— Un error. Verdaderamente estúpido. Fue una ridiculez que los trajeras aquí, en nuestro hogar virgen de ataques. ¿En qué pensabas, Bianca? Menos mal que llamé a la Armada de Cabras, de lo contrario…

— Te agobia tus miedos, Zoe, estoy perfectamente bien, y te dije que no lo hicieras.

— ¡Ellos iban a matarte! ¡Si miras flores a tu alrededor, ignorando la verdad, Witchenly caerá en ruinas por culpa de los dragones que trajiste!

— Por una vez en tu vida, Zoe, confía en mí. Todo se va a solucionar, aquí y ahora.

— ¿Pero ellos confiarán en ti? ¡No me hagas reír! Ese dragón te ha destruido, sin pizca de compasión, tu túnica favorita.

— Lo reparé con magia. Y vale la pena arriesgarse, Zoe, o nunca podremos alcanzar nuestros objetivos. Y siento que se los debo, porque lo que hicimos fue descarado e innegablemente deshonroso.

— ¡Fue una orden!

— ¡Te recuerdo que había protestado! Me forcé en discutir con él, pero no quería escucharme. Al llegar de su viaje a la superficie, debió de ocurrirle algo terrible para que comenzara a pensar así. Me angustia que crea que recurrir a las artes oscuras sea la solución a nuestros problemas, y los otros parecen apoyarlo. ¿Esperas que Witchenly se convierta en un imán de criaturas peligrosas si llegará a pasar eso? No, juro que lo voy a evitar, y les demostraré, hoy mismo, que los dragones siguen siendo nuestros aliados, a pesar de todo... Nuestros oídos dejaron de saber de ellos por décadas... No consigo imaginarme las terribles cosas que tuvieron que pasarles, luchando y perdiendo a su propia especie en cientos de guerras.

— Eres demasiado incrédula, Bianca. ¿Olvidas por qué ese dragón púrpura de mala cara hizo lo que hizo? Porque sus iguales lo movieron al borde de la locura, por eso.

— Lo sé. Pero ¿es justo para ellos que nosotros le quitemos lo último que pudieron salvar? Mire por dónde lo mire, fueron insensatos las palabras de mi padre. Y ojala pudiera que los demás vieran lo mismo, al menos uno, pero nadie quiere reconocer que manipular el legado de criaturas, que están tocando la extinción, está mal. ¡Me dará un ataque si no encuentro por qué está pasando esto!

— Calma, calma…, si no respiras hondo, Bianca, tendré que darte un golpecito con mi varita. Ya sabes lo que pasa cuando lo hago.

Spyro escuchaba acostado, con los ojos cerrados. Estaba completamente aturdido. Las palabras que oía parecían viajar muy despacio hasta su cerebro, de forma que le costaba un gran esfuerzo entenderlas. Sentía sus miembros como si fueran de plomo. Sus párpados eran demasiado pesados para levantarlos. Quería quedarse allí acostado, en aquella cómoda superficie plana y lisa, para siempre…

— Todavía me resulta complicadísimo de creer que este caso se llevará a cabo… Admiro que seas convincente, pero... ¿Realmente podrás que dos lagartijas poco fiables sean aceptadas por la ciudad, Bianca?

— ¡Por supuesto! Bueno, más o menos. Soy buena improvisando, de seguro mis ideas fluirán mejor cuando esté bajo presión.

— ¡Tuviste todo un día para pensarlo! Y sin embargo, tu propio padre invitó personalmente a alguien que desmoronada tus objeciones…

— Así es, y me da muy mala pinta ese invitado. Hablé con él, obsequiándole un té de bienvenida, y le preguntaba de su vida, pero me respondía con sonrisas tuercas, una carcajada rota y una mirada que me indicaba que, con pelos y señales, tiene una mente tan torcida como su cara desliñada.

Hubo una pausa. El cerebro de Spyro parecía funcionar un poco más aprisa, y al hacerlo, una sensación punzante se acentuaba en la frente.

Abrió los ojos.

Todo estaba azul. ¿Alguien lo había metido en una prisión? No reconocía el lugar en dónde se hallaba: Era similar al patio de un castillo, o una parte de eso, circular, unida por cuatro caminos de piedras, formando una cruz. Había paredes blanquecinas rodeando el lugar, con varios arcos que jugaban el papel de entradas y salidas. Todos estaban cerrados con rejas metálicas y delgadas, mientras que en el medio de aquella cruz había una pequeña gema sin color.

Moviendo de izquierda a derecha los ojos, notaba jardines en las esquinas de cada camino, asombrándose por la variedad de flores y árboles: grandes, deformes, pequeños, raros, coloridos y extraños. Al tratar de mover una pata, sentía que se encontraba en un espacio tan pequeño que ni podía dar una vuelta completa sobre sí mismo. Cuando pudo estirar el cuello, podía vislumbrar la figura de aquella coneja sentada en una silla elegante, aparentemente enfrente de una mesa, y dándole la espalda.

