de Tippex perfectamente alineados, o algo por el estilo. Pero está vacío, aparte de un par de papeles.

Saco los extractos bancarios y los hojeo deprisa. Me quedo estupefacta al ver mi sueldo, que es al menos tres veces más de lo que ganaba antes. La mayor parte del dinero sale de mi cuenta personal y va a la cuenta conjunta que tengo con Mike. Pero una cantidad considerable va cada mes a una cosa llamada «Cta. Unito». Tengo que averiguar qué es.

Dejo los extractos y saco los papeles del último cajón. Uno está escrito con mi letra, pero con tantas abreviaturas que no entiendo ni jota. Casi parece un código cifrado. En el otro, un trozo de hoja arrancado de un bloc, hay únicamente tres palabras garabateadas a lápiz con mi letra:

Yo sólo deseo

Las contemplo, absorta. ¿Qué? ¿Qué deseaba?

Mientras le doy vueltas al papel, intento imaginarme a mí misma escribiendo esas palabras. Incluso —aunque sé que no tiene sentido— trato de recordarme escribiéndolas. ¿Fue hace un año? ¿Seis meses? ¿Tres semanas? ¿En qué estaría pensando?

Suena el timbre. Doblo el papel con todo cuidado y me lo meto en el bolsillo. Luego cierro el cajón de golpe.

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Mamá se ha traído tres perros: tres whippet enormes y llenos de energía a este loft impoluto e inmaculado. Que Dios nos agarre confesados.

—Hola, mamá. —Mientras recojo su raída chaqueta acolchada y voy a darle un beso, dos chuchos salen disparados hacia el sofá—. Wow… ¡Has venido acompañada!

—Los pobrecitos se han puesto tan tristes cuando iba a salir… —Tiene al tercero abrazado y restriega la mejilla contra su hocico—. Agnes se siente un poco vulnerable últimamente.

—Ya. Pobrecita. ¿No podías dejarla en el coche?

—¡Cariño! ¡No puedo abandonarla! —Eleva los ojos al cielo—. No ha sido fácil organizar este viaje a Londres, ¿sabes?

Vaya por Dios. Ya sabía yo que ella no quería venir. Toda esta visita es fruto de un malentendido. Sólo le dije por teléfono que me sentía rara rodeada de tantos desconocidos, y ella se puso a la defensiva y me espetó que por supuesto pensaba hacerme una visita. Así que acabamos quedando para hoy.

Un perro ha puesto las patas en la mesita del café; el otro se ha subido al sofá y está mordisqueando un cojín. Si el sofá vale diez mil, ese cojín debe de costar mil libras él sólito.

—Mamá, ¿podrías sacar ese perro del sofá?

—Raphael, ¡cuidadito con hacer estropicios! —le advierte. Y a continuación suelta a Agnes, que se apresura a reunirse con Raphael y con el otro, como demonios se llame.

Ahora hay tres whippet retozando en el sofá de Mike. Espero que no se le ocurra encender las cámaras en este momento.

Vuelve a sonar el timbre. Ahora es Bree la que aparece, con aire enfurruñado y las manos en los bolsillos.

—¿Tienes Coca-Cola light? —me suelta a modo de saludo.

—En la cocina, creo —contesto distraídamente. Ahora estoy demasiado ocupada—. ¡Perritos! ¡Fuera del sofá!

Ni caso.

—¡Venid, pequeñines! —Mamá saca unas galletas de los bolsillos de su rebeca y los tres dejan de roer el tapizado y salen disparados hacia ella—. Muy bien. Sin un solo desperfecto. —Compruebo el cojín aplastado que Raphael acaba de soltar. No vale la pena decir nada.

—No hay Coca-Cola light. —Bree regresa de la cocina desenvolviendo una piruleta. Se le ven unas piernas larguísimas con esos vaqueros tan ceñidos y esas botas—. ¿No tendrás Sprite?

—Quizá. Oye… ¿tú no deberías estar en el colegio?

—No —repone encogiéndose de hombros.

—¿Cómo que no? —Noto una repentina tensión en el aire.

Ninguna de las dos responde de inmediato. Mamá se ajusta su cinta de terciopelo.

—Bree tiene un problemilla —dice por fin—. ¿No, Raphael?

—Estoy expulsada temporalmente. —Con aire arrogante, se sienta y pone las botas sobre la mesita.

—¿Expulsada? ¿Por qué?

Silencio. Mamá no parece haberme oído.

—¿Mamá? —insisto.

—Me temo que Bree ha vuelto a hacer de las suyas —explica con una mueca.

—¿Y eso qué significa?

Bree nunca se ha distinguido por sus trastadas. Al contrario. Es muy ingenua.

—¡Tampoco había para tanto! ¡Se han pasado un montón conmigo! —protesta, quitándose la piruleta de la boca—. Lo único que hice fue llevar al cole a esa vidente.

—¿A una vidente?

—Bueno. —Me mira con una sonrisita socarrona—. La conocí en un bar. No sé si tiene poderes, pero todo el mundo se lo tragó. Les cobré diez pavos por cabeza y ella les dijo a todas que iban a conocer muy pronto a un chico. Se quedaron encantadas. Hasta que un profesor se enteró.

—¿Diez pavos por cabeza? —repito, incrédula—. ¡No me extraña que estés metida en un lío!

—Es el último aviso —me dice, orgullosa.

—¿Por qué? ¿Qué más has hecho?

