Los pasos resonaban en toda la Basílica de San Pedro, en ese momento totalmente desierta. No sabía con exactitud qué hora era, lo único que sabía es que era de noche y que el interior de la basílica sólo se podía describir con una palabra a esas horas: sobrecogedor. Cuando había tenido que retransmitir la capilla ardiente del fallecido Papa apenas se había dado cuenta de la magnitud del lugar donde se encontraba. La había impresionado, claro, pero el hecho de estar trabajando junto a un cadáver al que la embalsamación había servido de bien poco hacía que Claire no hubiera estado lo suficientemente atenta al magnífico lugar en el que se hallaba.
Era por eso que Claire Dilthey no podía evitar estudiar con la mirada cada rincón de la iglesia a cada paso que daba al lado del camarlengo McKenna. El sacerdote había hecho llamar a Gunther y a Chinita, con quienes debían encontrarse en la basílica para tratar el tema de cómo iban a informar al mundo de la amenaza de los Illuminati. Dios santo, Claire aún no podía creer lo que Patrick McKenna estaba a punto de hacer. La Iglesia siempre había guardado silencio ante los escándalos que se cernían en torno a ella, nunca jamás habían mandado un comunicado para desmentir una afirmación, ni tampoco para dar demasiada información a la gente, la verdad es que Claire no tenía muy clara cuál era la función del portavoz del Vaticano… Pero todo eso parecía haber cambiado desde la muerte del Pontífice, ahora que era el joven camarlengo quien estaba, temporalmente, al mando: ruedas de prensa y ahora le parecía que la BBC les iba a coronar en el cielo y en la tierra si volvían a Londres; la información que Patrick McKenna les iba a dar era algo por lo que iban a matar las demás cadenas…
La reportera miró a su acompañante por el rabillo del ojo: no podía evitarlo, le admiraba, le admiraba más a cada segundo que pasaba a su lado, admiraba cómo a pesar de su juventud y de que todo el mundo en el Vaticano pareciera subestimarle, el joven sacerdote continuaba adelante, con una entereza y saber estar que rozaba lo sobrehumano. Claire estaba nerviosa de pensar en interrumpir el Cónclave, algo que jamás de los jamases se había hecho, y eso que ni siquiera era ella quien tenía que hacerlo sino Patrick, pero de igual modo, se sentía nerviosa al no saber cómo reaccionarían los cardenales cuando Patrick McKenna, el protegido del fallecido Papa, irrumpiera en la Capilla Sixtina con un equipo de televisión a sus espaldas. Le daba la impresión de que el camarlengo se estaba jugando todo a una carta y a Claire le daba un miedo terrible que la cosa no saliera como esperaba.
Sin darse cuenta, la joven reportera dio el siguiente paso con el zapato ligeramente torcido, lo que hizo que diera un pequeño traspiés, hubiera acabado en el suelo si no hubiera sido porque el sacerdote reaccionó a tiempo y la sujetó con cuidado por el antebrazo.
- ¡Cuidado! - dijo el camarlengo aún sujetando a la reportera - De menudo golpe te has librado.
- Gracias - agradeció Claire, y se pasó la mano por la frente con aspecto cansado. - Si es que no se puede andar con la cabeza en otra parte.
- ¿Te encuentras bien? - inquirió Patrick.
Ella se apresuró a asentir y murmuró:
- Muy bien. Sólo me he mareado un poquito, pero me encuentro bien.
El sacerdote no pareció muy convencido, miró a su alrededor y dijo:
- Tus compañeros no han llegado aún, siéntate conmigo un rato, a ver si se te pasa.
- Estoy bien, en serio… - empezó a decir ella, pero al ver la mirada de Patrick supo que por mucho que dijera lo contrario no lo iba a convencer - Está bien.
Los bancos donde los fieles se sentaban a oír misa no estaban allí, por lo que la reportera siguió al sacerdote hasta unas pequeñas escaleras de mármol que había junto al famoso baldaquino que presidía el altar mayor de la basílica. Conforme se iba acercando al mismo, Claire tuvo que bajar la mirada: le asustaba que fuera tan enorme, en su vida no recordaba haberse sentido más pequeña. Algo parecido a cómo se tuvo que sentir Gulliver cuando despertó en el pueblo de los liliputienses, sólo que al revés. Cuando llegó a las escaleras, la reportera se sentó en uno de los escalones, apoyando la cabeza en la palma de su mano izquierda:
- De repente me doy cuenta de lo cansada que estoy - dijo Claire, con la frente perlada de sudor, mirando a Patrick, que se había sentado a su lado en los escalones de mármol y la escuchaba con atención - Está siendo un día muy muy largo, esta misma mañana he pasado cinco horas retransmitiendo en la Plaza de San Pedro y parece que fue hace mucho.
