POV Hermione

Siempre se me había dado bien pensar que hacer, cual sería mi próximo paso. Algo que me dijera a donde ir, aunque al final acabase resultando equivocado. Pero en ese momento, no tenía ni idea de que hacer, como si fuera una botella que han lanzado al mar sin ningún tipo de guía. Todo a mi alrededor eran luces y sombras, el barco no dejaba de moverse y el suelo cortaba. Eso último lo supe cuando me vi desplazada sobre él después de recibir un fuerte golpe en la cara, en concreto por un puñetazo de Viktor que Draco no había sido capaz de esquivar. El golpe me había desplazado por el suelo al otro lado de la habitación, y cuando mi vista se aclaró por fin un poco vi que me encontraba boca abajo sobre una alfombra de papeles y objetos rotos. A pesar del dolor, me apoyé en el suelo con la intención de levantarme pero apenas estaba alzando la vista cuando sentí un profundo dolor en él estómago. Por la forma en que Draco se estaba doblando sobre si mismo, había sido un rodillazo. Estaba aprisionado contra la pared, y el antebrazo de Viktor le aprisionaba el cuello. Eso explicaba la presión que sentía en mi garganta y era más de lo que podía soportar.

- Viktor, ¡Para! ¿¡Pero qué te crees que estás haciendo!? Para ahora mismo -le grité cuando por fin conseguí ponerme a duras penas de pie. Sentía mi mejilla palpitando por el efecto del golpe de antes y mis piernas temblaban tanto como unos espagueti.

Él se giró, aun sujetando a Draco por el cuello de la camisa. Tenía una expresión incrédula en un rostro que generalmente mantenía tranquilo. Yo me apoyé en el escritorio, que de forma casi milagrosa seguía en su sitio, mientras palpaba el frente en busca de mi varita. Nada más rozarla, me odié a mi misma por no ser capaz de lanzarle un hechizo que detuviera aquel despropósito. Sólo me quedaba volver a pedirle que parara.

- Por favor, por favor no le hagas más daño.

- ¿Qué no le haga más daño? ¿Estamos hablando de la misma persona?

- Sí -le respondí intentando sonar desafiante, pero mi voz apenas sonó firme.

La angustia de guardar un secreto en aquel entorno tan asfixiante amenazaba con derrumbarme. No me veía capaz de vislumbrar explicación alguna, pero tampoco podía dejar que le hiciera daño sin hacer daño.

- ¿Así qué ahora qué sois? ¿Grandes amigos?

La confusión y los celos impregnaban su tono de voz. Sabía que esa pregunta iba dirigida sólo a mi pero no pude evitar cerrar los ojos por un momento intentando concederme un respiro. Aún a sabiendas que eso no me libraría de darle una respuesta, y que unos segundos más tampoco servían para aclarar mis ideas. ¿Por qué Viktor lo hacía todo siempre tan difícil?

- Contéstame -volvió a decir esta vez alzando la voz. Casi hasta el punto de gritarme.

- No somos amigos -le respondí haciendo un esfuerzo para no mirar a ninguno de los dos a la cara.

- ¿Entonces que hace él aquí?

Sabía que debía tener cuidado con cada palabra que pronunciara. No quería repetir el episodio del salón de pociones, nuestras heridas no habían cicatrizado. Apenas nos habíamos perdonado momentos antes, pero las palabras que nos habíamos dicho el uno al otro perduraban. Ya no había forma de borrarlas. Fue en ese momento cuando caí en la cuenta que no era por Viktor, por el que estaba preocupada sobre cómo reaccionaría a mis palabras.

- Tampoco somos enemigos -le respondí mientras veía como intentaba descifrar cada una de mis palabras-. Tenemos más en común de lo que muchos pensarían, incluyéndonos a nosotros. Así que suéltale ahora mismo.

Mis manos temblaban con cada palabra, mientras mis dedos se aferraban a mi varita recién recuperada del escritorio haciendo saltar chispas. La magia se me escapaba, tan confusa y dispersa como estaba yo en aquellos momentos.

- Te lo advierto, suéltale. No volveré a pedírtelo.

- Sabia que algo estaba te estaba afectando. Por momentos pensé que era Potter. No lo entiendo, ¿qué puedes tener en común con alguien como él?

- Bueno, ambos somos absurdamente educados y nos apasiona el té -respondió Draco descentrándonos a ambos.

Recordé la mañana en la cafetería, el té Darjeeling humeante saliendo de su taza. Y el paquete que él me había confesado comprar después. Ninguno de los dos lo volvimos a encontrar en el callejón, y por un momento me pregunté si lo tendría Winry, con respecto a quién él me había mentido. Una punzada me invadió al pensar en ello y prometí arrancarle una explicación cuando consiguiésemos salir de allí.

- Si de algo estoy seguro es que él no está aquí porque quiera hablar de té -me acusó Viktor.

- No hagas como si él no estuviera aquí.

- Y tú no me trates como si no tuviera inteligencia. Tú mejor que nadie deberías saberlo.

- Lo sé. Al igual que sé que cuando te concentras mucho en algo, pierdes de vista todo lo de tu alrededor.

Aquellas palabras fueron el detonante de lo que vino después. Sin necesidad de hacernos ninguna señal previa, Draco lanzó un Expelliarmus y yo un Fulgari casi de forma simultánea. Como resultado, Viktor acabó atado a la misma silla a la que yo lo había estado momentos antes, y con su varita tirada por los suelos. Apenas me dio tiempo de alegrarme de aquel pequeño triunfo, puesto que al instante siguiente Draco le estaba sujetando por el cuello de la chaqueta.

- Ahora es cuando vas a pagar por todo lo que le has hecho, bastardo -le dijo mientras clavaba su varita en la cara.

- Vamos, suéltame y veamos que pasa -le amenazó Viktor.

- Como te suelte, te voy a dar una somanta de hostias que me pedirás que vuelva a atarte a esta silla.

Me acerqué hacia donde estaban. No podía sentirme descontenta ante el giro que había tomado la situación, y menos cuando todavía tenía las manos llenas de diminutos trozos de cristal. Pero no quería que aquello derivara en algo de lo que lo pudiéramos arrepentirnos, por lo que le apreté ligeramente el brazo a Draco en un intento de que aflojase la presión sobre Viktor. Y de algún modo, funcionó.

- Deberías haberte ido.

- Y tú deberías haber sabido que no lo haría. Ya sabes lo testaruda que soy. A veces desearía no serlo, pero la verdad es que no veo la forma de evitarlo. Además, ¿de verdad pensaste qué después de todo lo que ha pasado cabía la posibilidad de que me fuera sin ti?

- Tenía la esperanza de que me hicieras caso por una vez.

- Tampoco se me da bien obedecer órdenes cuando no estoy de acuerdo con ellas. No servirá de nada que me las cantes al oído.

A juzgar por la expresión de su cara, el recuerdo de lo sucedido nos había invadido a ambos. Ese brazo con el que sujetaba con fuerza su varita, era el mismo con el que me había sujetado para que no me derrumbase, el mismo que había pasado gentilmente por mi espalda cada vez que quería darme paso, y con el que se había aferrado antes de decirme que huyera. Pero no éramos los únicos en aquella habitación que estábamos intentando procesar todo lo que sentíamos.

- Ni siquiera le conoces. Dices que no es tu amigo, ¿entonces por qué confías en él? -pregunto Viktor de nuevo-. ¿Por qué te dejas manejar por alguien cómo él cuando tienes amigos que de verdad se preocupan por ti? ¿Él te ha convencido de ello?

- No

- Entonces ha sido Dumbledore -dijo una voz detrás de nosotros.

Draco y yo nos giramos de inmediato y casi se me cae la varita. Justo en la puerta se encontraba Igor Karkarov.

- No esperaba encontrarte en este estado muchacho.

- La situación se ha complicado un poco, eso es todo -le respondió Viktor.

Una sensación incómoda se me instaló en la parte baja del estómago. No me gustaba lo tranquilos que sonaban ambos hablando y me empecé a preguntar si habíamos sido nosotros los que habíamos acorralado a Viktor o había sido al contrario.

- Cuidado Karkarov, o te quedarás sin campeón a una semana de la Tercera Prueba -le dijo Draco, todavía clavando la varita en la mejilla de Viktor.

- No ocultaré mi sorpresa muchacho, no eres una de las personas que esperaba encontrar aquí. Aunque tampoco esperaba una traición así por parte de Dumbledore después de todos estos años. ¿Ese ha sido su juego todo el curso verdad? Inmiscuir a mi campeón con una alumna de las suyas para sacar información.

- Déjala que se explique -le respondió Viktor. Casi parecía que me estuviera defendiendo, una defensa que yo no esperaba-. Además, no entiendo porque quieres meter a Dumbledore, es una buena persona.

- ¿Una buena persona? ¿Una buena persona Albus Dumbledore has dicho? Como se ha distorsionado la historia de los ganadores, ellos hicieron cosas, cosas igual de malas que nosotros durante la guerra. Puede que fueran la resistencia muchacho, pero mataban igual que nosotros. Él lo sabe, estoy seguro. Es sólo cuestión de tiempo.

Antes de que ninguno pudiéramos reaccionar una rayo impactó contra la mano de Draco, haciendo que la varita se le cayese de las manos. Magia no verbal, fui capaz de pensar antes de unirme a su grito de dolor. No me dio tiempo de mucho más, antes de darme cuenta Viktor me tenía sujeta por detrás. El brazo en el que tenía mi varita me lo había agarrado en la espalda y empezaba a notarlo pegajoso por el impacto de la maldición de Karkarov. Viktor no parecía haberse dado cuenta que también me había afectado, y en lugar de eso se había apresurado a hacerse con mi varita y con su otro brazo me había rodeado el cuello y los hombros impidiendo que me moviera. Draco estaba en el suelo, con su varita un poco más allá y con Karkarov apuntándole.

- Eres igual qué tu padre. Te descuidas cuando crees que tienes la batalla ganada. Aunque él era bastante mejor que tú en los duelos. Te podría contar, un sinfín de cosas de tu padre que rizarían ese pelo planchado.

- Déjale en paz -le grité haciendo que se girará hacia donde yo estaba.

