Hola que tal? Pasaron bien sus fiestas? Espero que si
Aquí les dejo el nuevo capítulo, espero lo disfruten y me lo hagan saber ya sin mas sigan leyendo :D.
Esto lo hago sin ningún fin de lucro, los personajes le pertecen a Suzanne Collins y la historia a Johanna Lindsey.
A la tercera sacudida, Peeta se despertó y de inmediato se llevó las manos a las sienes.
—¡Por los dientes de Thor! ¿Acaso alguien me golpeó otra vez en la cabeza? —gimió.
—Esta vez, es culpa tuya... y de mi estupenda cerveza.
—¿Eres tú, Ann?
—¿Por qué no abres los ojos y lo compruebas?
—Todavía no. Hasta con los ojos cerrados me parece que hay demasiada luz.
Annie sacudió la cabeza y habló en tono divertido.
—¿A esto te llevó este matrimonio?
Peeta lanzó otro gemido.
—¿Cómo pude olvidarlo?
Abrió un poco los ojos, pero no miró a la hermana. Volvió la cabeza hacia el rincón donde solía estar Katniss. No se alarmó al no verla allí... por el momento.
—¿Dónde está?
—En la capilla, hablando con su hermano.
Peeta abrió grandes los ojos y miró a la hermana con expresión acusadora.
—¿Por qué no me habéis despertado?
Comenzó a incorporarse, pero algo lo retuvo: eran las cadenas de Katniss, que tenía enrolladas alrededor del cuello. Recordó vagamente que uno de los criados le dijo que las había encontrado en el patio. Sin saber dónde ponerlas, Peeta se las enroscó en el cuello pues no quería regresar a su propia habitación.
—Nadie te despertó porque no era necesario —le explicó Annie—. Katniss tenía que convencer a su hermano de que no eras el canalla miserable que la mantuvo encadenada, y si hubieses estado ahí, intimidándola, no hubiera podido hacerlo.
Dejando de lado el tema de las cadenas, Peeta protestó:
—Yo no la intimido.
—El hermano no opina lo mismo.
Arrojó a un lado las cadenas e intentó otra vez sentarse. No logró moverse con tanta velocidad como hubiera deseado pues se había sobrepasado con la cerveza y sentía un dolor casi tan intenso como aquella primera mañana, cuando se despertó después de haber recibido el golpe en la cabeza. Sin embargo, lo que sentía en ese momento se parecía más al pánico.
—¿Al menos dejaste un espía para que escuche lo que Katniss le dice al hermano? —preguntó.
Annie levantó las cejas, asombrada.
—¡Pero si sólo tú, yo y nuestro padre sabemos hablar el idioma! Tal vez a ti no te importe pedirle al padre que espíe, pero a mí sí.
—Tendrías que haberlo hecho tú misma.
—¿Yo? —Exclamó Annie—. Yo ya hice mi parte: puse bien furioso a ese hombre. En comparación, ahora casi te querrá a ti.
Peeta la miró con expresión irritada: la hermana estaba burlándose de él. Lo único que hizo para ayudarlo fue buscarle un peine. Peeta no se cambiaría la ropa que tenía puesta cuando se quedó dormido.
Cuando Peeta ya estaba cerca de la puerta, Annie se animó a preguntarle:
—¿Todavía la odias?
Peeta pensó un momento y la miró:
—¿Por qué me lo preguntas otra vez?
Annie se encogió de hombros.
—Porque te casaste con ella. Si quieres saber mi opinión, eso es llevar la venganza demasiado lejos.
—Ann, no te metas.
Annie chasqueó la lengua.
—Con gusto, en cuanto cierto asno arrogante se marche de mi casa.
Peeta se crispó.
—No soy arrogante.
—Me refería al hermano de Katniss, tonto, no al mío.
Peeta los encontró solos en la capilla, sentados uno junto a otro, hablando en voces tan bajas que no podía oírlas, aunque estuvo un rato oculto, tratando de escuchar. Gale rodeaba los hombros de Katniss con un brazo y Katniss apoyaba la cabeza en el del hermano. Si bien era el hermano, Peeta sintió deseos de quitar ese brazo de allí.
—Espero que el encuentro haya sido agradable.
