Simplemente perverso

Capítulo 11

Bella despertó lentamente con una sensación de que algo era diferente. El ruido sordo de otro latido de corazón bajo su mejilla y la sensación de un caliente cuerpo masculino extendido bajo el suyo la hizo abrir sus ojos de par en par.

— ¿Edward?

— ¿Hmm…? —La tocó la cara, arrastrando su dedo hacia su garganta. Estaba todavía oscuro, y aunque ninguna luz penetraba las gruesas cortinas azules de terciopelo, los pájaros habían comenzado a cantar en el silencio.

—Deberías ir a casa.

—Hmm…

Su mano se movió más abajo, deslizándose a la taza de sus nalgas y apretándolas fuerte. Se retorció contra él, sintiendo a su erecta polla sacudirse contra su estómago.

— Edward…

—Necesito estar dentro de ti. —La giró sobre su espalda y con la rodilla separó sus piernas, deslizó su eje profundamente dentro de ella y comenzó a empujar. Bella no podía hace nada más que agarrar sus anchos hombros y soportarlo, respondiendo a sus besos con los suyos propios, exigiendo respuesta y reponiendo necesidades que casi había olvidado que existían. Levantó sus caderas para encontrar cada duro golpe, disfrutando de la sensación de él moviéndose sobre ella, tomándola, follándola.

Él gimió y se balanceó más fuerte, se machacó a sí mismo contra su sexo hasta que ella deseó gritar y retorcerse, morder y arañar. Su clímax la cogió por sorpresa, forzándole a ponerse tenso también y correrse dentro de ella. Él cayó hacia abajo, su cuerpo cubriendo el de ella completamente.

Se tumbó también y dejó que su peso se asentara sobre ella como una pesada manta con vida. De repente rodó fuera de ella.

— ¿Te lastimé?

Su sola pregunta la hizo girar su cabeza y mirarle.

Non.

— ¿Estás segura?

— ¿Por qué incluso pensarías eso?

La miró fijamente, su cara un pálido contorno en la oscuridad.

—Porque estoy más acostumbrado a estar con hombres, y ellos no son exactamente tan delicados como lo eres tú.

Se movió a un lado de la cama, gimiendo cuando sus pies golpearon en el suelo de madera. Bella se levantó sobre un codo para mirarle recolectar sus ropas y ponérselas, sus movimientos bruscos e inseguros en la débil luz.

— Edward, ¿estás bien?

—Por supuesto que lo estoy. Me dijiste que era hora de irme, y me estoy marchando.

Bella reunió las sabanas firmemente alrededor de sus pechos. Aunque él sonó totalmente cordial, apenas estaba exhibiendo el amoroso comportamiento que ella inconscientemente había esperado. Se mordió el labio inferior.

— ¿Es así como tratas a tus amantes masculinos?

Él se detuvo, sus manos en su garganta mientras envolvía su corbata alrededor del cuello de su camisa.

— ¿Qué?

Ella extendió sus dedos hacia la puerta.

— ¿Simplemente sales de la cama y te marchas sin una palabra?

—Normalmente, sí.

—Oh. —Se tumbó y tiró de las cubiertas hasta su barbilla. —Entonces, adiós.

Él se volvió hacia la cama y se sentó en el borde, extendiendo una mano para tocar su encorvado hombro.

— ¿Bella?

—Fuera.

Rehusó mirarle; obviamente la experiencia que acababan de compartir significaba nada más para él que cualquiera de sus otras, sin duda variadas, conquistas.

—Bella… hay algo que quiero decirte, pero me niego a hablar a una almohada.

Ella abrió sus ojos y los fijó en su cara. Su sonrisa era tan tierna que la hizo querer llorar.

¿Qué?

—Tienes razón: los hombres no son compañeros de cama amables, pero tú… —Tragó duro, trazando la línea de su mandíbula con la yema de su dedo. —No estoy seguro incluso de tener las palabras correctas. Me honraste al aceptarme en tu cama. —Besó su nariz. —Sobre ti, dentro de ti…

Ahora se sintió tonta por haberle hablado bruscamente. Giró su cabeza y beso su dedo. —Está bien. Puedes irte ahora.

