MI PRINCIPE ENCANTADO
Hola chicas aquí les traigo una adaptación de la novela de Julie Garwood con los personajes de Inu-Yasha de sensei Rumiko
Así que ACLARO: esta historia no es mía, pero cuando la leí solo pude imaginarme a Sessho y a Kag en estos personajes jejeje :)
SI VEN PALABRAS SEPARADAS EL CULPA D FANFICTION NO MIAS JEJEJEJEJEJE
Jos: siii, leelo kuando sta historia trmine, t prometo q no tardaré! X q si lees la original y luego sta… :s asi m pasó kon otra historia adaptada d inubobo (jeje XD) lei la original x q la autora tardaba muuucho en actualizar y pssss ya m había qdado kon las ganas d leer q mas iba a pasar …. Así q la descargue y la lei y oooohhh nooooo, no s lo mismo jejeje asi q ahora q leo adaptaciones prefiero esperar a actulizaciones por que si no… cambia tooodo aunq las letras digan lo mismo y solo cambien los nombres pero NO ES LO MISMO :s saludossssssssss
AQUÍ EL NUEVO CAP. SALUDOSSSSSS
Cap. 12
La fortuna sabe que cuánto más la desdeñamos es cuanto más golpes ofrece.
Shakespeare
Antonio y Cleopatra
Kagome durmió hasta tarde. A las ocho y media se presentó Sango, buscando a su amiga. Estaba pre ocupada por ella y, en cuanto Sesshomaru abrió la puerta, explicó que Kagome no había ido a buscarla para desayu nar. ¿Estaba enferma o se había olvidado de que debían desayunar juntas en el Reservado para Damas?
Sesshomaru no le dijo lo de la Señora. Despertó a su esposa con una sacudida y se ocupó de acompañar a Sango al comedor. Como él no tenía hambre, comió una sola porción de salchichas, pescado, bizcochos, salsa de carne, huevos escalfados, patatas y manzanas asadas con canela. Sango comió sólo un bizcocho seco con un vaso de jugo de manzanas recién hecho.
Esa mañana, la amiga de su mujer parecía ner viosa y no dejaba de pasear una mirada inquieta por el atestado comedor. Probablemente la preocupaban los otros comensales. Sesshomaru intentó serenarla tratan do de hacerla hablar sobre su familia, pero compren dió su error al ver que a la castaña se le nublaban los ojos. Cualquier mención a sus parientes y ami gos de Londres la atribulaba visiblemente. Entonces él le preguntó sobre su futuro en Boston. Eso la agitó aún más.
Alguien dejó escapar una risa chillona al otro lado del comedor. Sango dio un brinco de treinta centí metros y se volvió a echar un vistazo por encima del hombro, con un ceño intenso en la cala.
-¿Ocurre algo? -preguntó él.
Antes de que la joven pudiera responder, Kagome apa reció junto a la mesa. Sesshomaru se levantó inmediatamente para acercarle la silla. Ella se lo agradeció sin mirarlo.
Mantenía la cabeza gacha, pero aun así él notó el leve rubor de sus mejillas. Obviamente algo la avergon zaba. Probablemente el modo en que él la había tocado la noche anterior.
Vestía completamente de negro. A él no le gustó cómo le sentaba ese color; tampoco le agradó la idea de que estuviera desobedeciendo deliberadamente las ór denes de su abuela en cuanto a no llevar luto.
Se había recogido la cabellera en la nuca, en una especie de nudo, y el severo peinado destacaba lo per fecto de sus facciones. Una vez más él admiró su apabullante belleza; de pronto se descubrió mirando a su alrededor, para asegurarse de que ninguno de los comensales masculinos la estuviera mirando. Ella le per tenecía, qué diablos, y ningún otro hombre tenía por qué echarle miradas lascivas.
Casi de inmediato comprendió lo ridículo de su conducta. Después de sacudir la cabeza ante lo contradic torio de su comportamiento, empezó a ladrar órdenes.
-Come algo, Kagome. Y usted, Sango, explíque me qué es lo que la preocupa.
