XII

El comportamiento extraño de Brocky

El profesor Silverspring se restregó un ojo con el puño y, aunque tenía razones de sobra para estar cansado, aquel gesto no tenía nada que ver con el sueño. Eran las ocho de la mañana y acababa de despertar a los alumnos con ayuda de sus colegas, la profesora Dyfed y la profesora Balor, que, como él, se habían ofrecido voluntarias para vigilar el Salón Comedor. Después de una noche interminable de acallar susurros, risas y voces, se temió que, a pesar de sus esfuerzos, se había quedado dormido. Era la única explicación plausible para aquella extraordinaria visión. Un pájaro de inconfundible plumaje amarillo picoteaba entre los rizos rubios de un estudiante que, remolón, no había salido del saco de dormir todavía. Pasado un minuto de estupor y tras resolver que no estaba teniendo alucinaciones, el profesor se dirigió diligentemente al alumno en cuestión y apuntó al pájaro tropical con la varita.

—¡Silencius! —gritó, alarmado. El pájaro le devolvió la mirada y al profesor Silvespring no le cupo duda de que el ave estaba visiblemente sorprendida por su comportamiento. No le importó, tenía que echarlo a toda costa del Salón Comedor—. ¡Fuera, fuera! ¡Sal ahora mismo de aquí!

—¿Se puede saber qué está haciendo? —una voz femenina sonó detrás de aquella masa informe de pelo dorado ensortijado.

El profesor se sorprendió al encontrarse con la cara de una joven de unos quince años con un corte de pelo propio más de un muchacho que una señorita. Por su parte, Cliodne, apenas podía creer que tuviera que salir del saco. Dos chicas estúpidas a su derecha no habían parado de contarse intimidades en toda la noche y no habían dejado que conciliara el sueño. Ahora que por fin había conseguido dormirse, venía aquel hombre con voz de pito a fastidiarla. El mundo era, sin duda, un lugar cruel… De todos modos, la jovencita se incorporó difícilmente y con los ojos verdes entrecerrados (la luz del sol era muy molesta) miró primero al profesor del bigote negro y luego al ave; luego al ave y después al profesor. Finalmente, bostezó y preguntó con voz somnolienta:

—¿Por qué está espantando a Toiseach?

—¿Toiseach? ¿Este fwooper es suyo?

—Oh, mi querido Toi —susurró Cliodne con cariño mientras acariciaba la cabecita del fwooper y con tono infantil se dirigió al pájaro—: Oh, has venido a darme los buenos días, ¿verdad? Mírate qué guapo… ¡Pero qué bonito eres! —miró al profesor—. Sí, profesor, es mío.

—¡Pero es sumamente peligroso!

—Oh, tranquilo, le tengo amaestrado para que no cante en presencia de seres humanos.

—¡Caramba! —exclamó el profesor admirado—. ¡Un fwooper!

—Sí, profesor. ¿No es una ricura?

—Hombre, bonito es, sí —admitió el profesor—. De todas formas, quizás debería usted registrar a Toiseach en los archivos de mascotas del señor Humble, señorita…

—O'Donnovan. Cliodne O'Donnovan —se presentó la muchacha—. Pensaba que solo había que ir a hablar con el señor Humble en caso de tener animales grandes.

—Bueno, creo que nadie esperaba que un alumno trajera un fwopper al colegio, pero estoy seguro de que la profesora Ravenclaw agradecerá que se le notifiquen todo tipo de criaturas… exóticas.

—En realidad, no estará mucho por aquí. Mis chiquitines solo pasan a verme de vez en cuando.

—¿Cómo! —El profesor Silverspring pegó un brinco en el sitio—. ¿Qué tiene más fwoopers?

—Oh no, pero hay un Augurey y un fénix que me visitan a menudo, ¿sabe?

—Ya veo que le gustan las aves —apreció el profesor.

—Sí. —Ella sonrió—. Mucho.