— ¿Estás segura? —Deslizó su pulgar a lo largo de su labio inferior, y ella se probó a sí misma, a él y algo metálico. Suspiró cuando él se inclinó para besarla.

— ¿Podría invitarte a salir esta noche?

—Si prometes no llegar tarde otra vez.

Su risa ahogada la hizo sentirse a la vez preciada y apreciada.

—Si llego tarde, no me dejes entrar. No merezco ser perdonado dos veces y tan íntima, y francamente, tan alentadora manera.

—Fuera, Edward.

Se retiró a la puerta, besó sus dedos hacia ella y salió. El cuerpo de ella se sentía diferente; músculos que había olvidado que poseía la tiraban y dolían. Deslizó su mano había abajo a su vientre y después más abajo, a donde todavía estaba mojada y abierta por su forma de hacerla el amor. Debía recordar sacar la esponja…

Con una sonrisa de satisfacción se giró hacia el otro lado y cerró sus ojos. Había mucho tiempo para los aspectos prácticos de la vida. Por el momento, solo deseaba disfrutar de los fascinantes efectos físicos de haberse acostado con un hombre.

Edward todavía sonreía mientras caminaba tranquilamente por el piso de mármol de la magnífica casa de su padre y hacia las escaleras de servicio. Parecía que su madre se había ido a la cama, así que no tenía nada que temer de ella. Y era inverosímil que los sirvientes estuvieran despiertos a las cuatro de la mañana.

Hacer el amor a Bella había sido una revelación. Su feroz respuesta natural a la suya fue tan excitante como cualquiera de los golpes calculados o juguetes sexuales que Minshom usaba. Se estremeció mientras recordó como de poderoso se había sentido cuando había puesto a Bella de espaldas y empujó su polla profundamente…

Alertado por el resplandor oscilante de una vela, se detuvo ante la puerta medio abierta del estudio de su padre. ¿Alguien se había olvidado de apagar las luces? Empujó la puerta, entrecerrando los ojos ante el repentino resplandor.

— ¿Edward?

Se tensó cuando se dio cuenta que su padre estaba sentado detrás de su escritorio de caoba ornamentado, una pluma en su mano, sus gafas posadas en la punta de su nariz. Por alguna razón, la severidad del decorado le hacía parecer más viejo, más preocupado e infinitamente más humano.

—Padre. — Edward intentó parecer relajado, sintiéndose como si tuviera diez años y le hubieran cogido en alguna travesura. — ¿Qué estás haciendo levantado tan tarde?

—Puedo preguntarte lo mismo.

Edward se encogió de hombros.

—Pensé que estaba esperando comportarme como un joven hombre de ciudad. ¿No es lo que querías? ¿Yo tambaleándome en casa tarde y borracho?

La expresión de su padre rígida.

—Entra y cierra la puerta.

—Realmente, Padre, estoy cansado. Me dirigía a la cama.

He dicho entra y siéntate.

Edward se enderezó e hizo lo que él dijo. La severa orden de la boca de su padre hizo imposible negarse.

— ¿Qué puedo hacer por ti, Sir?

—Puedes dejar de trabajar en la empresa de Jasper, para empezar.

Edward agarró los brazos de la silla.

—Ya hemos tenido esta discusión. Me prefieres armando jaleo por la ciudad como un tonto en lugar de buscar un empleo honesto. No estoy de acuerdo.

—No dije eso.

—Puede que no usaras esas exactas palabras, pero eso es lo que diste a entender.

—Hay otras formas de estar empleado más que en el comercio.

Edward sonrió.

—Haces que suene como si yo me prostituyera por los muelles más que trabajando en una respetable compañía naviera.

El marqués se quitó sus gafas.

—Me alegra que menciones prostituir. He oído que te gusta jugar con los prostitutos y sádicos en el piso superior de Madame Helene.

Edward esperaba que su horror no se manifestara en su cara.

— ¿Qué diablos se supone que quieres decir?