Viktor no estaba empleando toda su fuerza. Podía notarlo dado que era capaz de retorcerme aun estando sujeta. Intentó decirme algo pero yo le ignoré y en su lugar me concentré en Karkarov que se acercaba con pose amenazante. Parecía inmerso en sus demonios, como si estuviera atrapado muy lejos del resto de nosotros. Sabía que tenía que usar esos segundos para pensar en una forma de salir de allí, pero tan sólo estaba allí parada, registrando cada uno de los gestos de esa cara descompuesta. Realmente le había afectado lo que se había dicho en el artículo, y saber que tenía la capacidad de hacer daño a aquellos que se lo habían hecho antes a mi familia, fue suficiente para que mi cuerpo dejara de temblar.

- No, no, no, no. Dumbledore no es una buena persona. Y ha jugado muy bien sus cartas para venderme justo en este momento. Y tú has contribuido a ello señorita.

- ¿Y qué si lo he hecho? -le respondí antes de poner contenerme.

- Maldita niña, ¿te crees qué esto es una broma de colegio? ¿¡Acaso tienes idea de lo qué has hecho!? -me acusó mientras se arremangaba la manga del abrigo-. Todos esos rumores, el acercamiento a Dumbledore, la convivencia en este maldito lugar.

Dio unos pasos hacía mi con el brazo en alto, pero de algún modo la distancia entre nosotros siguió siendo la misma. Sólo entonces me di cuenta que era Viktor el que había retrocedido arrastrándole conmigo. Escuché un pequeño quejido a sus espaldas, pero no me atreví a mirar. Si Draco estaba intentando hacerse con su varita, debía desviar la atención sobre él. Aunque a juzgar por las punzadas de dolor que se arrastraban por mi mano a raíz del maleficio de Karkarov, temía que no fuera capaz de usarla. Cuando este estuvo tan cerca de nosotros que podía distinguir sus dientes podridos, dejo caer su brazo izquierdo mostrándonos el antebrazo que hasta ese momento se había encargado de tapar. En él se podía distinguir una marca que empezaba a volverse oscura, el dibujo de una calavera con una serpiente que salía de su boca.

- ¿Ves esto, ves lo oscura que está? ¿¡Sabes qué es!? -me exigió saber.

- Su marca.

Gran parte de la Primera Guerra Mágica podía resumirse en aquella marca, la señal que dejaban tras de sí los Mortífagos cuando asesinaban a alguien. El terror de llegar a casa y encontrarte esa marca flotando sobre ella, sabiendo de antemano lo que encontrarías nada más atravesar la puerta. Y aunque mi recuerdo de los Mundiales de Quidditch se había difuminado, la sensación de miedo que me había inspirado ver la Marca Tenebrosa iluminando de verde la noche, era difícil de olvidar. Muchos se habían desvanecido al verla, incluido aquellos de capuchas negras que habían comenzado los disturbios. Y entonces lo entendí, no éramos los únicos que le temíamos.

- Esta marca esta conectada con la salud del Señor Tenebroso -continuó Karkarov-. Después de su derrota, se desvaneció durante algún tiempo. Hasta que hace unos años, empezó a recuperar fuerzas. Nunca ha estado más oscura. Es sólo cuestión de tiempo ¡Es cuestión de tiempo que arda! Y justo ahora es cuando Dumbledore ha elegido castigarme por todo lo que hice cuando fui Mortífago.

- No lo entiendo, pensaba que la habíamos traído para averiguar si alguien estaba intentando perjudicarme en el Torneo. Nada de esto tiene que ver con Mortífagos o El-que-no-debe-ser-nombrado.

- ¿Es qué no te das cuenta muchacho? Todo tiene que ver con él.

- ¿De qué tienes tanto miedo? -le preguntó Viktor.

- ¡Incárcero!

A duras penas Karkarov esquivó el fogonazo que había salido de la varita de Draco. Nada más hacerlo, este habló.

- Yo no soy el único aquí que se confía. Y con respecto a tus miedos, tienes razón. Él nunca va a perdonarte.

Otro intercambió de hechizos hizo que saltaran chispas por toda la habitación. Me intenté liberar del agarré de Viktor, pero fue inútil. Él se empeñaba en alejarnos a los dos del centro de la batalla, sin ser consciente de lo inútil que era su esfuerzo. Yo podía sentir todos y cada una de los rayos de la última maldición de Karkarov impactando contra mi cuerpo.

- No va a perdonarte -le dijo Draco, atacando a lo que parecía ser el punto débil de Karkarov.

De algún modo funcionó, le estaba haciendo desconcentrarse. Por lo que continué hablando mientras Draco repelía sus ataques.

- No te perdonará. No después de haber vendido a tantos Mortífagos después de su caída.

- ¡Callaos los dos! ¿De verdad creíais qué esa cuadrilla de locos iba a durar? ¿Todo esto es por tu tía la loca? -acusó a Draco.

- ¿Qué tía? -preguntó Viktor.

- Bellatrix Lestrange. Junto con Rabastan, Rodolphus y Crouch se encargaron de los Longbottom. Sólo he conocido a alguien más dispuesto a llegar tan lejos. A Rossier.

El corazón me dio un vuelco al escuchar el nombre de mi familia.

- Y cuando el Señor Tenebroso fue derrotado ella fue quien movió los hilos para que Bellatrix y su cuadrilla se lanzaran a torturar al matrimonio Longbottom en busca de cualquier pieza de información. Todo se planeó esa noche -continuó Karkarov.

- ¿Qué quieres decir? ¿Qué paso la noche de la caída del Señor Tenebroso? -le grité a la desesperada pero no fue él quien me respondió.

- Ya me habían advertido que los Malfoy eran de la peor calaña. Ahora entiendo muchas cosas -dijo Viktor.

Su agarre se había aflojado pero yo cada vez me notaba más ahogada. Estiré los dedos, pero ni aun así podía llegar a rozar mi varita que asomaba por el bolsillo de Viktor. Y vi impotente como me arrastraba más y más, para cuando adiviné sus intenciones ya la puerta se había cerrado y estábamos en el pasillo, alejándome de cualquier posible respuesta. Podía escuchar los hechizos chocando entre sí. Me resistí y pataleé todo lo que pude hasta que por fin conseguí darle en la rodilla desequilibrándolo. Aquello me dio el suficiente margen como para lograr liberarme de su agarre, pero tras uno o dos pasos caí de nuevo contra el suelo. Mis reflejos actuaron sin ser yo consciente y conseguí poner las palmas de las manos para no caer de bruces, pero a duras conseguían sostenerme. Estaba exhausta.

- ¿Por qué te empeñas en volver? ¿¡Por qué no me dejas protegerrte!?

Sus manos sujetaban la parte alta de mis brazos, formando una especie de jaula entre ellos, su respiración estaba agitada y hasta había dejado de intentar mantener a raya su acento. Sus ojos estaban negros, fijos en mi, y fue entonces cuando comprendí porque su forma de animago era la de un tiburón. No estaba molesto, si no enfadado, enfadado de verdad. Una faceta que no me había mostrado hasta ahora. Pero ni siquiera él miedo que parecía haberse instalado en mis huesos, consiguió detenerme.

- Todo esto es por mil culpa. Aquel artículo es sólo mi culpa, quería herir a Karkarov y lo he conseguido. Pero nunca me hubiera imaginado que el precio a pagar iba a ser tan alto. No permitiré que Draco sea el que pague por esto. Tengo que volver… -le dije mientras hacía un esfuerzo para levantarme-… Tengo que volver allí dentro.

- No entiendo porque lo has hecho. Sólo sé que esta no es tu batalla. Ya has visto a Karkarov y a Malfoy. Tú no eres como ellos. No tratas con desprecio a aquellos que consideras inferiores. Tú proteges a los que son importantes, al igual que hice yo contigo en la Segunda Prueba.

- Quieres protegerme. Y nunca me dejarás salir, ¿es eso verdad? -le reproché siendo por fin consciente de sus verdaderas intenciones. Sabía que tenía que detenerme pronto, dejar de hablar en aquel instante o le diría algo de lo que me arrepentiría. Pero el Veritaserum se encargó de empujar todas mis palabras, y cayeron todas como piedras arrojadas por un acantilado-. Si te crees que el hecho de haberme sacado de un lago en un torneo de colegio te confiere algún tipo de derecho, déjame decirte que estás muy equivocado. No necesito que me protejan. Necesito a alguien que quiera luchar a mi lado. Y esa persona… -dije mientras las imágenes se deslizaban en mi cabeza como un carrusel-… esa persona no eres tú.

Los celos le cruzaron de golpe la cara, y no parecía que le hubieran dolido menos mis palabras que si le hubiera pegado una bofetada. Intenté liberarme, pero la cárcel que formaban sus brazos se hizo todavía más agobiante cuando me levantó del suelo y puso contra la pared. Evité mirar hacia abajo, y él estaba demasiado concentrado en mis palabras como para percatarse de que estaba a punto de alcanzar el bolsillo donde todavía guardaba mi varita. Él había dejado de intentar comprenderme.

- No hay ninguna chica como tú en Bulgaria. Y es por eso que te vendrrás conmigo.

- No, no lo haré.

- ¿Es qué nada de lo qué hemos pasado significa algo para ti? -exigió saber. Al ver que yo me quedaba callada, solté un insulto como respuesta.

Noté como se acercaba todavía más y ponía su mano en mi cintura y de pronto me sentí helada e indefensa de nuevo. Sabía lo que iba a hacer y aun así no pude evitar estremecerme al notar que se acercaba y esa sensación sólo se acrecentó cuando fui conociste de que había empezado a besarme, como si fuera el final de un acto desesperado por conseguir lo que quería. Pensé en lo que habíamos tenido, y aun así sentí que tratar de sostenerlo estaba mal. Era como si todo mi cuerpo estuviera gritando que estaba mal, mientras sentía como un sabor amargo me recorría toda la boca. Todo aquello estaba mal, ¡estaba mal! Tanto que sólo quería gritar. Fue entonces cuando supe que había conseguido lo más difícil. Aquello que había sostenido durante tanto tiempo, ya podía dejarlo ir. Y él no se dio cuenta hasta que terminé de susurrar, Obbliviate. Él soltó una palabrota y se apartó de mi, al tiempo que buscaba la varita que había soltado hacía un momento. No le di tiempo de lanzar un contra-hechizo y le lancé un Desmaius que le dejó inconsciente contra una pared.

- Si, si significa algo -le dije aun a sabiendas de qué no podría oírme. Sentía que debía dar algún tipo de explicación, aunque en ese momento no estuviese segura de para quién era, si para él o para mi misma-. Pero mi familia significa mucho más.

