Hola muchachuelas n.n aquí estoy de nuevo con este fic que va a paso de tortuga pero al fin y al cabo va xD. Espero que os guste este cap y os aviso de que posiblemente las actualizaciones comiencen a alejarse de fechas ok??

Bien: CAPÍTULO 11


11. Más vale maña que fuerza

Ari caminaba hacia su mesa con mucha prisa, esperando que sus compañeras no hubiesen sospechado nada a causa de su retraso.

Justo después de despedirse de Remus había acudido a la carrera a su habitación para dejar las bolsas y, después de asegurarse con un rápido vistazo de que toda la decoración colorida para la fiesta sorpresa estaba en orden, había bajado al trote a la sala común. Pero cuando estaba caminando hacia el retrato de la dama gorda escuchó los fuertes pisotones, junto a groseras exclamaciones bien conocidas por la chica, de un Sirius que bajaba con demasiada prisa por la escalera. Temiéndose cualquier ataque hacia su persona y continuando con sus movimientos de escaqueo a pesar de que ya tenía un as en la manga gracias al moratón que el Golpeador lucía en el labio, se apresuró a salir por el hueco del retrato y dejó a sus espaldas al nervioso Gryffindor que, como ella sospechaba, estaba en su búsqueda, pero por una razón muy distinta.

Al fin llegó junto a sus amigas que, excepto Alice, la cual le dirigió una mirada suspicaz, estaban terminándose el postre.

- ¿Por qué has tardado tanto? – preguntó la castaña con el ceño fruncido.

- He tenido un encontronazo con Black… - mintió con suma sutileza.

- Bueno, vamos ya a la habitación que me tenéis todas de los nervios… - pidió Lily levantándose para evitar un comentario impaciente de la propia Alice y una respuesta quisquillosa proveniente de Ari o Corinne.

Las cuatro se levantaron y se dirigieron a paso ligero hacia su habitación mientras Corinne y Ari se intercambiaban miradas cómplices que ponían a las otras dos Gryffindor de los nervios.

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- Creo que la mejor forma de solucionar esto es tranquilizándonos – opinó Remus mirando hacia la escalera de las chicas con el ceño fruncido. No podía permitir que Alice se enterase de que Frank estaba enamorado de ella, porque no era una simple atracción, su amigo estaba muy pillado por la castaña.

- ¿Tranquilizándonos…? – repitió Sirius mirando al prefecto - ¡Tranquilizándonos! – insistió levantando la voz. - ¡Mira mi boca! – ordenó apuntando con un dedo su labio inferior, que mostraba un aspecto amoratado e hinchado - ¿Tú piensas que podremos tranquilizar a Frank antes de que me ponga un ojo a juego con el labio? – bramó.

- Padfoot, Moony tiene razón, deberíamos subir a la habitación y pensar con calma – acertó a decir James inspeccionando las paredes que rodeaban la escalera-rampa – Además¿cuándo hemos salido nosotros mal parados de alguna? – preguntó en un intento de calmar al Golpeador. – Confía en mí…

Sirius miró con inseguridad a sus amigos y asintió al fin. Éstos comenzaron el regreso a su habitación y el moreno les siguió, dirigiendo una última mirada a las hechizadas escaleras. Nunca antes había deseado tanto subir por ellas…

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Frank entró en el aula de Astronomía. Cuando cerró la puerta tras él la oscuridad contaminó su alrededor y el silencio tan sólo fue interrumpido por un suspiro del rubio. Caminó a ciegas, esquivando los cómodos sillones polvorientos que invitaban a observar el firmamento, el cual se adivinaba tras los enormes ventanales. Ahí tenía la certeza de que estaría sólo. Hacía ya algunos años que el profesor de Astronomía no les llevaba a ese aula, para desesperación de los alumnos amantes de la materia, que no soportaban las aburridas clases teóricas en las que se habían convertido las interesantes observaciones de los astros.

El Gryffindor llegó junto a una ventana especialmente grande. Ésta estaba repleta de polvo y, después de intentar mediante un hechizo limpiarla, consiguiendo únicamente aumentar la cantidad de suciedad, se apoderó de un trapo que había cerca y la limpió a mano. El cielo lucía un ambiente mágico aquella noche… tan sólo faltaban tres días para luna llena. Sonrió casi imperceptiblemente. Tres días para que su gran amigo Remus se perdiese en la enfermería tras una noche tremendamente dura… Sí, hacía ya casi dos años que había descubierto el gran secreto del castaño, cosa que no era difícil cuando, todos los meses, el prefecto desaparecía misteriosamente por dos días para volver a aparecer totalmente sano a escepción de alguna marca en su piel alegando cualquier excusa absurda, como que su madre había enfermado o que había estado castigado. Pero no hacía mucho tiempo había descubierto al castaño en la enfermería, cubierto de arañazos y prácticamente inconsciente. Fue ahí cuando comenzó a atar cabos, sobre todo después del extraño mal estar de su amigo aquella noche en la isla, cuando la luna aguantaba fervientemente su crecida por una semana más. Las fechas en las que el Gryffindor desaparecía siempre estaban comprendidas en el periodo de luna llena, siendo la noche de mayor plenitud del astro cuando sus cuatro compañeros de habitación le dejaban sólo en el cuarto. No había logrado averiguar aún qué tenían que ver Sirius, James y Peter en todo eso, pero lo que sí sabía era que el prefecto sufría aquellas noches la maldición de ser un hombre lobo.

Al principio se sintió reacio a aquella noticia, llegando a comportarse mal con el pobre Remus. Pero, tras informarse y comprobar que la personalidad de los humanos que son hombres lobo no se ve afectada por ese problema, lo único que hizo fue reprenderse por el mal trato que había dirigido al prefecto y cambiar su actitud agresiva por una amistad compasiva. Decidió no comunicarle al castaño lo que había descubierto, prefiriendo que fuese él mismo el que se lo comunicase cuando estuviese listo. Y a partir de ahí había comenzado una gran relación de amistad con él, comprobando que su personalidad no se veía afectada, al contrario, Remus era el único que le apoyaba en todo y estaba ahí siempre, quizás porque se sentía culpable al no confesarle a su amigo su secreto, pero a pesar de todo, Frank no le guardaba rencor. Se sentía muy orgulloso de la discreta confianza que compartía con el prefecto, el único que le entendía y que se daba cuenta de sus problemas.

Al contrario que Sirius.

El moreno cada día lo alteraba más. A pesar de ser igual que James, éste se metía en todo lo que no le incumbía y el rubio había tenido más de una vez la tentación de partirle la boca. Pero había sido aquella noche la cumbre de su desesperación. ¡¿Cómo se atrevía a leer sus cartas?! Era algo tan… privado. Ni la propia Alice, si las cartas no estuviesen dirigidas hacia ella, tendría autorización de hacerlo. Y llegaba él y la leía en alto, desperdigando por toda la habitación su secreto más oculto, el cual, una vez que estuviese en boca de Peter o del propio Sirius, no tardaría en saberse por todo el colegio. Sabía que sus amigos no lo hacían a posta, pero era innata su capacidad para soltar información confidencial.

