Capítulo XI: Traslado
— ¿Cuándo vendrá por nosotros?
A favor de su miseria, su hermano era la cara opuesta de la moneda. Efusivo, inquieto y activo como en ninguna otra mañana. Por un momento envidio su ignorancia.
Le resultaba imposible calmar los precipitados latidos de su corazón, incluso luego de superar su propia prueba de fuego. Le había mentido de forma ruin a su propio hermano el día anterior, pero ¿cómo explicarle? Agradecía infinitamente que él fuera solo un pequeño niño cuando Inuyasha y ella se distanciaron. Con su propia desazón tenía más que suficiente por aquellos días.
La pasada noche, en su oscuro y silencioso dormitorio, los pensamientos que contemplo en los ojos del hombre abarcaron cada rincón de su mente. Aquellos mismos que horas antes observo en forma de humo brumoso. Con solo verlos había tenido un atisbó de lo que le esperaba.
Estaba condenada, aguardando el mortífero y certero golpe del verdugo.
Miro a Souta por sobre sus pestañas, había llegado demasiado lejos como para flaquear. Le sonrió ampliamente.
— En cualquier instante —respondió calmadamente, omitiendo nuevamente los latidos de su corazón—. ¿No se te ha olvidado nada?
— No, one-chan —se dejo caer pesadamente en el extremo del sofá que, solo minutos atrás, ocupo. Movió sus piernas con energía—. ¿Cómo crees que será? Digo, debe ser estupendo, recuerdo que su familia era rica.
— ¿Es lo único que te importa? —inquirió Kagome. Sus cejas se habían alzado con asombro ante la pregunta de su hermano—. Si es solo por eso, puedes estar tranquilo que continua siendo rico.
Souta se acurruco contra el brazo del sofá al saberse en falta, el tono de voz de su hermana le anuncio de su disgusto. No quiso haberle hecho enfadar, pero la verdad era que no podía medir la emoción que le embargaba. ¡Apreciaba a Inuyasha!, y un día solo desapareció de la vida de ella. Tal vez Kagome no lo supiera, pero él la observo llorar pocos días después de que Inuyasha dejara de venir a la casa. Entendía que era un tema delicado, aun sin saber cuál era el motivo que llevo al distanciamiento; pero los temas de los adultos siempre resultaban complicados. Así que había preferido mantenerse en silencio, si su hermana no quería hablar, él ni siquiera le recordaría la existencia de Inuyasha. Sentía que era lo mejor que podía hacer por ella.
— Discúlpame, sé bien que no lo decías con esa intención, Souta.
Era pequeño, pero los ojos de Kagome habían perdido ese brillo que la caracterizaba. ¿Cuál era la verdad de lo sucedido entre ambos?
El niño solo pudo sonreír quedamente, aunque el tono melancólico y la mirada de la mujer era algo que quedaría guardado en su memoria indefectiblemente.
Dos golpes en la puerta de entrada retumbaron en los oídos de la pelinegra con la misma fuerza que un huracán. El corazón se le disparo nuevamente, y pronto el inexistente valor que horas atrás logro acumular escapo de ella a cada latido desbocado y doloroso junto a cada irregular respiración.
«Tarde, muy tarde»
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¿Aquí vivirían?
Kagome se vio obligada a fruncir los labios en una fina y dura línea antes de terminar completamente avergonzada.
— Wow, ¡es impresionante! —comentó su pequeño hermano maravillado—, ¡increíble!
Ciertamente lo era, y eso que solo se encontraban mirando la fastuosa fachada del edificio.
Irrisorio, total y completamente absurdo. Ni quiera podía cavilar en como seria el interior.
— Asombroso, ¿no lo cree? —preguntó Shipou con una sonrisa, mientras dejaba caer pesadamente en la acera una de las maletas—. Nunca pensé que edificios así estén permitidos en Tokio.
La mujer trago en seco disminuyendo un poco el rictus en su rostro al rebuscar alguna palabra coherente en su aturdida y asombrada mente.
— Concuerdo completamente.
¡Aquello era demasiado!, se sentía abochornada.
El joven chofer de ojos verdes se rasco la nuca despreocupadamente. Ella sintió la vibración de su risa fresca y natural mientras tomaba un respiro.