Los siguientes instantes después de aquello, pasaron ante mi como si de un sueño se tratara. No fui muy consciente de apartarme de Viktor y tampoco del momento exacto en qué yo había abierto la puerta del despacho y había empezado a lanzar hechizos. Todo a mi alrededor parecía haberse vuelto más espeso, y el miedo había dejado paso a una concentración fría mientras me batía en duelo con Karkarov. Todos mis sentidos parecían concentrados en la batalla pero con cada paso algo tiraba de mí, como un breve hilo que me obligaba a desviar la vista hacía el suelo y mirar a Draco. A duras penas estaba consiguiendo incorporarse del suelo y estaba tan pálido como la nieve que había cubierto Hogwarts la noche del Baile de Navidad.

Un grito de dolor inundó todo la estancia, y no pude evitar bajar la guardia al acercarme a comprobar el estado de Draco y a asegurarme que el grito no había sido suyo. Estaba temblando, y noté como me recorría con la vista para hacerse una idea de mi propio estado, mientras yo intentaba ayudarle a incorporarse del todo. Para cuando volvió a levantar la vista pude percibir el alivio en sus ojos. Eso, y que tenía un moretón en la mejilla y el labio partido. Eso explicaba el sabor amargo de antes. Y me ayudaba a aliviar un poco la culpa ante el hecho de lo que habían sido mis primeros besos, si no teníamos en cuenta el roce casi accidentado del Baile de Navidad, se me hubieran antojado intolerables y fuera de lugar. Acabé con esa línea de pensamiento, y sólo cuando me aseguré que Draco me rodeaba aferrándose a mi hombro con la suficiente fuerza para no caerse, fui capaz de despegar la vista. Por suerte para nosotros, Karkarov seguía retorciéndose en el suelo sujetándose el antebrazo en medio de alaridos de dolor. Su sufrimiento me resultó tan indiferente que hasta me asusté, pero no podía dejar que mis miedos me dominaran. No en aquel momento.

- ¡Está ardiendo! Maldita sea, ¡Está ardiendo de verdad!

Fue entonces cuando me fijé, el color negro de la Marca Tenebrosa había dado paso a un tono rojizo y como si tuviera vida propia había comenzado a deslizarse por todo su antebrazo, dejando un reguero de carne quemada a su paso. No me extrañaba que estuviera gritando de aquella manera.

- Hermione, tenemos que irnos -me urgió Draco.

Sin duda estaba sabiendo detectar las oportunidades de escapar aquella noche mucho mejor que yo. Sabía que debíamos marcharnos, pero la parte de mi que ansiaba respuestas no me permitía moverme. Un simple hechizo, y tal vez podría vislumbrar un poco más de mi pasado.

- Hermione -insistió.

Vacilé unos segundos más mientras contemplaba la expresión de dolor de Karkarov. Bien. Si estaba sufriendo la mitad de lo que lo habían hecho mi abuelo o mi madre, me daba por satisfecha.

- Tienes razón -dije mientras dejaba escapar el aire que no sabía que había estado conteniendo-. Perspectiva. Lancémosle un conjuro y salgamos de aquí.

- Adelante -dijo mientras me hacía un gesto con la mano. Como si supiera que era yo la que necesitaba lanzar ese último hechizo.

- Siempre tan caballeroso -le respondí intentando quitarnos a ambos algo de peso de encima. Disfruté de como curvaba sus labios hacía arriba en una pequeña sonrisa antes de levantar mi vista hacia Karkarov-. Obbliviate.

No había salida posible desde aquel despacho, y dado que no podíamos considerar la alternativa de aparecernos, ya que ni la dominábamos ni era posible en Hogwarts, enfilamos el camino del pasillo apoyados el uno en el otro e intentando avanzar haciendo el menor ruido posible. Karkarov debía ser alguien muy celoso de su intimidad, puesto que nadie más en el barco parecía haberse percatado todavía de lo que había sucedido. Alguna clase de hechizo había impedido que los sonidos de nuestra pelea atravesaran la puerta del final del pasillo. Aquella que daba lugar a la parte externa y central del barco, y a las aguas del Lago Negro que tantas ganas teníamos de alcanzar. A mitad de camino, estaba Viktor, todavía desmayado contra una de las paredes. Draco se paró, se quedó mirándole y antes de que yo pudiera hacer o decir nada le propinó una patada en la nariz.

- Estoy bien -dije en un intento de que se tranquilizara en relación a lo que había pasado en el pasillo.

Lo miré. Estaba blanco y sus manos temblaban. Le noté vacilar, su respiración estaba agitada.

- No ha pasado nada, no iba a hacerme daño. Estuve segura en todo momento.

- Sentí como te ponía las manos encima.

Un terreno peligroso el que acabábamos de pisar. Su mano estaba tensa sobre mi espalda, sujetándome con más fuerza que antes.

- Yo también. Y no lo disfruté. Pero en ese momento, sentí que era lo único que podía hacer, la única arma que tenía disponible contra él hasta que fuera capaz de hacerme de nuevo con mi varita. Aunque eso no me hace menos despreciable.

Porque así me sentía yo, despreciable por todo lo que le había hecho a Viktor aquella noche, todo el daño que le había causado. Y aun así, si se volvieran a dar las mismas circunstancias volvería a hacerlo. Por salvar a Draco, por salvarme a mi misma, porque siguiéramos adelante. Tal vez eso era lo que había impulsado a mi madre a tomar las decisiones que habían regido su vida. Tal vez me parecía más a ella de lo que hasta yo misma estaba dispuesta a admitir.

- Por favor, por favor. No utilices lo qué ha pasado esta noche para volver a ocultarme cosas, por protegerme. Dudo que pudiera soportarlo.

Se quedó callado durante un momento, mientras se pasaba la mano por el pelo una y otra vez, y justo cuando estaba a punto de rendidme. De decirle que saliésemos de allí, volví a hablar.

- Condado de Wilshire. Winry está en una casa en el condado de Wilshire.

Una verdad por otra verdad. Una confesión por otra.

- ¿Por qué ¿Por qué no decírmelo?

Necesitaba saberlo. Necesitaba saber porque me había ocultado algo como eso o no sería capaz de volver a confiar en ello. Él estaba agobiado, podía notarlo en su cara, pero al final consiguió que le salieran las palabras.

- Sólo hay una casa en todo el condado en qué Winry pudiera estar -dijo mientras se pasaba la mano por el pelo. Otra vez. Algo que hacía cuando estaba nervioso, cuando sentía que la situación le superaba -. Malfoy Manor.

Una oleada de preocupación y dudas me recorrió en aquel instante ¿Era bueno qué su familia, mi familia en cierto sentido, estuviese implicada? ¿Habrían cuidado de Winry? ¿Le habrían hecho cosas horribles? Mi padre podría ayudarnos me había asegurado Draco multitud de veces. Pero una cosa era contar con esa posibilidad remota y tener la decisión en mis manos, y otra cosa era saber que tendría que ir allí si quería volver a ver a Winry.

- Voy a acabar con cualquiera que quiera herirte. Y me voy a tomar mi tiempo. Adelante, puedes odiarme por lo que acabo de decir, por lo que acabo de hacer. Pero no voy a cambiar en esto no.

De pronto fue a mi a quien no le salían las palabras. No sabía que hacer, que sentir. Las lágrimas que habían empezado a caer por mi cara tampoco ayudaban. Y eso que ni siquiera sabía porque estaba llorando. Tal vez por lo que acabamos de hacerle a Karkarov, a Viktor, tal vez por lo que acabamos de hacernos, por lo que acabábamos de confesarnos el uno al otro. Allí estaba, todo implícito en las palabras que nos habíamos dicho aquella noche. Mi yo cobarde no se atrevía a adentrarse más allá de aquello posibilidad. Pero yo notaba como algo se retorcía en mi interior, cómo el nudo de mi estómago se estaba disipando, sentía el subidón. Algo estaba cambiando, algo estaba pasando y aun así no me atrevo… pero no quiero verte lejos.

- ¿Qué soy para ti? -le dije mientras sentía como cada una de esas palabras me quebraba la garganta. Ni siquiera sabía como había sido capaz de preguntárselo.

Estar en lo alto de un acantilado no debía sentirse muy diferente a como estaba yo en esos momentos, apenas sin aire y deseando bajar. Para bien o para mal. Eso era lo que era aquello, un salto de fe. Y si aquello era fe, solo podían pasar dos cosas, o que me aceptase lo que acababa de decirle, o que saliera corriendo. Y no sabía cual de las dos opciones me daba más miedo.

- Tú eres mi refugio, mi puerto seguro.

Esa vez fui yo la que me aferré a él con fuerza, enterrando la cara en su pecho intentando mostrarle lo que no me veía capaz de expresar con palabras. Tú también eres mi puerto seguro, mi refugio. Levanté la vista, esperando una reacción por su parte y fue entonces cuando fui consciente que no había sido capaz de pronunciar aquellas palabras en voz alta. Abrí la boca para decir algo, pero entonces Draco volvió a hablar.

- Creo que es hora de volver a pisar tierra firme.

Asentí, no sin antes prometerme a mi misma que aclararía las cosas en cuanto tuviera oportunidad.

El regreso al Castillo fue más largo y duro de lo que me habría imaginado y para cuando llegamos a la orilla del Lago Negro ambos estábamos exhaustos. Y aunque allí sólo nos esperaba un manto de rocas y tierra, nos dejamos caer sobre ellas nada más llegar, rodeados por un completo silencio y un manto de oscuridad y estrellas que lo cubrían todo. No habíamos pronunciado palabra, y cuando me di cuenta que sus ojos estaban cerrados me permití mirarle. Me gustaba hacerlo cuando estaba segura que él no miraba. Así podía contemplar su cara, su cuello y la clavícula que se veía a través de la camisa mojada sin sentir que él seguía esperando algo de mí después de lo que había pasado. Parecía más vulnerable que nunca, pensé mientras yo también cerraba los ojos.

No debía de haber pasado más de unos minutos cuando algo me hizo volver a abrir los ojos. Tenía la cara húmeda y aún con el aturdimiento del sueño tardé un poco en darme cuenta que estaba lloviendo. Zarandeé a Draco para que se despertara y mientras lo hacía miré mi reloj para intentar intuir cuánto tiempo había pasado y cuándo nos quedaba para volver al Castillo. Mirar aquella esfera rota no sirvió de mucho, por suerte seguía teniendo la varita entre mis manos y no se había roto. Recordaba haberla usado nada más salir de las aguas del lago, para borrar el rastro de nuestras huellas.