Teniendo los ojos casi girando para atrás, vio que había más de una mesa. En las esquinas del dibujo del suelo estaban repletas de ellas; mesitas redondas, pulidas, elegantes, y de madera. No supo si en cada esquina había tres o cuatro mesas, pero no le dio más importancia. Encima del mechón rubio de la coneja, pudo distinguir también las alas de mariposas de la aquella hadita y, más allá de ellas, contempló, asombrado, una lejana ciudad compuesta por edificaciones colosales, torres gruesas, cristales flotantes y un cielo raro.

Spyro volvió la cabeza hacia el otro lado. Dentro de un objeto parecido a un cono de cristal azul se hallaba Cynder. Una luz plateada, pensando que debía ser del sol, caía sobre ella. Tenía las pupilas ennegrecidas. Parecía recién levantada, y al ver que Spyro estaba despierto, se le quitó el sueño y giró de lado a lado la cabeza, descubriendo horrorizada el lugar en el que se encontraba. Spyro juró haberla oído decir entre colmillos:

— ¡¿Qué simio me golpeó esta vez?!

Spyro supo de qué se trataba. Lo que más odiaba Cynder era que lo aprisionaran, o que se sintiera como esclava.

— Tercera vez que despertamos atrapados —Dijo Cynder. Tenía voz reducida al estar dentro del cristal. Recorrió el lugar a través de él con una mirada de recelo—. Ya se está haciendo una horrible costumbre...

Spyro se asombró al verla rasguñar las paredes de la prisión, utilizando las garras y la cola. Las movía de arriba, abajo, derecha e izquierda, sin ningún orden. Marca blancas eran lo que se veía en el interior del cristal de Cynder, pero, después de un segundo, desaparecieron, como si nunca hubieran estado ahí. Nuevamente, Cynder era visible, y estaba sin aliento.

— ¿De qué está hecho…? —Tan conmocionada estaba que no pudo terminar la oración, ni se molestó en analizar su entorno—. ¡Lo que faltaba! ¿¡Y ahora qué!?

— Olvidas que pasamos por una situación similar en el pasado, Cynder; las cadenas verdes —Explicó Spyro cuando toqueteó las cuatro paredes, frunciendo seriamente el entrecejo—. Sólo tenemos que buscar el modo de romp…

¡Ruop sem srats!

La coneja saltó entonces energéticamente del asiento para darse la vuelta y caminar con pasos serenos hasta las prisiones de Spyro y Cynder. Ellos se volvieron para mirarla. El hada la acompañaba. Vestía la misma combinación de ropas de la última vez que la vieron, pero una varita del tamaño de un palillo microscópico era llevada entre sus deditos difíciles de ver. Ella les dirigía la mirada más enojada que Spyro había visto en su vida. Incluso imaginó que lo quería muerto.

— ¡Despertaron! —Dijo la coneja con voz animada.

La inmediata impresión de Spyro y Cynder fue que no estaban viendo a la misma persona de capucha oscura y violeta. La coneja se alejó y agarró de la mesita un cetro de madera, y vieron que era hermosamente delgada. Su enorme moyo rosa ataba en dos "coletas" sus gigantescas orejas caídos y traía un ajustado vestido blanco y naranja de cuerpo completo con falda corta. En sus piernas largas y delgadas tenía unas pantimedias del mismo color, pero sin punteras. Alrededor de su cintura lo amarraba un cinturón de cuero marrón; cargado de botellas de todo tipo y los brazos con muñequeras metálicas de oro.

— No se alarmen, no tenemos intenciones de hacerles nada... —Dijo al acercarse una vez más, y el hada, que cruzaba los diminutos brazos con expresión de asco, se quedó volando arriba de su mechón peinado en un flequillo recto. Spyro y Cynder intercambiaron rápidas miradas de inseguridad—. Me da el honor de darles la bienvenida a Witchenly, hogar de hechiceros y brujos —Anunció, haciendo levitar una silla con un gesto de la varita para acercarla y poder sentarse en ella, con las piernas cruzadas—. Esto… Soy Bianca, y la de aquí es Zoe, mi compañera —Ésta apartó la vista al ser presentada, pero Bianca no pareció notarlo—. Seguramente tienen muchas, muchas preguntas, y debe ser la primera vez que ven este lugar. Pero todo se va a…

— ¡¿QUÉ LE HICIERON A LOS HUEVOS DE DRAGÓN?! —Bramo Cynder.

Spyro miró con un sobresalto a Cynder, que tenía fieramente la punta del hocico pegada en el vidrio. Nunca la había visto estar así en una situación. Bianca profirió un grito ahogado, como si tuviera un resfriado, y no supo qué contestar. Descendió un poco la mirada hacia la varita y comenzó a juguetearla con los dedos.

— Me es difícil explicárselos pero…, sencillamente…, no puedo hacer nada hasta que todo termine.