— El señor Taisho es dueño del penthouse que se encuentra en las últimas dos plantas —indicó con uno de sus dedos. Los ojos de Kagome se cansaron de solo seguir el recto recorrido de interminables pisos—. Kaede-baba me comento que es una réplica exacta de uno que se encuentra en Montecarlo. ¡Debe verlo por dentro, señorita Higurashi!
«Debería huir lejos de esta locura. Eso debo hacer»
Asintió levemente para complacencia del joven. Sus pensamientos estaban en una dirección completamente opuesta, en una recta perfecta y continua, muy diferente incluso a los de Souta.
Bien, por lo menos agradeció no haber tenía que observar el rostro de superioridad desde entrada en la mañana de Inuyasha. Podía alistarse e intentar acomodarse, aunque lo último le resultaba meramente imposible en todos los aspectos de la palabra.
La compañía de Shipou había sido la única cuota de tranquilidad que tuvo mientras la limusina avanzaba con rapidez hacia aquí, apresándola en una admirable jaula de oro.
El botones, quien la pelinegra supuso que había sido previamente informado, ayudo a Shipou con las maletas. Incluso el encargado de la puerta, otro joven de la misma edad que el chofer, se inmiscuyo en la labor.
Kagome sintió como casi entraba en pánico cuando se acercaban al elevador y Shipou no se encontraba a su lado. Lo sujeto de la manga del traje en el momento justo mientras sentía el frío sudor acumulársele en la frente. Tuvo que disimular, balbucear la primera mentira que su cerebro pudo armar, aunque no logro por completo el resultado obtenido; él la dejo en la recepción alegando que llevaría la limosina de Inuyasha a la cochera, pero que luego regresara a ayudarla a instalarse. Kagome se mordió los labios para no suplicarle y lo dejo ir con el corazón corriendo de hito en hito.
— ¡Oh, por todos los cielos, niña mía!
Unos afectuosos y cariñosos brazos rodearon a la joven mujer apenas las puertas del penthouse se abrieron. Souta se quedo mudo del asombro ante tal alboroto realizado por la anciana. Kagome reacciono un segundo después, tratando de estrechar entre sus brazos a Kaede con cuidado de no lastimarla. Estaba aturdida aun, pero las inteligibles palabras de ella hicieron que acaricia su cano cabello con dulzura. Había deseado tanto encontrarla y saber de su estado luego del incidente con Inuyasha. No quería pensar qué le pudo haber hecho.
— Lo siento, lo siento. Pasen ya —los empujo a ambos dentro, apenas se vio recompuesta del abrazo—. Gracias, Damien.
El botones le dedico a Kaede una cordial sonrisa y se retiro luego de dejar todas las maletas. Ella cerró la puerta del penthouse antes de voltear a ver a los nuevos inquilinos. Kagome notó una sombra de infinita tristeza en los añejos ojos marrones, sabiendo que en silencio le dedicaba unas pocas palabras.
Kaede estaba al tanto.
— Nunca creí que Inuyasha viviría en un lugar así —comentó quedamente Kagome cuando ambas mujeres pudieran estar a solas en la cocina del la tercera suite.
Souta se había instalado en la segunda, por órdenes ya establecidas del dueño del apartamento. Ambas lo dejaron disfrutar de la sala de cine que contaba el penthouse.
Hacia solo un cuarto del hora que el ambiente logro tranquilizarse. Shipou había cumplido su palabra ayudando sin quejarse. Kagome perdió la cuenta de las veces que él subió y bajo las escaleras de las suites llevando y trayendo las maletas, o solo acatando las ordenas de la vieja casera y niñera del amo.
— Pertenecía a la señora Izayoi, el señor lo mando a construir para ella —apuntó, siguiendo con su labor—. Su luna de miel fue en Montecarlo. Es el primer regalo que el señor le hizo cuando contrajeron matrimonio.
Kagome sonrió, relajando sus hombros y dejándose llevar por el tinte de voz acaramelado y melancólico de Kaede. Podía imaginar a la madre de Inuyasha entrando por aquella misma puerta que ella cruzo llena de esperanza y amor devoto hacia su marido.
En sus tiempos juntos ella nunca se atrevió a indagar mucho sobre el tema, él tampoco lo hizo. A Kagome solo le basto saber que Izayoi murió cuando Inuyasha era muy joven, incluso como para recordarlo. Era un tema delicado que tocaba la fibra más sensible de todo su ser. La contemplo por fotos una vez, pero sus facciones clásicas de rostro y mirada tranquila era algo que nunca había abandona su memoria. El cabello largo le caía en una lisa cascada hasta más allá de la cadera, y el simple vestido blanco de verano acentuaba sus formas. Supuso que la fotografía había sido tomada en el principio de la relación, o algunos meses después. Izayoi era una sencilla estudiante de pintura, e Inu-no retrato el momento en esa humilde fotografía.
