Estacionó el auto delante de su adolescencia y suspiró profundo, como si en el aire hubieran partículas de seguridad o algo por estilo, prefería imaginar.
"Escucha, muchacho. Lo único que tienes que hacer al ir allí es preguntar por esos papeles y en diez minutos ya estás fuera. No hay porqué alarmarse."
—Ni i pirkí ilirmirsi —burló la voz de su jefe para luego suspirar con pesadez—. Espero no tener un ataque de ansiedad apenas entre ahí.
El hombre de cabellos oscuramente alborotados salió del auto para proseguir a cerrarlo con llave. No era un un vehículo muy nuevo que digamos; la empresa le prestaba ese durante sus horas de trabajo. Sin embargo, ser secretario no era un puesto muy elevado y el sueldo dejaba bastante que soñar. Pero realmente se había encariñado con aquél lugar y su gente. Porque en la oficina no habían muchos problemas. Realmente eran personas agradables las que se encontraban allí. Más que nadie, su jefe. Ese viejo era increíblemente inteligente y tenía un espíritu de niño como si su senilidad aún no hubiera llegado.
Dio tres pasos y en su mente se imaginó dándose la vuelta para irse, con el pensamiento de «Ni en pedo entro ahí». Pero no pudo hacerlo. Cuando quiso acordar, su cuerpo ya se encontraba frente a la puerta de entrada.
Todo parecía tal cual lo era hace cinco años atrás. Los casilleros de la entrada seguían igual de sucios que siempre, en los pasillos durante la hora de clases sólo abundaba el murmullo de los adolescentes y las grandes escaleras seguían lustradas como la pelada del subdirector. Kageyama tenía aún la borrosa reminiscencia de las vivas pinturas en aquellos pasillos.
—Buenas tardes, ¿En qué puedo ayudarle? —preguntó la secretaria con una cordial sonrisa. Una muchacha aproximada a los treinta y tantos, de cabellos oscuros y mirada clara; dedujo Kageyama.
—Buenas tardes. Mi nombre es Kageyama Tobio. Vengo a buscar una copia de mi diploma, ¿será posible? —cuestionó. ¿Acaso después de tantos años esos papeles seguían existiendo? Esperaba que sí, o sino el ascenso se le iría por el caño.
—Claro, ¿en qué año te graduaste?
—En el 2012.
La pelinegra fue a buscar los documentos y mientras los minutos parecían no querer pasar, la ansiedad de Tobio no dejaba de aumentar. El reloj se encontraba estático en su lugar, pero era lo menos atormentador para el hombre. Ya que simplemente mirar a sus alrededores traía fantasmas a su cabeza y aquello era lo último que podría soportar ese día. Ya saben; algunas personas logran morir de tristeza y Kageyama podría fácilmente hacerlo con estar dos minutos allí parado.
—Aquí está. Igualmente, te recomiendo que te fijes que estén todos los papeles. Con los años suelen perderse algunos y pueden llegar a ser importantes. Si algo llega a faltar, podemos hacer la impresión desde la computadora —explicó ella, dándole la capeta de papel añejado al recién llegado.
Este no hizo más que sonreír de lado y despedirse cordialmente de la chica, para luego comenzar a caminar decididamente hacia la salida. La cual quedaba a unos cuantos metros. Se encontraba cerca del gimnasio y dentro de su cabeza la voz propia pretendía convencerlo que solamente iba a pasar por la puerta que daba al gimnasio. No le iba a pasar nada grave. Nada que su fortaleza mental no pudiera combatir. No era como si fuera a girar y allí vería a todo el nuevo equipo de Volley practicando; así que pretendió no estar teniendo un ataque de ansiedad interno, apretó los papeles en su mano y aceleró un poco más el paso. Debía salir de allí cuanto antes.
—¿Viste eso? —el grito lo desconcertó—. ¡La pelota hizo wooosh! —un chico de segundo se expresó de aquella peculiarmente lastimosa forma justo frente al fragmentado corazón de Kageyama.