—No gran cosa. Bueno… durante las vacaciones hice una recolecta para esa profesora de mates, la señorita Winters, que había sido internada en un hospital. —Se encoge de hombros—. Dije que estaba en las últimas y todo el mundo puso un montón de pasta. Me saqué más de quinientos pavos. —Se ríe sorbiéndose la nariz—. ¡Fue una pasada!

—Cariño, eso es obtener dinero de modo fraudulento. —Mamá retuerce su collar de ámbar y acaricia con la otra mano a uno de los perros—. La señorita Winters estaba muy contrariada.

—Le regalé una caja de bombones, ¿no? —replica Bree sin ningún arrepentimiento—. Además, no era mentira. Te puedes morir de verdad por una liposucción.

Estoy patidifusa. ¿Cómo es posible que mi dulce e inocente hermanita se haya convertido en semejante gamberra?

—Necesito crema para los labios —anuncia ella, quitando los pies de la mesa—. ¿Puedo usar la de tu tocador?

—Eh… claro. —En cuanto desaparece, me vuelvo hacia mamá—. ¿Pero qué ha pasado? ¿Cuánto lleva metiéndose en líos?

—Pues… los últimos dos años —contesta sin mirarme, como si le hablara al perro que tiene en el regazo—. Es una buena chica, en el fondo, ¿verdad, Agnes? Sólo que se deja arrastrar por el mal camino. Unas chicas mayores la incitaron al robo, no fue culpa suya.

—¿Qué robo? —pregunto alucinada.

—Bueno. —Pone expresión afligida—. Fue un desafortunado incidente. Se quedó con la chaqueta de un compañero de clase y cosió detrás una cinta con su nombre. Luego estaba muy arrepentida.

—Pero… ¿porqué?

—Nadie lo sabe, cariño. Le sentó muy mal la muerte de su padre, y desde entonces ha sido prácticamente una tras otra.

No sé qué responder. Quizá sea normal que una adolescente se desmande un poco después de perder a su padre.

—Esto me recuerda otra cosa. Tengo algo para ti, Bella —me dice, hurgando en su bolsa de lona y sacando un DVD—. Es el último mensaje de tu padre. Hizo una grabación de despedida antes de la operación. Por si acaso. La pusieron en el funeral. Si no la recuerdas, deberías verla. —Me la entrega sosteniéndola con dos dedos, como si estuviese contaminada.

El último mensaje de papá. Todavía no puedo creer que lleve tres años muerto.

—Será como volver a verlo. Qué impresionante que se le ocurriera hacer una grabación.

—Sí, bueno, ya sabes cómo era. Siempre tenía que ser el centro de atención.

—¡Por favor, mamá! A mí me parece normal ser el centro de atención en tu propio funeral.

Ella simula no haberme oído. Su truco de siempre cuando la gente habla de algo que no le gusta. Se hace la loca y cambia de tema.

En efecto, enseguida levanta la vista y me dice:

—Tal vez puedas echarle a Bree una mano, cielo. Estabas pensando en buscarle un puesto de interina en tu oficina.

—¿De interina? —Arrugo el entrecejo—. No sé qué decirte… —Mi situación en la empresa ya es bastante complicada sin que Bree ande por allí quejándose y haciendo aspavientos.

—Sólo una semana o dos. Tú dijiste que habías hablado en la oficina y que estaba todo arreglado…

—Quizá. Pero ahora todo es distinto. Ni siquiera me he reincorporado y tengo que volver a aprenderlo todo…

—Tú has hecho una carrera brillante —continúa.

Sí, impresionante. De asistente a bruja repulsiva en un solo paso.

Se hace un silencio. Sólo se oyen los perros, que corretean por la cocina. No quiero ni pensar qué estarán haciendo.

—Justamente estaba pensando en eso —le digo—. Quiero reunir otra vez todas las piezas… y no me acaban de encajar. ¿Por qué me presenté a ese programa de la tele? ¿Cómo me convertí en una mujer dura y ambiciosa de la noche a la mañana? No consigo comprenderlo.

—No tengo ni idea, hija. —Tampoco tiene mucho interés. Ahora parece muy ocupada buscando algo en su bolsa—. Una quiere mejorar en su trabajo, es natural.

—Eso no tuvo nada de natural. —Me inclino hacia delante, a ver si consigo captar su atención—. Nunca fui una de esas profesionales enérgicas, tú lo sabes. ¿Por qué cambiaría tan de sopetón?

—Cariño, hace mucho de eso, ya no recuerdo… ¿No eres una buena chica? ¿No eres la chica más guapa del mundo?

Le está hablando a un perro, me doy cuenta de golpe. Ni siquiera me escucha. Típico de ella.

Bree se acerca, chupando aún su piruleta.

—Estaba hablando con Bella de que pases una temporada de interina en su oficina —le dice mamá—. ¿Te gustaría?

—Cuando haya vuelto a incorporarme —aclaro.

—Psé. Supongo.

Ni siquiera parece agradecida.

—Con algunas normas básicas, desde luego —le advierto—. No puedes estafar a mis compañeros. Ni robarles.

—¡Yo no robo! —grita—. Sólo era una chaqueta de mierda. Y fue un malentendido. ¡Por favor!

—No fue sólo la chaqueta, cielo —dice mamá.

—Todo el mundo piensa mal de mí. Cada vez que desaparece algo, me convierto en el chivo expiatorio. —Está pálida, le brillan los ojos. Se encoge de hombros y yo me siento culpable. Tiene razón, la he juzgado sin conocer los hechos.