Volvió a suspirar. Acercó con cuidado uno de los sofás a la ventana, le quitó la tela polvorienta que tenía encima descubriendo un feo estampado floreado, y se sentó, sin antes tropezarse con la pata de una mesa. Miró de nuevo la luna creciente mientras se pasaba las manos por la cabeza. ¿Cuánto tiempo tardaría Alice en saber que no sólo la quería como amiga?

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-¡No miréis! – pidió Corinne a Lily y Alice mientras les apuntaba con la varita a los ojos, amenazándolas con aplicarles un hechizo peligroso de ceguera temporal.

- ¡Nos vamos a caer! – se quejó Alice haciendo el intento de abrir un ojo, pero al ver la varita firmemente sujeta por Corinne, volvió a cerrarlo de inmediato.

- Que no, pesadas. Sólo dos escalones más – indicó Ari, que las esperaba en la puerta de su habitación con una gran sonrisa – Ya – exclamó cuando las dos Gryffindor llegaron a lo alto de la escalera – A la de tres abrís los ojos… Uno… - Alice emitió un agudo chirridito de emoción – Dos… - Lily suspiró con impaciencia – Y… ¡Tres!

Las dos amigas abrieron los ojos y, al instante, sus bocas sufrieron el mismo destino.

Ante ellas estaba la puerta de la habitación, tal y como había estado siempre, pero, tan sólo un paso hacia dentro, una enorme sala repleta de luces de colores y almohadas que cubrían el suelo les daba la bienvenida con pancartas que rezaban "¡Feliz cumpleaños, pepinillas!" o "¡Alice y Lily, mayores de edad por fin!". La pelirroja no tardó en salir corriendo al interior y, justo en ese momento, se dio cuenta de que la habitación estaba insonorizada, ya que al traspasar el umbral de la puerta, un hechizo sonoro se repetía constantemente con una leve sintonía que les deseaba feliz cumpleaños. Entonces vio que, flotando junto a las paredes, había más de diez cuencos de chucherías mágicas que esperaban pacientes a ser comidas. Alice llegó junto a ella al instante y, después de frenar en seco a observar el espectáculo que sus amigas habían preparado, miró a Lily y las dos sonrieron con felicidad.

- ¿Qué os parece? – preguntó Corinne entrando con una gran sonrisa y observando el trabajo que había hecho, ya que ella se había encargado de colocar todo lo preparado por Ari mientras esta se encargaba del regalo, al contrario de lo que habían acordado al principio.

- ¡Es genial! – exclamó Lily – Está compuesto por… un montón de hechizos que alteran la composición natural de la tierra. Gravedad, espacio…

- ¡Basta, Lil! – pidió Ari ruborizándose.

- Pero… ¿Por qué habéis hecho algo tan… grandioso? – preguntó Alice feliz al ver como Pepis salía de entre un par de cojines rosas peludos.

- ¿Qué por qué? – preguntó Ari con incredulidad – Primero: es el último año que vamos a pasar en Hogwarts, la última vez que vamos a celebrar vuestro cumpleaños aquí – Sus tres amigas la miraron apenadas – Pero sobretodo… ¡Porque ya sois mayores de edad! – continuó intentando arreglar el momento melancólico en el que se habían sumido las chicas.

- ¡Sí! Ya podemos irnos de vacaciones todas juntas – exclamó Corinne sonriente.

- Y… ¡ya podemos beber alcohol de forma legal! – gritó Ari sacando de un armario amarillento las dos bolsas de bebida que le había proporcionado Remus.

- ¡WOW! – exclamó Alice - ¿Cómo lo has conseguido?

- Una, que tiene sus contactos… - alardeó Ari mirándose las uñas.

- ¿Alcohol? – preguntó Lily mirando las bolsas como si se tratasen de un escreguto de cola explosiva.

- Sí – contestó Corinne previendo que su amiga iba a oponerse.

- Pero si eso no está permitido en el colegio…

- ¡Oh, vamos Lil! Es tu cumpleaños… no escatimemos en diversión – le pidió Ari.

- Bueno, yo no digo nada, pero no voy a beber – determinó la pelirroja.

- ¿Por qué? – preguntó Alice con molestia.

- Porque ya tuve suficiente con las esporas de Inviraíz como para encima ahora emborracharme. Lo siento chicas, os lo agradezco pero no voy a beber.- concluyó mirando a sus amigas con una sonrisa de sinceridad - ¡Sin embargo no dudo que vaya a disfrutar esta fiesta a lo grande! – exclamó. Ari chasqueó la lengua mientras sonreía y Corinne asintió acercándose a coger un cuenco de meigas fritas.

- ¡Bah! No pasa nada… cuantas menos bebamos, a más tocamos – determinó Alice, que por primera vez respetó la decisión de la pelirroja.

- Pues… ya que todo está dicho… - comenzó Ari sonriendo de forma traviesa - ¡Qué empiece la fiesta!

La morena levantó la varita y el sonido repetitivo que les deseaba a las dos Gryffindors un feliz cumpleaños cambió, adquiriendo así la habitación una música animada y movida que Lily reconoció al instante y, con un gritito de sorpresa, comenzó a bailar.

Yo sé que tú me quieres,

Pero no paras de incordiar

Tú sabes… yo te quiero

Pero no paro de pensar:

¿Nos corresponderemos

O nos odiamos de verdad?

- ¿Qué sacamos primero? – preguntó Corinne a Ari sonriente, viendo como la Cazadora observaba con alegría como sus otras dos amigas se divertían saltando de un lado a otro.

- Mmmm… - La morena miró las dos bolsas que la delegada le mostraba y cogió una de ellas, para descubrir las tres botellas verdes con un líquido rosa. – Vamos a empezar por estas, que son más suaves y tienen efecto alucinógeno. A ver qué tal… - dijo sacando una de las botellas.

Justo cuando la botella había salido de la bolsa, un pergamino cayó al suelo.

- ¿Qué es eso? – preguntó Corinne recogiéndolo.

- Supongo que será la factura… - respondió Ari mientras servía la bebida en tres vasos.

- Entonces vamos a guardarla y ya mañana miramos qué le debemos a Remus – determinó la delegada metiéndose el pergamino en el bolsillo.

Ari asintió de acuerdo con la morena y le tendió un vaso para luego alcanzarle el otro a Alice.

- ¡Chin-chin! – exclamó Alice parando de saltar y bebiéndose todo el líquido de su vaso con un solo trago.

- ¡Bueno, tranquila! Que aún os tenemos que daros los regalos…- comentó Ari de forma despreocupada, pero las dos Gryffindors la miraron con los ojos abiertos como platos y una gran sonrisa en la cara.

- ¿Qué hay más? – preguntó Lily con incredulidad mientras se metía a la boca un par de ranas de chocolate que habían saltado sobre ella cuando se acercó al cuenco en el que esperaban.

- Hombre, si no lo queréis nos lo quedamos nosotras… - bromeó Corinne.

- ¡No! – exclamaron Alice y Lily al unísono.

Ari sonrió y, tanteando en la pared, abrió una puerta camuflada entre la decoración. El baño, tal y como todas lo conocían, apareció al otro lado de la puerta. Sonriendo se agachó y recogió dos paquetes que había en el suelo, para después volver a la habitación donde Lily y Alice la esperaban ansiosas.

- Este es de Lily y este de Alice – informó la Cazadora dándole a cada una su paquete.