Silverspring, como buen profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas, sonrió también. Sin embargo, enseguida escuchó como la profesora Dyfed gritaba ‹‹¡Filias!›› cerca de la mesa de los profesores y tuvo que marcharse, no sin antes repetirle a la muchacha que debía ir a las mazmorras a hablar con el señor Crackles sobre sus posibles visitantes alados y manifestarle su deseo de verla en sus clases de Cuidado de Criaturas Mágicas.

La impaciente Cliodne se vistió rápidamente y salió del Salón Comedor corriendo para volver cuanto antes y no perderse el desayuno. Le costó un poco encontrar el camino a las mazmorras. La ayudaron unos chicos que venían de allí porque habían tenido que inscribir a sus hipogrifos. Sin embargo, le fue complicado llegar en cuanto comprobó que las escaleras se movían a placer. Para colmo de males, cuando dio con el dichoso despacho, se encontró con una cola a la puerta. Claro que solo había dos niñas. Cliodne saludó a la que le quedaba más cerca:

—¡Hola! ¿Qué tal? ¿Vienes a inscribir un animal de compañía también? —La niña, de tez aceitunada y ojos azules no respondió, sino que miró a otro lado y fingió no haberla escuchado—. Vale. Solo intentaba ser amable ¿eh?

Cliodne frunció el ceño y se cruzó de brazos. Menuda mocosa antipática se había tenido que cruzar y, encima, ahora tenía que esperar aquella cola sin mediar una palabra con nadie. Como se quedara sin desayunar… Sus temores se vieron confirmados cuando, de vuelta en el Salón Comedor una hora después, los alumnos de primero y todos aquellos que no se veían capaces de hacer las pruebas salían en pos de la profesora Hufflepuff mientras los profesores Dyfed y Silverspring repartían pergaminos al resto de estudiantes, sentados ya en sus puestos para comenzar con la prueba de nivel.

Cliodne tomó asiento de muy mal humor, pero en cuanto les dieron permiso para volver los pergaminos y comenzar la prueba, se olvidó de todos sus pesares. Echó un vistazo al pergamino y sonrió para sus adentros. Le solían gustar las preguntas y que le hicieran pensar, de manera que los exámenes siempre se le habían antojado divertidos o, por lo menos, muy entretenidos. Así, aunque hubiera otros que compusieran muecas de espanto o nerviosismo a su alrededor, ella tenía el aspecto de estar pasando un buen rato. Lo único que le revolvía las tripas era sentirse observada de vez en cuando por la profesora Ravenclaw, que andaba ojo avizor mientras paseaba entre las mesas en compañía del profesor Gryffindor.

Godric miraba las ventanas de vez en cuando, apenado, e intentaba avistar a algún alumno sobre el palo de una escoba explorando los cielos.

—Godric, no te esfuerces —susurró Gwen—. Acaban de salir del salón; dudo que la clase de vuelo haya empezado todavía.

Aquella mañana habían tenido una pequeña discusión sobre quién supervisaría qué y se habían dado cuenta de que todos tendrían que ceder en algo. El mayor problema radicaba en que la mayoría querían estar presentes en las pruebas prácticas de los alumnos y en las Justas Voladoras, pero ambas tenían lugar al mismo tiempo. Es más, a Godric le hubiera gustado estar en la lección de vuelo también, pero naturalmente, eso habría significado renunciar a las Justas Voladoras. Así pues, había acabado en el Salón Comedor, a regañadientes, mientras Helga y Sal enseñaban a volar a los más pequeños.

Una pequeña arruga se le dibujó en la frente.

—Gwen, ¿no te da la sensación de que Broky se ha comportado de forma extraña últimamente?

—¿De forma extraña? —Gwen compuso su cara más inocente—. No sé a qué te refieres.

—Ya sabes. Está más taciturna, más reservada… Hoy no ha apartado la mirada del plato durante el desayuno. —Godric pareció vacilar por un momento como si acabara de darse cuenta de que aquel no era un argumento muy sólido—. Y luego se ha emperrado en quedarse contigo en esta prueba y, no sé, no es propio de ella. Suele… ya sabes… ceder.