—Perdona —le digo en tono conciliador—. Estoy segura de que no robaste nada.

—Como quieras —replica sin mirarme—. Échame la culpa de todo si quieres. Igual que los demás.

—No, no. —Me acerco a ella, junto a la ventana—. Bree, perdona. Sé que todo ha sido muy duro desde que murió papá… Ven —le digo, abriendo los brazos.

—Déjame en paz —exclama con brusquedad.

—Pero…

—¡Lárgate! —Retrocede y alza los brazos para zafarse de mí.

—¡Venga, hermanita! —Insisto y la abrazo con fuerza. Pero me echo atrás enseguida—. ¡Uy! ¡Cómo pinchas!

—¿Yo?

Miro extrañada su chaqueta llena de bultos.

—¿Qué demonios llevas en los bolsillos?

—Latas —dice a bote pronto—. De atún y maíz.

—¿De maíz? —repito pasmada.

—¡Otra vez no! —exclama mamá, cerrando los ojos—. Bree, ¿qué has cogido ahora?

—¡Déjame en paz! ¡No he cogido nada!

Levanta la mano, airada, y le salen disparados de la manga dos pintalabios. Aterrizan en el suelo con estrépito y las tres nos quedamos mirándolos. Son de Chanel.

—¿Son míos? —pregunto al fin.

—¡No! —responde Bree, furiosa y completamente colorada.

—Claro que sí.

—Como si fueras a enterarte —replica enfurruñada—. Tienes miles.

—¡Ay, Bree! —dice mamá, apenada—. Vacíate los bolsillos.

Ella le lanza una mirada asesina y empieza a sacarse cosas de los bolsillos y dejarlas en la mesita del café. Dos cremas hidratantes nuevas. Una vela de Jo Malone. Un cargamento de maquillaje. Un juego de perfumes Christian Dior.

La observo con ojos desorbitados.

—Ahora quítate la camiseta —le ordena mamá, como si fuera una agente de inmigración.

—¡Esto es injusto! —murmura Bree. Se quita la camiseta con cierto esfuerzo y me quedo boquiabierta. Debajo lleva un vestido de tirantes de Armani remetido de cualquier manera en los pantalones; cuatro o cinco sujetadores La Perla en torno a la cintura y, colgados de ellos, dos bolsitos de noche.

—¿Has cogido un vestido? ¿Y sujetadores?

—Vale, ¿quieres tu vestido? Muy bien. —Se quita todo, una capa tras otra, y lo tira sobre la mesa—. ¿Satisfecha? —grita desafiante—. No es culpa mía. Mamá no me da dinero para ropa.

—¡Menuda tontería! —bufa mamá—. Tienes ropa a montones.

—¡Toda pasada de moda! —responde Bree a gritos. Es evidente que ya han tenido esta discusión otras veces—. ¡No todos vivimos en los setenta! ¿Cuándo vas a enterarte de que estamos en el siglo XXI? —Señala su vestido—. ¡Es patético!

—¡Basta, Bree! —le digo—. Ésa no es la cuestión. Además, esos sujetadores ni siquiera te van.

—Se pueden vender en eBay —replica mordaz—. Lujosos sujetadores de fantasía.

Se pone la camiseta, se sienta en el suelo y empieza a enviar un sms con su móvil.

Entre una cosa y otra, me tienen enloquecida.

—Bree, quizá deberíamos mantener una pequeña charla. Mamá, ¿por qué no vas a preparar café?

Ella también está de los nervios y acoge la propuesta con alivio. En cuanto se ha ido, me siento en el suelo frente a mi hermana, que no levanta la vista.

Vale. He de ser comprensiva. Sé que hay una gran diferencia de edad entre las dos. Además, ni siquiera recuerdo una parte de su vida. Pero seguro que hay un vínculo entre nosotras.

—Escucha, Bree —empiezo con mi mejor voz de hermana mayor enrollada—. No puedes andar por ahí robando, ¿entiendes? No puedes sacarle dinero a la gente.

—Que te den —murmura ella sin levantar la cabeza.

—Te meterás en líos. Te echarán a patadas del colegio.

—A la mierda —me suelta—. Que te den… y que te den.

—¡Escucha! —le digo, haciendo acopio de paciencia—. Sé que las cosas pueden ser duras. Y es posible que te sientas sola viviendo con mamá. Pero si algún día quieres que hablemos, si tienes problemas, aquí estoy. Llámame o mándame un mensaje. A cualquier hora. Saldremos a tomar un café o nos iremos al cine…

Me detengo. Bree sigue enviando un mensaje con una mano.

—¡Que te den a ti, nena! —exclamo furiosa.

Maldita mocosa descarada. Si mamá se cree que le voy a dar un puesto en la empresa, va fina.

Nos quedamos ahí sentadas, sumidas en un espeso silencio. Luego me acuerdo del DVD de papá; sin levantarme del suelo, me acerco al reproductor y lo meto en la ranura. La pantalla gigante de la pared opuesta se enciende en el acto y enseguida aparece el rostro de mi padre.

Lo contemplo absorta. Está en un sillón con una bata afelpada roja, aunque no reconozco la habitación. Normal: no llegué a ver la mayoría de los sitios donde vivió. Tiene la cara demacrada, como la tenía cuando se puso enfermo. Era como si se estuviese desinflando lentamente. Pero sus ojos verdes centellean y tiene un puro en la mano.