— ¿Termine? —Repitió Spyro con una mezcla de intriga y preocupación—. ¿A qué te refieres exactamente?

La miró. A Bianca le brillaban los ojos de la culpa, y se rascaba dudosa la coronilla con la punta de la varita. Justo cuando iba a soltar sus palabras, Cynder la interrumpió bruscamente:

— Si lo que intentas es darnos apoyo, ahórratelo. Raptarnos y mantenernos encerrados aquí es prueba suficiente. Intentan terminar con nosotros, ¿no es verdad?

— Cynder, analiza la situación: Si están aquí es porque quieren darnos su apoyo —Dijo Spyro, sin darse cuenta de que Zoe se estaba poniendo roja como tomate, y Bianca sufría de un ataque de ansiedad—. Hay que escucharlas, es la única manera de entender lo que pasa.

— Eres muy ingenuo a veces, Spyro —Respondió Cynder rotundamente, recargándose en la pared de su izquierda—. Hablar con los causantes nos dará más problemas, no solucionarlos.

— Sé que te cuesta abrirte un poco con otros, pero...

Pero cerró la boca en el momento que, según él, una bala de luz pasó por sus ojos, cegándolo y obligándole a parpadear, con la boca medio abierta. En el momento que la visión se aclaraba, ladeó la cabeza, buscando la posición de aquella hadita problemática. Y, con el corazón en la garganta, la pilló delante de la prisión de Cynder. Era Zoe, y contemplaba con ganas a la prisionera, en el tiempo que alargaba una sonrisa de oreja a oreja, de una manera que daba cierto miedo.

— Eres un caso sumamente intrigante, Terror de los Cielos —Cuando Zoe dijo aquello, aplicándole sutileza y amargura, Cynder se incomodó—, no creí que te importara las vidas de otros.

— ¡Oh, maravilloso! —Exclamó Cynder, frunciendo el entrecejo de repente—. Otra lucecita molesta… Muchas gracias, pero prefiero a la otra.

Como si se hiciera la sorda, Zoe colocó detrás de la espalda sus manos pequeñas, teniendo la varita en medio de éstas.

— ¿Sabes? —Siguió retoricadamente, poniendo un dedo en la barbilla a modo de inocencia—. No es que me importé mucho, pero tengo una memoria perfecta; y recuerdo tu cara cuando enviaste a tus lacayos a mi pequeño pueblo de hadas…

— No es una sorpresa —Aclaró Cynder, intentando fingir que no le daba importancia a lo que oía—, muchos me guardan rencor.

Zoe comenzó a soltar una risa inquietante. Los demás la estuvieron viendo como si fuera una desquiciada, pero Cynder continuaba indiferente, esperando pacientemente a que terminara de reir.

— ¿Así es cómo destrozas a muchas criaturas para que recibieras las caricias de tus superiores oscuros? —Zoe, descaradamente, acarició el vidrio, como si sobara la mejilla de Cynder—. Qué tierna.

Cynder se puso roja como el fuego.

— ¡S'li et alpît, Zoe! —Exclamó Bianca, echándole una mirada de desaprobación y decepción, y subió más el tono—. ¡Esto no es correcto, y lo sabes!

Pero Zoe movía la cabeza en sentido negativo, sonriendo ligeramente.

— Sólo creo que si le importa tanto sus pertenencias, o lo que sea, y a su nuevo maestro —Dirigió una furtiva mirada a Spyro, y él entrecerró los ojos—, debería colaborar con nosotras si quiere salir viva de su pequeño y gran problema. ¿No?

Spyro quedó boquiabierta, temiendo que aquella propuesta hubiese molestado a Cynder. Esperaba oírla gritar con todas sus fuerzas pero, sorprendentemente, no escuchó nada. La miró de inmediato, y un nudo bloqueó su respiración. Aparentemente, Cynder estaba conmocionada, paralizada y profundamente deprimida.

— ¡Oh no! —Zoe se tapó la boquita con las manos, fingiendo sorpresa—. ¿Acaso molesté al Terror de los Cielos con mis injustificables palabras? —Puso un dedo en la mejilla, deslizándola hacia abajo— Mira, estoy tan arrepentida que lloro…

Y estalló a carcajadas, poniendo sus manos en el estómago y gozando del ceño fruncido de puro enojo de Cynder.

Pero, con un salto rápido, Bianca se levantó, haciendo que la silla se arrastrara hacia atrás con un ruido sordo, y ejecutó un movimiento hacia atrás con la varita para que la orejita de Zoe fuese jalada en aquella misma dirección. Todos la escucharon largar un alarido agudo. Cynder, aunque había estado sin habla con los párpados casi cerrados, sonrió un poco.

— ¿Qué estás haciendo? —Preguntó Zoe, dirigiéndose a Bianca con la mano en la oreja. La sobaba con irritación—. ¡No arruines mi momento!