- ¡Ah! El mío es más grande – le restregó Alice a Lily enseñándole su regalo, que tenía una medida mayor.

- En realidad tu paquete es un regalo que debería ser para las dos… - explicó Ari dando un sorbo a su vaso – Lo que pasa es que tu verdadero regalo aún no ha llegado…

- Pues nada, ahora es mío. – determinó la castaña rompiendo el papel y extrayendo una caja marrón. En ese momento Lily ya había liberado su regalo del envoltorio.

- ¡Un pensadero! – exclamó con entusiasmo.

- Creímos que te gustaría guardar todas las guarradas que te hace Potter para la posteridad… - explicó con sarcasmo Corinne. Lily le hizo una mueca de desagrado que al instante desapareció para dejar paso de nuevo al entusiasmo que le producía su regalo.

Entonces Alice terminó de abrir su caja, cerrada a presión, y sacó otra pequeña cajita, pero esta era de madera con unas iniciales grabadas y una fecha: "L, Ar, Al y C – 11/11/1977".

- Ábrela – le indicó Ari, levantando la varita y parando la música.

Alice le hizo caso y abrió la caja. De ella salió un resplandor rojizo que provocó una multitud de sombras en la pared. Una dulce música comenzó a sonar, proviniendo del interior de la caja. Era la melodía de una canción que la propia Ari se había inventado hacía ya algunos años y que se había convertido durante mucho tiempo en su himno.

Poco a poco el resplandor fue adquiriendo más matices y, al cabo de unos segundos, Ari señaló la pared y las otras tres miraron allí y sonrieron, sintiendo como un nudo en la garganta no les dejaba respirar. Una multitud de imágenes se dibujaban en la pared, proyectadas por la luz que provenía de la cajita. Eran fotos. Fotos de ellas cuatro riendo, discutiendo, cantando, durmiendo… fotos que habían ido acumulando a lo largo de esos siete años que llevaban juntas. El resplandor comenzó a girar y las fotos parecían cambiar al ritmo de la música, convirtiendo la tierna proyección en una película que comenzaba con cuatro niñas de miradas inocentes y acababa con otras cuatro adolescentes que sonreían de forma pícara a la cámara.

- Es… es… ¿cómo lo habéis hecho? – preguntó Lily secándose unas lágrimas que habían resbalado por sus mejillas. A lo largo de ese instante, observando la cantidad de imágenes que sus amigas habían recopilado, se había dado cuenta de que una etapa de su vida muy importante iba a acabar en tan sólo siete meses.

- He comprendido que la biblioteca puede ser muy útil en algunas ocasiones – respondió Ari, emocionada al ver como sus amigas habían sentido lo mismo que ella había experimentado al hacerlo.

- Ya era hora – contestó Lily con una sonrisa.

- ¿Qué te pasa, Alice? – preguntó Corinne mirando a la castaña, que había cerrado la cajita y miraba al suelo con seriedad.

- No quiero ser mayor de edad… No quiero salir de Hogwarts – respondió la Gryffindor en un murmullo. Sus otras tres amigas se miraron con una sonrisa nostálgica y no dudaron en lanzarse sobre la castaña para calmar esos pensamientos.

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Sirius suspiró por onceaba vez. No quería pensar qué sería de su integridad física si la dichosa carta llegaba a manos de Alice. No es que temiese a Frank, es más, estaba convencido de que si peleasen él ganaría. Pero esa vez la culpa entera era suya y recibiría las consecuencias con la cabeza en alto, aunque pudiese ganarse un ojo a juego con el labio.

- A ver, repasemos lo que tenemos hasta ahora – pidió James, que paseaba de un lado a otro de la habitación descolocándose el cabello continuamente. – No podemos llegar a su habitación volando con la escoba porque el techo de las escaleras está muy bajo. Tampoco podemos llegar a su habitación por la ventana porque en realidad no sabemos qué ventana es y no es plan de ir produciendo paradas cardiacas a todas las Gryffindor que nos vean volando frente a sus habitaciones… Tampoco hay tiempo para convertirnos en chica… - El Capitán suspiró y se tiró sobre su cama – Padfoot, no te preocupes, ahora hay muy buenos remedios contra los moratones.

El Golpeador volvió a suspirar mientras se levantaba y se dirigía al baño con intención de revisar su labio, pero entonces Peter dijo algo que le interrumpió la marcha:

- ¿Podrán subir los animales las escaleras?

- Pues claro, sino cómo iba a subir el Pepis ese… un momento – se interrumpió Sirius a sí mismo. Remus y James iluminaron sus caras y miraron sonrientes al Black. - ¿Es posible que sea tan sencillo? – preguntó en un susurro.

Al instante los cuatro Gryffindors se dirigieron a la Sala Común. Cuando llegaron al pequeño saloncito comprobaron que estaba vacío, exceptuando a una pareja de quinto curso que estaba camuflada entre las sombras del fuego.

- ¿Qué hacéis aquí todavía? – preguntó Remus adquiriendo un tono responsable que sólo empleaba en sus tareas de prefecto - ¡Vamos, a la cama!

- Pero…

- ¡No hay más que hablar! – ordenó el castaño, interrumpiendo al confundido chico.

Nada más dicho eso los dos interrumpidos Gryffindors se despidieron con molestia y subieron a sus respectivas habitaciones. Los cuatro chicos esperaron a escuchar las puertas cerrarse y se apresuraron a mirarse con esperanza.

- No sé si funcionará…- susurró Remus expresando su duda.

- Bueno, no perdemos nada por intentarlo – respondió James encogiéndose de hombros. - ¿Quién sube?

James, Sirius y Peter compartieron miradas interrogativas.

- Yo… creo que debería subir Padfoot – opinó Remus interrumpiendo el momento.

- ¿Por qué? – preguntó con molestia el Golpeador.

- Pues porque un ciervo es muy escandaloso, además, dudo mucho que por ese hueco quepa su cornamenta… - explicó señalando la distancia que había entre las dos paredes de la escalera – Y a Peter podrían reconocerle.

- Es verdad… - admitió Peter, aliviado por haberse librado del trabajo sucio.

- Claro, como en este castillo no hay más ratas aparte de él… - se burló el moreno

- Padfoot, te ha tocado – corroboró James sonriente golpeando suavemente la espalda de Sirius e ignorando su mordaz comentario. El moreno les miró con odio y chistó la lengua.

- No sé cómo, pero siempre os salís con la vuestra… espero que me cubráis las espaldas y que insonoricéis la torre. No quiero escuchar los gritos de esas cuatro… - murmuró con refunfuñe mientras se alejaba con paso lento hacia el centro de la sala, donde había un espacio libre de mayor tamaño.

Los cuatro se quedaron en silencio, intentando asegurarse de que nadie les podía pillar, y entonces Sirius bufó y comenzó con su papel.

Cerró los ojos para concentrarse y, a los pocos segundos, una distorsión de su imagen contaminó la vista de los otros tres, que le miraban con paciencia. De pronto su estatura empezó a disminuir y el borrón de colores en el que se había convertido la silueta de su cuerpo adquirió un tono oscuro que, progresivamente, se volvió negro. Poco a poco la silueta volvía a ganar la batalla a la distorsión y, como si una leve neblina se hubiese disipado de sus ojos, Remus, James y Peter observaron ante ellos, en el lugar donde antes había estado Sirius, a un enorme perro negro de grandes dimensiones que les miraba con la lengua fuera.