«Hola —dice con voz ronca—. Soy yo. Bueno, ya lo sabéis. —Se le escapa una risita que se convierte en una tos seca. Él la alivia dándole una buena calada al puro, como si fuese un trago de agua—. Todos sabemos que esta operación sólo tiene un cincuenta por ciento de posibilidades. Culpa mía, por castigarme el cuerpo de esta manera. O sea que he pensado en dejaros un pequeño mensaje, por si acaso.»

Hace una pausa y le da un trago a un vaso de whisky. La mano le tiembla cuando vuelve a dejarlo. ¿Sabía que se iba a morir? Tengo un nudo en la garganta. Miro de soslayo a Bree. Ella ha dejado el teléfono; se ha quedado paralizada también.

«Disfrutad de la vida —dice papá a la cámara—. Sed felices. Sed buenas entre vosotras. Reneé, deja de vivir a través de esos malditos chuchos. No son humanos. Nunca te querrán ni te apoyarán ni se irán a la cama contigo. Salvo que estés muy desesperada.»

Me llevo la mano a la boca.

—¡No puede haber dicho eso!

—Ya lo creo —dice Bree con una risita—. Mamá se levantó y se fue en cuanto lo oyó.

«Sólo tenéis una vida, queridas mías. No la malgastéis.»

Mira a la cámara con los ojos brillantes y de repente me acuerdo de cuando venía a buscarme al colegio con su coche deportivo. «¡Es mi papá!», le explicaba a todo el mundo. Los niños miraban el coche boquiabiertos y las madres no podían dejar de echarle miradas furtivas, tan atractivo estaba con su chaqueta de lino y su bronceado español.

«Sé que me he equivocado más de una vez —continúa—. Sé que no he sido un buen padre de familia. Pero, con la mano en el corazón, lo he hecho lo mejor que he podido. Adiós, queridas mías. Nos vemos en el otro barrio.» Levanta la copa hacia la cámara y echa un trago. Luego la pantalla se apaga.

El DVD sale con un chasquido, pero ni Bree ni yo nos movemos. Mientras sigo contemplando la pantalla vacía, me siento más desolada que nunca. Mi padre está muerto. Lleva muerto tres años. No podré volver a hablar con él nunca más. Ni hacerle un regalo de cumpleaños. Ni pedirle consejo. No es que se le pudiera pedir consejo sobre demasiadas cosas. Tal vez sobre dónde comprar lencería sexy… Pero bueno. Miro a Bree; ella me devuelve la mirada y se encoge de hombros.

—Un mensaje muy bonito —digo, decidida a no ponerme sentimental ni mucho menos a llorar—. Papá terminó bien.

—Sí. Es cierto.

El hielo entre nosotras parece haberse derretido. Bree hurga en su bolso y saca un estuche de maquillaje. Mirándose en el espejito, se pinta con destreza con un lápiz de labios. Nunca la había visto maquillarse, salvo cuando jugábamos a pintarnos.

Bree ya no es una niña, pienso mientras la observo. Está a punto de convertirse en una mujer. Hoy las cosas no han ido demasiado bien entre nosotras, pero a lo mejor fuimos amigas en el pasado.

Quizá era mi confidente.

—Oye, Bree —le digo bajando la voz—. ¿Hablábamos a menudo antes del accidente? Nosotras dos, quiero decir. De… nuestras cosas. —Echo un vistazo hacia la cocina para asegurarme de que mamá no nos oye.

—Un poco. —Se encoge de hombros—. ¿A qué te refieres?

—Estaba pensando… —Intento parecer natural—. Por pura curiosidad… ¿te hablé alguna vez de un tal Edward?

—¿Edward? —Hace una pausa, con el lápiz de labios en la mano—. ¿Quieres decir ése con el que te fuiste a la cama?

—¿¡Cómo!? ¿Estás segura? —¡Dios mío! Es cierto.

—Claro. —Parece sorprendida de mi reacción—. Me lo contaste en Nochebuena. Estabas bastante borracha.

—¿Qué más te conté? —El corazón me late enloquecido—. Dime todo lo que recuerdes.

—¡Me lo contaste todo! —dice con los ojos brillantes—. Con detalles. Era tu primera vez, y él perdió el condón, y tú estabas muriéndote de frío en medio de las pistas del cole…

—¿En las pistas…? —Me la quedo mirando—. ¿No querrás decir… no estarás hablando de James?

—¡Ah, sí! —Chasquea la lengua—. Ése. James. El que estaba en el grupo de rock. ¿Por qué? ¿Tú en quién estabas pensando? —Termina de arreglarse los labios y me mira con interés renovado—. ¿Quién es Edward?

—Nadie —me apresuro a decir—. Un… tipo. Nadie importante.

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¿Lo ves? No hay pruebas. Si de verdad tuviera una aventura, habría dejado algún rastro. Una nota, una foto, un diario. O lo sabría Bree, algo así…

Lo cierto es que estoy felizmente casada con Mike. Ésa es la verdad.

Mamá y Bree se han marchado hace un rato, después de engatusar a un whippet para que saliera del Jacuzzi, donde se estaba peleando con una toalla. Ahora voy en el coche con Mike, deslizándome por la orilla del Támesis. Él tenía una reunión con Ava, su interiorista, y me ha propuesto que le acompañase a ver el piso piloto de su último proyecto: el Blue 42.

Todos los edificios de Mike se llaman así, Blue y un número. Es la marca de la empresa. Y resulta que tener una marca es indispensable para vender el estilo de vida loft. Como lo es tener puesta la música adecuada y exhibir en la mesa una cubertería de diseño. Al parecer, Ava es genial eligiendo cuberterías.