- ¿Qué ha pasado? -me preguntó Draco a medio camino entre el sueño y el despertar.

Pero yo ya no le estaba escuchando, mis ojos estaban fijos en las piedras y los restos de tierra que rodeaban el sitio donde nos habíamos quedado dormidos.

- Hermione, ¿qué ocurre? -dijo mientras ponía su mano sobre la parte baja de mi espalda.

Un suave toque que ya había usado otras veces. Algunas veces se trataba de un leve roce al dejarme pasar, un modo de reconocer mi lugar, y otras había sido lo único que se había interpuesto entre mi cuerpo y el duro suelo, que había evitado que me desvaneciera. Esta vez era para captar mi atención, parecía estar diciéndome estoy aquí, hazme caso. Pero no me permití disfrutarlo. No podíamos bajar la guardia, otra vez no. Sólo cuando noté como Draco se incorporaba para intentar ver donde había dejado la mirada fija, fui capaz de volver a pronunciar palabra.

- Alguien ha estado aquí.

Se quedó mirando las huellas en la tierra, huellas que estaban empezando a convertirse en barro a causa de la lluvia. Dos grandes pisadas que se habían quedado grabadas justo encima de donde hasta hacía escasos momentos habían estado nuestras cabezas. Del Castillo, del Bosque Prohibido, quien quiera que fuese se había encargado de borrar el resto de sus pasos, tal y como había hecho yo nada mas salir del Lago. Pero había dejado justo esas. Estaba claro que era un acto deliberado, algo hecho para que nos diéramos cuenta que alguien nos estaban vigilando, o que, como poco, sabían que habíamos pasado parte de la noche él uno al lado del otro a las orillas del Lago Negro. En resumen, nada bueno.

- Bueno, parece cada vez más claro que no hay manera de que tengamos un curso tranquilo.

Sabía lo que estaba haciendo. Ese punto de humor desafiante, incluso en una situación como aquella, era una de las cosas que no quería que perdiera nunca. Pero yo no podía, no podía unirme a él. Así que tal vez porque nos hubieran pillado con la guardia baja, por la impotencia o por todo lo que había sucedido durante el día anterior, solté tal improperio que me habrían expulsado de Hogwarts si hubiese llegado a los oídos de algún profesor. Y eso le hizo reír. El sonido de su risa me acompañó cuando me escabullí hacía la Torre de Gryffindor y me deslicé entre las sábanas antes de que alguien me viera.

El sueño no tardó en llegar pero no me aportó la tranquilidad que yo esperaba encontrar. Todo pasaba demasiado rápido, y daba vueltas y vueltas como si estuviera atrapada en un remolino. Alrededor de mí las imágenes pasaban tan deprisa que no tenía oportunidad de centrarme, y muchos menos de alcanzar ninguna de ellas por mucho que estirara la mano. Era como si acabara de entrar en un Pensadero y fuera incapaz de decidirme sobre qué recuerdo visualizar. Todo aquel caos terminó cuando caí sobre una superficie dura. Por un momento el dolor de cabeza fue lo bastante fuerte como para impedirme averiguar donde estaba, pero poco a poco fui montando la imagen de la estancia en torno a mí. La habitación era muy pequeña, estaba cubierta de polvo y las paredes de madera oscura a mi alrededor le conferían un aspecto lúgubre, como si se tratara de una prisión. La chimenea a mis pies estaba encendida y yo me encontraba en un sillón muy grande y con el respaldo tan alto que no podía ver nada de lo que estaba a mis espaldas. Tener un punto ciego tan evidente me hacía sentir incómoda. Dudaba que estuviera hecho para alguien de mi tamaño. ¿Un gigante tal vez? Pensé en Hagrid pero todo a mi alrededor estaba demasiado ordenado como para ser su cabaña.

La puerta de la habitación estaba cerrada, pero escuché el crujido que hicieron unos pasos nerviosos sobre la madera, así como un leve susurro. Parecía como si alguien estuviera dudando entre entrar o no. La puerta se entreabrió unos momentos, pero allí no se asomó nadie. Cerré los ojos con fuerza y hasta me pellizqué los brazos para forzarme a despertarme. Pero nada pasó y una oleada de pánico me atravesó. ¿Y si en realidad no estaba durmiendo? ¿Y si Karkarov nos había hecho algo para que creyésemos qué habíamos escapado y en realidad nunca lo habíamos hecho? O peor, ¿Y si sólo era yo la que no lo había logrado? ¿Y si Draco nunca había llegado a venir? El peso de cada una de esas dudas amenazaba con arrastrarme pero las tuve a raya lo suficiente como para abrir los ojos. Sentí una breve punzada de alivio, seguía en la misma habitación pero al menos no estaba en el despacho de Karkarov. Cuando mis ojos amenazaban con cerrarse de nuevo, volví a sentir un leve susurro y tuve que concentrarme para entender lo que decía. Estaba tan cansada.

- Ya falta poco.

Me giré para tratar de ver de quién procedían aquellas palabras, y cuando por fin logré averiguarlo, deseé con todas mis fuerzas no haberlo hecho. Porque no había sido un quién, si no un qué. Una enorme serpiente verdosa con ojos amarillos que se deslizaba a mi alrededor. Abrí la boca para gritar, pero no conseguí que saliera ningún sonido, intenté buscar mi varita pero sólo conseguí que se cayera al suelo, estiré mi mano para recogerla pero era como encontrarme al borde de un precipicio, no tenía forma de alcanzarla. Un fuerte golpe en la puerta me hizo girarme en aquella habitación. Reconocí la túnica lila que ondeaba a los pies de la puerta, no así la expresión de la cara de quien la llevaba puesto. No creía haberla visto nunca, y antes de que pudiera hacer, decir o pensar nada más un rayo de luz verde me impactó de lleno.

Me incorporé lo más rápido que pude, sin poder contener un grito ante lo que acababa de pasar. Estaba en mi cama, en la Torre de Gryffindor rodeada por unas cortinas de color granate que colgaban de la parte alta de mi cama. De pronto se me hizo un espacio demasiado asfixiante y aun con los retazos del sueño persiguiéndome fui a descorrer las cortinas. Un ruido al otro lado de la habitación me detuvo cuando mi mano estaba a medio camino.

- ¿Qué ha sido eso? -escuché que alguien preguntaba al otro lado.

- ¿Qué ha sido qué? -le respondió otra voz.

- He oído algo. Juraría que ha sido un grito.

Todo en mí me pedía que saliera de aquella cama, pero nada más bajar la mirada me di cuenta que mis manos y gran parte de la colcha estaban llenas de tierra. Fui entonces consciente de que debía haber pasado casi todo el día en aquella cama y aun llevaba puesto el vestido del sábado. Salir en aquellas circunstancias me acarrearía tener que contestar a un buen número de preguntas, por lo que me forcé a tumbarme sobre la almohada y aparentar estar dormida. Notaba mi respiración entrecortada y el corazón bombeándome las costillas.

- Habrás tenido una pesadilla Lavender. Duérmete de una vez -dijo otra voz a la que reconocí como Fay Dumbar.

Cerrar los ojos hacia que la cabeza me diera vueltas así que los mantuve abiertos mientras contemplaba el techo estrellado del dormitorio. Cuando me aseguré que todo volvía a estar en calma, me levanté con dirección al baño y me lavé la cara con abundante agua fría intentando eliminar el recuerdo de mi sueño. El sueño en el que Albus Dumbledore me había lanzado un Avada Kedabra. Es sólo un sueño, un estúpido sueño me dije a mí misma. Y me lo repetí hasta que me convencí de ello. Me llevó casi hasta la hora del desayuno parecer una persona normal de nuevo.

Ya con mi uniforme puesto y con una apariencia más parecida a la de una estudiante de Hogwarts y menos a la de un Inferi me dirigí a la Enfermería deseosa de que no hubiera nadie. Unos cuantos Episkey habían hecho maravillas borrando todo rastro de la noche anterior. Sólo quedaban un arañazo persistente en unos de mis pómulos y un moretón en la comisura del labio que estaba empezando a adquirir un tono violeta. Nada que no pudiera explicarse con la mala ejecución de un hechizo. Pero aclarar el estado de mi mano derecha no iba a resultar una tarea fácil. No sabía que tipo de hechizo había usado Karkarov, pero dudaba que fuera a encontrarlo al abrir mi libro de Encantamientos. Había impactado en la parte exterior de la palma, en el extremos desde donde se empieza a agarrar una varita. Justo en el punto del impacto estaba empezando a formarse una sombra negra sobre la carne roja y dolorida que acompañaba a mi manos. Estaba casi segura que esa sombra no estaba la noche anterior.

Me asomé a la ventana de la Enfermería suplicando porque la señora Promfey no estuviera allí. Por suerte fue así, y no tardé en hacerme con algunas vendas y un frasco de esencia de murtlap. Después fui directa al baño de chicas de esa pasillo, un lugar donde nadie entraba nunca a menos que quisiera un poco de intimidad. Abrí uno de los grifos esperando encontrar alivio para mi mano bajo el agua fría, pero sólo salió una especie de humo gris. Ni siquiera podía encontrarme con un simple baño que se limitase a cumplir con su función. Retrocedí unos pasos y casi no muero de un infarto cuando me choqué contra alguien justo detrás.

- Tranquila, sólo soy yo

Toda la tensión desapareció en un instante. Giré la cabeza para ver a Draco, sin duda ambos teníamos mejor aspecto que la otra noche. Antes de que pudiera si quiera saludarle él volvió a hablar.

- ¿Te has hecho con esencia de murtlap de la enfermería?

- ¿Cómo sabías que iría?

- Una corazonada. No eres la única a la que le duele horrores la mano. Además, ¿quién crees qué ha entretenido a la señora Promfey?

- Y yo que lo había achacado a mi buena suerte

- Yo soy tu buena suerte

De pronto fui consciente de lo cerca que estábamos el uno del otro. En un baño, en medio de Hogwarts.

- Creído -le respondí mientras me separaba un poco.

Un ruido de la zona de los grifos captó nuestra atención, el humo empezó a salir cada vez más rápido hasta que terminó de tomar forma de un molesto fantasma con pelo oscuro recogido en dos coletas y unos inquisitivos ojos negros detrás de unas grandes gafas, Myrtle la llorona.

- Vaya, vaya. ¿Pero qué tenemos aquí? ¿Haciendo travesuras desde primera hora de la mañana?