Al oír la voz de Peeta, Katniss se volvió y Gale se puso de pie con brusquedad. La expresión del hermano era inescrutable y no permitió que Peeta imaginara lo que le habrían dicho. La de Katniss, en cambio, era ansiosa y eso podía significar cualquier cosa, incluso que aún estuviese temerosa por el hermano.
En efecto, antes de ir a la capilla, Peeta se detuvo en la herrería a recoger la espada nueva. Y la llevaba puesta aunque sin armadura, pues aún vestía las ropas con las que se casó. Katniss también llevaba puesto el atuendo de la boda. Peeta no recordaba cómo había llegado a su cama la noche anterior, tampoco si Katniss estaba en la habitación con él, y menos aún si se había desvestido o había dormido con esa ropa, como él.
Por supuesto que Gale había entrado en Odair armado, pero la mano que apoyó al descuido sobre el pomo de la espada al acercarse a Peeta era la izquierda, lo que significaba que no tenía intenciones de usarla. No obstante esa circunstancia podía cambiar en cualquier momento.
Gale se detuvo a unos pasos de Peeta. Antes de que pudiese verlo, el puño del danés voló hacia el otro. Katniss se levantó de un salto y exclamó:
—¡No lo hagas...! —Pero se interrumpió, pues Peeta apenas se había movido. Sólo giró la cabeza y luego miró a Gale con aire divertido.
Para decir la verdad, Gale estaba más encolerizado que afligido al ver que casi no le había causado daño. Katniss, en cambio, estaba desesperada, pues sabía que no tenía influencia sobre el esposo y no lograría convencerlo de que no se desquitara. Pero no tuvo ocasión de intentarlo.
—Eso fue por la preocupación que me hiciste pasar —le dijo Gale a Peeta en tono llano.
—Ah —respondió Peeta, como si lo sucedido fuese lo más lógico que podía pasar. Se tocó la mejilla y agregó—: ¿Eso significa que no quieres pelear conmigo?
—En el presente, no, pero me reservo el derecho de cambiar de decisión en el futuro.
—Sin duda.
La sonrisa de Peeta estuvo a punto de volver a enfurecer a Gale.
—Compréndeme, Mellark. La historia de Katniss no me convence mucho, aunque creo que el deseo de quedarse contigo es sincero. A mí no me agrada, pero lo respetaré. No obstante, dejaré con ella a Plutarch. En caso de que mi hermana recobre el sentido común y quiera regresar a casa, él me la traerá, ¡y que Odín te ayude si intentas detenerlo!
Eso fue suficiente para disipar el buen humor de Peeta y reemplazarlo por un sentimiento poco familiar para él: la posesividad.
—Ahora, éste es su hogar. No querrá alejarse de Wessex.
Esta vez, le tocó el turno de sonreír a Gale, y la sonrisa no fue muy agradable.
—¿Ni de ti? —Se burló—. Hombre, mi hermana está enamorada de tu cara, pero hace falta más que eso para sostener el amor... si es que existe. Tráela a Everdeen dentro de seis meses, y veremos si lo que siente por ti es duradero. Si es así, me alegrará llamarte «hermano».
A Peet no le preocupaba lo que ocurriría seis meses después. Gale había aceptado: se iría sin la hermana. Peeta había logrado resolver la situación sin matar al hombre, o más bien fue Katniss la que lo logró. Daría cualquier cosa por saber cómo lo había convencido, además de afirmar que lo consideraba apuesto. ¿Sería cierto? Esa idea lo satisfizo más de lo que esperaba.
Gale se volvió y vio a Katniss detrás de él. La abrazó, y Peeta experimentó otra vez esa absurda necesidad de separarlos.
La mujer le preguntó al hermano con un tono de voz acongojada:
—Todavía no te irás, ¿verdad?
—No, Katniss —la tranquilizó—. Pero tengo que informar a mis hombres de lo sucedido. Nos marcharemos mañana, y después de informarles yo volveré para quedarme contigo hasta que nos vayamos.
Esa promesa hizo sonreír aliviada a Katniss.
—Tienes que contarme más de esa gran heredera que se negó a casarse contigo.
—Ella se negó, pero el padre no. Estoy reconsiderando la oferta. Rory necesita una madre que le brinde los mismos cuidados que tú. Pero hablaremos de eso más tarde.