- Todo acabará en unas horas, se solucionará - contestó el camarlengo intentando animarla, pero había conseguido todo lo contrario: hacía mucho que Claire pensaba que las cosas no iban a solucionarse, que llegaría la medianoche, la antimateria estallaría y… Todo habría acabado, pero no de la forma que Patrick McKenna pensaba.
Por su parte, el camarlengo no dejaba de estudiar a la joven con la mirada mientras ella miraba a ver si se había hecho daño en el tobillo al tropezarse, y, mientras lo hacía él no podía dejar de pensar en el abrazo que habían compartido hace unos minutos en el despacho papal. La mente del sacerdote se esforzaba de veras por mantenerlo en el contexto: ella sólo había tratado de animarlo en un momento que había considerado que necesitaba consuelo, nada más. No sabía por qué se torturaba tanto si, realmente, apenas la conocía, pero dicen que es en las situaciones de vida o muerte cuando le gente se muestra tal y como es, sin medias tintas ni nada que esconder. Por lo que había llegado a conocerla esa tarde, podía decir que Claire Dilthey era culta, con fortaleza interior (aunque ella pensara que carecía de ella), también impetuosa, aún recordaba cómo le había ordenado cortar la llamada con el hombre que la había disparado sin ni siquiera pararse a pensar a quién estaba mandando órdenes, y valiente, en cierto modo, para poder aguantar todo lo estaba aguantando esa fatídica tarde-noche sin que le hubiera dado un ataque de histeria y hubiera pedido a gritos que la llevaran a un hospital. Sabía que era porque el hombre que había intentado matarla seguía ahí fuera, pero Patrick no podía evitar pensar que no se trataba tan sólo por eso, desde el primer momento le había mostrado lealtad absoluta, aunque él no se la hubiera pedido, y, para ser sincero consigo mismo, era un detalle que había agradecido.
La reportera suspiró y dirigió su mirada hacia la bóveda principal de la basílica, a través de las lejanas ventanas veía el cielo azul marino, parecía que había algunas nubes… ¿Cómo era posible que realmente fuera una noche como todas las demás cuando lo que se avecinaba parecía algo menos que el Apocalipsis? Jamás de los jamases había pensado que… Nunca había pensado que pasaría el último día de su vida en el Vaticano, como a todo el mundo, alguna vez le habían hecho la típica pregunta de "¿qué harías si murieras mañana?". Todo el mundo solía decir cosas como estar con la familia, con la gente a la que quería… Bueno, en cierto modo, Claire estaba empezando a notar que quizás algo de eso si podría concordar.
- Es extraordinario, ¿no crees? - oyó Claire decir al camarlengo McKenna, quien creía que la joven estaba admirando el aspecto arquitectónico del interior de la basílica.
- Es muy hermoso - admitió ella asintiendo - Pero, la verdad, nunca me han gustado este tipo de iglesias.
- ¿Por qué no? - se extrañó Patrick, la basílica de san Pedro era la mayor iglesia de la cristiandad y era impresionante miraras por donde la miraras, nunca había sabido de alguien a quien no le agradara.
- Es que… - contestó Claire dejando de mirar al cielo y volviendo la mirada hacia su acompañante - Me siento una hormiga aquí dentro, sobrecoge un poco, quizás esta noche en particular más que nunca.
Parecía que el sacerdote iba a decir algo, pero de oyeron pasos en el templo. Era increíble, aunque fuera un lugar tan enorme, en absoluto silencio se podía oír hasta el revoloteo de una mosca. Tanto Claire como Patrick irguieron un poco la cabeza buscando al autor de los pasos, y por fin le vieron. El camarlengo y la reportera habían tenido el dudoso honor de tratar con él esa tarde-noche, Claire sólo hace unos minutos en el despacho papal cuando el viejo sacerdote había entrado hablando del Opus Dei y llevándose los diarios de Vittoria Vetra. El hombre advirtió la presencia de los jóvenes allí, pero les ignoró tan pronto como les dirigió una mirada fulminante, y desapareció por una puerta contigua.