Yo ya sabía de Ava por el manual. Tiene cuarenta y ocho, está divorciada, trabajó durante veinte años en Los Ángeles, ha escrito una serie de libros de interiorismo y diseña todos los pisos piloto de la empresa de Mike.

—Hoy he mirado mis extractos bancarios —le digo mientras avanzamos entre el tráfico—. Según parece, estoy enviando dinero regularmente a un sitio llamado Unito. Y en el banco me han dicho que es una cuenta de un paraíso fiscal.

—Vaya, vaya —asiente. No parece ni remotamente interesado. Aguardo por si comenta algo más, pero él enciende la radio.

—¿Tú sabías algo? —le pregunto, levantando la voz.

—No. —Se encoge de hombros—. Pero no es mala idea tener un poco de dinero en un paraíso fiscal.

—Vale.

No me satisface nada su respuesta. Casi me dan ganas de empezar una pelea. Aunque no sé bien por qué.

—He de poner gasolina —anuncia, desviándose y entrando en una estación de servicio—. No tardo nada…

—Oye —le digo cuando abre la puerta—, ¿me traes una bolsa de patatas? Con sal y vinagreta, si hay.

—¿Una bolsa de patatas? —Me mira como si le hubiese pedido una dosis de heroína.

—Sí, patatas.

—Cariño, tú no comes patatas. Está en el manual. Nuestro nutricionista nos recomendó una dieta proteínica baja en carbohidratos.

—Ya… ya lo sé. Pero todo el mundo tiene derecho a darse un gusto de vez en cuando, ¿no? Y a mí ahora me apetecen unas patatas.

Mike no sabe qué decir durante un instante.

—Los médicos ya me advirtieron que podrías comportarte de un modo irracional y tomar decisiones extrañas —murmura como si hablara consigo mismo.

—¡Comerse una bolsa de patatas no tiene nada de irracional! ¡No son un veneno!

—Cielo, lo digo por ti. —Ahora adopta su tono cariñoso—. Sé muy bien lo que te costó bajar esas dos tallas. Gastamos un montón en un entrenador personal. Si ahora quieres echarlo por la borda por una bolsa de patatas… tú sabrás. Aun así, ¿insistes?

—Sí —replico, más desafiante de lo que desearía.

Una sombra de irritación le cruza el rostro, pero enseguida la convierte en una sonrisa.

—Como quieras. —Y cierra la puerta con estrépito.

Unos minutos más tarde, vuelve con la bolsa.

—Aquí tienes. —Me la tira en el regazo y arranca.

—Gracias. —Le sonrío, aunque él no parece advertirlo.

Mientras se concentra en el volante intento abrir la bolsa, pero tengo la mano izquierda algo torpe aún y no logro agarrarla bien. Al final, me la pongo entre los dientes, tiro con fuerza con la mano derecha y… explota la bolsa entera.

Mierda. Hay patatas por todas partes. Por los asientos, por la palanca del cambio, por la ropa de Mike.

—¡Dios! —exclama cabreado—. ¿Las tengo en el pelo también?

—Perdona —digo mientras le sacudo la chaqueta—. Lo siento muchísimo…

El aroma a vinagreta inunda el coche. Mmmm… delicioso.

—Tendré que hacer lavar el coche de arriba abajo —refunfuña arrugando la nariz—. Y tengo la chaqueta llena de grasa.

—Lo siento mucho, Mike —murmuro, quitándole los últimos trocitos—. Yo pagaré la tintorería. —Me arrellano en mi asiento, cojo una patata enorme de mi regazo y me la meto en la boca.

—¿Pero te la vas a comer? —Parece fuera de sí.

—La tenía en la falda —protesto—. ¡No la he cogido del suelo!

Nos quedamos callados. Disimuladamente, me como unas cuantas más, procurando que no crujan demasiado.

—No es culpa tuya —dice Mike, con la mirada fija en la calzada—. Te diste un golpe en la cabeza. Aún no puedo esperar una normalidad total.

—Yo me siento muy normal.

—Claro que sí. —Me da unas palmaditas, aunque sólo logra ponerme todavía más envarada. Vale, quizá no esté recuperada del todo, pero sé que una bolsa de patatas no te convierte en una enferma. Voy a decírselo cuando él pone el intermitente, gira para cruzar unas puertas que se abren a nuestro paso y entramos en una explanada. Luego apaga el motor.

—Ya estamos. —Percibo una nota de orgullo en su voz mientras señala el edificio—. Ésta es nuestra última criatura.

Levanto la vista, abrumada. Ya se me han olvidado las patatas. Tengo ante mí un edificio blanco nuevecito, con balcones curvados, un toldo en la entrada y una escalinata de granito que termina en unas puertas imponentes de marco plateado.

—¿Tú has hecho esto? —le digo por fin.

—Bueno, no con mis propias manos —contesta riendo—. Vamos.

Abre la puerta, se sacude un par de patatitas de los pantalones y baja del coche. Yo lo sigo, maravillada, mientras un portero de uniforme viene a abrirnos. El vestíbulo es todo de mármol blanquísimo y está decorado con columnas. Esto es un verdadero palacio.

—Increíble. ¡Qué glamur! —No dejo de reparar en detalles de un gusto exquisito, como los zócalos con incrustaciones o el cielo pintado en el techo.