Ya le había asegurado que Rory estaba bien, que el brazo estaba curándose. También le contó que los ladrones que asolaban Everdeen dejaron de aparecer enseguida después de la muerte de Romulus. Al parecer, Plutarch le había ahorrado el problema de tener que colgar a ese sujeto y a Katniss no le sorprendió enterarse de que Romulus había sido el responsable de los robos.
Eso explicaba por qué un hombre como Romulus, tan sediento de víctimas, no había hallado una relacionada con esos robos.
Gale se dio la vuelta para marcharse y sorprendió a Peeta contemplando extasiado la sonrisa de Katniss... que se esfumó en el mismo instante en que la muchacha lo advirtió. Antes de irse, Gale le dijo a Peeta:
—Mi hermana y yo tenemos el mismo padre, que compartimos con muchos otros hermanos, pero ella es la única con la que también compartimos la madre. Además de mi hijo, Katniss es mi única familia y la quiero mucho. Te casaste con ella sin mi consentimiento. Si le haces daño, cobraré esa vida que yo mismo salvé.
Peeta no dijo nada. No le gustaban los ultimátum, como tampoco las amenazas sutiles. Las abiertas las respondía al instante, del mismo modo que se presentaban, pero tenía que hacer una excepción con el hermano de la esposa.
Comprendió los sentimientos de Gale, aunque no le agradaron. Hizo un breve gesto de asentimiento y Gale se fue.
Peeta esperó un momento antes de volverse y contemplar otra vez a Katniss, y no le agradó la expresión afligida de la joven.
De súbito, para su sorpresa y alivio, adivinó la verdad.
—¿En serio le mentiste?
La aflicción fue bruscamente reemplazada por algo muy parecido a la ira.
—¿Dudaste de que lo haría? Hicimos un trato: tú cumpliste tu parte y yo no podía hacer menos.
Al oír mencionar el «trato», Peeta también se enfadó, pero antes de que pudiera expresarlo, otra persona apareció en la capilla.
—¡Plutarch! Gale no dijo que estabas...
Se interrumpió alarmada al ver que Plutarch se acercaba a Peeta y lo obligaba a volverse. El puñetazo de Gale no había movido a Peeta, pero el de Plutarch lo arrojó de espaldas al suelo, desmayado.
—¡No! —Exclamó Katniss y se arrodilló junto al esposo—. ¡No puedes lastimarlo, Plutarch!
El gigante preguntó en tono gruñón:
—¿Por qué no?
—Ya lo hemos hecho sufrir demasiado.
—¿Y él no te hizo sufrir a tí?
—En absoluto.
Plutarch la hizo levantar.
—No me mientas como lo hiciste con tu hermano.
La joven se sonrojó.
—En este aspecto, no miento. De verdad, Plutarch. No hizo otra cosa que avergonzarme y lanzarme amenazas que nunca cumplió.
—Todavía desea vengarse.
—Quizás —admitió Katniss—. Pero no puedes intervenir: es mi esposo.
—Uno puede deshacerse de los esposos.
—¡Ni se te ocurra!
En ese instante, Peeta gimió y Katniss volvió a ponerse en cuclillas junto a él. Peeta demoró unos momentos en enfocar la mirada.
—Creo que ya conoces a mi amigo Plutarch —dijo ErikaKatniss vacilante.
Peeta observó al gigante que estaba de pie, detrás de la mujer.
—¿Tú también me golpeaste por la preocupación que te causé, o todavía no terminaste?
—Mi señora dice que ya hemos terminado... por ahora. Peeta posó otra vez la mirada sobre Katniss.
—Hiciste bien en detenerlo. A mi familia no le habría agradado encontrarme aquí, desmayado, y a mí tampoco. Katniss rió y miró sobre el hombro.
—¿Lo ves, Plutarch? No hace más que amenazar.
Plutarch y Peeta respondieron al unísono con un gruñido.
…
Peeta pidió conocer la casa de Peeta y lo condujeron a ella esa tarde, después de la partida del rey. Mientras estuvieron ausentes, Katniss se puso muy nerviosa pues no la invitaron a ir con ellos y se marcharon antes de que reuniese coraje suficiente para pedírselo. Se fueron solos, y eso la puso más nerviosa aún.