— ¡Cruzaste la línea, Zoe! —Le exclamó Bianca, viéndola de una manera que Spyro no se esperaba. Era como... ¿Desprecio? ¿Asco?—. Guarda silencio, y me encargaré de explicarles a nuestros invitados.

Zoe quedó mirando a Bianca como si se hubiera vuelto loca.

— ¡No sabes lo que dices! —Dijo empezando a enfadarse—. Los dragones pueden despreciarnos tanto como quieran. Se creen superiores a nosotros; a cualquier otra especie.

Ese último comentario le pareció a Spyro una completa estupidez. ¿Por qué superiores? Intentaba ver, en silencio, entre sus recuerdos a los dragones que había conocido; Ignitus, Terrador, Cyril, Volteer, hasta Cynder, El Cronista y Malefor, pero no creía que ninguno tenía el ego muy elevado, excepto este último, por obvias razones. Durante el tiempo que coneja y hada discutían a todo pulmón, Spyro arrugó el hocico. ¿Y qué pensarían las otras criaturas? Nunca les había preguntado… No de una forma más directa… Y casi todo el tiempo había visitado ciudades y sitios que alguna vez eran vigilados por los dragones… Los dragones hacían esto… Los dragones realizaban aquello… Por algo, se llamaba Reino de los Dragones… ¿O no?

Vagamente se recargó en el lado izquierdo de la pared de la prisión. No supo si lo había hecho por instinto, o fue pura casualidad, pero miró inmediatamente a Cynder. Ésta suspiraba débilmente, sollozando, y la sangre le hirvió a sus venas. Quería respuestas y no seguiría oyendo las acusaciones innecesarias que aquella hada fastidiosa le hacía a su amiga. De inmediato regresó a pegar el hocico en la pared del frente.

— ¡Podrían, por favor, dejar de discutir y explicarnos lo qué sucede! —Gritó, sorprendiéndose incluso a sí mismo.

Todos lo miraron.

— Spyro… —Pronunció Cynder, deslizando una débil voz de duda. Infló bastante el pecho, y la desinfló con ganas. Luego, lanzó una mirada punzante a Zoe—. Tiene toda la razón... ¡Si consigo salir de aquí, te demostraré lo cuan "Terror de los Cielos" sido siendo contigo, a menos que dejes de darme dolores de cabeza con tu insoportable vocecita!

Los delgados labios de Zoe se apretaron del espanto e indignación. Aterrada como si una flecha la estuviese amenazando con clavársela en el corazón.

— ¡Tú…! —Apretó los puños, y un rojo fuego tintó su rostro, pero prefirió mirar a Bianca—. Ellos no me dan un buen presentimiento… Estaré dentro… Ten suerte con estas lagartijas.

Sin esperar a que Bianca le dirigiese la palabra, revoloteó en el cielo, mientras que sus alas desprendían pequeñas estrellas en el trayecto, y perdiéndose en los rascacielos de los edificios de aquella ciudad. Con un resoplido de resignación, Bianca se sobó con las manos los ojos, dejando que la frustración cesara, y volvió a mirar a los dragones.

— Tendrán que disculparla —Dijo, uniendo las manos en posición de rezo, a manera de disculpa y educación—. No ha sido fácil para ella; perder a sus seres queridos y a todo lo que una vez conoció, de verdad lo está intentando procesar todo esto.

Spyro y Cynder intercambiaron miradas de inseguridad. Ninguno podía objetar ante aquello. Y asintieron mutuamente, comprendiendo que la primera impresión había ido demasiado lejos, pero Cynder susurró para sus adentros:

— Creo que me arrepiento de haber dicho que Sparx es una molestia. Esa hada lo ha superado, y por mucho.

— Retomemos con la plática —Soltó Bianca con voz suave. Con una mano buscaba ciegamente el respaldo de la silla, consiguiéndola de golpe, y acercándola hacia ella para que se volviera a sentar—. No he escuchado sus nombres. ¿Son tan amables de presentarse?

Como si estuvieran atrapados contra la espada y la pared, ninguno quiso intentar responderla, porque creían que lo iban a empeorar. Los segundos corrían a un ritmo tan lento se sentían como horas, incomodando demasiado a Bianca, que frotaba fuertemente el extremo del cetro con nerviosismo. Spyro se mordió el labio inferior, pensando en una manera de escapar, porque quiso abandonar el primer plan: escuchar a la desconocida. La situación se tornó muy muy problemático y extraña. Desde el soslayo, miró que Cynder rascaba desesperada algún lado de las cuatros paredes de la prisión, vanamente fallando en romperla. Luego oyó a Bianca decir en un tono suplicante:

— No teman de mí, por favor, sólo quiero ayudarlos.

Entonces, Spyro, comprensivo, tomó aire y contestó:

— Mi nombre es Spyro —Mostró una sonrisa de franqueza—. Y ella es mi amiga, Cynder.