—No me he fijado… ¡Vaya! ¿Has visto las respuestas de la chica del pelo corto? —Le preguntó Gwen al oído de repente—. Hay ideas muy originales…

—Vas a poner nerviosos a los alumnos si sigues metiendo las narices en sus pruebas…

Acto seguido, Godric se situó al lado de un alumno, miró una respuesta y negó con la cabeza. El muchacho compuso una mueca de alarma y empezó a tachar con la pluma a diestro y siniestro.

—¡Godric! —se indignó Gwen.

—¡Uy! Lo siento… —Leyó el nombre en la esquina superior derecha del pergamino—. O'Keeffee, la primera y la tercera estaban bien, ¿eh?

—¡Godric!

—Ya, ya…

Los dos maestros se alejaron por el pasillo y tres alumnos sentados cerca del señor O'Keffe, que debían de sentirse inseguros con respecto a las preguntas primera y tercera, se acercaron un poco a él, con mucho disimulo. Godric se rió para sus adentros. Gwen, en cambio, estaba muy concentrada en interceptar contestaciones brillantes. Aunque se le pasó enseguida, cuando se chocó con el profesor McCumail y comenzó a entablar una conversación con él. Entonces, un muchacho se acercó a Godric, muy serio. Estaba aprovechando el momento de distracción de la profesora Ravenclaw, que le inspiraba algo de miedo. Tenía los ojos y pelo negro, la piel pálida, casi traslúcida y cejas pobladas.

—Profesor Gryffindor, he terminado —le comunicó y Godric notó un leve rubor en las mejillas del chico.

Godric echó un vistazo al pergamino y se dio cuenta de que había muchas preguntas en blanco.

—¿Cuántos años tienes, Owain?

—Doce.

—Bueno, no te agobies si no has sabido responder a todo, ¿de acuerdo?

Owain sonrió y asintió.

—Gracias, Owain. Puedes irte.

—¿Qué quería? —le preguntó Gwen una vez el muchacho se hubo marchado corriendo.

—Entregar el examen.

—¿Me dejas ver? —Godric le pasó el pergamino—. No parece un genio, ¿eh?

—Bueno, ¿y qué esperabas? Tiene solo doce años, aquí hay preguntas muy avanzadas, Gwen.

—De todas maneras, es raro—observó ella con aire de curiosidad—. Podría haberse esperado a que todos terminaran y habría pasado desapercibido.

—¿Y haber perdido el tiempo aquí durante una hora o más? —Godric frunció el ceño, algo molesto—. Yo no aguantaría aquí sentado ni diez minutos.

Gwen no se sentía con ánimo de discutir.

—¿Y con Owain cuántos miembros para su casa lleva ya, Lord Gryffindor?

—Unos diez —Godric se encogió de hombros, pero se sorprendió de la pregunta como si le hubieran pillado con las manos en la masa—. ¿Por qué lo dices?

—Por nada —ella sonrió para sí misma—. ¿Todos durante la prueba teórica?

—No. La verdad es que no.

—Ya.

Las horas trascurrieron lentamente hasta el momento en que Salazar entró en el Salón Comedor con cara de pocos amigos y un pergamino de tamaño considerable bajo el brazo. No había pasado ni un segundo desde el primer paso del maestro en la sala, cuando Gwen elevó el brazo en el aire y chasqueó los dedos. Inmediatamente, los pergaminos de los exámenes se elevaron un metro por encima de los alumnos y con un segundo chasqueo, se esfumaron en medio de una polvareda violeta. A muchos se les escapo una exclamación de asombro que Godric recibió con una media sonrisa.

Entretanto, Sal no había perdido el tiempo. Se encontraba ahora frente a la mesa del profesorado y había desplegado el pergamino para después hacerlo flotar delante del alumnado. En él aparecía dibujada una tabla perfecta en la que figuraban los nombres de los alumnos que se enfrentarían en las justas voladoras. Sal apretó la mandíbula al verla, brillante, ante sus ojos. Tal vez porque la había elaborado solo puesto que Helga había aludido a un terrible dolor de cabeza y se había marchado en cuanto había concluido la clase de vuelo. Clase en la que ella no había hecho más que saludar. Por si fuera poco, toda aquella semana había sido imposible tratar con Broky. En definitivas cuentas, se sentía muy, muy irritado.