- Parece que no le caes nada bien al padre Simeón - dijo Patrick McKenna mirando a Claire.
- Dilo, me odia - le corrigió la reportera de forma risueña - Y no te hagas el tonto, que he notado que también tienes tus diferencias con el padre Simeón… Dios, qué bien poder ponerle nombre de una vez.
- ¿Ah sí? - preguntó el camarlengo pensando qué habría percibido exactamente la joven.
Claire le miró arqueando una ceja:
- Bueno… es evidente. No se diferencia mucho del comandante Richter en carácter, sólo que éste habla un poco menos. - suspiró y añadió - Cuando estaba sola en el despacho papal apareció y estaba hecho una furia…
- ¿Por qué estaba furioso?
- Al principio pensé que era porque me había pillado tirando a la papelera unos boletines del Opus Dei… Lo siento, no te molestes - añadió ella por si acaso, pero el sacerdote hizo un gesto invitándola a seguir hablando - Pero creo que ya venía furioso de antes, pero no sé por qué… - y terminó de decir ella, mirando sonriente al sacerdote - Pero creo que tú tienes algo de culpa.
Patrick esbozó una leve sonrisa y, pasados unos instantes, preguntó:
- ¿Puedo preguntarte una cosa?
- Yo primero - pidió ella, se le había ocurrido una cosa que quería saber acerca del sacerdote mientras había estado pensando en cuánto parecía disgustarle el joven al padre Simeón.
- De acuerdo - asintió el sacerdote sorprendido a la par que halagado.
- Mmm… ¿Desde cuándo eres el camarlengo? - preguntó Claire apoyando la mejilla en la mano, atenta a la respuesta de Patrick.
Tras unos instantes en los que el sacerdote estuvo haciendo memoria, para sorpresa de Claire: si tenia que recordar tanto debía de haber sido hace muchísimo tiempo; Patrick McKenna respondió:
- Fue un par de años después de hacer el servicio militar, aquí en Italia. Tendría unos 20 años cuando mi padre fue elegido Papa.
Ignorando lo raro que sonaba que un sacerdote le dijera que su padre fue elegido Papa, la joven comentó en voz alta:
- ¿El servicio militar? No te veo en plan recluta… - señaló ella con sinceridad.
- No, me alisté en la aeronáutica. Pilotaba helicópteros para llevar a los heridos al hospital… - explicó Patrick.
- ¿Sabes pilotar un helicóptero? - exclamó la joven subiendo un poco el tono de voz debido a la sorpresa, el sacerdote asintió un poco risueño ante la cara que se le había quedado a Claire - Guau… Y yo que pensaba que era genial por ganarle al FIFA a mi hermano.
- Has acabado haciendo tres preguntas en lugar de una - señaló el camarlengo sin ningún tono de reproche en la voz - Mi turno.
- Touché - dijo la reportera aún estupefacta, y dejó escapar una risa nerviosa - Pregunta.
- ¿Qué tienes en contra del Opus Dei? - preguntó con tacto el camarlengo McKenna.
La joven le miró algo dubitativa, parecía como algo cohibida y abrumada ante la cuestión del sacerdote:
- No respondas si no quieres - añadió Patrick al ver la reacción de Claire, quien se apresuró a interrumpirle con un pequeño gesto.
- No, no es nada… ¿Eres del Opus Dei? - preguntó ella estupefacta.
- No - dijo el sacerdote negando con la cabeza.
Claire tomó aire y murmuró:
- Vale, era por saber cómo de sincera puedo ser. Mira, - dijo ella situándose más cerca de él para explicárselo - sinceramente, no sé cómo el Vaticano puede financiar algo así. Para mí… Es una secta de ultras religiosos, lava-cerebros, y muy agresiva. No se detienen ante nada…
Patrick observó que la reportera parecía demasiado entristecida como para haber vivido esa situación tan sólo de lejos.
- ¿Alguien que conoces es miembro del Opus Dei?
La reportera se mordió el labio inferior mientras asentía con la cabeza: no soportaba pensar en Eddie.