Su esposa aseguró que no tenía hambre. Tras beber solo un vaso de leche, declaró qué estaba muy satisfecha y plegó la servilleta para demostrarlo. Todo eso sin mirarlo. Sesshomaru, exasperado con ambas, decidió enfrentar se primero a su esposa. Después de averiguar por qué estaba así, se ocuparía de Sango. Con esa decisión en la mente, alargó una mano para cubrir la de Kagome y, en voz baja, le ordenó que lo mirara.
Ella tardó un poco en obedecer. Sesshomaru esperó con paciencia a que alzara la vista para decirle:
-No tienes por qué avergonzarte. Anoche no ocu rrió nada.
Iba a recordarle que, de cualquier modo, estaban casados y unos cuantos besos entre marido y mujer no eran motivo para el bochorno.
Nunca tuvo oportunidad de pronunciar ese argumen to tan lógico, porque ella le clavó una mirada incrédula. -Lloré delante de ti. Por supuesto que me siento a vergonzada. -Su rubor se intensificó-. Pero prometo que no volverá a suceder. En general soy muy disciplinada. Él no supo qué responder. Iba a discutir, pero cam bió de idea. Sango había dejado de echar miradas de soslayo a los comensales para concentrarse en el diálo go de ambos. Además, arrojaba chispas por los ojos y el blanco parecía ser él.
Sesshomaru quiso preguntarle qué diablos le pasaba, pero suavizó la pregunta ponlo delicado de su condición. -¿Ocurre algo malo?
-¿Usted hizo llorar a Kagome?
Él suspiró. La muchacha actuaba como si estuviera convencida de que él había insultado a su amiga. -No -respondió-. Estaba afligida por otra cosa. -Decidió dejar que Kagome le explicara lo de su abuela. -¿Has terminado de desayunar, Sango? -pre guntó Kagome, intentando cambiar de tema.
Pero su amiga no la escuchó. Toda su atención estaba centrada en Sesshomaru. Parecía haber resuelto algo. En el momento en que él iba a levantarse de la mesa, le pidió que no se moviera.
-Si usted conociera mejor a su esposa, señor Taisho, sabría que jamás llora.
-¿De veras?
Sango asintió. La voz le temblaba de nervio sismo.
-Y nunca come nada en el desayuno. Sólo bebe un vaso de leche. Usted tampoco sabía eso, ¿verdad? Sesshomaru sintió deseos de sonreír, pero no se atrevió. La castaña se estaba enfureciendo en nombre de Kagome. Al parecer, la conocía mucho mejor que él.
-Vivió en una choza durante...
Kagome la interrumpió. No quería que Sesshomaru su piera de su adiestramiento para vivir en la frontera. De lo contrario él empezaría a hacer preguntas que ella no estaba dispuesta a responder.
-Los banqueros -barbotó- Los señores Goshinki y Ahun nos esperan a las diez. Sus oficinas están a sólo un par de calles. Creo que deberíamos ir caminan do, ¿no te parece, Sesshomaru?
El asintió, pero sin apartar los ojos de Sango.
-¿Dónde vivió?
La muchacha enrojeció.
-No tiene importancia -dijo- Kagome, si tienes un minuto libre, me gustaría hablarte de algo muy importante.
-Sí, por supuesto -accedió Kagome, aliviada por el cambio de tema.
-Creo que no podré vivir en Boston. Hecha esa declaración, Sango bajó la vista a la mesa.
-De acuerdo.
Levantó bruscamente la cabeza. -¿No vas a discutir?
Kagome sonrió ante su cara de sorpresa.
-No, por supuesto. Tú sabes mejor que nadie lo que puedes y no puedes hacer, Sango.
Su amiga creyó necesario explicar en un susurro: -Ya he tropezado con gente conocida.
Sesshomaru, al oírla, encontró tanto sentido a su explica ción como a la vergüenza de Kagome por haber llorado. -¿Y encontrarse con conocidos es un problema? -preguntó.
-Sí-respondieron Sango y Kagome simultánea mente.
Jamás las entendería. Arrojó la servilleta sobre la mesa y se levantó.
-Si las señoras me disculpan, vuelvo a nuestra habitación. Kagome, usted debe cambiarse de ropa antes de ir al banco.