«Todo va bien», se mintió para mantenerse calmado. «Esta es solo la preparatoria donde estudié. No es como si mi pasado pasara justo frente a mis ojos o llegara a revivirlo. Además, tengo veintidós años. No puedo estarme con niñerías», persuadió, ya llegando a la puerta de entrada.
—Oye, se te cayó este papel —anunció un hombre a sus espaldas. Kageyama miró atrás suyo y encontró al muchacho extendiendo el atajado papel con firmas de bolígrafo negro.
«Soy un hombre adulto», se había convencido. Pero apenas le vio la cara al muchacho, comenzó a correr como si sus años deportivos nunca hubieran sido dejados en el olvido.
—¡Oh no, otra vez no te vas a escapar!
—¡Mira cómo me escapo! —desafió en un grito.
¿Alguna vez escucharon el refrán: "Del pasado no se escapa"? Pues, Kageyama estaba desafiando en su totalidad ese famoso dicho. Fugándose de su primer amor entre grandes pasos, una respiración agitada y el corazón bombeándole como hacía años no lo hacía. Un escape del pasado en todo su esplendor. Pero, como siempre, Kageyama no era muy bueno triunfando.
En un paso rápido y con piernas cortas, Hinata Shouyou lo alcanzó como por arte de magia. Con respiraciones agitadas por la repentina maratón, nadie se movió de sus lugares. Para Tobio ya no había escapatoria y en el caso de Hinata, no podía dejar a su presa fugarse.
—Kageyama Tobio siendo cobarde. Pensé que los años te cambiarían, pero no tanto —rió Shouyou, con el aliento apenas recuperado. No se reía de él; era más un comentario para no hacer las cosas más incómodas de lo que ya eran.
—No soy cobarde. Sólo tengo apuro por llegar al trabajo —mintió de mala gana; tratando de huir de una incómoda charla.
—¿No tienes tiempo para hablar con un viejo amigo? —sonrió Hinata, ocultado cuanto realmente ese comentario le había golpeado. Era claramente una excusa para no hablarle. Pero era el profesor de Volleyball de Karasuno, imposible fue eludirlo.
—No es eso. Pero realmente estoy apurado. Mira, si quieres hablamos otro día, pero justo ahora no —la mirada de Kageyama evadía a Hinata por completo. Al borde de un ataque de nervios, su vista era lo último que quería encontrarse con el muchacho de viejos colores vívidos. No estaba psicológicamente preparado para aquello.
—Bien, entonces dame tu número.
Kageyama no hizo más que obedecer para sacarse al hombre de encima. No podía estar más allí, su cuerpo no le permitiría llegar antes que Hinata a su auto y su estabilidad mental estaba a punto de caer en un paracaídas roto hacia el vacío.
—Bien.
Por consiguiente tomó de su bolsillo la billetera de cuero y de ella sacó una simple tarjeta en blanco y negro. Hinata tomó de la mano extendida del pelinegro la tarjeta de presentación y la admiró durante unos detenidos segundos.
—¿Secretario? —preguntó el muchacho con voz confundida. Incluso se notaba un poco decepcionado. Kageyama miró a la tarjeta entre sus grises manos.
—Sí, soy secretario. Realmente es un buen trabajo.
Hinata no tuvo claro si en verdad el pelinegro trataba de convencerlo a él o a si mismo. Sin embargo, decidió evadir el tema para no generar conflictos. E incluso antes de saludarlo, Kageyama se metió a su auto y en menos de lo que esperaba, arrancó. Hinata miró como el auto gris salía del estacionamiento en un santiamén, dejándolo parado como estúpido. Miró la tarjeta nuevamente, la apretó, sintiendo la textura. Luego, la olió porque presentía que olería a él. Sí que lo hacía. Tenía impregnado el aroma a esa fea colonia que utilizaba Kageyama desde la secundaria.