- Se fijan en una persona, una persona pura e inocente, una persona buena. - murmuró Claire poniendo especial énfasis en esa última palabra - La atraen, la engañan, la separan de la gente que los quiere de verdad, y cuando te das cuenta… - ella agachó la cabeza - Cuando te das cuenta no la reconoces: se ha convertido en alguien totalmente distinto a quien tú conocías, para conocer a un extremista capaz de cosas muy muy malas en nombre de aquello en lo que supuestamente cree.
- ¿Cosas muy malas? Me temo que no te entiendo - contestó Patrick McKenna, sin comprenderla muy bien. - ¿Qué podría hacer una persona así?
- Cosas… - dijo Claire recordando - Cosas terribles, con las que se hacen daño a ellos mismos y a la gente que de verdad les quiere… Abandonan a sus seres queridos. El fanatismo es como un veneno… Te invade y te nubla la razón. Las peores cosas que pasan en el mundo están propulsadas por el fanatismo.
El camarlengo pareció quedarse perplejo ante la respuesta de la periodista, quien se había quedado algo desanimada tras explicar sus razones para no simpatizar con el Opus Dei. La reportera seguía pensando en lo mucho que podía cambiar una persona y el daño que podía llegar a hacer a la gente que les quería por… Por nada, por una tontería, por gente a quienes ni siquiera les importaba.
Tal como había pasado en el despacho papal, los recuerdos remontaban a Claire Dilthey hasta el día de su graduación en la Universidad. Tenía 25 años, el pelo algo más corto y ese traje de graduada con birrete ridículo a juego. Poco después de haber posado con sus compañeros para la foto de grupo y con el diploma aún en la mano, la joven buscaba con la mirada entre la gente que se abrazaba y felicitaba entre sí, hablando de cómo, al fin, se habían librado de la universidad. Irguió la cabeza buscando por encima de la gente: Dios santo, como se le hubiera olvidado le mataba…
- ¡Bu! - exclamó alguien cogiéndola por los hombros repentinamente desde detrás, provocando que la chica diera un leve sobresalto.
Claire se quitó el birrete y se lanzó a la persona que la había asustado, que se desternillaba de risa.
- Eddie, cada día eres más predecible… - señaló la chica regañándole en broma, después de todo no podía enfadarle nada un día como ése.
- Pues has pegado un buen brinco, no disimules. ¡Enhorabuena! - terminó exclamando el joven abrazando a Claire - ¿No te has quedado en la gloria?
- ¡Sí! - dijo ella risueña - Dios mío, no voy a volver a memorizar ningún término periodístico nunca en mi vida: prefiero la muerte.
- Amén - sentenció Eddie estrechando fuertemente la mano de la rubia - Bueno, ¿qué quieres hacer esta noche? Te llevo a donde quieras, cueste lo que cueste.
- Mm, no me tientes, no vaya a ser que te arrepientas - rió Claire.
Una chica de pelo castaño rizado, vestida también con el traje de la graduación. se acercó a Claire, totalmente emocionada:
- ¡Claire, enhorabuena! - saludó ella efusivamente.
- ¡Emily! A ti también, ¡eres un crack! ¿Ves como al final todo ha salido bien?
- ¡Eh! Esa frase es mía - señaló Eddie.
- Hola Eddie, ¿cómo va todo? - saludó Emily también al joven - Claire, vamos a ir después a una discoteca, ¿vienes no?
- Sí, claro, supongo. Es una graduación, ¿no? - asintió Claire risueña.
- Si vais a hacer una hoguera con los apuntes yo me apunto, todavía me quedan algunos de mi carrera que están molestando, para que luego digan que el saber no ocupa lugar… - afirmó Eddie revolviéndose ligeramente el pelo.
- Claro, vente. - dijo Claire risueña. - Pero… - añadió cogiendo a Eddie por el hombro - Recuerda que me debes una cena.
- Las que tú quieras, preciosa. - dijo Eddie besando la frente de Claire - He visto a Billy por ahí, voy a ver qué tal le va. Os veo luego.
La rubia se despidió con un gesto de la mano, sonriente.
- Un chico interesante… - señaló Emily mientras veía cómo Eddie se acercaba a hablar con otro compañero - Me encanta la gente tan sociable y amena.