—No estoy muerto, Edward, hago vida social, y he oído chismes sobre ti en los clubs.

— ¿Y lo has creído?

—No serías el primero de mis hijos que se hace un nombre por sí mismo como un libertino.

—Un libertino es muy diferente de llamarme un prostituto masculino, sir.

El marqués le fijó con una dura mirada, que le recordó a Edward fuertemente a Jasper.

—Si permites que otros te utilicen como ellos quieren, ¿qué mal debería llamarte?

— ¿Un hombre al que le gusta el sexo?

—No la clase de sexo de la que un hombre se sentiría orgulloso.

Edward alzó sus cejas.

— ¿Y quién te hizo juez de lo que es aceptable? Si estuviera fuera follando a diez mujeres diferentes una noche como Jasper solía hacer, ¿lo haría mejor?

—Por supuesto que no, pero sería mejor que las elecciones que haces ahora.

Edward mordió su respuesta y se forzó a sí mismo a relajarse en su silla. No dejaría que su padre arruinara esa noche con Bella con insinuaciones sobre su pasado.

—Los rumores sobre mí ya no son correctos, sir. Recientemente he visto el error de mis formas. —Despiadadamente, Edward enterró los eróticos recuerdo de su noche con David Gray y miró directamente a los ojos de su padre. —No tienes nada por lo que preocuparte. —Se medió levantó de su silla. —Si no hay nada más que quieras decirme, me voy a la cama.

El puño de su padre golpeó con fuerza sobre el escritorio.

— Edward, ¿podrías por favor escucharme? ¿Por qué piensas que estoy sentado aquí a estas horas de la madrugada?

— ¿Por qué deseabas hablar conmigo sobre mi falta de moral y responsabilidad?

—Quería hablar contigo, pero también esto intentado manejar una finca que incluye cinco viviendas, dos granjas, tres villas y aproximadamente dos mil arrendatarios.

Edward se sentó de nuevo.

—Pero tienes personal que lo haga por ti.

—Es un hombre estúpido quien permite que sus sirvientes manejen sus negocios completamente por él. Me gusta supervisar los detalles. Eso detiene descuidos, engaños e incompetencias.

—Bien, eso es altamente recomendable, pero no veo que tiene que ver conmigo.

—No hay necesidad de ser sarcástico, Edward.

Edward suspiró.

—Me disculpo, pero realmente no sé qué quieres decir.

—Necesito ayuda.

— ¿Para manejar las fincas? Entonces, ¿por qué no contratas más gente?

—No necesito más participación que mi familia, maldición, no extraños. —El marqués cerró de golpe el libro frente a él y miró fijamente a Edward. —Te necesito.

Una frialdad se colocó debajo del estómago de Edward mientras miraba fijamente a su padre.

—Jasper es tu heredero.

—Lo sé, pero tú eres su hermano. Eres perfectamente capaz de manejar las fincas si te decidieras a hacerlo.

La cólera se coló a través del hielo en sus venas, y Edward se inclinó hacia delante.

— ¿Y por qué no estás teniendo esta conversación conJasper? Él es el hijo mayor; seguramente es el único que debe preocuparse de su propia maldita herencia.

—Jasper es… difícil.

Edward se dio cuenta que estaba de pie, empujó hacia atrás su silla.

—Desde luego que es "difícil". ¿Y no le pedirás que haga cualquier cosa que no quiera hacer, verdad? ¿Te preocupa que vaya a desaparecer de ti de nuevo? Eso es por lo que me estás pidiendo que camine en sus zapatos.

—Mi relación con Jasper no es asunto tuyo.

— ¿Verdad? Qué extraño, parece que tiene mucho que ver conmigo. Jasper consigue hacer todo lo que quiere porque es el hijo pródigo, y yo… — Edward dejó de hablar, dándose cuenta de lo que había dicho y simplemente miró fijamente a su padre. —Supongo que tengo que someterme, tomar cualquiera que sea el par que decidas repartirme y estar agradecido.

El marqués se levantó también, su todavía hermosa cara fría.