- ¿Y tú que Myrtle? ¿Espiando también desde primera hora? -le respondí.

No había forma de que aquel fantasma y yo nos llevásemos bien. No podía hacerlo, no después de que ella se deshiciera en risas cuando salió mal la poción multijugos y acabé convertida en un cruce de humano y gato, ni cuando se pasó por la enfermería para reírse cada vez que soltaba una bola de pelo. Y lo peor es que no tenía forma de devolvérselo, primero porque era un fantasma y había poco ya que se pudiera hacer al respecto y segundo porque cada vez que percibía la más mínima ofensa. siempre evocaba un mar de lágrimas y lamentos inundando todo a su alrededor.

- Eres tú la que ha decidido invadir mi baño favorito.

Se deslizó por el aire acercándose hacia donde estábamos, y fue en su recorrido cuando se percató de la presencia de Draco justo detrás de mi.

- Uhhh, pero si hoy vienes acompañada. Y que compañía.

El tono detrás de sus palabras había cambiado, ahora parecía mucho más amable. Pero a mi me gustaba todavía menos que su anterior tono desagradable. Aunque parecía ser la única.

- ¿Cómo te va Myrtle? -le respondió Draco. Su tono también era amable.

- Ya sabes, de cañería en cañería -le respondió Myrtle volando hacia su dirección-. El mes pasado fue tan interesante que el final de curso se me está haciendo de lo más aburrido. Tuve muchas visitas, ¿sabes? Ese chico tan guapo, Diggory, se pasó por el baño de Prefectos para descifrar el huevo, y días más tarde vino también Harry. Fue muy divertido, bañarnos los dos entre tantas burbujas.

Se acercó todavía más a Draco. ¿Qué demonios pretendía? ¿Atravesarle?

- Tú también podrías venir alguna vez. Te enseñaría mis burbujas favoritas -insistió Myrtle.

No pude evitar que a mi mente le diera por imaginarse la ridícula escena, y una oleada de pensamientos malignos contra Myrtle le siguió después. Tenía que haber una forma de fastidiarle la vida, o más bien la muerte, a aquel ridículo fantasma. Pero cuando Draco le siguió el juego sentí que había llegado a mi límite, y antes de que si quiera me diera tiempo a pensarlo le pegué un manotazo en toda la cabeza. Se quedó mirándome unos instantes con una especie de sonrisa dibujada en la cara antes de reaccionar.

- Hermione acaba de recordarme a lo que veníamos Myrtle. ¿Podrías dejarnos un poco de espacio?

- ¿La señorita sabelotodo quiere intimidad? -se burló.

- No es la única.

Eso último pareció ser suficiente para convencerla y Myrtle acabó desapareciendo por uno de los retretes. Aun después de eso, mi cara debía ser un poema porque él no paraba de reírse.

- Creo que la palabra que buscas es encantador -dijo por fin.

- Me niego a comentar lo que acaba de pasar.

- Yo me lo he pasado muy bien. No sabía que era posible que alguien sintiera envidia de un fantasma.

- No lo dirás por mi, ¿verdad? ¿Qué podría tener yo que envidiarle a Myrtle la llorona?

- ¿Mi atención?

El timbre a las afueras del pasillo evitó que le diera una respuesta a ese reto y a todo lo que suponía. Aunque una parte de mi deseaba quedarse allí y aclarar todo lo que hubiera que aclarar. Por mucho que siguiese sin estar muy segura de cómo abordarlo.

- Deberíamos empezar o no llegaremos a clase -dije por fin y juraría que una vocecita en algún lugar de mi mente susurró "Cobarde".

Las clases de aquel lunes se centraron en la preparación de los exámenes del final de curso. Después de una clase algo accidentada estudiando acerca del cuidado de la planta de pus de bubotubérculo, y de que más de uno tuviera que pasar por la enfermería a curarse las ampollas, fui a clase de Aritmancia y después a Historia de la Magia. La profesora Vector nos puso un ejercicio bastante parecido al que según ella tendríamos en el examen y el profesor Binns abandono su monólogo habitual y nos pasó un pequeño test para entregarle al día siguiente. Para cuando llegué a la biblioteca, después de una apresurada comida en la que de algún modo esquivé a la mayoría de personas con las que no quería encontrarme, llegué a las puertas de la biblioteca solo para encontrarme que estaba abarrotada. Parecía que medio Hogwarts se hubiera puesto de acuerdo para reunirse allí. Maldije mi falta de previsión cuando vi que todas las mesas individuales pegadas a los ventanales estaban ya ocupadas. Tendría que pasarme la semana de exámenes compartiendo una reducida mesa con una estantería pegada a mi nariz como única vista. Ya cuando casi estaba llegando al final encontré una mesa enfilada en la que por ahora sólo se encontraban sentadas tres personas y me apresuré a colocar mis cosas y reservar así mi espacio vital para el resto de la semana. Apenas había empezado a revisar mis cartas de Aritmancia cuando alguien me zarandeó el hombro con timidez.

- ¿Qué quieres Neville? -respondí un poco más brusca de lo que esperaba.

Al verle dudar relaje mi expresión. Tenía que dejar de pagar con los demás mi propia frustración o me acabaría volviendo una antipática a los ojos de todo el mundo, pero como hacerlo sin ni siquiera poder mirar a los que me rodeaban a la cara. Me tragué toda mi angustia y volví a intentarlo.

- ¿Necesitas ayuda con algo?

- Venía a preguntarte por tus notas de las guerras de los gigantes. Te esperé durante la tarde del sábado pero no apareciste.

Un escalofrío me recorrió la espalda al recordar como Viktor me había prácticamente obligado a acompañarle al barco de Durmstrang, cómo me había conducido hasta el despacho de su director y cómo me había pasado gran parte del tiempo que había estado allí alternando períodos de consciencia e inconsciencia mientras Karkarov y Krum intentaban sacarme información. Cuando Neville volvió a hablar, esta vez un poco más fuerte, salí de aquella niebla de pensamientos y me apresuré a responderle.

- Se me complicó un poco todo Neville.

- Veo que a ti también te ha pasado factura la lección de hoy con la profesora Sprout.

Tardé un momento en percatarme de a que se refería y no fue hasta que señaló mi mano vendada, que sus palabras me parecieron de lo más creíbles.

- Si buena, la pus de bubotubérculo puede ser un poco difícil de tratar. Pero no creo que tarde demasiado en volver a estar como antes -dije mientras me apresuraba a mover la mano.

La noté tirante y dolorida, y eso que había procurado usarla lo menos posible durante la mañana. Pero no era el momento ni el lugar para preocuparme por ello, se curaría. Tenía que hacerlo.

- Ahora que estoy aquí, ¿por qué no vienes y comparamos nuestras anotaciones?

- Sí -dijo con tanto énfasis que casi se le cae el libro que tenía entre las manos-. Aunque seguro que las tuyas están mejor -dijo ya cuando se alejaba.

Le eché un último vistazo a mis cartas de Aritmancia antes de guardarlas y comenzar con mis notas sobre "Emeric el malvado", "Egbert el enorme"y "Uric el bicho raro". En ello estaba cuando noté como alguien se sentaba en la silla vacía que estaba a mi lado.

- Si que te has dado prisa -le dije mientras terminaba de leer un párrafo.

Abrí la carpeta que contenía mis notas, y empecé a desenroscar uno de los pergaminos que contenían el detalle de las guerras de los gigantes.

- Bien, ¿por dónde quieres empezar? ¿Comienzos de siglo?

- ¿Qué tal si me dices qué es un poste de la luz?

Literalmente abrí la boca de pura sorpresa al ver que no era Neville, si no Draco el que me estaba hablando. En público, en una biblioteca abarrotada para ser exactos. En seguida empecé a mirar a mi alrededor, pero nadie parecía haber levantado la vista. Al menos de momento.

- Su sobrino de diciséis años… -empezó a leer-…. ha hechizado a su hermana de diecisiete que ha tomado represalias con un encantamiento impresionante que chocó contra un automovilista muggle que se estrelló contra un poste de la luz. No hay quien entienda las preguntas del profesor Binns cuando usa términos Muggles.

Seguía sin creerme que estuviera recitando la tarea de aquel día como si tal cosa. Y no era la única. Neville se había quedado mirándonos desde atrás, sin saber muy bien que hacer en aquellos momentos. Desde luego no era el único.

- ¿Qué estas mirando Longbottom? -le increpó Draco levantándose del asiento.

Ya conocía aquella faceta, pensé mientras me giraba para contemplar la escena. Se había puesto la máscara de matón y a juzgar por el paso atrás que dio Neville, se le daba muy bien utilizarla. Pero a mi ya no podía engañarme, yo había visto la cara vulnerable que se ocultaba detrás y sabía que él también la usaba para defenderse de todas las miradas. Aquellas que pensaban que en su familia, que en nuestra familia sólo habían magos oscuros. Que pensaban que todos los magos que se habían echado a perder habían sido de Slytherin. Me apresuré a tenderle el pergamino acerca de los gigantes antes de que aquello fuese a mayores.

- No pasa nada Neville. Puedes consultarlo y devolvérmelo después.

Él lo cogió todavía dudoso. Parecía querer decir algo más, y aunque le llevó un rato por fin consiguió hablar.

- ¿Quieres...? -empezó mientras tragaba saliva-. ¿Quieres qué me quede?

Estuve tentada de mirar a Draco, de decirle que no conseguiría el respeto que quería intimidando así a otros. Y que a veces, esos otros de los que se burlaba podían encontrar el valor para hacerle frente. Pero me contuve.

- No será necesario.

Me levanté solo para ver como se alejaba, y cuando me aseguré que lo había hecho le imité. O al menos eso pretendía hasta que vi quien se acercaba por el mismo pasillo justo en mi dirección. Se trataba de Viktor Krum y por un momento deseé estar de nuevo en un sueño. Aunque despertase con un rayo verde impactándome en el pecho. Retrocedí casi por instinto, me dejé caer sobre la silla sin dejar de mirar al pasillo y me encontré con algo cálido que rozaba la mano que ni siquiera sabía que había dejado caer. Miré de reojo a Draco, me había cogido la mano, el corazón me latían tan rápido que me parecía increíble que nadie más lo estuviera escuchando.