En cuando la presentó con un ademán de los cuernos, Cynder respondió con un gesto de saludo con el ala derecha, pero no tenía motivación para hablar.

¡Oh! ¡Sel smon xuellievrem! —Exclamó Bianca, bajando y subiendo la cabeza como enloquecida, aunque en modo de reverencia—. ¡Icrem, nu risialp, nu risialp!

— Eh... Un placer… Supongo… —Dijo Spyro. El lenguaje extraño le estaba provocando fuertes dolores de cabeza—. Pero… ¿En qué idioma estás hablando?

— Y respóndelo en nuestro lenguaje, si no es mucha molestia —Añadió Cynder rápidamente, acercando más el rostro al vidrio.

Bianca murmuraba cosas, pensativa. Spyro captó palabras como « ¡Voy a explicarles a unos dragones! » y « ¿Por dónde empiezo? », pero no podía dejar de fijarse sobre todo en la manera que hacía girar el cetro, y éste desprendía una hilera de brillos plateados desde su punta. Cuando Bianca lo usó para dar un golpecito suave en su mano derecha, hizo aparecer, con un destello azul, una elegante taza de porcelana y detalles dorados. Echaba un chorro de humo encima.

— Imagino que nunca han oído del Lenguaje Arcano —Empezó Bianca, emocionadamente.

— No —Reconoció Spyro. Ladeó la cabeza y vio que Cynder le hacía señas para que extendiera la conversación—. En Templo Dragón nunca nos hablaron de eso.

— Es muy común que ignoren nuestra presencia y también nuestra lengua —Dijo Bianca, dando un sorbo rápido de la taza de té—: Está muerta. O por lo menos lo ven así. Witchlenly había sido conocida por guardar los conocimientos más antiguos que nadie (ni siquiera los dragones) ha podido saber. Por supuesto, nuestra gente prefiere estar aquí; escondidos del peligro, porque el mundo se ha vuelto peligroso para nosotros. Lo que nos queda es nuestra magia que podemos manifestar por medio de este lenguaje, porque es la única que puede pronunciar los conjuros más antiguos y poderosos de todas las eras.

»Así que, como pueden ver, nosotros lo mantenemos con vida durante generaciones. Aun si somos una civilización algo oxidada, no nos evita aprender de la cultura de los demás, como ustedes; los dragones. Sin embargo, no tenemos planes de volver a verlos por las circunstancias que obligaron a todos los habitantes de Witchenly separarse de ellos, dejando un huevo en la historia de los dragones. Creen que estamos muertos, ¿quién se preocuparía por algo que ya está muerto? Y gracias a eso hemos sobrevivido de las fuerzas malignas del Maestro Oscuro, a pesar de que nos está costando buscar recursos porque nuestra magia es muy escasa.

Cynder abrió la boca como si tuviera un mal sabor de boca.

— Entonces debiste habernos hablado en nuestro idioma cuanto tuviste la oportunidad —Dijo Cynder, negando con la cabeza—. ¡Mejor eso que estar hablando un idioma que nuestra civilización sepultó!

Pero Bianca dejó, en silencio, la tacita de té en la mesa. Fruncía ligeramente el entrecejo mientras intercambiaba la mirada en Cynder a Spyro, y viceversa, pero no como si estuviera incomoda con ellos: más bien parecía meditar la respuesta.

— Todo fue un gran malentendido —Respondió con arrepentimiento—. Los huevos de dragón están a salvo, así que no deben preocuparse. Nuestra misión era salvarlos del abandono y tuvieran un hogar, porque creíamos que los dragones se extinguieron finalmente. Claro, Zoe no estaba cómoda con estar dentro de una ciudad abandonada. Creí que iba a tomar aire en cuanto se fue, pero se topó con ustedes y me advirtió enseguida. Si hubiese sido por mí, me habría quedado y no hubiera llamado refuerzos, pero Zoe se quería ir y abrió un portal, pero tú, Cynder, llegaste y la asustó. Ahí todo —Prosiguió, optando por no hacer caso de la mirada amenazante de Cynder— comenzó a complicarse. Intenté decirle a Zoe que no se fuera; que me dejara tener una oportunidad de hablar con ustedes, pero no quiso hacerme caso. Ella entró al portal, y tampoco ustedes quisieron escucharme, sólo me atacaban. ¿Qué podía hacer? Defenderme era lo único que se me venía a la mente, pero cuando Spyro se puso encima de mí, te pude oír claramente y confirmaste mis esperanzas.

Spyro recordó lo que había pasado en aquella habitación subterránea; en el preciso instante que había explicado las cosas a Bianca, ella había quedado quieta, como si realmente lo hubiera escuchado. Entonces… ¿En qué manera ayudó a Bianca? ¿De la buena noticia de que Malefor fue vencido? ¿O porque vivió en el Templo Dragón? ¿O la simple razón de que quería hablar con ella y no luchar?