Como nadie le dijo que no podía hacerlo, se quedó en el salón. No obstante, los únicos que le dirigían la palabra con suma brevedad, eran los padres de Peeta. Del resto de los presentes, en particular de las mujeres, sólo recibió miradas hostiles: ¡se había atrevido a casarse con Peeta! No la perdonarían.
En ese momento no le importaba en lo más mínimo. Su único pensamiento era que el hermano y el esposo debían de estar matándose y no había nadie con ellos para impedírselo.
Podría haber sucedido cualquier cosa pero, para sorpresa de Katniss, no pasó nada. Gale y Peeta volvieron antes del anochecer, los dos sanos y salvos, y además, Gale estaba de mucho mejor humor que cuando partió.
Sólo tenía elogios hacia la casa de Peeta, claro que, desde el punto de vista masculino.
—Tiene unas pocas esclavas muy complacientes de las que una esposa podría querer deshacerse pero, fuera de eso, creo que te sentirás a gusto allá.
El énfasis que puso en esa palabra le indicó a Katniss que sin duda Gale, al menos, había gozado de esa complacencia, lo que explicaba su buen humor. Después del juego amoroso, el hermano solía estar desusadamente tierno. Katniss buscó síntomas similares en el esposo, pero lo encontró igual que siempre, la sonrisa pronta hacia las mujeres y dispuesto a reírse hasta de sí mismo.
No era que a Katniss le importara que Peeta hubiese hecho uso de aquellas esclavas complacientes. Podía hacer lo que se le antojara, como lo hacían todos los hombres, y la esposa no diría nada pero no por la relación especial que los unía sino porque las esposas no solían entrometerse en lo que los maridos hacían. Una mujer podría considerarse afortunada si una o varias de las compañeras de lecho del esposo no vivían bajo el mismo techo.
Katniss no pensaba quebrar la tradición quejándose, si no resultaba ser una de esas afortunadas. A eso debería dirigir sus energías: a amar al esposo y a esperar que él quizá le correspondiera, pero ninguna de las dos cosas era probable.
Mientras que el ánimo del hermano se había vuelto más que agradable, Katniss en cambio bullía de rabia contenida.
Lo atribuyó a las mentiras que se vio obligada a decir ese día, y a lo preocupada que había estado, pero desde luego que no a la supuesta infidelidad de Peeta.
—Peeta, tiene un gran sentido del humor —le dijo Gale antes de que se sentaran a la mesa—. Pero me imagino que ya lo habrás descubierto.
Katniss no había descubierto nada semejante, y era difícil que lo hiciera. ¿Peeta, divertido? Tanto como un lobo echando espuma por la boca...
Plutarch pasó la tarde en el campamento de Gale pero volvió para cenar con ellos.
Como era su costumbre, se sentó junto a los criados, en otra mesa. A su alrededor, los asientos estaban vacíos pues los hombres tenían miedo de acercársele. Hasta los sirvientes se ponían nerviosos cuando tenían que servirle la comida y los dedos temblorosos de los criados provocaron dos accidentes.
Katniss lo notó, y esto también la irritó. Su amigo no les había dado a los sajones motivos de temor, pero al ver el tamaño de Plutarch ya no veían otra cosa. Claro que no lo favorecían las frecuentes miradas hostiles que lanzaba en dirección de Peeta, y cuando Plutarch adoptaba una expresión hostil, parecía verdaderamente feroz. Pero si a Peeta no le preocupaba, ¿por qué debía de preocupar a los demás?
Katniss recordó una conclusión a la que había llegado y que ya antes la afligía. Plutarch era un hombre solitario.
Los habitantes de Everdeen habían llegado a aceptarlo y eso significaba que lo ignoraban, pero no tenía amigos.
Aunque resultara triste, Katniss era su única amiga y había intentado modificar esa situación. Le asignó un escudero, pero el muchacho había huido. Le encargó tareas para compartir con hombres de su misma edad, pero fue inútil. Hasta intentó que las mujeres de Everdeen se interesaran por él, pero estas parecían horrorizadas por la idea o se reían de ella. Ya tenía casi cuarenta años: necesitaba una esposa, una familia.