¿Qué significaba todo esto?
Ambos se preguntaron lo mismo. Hinata en medio de un estacionamiento vacío y siendo buscado por sus queridos estudiantes al desaparecer repentinamente y Kageyama, presionando las manos contra el volante y la cabeza sobre estas estacionado a unas cuantas cuadras de aquél lugar. La pregunta se repetía.
—¿Tienes los papeles? —cuestionó el anciano sentado en la cómoda silla suya.
—Sí.
—¡Perfecto! Así de fácil quedas como informante de deporte en la revista —aduló el señor de gran sonrisa. El señor Botan desplazó sus labios en una línea recta al no ver a su querido compañero reaccionar—. ¿Ocurre algo, hijo?
Kageyama cayó nuevamente en la realidad, mirando a todos lados de forma nerviosa y por último al hombre frente suyo, ciertamente desconfiado. Notó la expresión del señor, totalmente preocupado. Así que decidió tomar una silla frente al escritorio y hacerse un lugar.
—¿Te acuerdas de esa vez que te conté de mi primer amor?
—Sí, me acuerdo que me dijiste algo sobre él —hizo memoria a duras penas. Kageyama inhaló una gran cantidad de aire, tratando así de llegarse de valor.
—Pues, me lo encontré hoy en la secundaria cuando fui a buscar los papeles —los ojos del romántico ochentón parpadearon varias veces ante el impacto.
—¿Y qué pasó? —preguntó nervioso.
—Me sentí presionado y le entregué una tarjeta de presentación.
Kageyama miraba sus manos mientras que estas jugaban entre sí y su jefe lo analizaba.
—¿Cómo vas a hacer cuando te llame él?
—Probablemente lo evada —respondió finalmente luego de unos minutos de pensarlo. El viejo rió sonoro, impresionando a Kageyama; quien le miraba perplejo.
—No puedes vivir toda tu vida evadiendo obstáculos.
—Poder puedo, que sea malo es otra cosa —burló Tobio, tratando de evadir la posible conversación seria. Cuando el hombre frente suyo no rió de vuelta, supo que no había funcionado.
—¿Qué pasaría si tú no hubieras ido a buscar los papeles?
—Me quedaría sin ascenso.
—Bien, eso significa que toda acción tiene una reacción. Así que, ¿cuál crees que es la reacción a evadir a tu primer amor? —Kageyama no contestó. Imaginando las mil opciones posibles, siquiera abrió la boca. Luego, lo miró a él como buscando una respuesta—. Pueden haber muchas reacciones, pero solo lo vas a saber si lo intentas.
—¿Y sino?
—Probablemente te quedes con el: "¿Qué podría haber pasado?" Lo cual es mucho peor que tratar y fracasar.
Cuando se encaminó al baño del edificio luego de unas cuantas horas de estar en las nubes, por fin sintió que respiraba bien y tenía cierto tiempo para si mismo.
Aquello era una pesadilla, de las cuales le recorría la espina dorsal en un toque suave y capaz de hacerle erizar cada pelo del cuerpo o también, esas que le absorbían cuando se encontraba en el secundario huyendo de todo lo feo y gris del mundo. Se ve que una de esas había vuelto y ahora era él quien le asechaba en una esquinita de la consciencia durante horas. Y aunque le había entregado la tarjeta de presentación con sus datos para sacárselo de encima, estaba seguro que él volvería. Porque Shouyou era insistente como él solo.
Suspiró cansado mientras caía sobre la tapa del inodoro sin mucho cuidado y escondió su rostro entre las grandes manos torpes que ahora tenía. Esas cuales en un pasado eran capaces de llegar a estar dentro del equipo nacional junto con quien creía su primer amor. Logrando movimientos increíbles y jugadas perspicaces que pasmaban rostros y dejaban pensando entrenadores experimentados. E inlcuso se acordaba de su equipo compuesto por esas personas increíbles con dones a su par. También estaba él. Y aunque no le gustaba recordar de forma borrosa como su cuerpo se elevaba sobre la red desde cualquier ángulo, o así como los músculos se le tensaban a la par que su cabello anaranjado se movilizaba por un viento que él mismo generaba, lo hacía. Podía revivir aquellas vistas desde abajo de la red con el vigor de su memoria en momentos distraído, noches de desvelo y mil pasadas para ir al trabajo por la Escuela Secundaria de Karasuno.