—El ático tiene su propio ascensor. —El portero asiente y Mike me guía hasta el fondo del vestíbulo. El ascensor, con revestimientos de marquetería, es precioso—. En el sótano hay una piscina, un gimnasio y una sala de cine para los inquilinos. Aunque, por supuesto —añade—, la mayoría de los apartamentos tienen su gimnasio y su proyector de cine propios.

Lo miro para ver si me toma el pelo; parece que no.

—Ya hemos llegado. —Las puertas se abren con un leve chasquido y salimos a un vestíbulo circular lleno de espejos. Mike presiona con suavidad uno de los espejos. Es una puerta; en cuanto se abre, me quedo embobada.

Ante mí se extiende una estancia kilométrica. Es un espacio, no una habitación. Tiene ventanales de cristal hasta el techo, una chimenea en la que puedes entrar andando y, en la pared opuesta, una enorme plancha de acero por la que cae en cascada una corriente de agua.

—¿Es agua de verdad? —pregunto estúpidamente.

Mike se echa a reír.

—A nuestros clientes les gustan estos detalles únicos. ¿Divertido, no? —Coge un mando, apunta a la cascada y el agua se ve bañada de repente por una luz azul—. Hay diez luces distintas programadas… ¿Ava? —llama.

Enseguida aparece por una puerta empotrada una rubia delgadísima con gafas sin montura, tejanos grises y una blusa blanca.

—¡Eh, Bella! —me saluda con su acento de la costa Este—. ¡Ya estás repuesta! —Me estrecha una mano entre las suyas—. Me enteré de lo que te pasó. Pobrecilla.

—Estoy bien —sonrío—. Tratando de ponerme otra vez en marcha… ¡Este sitio es increíble! Y toda esa agua…

—El agua es el tema central del apartamento piloto —me explica Mike—. Hemos seguido estrictamente los principios del feng-shui, ¿verdad, Ava? Cosa que tiene suma importancia para nuestro target de gama extra alta…

—¿Extra qué?

—Los más ricos —aclara—. Nuestro mercado potencial.

—El feng-shui es fundamental para esa gama social —asiente Ava—. Mike, acabo de recibir los peces para la suite principal. ¡Son impresionantes! Cada uno cuesta trescientas libras —me explica—. Los hemos alquilado expresamente.

Gama extra no sé qué. Peces alquilados. Cascadas de colores. Esto es otro mundo. No tengo palabras; me limito a mirar en derredor: la barra de bar curvada, la sala situada en un nivel más bajo, la escultura de vidrio colgada del techo. No tengo ni idea de lo que debe de costar todo esto. Prefiero no saberlo.

—Mira, echa un vistazo. —Ava me pone en las manos un detalladísimo modelo a escala, hecho de papel y palillos—. Es del edificio entero. Verás que he reflejado la línea curvada de los balcones en el borde festoneado de los almohadones —añade—. Una fusión de Art Deco y Gaultier.

—Eh… magnífico. —Me devano los sesos, buscando alguna cosa que decir—. ¿Y cómo se te ocurrió todo esto? —pregunto señalando la cascada, ahora de color naranja.

—Ah, eso no fue idea mía. Mi especialidad es el mobiliario, los tejidos, los detalles sensuales. El concepto en sí es de Edward.

Siento un pequeño sobresalto.

—¿Edward? —repito ladeando la cabeza, como si fuera una palabra de un oscuro idioma.

—Edward Cullen —apunta Mike—. El arquitecto. Lo conociste en la cena… ¿No me has preguntado antes por él?

—¿Ah, sí? No me acuerdo.

Empiezo a darle vueltas a la maqueta del edificio, sin hacer caso del calorcillo que me sube a la cara.

Es absurdo. Me estoy comportando como una adúltera con sentimiento de culpa.

—¡Edward! —exclama Ava—. ¡Estábamos hablando de ti!

¿Es que está aquí? Aprieto la maqueta con fuerza. No quiero verle. No quiero. He de poner una excusa y marcharme…

Pero es demasiado tarde. Ahí está, acercándose a grandes zancadas con sus tejanos y un jersey azul marino de pico.

Bueno. Manten la calma. Todo va bien. Estás felizmente casada. No has encontrado pruebas de ninguna aventurilla, de ningún affaire o liaison con este hombre.

—Hola. Mike. Bella. —Nos hace un gesto educado. Luego me mira las manos… Tierra, trágame. La maqueta está medio aplastada; tiene el tejado roto y se ha desprendido un balcón.

—¡Bella! —exclama mi marido—. ¿Qué ha pasado?

—¡Edward! ¡Tu maqueta! —La cara de Ava es todo un poema.

—Lo siento muchísimo —digo aturdida—. No sé qué ha pasado. La tenía en la mano y no sé como…

—No te preocupes. —Edward se encoge de hombros—. Sólo me costó un mes hacerla.

—¿Un mes? —repito horrorizada—. Escucha, si tienes un poco de celo, yo te la arreglo… —Le doy golpecitos al tejado aplastado, con la esperanza de ponerlo bien otra vez.

—Quizá no fuese un mes —dice Edward, observándome—. Quizá un par de horas.

—Ah, bueno. —Paro de dar golpecitos—. Perdona de todos modos.

Me echa una mirada rápida.

—Podrías compensarme.

¿Compensarlo? ¿Qué quiere decir? Sin pensarlo, me cuelgo del brazo de Mike. Necesito tranquilidad, un contrapeso para mantener los pies en el suelo. Un marido firme a mi lado.

—El apartamento es impresionante. —Ahora adopto un tono insulso de esposa de ejecutivo—. Felicidades.