Katniss abrigaba la esperanza de que allí, en Wessex, fuera diferente pues había otras personas, noruegas como Plutarch. Incluso las mujeres ya estaban acostumbradas a las grandes estaturas de Finnick y de Peeta, y Plutarch sólo medía unos quince centímetros más que ellos. Sin embargo, por lo que había visto hasta el momento la esperanza no era muy sólida. Katniss se sentó a la mesa entre el hermano y el esposo. Para aparentar ante Gale, Peeta posaba con frecuencia el brazo sobre los hombros de Katniss, en una demostración de afecto conyugal. En un momento determinado, hasta se inclinó y la besó en el cuello, desencadenando una serie de reacciones placenteras en el cuerpo de la joven... aunque Katniss no pudo apreciarlas en lo más mínimo. Por cierto, no creía que luego satisficiera los anhelos que estaba provocándole sin pensarlo.
La mayor parte del tiempo, los dos hombres la dejaron de lado mientras conversaban entre ellos de temas que a la joven no le interesaban o con otros sentados a la misma mesa. La familia de Peeta trató con gentileza a Gale y Katniss se sintió agradecida por eso.
Podría haber sido una comida en extremo incómoda para los dos, pero Gale la disfrutó y, de paso, también Peeta. Rió mucho y no se embriagó con cerveza como la noche anterior. Solamente Katniss deseaba estar en cualquier otro sitio, aunque compuso una expresión agradable en beneficio del hermano.
Cuando al fin pudo marcharse sin ser notada, la sorprendió oír que Peeta también se excusaba para irse con ella. Más todavía: mientras la acompañaba fuera del salón pasó el brazo por la cintura de la muchacha, claro que para fingir ante Gale, y Katniss tuvo dolorosa conciencia de ese brazo, de esos dedos que se apretaban contra sus costillas pegada al cuerpo de Peeta. Tampoco la soltó cuando llegaron al pasillo del piso alto, pese a que Katniss hizo un disimulado movimiento para alejarse.
—Moza, tienes que admitir que esto es tan eficaz como la correa —le dijo, mientras abría la puerta de su propia habitación... que ahora era de los dos.
Al oírlo, Katniss tuvo ganas de empujarlo. Después de semejante afirmación, estaba dispuesta a arañarlo. Si no se hubiera distraído al ver la ropa que había sobre la cama, le habría replicado enfurecida. Peeta se detuvo detrás de ella pero no la tocó.
—Mi hermana es generosa —dijo.
Era cierto. Había tres vestidos con las túnicas interiores en colores que armonizaban, y ninguno de ellos podía considerarse una donación caritativa.
—La generosidad de tu hermana es para ti, no para mí —replicó Katniss con cierta amargura.
—¿Cómo es eso?
—Claro: para que no te avergüences de tener una esposa harapienta.
—¿Y por qué eso tendría que avergonzarme?
Katniss percibió el matiz risueño de la voz de Peeta; se volvió y lo encontró también en los ojos azules.
—Al parecer, me equivoqué. —Se encogió de hombros—. Como a mí tampoco me importa, podrías devolvérselos a tu hermana. Mi hermano me enviará los míos, pero si prefieres que tampoco use los míos podrás guardarlos o deshacerte de ellos.
—¿O arrojarlos por la ventana, como hiciste con algo que me pertenece? —le preguntó.
Al instante, Katniss buscó con la mirada las cadenas esperando no verlas, pero estaban amontonadas en un rincón del cuarto, y al verlas, se enfureció.
—Me niego a usarlas otra vez —dijo en voz baja aunque furiosa.
—Si yo quiero que las uses, lo harás.
—En ese caso, tendrás que pelear conmigo —le prometió.
Peeta rió.
—Ya sabemos cómo termina eso, ¿no?
Katniss lo miró con expresión interrogante.
—¿En serio? Yo no me refería a mí misma, Peeta, sino a Plutarch. Si me viese encadenada se pondría frenético.
En ese mismo instante, el buen humor de Peeta se esfumó.
—¡Ese maldito gigante...!
—Si no quieres que se estropee todo lo que logramos hoy, Plurtarch se quedará conmigo. Mi hermano te salvó la vida. Yo se la salvé a Plutarch. Pero a diferencia de tí, Plutarch se hizo el propósito de pagarme esa deuda.
—Yo se la pagué a tu hermano —refunfuñó Peeta—. Me negué a pelear contra él.
—Pero el resultado de eso no estaba garantizado y, por lo tanto, no basta.