Sin darle tiempo a discutir, giró en redondo y aban donó el comedor. Sango atrajo entonces la atención de Kagome.
-¿Por qué te has vestido de negro?
-En memoria de mi abuela -respondió Kagome-. Anoche recibí un telegrama. La Señora murió hace cuatro días. A mi tío Myouga no le fue fácil localizarme -agregó.
Había tratado de hablar con voz serena, pero no pudo lograr la hazaña. Cuando terminó la explicación, estaba otra vez próxima al llanto.
Sango no tenía tantos reparos sobre el control de las emociones. Al verla estallar en lágrimas, Kagome se dijo que la Señora se habría horrorizado ante semejante con ducta. Aun así la habría querido, porque Sango, pese a su falta de disciplina, era sumamente leal a su amiga, y para la Señora la lealtad era la segunda entre las cualidades importantes que podía tener una persona. En su lista mo ral estaba muy por encima del amor y apenas un puesto por debajo de la cualidad suprema: el coraje.
El dolor volvió. Kagome hizo lo posible por disimu larlo, pero el esfuerzo era abrumador. Los otros comen sales, sin saberlo, la ayudaron a recobrar la compostura. Varios habían reparado en la angustia de Sango y le echaban miradas curiosas. En opinión de Kagome, eso era grosero y de mala educación. Irguió la espalda en la silla y les hizo con la mano un gesto dramático para que reanudaran sus respectivas conversaciones. Añadió un buen ceño, para asegurar su colaboración.
Sango se estaba limpiando las lágrimas con la servilleta. El intento era vano, porque seguían brotando.
-"Las palabras sencillas y sinceras son las que me jor penetran en el oído del dolor" -citó de memoria, en un susurro.
-¿De William? -preguntó Kagome, aun sabiendo perfectamente quién había escrito ese consejo.
-Sí -respondió Sango-. Y tenía razón. Las palabras sencillas son las mejores; por eso te diré simple mente que lamento mucho tu pérdida. Sé que la Señora era como tu madre y que debes de tener el corazón destrozado...
No pudo continuar. Ahora lloraba sin reparos. Kagome no se sorprendió ante esa escena; por el contra rio, la reacción de su amiga le inspiraba humildad. Sus palabras de consuelo tampoco la habían dejado fría; tuvo que aspirar hondo varias veces para dominarse.
-Eres una gran amiga -susurró, cuando pudo confiar en su voz-. Tuve mucha suerte al encontrarte. -Y yo a ti -replicó Sango, con la voz sofocada por la servilleta-. "Cualquiera puede disimular una pena, menos quien la tiene", agregó. Y me doy cuenta de que sufres.
Kagome no pudo responder, por el simple motivo de que temía echarse a llorar si abría la boca. La posibilidad era inaceptable. No se atrevería a mancillar la memoria de la Señora quebrando la sagrada regla de no llorar en público. Antes prefería morir.
-"Llorar es menguar la profundidad del dolor" -citó Sango.
En eso la Señora no habría estado de acuerdo con Shakespeare. Kagome decidió dar un tono más ligero a la conversación.
-¿Crees que sólo porque eso lo dijo Shakespeare no puedo discutir contigo?
La castaña se las compuso para sonreír.
-No, no puedes discutir. Después de todo, William es una autoridad.
-¿Sabes qué pienso hacer?
-¿Qué?
-Iré a la librería más cercana para comprar todas las obras de William Shakespeare. Las he leído, por su puesto, pero no me he tomado el trabajo de memorizarlas palabra por palabra, como tú. Dentro de uno o dos meses, te prometo que podré citar a tu William como me convenga cada vez que deba persuadirte de algo.
Sango parecía entusiasmada. Por lo visto, no se había dado cuenta de que Kagome estaba bromeando.
-Puedo prestarte mis ejemplares con mucho gusto -dijo, fervorosa.
Kagome le dio las gracias y llamó por señas a un camarero, para pedirle sendas tazas de té. El comedor se había despejado lo suficiente como para mantener una conversación en privado.
-Si no quieres vivir en Boston ni en sus cercanías, Sango, ¿a dónde te gustaría ir?