- Sigues siendo demasiado lento, Padfoot – comentó críticamente James mientras se apoyaba en el respaldo de uno de los sillones de la Sala Común. La única respuesta que recibió a esa crítica fue un gruñido de protesta.

- Vamos, antes de que venga alguien – apremió Remus sin apartar la vista de las escaleras y el retrato de la Dama Gorda.

El perro volvió a gruñir, pero esta vez con un matiz de sumisión, y se dirigió con indecisión hacia las escaleras de las chicas. Cuando llegó a los pies de la escala miró con rencor a los tres chicos y procedió a subir. Al posar una de las patas sobre el primer escalón todos observaron maravillados que la escalera no había sufrido ningún cambio. Los tres Gryffindor emitieron unos graves susurros de alegría y Sirius, con la lengua afuera en señal de felicidad, se decidió a subir con seguridad.

Todos veían su propósito cumplido, pero cuando faltaban escasos escalones para llegar al descansillo en el que le esperaban todas las puertas que daban al paraíso masculino de cualquier petulante animago, la escalera, como reticente a su subida, comenzó a vibrar y, de pronto, de la forma más brusca que habían visto jamás, los escalones desaparecieron y una rampa abrillantada ocupó el lugar de éstos.

Sirius comenzó a patear mientras gruñía de forma lastimosa y resbalaba torpemente hasta la Sala Común, ladrando al final de forma desesperada. Cuando, con muy malas pulgas, decidió incorporarse entre lametones a sus magulladas patas, sus amigos llegaron a su lado reteniendo carcajadas e intentando mostrarse interesados por el estado de salud de su amigo perruno.

Arriba, no tan al margen de la situación que se desarrollaba en la Sala Común, las cuatro Gryffindors escucharon a la perfección los gruñidos desesperados del animago por no perder el equilibrio y, finalmente, el golpe y ladrido que anunciaba su llegada a suelo firme. Y si lo habían escuchado era por una simple casualidad, de esas que suelen darse en los momentos más inoportunos: Lily, notando como sus amigas comenzaban a sentir los efectos de la bebida, había hecho un instante de descanso, parando la música para permitir que las tres Gryffindors se tumbasen a descansar del frenético baile de risas que habían comenzado hacía ya un buen rato. No es que no se lo estuviese pasando bien, al contrario, no recordaba haberse reído tanto nunca, pero temía por el estado de sus amigas al día siguiente y, además, estaba mareada de tanta música.

Así, justo cuando acababan de tumbarse, escucharon los sospechosos sonidos. Rápidamente se incorporaron y compartieron miradas de incomprensión, hasta que Ari sonrió emocionada y se levantó con rapidez.

- ¡Un perro! – exclamó yendo hacia la puerta con alegría.

- No… Ari¿dónde vas? – preguntó Lily nerviosa porque alguien viese a su amiga en ese estado. Ya habían sufrido un mes y medio de castigo porque, en parte, James se había emborrachado a pesar de la petición de McGonagall de que su comportamiento fuese ejemplar. No quería estar otro tanto entre bayetas y cubos de limpieza.

Pero aún tras la pregunta de la prefecta, Ari abrió la puerta y salió al exterior de la habitación. En ese momento, Pepis, el gato de Alice, que había estado preparado para la acción después de escuchar el ladrido de su enemigo natural, saltó tras la Golpeadora y salió de la habitación como un rayo.

- ¡Pepis! – le llamó Alice, asustada por la integridad de su mascota. Y así, siguiendo los pasos de su amiga y su gato, la castaña, esquivando a Lily, que veía como todo se echaba a perder, salió del cuarto.

- ¡Yo también quiero ir! – exclamó Corinne, que había sido interceptada por Lily finalmente.

- Ya sabía yo que esto de lo ilegal no podía ser bueno… - murmuró la prefecta cerrando la puerta y observando como su amiga se sentaba entre los cojines refunfuñando. – A ver, Cori, tienes que quedarte aquí un momento. Yo voy a por Ari y Alice y ya vuelvo ¿vale?

- ¿Y por qué no te acompaño mejor?

- No… tú quédate aquí – rebatió la pelirroja con delicadeza. Corinne bufó enfadada y se tumbó en los cojines cruzada de brazos. Lily suspiró. Se quedaría un momento con su amiga para tranquilizarla y bajaría a por las otras dos. No podía dejar que fuesen así por el colegio.

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Las dos Gryffindor descendieron, con cuidado a causa de su mareo, la escalera, que había recuperado su forma natural al instante.

Abajo los chicos escucharon a la perfección el torpe camino de las dos chicas y Sirius, que no tenía suficiente tiempo para volver a su estado natural, subió las escaleras hacia su habitación y completó su trasformación en el descansillo. Pero justo cuando iba a bajar, escuchó como algo no iba del todo bien.

- ¡Remus!,¿Has visto un perro? – preguntó Ari observando la sala detenidamente e ignorando a los demás chicos que había en la habitación.

- Eh… no.- mintió el licántropo – Ari¿había algún pergamino en las bols…? – pero antes de poder terminar la pregunta, el retrato de la Dama Gorda comenzó a abrirse. Justo en ese momento Lily salía de su habitación en busca de sus amigas. Y así, tanto Sirius y Lily como todos los presentes en la sala, escucharon a la perfección la voz de la jefa de su casa.

- Sí… es una tragedia – susurraba la profesora a alguien que estaba con ella frente a la puerta de la Sala Común de Gryffindor – Tener aquí a Cassandra habría sido fantástico… Todo el mundo sabe que las Trelawney son personas especiales. – explicó.

En ese momento, y recuperados del susto, Peter se lanzó con rapidez hacia su escalera y James, directo a realizar el mismo acto cobarde que su amigo, fue interceptado por Remus, que le indicó que cogiese a Alice y la subiese junto a ellos a la habitación de los chicos. El prefecto se encargaría de Ari. James comprendió al instante las razones de su amigo y apuntó con su varita a la castaña a la vez que Remus apuntaba con la suya a la Cazadora y, tras unos susurros similares, las dos comenzaron a flotar. Dirigidas por los dos Gryffindors, subieron las escaleras que conducían a la habitación de estos entre agudos chillidos de impotencia por ser llevadas a un lugar al que ellas no querían ir.

McGonagall, indiferente a todo eso, continuó con su conversación, que ya solamente era atendida por su acompañante y por Lily, que sabía que era un mal momento para bajar a detener a esos que habían raptado a sus amigas

– En realidad Albus me contó que Cassandra había predicho su propia muerte… Sí… sin embargo se negó a ello y la invitó a que pasara junto a nosotros los años que le quedasen de vida…por su puesto él no imaginaba que esta catástrofe sucedería tan pronto. Es una verdadera pena que no haya llegado si quiera a ser presentada como se merecía. – Lily frunció el ceño. Conocía el nombre de la mujer de la que hablaba la profesora y, después de unos instantes, lo recordó. Era la anciana que se habían encontrado ella y James cuando fueron al despacho de Dumbledore a recibir la noticia de que eran los Premios Anuales de aquel año. ¿Había muerto? – Por supuesto, siento el haberte retrasado – se disculpó la profesora – Hasta mañana Filch.