Ambos de mundos diferentes, pero complementos del otro. Un amor que venció la división social. Un amor con un trágico y abrupto final.
— Es muy bello, incluso daña la vista —rió—. Aunque reencarnada jamás tendría algo así.
Kaede dejo el cuchillo al lado de la tabla de cortar, la preparación podía esperar un poco más. Le dio una larga mirada, aprovechando el distraimiento de Kagome en ese momento. Las palabras se acumularon en su garganta, tenía tanto que decirle y aconsejarle. Deseaba hacer algo por aquella pequeña y frágil niña. ¿Era consciente de cómo su mirada cambiaba cuando pensaba en Inuyasha?, las canas en su pelo no eran simplemente por el paso del tiempo.
— El penthouse se encuentra deshabitado la mayor parte del año —dijo, siguiéndole la corriente de la conversación, a pesar de lo contradictorio de sus verdaderos pensamientos—, vivíamos todos en la mansión. Quiso mudarse aquí hace solo dos días.
Kagome volvió a ladear el rostro saliendo de sus propias cavilaciones. Intuyo la razón del repentino cambio de él al instante.
— De hecho, está noche volveré allí. Esa casa sin mi mando no es lo mismo —argumentó nuevamente Kaede, alzando las comisuras de sus labios en una diminuta sonrisa. Las marcadas arrugas alrededor de la boca se definieron—. Estoy aquí para prepararte algo decente, ni niña. Si no fuera por mí viviría a base de ramen.
La madura niñera soltó un bufido exasperado y volvió a retomar su labor, cortando con presión las verduras que se encontraban sobre la tabla. Kagome casi se atraganto al escucharla. Tosió levemente antes de hablar.
— ¿Ramen?
No podía creerlo, y el tinte de su voz dio cuenta de ello. Kaede debía estar equivocada, seguramente estaba hablando del viejo Inuyasha, de ese que ella se había enamorado locamente hacia unos cuentos años; no del sofisticado hombre que estaba a la cabeza de una importante y absolutamente valorable compañía, no de aquel hombre que cenaba en restaurantes étnicos y costosos.
No, no podía ser cierto.
— Oh, sí —afirmó rápidamente la anciana contemplando por un momento a la joven antes de proseguir—. Él ha cambiado en muchos aspectos, pero ese es el único que ha mantenido.
Sin comprender, el corazón de Kagome se agrando en su pecho de puro goce. Tal vez, aunque sea una ínfima y única parte, el hombre que había amado estaba allí.
— Es una total sorpresa para ti, ¿no es así?
Kaede se limpio las manos con el repasador que había dejado previamente colocado a un lado de ella sobre la mesa, escrutándola con la mirada. El leve movimiento de Kagome le basto para saberse respondida. No necesitaba nada más.
La joven soltó un suspiro melancólico mientras Kaede se movía con rapidez por la cocina, poniendo ollas y sartenes en el fuego, sacando vajilla y platería. Por un momento la soledad de sus propios pensamientos la abrumaron.
¿Sango estaría preocupada por ella o desearía matarla? ¿La odiaría Kouga o simplemente sentiría lastima? Tantas cuestiones que no pudo resolver, tantas excusas y mentiras dichas. Dolía, en lo profundo de su corazón dolía. Ya no se sentía con el valor de volver a verlos a ambos a la cara.
Débil, se recrimino duramente para sí misma; con las dagas de sus propias palabras atravesándole. Tal vez si hubiera esperado un poco más Kouga hubiera podido encontrar una solución, tal vez si hubiera escuchado las palabras de Sango no se vería metida en tal embrollo. Tal vez si no hubiera jugado un papel de altruista Inuyasha no volvería a aparecer en su vida.
— Llevarías por favor esto al comedor, querida —preguntó amablemente la anciana, apuntando hacia la vajilla prolijamente colocada en la mesada.
— Claro.