La miró unos instantes enfadado y después dijo en voz suave:
—Provocar mi enfado es arriesgarse a provocar mi pasión. Si no quieres volver a enfrentarte con ella, te aconsejo que no digas nada más.
Le dio la espalda. La pregunta de Katniss, en voz muy aguda, lo tomó de sorpresa:
—¿Gozaste hoy de la compañía de las esclavas, como hizo mi hermano?
Peeta se volvió con brusquedad y la miró incrédulo durante un par de segundos. Luego, la expresión divertida retornó con más intensidad aún, y le dirigió esa sonrisa que Katniss detestaba.
—¿Para desvanecer la ilusión de que estamos enamorados? Claro que no. Esperaré a que se marche tu hermano para procurarme placer.
Katniss le dio la espalda y se encaminó al rincón, dispuesta a ignorarlo. Estaba asombrada de haber formulado semejante pregunta. Y todo porque Peeta había hablado de pasión y eso le recordó lo que había pensado antes acerca de la tendencia del esposo hacia la infidelidad...
Se sentía mortificada: ¡había hablado como una mujer celosa! ¡Y a ese canalla tan apuesto esto lo divertía!
Se le ocurrió disculparse. Sin duda podría encontrar una explicación para su curiosidad que no fuesen los celos. ¡No estaba celosa!
—¡No estoy celosa! —gritó hacia la pared que estaba frente a ella.
—Es un alivio —dijo Peeta a espaldas de Katniss, antes de arrojarle todos los vestidos—. Haz algo con esto. Úsalos si quieres, o no, pero no se los devolverás a mi hermana hasta que te envíen los tuyos. No quiero que la ofendas rechazando su generosidad.
—¿Acaso tendría que importarme? —replicó la joven.
—Moza, nuestro trato es muy endeble. En tu lugar, esta noche yo no lo pondría a prueba.
Katniss no dijo una palabra más.
…
Se llamaba Delly.
La habían robado de su aldea cinco años antes, pues ese pueblo eslavo estaba constituido por criadores de caballos, no por guerreros. No pudieron defenderse del ataque que diezmó la aldea y ella no fue la única mujer raptada por desconocidos. La habían vendido en el oeste y ya había pasado por tres dueños antes de que el último muriera y ella acabara en el mercado de esclavos de Hedeby, en el cuello de la península de Jutlandia.
Aprendió mucho en los años de esclavitud: que tenía poderes que iban más allá de la propiedad, y también aprendió a usarlos en su propio beneficio. Fue muy fácil pues no es que fuera demasiado hermosa con los ojos azules rasgados y los largos rizos rubios, sino sobre todo, sensual. «Sensualidad» debería de haber sido su nombre. La exudaba a cada movimiento, a cada mirada. Sabía cómo enloquecer de deseo a los hombres, cómo esclavizarlos. Estaba tan enraizado en ella que no necesitaba hacer un esfuerzo deliberado para tentarlos: era natural. Era inevitable. Todavía no había conocido un hombre que no quisiera poseerla.
Evitó que la marcaran como esclava y no tuvo que experimentar las pesadas labores que acompañaban a semejante posición. Era demasiado astuta para eso y demasiado perezosa para esforzarse por nada que no fuese alcanzar el lugar de favorita.
Todos los dueños anteriores de Delly habían sucumbido a sus atractivos, otorgándole poderes incluso sobre las esposas, que no conseguían reemplazarla. Con sólo pedirlos, obtenía finos vestidos y joyas, sirvientes que la atendían y hasta sus propios esclavos, si los deseaba.
No: la esclavitud no era penosa para Delly. A decir verdad, llevaba una vida ideal. Su única queja consistía en que lo perdía todo y tenía que volver a empezar si el propietario moría, que era lo que había sucedido con los tres amos anteriores.
En una sola ocasión, cuando la compró el primer dueño, la joven sufrió por su situación, pues al morir el hombre la esposa recuperó el poder: hizo apalear a Delly hasta dejarla medio muerta y la envió otra vez al mercado de esclavos. Delly se aseguró de que no volviese a ocurrirle con el segundo amo: hizo que echara a la esposa. Pero eso no era tan divertido: no disfrutaba del poder sobre una esposa desdeñada. Por lo tanto, con el tercer dueño descubrió que era más sencillo acordar la protección de antemano.