—No me di cuenta de lo celoso que estabas de tu hermano, considerando todo lo que él sufrió, ¿cómo puedes ser tan cruel?

— ¿Por qué no debo serlo? Cuando regresó, tomó cada cosa de mí.

Dios, ¿realmente habido dicho eso en voz alta, realmente sentía eso? Pasó una mano por su pelo, intentando ordenar sus dispersar emociones.

—Lo siento, señor, no quería decir eso. Obviamente estoy muy cansado.

Su padre le miró fijamente.

— Edward… Jasper nunca podría…

—Está bien, señor. Lo entiendo. —Consiguió sacar una sonrisa y una inclinación. —Realmente pensaré en lo que me has sugerido, aunque no estoy seguro de cómo reaccionará Jasper a la idea de perderme.

El marqués bajó su mirada a los papeles sobre su escritorio y los revolvió. Edward liberó su respiración.

—Jasper ya está de acuerdo, ¿verdad?

—En realidad, fue él quien lo sugirió.

—Por supuesto que lo hizo. Que obra maestra de manipulación. No solo me saca de su negocio, sino que se asegura que estoy pegado sirviendo sus necesidades en otro trabajo mientras yo viva. Y él incluso no tiene ni que pagarme más.

—En cuanto a eso, yo, por supuesto, incrementaría tu asignación para cubrir todos tus gastos adicionales.

—Supongo que a ambos os gustaría que me retirara al campo lejos de la tentación también, ¿verdad? Tanto que me prostituiría a mí mismo por trabajo o por sexo; ¡lo permitirás solo si lo mantengo en la familia!

—Por amor de Dios, Edward, ¿cuál es el problema contigo? Solo te lo he pedido para que demostrar cierta lealtad. Esto no es lo que te parece. —El marqués caminó a zancadas a la ventana y corrió las cortinas. La fina luz del amanecer se filtró a través de los mugrientos cristales de las ventanas. —Quizá deberíamos tener esta conversación cuando estés sobrio.

—Estoy completamente sobrio, Padre. — Edward atravesó la habitación hacia la puerta y cogió la manija. —No te preocupes: Realmente voy a pensar en lo que me has dicho.

— ¿Dónde diablos dijiste que estabas esta noche? —La pregunta áspera del marqués hizo que Edward se girara.

—No lo hice.

—Por tu estado, asumiría que has estado donde Madame. —Su boca se torció. —Demasiado para cambiar tus hábitos.

—No he estado donde Madame.

— ¿Entonces por qué hay sangre sobre tus pantalones y en tu mano?

Edward bajó su mirada a sus pantalones blancos, vio las salpicaduras de rojo filtrándose a través de la tela y se enfrió. Dios, había lastimado a Bella, y ella lo había negado. ¡Infierno y condena! Debía haber estado demasiado asustada para decirle. Abrió la puerta mientras su estómago amenazaba con rebelarse.

— Edward…

No podría soportar hablar con su padre, no ahora, no cuando sabía lo que había hecho. Con una maldición se apresuró a subir las escaleras a su habitación, quitándose sus ropas y rápidamente se salpicó con agua fría a sí mismo. Tenía que regresar con Bella, para ver si ella tenía razón y prometerle que nunca la tocaría otra vez.

Bella abrió sus ojos. Algo le impedía volver a dormirse, y no era solo el ruido de gorriones congregados en el techo de las jaulas debajo de su ventana. Ociosa, permitió a su mente flotar, esperando que fuera lo que estuviera preocupándola apareciera y empezara a aclararse. Su mano vagó hasta su estómago de nuevo e hizo una mueca. Edward había sido extremadamente cuidadoso con ella, así que no había ninguna razón para que ella se sintiera tan…

Se sentó tan rápidamente que se sintió mareada. Ahora sabía lo que significaba esa extraña presión. Cuidadosamente retiró las cubiertas, vio la débil mancha roja sobre las sábanas y entre sus piernas y dejó escapar su aliento. Sus cursos habían comenzado, era por eso por lo que se sentía tan rara.