Así que así iba a ser. La verdad expuesta, un enfrentamiento abierto, directo. Polémica. Extravagancia. Justo lo que se esperaba de los Rossier. Todo me empezó a dar vueltas, me aferré al borde de la mesa. Pero no estaba tan mal como para desmayarme. Además, eso sería demasiado fácil. Tendría que soportar como unos extraños volvían a pronunciar el nombre de los Rossier, dando por hecho todo tipo de cosas. Cada vez que había sucedido algo en mí se había hecho pedazos. Como si mi corazón se rompiera al intentar comprender, al intentar querer a una familia de la que solo quedaban sombras. Sombras oscuras, sombras tenebrosas. Viktor estaba llegando. Lo sabía porque notaba la mano de Draco se había puesto tensa justo antes de soltar la mía. Antes de volver su vista al libro que estaba encima de la mesa y que nada hubiera pasado. Pero esta vez si que había cambiado algo. Esta vez se levantaría si algo sucediese. No podía seguir prolongando lo inevitable. Me obligué a mirar hacia arriba, a hacer frente por muy duro que resulte.

- ¿Qué es lo qué quieres Viktor? -le pregunté mientras me cruzaba de brazos.

Sentía la necesidad de protegerme aun cuando no es una mirada amenazadora a lo que me enfrento. No son los ojos negros de rabia que se posaban sobre mi la otra noche. Su expresión, aunque intente mantenerla a raya, sólo me transmite dolor.

- Muchas cosas -dijo por fin-. Tantas que no me he dado para pensar en todas ellas de camino. Pero estando aquí, no sé si debo decirlas.

- Yo tampoco creo que vaya a ser lo mejor.

- Yo… ¿Te hice daño?

Mi silencio parece darle una respuesta. Se está conteniendo, y no es el único. Ya no le veo sangrar pero su cara todavía conserva los restos de la pelea, tiene una brecha en la ceja y la nariz de un torno violeta. Su voz está rota, él está destrozado. Y yo soy la responsable. Las palabras de Rita Skeeter hacen su aparición "No hay nada mejor para mantener alejado a un hombre que él crea que vas a estar mejor si estáis separados"

- Yo tampoco me porté bien.

Un intento desesperado de concedernos alivio a ambos.

- No deberías estar aquí. Deberías estar preparándote para la última prueba -insistí-. Y para todo lo que está por venir. Y yo también.

- Lo sé. Pero aun así, yo quería…

- Si lo sabes entonces vete -le interrumpí-. Por favor.

No sabía porque había dicho eso. Los ruegos no funcionarían con él.

- Yo, sólo he venido a darte esto -dijo mientras me tendía un trozo de papel-. Cuando me vaya, quiero saber que estarás bien. Así que escríbeme.

Nada de lo que yo hiciera o dijera serviría para cambiarle. Viktor siempre sería tan inflexible, como el Sauce Boxeador. Podría agitar sus ramas movido por el viento pero nunca cedería de su posición. Mis piernas reaccionaron antes de que lo hiciera mi mente. Caminé lo más deprisa que pude hasta que conseguí salir de la biblioteca y un determinado momento me eché a correr. Y no paré hasta que me vi fuera del castillo, en el puente, cuando volví a respirar aire. Me apoyé sobre uno de las columnas del puente con el corazón bombeándome las costillas. Aparte de eso era incapaz de poner nombre a ninguno de mis otros sentimientos.

Tardé un rato en poder volver a moverme. Y cuando lo hice, fue para ir a la torre de Gryffindor. La señora Gorda me abrió la puerta sin pensarlo. Tenía un trozo de papel ensangrentado entre las manos, dentro estaba la dirección de Viktor, ni siquiera recordaba haberlo cogido. Y en cuanto a la sangre, no había forma de saber si me la había provocado yo o había sido Draco el que se lo había hecho. Algo en Hogwarts tenía que estar mal hecho, unas palabras de un sombrero y saberse una contraseña no te convertían en alguien valiente. Le di las gracias a Neville por haberme traído las cosas que había dejado en la biblioteca y no volví a salir en toda la semana excepto para hacer los exámenes.

Apenas cruce una palabra con Draco durante ese tiempo, aunque no dejamos de vernos. Sobretodo en las aulas donde tenían lugar los exámenes, pero también en los pasillos, en el Gran Comedor, allí a donde fuese notaba como me seguía con la mirada. Como si quisiera asegurarse que todo seguía bien. Algo de lo que ni siquiera yo estaba segura. El desayuno del día de la Tercera Prueba fue el más bullicioso que yo recordaba haber vivido en la mesa de Gryffindor. Y eso era mucho decir. Como cada viernes, me llegó una lechuza con un ejemplar de El Profeta y cuando lo desplegué y leí el titular, entendí a lo que se había referido Skeeter hacía casi una semana. Mi cara debió de ser de sorpresa, porque Harry y Ron dejaron de hablar.

- ¿Qué...? -me preguntaron ambos al mismo tiempo.

- Nada -me apresuré a contestar mientras intentaba retirar el periódico de la vista. Pero Ron lo cogió.

- ¿Qué? -preguntó Harry - ¿Otra vez Rita Skeeter?

- No -dijo Ron con un tono nada convincente.

Pero antes de que Harry lograse alcanzar el periódico, Draco le gritó desde la mesa de Slytherin.

- ¡Eh, Potter! ¿Qué tal te encuentras? ¿Te sientes bien? ¿Estás seguro de que no te vas a poner nervioso con nosotros?

También él tenía en su mano un ejemplar de El Profeta. Me quedé mirándole un momento, pero a diferencia de mi, su cara no mostraba ningún rastro de arrepentimiento. Yo había tenido en mi mano la oportunidad de que aquel artículo no saliese a La Luz. Me obligué a pensar porque lo había permitido, a aferrarme a la imagen que tenía de Winry y fue cómo si una goma de borrar hubiese pasado por mi cara borrando cualquier rastro de la culpa que había estado presente instantes antes. A lo largo de la mesa los de Slytherin se reían y se volvían para ver como reaccionaba Harry. No era para menos, el titular "HARRY POTTER, TRASTORNADO Y PELIGROSO" era muy destacado.

Mientras Harry leía el artículo, me encerré en mis libros. Los únicos que parecían no juzgarme ni esperaban nada de mi durante esos días. Diez minutos después, me estaba sentando en uno de los pupitres y sacando un trozo de pergamino. El fantasma del Profesor Binns indicó el tema central del examen , "Rebeliones de duendes del siglo XII". Todo el alboroto en la mesa durante el desayuno me había provocado punzadas en la cabeza, pero conseguí mantenerlos a raya, así como al dolor que me recorría la mano cada vez que sujetaba la pluma y escribía una palabra. Me había aplicado el ungüento justo antes de comenzar el examen, tal y como llevaba haciendo el resto de la semana para poder escribir, pero esta vez no parecía estar siendo suficiente. Lo achaqué a que me había tocado la peor asignatura en el peor momento, cuando estaba agotada por todos los exámenes que había hecho, y durante unas horas me concentré únicamente en plasmar la historia de aquellos duendes rebeldes. Para cuando terminé estaba muy mareada, pero satisfecha con el resultado.

Me dirigí de nuevo al Gran Comedor, sólo para encontrarme con una mesa mucho más llena. La familia Weasley casi al completo había acudido a ver a Harry. Y no hubo forma de que consiguiera no sentarme entre todos ellos cuando me vieron entrar. Así que salude a todos lo mejor que pude, a Fred a George, pero también a Bill y a la señora Weasly que habían venido a apoyar a Harry en la última prueba. A pesar de que no intervine mucho en la conversación, Ginny se dedicó a lanzarle miradas de advertencia a su madre cada vez que me respondía de forma fría. Incluso Harry tuvo una conversación con ella para intentar aclararle acerca de los rumores que habían salido en Corazón de Bruja, pero yo sentía que me merecía cada una de ellas.

- Señora Weasly, usted no creería esas mentiras que escribió Rita Skeeter, ¿verdad? Porque nada de lo que ha dicho es cierto. Hermione y yo sólo somos amigos -dijo Harry mirándonos a ambas.

- ¡Ah! No... ¡por supuesto que no! -exclamó la señora Weasly.

Una vez aclarado el malentendido me dedicó una sonrisa cariñosa. Fue entonces cuando caí en la cuenta que habría preferido que hubiese seguido comportándose como antes. No merecía el cariño de una familia que la mía propia había contribuido a destrozar. Y ellos jamás podrían entender que aunque mi madre fuera una mortífaga, aunque a sus ojos toda mi familia estuviera en el bando equivocado, nada de eso hacía su ausencia más llevadera. Jamás entenderían que quisiera averiguar cosas de ella, que aun con todo me hubiera gustado conocerla. Y que estuviera desesperada por acercarme a aquellos que si que pudieron disfrutar de su compañía. Los Weasly disfrutaban con una vida simple, segura, hogareña. No había más que verlos. Algo muy parecido a la melancolía se instaló en mi pecho, como si de nuevo, echara de menos algo que no podía recordar.

- ¿Estás nervioso Harry? ¿Quieres qué practiquemos algún otro hechizo? -se ofreció Bill.

- Te lo agradezco pero creo que como intentara memorizar algo más mi cerebro explotaría.

- Dejadle tranquilo. Está más que preparado -apuntó Ron -. Desde Pascua no hemos dejado de practicar. Espero que el Extraordinario en Defensa contra las Artes Oscuras consiga compensar el resto de asignaturas.

- ¿Qué quieres decir con eso jovencito? -exigió saber la señora Weasley.

Una nueva punzada me recorrió de arriba a abajo y un malestar permanente se instaló en mi cuerpo. Ese dolor de cabeza se había propuesto acabar conmigo.

- Yo creo que aprovecharé y pasaré por la enfermería -dije mientras me levantaba.

- ¿Te encuentras mal? -me preguntó Harry.

- No me encuentro bien. Estas últimas semanas me han dejado agotada y no me vendría mal alguna poción para estar bien esta tarde.

Harry se quedó mirándome un instante, como si quisiera comprobar mi estado. Le mantuve la mirada, nada de lo que le había dicho era una mentira así que fui capaz de hacerlo. Estas últimas semanas me habían enseñado que era alguien muy impulsivo así que, que se estuviera tomando su tiempo para responderme no era una buena señal.

- ¿Quieres qué te acompañe? -se ofreció.

- No. Tú quédate. Nos vemos después.

- De acuerdo.