—Gracias. Me siento muy satisfecho —dice de un modo igualmente insípido—. ¿Y cómo va esa memoria?

—Más o menos igual.

—¿Ningún recuerdo nuevo?

—No.

—Qué pena.

—Si.

Intento actuar con naturalidad, pero entre nosotros hay una especie de corriente eléctrica cada vez más intensa. Se me está entrecortando el aliento. Le echo una mirada a Mike, convencida de que habrá notado algo, pero él ni siquiera pestañea. ¿No se da cuenta? ¿No lo ve?

—Mike, tenemos que hablar del proyecto Bayswater —dice Ava después de hojear unos papeles que tenía en su bolso de piel—. Fui a verlo ayer y tomé algunas notas…

—¿Por qué no das una vuelta mientras hablamos, Bella? —me dice Mike, soltándome el brazo—. Edward puede enseñártelo todo.

Me quedo rígida.

—No te preocupes.

—A mí me encantaría —comenta Edward—. Si te apetece a ti.

—No, no hace falta…

—Cariño, Edward ha diseñado este edificio. —Mike me mira con expresión severa—. Ahora tienes una oportunidad única para conocer la visión de la empresa.

—Sígueme y te explicaré el concepto básico —insiste Edward, señalando el otro extremo del apartamento.

No tengo escapatoria.

—Fantástico —accedo al fin.

Bueno. Si quiere hablar, hablaremos. Lo sigo en silencio; él se detiene junto a las corrientes de agua coloreada. ¿Cómo va a vivir nadie con una cascada atronando en la pared?

—Bueno —digo con educación—, ¿de dónde sacas todas estas ideas? Todos estos detalles tan exclusivos.

Edward arruga la frente, pensativo. Espero que no me suelte ahora un discursito pretencioso sobre su genio artístico.

—Simplemente —responde— me pregunto qué podría gustarle a un imbecil. Y lo pongo en el proyecto.

No puedo evitar una carcajada. Alucino con este tío.

—Bueno, si yo fuera imbecil, esto me encantaría.

—¿Lo ves? —Se me acerca y baja la voz. Casi cuesta oírle con la cascada al lado—. ¿O sea que no has recordado nada?

—Nada.

—Muy bien. —Da un suspiro—. Hemos de vernos; tenemos que hablar. Hay un sitio a donde solemos ir. El Old Canal House de Islington. Te habrás fijado en la altura de los techos —añade en voz más alta—. Son el sello distintivo de todos nuestros proyectos. —Me mira un momento y ve mi expresión—. ¿Qué?

—¿Tú estás loco? —le suelto con un silbido, cuidando que Mike no pueda oírnos—. ¡No voy a quedar contigo! Y para tu información —susurro—, no he encontrado una sola prueba de que tengamos una aventura. Ni una… ¡Qué sentido magistral del espacio! —digo casi a gritos.

—¿Pruebas? —repite—. ¿Como qué?

—Como… qué sé yo. Como una carta de amor.

—Nosotros no nos escribimos cartas de amor.

—O chucherías.

—¿Chucherías? —Ahora casi se echa a reír—. Tampoco estábamos para chucherías.

—¡Pues vaya una aventura más cutre! —le espeto—. He mirado en mi tocador, y nada. En mi diario, tampoco. Le he preguntado a mi hermana, y ni siquiera ha oído hablar de ti.

—Bella. —Hace una pausa—. Era un amor secreto. Lo cual significa que nadie estaba al corriente.

—O sea: no tienes pruebas. Lo sabía.

Doy media vuelta y echo a andar hacia la chimenea. Él me sigue.

—¿Así que necesitas pruebas? —murmura incrédulo—. ¿Como, por ejemplo… una marca en la nalga izquierda?

—No tengo ninguna. —Me doy la vuelta, victoriosa, pero me detengo en seco. Mike nos está mirando desde la otra punta—. ¡Es asombroso el uso que has hecho de la luz! —Le hago una seña a Mike; él me la devuelve y prosigue su conversación.

—Sé muy bien que no tienes una marca en la nalga —me dice Edward, poniendo los ojos en blanco—. No tienes ninguna marca de nacimiento. Sólo un lunar en el brazo.

Me quedo muda un instante. Es cierto. Vale, ¿y qué?

—Eso puedes haberlo adivinado de chiripa —digo, y cruzo los brazos.

—Ya. Pero no es así. —Me sostiene la mirada—. No me lo he inventado, Bella. Tenemos una aventura. Nos queremos. De un modo profundo, apasionado.

—Escucha. —Me paso la mano por el pelo—. ¡Esto es una locura! Yo no tendría una aventura. Ni contigo ni con nadie. Nunca he sido infiel…

—Hicimos el amor aquí, en el suelo, hace sólo cuatro semanas —me interrumpe—. Ahí mismo. —Señala con la cabeza una enorme piel de carnero, blanca y mullida.

Yo la observo sin pronunciar palabra.

—Tú encima —añade.

—¡Basta! —Me vuelvo desquiciada y me alejo hasta el otro extremo del apartamento, donde una escalera de metacrilato ultramoderna asciende a un nivel más elevado.

—Echemos un vistazo a la zona de baños —dice él en voz alta, a mis espaldas—. Creo que te gustará…

—No lo creo —replico por encima del hombro—. Déjame en paz.

Llegamos a lo alto de la escalera y nos asomamos por encima de la balaustrada de acero. Veo a Mike en el nivel inferior y, más allá, tras los ventanales, todas las luces de Londres. He de reconocerlo: es un apartamento espectacular.