Removió sus cabellos y frotó sus ojos en un vago intento de sacarse las mil imágenes de la cabeza.
«Dejaste eso atrás, no trates de revivir lo muerto», se dijo mentalmente.
¿En qué momento se decidiría a apretar los pixeles verdes dentro de su teléfono de una maldita vez? Habían pasado unos cuantos días desde esa segunda primera vez en que había visto al pelinegro y a pesar de tener entre sus manos la tarjeta con la cual en dos segundos podrían hablar, no la utilizaba. Porque cuando estaba a punto de marcar sus manos temblaban sin remedio, los dedos le sudaban y la cabeza parecía darle mil vueltas.
Se mordió el labio en un acto de pura ansiedad.
Con el pasar de los años la conmoción de su partida se había encogido y sin embargo, ahora mismo era cuando más la recordaba. Tenía miedo de cómo iba a resultar aquello que nunca tuvo fin.
Había llegado media hora antes al entrenamiento, estrechando las piernas y preparado completamente para cuando el capitán y entrenador del equipo nacional de Volleyball se encontraban hablando seriamente por teléfono a las afueras del gimnasio. ¿Se trataría de un juego amistoso con otro equipo? Seguramente Kageyama se emocionaría ante esto, porque era siempre el primero en sonreír disimuladamente al encontrarse con un nuevo obstáculo.
Era una lástima que él no haya llegado ese día a entrenar las diarias ocho horas.
Ni el día siguiente.
¿Por qué todos le miraban con cierta duda?
Ya había pasado una semana; él no contestaba el teléfono.
Nadie tuvo la necesidad de decirle que Kageyama los había dejado, porque en cierto punto él lo aceptó e igualmente siguió soñando por las noches, junto al espacio más recóndito que albergaba recuerdos y mil ansias, que él volviera.
Entonces, ¿por qué se le dificultaba tanto el apretar el botón de llamada? Seguramente por el miedo a qué decirle. Siendo esto raro en él, dado que era esa persona quien lograba hablar hasta por los codos y realmente presentía de esa llamada como un silencio incómodo de inicio a final. Dado que no pretendía hacer lo que quería; no iba a cantarle la canción de su último baile antes de graduarse o recitarle los mil poemas que le hacían acordar a él. Se mordió la mejilla y dejó el celular de lado, porque sabía perfectamente qué debía hacer. El pelinegro nunca le contestaría la llamada, seguro lo evadiría. Así iría a lo seguro a pesar que el miedo le comiera los huesos.
Era como si de pronto alguien esparciera brillantina por todo el cielo y luego le pintara el fondo de varios colores oscuros, abrazando así la ciudad y enfriando los corazones de la gente; menos el del pelinegro. No importaba cuánto tiempo pase, desde el momento que se marchó de la secundaria dejando su número a merced del pelinaranja se mantuvo intranquilo. Cada llamada a su celular la veía con miedo a contestar, pensando que podría ser él. Por extrañas razones era un sentimiento agridulce el miedo y ganas de escucharlo por teléfono.
—¿Tú eres tonto? —escuchó la conocida voz a unos pasos antes de abrir su auto. Giró la mirada hacia esta, encontrándose con el nervioso hombre de manos escondidas en los bolsillos de su pantalón deportivo—. Siquiera parándome al lado de tu auto sirve para que me notes —rió.
Kageyama mantuvo la mano sobre el pestillo, aún pensando en la ironía del momento: Estaba tan concentrado pensando en Hinata que no se dio cuenta de su presencia.