Empecé a caminar por el pasillo entre las mesas, pero de pronto un presentimiento me hizo detenerme y mirar de nuevo hacia atrás. Vistos desde fuera parecían ser felices, disfrutando en familia y con Harry formando parte de ello. Desprendían una calidez contagiosa que te hacía querer estar a su lado. Algo a lo que yo ya no podía aspirar. Intenté recordar cómo había sido formar parte de aquello, pero no había nada a lo que pudiera aferrarme, sólo una amarga sensación de no saber a donde pertenecía que me había acompañado hasta hacía unos meses.

Ahora esa sensación había sido sustituida por muchas otras. En los inicios la sorpresa se había adueñado de todo, pero ahora la preocupación y la adrenalina que suponía estar siempre al límite se habían vuelto mis compañeras inseparables. Siempre en lo alto, caminando por una cuerda floja sin poder detenerme. Nunca segura, temiendo siempre caer y añorando unas vistas que no podía tocar. Recorrí el Gran Comedor, no necesitaba que nadie me dijera donde iba a acabar. Draco ya se estaba levantando pero algo le detuvo. Parecía uno de sus matones. No me quedé para comprobarlo.

Ya bien entrada la tarde, me encontré de nuevo en el puente. La poción que me había dado la señora Promfey había hecho su efecto, pero no se había llevado consigo la sensación de ahogo que me perseguía. No podía evitar estar nerviosa por todo lo que se avecinaba, y aunque cuando me habían preguntado había respondido a todos que era por Harry, la verdad es que llevaba muchas otras cosas a mis espaldas. Para ser junio, el calor seguía sin hacer su aparición y tanto el castillo como sus terrenos estaban cubiertos de una espesa niebla. Me alegré de haberme puesto un jersey de lana compacta. Me entretuve mirando los patrones en negro dibujados sobre el blanco del jersey. Una vez había leído que la mayoría de los dibujos imitaban a la técnica de Fair Isle, un lugar de Escocia en qué cada familia tenía un patrón característico con el que adornaban sus prendas. Me pregunté si las familias mágicas se comportaban de la misma forma.

Saqué un trozo de papel ensangrentado del bolsillo, lo había llevado conmigo todo el tiempo sintiendo que me quemaba en el bolsillo. No era sano aferrarme al pasado, pero tampoco lo era huir de él. Y fue así como tuve mi respuesta. Para cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, el papel ya estaba ardiendo en mis manos.

- ¿Contemplando el paisaje?

Me giré todavía con resto de cenizas en las manos. Si él se dio cuenta, no dijo nada al respecto.

- ¿Por qué has tardado tanto? -le recriminé medio en broma medio en serio mientras me giraba.

"Si no hubieras tardado tanto ahora mi vida sería muy diferente", quería decirle. Pero me contuve. Draco llevaba puesto un impoluto traje negro y un jersey de cuello alto también negro en el interior. Parecía listo para grabar un anuncio de ropa.

- No sabía que habíamos quedado. Aunque puede que si te cuento que me ha tenido ocupado consiga ganarme tu perdón.

Antes de darme cuenta me aferré a una de las columnas de las ventanas de madera del puente. No sabía si sería capaz de soportar más descubrimientos y retazos acerca de mi familia. No cuando todavía no había conseguido formarme si quiera una imagen completa de lo que había sido mi pasado.

- ¿Qué has estado haciendo? -pregunté temerosa y deseosa a partes iguales por saberlo.

No podía seguir así, sintiendo que me faltaba el aire a cada paso que daba. Pero esta vez él no me dejó huir, se situó en el marco contiguo a donde yo tenía la cabeza apoyada y se inclinó hacia delante. Sería más que evidente para cualquier que pasara por allí, que estábamos manteniendo una conversación íntima. Por suerte para nosotros, aquel era el punto más alejado a donde tendría lugar la Tercera Prueba y nadie parecía tener la intención de llegar tarde al espectáculo.

- He tenido que ayudar a Crabble a pintarse la cara para animar a su campeón favorito.

- ¿No tenéis un espejo en vuestra sala común?

- Claro que tenemos espejos. Pero de nada sirven si no sabes deletrear "Krum".

Se quedó esperando unos instantes, justo el tiempo que tardó en aparecer una sonrisa. Él no tardó en imitarme. Parecía que volvíamos a estar en uno de esos días en el que creíamos que podríamos conseguir lo que fuera. Esos días en los que parece que todo saldrá bien.

- Mañana acabamos el curso así que he estado pensando -dijo él de pronto-. No quiero que pases ni un segundo más entre esos muggles.

Sabía por el tono que estaba usando que se refería a la presencia de los Granger en mi vida, y del delicado acuerdo sobre el que se sostenían todas las mentiras que entre los tres nos habíamos encargado de construir.

- Se que si aparezco por ahí, puede que todo se desmadre otra vez. Y no creo que volvamos a tener tanta suerte como tuvimos la última vez.

Un escalofrío me recorrió al recordar todo lo sucedido. Robert Granger abriendo la puerta exigiéndome que acabase con todo el dolor por la pérdida de su hija, pérdida de la que se habían encargado de hacerme responsable. Personas incapaces de entender ninguno de mis estallidos de magia, pero perfectamente capaces de culparme por todo lo malo que ha sucedido en sus vidas. Y por mucho que yo quisiera, no podría concederles el alivio que todos necesitásemos hasta que tuviese la libertad para hacer magia sin restricciones. La imagen de Draco situándose entre los dos, la sangre cayendo sobre la moqueta y el tiempo hasta que supe que la sangre no era suyo. Fui incapaz de quedarme más tiempo parada en mi sitio pensando en eso así que me alejé y me empecé a caminar sobre el puente. Él no me dejó alejarme más, sujetándome por la muñeca. Estando así, me costaba todavía más contener los miedos que me habían invadido de repente.

- Mañana quiero que cojas otro tren en la estación. Con la excusa de reunirte con tus padres, cogerás un tren con dirección a Wilshire. Nos encontraremos allí. Iré a buscarte, te doy mi palabra.

Mis últimas ideas habían salido tan mal que por una vez no protesté. Sus palabras sonaban confiadas. Como si quisiera asegurarme que todo saldría bien. Quería aferrarme a esa sensación, aunque todas las veces anteriores que lo había hecho esta no había durado. Hacía apenas una semana había empezado el día con más de una victoria y lo había acabado atada a la silla en medio de un barco.

- ¿No es una zona muy apartada? Creía que no existirían conexiones de transporte mágicas.

- Tienes razón. Sigue sin haberlas.

- ¿Entonces como has...?

- ¿Qué si he tenido que consultar el horario de unos trenes muggles? Si lo hice cuando volvimos de las vacaciones de Pascua. No veas lo difícil que fue hablar con esos muggles. Y aun sigo sin saber como pueden ingeniárselas para conducir esos trastos.

- ¿Por qué no decírmelo hasta ahora?

- Porque he notado como intentabas que nada de esto se sobrepasara, como intentaba manejar la presión. Y cuando intentaba ayudar, tu siempre te aislabas y me decías que necesitabas un poco más de tiempo. Temía que si no te dejaba el espacio suficiente te echarías atrás con todo, pero a la vez también temía que te convencieran de lo contrario.

- Haces que parezca que tengo la voluntad de una veleta. Aunque si te reconozco que he tenido muchas ganas de salir corriendo.

- ¿Ganas solo? Yo te he visto hacerlo más de una vez. De hecho, casi has estado a punto de hacerlo ahora.

Miré de nuevo hacía abajo, ni siquiera había notado que él seguía sujetándome.

- Puedes soltarme. No saldré corriendo lo prometo. Además, ya he roto con todo. Con Harry, con Ron, con Viktor. La he fastidiado tanto que si tú te vas ya no me quedaría nada. Lo perdería todo. Tú te has encargado de ello.

Mis palabras tuvieron un efecto inmediato. Me soltó y yo no me moví de donde estaba.

- ¿Quieres qué te pida perdón por ello?

El orgullo impregnaba cada una de sus palabras.

- ¿Serviría de algo qué lo hiciera?

- Si quieres una respuesta sincera no. No serviría de nada. Se que está mal, pero es la verdad.

- Entonces no lo haré. No tiene sentido enrocarnos en cómo hemos llegado hasta aquí. Y por mucho que haya querido convencerme de que esto no es lo que quiero. El hecho es que aquí estamos. Y lo quiero. Realmente quiero ser una Rossier.

Él dio un paso hacia delante, y se inclinó para volver a cogerme del brazo y esta vez me subió la manga del jersey. Allí estaba, la pulsera de los Rossier haciendo de barrera entre ambos. Una fina pulsera de plata compuesta por rosas y espinas, que solo alguien perteneciente a la familia podría lucir. Todavía en los momentos de angustia comprobaba que la seguía llevando.

- No tienes que querer serlo. Ya lo eres.

Me dejé llevar por sus palabras. La niebla a nuestro alrededor se había vuelto todavía más espesa, si seguía así pronto no nos veríamos las caras. Y aun así yo estaba allí, esperando, esperanzada, lista para cualquier cosa. Sabiendo que seguiría cualquier dirección que decidiera tomar.

- Bueno bueno, ¿qué tenemos aquí? Dos jóvenes que nadie se esperaría ver juntos conspirando entre ellos -se alzó una voz por encima de nosotros. Justo al otro lado del puente estaba el Profesor Moody.

Draco y yo nos giramos de inmediato en su dirección. Su ojo mágico nos miraba sin cesar, girando hacia arriba, hacia abajo y de un lado a otro examinando todo lo que nos rodeaba. Fue como si todo lo que nos rodeara hubiera desaparecido de pronto y se hubiera llevado consigo todo el aire que nos envolvía, posando sobre nosotros una carga todavía mayor. Auror, cazador de magos tenebrosos fueron las primeras palabras que se posaron en mi mente, todo ello acompañado de una rabia difícil de contener.

- Bue...Bueno y ¡qué si estábamos hablando! -gritó Malfoy intentando disimular su voz temblorosa -. ¿Qué ocurre si estamos... Si estamos juntos y no que queremos que sé sepa?

Le miré estupefacta pensando que no había manera de que creyese algo como eso pero entonces me di cuenta que había sacado su varita. ¿De verdad íbamos a tener que enfrentarnos a alguien como Moody? Alguien que había llenado la mayoría de las celdas de Azkaban sin ninguna clase de ayuda no se vería intimidado por nosotros. Pero, ¿qué otra cosa podríamos hacer?