Edward se pone de pronto a olisquear el aire.

—Eh —dice—. ¿Has comido patatas a la vinagreta?

—Quizá. —Le echo una mirada suspicaz.

Él abre los ojos como platos.

—Estoy impresionado. ¿Has logrado pasar de extranjis una bolsa sin que se entere ese fanático de las calorías?

—No es ningún fanático. Le preocupa la nutrición, simplemente.

—Es Hitler en persona. Si pudiera encerrar el pan en un campo de concentración, no dudaría en hacerlo.

—Ya está bien.

—Lo gasearía: los panecillos, primero; luego los cruasanes.

—¡Basta! —Casi se me escapa una sonrisa; doy media vuelta para que no me vea.

Es más divertido de lo que parece. Y tiene su punto sexy, visto de cerca, con ese pelo desgreñado y oscuro.

Pero bueno, hay muchas cosas graciosas y con su punto sexy (Friends, por ejemplo) y no por eso te las llevas a la cama ni tienes una aventura con ellas.

—¿Qué quieres de mí? —le digo por fin, volviéndome y encarándolo—. ¿Qué pretendes que haga?

—¿Qué quiero? —Hace una pausa y arruga el entrecejo—. Quiero que le digas a tu marido que no lo amas y que vengas conmigo para que empecemos una nueva vida.

Habla en serio. Casi me da la risa.

—Quieres que me escape contigo —repito—. Ahora. Sin más ni más.

—Bueno, en cinco minutos. —Consulta su reloj—. Tengo un par de cosas que hacer.

—Estás como una cabra.

—De eso nada —dice con paciencia—. Te quiero. Y tú me quieres. De veras. Tienes que creerme.

—No tengo por qué creerte. —Me irrita su confianza—. Estoy casada, ¿vale? Tengo un marido. Lo quiero y he prometido quererlo toda mi vida. ¡Aquí está la prueba! —le digo mostrándole mi alianza.

—¿Lo quieres? —repite sin mirar el anillo—. ¿Sientes amor por él? ¿Aquí dentro? —Se golpea el pecho.

Me gustaría replicarle: «Sí, estoy desesperadamente enamorada de él» y cerrarle la boca de una vez por todas. Pero por algún estúpido motivo no me decido a mentir.

—Quizá no lo sienta aún… pero llegaré a sentirlo —le espeto, desafiante—. Mike es fantástico. Todo es maravilloso entre nosotros…

—Ajá. —Edward asiente con aparente educación—. Seguro que no habéis practicado el sexo desde el accidente…

Lo miro con desconfianza.

—¿Sí o no? —Sus ojos relampaguean.

—Yo… eh… —Me aturullo—. ¡Tal vez sí, tal vez no! Mi vida privada no es asunto tuyo.

—Ya lo creo que sí. —Ahora hay cierta ironía en su expresión—. Ya lo creo. Ésa es la cuestión precisamente.

Para mi sorpresa, me coge una mano y la sostiene un instante, mirándola. Luego, muy despacio, empieza a desrizarme el pulgar por la piel.

No consigo moverme. Siento una especie de hormigueo. Su pulgar va dejando a su paso una deliciosa sensación. Noto un estremecimiento en la nuca.

—Bueno, ¿qué te parece? —La voz de Mike resuena desde abajo.

Casi doy un brinco y retiro la mano de un tirón. ¿En qué estaría yo pensando?

—¡Es genial, cariño! —gorjeo asomándome a la balaustrada—. Enseguida bajamos…

Retrocedo para que no me vean desde abajo, y le hago una seña a Edward.

—Escucha, ya he tenido bastante —le susurro a toda prisa—. Déjame tranquila. No te conozco. No te quiero, digas lo que digas. Y las cosas ya son bastante difíciles ahora mismo. Lo único que quiero es seguir con mi vida y con mi marido, ¿vale? —Me dirijo hacia la escalera.

—No, no vale. —Me agarra del brazo—. Bella, hay muchas cosas que no sabes. Tú no eres feliz con Mike. Él no te quiere ni te comprende…

—¡Claro que me quiere! —Ya estoy hasta las narices—. Estuvo a mi lado en el hospital día y noche. Me trajo esas increíbles rosas marrón…

—¿Y crees que yo no quería estar contigo día y noche? —Me lanza una mirada turbada—. Te aseguro, Bella, que aquello por poco acaba conmigo.

—Suéltame. —Intento zafarme, pero él me sujeta con fuerza.

—No puedes tirar lo nuestro por la borda. —Me mira desesperado—. Lo tienes dentro. En alguna parte. Estoy seguro.

—¡Te equivocas! —Con un gran esfuerzo, acabo soltándome—. ¡No es cierto! —grito, y bajo las escaleras con un redoble de tacones y sin mirar atrás… directa a los brazos de Mike.

—¡Eh! —exclama riendo—. Menudas prisas. ¿Pasa algo?

—No me encuentro muy bien. —Me toco la frente—. Tengo jaqueca. ¿Podemos irnos ya?

—Claro que sí, cielo. —Me masajéalos hombros y echa un vistazo a las escaleras—. ¿Te has despedido de Edward?

—Sí. Vamos.

Mientras nos dirigimos hacia la puerta, me apoyo en su brazo. El suave tacto de su chaqueta Armani aplaca mis nervios. Éste es mi marido, qué caramba. Y es de él de quien estoy enamorada. Ésa es la única realidad.