Nunca deseó la libertad y, en consecuencia, nunca la pidió. La libertad no brindaba protección, y Delly quería sentirse protegida y mimada. Tampoco quería un esposo: las esposas tenían demasiadas obligaciones y Delly, en cambio, ninguna. También cargaban con la pesada tarea de engendrar hijos, y Delly no quería saber nada con eso.
Era mucho más placentero usurpar los derechos de una esposa sin cargar con las responsabilidades. Y Delly estaba segura de que allí, en Wessex, se encumbraría a la posición de privilegio a la que estaba habituada.
La única competencia posible, las otras dos esclavas que viajaron con ella, no le parecieron un obstáculo. Paylor era una mujer robusta, de tipo maternal, sin nada destacable con la excepción de que sabía manejar una casa y por eso precisamente la habían comprado. Tenía el cabello de un tono marrón indefinido si bien los ojos, su rasgo más destacado, eran del color del roble dorado. Pero no se lucían en ese rostro casi doméstico... salvo cuando sonreía: entonces parecía bella. Con todo, tenía al menos treinta años, estaba acostumbrada al trabajo pesado y aunque lo intentara no sabría cómo atraer a un hombre.
Glimmer, por su parte, era una escocesa pelirroja, lujuriosa, a la que le encantaban los hombres y solía reír sin motivos, encontrando gracia en todo. Tenía un tipo de belleza un tanto vulgar, con su coloración tan vivaz, pero, ante la hermosura voluptuosa de Delly, desaparecía.
Delly cultivó la amistad del vikingo Beetee, hasta que supo que no la había comprado para sí mismo sino para otro. Se decepcionó, pues le pareció el hombre más apuesto que había tratado de seducir. Al menos hasta el día anterior estaba decepcionada.
La primera vez que vio al nuevo dueño quedó impresionada. No sabía que un hombre podía ser tan hermoso como Peeta Mellark: ni en sus sueños más delirantes imaginó un individuo como este vikingo. La siguiente impresión fue que no le prestó la menor atención, pues se dedicó a describirle a Paylor cuáles serían sus responsabilidades y su autoridad. Por medio de halagos, logró que Beetee le otorgara autoridad sobre las demás criadas, aunque el hombre le advirtió que sólo sería temporal pues la decisión final no estaba en sus manos. El día anterior, Peeta echó un simple vistazo a las tres esclavas nuevas y adoptó la decisión.
Delly no se desanimó sino que se encolerizó. Desde que llegó, trabajó muy poco, dejando las tareas para las otras. Hasta que Peeta le devolviera la autoridad que le había quitado con tanta negligencia, estaría bajo las órdenes de Paylor.
Sin autoridad, Paylor era sumisa como un cordero pero, con el mando, era un verdadero dragón. Pero al menos no era un dragón vengativo pues no se desquitó por todo el trabajo que tuvo que hacer bajo la dirección de Delly. Se limitó a distribuir las tareas de manera equitativa, cosa inaceptable para Delly, que detestaba todo tipo de labores menudas.
Claro que ése era un estado de cosas temporal, que sólo duraría hasta que Delly compartiera la cama del amo. Y de acuerdo a su experiencia, eso ocurriría en el mismo momento en que el amo se instalara en la casa otra vez.
Había llegado la noticia de que el amo y la esposa se instalarían ese mismo día. Delly no tendría que esperar mucho para obtener todo lo que deseaba. Lo primero que pediría sería más cantidad de criados, que era a lo que estaba habituada. Si bien había muchos criados varones, las mujeres sólo eran tres, es decir, dos, y por fuerza algunas tareas recaían sobre Delly: eso era inadmisible.
A Delly no la preocupaba en lo más mínimo que el amo tuviera una esposa flamante, pues ya le habían dicho que la despreciaba y sólo se había casado con ella por petición del rey sajón. Pero en caso de que estuviera enamorado de la esposa, Delly tampoco se habría preocupado. Conocía su atractivo, el poder que le brindaba, y la confianza en sí misma nunca fue defraudada.
Sin embargo, un hombre como Peeta Mellark presentaba un riesgo: que Delly quedara tan subyugada por él como él quedaría por ella. La muchacha siempre se mantuvo desapegada en las relaciones con los hombres, siempre controló sus propias emociones. Pero por un hombre así correría el riesgo...