Alargué la mano para coger la suya, buscando la fuerza que necesitaba pero fue como si una fuerza invisible tirase de todos nosotros. Cuando me di cuenta nos estábamos elevando, y después de un fuerte tirón una pared de piedra frenó mi trayectoria. Me dejé caer, mientras parpadeaba para contener las lágrimas de dolor intentando entender cómo había llegado hasta allí. No divisaba a Draco por ninguna parte. El profesor Moody pronunció unas palabras, se giró sobre sus talones y se adentró apuntándome con la varita. Traté de mover las piernas pero no pude. Estaba fijada contra la pared paralizada desde la cintura para abajo.

- Curiosa pulsera la que lleva señorita Granger. No he podido quitarle el ojo de encima desde la primera vez que se la vi puesta -dijo lanzándome una sonrisa malévola.

- ¿Qué ocurre con ella? -pregunté temblorosa mientras la aferraba a mis dedos con fuerza. No dejaba de mirar a la puerta que él se había encargado de cerrar, deseando ver a Draco aparecer.

- Yo que usted no pondría mis esperanzas en un Malfoy... -dijo como si me leyera el pensamiento-... Toda esa familia está plagada de cobardes. Nada puede ganarse estando filiado con ellos. Al contrario que yo, él no puede aparecerse. No conseguirá llegar aquí.

- Aunque pudiera, la Aparición no es posible en Hogwarts.

Repitió mis palabras de una forma grotesca, con una expresión de maldad reflejada en su rostro.

- ¿¡Se puede saber que quiere de nosotros!? -le grité.

- Tengo una profunda motivación en garantizar la seguridad del señor Potter hasta esta noche. Y mi tarea incluye a veces en encargarme de matones como su amigo Draco Malfoy. Y si me hubieran dejado habría hecho más que convertirle en un hurón.

- Es usted un profesor despreciable. Si considera que usar la transfiguración en alumnos es educar…

- Tengo muy poco de profesor, niña -me interrumpió-. En cambio tú, pareces tener mucho más que decir que tus compañeros de clase. Durante mi vida de Auror, cuando todo a mi alrededor emitía señales confusas, tuve que dejarme llevar por mi instinto en muchas ocasiones. Así fue como pude capturar a muchos de los secuaces de Lord Voldemort. Una veintena de ellos, entre los que se encontraba Lucius Malfoy, juraron que sólo habían estado a su servicio porque habían sido sometidos a la Maldición Imperius. ¡Yo discrepo!

- Puede ahorrarse la lección de historia -le dije con desprecio.

No sabía a donde quería ir a parar con todo aquello. Solo sabía que no quería escucharle. No podía permitir que se remontase a aquella época, no si quería seguir manteniendo mi fachada. Él había acabado con la vida de mi abuelo, y no podía soportar tenerlo delante. Y mucho menos podría aguantar que continuara hablando. Temía que se identificase como el responsable de algo más.

- Pero a veces el pasado puede ser tan fascinante. Tanto que es capaz de condicionar todo lo ocurrido mucho tiempo después. Si no, ¿por qué iba a juntarse la amiga de Harry Potter con alguien como Draco Malfoy? ¿Por qué iba a confabular con Rita Skeeter? ¿Por qué se enfrentaría al zoquete de Karkarov?

- Si tanto cree saber de mí, respóndase usted solo.

- Podría, créeme que podría. Su mente es como un libro abierto ahora mismo. Ha cometido usted numerosas imprudencias este año. Y aunque el mapa del Castillo proporcionado por su amigo Potter ha ayudado, cualquier otro podría haberse dado cuenta si se hubiera fijado lo suficiente. Y debería haberse asegurado de aprender algo de Oclumancia antes de guardar un secreto como el suyo.

- Por mucho que acceda a mi mente, usted no tiene idea de nada. Jamás podría entender cómo me siento -le recriminé mientras apretaba los puños.

- Aquellos que no adujeron estar bajo coacción, acabaron en Azkaban. Llené sus celdas mugrientas con personas con el alma todavía más mugrienta.

¡Cállese! -le grité-. No quiero escuchar nada más. Es usted alguien horrible, que disfruta con el dolor de los demás, y que no quiere que acabe esta guerra. Es más, ¿para usted nunca ha acabado? Es por ello que aceptó el puesto de profesor de Defensa contra las Artes Oscuras. Para poder estar cerca de Harry, en primera fila viendo todo lo que sucedía este curso.

- Puedo notar como la rabia ruge dentro de ti. Al igual que lo hizo a través de la pluma de Rita Skeeter. Tu ya lo sabes. Torturé a aquellos Mortífagos que se negaron a entregarse, y llegado el momento acabé con su vida. Uno de ellos fue, en efecto, Evan Rossier.

La confirmación de su muerte a manos de su asesino despertó algo en mí, haciéndome gritarle todavía más alto.

- ¡No sigas hablando!

- Y ahora que ya sabes la verdad de mis propios labios. ¿Qué es lo qué quiere preguntarme, señorita Rossier?

No me molesté en negarlo. Las lágrimas habían empezado a correr por mi cara, tampoco me molesté en retenerlas.

- A pesar de qué sus ideas no eran las adecuadas ¿Tanto odiabas a los mortífagos? ¿Tan débil era tú varita qué pronunciabas una maldición imperdonable ante el menor signo de peligro?

- No era un odio personal. Estábamos en guerra y mi trabajo era atrapar a los del otro bando.

- ¿¡Entonces por qué!? ¿¡Por qué tuviste qué matarle!? Podrías haberle herido, haberle dejado inconsciente. Darle un juicio justo, la oportunidad de explicarse ¡Y haberle encerrado en Azkaban si hubieras querido! ¿¡Por qué tuviste qué tratarle diferente de los otros!? ¿Por qué arrebatarme la oportunidad de conocerle? ¿Y por qué arrebatarme después también a mi madre? ¿¡Cuál es la razón de tanto odio!?

Mi pecho subía y bajaba con fuerza después de aquella declaración. Ya estaba dicho, y no había forma de saber a donde me llevaría todo aquello. Dejé caer mi cabeza intentando ocultar las lágrimas, mientras él se giró y empezó a rebuscar en el interior de un baúl. Al poco, sostenía un pequeño frasco con una sustancia de aspecto vaporoso dentro.

- Te lo mostraré -dijo mientras destapaba el frasco, extraía aquella sustancia con su varita y lo lanzaba directo hacia mi.

Al instante siguiente, caí en medio de un callejón con multitud de hechizos impactando en todas las esquinas. Cuando vi a un grupo de aurores atravesarme cual fantasma fui consciente de que estaba presenciando un recuerdo. Seguí al grupo, y aunque al tratarse de un recuerdo no pudieran verme, me mantuve a una distancia prudente. Solo me desvié cuando vi a un Moody mucho más joven hacerlo. En aquella época debía conversar sus dos piernas porque tardé en alcanzarlo. Para cuando llegué hacía donde se encontraba con la cara ensangrentada y apuntando con su varita a un hombre que yacía en el suelo con una expresión impasible.

"Voy a morir... En segundos todo lo que he sido desaparecerá"

Parecía como si Moody hubiese sido capaz de leer la mente de aquel hombre en aquel momento y de algún modo yo también pudiese escucharlo.

- ¡Entrégate! Tres... -escuché como le Moody sin dejar de apuntarle.

"Aunque todavía sigo respirando se que ha llegado mi hora. Quiero decirme a mi mismo que resucitaré entre los muertos, que volveré a la vida. Pero se que no es así. Mi destino está escrito y, la verdad es que, voy a morir. Tengo el corazón acelerado pero ni con esas derramaré una lágrima. He vivido y experimentando más que cualquier otro de mi edad. A lo largo de mi vida pude desprenderme de las capas que me ocultaban, aquella que mostraba una sonrisa encantadora y ojos embaucadores cuando era necesario"

- Dos… -continuó Moody.

"Vamos piensa en algo, aún no estás muerto. Aún ves, o quizas es todo una ilusión y nada de lo que esté sucediendo es real. Maldita sea, empecé a volar demasiado pronto, sin saber que mis alas se desgastarían, subí demasiado alto y al final no he podido evitar caer. Parece que todo fuese una pesadilla, nosotros a los que llaman villanos cayendo, aquellos que se hacen llamar los buenos venciendo... ¿Por qué tenían que ser ellos los que tuvieran la última palabra? ¿Por qué no intentaban ver más allá de las marcas, más alla de los ojos? Solo somos simples mortales luchando por lo que creemos correcto, luchando por perpetuar nuestros orígenes puros"

- Uno... -dijo Moody impasible.

"Mi querida Violet. Mi dulce Jean... Por favor. No me reclaméis tan pronto. No me llevéis tan pronto con vosotras. Se que queréis aliviar mi ira, se que queréis desvanecer mi sufrimiento pero todavía no estoy preparado para ir hacia vuestros brazos. Jane-Anne... Jane-Anne me necesita. No puedo dejarla, no puedo dejarla sola soportando el peso de esta familia"

Sentí como mi cuerpo se descongelaba su sitio y antes de que mi mente pudiese comprender que estaba haciendo ya había corrido a arrodillarme sobre aquel hombre. Aunque sabía que no serviría de nada, que jamás llegaría a verme, no podía permitir que aquel al que tendría que haber llamado abuelo estuviese solo en aquellos instantes.

"Venga Evan, tu puedes hacer algo mejor. Piensa en alguna frase épica y brillante que refleje tus últimos instantes. Algo que pueda expresar lo que fuiste, lo que sentiste, lo que viviste... Toda tu persona quedará reflejada en ella. Algo ingenioso como que todas las cosas buenas de la vida son inmorales, están prohibidas o hacen engordar. Por Salazar, qué cómico me resulta que no vaya a encontrar ninguna. Seguro que Abraxas se reiría de esto, al final el gran Evan Rossier, no tenía nada importante que decir. Bueno si, algo que parece que nunca saldrá de mi mente, algo que ayude al futuro de esta familia. Mucha gente te hablará sobre nuestra familia, sobre tu madre, mi y sobre otras muchas cosas. Asi que recuerda, habrá tantas verdades como personas que te las digan. ¿Cuál será la buena, cuál sera la mala? ¿En quién debes confiar? No importa lo que oigas de cada uno. La única respuesta válida está en tu coraz..."

De repente sentí como me invadía un profundo estremecimiento y aun sabiendo lo que iba a suceder cerré los ojos, suplicando que no fuera así. Al momento siguiente escuché a Moody gritar:

- ¡Avada Kedavra!


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