Se movió con cuidado al borde la alta cama y sintió el piso con sus dedos de los pies. Temblando por el frio, moviéndose con torpeza a su tocador fue a buscar los trapos y cobertores que necesitaba. Había suficiente agua en el jarrón para lavarse. Después regresó a la cama y se abrazó de nuevo al calor que ella y Edward habían creado.

Envolvió sus brazos alrededor de su dolorido estómago y se acurrucó en un ovillo. Si la información de su madre era correcta, no habría niños para estropear la perfección de esa noche con Edward. Otro pensamiento evitó que Bella cayera de nuevo en el sueño. ¿ Edward habría notado que sus cursos habían comenzado? ¿Y si así fue, estaría ofendido? Quizá eso era por lo que él se había ido tan bruscamente. Jacob había estado horrorizado ante su mención de que sangraba y había rehusado compartir la misma cama. Quizá su pragmatismo francés ante tales cosas no era apreciado en Inglaterra por ningún hombre.

Bella sonrió en la medio-oscuridad. Esperemos que Edward estuviera hecho de una materia más fuerte y se hubiera ido a casa a descansar sin ninguna preocupación en el mundo.

—No lo entiende, necesito verla.

—Lo siento, milord, pero milady no recibe visitas a esta hora de la mañana.

Edward miró fijamente a la indiferente cara del mayordomo de Bella. Era cierto que apenas había luz y había tenido que golpear la puerta de la cocina por lo menos durante diez minutos para conseguir que alguien le prestara atención sobre el estrepitoso ruido de la mañana, pero tenía que ver si Bella estaba bien.

— ¿Está la criada de milady aquí?

—Está, señor, pero…

Edward se sacó una guinea del bolsillo y la presionó en la mano del indiferente mayordomo.

—Quizá ella pueda chequear a su señora y preguntarla si desea verme. Dígala que es extremadamente importante.

El mayordomo se metió la moneda en el bolsillo y se dio la vuelta a la cocina.

—Mary, ven aquí.

Un bella muchacha de pelo negro vestida en con un limpia y aseada muselina rosa y un delantal se precipitó, su expresión llena de curiosidad.

— ¿Sí, Mr. Jarvis?

—Ve y mira si su señoría está despierta, y pregúntala cuando sería conveniente para ella ver a Lord Edward, aquí.

— ¡Sí, señor!

Mary se balanceó en una reverencia y se apresuró, pareciendo emocionada de estar implicada en semejante drama tan temprano en la mañana. Edward tembló cuando el viento surgió y abotonó el cuello de su capa.

— ¿Puedo al menos entrar y esperar caliente?

El mayordomo a regañadientes dio un paso hacia atrás.

—Está bien, milord, pero no intente ninguna situación extraña. Le haré saber que su señoría es una mujer respetable.

—Lo sé. Soy la última persona en el mundo que discutiría con eso.

—Entonces, siéntese aquí y espere en silencio, señor.

Edward se sentó en la gran mesa de roble y estiró sus manos hacia el fuego. Parecía que cada hombre mayor que él encontraba hoy tenía la intención de hacerle sentir como un muchacho inepto.

—Aquí está, señor.

El cocinero colocó una taza de barro en frente de él y vertió algo de poco cargado té de una olla en ella. Él sonrió sus gracias. Tenía demasiado frio para preocuparse de la calidad de la bebida, solo agradecido de tener algo caliente dentro de él después de su precipitado vuelo fuera de casa de sus padres y de regreso a las calles.

Miró sobre sus hombros como la puerta de la cocina se abrió para revelar a una sonriente Mary.

—Su señoría dice que le verá, señor.

Edward se levantó dándose cuenta de la desaprobación manando del personal de la cocina alrededor de él. Parecía que todos cuidaban de su señora, lo que para él significaba algo bueno. Se inclinó ante el mayordomo y el cocinero.

—Gracias por su ayuda. Prometo que no la entretendré mucho tiempo.

Subió corriendo las escaleras de dos en dos a la vez y encontró su camino de regreso a su habitación, titubeó fuera de la puerta el suficiente tiempo para que Maria le alcanzase.