-Contigo -barbotó la muchacha. De inmediato agregó, enrojeciendo-: Si me aceptas, claro. Y si al se ñor Taisho no le molesta.
-Yo estaría encantada de contar con tu compañía -aseguró Kagome. Y se detuvo a ordenar sus pensamientos. Sango interpretó mal esa vacilación. Sus hom bros se encorvaron.
-Pero no crees que sea buena idea. Lo comprendo. Una mujer embarazada sería una carga para ti y para...-Kagome la interrumpió.
-Déjame terminar. No hay nada en el mundo que desee tanto como llevarte conmigo. Has llegado a ser como de la familia.
-Pero aun así hay un problema.
Kagome asintió. En ese momento apareció el cama rero con el juego de porcelana. Puso la tetera floreada en la mesa, agregó dos tazas con sus platillos y, después de hacerles una reverencia, las dejó solas.
Después de servir el té, Kagome continuó:
-No puedes tomar una decisión sin conocer todos los hechos. Debes saber a dónde voy y por qué. Después de que te haya explicado...
-¿Lo de las pequeñas? -interrumpió su amiga.
-Sí. Rin y Lin son hijas de mi hermana mayor. Ahora tienen dos años y medio. Midoriko, mi her mana, murió poco después de que se instalaron en Boston. Las niñas quedaron al cuidado de Shikon, su padre. Él también murió hace poco más de un mes. Como no tenía familiares cercanos, las pequeñas han quedado bajo la atención de su niñera, la señora Tsubaki.
-"Las penas, cuando llegan, no lo hacen como espías solitarios, sino en batallones."
Kagome asintió. Sobre eso Shakespeare tenía razón. Las penas llegaban en batallones, sí.
-¿Volverás a Inglaterra con las niñas?
-No -respondió Kagome-. De hecho, quiero que estén bien lejos de Inglaterra. Mi hermana tenía miedo a nuestro tío Naraku. Y tenía buenos motivos para te merlo -añadió-. Ella no quiso que sus hijas estuvieran cerca de ese hombre vil; fue su principal razón para mudarse a Boston. Shikon, su esposo, era norteamerica no y estaba plenamente de acuerdo con esa decisión.
-¿Tú también temes a ese hombre?
Se sintió obligada a ser completamente sincera con su amiga.
-Hay que ser estúpida para no temerlo. Es un hombre perverso.
-¿Sería capaz de hacer daño a las bebés?
-Llegado el caso, sí.
-¿Cómo?
Kagome movió la cabeza en un gesto negativo. -No puedo hablar de Naraku sin que se me re vuelva el estómago. Pero ahora que Shikon ha muerto y la Señora también, puede haber problemas con la cues tión de la custodia. Tío Naraku podría solicitar a los tribunales que las pequeñas fueran puestas bajo su tutela, pero yo lo mataría antes de permitirlo. Esas niñas corre rían menos peligro con el mismo Lucifer. Ruego a Dios que Naraku se haya olvidado por completo de ellas. Como no le comunicamos la muerte de Shikon y la Señora no dejó dinero para las gemelas, espero que no nos cause problemas. De cualquier modo, no quiero correr el menor riesgo. Tengo que desaparecer, Sango. ¿No comprendes? Hasta que las pequeñas estén en con diciones de defenderse solas, la responsabilidad me co rresponde a mí. Midoriko me protegió durante todos esos años; ahora me incumbe proteger a sus hijas.
-Temo que desaparecer será muy difícil -obser vó Sango-. El mundo se ha vuelto muy pequeño. Ahora tenemos el telégrafo y los vapores que pueden viajar de Londres a Norteamérica en menos de dos semanas. Hay trenes que conectan casi todas las ciuda des importantes y...
-Ya he tenido todo eso en cuenta -dijo Kagome-. Al principio pensaba llevarme a las niñas a alguna ciudad remota, pero he cambiado de parecer. Existe un lugar en el que Naraku no nos buscará nunca: la frontera. El señor Taisho me habló de una aldea llamada Redención. Dice que allí uno puede caminar uno o dos kilómetros sin ver a nadie más. Allí podría esconderme con las niñas.