Lily se mordió el labio inferior mientras pensaba en lo que había escuchado. Al parecer a la tal Cassandra Trelawney le habían ofrecido trabajar en Hogwarts. Sabía que esa mujer era importante pero aún no recordaba en qué campo destacaba…

- ¡Señorita Evans! – Lily se sobresaltó al escuchar como la profesora interrumpía sus pensamientos - ¿Qué hace ahí parada?

Lily observó que estaba a los pies de la escalera. Debía haber bajado hasta abajo mientras escuchaba la conversación, en la que había estado tan interesada que no se había dado ni cuenta de su descenso.

- Eh… Estaba comprobando si todos los alumnos estaban en sus habitaciones… - respondió de forma titilante, produciendo una cierta inseguridad en la profesora. – Ya me iba a la cama – informó dándose la vuelta.

Con cautela avanzó los tres primeros pasos, esperando que la jefa de su casa la llamase en cualquier momento, pero cuando comprobó que aquello no iba a suceder, subió la escalera que llevaba hasta su habitación con rapidez.

Al llegar al cuarto y encontrarse con una Corinne dormida mientras roncaba fuertemente, recordó su verdadero propósito: Ari y Alice. Suspiró sin saber qué hacer y se prometió que, una vez que McGonagall hubiese abandonado la sala común, iría a la habitación de los chicos en su rescate.

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- ¡Sh! – exclamó James tapándole la boca a Alice, que llamaba a gritos a su gato.

- ¿¡Pero cómo se os ocurre traer a estas aquí!?- preguntó con enfado Sirius mientras observaba como Ari se sentaba en la cama de Remus con una palidez extrema en la cara.

- Pues porque no era plan de que McGonagall las pillase borrachas – explicó Remus.

- ¿Y a nosotros qué? – preguntó Sirius, sintiendo como su molestia aumentaba progresivamente.

- Padfoot, piensa – pidió James, cansado de tapar la boca a Alice y sentir como esta, en un acto de defensa, le lamía la mano – Las bebidas se las hemos proporcionado nosotros ¿acaso quieres que volvamos a limpiar retretes?

Sirius bufó, observando de nuevo a Ari, que se apoyaba en la mesilla con la cabeza enterrada entre los brazos.

- Fantástico… dos borrachas en mi habitación y una carta comprometedora perdida por mi culpa… - el moreno miró a Alice y sonrió cínicamente – ¡Y encima tendré que alegrarme porque Charsing está en mi habitación y no corre peligro el gran secreto! – exclamó con sarcasmo.

- Pues deberías – contestó Remus acercándose a Ari para comprobar si estaba bien.

- ¿Qué? – preguntó Sirius con incredulidad - ¡Lo que debería es no meterme! Yo no quiero saber nada de todo esto… - gruñó encerrándose en el baño.

- Cobarde…- murmuró James. Entonces Ari, dentro de su mal estar, recordó las palabras de Regulus hacia Sirius y pensó que quizás el Slytherin tenía razón en cuanto a la gallardía de su hermano.

James suspiró y apartó la mano llena de babas de la boca de Alice, que le miró mientras se secaba los labios.

- ¿Y ahora qué? – preguntó Remus mirándole.

- Charsing… ¿había algún… papel en las bolsas de bebida? – inquirió el moreno en respuesta a la pregunta del prefecto.

- ¿Qué bolsas? – James miró a Remus y a Peter sin saber qué hacer y entonces se fijó en Ari, que descansaba con la cabeza al fresco que entraba por la ventana abierta. - ¿Y tú Simonds¿Sabes qué bolsas digo?

Ari se volvió a mirarle con una ceja enarcada y una media sonrisa de incredulidad.

- Estoy borracha, no estúpida – le contestó torpemente – Claro que sé qué bolsas dices…- James sonrió, feliz de comenzar a avanzar algo en su tarea de recuperar la carta de confesión de Frank.

- ¿Y había algún pergamino dentro? – preguntó Remus con calma, sin querer hacerse ilusiones.

- Sí… la factura. – Remus frunció el ceño, ya que recordaba perfectamente que la factura la tenía él - ¿Por qué? – inquirió Ari volviendo a cerrar los ojos a causa del mareo.

- Es que… la necesitamos para ver una cosa – contestó el prefecto, suponiendo que lo que habían encontrado no era ninguna factura.

- Pues pídesela a Corinne. Ella se la quedó. – explicó zapateando con la lengua.

James asintió mirando a Remus. Tenían que conseguir esa supuesta factura… Pero justo en ese momento, Alice se echó hacia delante y vomitó a los pies del Capitán, que se retiró con rapidez y miró asqueado el suelo, en el que se esparcía el charco de un color desagradable.

- Tenemos que devolverlas a su habitación… - comentó Remus limpiando con un fregoteo el suelo.

- Primero Charsing, antes de que nos regale otra arcada – indicó James. Remus asintió, esperando que Corinne no estuviese muy borracha y respondiese de forma razonable a la petición que tenían que hacerle.

Los tres Gryffindors, excepto Sirius, que continuaba en el baño, ayudaron a Alice a levantarse y pidieron a Ari que les esperase allí. No había peligro de que se escapase. La única salida era la Sala Común y es donde estarían ellos. Así podían aprovechar para ayudar a la tambaleante Alice lo máximo posible.

Ari asintió mientras se tumbaba en una de las camas y cerraba los ojos intentando alejar de su vista aquella habitación, que parecía moverse bajo sus pies. No estaba en un grado de borrachera de no saber quién era o dónde estaba, pero sabía que no tardaría en llegar a él. En cuanto aquella bebida alucinógena completara su efecto no sería capaz ni de pronunciar una palabra con sentido. Pero aún así confiaba en Remus, aunque Potter estuviese por medio y Peter también por lo menos le quedaba el consuelo de que Black era un cobarde que no se encargaría de ella.

Y así estaba, sintiendo como su estómago daba tumbos dentro de ella, cuando la puerta del baño se abrió y un Sirius aún molesto entró a la habitación. Pero no tardó en quedarse paralizado al ver como Simonds, su mayor enemiga, descansaba tumbada en su cama con los ojos cerrados y la tez pálida.

No podía creer que aquello fuese cierto. Había salido del baño al no escuchar movimiento, pensando que ya se habrían ido todos, pero lo que no imaginaba era que se encontraría con que Ari aún estaba allí y, para colmo de males, dormida en su cama. La furia comenzó a subirle desde los dedos de los pies hasta que llegaron a la punta de su cabello negro. ¡En su cama!

- Pero qué… ¡TE CREES QUÉ HACES! – bramó acercándose con rapidez a la Gryffindor, que había dado un bote al escuchar el grito del moreno en mitad de aquel silencio tranquilizador. - ¡FUERA! – ordenó empujándola sin realizar casi esfuerzo y tirándola de la cama.

- ¡IMBÉCIL! – gritó Ari levantándose con cuidado, ya que no gozaba de demasiado equilibrio.

- ¿Imbécil¡¿QUIÉN TE HA DADO PERMISO PARA TUMBARTE EN MI CAMA!?