Se dio la vuelta para descubrir a varios alumnos que, tras él, miraban hacia arriba con interés.

—¿Qué miráis? ¡Fuera! ¡Esto es para los alumnos de primero!

La mayoría de los alumnos arremolinados en torno a él parecieron encoger de tamaño y se alejaron algo asustados hacia la puerta. En cambio, Cliodne, que era una de las agolpadas bajo la tabla, no se movió, sino que lo miró desafiante y torció la nariz. El profesor Slytherin clavó los ojos en ella, con el ceño fruncido y señaló la puerta con el dedo índice y el brazo estirado, autoritario y hasta algo ridículo a ojos de Godric o Gwen que lo observaban, perplejos. Cliodne bufó y dio media vuelta de mala gana para irse con los demás.

Sal interceptó entonces las miradas de sus amigos y les increpó con voz fría:

—¿Algún problema?

Gwen se encogió de hombros y negó con la cabeza, pero Godric se quedó clavado en el sitio completamente descolocado.

—¿Estás bien, Sal?

—Perfectamente.

—¿Seguro?

—Estoy de fábula.

—Mmm, me alegro —añadió Godric, algo inseguro—. Eh, la tabla os ha quedado muy, pero que muy bien.

—No nos ha quedado bien —siseó Sal, haciendo hincapié en la palabra ‹‹nos››.

—Pues claro que sí, hombre. Está estupenda. Va a ser un torneo estupendo. Veo que hay equipos y todo.

Sal compuso una mueca burlona y contestó:

—Eso es porque el vuelo de algunos alumnos es francamente lamentable. Solo estoy evitando ridículos innecesarios.

—Muy considerado por tu parte —añadió Gwen e intentó llevar la conversación por otros derroteros—: ¿Qué tal si hacemos pasar a los de primero para que puedan ver con quién les toca y mientras nosotros nos damos un paseíto y nos relajamos…?

—Haced lo que os plazca.

Y dicho esto Sal salió del Salón Comedor a grandes zancadas como alma que lleva el diablo. Godric se llevó la mano a la cabeza, atónito y Gwen volvió a encogerse de hombros con una expresión totalmente angelical.

—¿Qué mosca le ha picado? —preguntó el joven Gryffindor.

—Ni idea —masculló Gwen entre dientes—. ¿Dónde estarán los de primero…?

—¿Pero no deberíamos hablar con Sal primero?

—¡Ya se le pasará! Seguro que los estudiantes andan por los terrenos, voy a buscarlos…

—¡Pero...!

Tarde. Gwen ya se escabullía hacia el vestíbulo y en cuanto él intentó seguirla, tres cabezas asomaron por la puerta del Salón y Godric se olvidó enseguida de la hermosa Ravenclaw al ver a Hengist, a Bedwyr y al pequeño Ignotus, abrir los ojos como platos al ver la tabla de la competición en lo alto. Por lo visto, Gwen no se había dado ni cuenta de que los alumnos de primero ya andaban rondando cerca. Probablemente, Sal o Broky les hubieran avisado de que la tabla iba a ser colocada en el comedor porque tanto Hengist como Ignotus casi sin saludarle, se fueron corriendo hacia ella, totalmente emocionados. Bedwyr los seguía, bastante serio y se paró al llegar a Godric para dedicarle una tímida sonrisa.

—¿No quieres saber en qué equipo te han puesto? —le preguntó Godric después de saludarle amistosamente con una palmadita en la espalda.

—¿Hay equipos? —por el tono de voz del niño, dio la sensación de que estuviera muy aliviado al escuchar la noticia.

—¡Bedwyr! ¡Vas conmigo! —gritó Hengist, loco de contento.