-¿Crees sinceramente que tu tío va a buscarte? Kagome asintió con la cabeza.
-Me parece un temor razonable -respondió-. Le gustaría hacerme sufrir. Es un hombre rencoroso y vengativo. Tiene una cicatriz que le cruza el ojo izquierdo.
-Se la hice yo, Sango, cuando tenía sólo diez años. Estuvo a punto de perder la vista. Lo único que lamento es no haberlo dejado ciego. Cada vez que se mira en el espejo recuerda lo que le hice... y por qué. Me va a bus car, sí. Supongo que ha estado contando los días que faltaban para hacerse cargo de la herencia, de las fincas... y de mí.
Sango se estremeció. Comenzaba a entender lo que Kagome callaba. Decidió buscar una manera indirec ta de comprobar sus sospechas.
-Si las gemelas fueran varones, ¿Midoriko se ha bría obsesionado tanto por huir?
-No.
La castaña dejó escapar un suspiro. -¿Naraku es vanidoso?
-Sí.
Sango sonrió.
-Bien-anunció-. ¿Y la cicatriz es tan fea como yo quisiera?
-Sí.
-Muy bien.
Kagome asintió, decidiendo que había revelado bastante. Sango, pese a su embarazo, parecía aún muy inocente. No podía comprender los retorcidos apetitos de algunos hombres. Apenas los entendía la misma Kagome, de modo que su amiga se habría horrorizado ante la verdad completa.
-Es irónico -dijo luego-. Mi sueño más gran de era vivir un día en el páramo. Tío Myouga apoyaba la idea. Cada vez que yo iba a visitarlo, tenía algo nuevo para leerme. Creía en mi sueño y quería prepararme. Supongo que era un juego entre los dos.
-¿Como eso de construir una choza para que vi vieras en ella? -preguntó Sango.
-Sí -reconoció Kagome, con una sonrisa-. Sus criados creían que yo era tan peculiar como él. No nos importaba. Era sólo un juego.
-¿Sabes qué pienso? En el fondo siempre has sa bido que un día vendrías a vivir en los territorios salva jes de América. Las gemelas te complicaron los planes y por eso pensaste en una ciudad más pequeña, en al gún lugar del oeste.
-Pensaba, sí, que tarde o temprano acabaría en las montañas. Desde que leí ese primer relato sobre Daniel Boone, me sentí...
-¿Intrigada?
-Intrigada, sí.
-Haré todo lo que pueda para ayudarte -pro metió Sango-. Dime una cosa, por favor. ¿Qué dice Sesshomaru de...?
-Él no sabe nada de Naraku ni de las gemelas. Debes prometerme que no le dirás una palabra.
-Por amor de Dios, Kagome, piénsalo bien. ¿No te parece que, si te instalas en Redención, él se va a enterar?
Kagome se echó a reír.
-Por supuesto que sí, pero por entonces será de masiado tarde. Si descubre ahora mis planes, tratará de impedírmelo. No cree que yo pueda sobrevivir en territorios salvajes; opina que debo dedicarme a mis vestidos para lucirlos en las fiestas de Boston. ¿Se te ocurre algo más absurdo?
Sango sonrió. Ahora que conocía mejor a Kagome, era absurdo, en realidad, esperar que malgastara sus días en frivolidades.
-Quiero desaparecer contigo, Kagome. Escúcha me antes de hacerme una advertencia. Soy joven y fuerte; tengo alguna inteligencia. Puedo arreglármelas muy bien en el páramo.
-¿Y el bebé? ¿Has pensado lo que sería dar a luz en una choza?
-Otras mujeres lo han hecho.
-Tendremos que analizarlo bien -resolvió Kagome-. Quizá sería mejor que te reunieras conmigo después del nacimiento. De ese modo, sería menos pe ligroso. Sango apretó las manos.
-Entonces ¿estás de acuerdo en que, ahora o más adelante, puedo mudarme a Redención?
-¿Tienes idea de en qué te estás metiendo?
-Sí.
Kagome suspiró. Luego hizo una señal afirmativa. -Deberíamos brindar. -Levantó la taza de té y, cuando su amiga hizo otro tanto, susurró-: Por el pá ramo y nuestra nueva vida.