- Sí, muchas veces me pregunto si el golpe que se dio de niño jugando al fútbol no le habrá desatado. - rió Claire - Me ha preguntado muchas veces por ti, podrías… - añadió con gesto coqueto - No sé, acercarte un poquito a él esta noche…
- Celestina de pacotilla - contestó la castaña sonriente pero ligeramente ruborizada. - Bueno… De momento nos vamos a una fiesta, ya veré lo que hago.
- Claire
Y, como había pasado antes, volvía a tener 29 años, estaba en la basílica de san Pedro, con una herida de arma de fuego en el hombro izquierdo y bajo una amenaza de bomba: ojalá hubiera podido quedarse en el día de su graduación. Aunque tenía un motivo para no arrepentirse de haberse podido quedar entre sus recuerdos. Patrick McKenna la miraba como si la reportera pudiera desvanecerse de un momento a otro, pero nada más lejos de la realidad.
- ¿Estás bien?
- …Sí, muy bien - asintió Claire, como quitándole importancia, pasándose la mano por la frente - Sólo… Estaba teniendo un flash-back, ya sabes, como en "Perdidos"…
El sacerdote no dijo nada, sino que siguió examinando a la chica con la mirada: desde hacía un tiempo estaba notando que había algo en ella, no sabía el qué, porque ni siquiera la veía como una tentación propiamente dicha, no estaba interesado en eso, era más su forma de ser, lo que le estaba cautivando era la forma de ser de la joven, el hecho de que, sin apenas conocerle, se hubiera mostrado totalmente leal a él… Ese algo desconocido que flotaba entre ellos que le invadía y le estaba nublando el juicio y, a pesar de la definición que había hecho Claire, podía jurar que no era fanatismo. Parecía otra cosa.
- Deja de mirarme así, estoy bien - oyó decir Patrick a la voz risueña de Claire.
- ¿Qué? No te estaba mirando - se apresuró a decir el camarlengo.
La reportera puso cara de incredulidad:
- Me tienes justo aquí delante y no me estabas mirando…
El sacerdote guardó silencio durante un momento: la verdad sea dicha, había sido una respuesta muy estúpida. Era obvio que la miraba, ella estaba a su lado y, sí, la estaba mirando. Pero, ¿cómo? Claire había dicho que dejara de mirarla "así", ¿así cómo? No podía saberlo, apenas se había dado cuenta de que la había estado observando, estaba pensando en… Dios, estaba pensando en ella.
- ¡Claire! - resonó una voz en la basílica.
La susodicha giró la cabeza, rompiendo el contacto visual con el camarlengo, quien salió precipitadamente de su cruzada mental, hacia el punto de donde provenía la voz y tras unos instantes de sorpresa, esbozó una sonrisa de oreja a oreja. Se apoyó en el brazo derecho para levantarse y salió corriendo hacia la persona que la había llamado:
- ¡Chinita! - dijo la joven abrazando a su compañera cámara, sintiendo que las palabras salían atropelladamente de su boca - No sabes lo que me alegro de verte, Dios mío, estaba tan asustada por vosotros.
- ¿Por nosotros? ¡Y nosotros por ti! Pero Claire, ¿qué te ha pasado? - exclamó Chinita fijando en toda la cantidad de sangre seca que había en la camisa de la reportera. - Cariño, no es por ofender, pero tienes un aspecto horrible…
- Es… Es un poco complicado, no os lo ibais a creer - terminó diciendo Claire, dirigiendo la mirada a Gunther Glick, que se acercaba a sus compañeras de cadena, pocas veces se había alegrado tanto de verle - Gunt, qué alegría verte.
- ¿Dónde te has metido? ¿Sabes todas las explicaciones que le hemos tenido que dar a los jefes? Todo el rato llamando: "¿dónde está Claire?", "¿dónde está Claire?"… - exclamó Gunther como haciendo que hablaba por el móvil - Claire, ahí fuera… Ahí fuera se nos está materializando el Pulitzer: ¡se están cargando a gente!
- Qué me vas a decir a mí… - murmuró la joven con cansancio, no sabía cómo explicarles todo lo que le había pasado esa tarde-noche.