- ¿Tu cama? – preguntó la Cazadora mirando el lecho con las cejas alzadas – Ya decía yo que olía a pocilga…- murmuró y de pronto sintió un fuerte mareo. Y en aquel momento, al mirar a Sirius a la cara, vio como, en lugar de su cabeza despeinada y enfurecida, el rostro de un cerdo le devolvía la mirada. Sin poder evitarlo y, debido a su estado, sin preguntarse por qué narices veía aquello, comenzó a reírse mientras le señalaba.

- ¿De qué te ríes? – preguntó Sirius, que no entendía el comportamiento de la chica. Pero lo único que recibió de ella fue un hipido y más risas. – ¿Bebida alucinógena?… ¡Por Merlín, Remus, qué ideas!

Pero por todo grito o chillido, lo único que Ari hizo fue seguir riéndose hasta que de pronto un pinchazo en la cabeza la hizo coger aire con esfuerzo y tirarse de nuevo a la cama del Gryffindor para soportar mejor la jaqueca que parecía atacarle a propósito.

- ¡EH! – bramó Sirius con indignación.

- ¡NO GRITES! – ordenó la morena con los ojos cerrados y un brazo sobre la cara. – Cerdito… - y, comenzando la tarea anterior, volvió a estallar en carcajadas, a pesar de que sentía que con cada una de ellas su cabeza se partiría por la mitad.

- ¿Cerd…? – repitió Sirius con incomprensión. Aún más furioso al sentir que no entendía absolutamente nada, bufó y levantó el colchón dispuesto a tirar de la cama a la chica. Pero esta, esforzándose en parar los pinchazos que seguían acuciando su cabeza, se agarró al fuerte brazo del moreno y le hincó las uñas. El Golpeador emitió un gruñido mientras soltaba bruscamente el colchón que, con la misma brusqueza, le devolvió el golpe en las rodillas, haciendo que el Gryffindor perdiese el equilibrio y cayese en la cama junto a la morena.

Ari sitió a la perfección cómo Sirius caía a su lado, quedando peligrosamente cerca de ella. Pero para aquel entonces la morena ya no sentía ni dolor en la cabeza ni molestia por él. El efecto del alcohol había llegado al máximo.

Sirius se dobló para agarrarse las rodillas sin darse cuenta que de esa forma quedaba aún más pegado a la Cazadora, pero Ari, absolutamente ajena a lo que pudiese pasar, bostezó mientras se preguntaba qué había sido de su estómago, el cual parecía haber desaparecido de golpe llevándose con él su mal estar. Sin embargo el Golpeador no parecía estar por la labor de dejarla dormir en paz. Reuniendo la furia que el golpe le había producido, se acercó al oído de la morena y, cogiendo aire profundamente, se preparó para gritarla. Pero antes de poder finalizar su tarea, Ari se dio la vuelta sobre la cama sin abrir los ojos. Sentía un cansancio enorme y lo alucinógeno de la bebida había convertido la sólida superficie en una vertiginosa cama de agua para ella. No se encontraba mal, es más, aquel lento vaivén producido por el mareo que no parecía reconocer la hundía cada vez más en un soporífero sueño. Así, cuando Sirius estaba a punto de comenzar con su bramido, se encontró con el tranquilo semblante de la Gryffindor a escasos centímetros de su cara. Sin poder evitarlo, lo que iba a ser un furioso grito se convirtió en una queja casi imperceptible que únicamente consiguió que Ari se revolviese dulcemente pegando su cuerpo aún más al del moreno, que tragó saliva sintiendo como su corazón se aceleraba ante la proximidad de la chica.

¿Desde cuándo narices se ponía nervioso por estar acostado en la misma cama con una chica, o mejor dicho, desde cuando Ariadna Simonds le ponía nervioso?

Aumentando aún más su furia, bufó y posó las manos sobre los hombros de Ari dispuesto a separarla de él. Pero entonces la morena gruñó graciosamente mientras saboreaba su paladar y respiraba profundamente, haciendo aparecer en su rostro una sonrisa de placer.

- Que bien huele…- murmuró acercándose al moreno mientras olfateaba cerca de su cuello. Ante esto, Sirius solo pudo boquear intentando buscar una respuesta suficientemente brusca para hacer que la morena volviese en sí. Y como no lograba encontrarla, comenzó a separarse de ella reculando hacia atrás, pero Ari insistía en su tarea y le seguía aún con los ojos cerrados, inconsciente de lo que hacía, hasta que al fin Sirius consiguió separarse de ella al sentir como el borde de la cama llegaba al final e, irremediablemente, perdía el equilibrio y caía al suelo. Ante esto Ari abrió un ojo y, al verse sola en la cama, se encogió de hombros y se acurrucó sobre el lecho, dispuesta a continuar con su siesta.

- Simonds… - gruñó Sirius levantándose del suelo y sentándose en la cama de Frank, frente a la suya, con los brazos cruzados. La morena se mostraba en paz, con una dulzura que el Golpeador no habría sido capaz de creer en ella, por eso se vio de pronto sumergido en la duda de despertarla o no, duda que se vio resuelta cuando se dio cuenta de que se estaba dejando convencer con las artimañas de la Gryffindor – Te equivocas si crees que me vas a vencer tan fácilmente… - susurró levantándose de nuevo y tumbándose en su cama, empujando poco a poco a la chica en un intento de tirarla de la cama. Pero para su sorpresa, la morena se sobresaltó de golpe y se abrazó a él con fuerza.

- Hueles a mi baño… - susurró la chica con el ceño fruncido y cabeceando lentamente para introducir su cabeza en el hueco que había entre el hombro y la barbilla de Sirius, el cual, sin poder evitarlo, sintió unas tremendas cosquillas e intentó alejarla con carcajadas repletas de molestia.

- ¡Por Merlín, Simonds, esta me la pagas!

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- ¿Y ahora qué? – preguntó Peter mirando a Remus, el cual se encogió de hombros y se giró para mirar a James.

Los tres, junto con Alice, estaban de pie frente a la escalera de las chicas. La tarea, a simple vista, era sencilla: hacer que Alice subiese a su habitación sola, ya que ellos no podían subir por la escalera, y que le dijese a Corinne que bajase a la Sala Común. Pero después de ver como Alice aguantaba a duras penas el equilibrio y darse cuenta de que aunque le grabasen en la frente el mensaje que tenía que entregar a la delegada no iba a acordarse, se encontraron con una tarea muy, muy complicada.

- A ver… - murmuró James descolocándose el cabello negro azabache – Vamos a intentarlo una última vez. – pidió a sus amigos. Tras eso se volvió hacia Alice, que miraba las bailarinas llamas de fuego de la chimenea con ensimismamiento, y respiró hondo. – Charsing – la llamó agarrándola de un brazo con cuidado, por lo que la chica se volvió a mirarle con extasiante tranquilidad – Mira, ven, que me vas a hacer un favor. Tienes que ir a tu habitación y decirle a Rowns que baje, que tenemos que decirle una cosa – le explicó sonriendo de forma seductora mientras la empujaba hacia las escaleras de su habitación.

- Un favor… - repitió Alice con picardía.

- Exacto – contestó James mirando a sus amigos con una gran sonrisa de triunfo.

- Vale, pero si me acompañas – tanteó la castaña subiendo un escalón.