La arquitectura con la que fue construido el apartamento le quitaba al aliento. Shipou estuvo en lo cierto al decirle que debía verlo por dentro. No conocía el penthouse de Montecarlo, pero ahora estaba allí, pudiendo contemplar el paisaje de la ciudad de Tokio por una de las terrazas. Estaba en el epicentro de la ciudad, por lo que podía disfrutar de una agradable y magnifica vista. El juego de luces desde aquella altura de seguro le resultaría irreal.
El comedor conectaba con la cocina mediante una puerta de madera labrada con manijas de oro. Acarició con la mirada los acabados de la misma cuando paso a través de ella.
Sin poder reprimirlo una punzada de envía la invadió, no por el extravagante departamento; sino por el gesto que aquella obra de arte arquitectónica guardaba. Las tapicerías pintadas a mano, los detalles de marquetería en el piso, el acabado del techo con el revestimiento de platino, las cortinas del color del vino cayendo sobre el suelo al igual que las blancas, la alfombra beige extendida con pulcritud o las costosas arañas que colgaban sobre la mesa; incluso la terraza que conectaba por medio de una puerta de arco. A la vista del ojo corriente solo era un comedor de gente rica, pero para ella los pequeños detalles que formaban el bello conjunto era la muestra de amor tangible que Inu-no le brindo a su esposa.
¿Cómo podría vivir entre tanto cariño guardado en cada meticuloso fragmento cuando Inuyasha y ella representaban lo contrario?
Prefirió colocar la vajilla en silencio acallando su melancólica respuesta, mientras esperaba el avance de las horas, mientras esperaba que él llegara y cortara por completo sus alas.
Sólo…aguardaría.
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— ¿No quieres un té, mi niña?
Kagome le sonrío cansinamente a Kaede, desviando por un momento su mirada de los matices tonos del atardecer. Se encontraba sentada en la terraza del comedor, dejándose llevar por el ambiente perfectamente combinado de estas; vegetación con piezas de escultura.
— No por el momento.
La anciana mujer se acerco, traspasando la puerta de arco y tomando asiento en el sillón de color crema frente a ella. Tuvo que reprimir un gemido cuando la observo nuevamente de perfil. El color sonrosado de su rostro y la sonrisa cálida en los labios juveniles que mostró en el almuerzo había desaparecido. ¡Oh, por Kami! Era tanta la diferencia entre la joven mujer que reía risueñamente a cada instante o incluso podía iluminar la más oscura habitación con el brillo de su mirada, a la abatida chica que ahora tenía a solo unos palmos de distancia.
Aun era tan solo una niña abriéndose al mundo. Ya no podía retener el nudo en su reseca garganta.
— Quiero a Inuyasha como si fuera de mi propia sangre, incluso lo he apañado con los señores en pasadas oportunidades al igual que una abuela amorosa, pero él llego demasiado lejos —argumentó decididamente, con el rostro firme y serio—. Ese joven, ese… extraño puede dañarte. No lo permitas.
— Kaede…
— Tómalo como un concejo, te lo suplico.
El brillo desesperado en los viejos ojos marrones la hizo asentir mecánicamente. Algo dentro de ella se contrajo al saber que las palabras pronunciadas por Kaede podían volverse ciertas. Inuyasha representaba su mayor Némesis. Siempre fue tan frágil ante él… tan débil. Incluso ya había comenzado a dañarla.
Aquel día hubiera deseado ser lo suficientemente fuerte e impulsiva como para sujetarlo y obligarlo a que la escucharla sin importar que. Un error que le costó su propio infierno.
Se excuso con la anciana, cuando la línea de sus pensamientos fue lo suficientemente dañina para sí misma, saliendo del lugar rápidamente. Un pequeño y necesario tour realizado por Shipou horas antes le fue de ayuda para encontrar la biblioteca y resguardarse allí.
No le sorprendió encontrar el tono distintivo de Inuyasha, el único ambiente de todo el penthouse que se asemejaba a su personalidad. El suelo de marquetería y el revestimiento de platino como acabado en el techo eran semejantes al del comedor, igual que las cortinas de color blanco en ambos ventanales; pero el tono oscuro de la madera de las bibliotecas del piso superior e inferior, del escritorio a unos metros de la puerta y de la mesa ratona en al centro del estudio eran el toque inigualable de él. Apostaba que la alfombra oscura había sido elegida por Inuyasha para contrastar con la luz de las paredes blancas, los sillones color crema alrededor de la mesa ratona, la chimenea de mármol claro veteado frente al juego de sillones y la araña colgante. Incluso llego a sentir aquel aroma a tierra recién mojada y bosque que él portaba en su tostada piel, en comparación con la nívea suya, en toda la habitación.