- Ay, menos mal que estás bien - acabó diciendo Chinita volviendo a abrazar a su compañera, le hizo algo de daño en la herida, pero no dijo nada, le devolvió el abrazo con cariño a su amiga.
Claire respiró hondo: se había asustado mucho cuando el Hassasin había mencionado a sus compañeros por teléfono y si a ella le había pegado dos tiros, no la había matado de milagro, ¿qué no podría hacerle a sus amigos? Estaba feliz de verles a ambos allí, sanos y salvos. Sin que ninguno de los tres trabajadores de la BBC se hubiera dado cuenta, el camarlengo McKenna se había acercado al grupo, después de todo era él quien les había mandado llamar y era él quien tenía que decir el plan que tenía en la cabeza. De veras tenía que concentrarse en ese plan. Permaneció en silencio hasta que Chinita se separó de Claire, advirtiendo su presencia allí. Claire podría jurar que, por la cara que había puesto su amiga, Chinita no había olvidado al joven sacerdote:
- Chinita, Gunther - dijo Claire, dando un par de pasos hacia Patrick - Él es el camarlengo Patrick McKenna, pero supongo que ya lo sabréis.
- Absolutamente… Encantada - murmuró Chinita como hipnotizada pero paró cuando Claire le hizo un sutil gesto con la cabeza indicándole que no fuera por ahí.
- Un placer - respondió el sacerdote a los dos compañeros de Claire - Supongo que querrán saber por qué les he mandado llamar.
- …Bueno, ¿no es por ella? - afirmó Gunther señalando a Claire, que se encontraba cruzada de brazos entre Patrick y Chinita.
- Bueno en parte es por esa razón - asintió el camarlengo - Pero el verdadero motivo es lo que está ocurriendo esta noche en el lugar en que nos encontramos. Nos ataca un viejo enemigo…
Patrick comenzó a contarles a Gunther y Chinita lo mismo que le había dicho a Claire en su momento, cuando ella llegó al Palacio Apostólico. Sólo esperaba que Gunther y Chinita tuvieran un poco más de estómago y nervios de acero, y no tuvieran la misma reacción que ella, que había tenido que tranquilizarse a base de agua fría en la cara. Pero Gunther y Chinita no parecían tan asustados como ella: a Chinita sí se la iba viendo algo inquieta a medida que iba sabiendo más datos de lo que estaba pasando, pero miraba a Gunther, que estaba con la boca ligeramente entreabierta y los ojos como platos, y podría jurar que sabía cuál era la única palabra que estaba rondando por su cabeza en ese único momento, y no era ni "miedo", ni "angustia"… Era "Pulitzer".
Oyéndole hablar a sus compañeros, Claire se sorprendía que haber olvidado cómo el sacerdote sabía transmitir naturalidad y seguridad cuando hablaba en público, simplemente cautivaba. No es que con ella hubiera distinto, lo había sido, en cierto modo, pero hablando de tú a tú era mucho más él sin perder ninguna de las virtudes que demostraba hablando en público. La reportera sonrió pensando que ésa era una de las cosas que más le gustaban de él. Pensar así cada vez la alarmaba menos, pero sí pensaba que era poco menos que preocupante.
Finalmente, el sacerdote dijo a Gunther Glick y Chinita Macri que les cedería todo el material del que disponía la Guardia Suiza relativo a los asesinatos de los cardenales, a los Illuminati… Que el mundo tenía derecho a saber lo que estaba pensando, y que sería algo que los Illuminati no esperarían. La Iglesia siempre había callado, siempre había permanecido en silencio ante los mayores escándalos y ante las mayores nimiedades, no esperarían que esta vez fuera distinto. Quizás lo único que había hecho falta era alguien joven, más dispuesto a cambiar cosas. Alguien con quien esos psicópatas no habían contado.
- Si son tan amables de seguirme - oyó decir Claire al camarlengo McKenna, quien se volvió hacia ella - Claire…
- Sí, voy - asintió ella saliendo de su ensimismamiento.
El sacerdote se adelantó con paso decidido, mientras Claire, Chinita y Gunther le seguían unos cuantos pasos por detrás, ocasión que Chinita aprovechó para intercambiar una mirada divertida con la rubia, quien la miró entre confusa y divertida: conocía a Chinita lo suficiente para saber lo que quería decir sin ni siquiera preguntarlo.