—Tonta tu madre, idiota —burló luego de varios intentos fallidos—. ¿Me has estado esperando?
Sin dudas su cerebro había dejado de funcionar. Sonaba como tarado.
—Sí, quería invitarte a algún lugar para charlar un rato y ponernos al día, pero no me decidí y pensé que iba a hacerlo en el camino acá, pero tampoco lo hice y sigo sin saber a dónde ir para charlar y... —lanzó la verborrea, tratando de expresar sus palabras con las manos y mil movimientos temblorosos y grandes—. soy un desastre.
Kageyama lo vio sonreír tímidamente con esa clase de expresión que le haría volar la cabeza y suspiró.
—Entonces daremos vueltas por la ciudad hasta que lo decidamos —accedió, tiritándole el corazón.
Subieron al auto viejo y en un silencio incómodo comenzaron con aquel viaje impulsado por la idiotez y necesidad negada del otro.
—Así que... ahora eres secretario, ¿eh?
—Y tú entrenas al equipo de Karasuno. Eso sí que no me lo imaginé —sinceró Kageyama, tomando el volante y evadiendo miradas con el otro muchacho.
—Después de dos años en el equipo nacional decidí retirme y de alguna forma volví a Miyagi... no sé como terminé de entrenador —sinceró sin pensarlo dos veces—. Pero no me quejo; los muchachos son increíbles y me alegran la vida.
Por pura curiosidad se le dio por girar la cabeza en ese momento, encontrándose con la plena y simple sonrisa en el rostro de su acompañante. Volvió a su lugar casi al mismo instante, pretendiendo que nada pasaba dentro suyo, aunque era mucho para él.
—¿Quieres ir a comer algo en específico? —cuestionó, cambiando de tema.
—¿Es una cita? —provocó en broma, provocando que casi se desvíen del camino durante un nanosegundo.
El pulso de ambos se había acelerado por razones diferentes, pero luego de volver al camino sin morir en el intento Hinata se tentó a risa libre, carcajeándose como tarado y siendo observado por Kageyama.
—Estás loquísimo —sentenció el pelinegro mientras el otro se quitaba una lágrima producida por la risa y tensión de estómago.
—Había olvidado lo exaltable que eres.
«Yo había olvidado tu risa», pensó tristemente el de al lado.
—Dobla ahí —señaló Hinata.
—¿En la preparatoria?
—Sí.
Ciertamente inseguro, Kageyama dobló por la esquina y dejó el auto a unos metros del portón sin guardia. ¿Hacía cuantos años dejaban el colegio sin seguridad? Seguro alguien podría entrar a robar.
—Bueno, me olvidé de la llave, así que saltaremos el muro.
Como ellos.
—No, no vamos a entrar sin permiso y por el muro. Me rehúso.
—Oh, vamos Kageyama. ¿Acaso ahora eres una gallina? —provocó, viendo la expresión corporal cerrada el hombre atrás suya, mientras él tomaba distancia para saltar y trepar por el muro.
—No soy una gallina —defendió, ganándose una mirada desaprobada desde arriba del muro—. Un poquito, nomás —aceptó, viendo como el pelinaranja caía del otro lado mientras reía, escuchando el sonido seco que hizo al caer.
—¿Vienes o no?
Rebuznó e imitó las acciones del otro, encontrándose en un lío al llegar a la cima del muro. Miró nervioso a su compañero y este le sonrió de lado; aquello fue suficiente para ganar las fuerzas de caída.
—Bien, sígueme —ordenó el mayor, comenzando a correr por el estacionamiento.
Pasaron entre luces y sombras, trotando y corriendo, asegurándose de no ser vistos por nadie y previniendo caídas en la oscuridad. Llegaron cerca del gimnasio donde se conocieron por primera vez. Hinata sacó unas llaves en medio de la oscuridad.
—¿No dijiste que no traías llaves?