- Eh… es que no pued… - pero cuando estaba a punto de explicarle que no podía subir la escalera, la Gryffindor tiró de su brazo y el Capitán, debido a la inercia de la acción, la siguió un escalón arriba, preparándose para caer en el momento en el que la escalera se volviese rampa. Sin embargo aquello no sucedió. El moreno se giró a mirar a sus amigos con los ojos abiertos por la sorpresa y una sonrisa de incredulidad en la cumbre de su semblante.

- ¡Vamos! Luego me tienes que ayudar a buscar a Pepis, que se ha perdido… ¡Ah! y a Frank, que tengo que decírle una cosa - el Premio Anual asintió sin escuchar a ciencia cierta la petición de la castaña y la siguió por la escalera, no sabiendo en realidad lo que estaba sucediendo.

Así, bajo la atenta mirada de sus dos amigos y tras los torpes pasos de la chica, ascendió hasta que quedaron dos escalones para el descansillo y, en ese instante, justo cuando Alice abandonaba la escalera sin detener su parloteo sin sentido, la escalera tembló, como si se burlase de James, y en un segundo se convirtió en una rampa brillante y lisa que parecía estar engrasada, por lo que el Cazador, con un grito de sorpresa, se escurrió de nuevo hasta la base de la antigua escalera.

- Casi – comentó Peter observando como su amigo se levantaba frotándose la parte posterior de su perfecta anatomía.

- Mierda… - murmuró entre dientes.

- O sea que podemos subir la escalera siempre y cuando haya una chica en ella… - comentó Remus con los ojos entrecerrados a causa del interés. James suspiró y miró con molestia a Alice.

- Charsing, baja – ordenó con indiferencia, pero para su sorpresa la chica se cruzó de brazos y le miró con el ceño fruncido.

- ¿Por qué?

- Porque sí – Remus miró a su amigo con incredulidad. Si pensaba que de esa forma iba a poder convencerla estaba muy equivocado.

- Porque… tienes que decirle cómo llamar a Pepis.- inventó el prefecto. Alice miró a los tres chicos con desconfianza, pero finalmente se encogió de hombros y, cambiando esa incredulidad por diversión, se sentó en el borde de la rampa. Sonriendo y levantando las manos, se lanzó sin ningún miramiento hacia abajo, a lo que los tres chicos respondieron corriendo hacia el final del tobogán en un intento de que no se rompiese la nuca.

- Uf… creo que no me gusta mucho eso… - comentó la castaña agarrándose la cabeza.

- Vale, ahora tenemos que subir otra vez – explicó James impaciente mientras le ayudaba a levantarse. – Porque… he visto como tu gato subía – argumentó al percibir la mirada de confusión de la Gryffindor.

- No te creo, pero como me duele la cabeza y estoy empezando a ver cosas que no son… subiré – silabeó torpemente mientras observaba como los sofás comenzaban a andar, algo que, indudablemente, no era normal.

James les guiñó un ojo a sus amigos y emprendió la marcha hacia la escalera siguiendo el paso de la castaña, que miraba con desconfianza todo su alrededor, como si miles de ojos la observasen desde todas partes. Escapando de esa sensación, la chica se lanzó al primer escalón y el Premio Anual, creyendo que no la alcanzaría a tiempo, emprendió una carrera hacia la escalera. Cuando alcanzó el primer escalón la chica aún no había alcanzado el tercero, ya que para ella la escalera parecía ondear.

- Charsing… - la llamó James entre resoplidos – Yo primero ¿Vale?

Alice asintió sin poner ninguna objeción y así el moreno la adelantó y comenzaron a subir sin inconvenientes, ya que al estar la castaña sobre la escalera ésta no podía repeler al Gryffindor.

Cuando James alcanzó el descansillo no se lo podía creer. ¡La de veces que el problema de la escalera le había fastidiado una noche libidinosa! Alice le alcanzó al poco tiempo con el rostro aún cubierto por la desconfianza.

- Bien, las mujeres primero – indicó el moreno señalándole una puerta en la que un letrero rezaba "Séptimo Curso".

Abajo, Remus y Peter observaron como su amigo llegaba sano y salvo a la habitación y suspiraron aliviados por su gran hazaña. Podrían jurar que era el primer chico que conseguía aquello, aunque no les extrañaba, ya estaban acostumbrados a que James consiguiese lo que nunca nadie antes había conseguido.

- ¿Vamos a por Simonds? – preguntó Peter en mitad de un bostezo. Remus asintió y ambos se encaminaron hacia su habitación con pasos pesados, ya que el cansancio se encontraba haciendo de las suyas.

Al fin llegaron a la puerta que, en su acostumbrada modificación anual, había cambiado el letrero de "Séptimo Curso" por el de "Merodeadores". Remus adelantó la mano hacia el pomo, atento a cualquier señal de pelea o grito, ya que era totalmente consciente de quienes estaban en su interior. Por eso se sorprendió cuando, tras varios segundos de escucha en silencio, no percibió ni un solo ruido. Sonriente y mal pensando, llamó a la puerta en un intento de no pillar desprevenido a nadie. No sabía por qué, pero tenía la seguridad de que entre Sirius y Ari había algo más que odio, y quién sabía, quizás al estar solos en una habitación ese "algo más" había salido a la luz.

Sirius se sobresaltó al escuchar como alguien llamaba a la puerta y su sorpresa fue a más cuando se dio cuenta de que había estado apunto de quedarse dormido en la misma cama que Ari, la cual dormitaba felizmente apoyando su cara en el hombro del moreno. Cuando el ojigris bajó la mirada hasta localizar la respiración constante de la morena, que chocaba directamente con su cuello, dio un brinco levantándose de la cama a la vez que la llamada a la puerta se repetía.

- ¡Mierda! – gruñó. Era imposible que fuese cualquiera de sus amigos, ya que no acostumbraban a llamar ni si quiera cuando sabían que estaba "ocupado". ¿Sería McGonagall?

Aterrado dirigió la vista hacia su cama, donde la Cazadora se acomodaba remolonamente. Si la profesora la veía allí, en su cama, un mes de castigo limpiando baños sería lo mejor que podría pasarles.

- Sirius Black, piensa – se dijo a si mismo mirando a su alrededor. Finalmente fijó la vista en el baúl de James – Bien pensado.

Con rapidez apartó el montón de ropa que su amigo había acumulado sobre el baúl y parte de la cama y lo abrió, encontrándose con varios objetos inútiles y, al fondo, una tela de extraño material que alzó con descuido y desdobló para, a la vez que volvían a llamar con insistencia a la puerta, extenderla sobre Ari. La morena, al sentir el tacto de la tela, se despertó y sacó la cabeza, viendo, para su sorpresa, como el resto de su cuerpo había desaparecido.

- ¡No! Métete dentro – La chica le miró con el ceño fruncido - Por una vez en tu vida, Ariadna Simonds, hazme caso. – A pesar del odio que la unía al moreno y el mal estar que aún le acuciaba, la chica notó como el tono de su voz era sincero, así que, sin pensarlo una vez si quiera, se tapó la cabeza con la extraña capa. – Vale…

Sirius suspiró y abrió la puerta. Sus cejas se enarcaron violentamente y los puños se cerraron con fuerza. Remus y Peter observaron esos cambios con una sonrisa de picardía que aumentó aún más el enfado del moreno.