— Todo este tiempo quisieron los huevos de dragón para protegerlos… — Dijo Cynder con voz aguda, mirando a Bianca como si fuera alguien irreal—. No son nuestros enemigos… ¿Por eso me protegiste de la roca con ese escudo?

— ¡Jamás vería a un ser viviente perder la vida frente a mis ojos! —Contestó Bianca con voz indignada, y Spyro vio que se pasaba la mano en el mechón rubio de la frente—. Yo sólo quería que intentáramos ser amigos, pero todo se salió de control —Miró a los dragones con tanta súplica que aflojó la mirada de Cynder—. Lo siento.

Y esta vez, Spyro confió en ella. Asintió con la cabeza, con una sincera sonrisa de gratitud, y se relajó.

— También te debemos una disculpa —Reconoció intentando ponerse totalmente recto en el estrecho espacio—. No era el modo correcto de presentarnos.

Cynder se asemejaba más que nunca en una niña que rompió accidentalmente un accesorio importante de la casa. Restregó su frente en el vidrio, moviéndola de lado a lado, con arrepentimiento. Sin más divagación, resopló con derrota.

— Muy bien —Se despegó para fijarse en Bianca directamente—, discúlpame también por haber pensado mal de ti. Y gracias por evitar que me convirtiera en papel de dragona.

Un sonrojeo invadió las mejillas de Bianca, y sus labios dibujaban una sonrisa tierna, mientras que ponía ojos de cachorro. Cynder comenzó a ruborizarle las mejillas de pena, y no tuvo otro remedio que apartar la mirada para que nadie pudiera mirarla. De cualquier modo, todos se rieron ante aquella acción.

— Pero algo que no me tiene muy claro —Añadió Spyro, golpeando las cuatros paredes apretujadas de la prisión con desorientación—. ¿Por qué nos tienes encapsulados aquí?

Y repentinamente, un haz de luz surgió de la gema que había en el centro, detrás de Bianca, y expandiendo las sombras de cada objeto del patio. Los colores vividos del lugar eran blancos y negros ahora. Spyro y Cynder se habían protegido con las alas para que sus ojos no quedaran lastimados.

— ¿¡Qué es eso!? —Preguntó Cynder, abriendo un espacio entre sus alas—. ¿Es acaso alguna clase de truco mágico?

— Parece que sí —Observó Spyro, imitando el gesto pero con totalidad y parpadeando unas cuantas veces para ver mejor—. De hecho... ¡Es un portal!

Efectivamente, era uno, y transparente. Cuando por fin Cynder pudo ajustar los ojos, gritó del asombro. Por más que lo intentó, Spyro no consiguió contener el suyo, porque lo estaba inundando la nostalgia, y recordó el momento en que salvó a Ignitus de Terror de los Cielos en la cima de su fortaleza. Y después Terror de los Cielos abrió en el cielo un portal para ir al Mundo de Convexidad; un extraño lugar donde contenía el Altar de la Convexidad. Ignitus no quería que fuera, porque era peligroso, pero pudo convencerlo con su determinación, y voló hacia ella con la compañía de Sparx. No conseguía recordar con claridad cómo fue la sensación de viajar en un portal, porque todo había pasado demasiado rápido. Sólo viajó dos veces en aquel agujero mágico, y en la segunda había terminado inconsciente cuando aterrizó bruscamente al suelo después de que lograra salvar a Cynder de ser tragada por la destrucción del altar.

« ¿Cómo habrá surgido aquel portal…? » —Pensó Spyro, ladeando la cola con curiosidad—. « Witchenly parece tener muchos conocimientos sobre ello, pero, ¿por qué nadie me hablo de la existencia de portales mágicos? » —Frunció el entrecejo—. « Pudieron habernos ayudado en muchas ocasiones antes, ¿Witchenly tendrá algo que ver? »

— ¡No!

Bianca estaba horrorizada, como si la aparición del portal hubiera sido su propia sentencia de muerte. Fue levantándose torpemente de la silla, gimiendo de la frustración y teniendo las manos en las mejillas, y, sin apartar sus ojos preocupantemente abiertos, retrocedió hasta llegar en medio de las dos prisiones.

— ¿Cómo voy a…? ¿Qué haré…? Esto es una locura… ¿Qué les puedo decir? ¡No tengo…! —Se tapó la cara, rompiendo a llorar—. ¡NADA!

Estas palabras impresionaron a Spyro y lo obligaron a golpear el vidrio de su prisión con toques suaves para que Bianca girase a verlo con los ojos humedecidos.

— ¿Por qué estás llorando, Bianca? —Preguntó con tono de preocupación—. Si tienes problemas, sólo dinos; buscaremos la solución, juntos.

— ¡Sí! —Dijo con seriedad Cynder, asintiendo—. ¡Escúpelo! ¡Te garantizo que hemos salido de situaciones peores!

Miraban esperanzados a Bianca, que negaba lentamente con la cabeza mientras se secaba las lágrimas con las manos. Sus ojos hundidos brillaron de repente.