—Era broma, solo quería en pánico al cruzar la cerca —se escuchó la risa del pelinaranja, seguida por la de Kageyama.
—Eres lo peor.
¿Cuándo había dejado de sentir la necesidad de salir corriendo?
Hinata prendió las luces del gran ambiente, reavivando llamas viejas donde las cenizas aún no se habían terminado de apagar.
Tobio admiró el color de las maderas una vez más, como el reloj entre barrotes era el mismo que en sus años de oro, las gradas quedaban más lejos de lo que recordaba y finalmente analizó el paso de los años sobre las rayas que delimitaban la cancha o las manchas y cosas escritas sobre las bancas. Sentía mil sentimientos arrebatando su cabeza y juraba que no se movía por el miedo a desplomarse.
—¿Quieres jugar? —cuestionó dirigiendo la mirada hacia el hombre observador.
A Kageyama le costó demasiado contestar, balbucenado por lo bajo diferentes respuestas inseguras sin mucho sentido.
—No creo que sea lo mejor —confesó finalmente—. Hace mucho no juego, seguro estoy oxidado—mintió descaradamente.
No podía revivirlo, eso le haría perder la cabeza. Tal cual lo comenzaba a hacer mientras seguía con la mirada los pasos de Hinata hasta la sala donde, si no mal recordaba, se encontraban las pelotas.
Esas que comenzaban a faltarle.
—Disculpa, me olvidé que debo alimentar a mi gato, así que será mejor si me voy —agrumentó, faltándole el aire. No pretendía tener un ataque de pánico allí, pero la situación parecía necesitarlo.
Escuchó la risa del otro dentro de aquella sala alejada. Salió con una pelota bajo el brazo y le miró incrédulo:
—Tu odias los gatos, Kageyama.
Se mordió el cachete, queriendo alejarse de allí a cada paso más cerca que daba Hinata. Sin dudas aquello había sido una mala decisión y le costaría la salud mental construida con el pasar de los años. No podía verlo así, no quería. Le miró con los ojos muertos y juró que la respiración se le iba por completo.
—¿Por qué parece que quieres salir corriendo? —preguntó el de tonos grises.
Ciertamente quería hacerlo, pero por alguna trágica forma de odio por parte del universo hacia él, su cuerpo no le hacía caso. Era como si mil kilos más se hubieran depositado sobre sus piernas y estas automáticamente fueran incapaces de moverse. Cuando quiso acordar la camisa se le pegaba a la espalda por el sudor y las manos comenzaban a temblarle.
Notó como la mandíbula del hombre era apretada.
¿Cuándo había cambiando tanto? Sus facciones ahora se encontraban más marcadas y masculinas, los labios estaban más finos, habían rastros de barba por el cuello, las cejas seguían igual de imperfectas y esos ojos podían acuchillarle el alma si así lo quisieran.
—Solo un pase te pido —habló bajo, casi en susurro y luego le lanzó por los aires la pelota.
—Perdón, no puedo hacerlo —negó el pelinegro luego de analizarla varias veces y sin la capacidad de mirarlo a él. Ya bastante bastaba con no verle por completo como para verlo en tonalidades muertas durante los momentos más frágiles de su memoria.
—¡Puedes, pero no quieres! —atacó, nuevamente de mandíbula apretada. Kageyama sabía que el otro hombre tenía toda la razón de enojarse con él.
El grito le exaltó, pero cuando levantó la mirada solo encontró a su primer de puños cerrados, cabellos alborotados y cejas fruncidas. Se arrepentía profundamente de todo y no sabía especificar qué.
—Podías quedarte en el equipo, pero no quisiste. Pudiste haber cumplido tu sueño y no lo hiciste. ¡Pudiste tanto y huiste! —cada palabra era un paso más cerca, amenazando con romperle tal cristal su estabilidad emocional—. Dime, Kageyama, ¿hasta cuándo piensas huir?