Las tazas se tocaron.
-Y por la libertad -agregó Sango.
-Vamos a llegar tarde, Kagome.
Era Sesshomaru quien hacía ese anuncio. La joven, con centrada en su conversación, no había visto entrar a su esposo. No parecía muy feliz. Ella se obligó a sonreír, en un intento de compensar su gesto ceñudo.
-Aún tenemos tiempo de sobra -aseveró. -Quiero acabar con esto. -Él la tomó de un bra zo, tironeando para levantarla-. No nos llevará mucho tiempo, ¿verdad? A mediodía me espera un amigo y no me gustaría darle un plantón. Tiene un buen potro para vender.
-La entrevista con los banqueros no llevará más de una hora -aseguró Kagome-. Iré a tu cuarto en cuanto regrese, Sango. Esta tarde podríamos salir de com pras. ¿Quiere usted acompañarnos, señor Taisho?
Sesshomaru las había seguido al corredor. La idea de sa lir de compras con dos damiselas le parecía penosa. -Te recuerdo que tengo un compromiso -señaló.
-¿Para toda la tarde?
-Hasta después del anochecer. La granja está fuera de Boston. Tardaremos un par de horas en llegar. No volveré al hotel antes de las ocho.
-¿Por qué está tan malhumorado, señor Taisho?
-Detesto que me hagan esperar.
-También yo -informó ella, con voz ásperamen te alegre.
-No creo que debamos ir de compras, Kagome -intervino Sango-. Estás de luto.
-No debes guardar luto -anunció Sesshomaru-. Tu abuela lo hizo prometer.
-Voy a buscar una iglesia para encenderle una vela -decidió Kagome.
-A ella le gustaría -aprobó su amiga.
Kagome no estaba de humor para ir de tiendas, pero necesitaba comprar montañas de cosas para las gemelas. En realidad, lo que deseaba era verlas. El tiempo era escaso, por supuesto, y debería hacerlo todo cuanto antes.
Como Sesshomaru estaría ocupado hasta la noche, ella decidió visitar a sus sobrinas. Él no se enteraría siquie ra de que había abandonado el hotel. De ese modo tampoco tendría que abreviar la visita; Kagome se descubrió sonriendo ante la perspectiva. Si la suerte la seguía acom pañando, quizá pudiera persuadir a la señora Tsubaki para que las acompañara. Era muy improbable, pero bien valía la pena hacer el intento.
Kagome no tenía intenciones de dar mucha infor mación a la niñera hasta que estuvieran ya en pleno viaje. Cuanto menos se supiera de su destino, mejor. Hasta podía insinuar que se dirigían hacia Texas.
Al llegar al piso de arriba, Sango tomó una di rección y Kagome y su marido el corredor opuesto. Los largos pasos de Sesshomaru hacían que fuera imposible seguirlo sin correr. Y Kagome se negaba a correr en un hotel tan elegante.
-Por favor, camina más despacio o suéltame, para que yo pueda seguirte más atrás.
Sesshomaru la soltó inmediatamente y se adelantó hasta la puerta. Después de abrirla, se quedó esperando.
-¿Nunca has oído la expresión "más lento que un caracol"? -preguntó.
Kagome entró antes de responder. -No.
-Pues te sienta de maravillas.
Pasando por alto la pulla, la muchacha pasó al dor mitorio en busca de los papeles que deseaba llevar a los banqueros. Había preparado una considerable lista de preguntas que hacer y no quería olvidar ninguna. Era preciso arreglarlo todo antes de desaparecer... y antes de que Sesshomaru volviera a sus montañas.
Después de plegar los papeles, fue en busca de sus guantes. Sesshomaru le bloqueó el paso.
-Quiero que te cambies ese horrible vestido, Kagome.
-Es un atuendo apropiado.
-Le hice una promesa a tu abuela: -Se acercó al ropero y abrió las puertas de par en par. Luego empezó a revolver el contenido. No sabía por qué daba tanta importancia al asunto, pero Kagome había dado su pala bra y tendría que cumplirla. La última voluntad de un difunto debía ser respetada y él se encargaría de eso.