Ignotus por su parte parecía decepcionado. Al parecer lo habían emparejado con una chica que no le sonaba de nada. Sin embargo, se alegró al comprobar que se enfrentaría a Hengist y a Bedwyr en la primera ronda del torneo. Eso sí, a ellos no les gustó ni pizca porque, de los tres, el pequeño Peverel era sin duda el que volaba mejor.

—Bueno, lo importante es participar —susurró Hengist, apesadumbrado.

—¿Tan pronto te das por vencido? —preguntó Godric—. Nunca se sabe con las justas. No solo basta con volar bien. Además, hay que ser diestro y certero con el arma y tengo entendido que por aquí hay alguien que sabe un par de cosas sobre mandobles y puntería, ¿a qué sí?

Bedwyr enrojeció.

—¡Pero yo voy a ser un rival temerario, os lo aseguro! —amenazó Ignotus, muy convencido, lo que hizo reír mucho a Godric. Sus carcajadas resonaron en el salón y se colaron entre los goznes de la puerta al vestíbulo; vibraron entonces entre las paredes de piedra de piedra y alcanzó a escucharlas Broky al subir por la escalera. Al reconocer aquel eco familiar, sonrió con ternura por un segundo antes de recobrar su gesto sombrío y retomar su camino. En la mano aferraba una nota arrugada y ascendía lentamente por la escalinata, algo reticente a afrontar sus miedos y poner fin a todo aquel desastre que le estaba amargando los inicios del curso en Hogwarts. Ni siquiera había podido disfrutar de los estudiantes o la clase de vuelo durante la mañana; tan solo había podido pensar en la distancia que la separaba de Sal, sin dejar de notar cómo, a veces, él la miraba de reojo.

Pronto hubo dejado muy atrás la primera planta y no se dio cuenta de que alguien la seguía. Gwen, que casualmente acababa de entrar en el vestíbulo desde el exterior del castillo donde, por lo visto, no había encontrado lo que buscaba. Rowena intentó llamarla, pero estaba demasiado lejos para escucharla, así que se decidió por alcanzarla. Tenía que hablar con ella cuanto antes. No obstante, cuando llegó al descansillo del tercer piso, vio las faldas amarillas de su amiga desaparecer detrás de una puerta de roble. Volvió a seguirla a buen paso, con determinación, pero justo cuando iba a entrar en el aula, escuchó una tercera voz detrás de la puerta.

—Bueno, ¿vas a seguir evitándome mucho tiempo? —preguntó Salazar, no sin cierta amargura.

Aunque aparentaba serenidad, le delataba una chispa de rabia en los ojos grises. Broky sintió cómo se le encogía el corazón y no supo reaccionar por un momento. Por su cabeza pasaron miles de excusas y, a continuación, lo único que, en realidad, quería decirle: la verdad. Sin embargo, la verdad era demasiado complicada, demasiado peligrosa. Así que, intentó volver a eludirle, una vez más, como si no llevase días y días diciéndole:

—Ahora no es momento de… —Sal la interrumpió, a duras penas conteniendo las ganas de gritar que le oprimían el pecho:

—¡Y cuándo lo será, Broky? —exclamó— ¡Venga, vamos, ilumíname!

—Sal, no empieces… —Ella negó con la cabeza e intentó darse la vuelta, pero él tomó del brazo hecho una furia.

—‹‹Sal, no empieces››. ¿Cómo que no empiece? ¿Te das cuenta de lo ridícula que suenas?

—Oh, claro, yo sueno ridícula. —Helga puso los ojos en blanco y se mordió el labio inferior de exasperación—. Si soy tan ridícula, a lo mejor no merece la pena que hables conmigo.

Dicho esto, intentó marcharse.

—¡No! —Salazar no soltó a Helga—. No te vas a ir hoy, Broky. Llevo detrás de ti desde aquella vez en el bosque y ninguna te parecía buena ocasión.