Aquello la hizo sonreír con tanta amargura que le resulto imposible permanecer un segundo más de pie. Su fuerza la abandono por completo cuando llego hasta el amplio sillón, acostándose en posición fetal sobre el mismo en el preciso instante que cerraba los ojos.
La calidez de una pesada prenda la hizo sentir protegida cuando comenzó a volver de la inconsciencia. El susurro del viento entrando por la ventana y la falta total de luz en el cuarto fue lo siguiente que noto. La textura del sillón que rozaba las partes expuestas de su piel le resulto vagamente distinta, por lo que alargo uno de sus brazos para comprobar que la estructura bajo la yema de sus curiosos dedos continuaba.
Un sillón por más espacioso que resultara no contaba con aquellas dimensiones. Algo no estaba bien. ¿Dónde se encontraba?
La fragancia concentrada en el ambiente a tierra mojada lleno sus pulmones al escucharse la calculada fuerza de las pisadas sobre el suelo de marquetería de la habitación. Procuro no moverse ni un ápice cuando la calidez inconfundible de una mano toco su mejilla derecha. Su piel reconoció al instante al dueño del acto. El tacto áspero estaba marcado a fuego en ella mientras observaba entre la penumbra como la sombra del cuerpo masculino se acomodaba a una corta distancia.
— Tu es à moi, mais vous avez mon âme entre vos mains.
El dulzor aroma del brandy en su aliento le golpeo el rostro al oírlo musitar aquella frase. El tinte en la voz del hombre la estremeció, provoco que cerrara los ojos cuando el toque de su mano la abandono.
Oyó como Inuyasha salía del cuarto, con los mismos medidos pasos, dejándola con la aterciopelada y amargada voz de él resonando en su cabeza embotada de contradictorias sensaciones. Una oración que ella no comprendía, pero que su cuerpo insólitamente resultaba entender.
De alguna forma sabía su significado… de alguna forma.
Continuara...
Voy a comenzar la nota de autor de manera diferente a lo habitual, ya que es imposible no hacerlo de este modo: Es de pleno conocimiento el desastroso episodio que sucedió en Japón hace unas pocas semanas. Particularmente algunos miembros de mi familia y yo estamos siguiendo desde el primer día lo que aconteció. Tal vez no podamos hacer mucho por aquel país que nos ha brindado, por lo menos a mí, a lo largo de la infancia entretenidas tardes frente al televisor y una cultura completamente opuesta a la occidental. Aun hoy Japón nos sigue sorprendiendo no solo en anime, sino en otros aspectos. Por ello es que aunque no podamos ayudar a nivel monetario a la nación, oremos por cada uno de los habitantes de aquel país que continua ante el riesgo inminente de la planta nuclear de Fukushima. No me considero una persona cien por cien cristiana, a pesar de haber cursado todo el primario y secundario en un colegio católico, pero creo fervientemente en el poder de ayuda que tiene la gente. Por ello es importante no olvidarnos de Japón hoy más que nunca.
Cambiando de tema, y si sumergiéndonos en este nuevo capítulo, ¡estoy de vuelta! Aunque suene reiterativo lamento la espera… creo que las vacaciones no me hacen bien, me distraigo más de la cuenta XD. Pero, hoy que acabo de comenzar otra vez la universidad, prometo hacer algunos malabares para traerles el siguiente cap. Increíblemente el fic ya cumplió un año a principios del mes… ¡No puedo creerlo!
Algunas observaciones importantes: 1) El penthouse al que estoy haciendo referencia de verdad se encuentra en Montecarlo, y es la propiedad más costosa vendida por el momento. En unos minutos voy a poner las fotos en mi profile como siempre para que puedan verlas. ¡Es impresionante! Lo que es inventado es que se encuentra una réplica en Tokio, de algún modo tenía que hacer que ese maravilloso apartamento estuviera en el lugar donde la historia se desarrolla. 2) Espero que el traductor de Google no se equivocara al traducir del español al francés XD. Por ahora no voy a decirles el significado de la frase, eso queda para próximos capítulos ;)
En fin, gracias como siempre por sus reviews en cada cap; es una pequeña e importante caricia para el alma. No se olviden de los tomatazos o del tirón de orejas, si consideran que lo merezco XD, en sus comentarios.
Buena semana para todos.
Lis-Sama