- ¿Qué? - preguntó Claire en voz baja, aún sabiendo perfectamente lo que pensaba Chinita.
- Venga, no me obligues a decirlo a mí, ¿qué está pasando aquí? - contestó Chinita de forma coqueta. Vale, la rubia sabía que con ese tono no se podía referir al "rollo iluminado".
- Aquí no está pasando nada - sentenció Claire con la cabeza.
- Venga ya, no te he visto mirar así a nadie en tiempo… - sonrió Chinita - Reconócelo, te gusta…
La joven esbozó una breve sonrisa y ladeó un poco la cabeza, la expresión de Chinita cambió por completo: ahora era expresión de total y absoluta sorpresa.
- ¡Qué fuerte! - exclamó la cámara del grupo, haciendo que Gunther prestara atención a la conversación y la rubia mirara a su alrededor sobresaltada y pidiera a Chinita que se tranquilizara - Claire, te estaba tomando el pelo, pero… Dios mío, qué fuerte.
- ¿Qué es tan fuerte? - preguntó Gunther en un murmullo a Chinita, quien le susurró algo al oído al periodista. - ¿Qué has hecho qué? Corruptora… - preguntó éste a Claire en voz baja, totalmente alarmado.
- ¡Chinita, no distorsiones, que yo no he hecho nada! - se indignó la joven, intentando mantener el tono de voz bajo - Simplemente… Ay Dios mío -murmuró Claire pasándose la mano por la frente - Creo que me gusta.
- A ver Claire, diferencia, gustar… Es simplemente cosa de carisma, gustar me ha gustado hasta a mí - dijo Gunther, provocando la risa de sus compañeras. - No pasa de ahí, ¿no?
- No - afirmó la joven de forma rotunda, quería acabar con ese temita ya - Sois vosotros que os inventáis las cosas. Oye, tengo que deciros una cosa que me preocupa…
Chinita se llevó la mano a la boca de forma dramática:
- No me digas que tienes un retraso
- No, graciosilla. - dijo Claire como si estuviera cansada de hablar de ese tema con dos niños de cinco años - Me ha llamado Eddie.
Tanto Chinita como Gunther dejaron de andar y se quedaron mirándola como si no la hubieran visto en su vida o como si de repente Claire se hubiera vuelto loca.
- Eddie… ¿Tu Eddie? - murmuró Gunther.
- Sí, mi Eddie. - asintió Claire - Dos veces.
- ¿Le has cogido el teléfono? - dijo Chinita algo nerviosa.
- No, no he podido. He visto las llamadas perdidas en el móvil, luego he tratado de llamarle pero nada… La verdad no me esperaba otra cosa. - murmuró Claire sin saber muy bien qué decir, sensación que parecían compartir Chinita y Gunther.
Sus dos compañeros se miraron sorprendidos entre sí y luego volvieron a mirar a Claire:
- …Pero si, desde que empezó todo ese rollo del Opus… Las cosas se pusieron horribles y… Ay, Claire, que no puede ser. - terminó diciendo Chinita.
- Igual… No sé, otra persona tiene su móvil… Es que tenía tantas ganas de, simplemente, poder hablar con él. - admitió Claire pensando que había sido una necia al pensar que Eddie podría haberla llamado para algo.
- ¿Me acompañan? - oyó decir al camarlengo McKenna bastantes pasos por delante de ellos, quien, gracias al cielo, había permanecido sin advertir la conversación de los corresponsales de la BBC.
- Sí, claro, ya vamos - dijo Claire presurosa, volviendo a reiniciar el camino junto a sus compañeros. Tenía muchísimas cosas que pensar, y todas y cada una de ellas parecían importantes de forma vital. Ya pensaría en ellas, ahora tenían un cónclave que interrumpir, algo que no se había hecho nunca jamás, algo que hizo que Eddie desapareciera de su ajetreada mente, algo que la hizo volver al lugar donde debía permanecer esa fatídica noche: al lado del camarlengo McKenna, apoyándole, siendo leal a él en un entorno hostil, dándose cuenta a cada minuto que pasaba que cada vez se le hacía más difícil pensar que llegado el momento todo terminaría, y no volvería a verle jamás.
Pensar eso le afectaba más de lo que debería pero, simplemente, no podía evitarlo y, a estas alturas, tampoco quería.