Al mirarlo, lo vio tan claro, que Broky empalideció. Sal tenía la cara descompuesta; apenas podía reconocer en él al hombre feliz que había sido cuando le hacía cosquillas entre los árboles. Le estaba haciendo daño y no sabía cómo evitarlo.

—Sal, yo… —intentó explicarse—. No podemos.

—¿No podemos qué exactamente? —inquirió Sal, arqueando una ceja—. Dilo.

—Sabes lo que quiero decir —contestó Broky.

—Lo sé, solo quiero oírtelo decir—siseó él y acercándose a ella todo lo que pudo, la acorraló contra la pared—. Quiero que me rechaces con propiedad, Broky, y que me digas por qué.

—Sal, por favor… —Helga no pudo más y se le escaparon las lágrimas.

En ese instante, él perdió fuelle y se sintió tremendamente culpable. Inmediatamente, la soltó y se alejó de ella, descompuesto mientras susurraba:

—Maldita sea, no llores, Broky.

Ella no pensó; fue detrás de él con el brazo en alto, pero él la apartó y le dio la espalda.

—Sal, yo… —No le salían las palabras.

—¿Qué? ¿Tú qué?

Sal pegó una patada a una pared, frustrado, dolido, harto.

Se hizo el silencio. Ninguno de los dos se atrevió a hablar. Solo siguieron allí parados hasta que Sal giró sobre sus talones y la miró a los ojos. Ella parpadeó y, finalmente, se quitó las lágrimas de las mejillas con la manga de la túnica.

—No sé si quiero saber lo que habría pasado de no haber aparecido Godric la otra tarde—comenzó ella—. Ibas a besarme, ¿verdad?

—¿No sabes si…? —Él miró al techo, negó con la cabeza y compuso una mueca de incredulidad—. Sí, iba a besarte y pensé que querías que te besara. Qué estúpido.

‹‹No eres estúpido›› pensó, pero no dijo nada. Sal buscó su mirada, intentó escrudiñar aquellos ojos avellana para dar con algún atisbo de esperanza, pero se rindió. Puede que demasiado pronto. Por un segundo, cerró los párpados, respiró una, dos, tres veces y para cuando volvió a abrirlos, por un instante en su mirada se vislumbró a lo lejos el mundo de tristeza y soledad que tan bien solía esconder dentro de sí mismo. Un segundo después ya no estaba, había vuelto a algún rincón recóndito de su corazón y, en su lugar, solo había un terrible e insondable vacío. Frunció los labios y, resignado, se despidió con un leve asentimiento de la cabeza. No cabían réplicas, Sal salió del aula, tranquilo, sin ritmo, sin prisa, sin pausa, sin más. Al parecer, estaba dicho todo.

Helga lo dejó ir y nada más verlo partir se dejó caer hacia delante para apoyarse sobre el respaldo de una silla, agotada. De pronto, se dio cuenta de que jamás se había sentido tan desgraciada. Rompió a llorar pasado el primer momento de pánico y deseó con toda el alma que él la oyera desde donde quiera que estuviera ya y que volviera a por ella. Terminó por ocultar la cabeza entre los hombros y sollozar bajito. De pronto, notó unos brazos por encima de los suyos y, acongojada, levantó la mirada, esperando que fuera él, que venía a decirle cuánto la quería.

No era él, sino Gwen, que la abrazó sin reservas durante unos minutos que, para las dos, fueron eternos. Fue la joven Ravenclaw la que rompió el silencio:

—Yo no te entiendo, Broky.

—Creo que yo tampoco —confesó Helga.


AMBIENTACIÓN

Cliodne: no es un personaje completamente inventado, sino que sale en uno de los cromos de las ranas de chocolate y está basado en un personaje de la mitología celta. Podéis investigar, si queréis ;).

Owain: (celta) significa nacido para la nobleza.

Toiseach (Toi): (celta) significa amarillo.

Hengist of Woodcroft: le tenéis en uno de los cromos de chocolate.

N.d.a. Empiezo a caer en la cuenta de que, dentro de poco, voy a necesitar un índice de personajes...