—Está en la cama, señor, y no se siente bien la pobre, así que por favor esté en silencio.

Edward se dejó entrar a sí mismo en la oscura habitación y se paró a varios pies de la cama. Bella se reclinaba sobre un montón de almohadas, su cara una sombra pálida contra la oscuridad de su cabello suelto. Él tragó con dificultad.

— ¿Estás bien?

—Estoy un poco cansada, pero eso es de esperar. —Frunció el ceño. — ¿Por qué has vuelto? ¿Se te olvidó algo?

Ignoró su pregunta, concentrándose en su cara.

— ¿Estás enojada conmigo?

— ¿Por qué estaría enojada?

Él miró hacia atrás de él, asegurándose de que Mary los había dejado y avanzó sobre la cama.

—Como te dije, no acostumbro a acostarme con mujeres. —Cogió su mano y la apretó. —Solo espero que puedas perdonarme y te aseguro que nunca te molestaré de nuevo.

— Edward, ¿qué estás diciendo?

—Estoy aquí para disculparme por… herirte.

—Tú no…

—Siento no estar de acuerdo, te lastimé. Vi la sangre.

Su mano voló a su boca.

Mon Dieu, no pensé en eso.

Él se sentó en un lado de la cama, todavía sujetando su mano, observando la preocupación de ella cambiar a algo más difícil de interpretar. Tragó con dificultad, intentando encontrar las palabras para confortarla.

—No debería haberte tocado nunca. Obviamente no estoy capacitado para acostarme con una mujer. —Un incluso más aterrador pensamiento cruzó su mente. —A menos que, yo fuera tu primer… a menos que Jacob no hubiera, no pudiera…

—Jacob pudo y lo hizo. No tomaste a una virgen Edward, estoy muy segura de eso. —Bella soltó la mano de él. — ¿Realmente volviste porque pensaste que me habías lastimado con tu forma de hacer el amor?

Él consiguió cabecear. Para asombro de él, ella comenzó a ruborizarse.

—Pienso que, quizá quieras… regañarme.

— ¿Por qué?

Ella sostuvo su mirada, los ojos azules de ella llenos de inesperada torpeza.

—Por admitirte en mi cama cuando estaba esperando mis cursos mensuales.

Edward la miró fijamente. ¿Qué demonios quería decir eso? Vagamente recordó algunas conversaciones femeninas entre su madre y hermanas que siempre terminaban en el momento en que ellas se daban cuenta que él estaba en la habitación. Sintió un rubor acercándose a sus mejillas.

—Oh, eso…

—Sí, eso. —Hizo una mueca. —Jacob sentía lo mismo. Rechazaba venir cerca de mí cuando sangraba. Olvidé que los ingleses pueden ser más meticulosos con esas cosas que los franceses.

Edward miró fijamente sus manos apretadas, cogiéndolas de nuevo entre las suyas.

—No me di cuenta. Pensé que te había lastimado.

—Pero no lo hiciste.

Él se inclinó hacia delante hasta que sus frentes se tocaron.

—No puedo decirte lo aliviado que estoy. Pensé…

—Ssh. —Ella empujó un mechón del pelo de él detrás de su cara. —Nunca me lastimarías. Debes saber ahora que las mujeres son mucho más fuertes de lo que parecen.

—Lo sé, —susurró. —Pero, Dios… —Cerró sus ojos, permitiendo que su dulce olor le rodeara, para curar sus irregulares nervios. Después de un largo momento, tomó una respiración profunda y besó su nariz. —Debo irme.

—Sí, deberías. Mi personal chismeará sobre esto por días. Esperemos que mi suegra no llegue a oír hablar de ello.

Se movió de la cama y miró detrás de ella.

—Que sigas bien, Bella.

—Lo haré. —Le sopló un beso. —Ahora vete, o llegarás tarde al trabajo.

Edward se inclinó y se dirigió a la puerta. Ante su mención a su trabajo actual, la tensión regresó a su intestino. Por lo menos había resuelto el problema más importante. Ahora solo tenía que encontrar el valor para enfrentarse a Jasper.