- ¿Qué, Padfoot, interrumpimos algo? – preguntó Remus sin abandonar la sonrisa intentando ver el interior de la habitación.

- ¿Algo? – bramó el Golpeador – ¿Sois imbéciles o qué? Pensaba que era McGonagall… Me habéis dado un susto de muerte.

- ¿Y qué si fuese McGonagall¿Estabas haciendo algo… indebido? – insistió Peter apartándole para entrar en la habitación y tirarse en su cama, seguido por Remus, que miró sorprendido al pequeño animago por aquellas preguntas tan acertadas, algo no muy corriente en él.

- Claro que no… - gruñó el moreno rascándose la cabeza. En realidad le beneficiaba que hubiesen llamado a la puerta. ¿Qué habrían pensado sus amigos si le hubiesen visto en aquella posición con Ari?

- Bueno Wormtail, no te acomodes que aún tenemos que llevar a su habitación a Ari – recordó Remus con un suspiro. – Por cierto… ¿Dónde está? – preguntó despreocupadamente mirando al baño, creyendo que la morena estaría allí escondida.

- Pues aquí… - le respondió Sirius acercándose a su cama y palpando la superficie con cuidado, intentando no posar la mano en ninguna zona indebida. Pero, por mucho que palpaba, no notaba ninguna forma sugerente o in sugerente que le desvelase que allí había una chica tumbada bajo una capa de invisibilidad. – Oh…no. ¿Acaso hoy es el día de fastidiar a Sirius Black y nadie me lo ha dicho? – preguntó de forma lastimosa.

- ¿Qué… Qué pasa? – preguntó Remus con temor.

- Como creía que venía McGonagall tapé a Simonds con la capa de invisibilidad de Prongs… y ya no está – explicó señalando su cama como si el asunto fuese lo más gracioso que le hubiese pasado nunca.

- ¿Y qué hacía en tu cama? – preguntó Peter mirando de reojo a su amigo.

- ¡Eso no es lo más importante! – exclamó Sirius.

- Pues entonces creo que estamos metidos en un buen lío – murmuró Remus mirando con sumisión hacia la puerta, la cual se mostraba abierta de par en par.

- ¿Quién la ha dejado abierta? – preguntó Sirius - ¡Esto es el colmo! – exclamó dirigiéndose a la carrera hacia la Sala Común.

Bajó las escaleras con tanta rapidez que pensó que si se caía no le quedaría ni un solo diente a salvo, pero no podía dejar que Ari se perdiese en ese estado – tanto por la invisibilidad como por el alcohol – por el colegio. No quería volver a prescindir de las citas de un mes. Además de que volvería a coger la delantera en su juego de orgullos.

Pero las cosas no salieron como él esperaba, ya que justo cuando alcanzó el suelo firme de la circular Sala Común, vio como el retrato de la Dama Gorda se cerraba. Alguien acababa de salir de allí. Sin pensárselo dos veces se dirigió con decisión a la salida, pero entonces una mano le agarró el brazo.

- Espera, Padfoot, no te precipites – le indicó Remus - ¿La has encontrado? – preguntó situándose a su lado.

- Sí¿no la ves? – respondió el moreno sarcásticamente – Ha salido de la torre… ¡Y ahora tenemos que recuperar la confesión de amor de Frank y encontrar a Simonds…!

- Y la capa de Prongs – añadió Peter para desagrado de Sirius.

- ¿Y James?

- En la habitación de las chicas intentando recuperar la carta. – explicó Remus. Sirius frunció el ceño por un instante. Aquello no sería tan divertido si James no participaba… Pero igualmente tendrían que resolverlo.

- Vale. Entonces sólo nos queda encontrar a Simonds. Esperemos que no se haya deshecho de la capa… - comentó Sirius mientras suspiraba – Creo que lo mejor será dividirnos.

- ¿Pero estás seguro de que ha salido de aquí? – preguntó Remus mirando a su alrededor.

- Eso creo… aunque para asegurarnos que Wormtail se quedé buscando aquí y en las habitaciones. El resto nos lo dividimos entre tú y yo – explicó Sirius.

- Un castillo para dos personas… - murmuró Remus – Me parece bien. Entre tu olfato y mi instinto está chupado… - bromeó el prefecto.

- A mi me parece bien. Yo busco aquí y vigilo por si vuelve – opinó Peter sentándose en un sofá orejero.

- Tú lo has dicho: BUSCAS y VIGILAS. Nada de echar cabezaditas ¿Entendido? – le recordó Sirius. – Bien Moony, tú encárgate de los pisos superiores, yo buscaré por las mazmorras, el primer y el segundo piso ¿vale?

- ¿Por qué te estás esforzando tanto en encontrar a Simonds? Pensé que no querías saber nada de esto… - preguntó el prefecto en un falso tono de inocencia.

- Si la encuentro me deberá varios favores… y volveré a llevar la delantera – explicó el moreno – además, no quiero volver a limpiar baños.


Buenooooo, que os ha parecido??

Bien, hoy voy a añadir algo más, un simple detalle de curiosidad. ¿Por qué las cuatro chicas son como son¿Por qué he escogido el nombre de Corinne y el de Ariadna? Bueno, no está hecho a boleo:

"Ariadna" significa honestidad. Las personas que se llaman así suelen ser alegres y de buen carácter, importándole mucho los afectos (de qué me suena esto?) Además son románticas y demostrativas (ok, esto no es muy cierto en lo que llevamos de fic, pero ya lo veremos xD) SON CAPACES DE HACER CUALQUIER COSA POR AMOR...

"Corina o Corinne" significa doncella. Tienen un carácter fuerte, son honestas y entusiastas. Se interesan por todo y les gusta aprender cosas nuevas. Son sensibles y generosas con los demás. En el amor son muy orgullosas, pero si deben dar el primer paso ellas lo darán (jeje)

"Alice o Alicia" significa protección. Son femeninas, generosas y amables. Siempre piensan en los demás, los que les tienen confianza. Tienen una voluntad que hace que casi siempre consigan lo que se proponen (...) En el amor necesitan relaciones duraderas para ser felices.

"Lilian" significa pureza. Son simpáticas, alegres, comunicativas e idealistas. Son muy responsables y se preocupan por los demás (jaja) Tienen gran voluntad y les gusta destacarse en todas las actividades que realizan. Son dulces y atentas con sus parejas.

Bueno, eso como datos para que veais que no me saco las cosas de la manga!. A partir de ahora voy a comenzar a poner datos de este tipo porque me gusta compartir con mis lectores lo que hago jeje.

Encuanto a los reviews, hoy no voy a poder contestarlos, pero mañana me encargaré de responderlos a cada persona. Creo que haré eso a partir de ahora.

Y bueno, EN EL SIGUIENTE CAPÍTULO...

12. El fin justifica los medios¿Qué tendrán que hacer para conseguir la dichosa cartita? Sirius encontrará una manera de encontrar a Ari que a Remus se le había escapado, pero cuando la encuentre no estará sola...

Bienn!! Muchísimas gracias a mis tres lectoras siempre fieles jejeje... Y JURO QUE OS RESPONDO LOS REVIEWS!! n.n

Weno, me despido muchachas. Muchísimos bss y saludos!!

Ilisia Brongar