— No soy la que tiene problemas... —Gruñó, poniéndose las manos en la frente como si tuviera dolor—. ¿No se dan cuenta? Durante todo este tiempo la gente de Witchenly lo están viendo como la amenaza que sumergirá al mundo en medio de otra guerra sin sentido, y cuando entremos por ahí —Señaló con ademán de nerviosismo al portal—, ustedes serán juzgados.

— ¿¡QUÉ!?

Spyro pegó tanto la cara en el vidrio que parecía plana. Cynder hizo lo mismo. Mientras que Bianca volvía a gruñir de la frustración, pero consiguió suspirar fuertemente para luego soltarlo en un fuerte respiro, recuperando la compostura, peinándose el cabello con una mano, y con la otra agitaba el cetro.

Un destello plateado salió de la punta del centro. Como si no hubiera pasado nada, Bianca se dio la vuelta y comenzó a marcharse con pasos firmes y lentos, pero de repente las prisiones de cristales comenzaron a seguirla, sacudiendo desde el interior a sus prisioneros.

— ¿A qué te refieres con que seremos juzgados? —Preguntó Cynder con nerviosismo. Estaba girando el cuello en todas las direcciones posible—. ¿No estabas de nuestro lado?

— Lo estoy —Contestó Bianca.

— Tiene que haber una equivocación, Bianca —Dijo Spyro, mirándola fijamente—. Sé que cometimos un error al atacarte, pero que nos consideren peligrosos es una completa locura. ¡No puedes permitir que nos acusen de algo que sólo fue un malentendido!

Desde su perspectiva, pudo fijarse que Bianca contorsionaba el rostro.

— Spyro…, la verdad es que no depende de mí, no totalmente al menos —Susurró. Tenía la vista puesta en el camino—. Pero voy a defenderlos, y los sacaré de este caso. Si perdemos, ustedes dos recibirán el castigo de los Tres Sabios, los jefes de Witchenly, y los pondrán en alguna cámara bajo tierra. ¡Y sería incapaz de visitarlos porque estaría llena de la culpa por no haber hecho nada! —Respiró, volviendo a la realidad—. ¡Sólo confíen en mí!

Los Tres Sabios… ¡Ellos son los que nos pusieron aquí! —Gritó Spyro—. ¿Por qué lo están haciendo?

— No saben lo que realmente pasó con los dragones —Contestó Bianca, con una nota de repugnancia que Spyro no había podido creer viniendo de ella—. Lo hacen por seguridad, es su manera de pensar. Estoy dudando de sus decisiones últimamente, pero tengo que seguirlas, me gusté o no —Mientras continuaba caminando, los miró desde el rabillo del hombro—. Cuando Zoe vino, trajo a La Armada de Cabras (una élite de hechiceros muy poderosos que protegen nuestra ciudad), me asusté. La armada generalmente extermina lo que ellos creen malo. Ustedes, por desgracia, lo representaron, porque tienen las tonalidades de los dragones que habían causado caos en los reinos.

El cerebro de Spyro empezaba a hundirse por el peso de las muchas cosas que oía. Era absurdo… y sin embargo…

— Sin embargo, pude convencer a la armada de que no eran peligrosos. Ellos, aun así, quisieron que lo discutiera con los Tres Sabios, pero primero tuve que llevármelos conmigo, por eso los noqueé. Con ustedes presos, fui hacia ellos inmediatamente para que me dieran la oportunidad de demostrarles que aún los dragones están vivos y pueden ayudarnos a salir de esta aburrida vida apartada de todos. Fue una pesadilla hablarles, si me lo preguntan, pero conseguí que formaran este juicio, y lo usaré para confirmar mis creencias. Toda la ciudad estará allí. Se suponía que me habían dejado este tiempo para conseguir información para armar una buena defensa con ustedes, pero el tiempo se agotó... ¡Y no sé lo que voy a hacer!

Spyro entrecerraba mucho los ojos, haciendo un gran visual para poder mirarla. El fuerte resplandor que emitía el portal ponía de un negro sombrío la figura de Bianca, y sólo alcanzó a ver que utilizaba el extremo del centro para rascarse con mucho pánico el mechón de cabello de la frente.

— ¿A quién vamos a engañar? —Bianca comenzaba a caminar de un lado para otro, delante de la columna del portal—. Todos hemos oído la historia de Maestro Oscuro, como su propia especie lo llevó a la oscuridad, su posterior liberación después de mil años, y su retornó a la cima del mundo. Antes tenía a muchos aliados obedeciendo su anhelo a erradicar el mundo… ¿Incluso su propia especie? —Paró en seco y miró con duda tanto a Cynder como a Spyro—. Y mírense… ¡Eso colores extraños sólo les harán verse más peligrosos!

Spyro no entendía nada. Giró para el otro lado y miró que Cynder, que no quitaba sus ojos de Bianca, estaba de piedra.