Sacó un vestido con su percha y se volvió hacia Kagome.
-Toma. Ponte esto. Y date prisa que llegaremos tarde.
Ella estuvo en un tris de echarse a reír al ver lo que había escogido.
-¿Rojo? ¿Pretendes que me ponga un vestido rojo?
-Servirá.
Ella reía.
-Es un vestido de noche, nada adecuado.
-Me gusta -insistió él-. Y a tu abuela también le gustaría.
Iba hacia ella con el vestido en la mano. Ese hom bre no estaba en sus cabales si pretendía convencerla de usar un vestido de terciopelo rojo para una entrevis ta con los banqueros.
-No me sienta bien -mintió.
-Póntelo.
-La Señora no estaría de acuerdo.
Cruzó los brazos contra el pecho decidida a no ceder.
Por la forma en que él apretaba la mandíbula, de dujo que él tampoco pensaba dar su brazo a torcer. Por lo visto, estaban empantanados. Entonces él sopesó el argumento a su favor.
-Por supuesto que la Señora estaría de acuerdo. En el cielo usan colores intensos, Kagome. Estoy seguro. Y ahora ponte esto, si no quieres que lleguemos tarde.
Esas palabras la abrumaron. El hombre era com pletamente absurdo. Y maravilloso. Así que en el cielo usan colores intensos. Sin duda alguna, era lo más bonito que podría haberle dicho. Lo que importaba no eran los colores ni las ropas que se usaran allá arriba, si aca so usaban algo, sino esa insinuación de que la Señora había ido al cielo.
-Sesshomaru Taisho, eres un hombre encantador. ¿Sabes que, cuando la Señora me habló de ti, dijo que eras mi príncipe?
Sesshomaru estaba exasperado. Esa mujer decía cosas sin sentido. Su voz se había vuelto tan queda y sedante como una suave brisa de verano. ¿A qué se debía esa repentina transformación? Un momento antes sacudía la cabeza, ceñuda como una vieja maestra solterona; ahora parecía a punto de llorar o de besarlo. Aun sin saber qué bicho le había picado, Sesshomaru decidió aclarar ese asunto del encanto.
-No soy ni príncipe ni encantador, Kagome. Y sólo me comporto como un caballero para darte gusto. Me cuesta mi buen esfuerzo -agregó-. Si he de ser franco, no sé durante cuánto tiempo más podré guardar las apariencias.
Ella no le creyó.
-¿Ah, sí? -lo desafió-. ¿Haz el favor de decirme qué harías ahora, en este mismo instante, si no tuvieras que comportarte como un caballero?
-¿Lo que realmente me gustaría hacer?
-Sí.
Él sonrió. -Desnudarte.
Ella se puso tan roja como el vestido. Sesshomaru se echó a reír.
-Querías que fuera sincero, ¿no?
-Sí, por supuesto. -La había alterado de tal mo do que no podía pensar con claridad-. Me pondré ese vestido -tartamudeó-. Con un abrigo encima. -Se ría un abrigo negro que la cubriera de pies a cabeza. Y no se lo quitaría, por mucho calor que hiciera dentro del banco.
Le arrebató la percha de las manos y giró hacia la alcoba.
-Es terriblemente escotado -comentó-. La verdad es que tiendo a desbordarlo.
Él alargó una mano por encima de su hombro y le quitó el vestido de las manos.
Kagome terminó poniéndose una blusa blanca y una falda azul marino. Cuando acabó de atar una cinta de color intenso a sus cabellos, Sesshomaru ya estaba paseándo se de un extremo al otro.
Kien le kiere kumplir su deseo? Jajajajajaja XD
SALUDOSSSSSSSSSS
Gracias por sus reviews a lov3Sesshumaru, jos, yan-01, Perla, AZUL D CULLEN, Ewaso chan, Mia, hanniane, shinystar200, yam, azuldcullen, hinatita4eva, hekate ama, Llyl, Goshy, Iosi e Iuki, Anilem, goshi y Ayma secret. A las nuevas y a las siempre m escribn GRACIAS!
Y Gracias a los q han puesto la historia en FAVORITOS y en ALERTA!
GRACIAS POR LEER!