—¡Hasta que vuelva a ver en color! —respondió sin pensar, de respiración agitada y lágrimas amenazando de ver la luz como hacía años no lo hacían—. Porque tú no tienes idea de la mierda que es ver todo muerto sin siquiera poder disfrutar... ¡disfrutar del color! —había comenzado a llorar. Se había roto por completo.
Todo aquello que guardó por años en noches bajo sábanas frías y lágrimas sin fin comenzaba a salir como cuando se abría una caja de pandora; sin fin. Y todo lo que podía ver era a él de la forma en que siempre evitó y mantuvo en pesadillas. Todo había ido bien hasta que apareció nuevamente en su vida, reclamando atención, su número de teléfono y una idea a pasear para ponerse al día.
Sobó los mocos y desvió la mirada, porque ciertamente no podía enfrentarlo. Era un hombre patético y lo aceptaba.
—Es como si todos estuvieran muertos. Yo tenía que alejarme. Porque verte así, especialmente a ti...se siente horrible —explicó.
—Pruébalo —retó el mayor, atrayendo su mirada cristalizada hacia él—. Voy a rematar esa pelota como la primera vez, ya lo verás —Kageyama le observó indeciso con la pelota temblando entre sus manos—. ¡Estoy aquí, carajo!
Sin avisar, la levantó una vez en un acto por reflejo. Vio como giraba en mil grises sobre sus manos mal acomodadas y levemente más grandes que antes. Otro toque más y la mandaría para adelante como en los viejos tiempos; pero el ahora era otra cosa y justo en ese presente el balón se disparató hacia otro lado medio errado. Era una mierda, según él. Un pase desprolijo como el que le había hecho el día que se declararon o el primero de todos. Pero, como siempre, lo vio elevarse con gracia. Tensionando los músculos de sus piernas, bajando la cadera al tercer paso y elevándose cual ave al saltar. Sus brazos se posicionaron capaces de desplegarse en un vuelo interminable o un disparo hacia el campo enemigo y en sus ojos pudo ver aquella mirada que lograba hacerle el corazón palpitar como loco. Porque con el paso de los años se había convencido de mil cosas, pero en esos momentos donde lo único que había frente suyo era él, podía aceptarlo de una vez por todas: Hinata sería sus amores de la vida. El de sueño, el dramático y verdadero. Porque no necesitaba color para demostrar su chispa.
El eco del balón rebotando fuertemente contra el suelo de madera los llevó a ambos a la realidad.
Shouyou admiró su mano como se una reliquia se tratara.
—Tú también estás aquí —susurró para sí mismo, como aceptándolo en voz alta por primera vez mediante aquél extraño lenguaje deportivo que seguían teniendo—. ¡Tu también estás, Kageyama!
Al pelinegro ya le importaba una mierda el color o no, porque fue por años una tortura verle al pelinaranja en plena vida pero sin armonía y ahora, después de tantos años recién lo entendía: No era el color que afectaba la vida. De por sí la vida estaba, la cosa era él que no la veía. Así que tomó la vida por los brazos y lo abrazó, estrujó y buscó ese calor que llevaba extrañando sin aceptar por más de lo que recordaba. Cayeron al suelo patéticamente como seguro lo habían hecho en un pasado y buscaron la paz que el otro le brindaba. Shouyou comenzó a reír levemente abajo del pelinegro, para luego tomarlo del rostro y encajarle los mil besos que en varios años no tuvo oportunidad de hacer; por la nariz, mejillas, frente, cien, barbilla y labios.
Y algo le decía a Tobio que todo aquello iba a pasar algún día, de alguna u otra ía en aquellos huesos sin mucho uso que volvería a verlo y con la suerte de Dioses inexistentes, lo sostendría entre sus brazos nuevamente y besaría en sus sueños más salvajes. Porque era la realidad: Serían él y él hasta que los poetas se quedaran sin rimas, las estrellas cayeran por los cielos, el sol no brillara más o, en otras palabras, hasta el fin de su vida.