— ¡Se equivocan! —Rugió abriendo las alas pero se quedaron encogidas por el reducido espacio de la prisión—. Sé muy bien lo que hice… Y si no nos van a creer… ¡Escaparemos!

— ¡NO PIENSEN HACER ESO! —Bramó Bianca, que temblaba sin control—. ¡En especial cuando estén allá!

— Yo… —Cynder endureció sombríamente el rostro—. No quiero…, no quiero volver a quedarme atrapada nunca más.

Spyro la miró caerse acostarse en cuatro patas en el pequeño espacio de la prisión, notando que resoplaba de tristeza. Con un fuerte deseo de que la situación mejorara, volvió la vista en Bianca con seriedad.

— La única ruta para que podamos salir de aquí es que enfrentemos el juicio ahora —Dijo pensativo—. ¿Qué podíamos decir? Quizás contarles de que fuimos nosotros que derrotaron a Malefor…

— Ya saben que un dragón púrpura lo derrotó, fue lo que había dicho la profecía —Explicó Bianca—. Pero no elimina la posibilidad de que tú puedas ser el siguiente al mando, y Cynder tu aliada.

Spyro frunció el entrecejo. Estaba forzando el cerebro.

— Dijiste que… Dijiste que Witchenly nunca quiso darnos una mano para luchar con Malefor… —Y entonces se le ocurrió—. ¡Bianca, Cynder, contémosle lo que ha pasado!

— Y… ¿cómo eso logrará convencer a una civilización entera? —Preguntó Cynder, asombrada.

— Los ciudadanos de Witchenly no está enterada de que hay más dragones con vida. Tampoco de que tú fuiste liberada de la influencia de Malefor. Ven sólo lo negativo de la historia. Tenemos que hacerles entender que se equivocan de nosotros, utilizando los huecos de sus argumentos a nuestro favor. Si todo sale bien, ¡Witchenly volverá a confiar en nosotros y dejará de tenernos miedo!

Bianca parecía aterrorizada, pero Cynder tenía impregnada determinación y entusiasmo en el rostro.

— ¡Si conseguimos convencerlos hasta a Los Tres Sabios será un milagro! —Chilló Bianca, mirando hacia el portal con ojos en blanco.

— Bueno, tenemos que intentarlo —Dijo Spyro con entusiasmo, mirando a sus amigas con una sonrisa motivadora—, ¿no creen?

— Pero…

— Confía —Dijo simplemente Cynder, todavía manteniendo su deseo de intentarlo con una afilada mirada—. Además… Spyro suele ser muy convincente.

Por un instante, Spyro se sonrojó. Sacudió la cabeza y sonrió con embarazo.

— ¡De acuerdo, pero la que tiene que hablar seré yo! —Dijo Bianca, sin aliento—. ¡Es mi deber en este juicio; defenderlos, y si quieren decir algo tendrán que pedir permiso a los Sabios con mucha educación o de lo contrario podrían empeorar nuestra delicada situación!

Haciendo un considerable esfuerzo para asentir con la cabeza, Spyro guardó silencio y dejó que Bianca se diera la vuelta para que se sumergiera en el interior del portal blanco. Se sacudió en el tiempo que su prisión comenzó a seguirla. En el momento que sus ojos contemplaban la gama de luces que desprendía aquella columna de luz, respiró hondo, echó una mirada nerviosa hacia el otro lado, mirando que Cynder le devolvía la vista y le asentía la cabeza con seguridad, se volvió, cerró los ojos, y las prisiones entraron al portal. El interior se percibía como una brisa cálida. Abrió los ojos, una iluminación cegó su vista por un momento y llegó a ver el rostro de preocupación de Bianca.

— Lo conseguiremos, Bianca —Dijo—. Confiamos en que convencerás a tu ciudad, y te apoyaremos.

— Eres nuestra amiga, después de todo —Añadió Cynder apresuradamente, sonriendo aunque no se le admiraba bien.

Icrem… —El tono que utilizaba Bianca parecía de agradecimiento, y se sonrojaba bastante mientras que unas delgadas lágrimas caían por sus mejillas.

Entonces, el portal actuó.

Le pareció que lo succionaban por el agujero de un tornado y que alguien lo jalaba con mucha fuerza…. El recorrido era confuso… Spyro intentaba mantener los ojos abiertos para ver a las otras, pero el remolino de luces blancas lo mareaban… Luego fue como si unas imágenes se quedaran pegadas en el cristal de la prisión. A través del vidrio, con los ojos entornados, vio una cegadora sucesión de casas de piedras y vislumbró imágenes de paredes de un edificio… Ya recordaba muy bien el mareo que había sentido en el primer portal que cruzó. Se sostuvo en las cuatros paredes de la prisión esperando que aquel momento cesara, y entonces… apareció de golpe sobre un piso plano, subió poco a poco la cabeza, y vio que se hallaba en un tribunal.