OSCURIDAD

CAPITULO XII

Aquella tarde Draco había regresado a la mansión con el corazón caliente y el alma más compuesta que nunca. Además de con un sobreexcitado Evon, que se negó a dormir y obsequió a su padre con una buena sesión de desesperadas lágrimas cada vez que intentaba acostarle en la cuna.

- Pequeño tirano… –susurró Draco cuando, una vez más, las lágrimas cesaron al sacarle de la cuna.

Besó la suave mejilla, mientras sonreía al escuchar los pequeños hipidos que el bebé soltaba como consecuencia del sentido llanto.

- No vamos a tener que darle la razón a Harry¿verdad? –siguió susurrando mientras sostenía al niño contra su pecho– Porque aunque le ame, me fastidia tener que dar la razón a un Gryffindor. Eso es algo que todo buen Slytherin sabe y que tú deberás aprender, hijo.

Evon se frotó los ojos con el puño, muerto de sueño a pesar de todo. Miró a su padre con los ojitos medio cerrados y éste paseó por la habitación unos minutos más, con la esperanza de que esta vez el sueño le rindiera definitivamente. Quizás le estaba malcriando, pensó al mismo tiempo que esbozaba una de esas sonrisas que, alguien que no haya podido conocer todavía la paternidad, clasificaría de alelada y completamente idiota. Pero descubrir que quería tener a su hijo a su lado a todas horas no podía ser malcriarlo, se dijo, sino darle lo que él mismo jamás había recibido. Orgulloso de sí mismo, depositó su pequeño tesoro en la cuna, esta vez sin ninguna protesta. Recordó que la primera vez que se había atrevido a coger a Evon en brazos se había sentido tan inseguro, tan temeroso de no saber cómo hacerlo exactamente, de que le llorara, de que se le cayera, de que por miedo a eso le apretara demasiado y le hiciera daño… y no podía recordar cuántas cosas más. ¡Había crecido tanto en aquel último mes! Se preguntó cómo Victoria podía ser tan estúpida como para perderse la experiencia de ver a su hijo cambiar día a día. De descubrir nuevos gestos y nuevas expresiones; de satisfacer su inagotable curiosidad y disfrutar de cada cosa nueva que el pequeño aprendía. Y agradeció a los dioses que lo fuera, porque así Evon era sólo para él. Su sonrisa de las mañanas, cuando le sacaba de la cuna, era suya. Y ese impaciente balanceo, tendiéndole los bracitos para que le cogiera en cuanto le veía, reclamaba única y exclusivamente a su padre. Bueno, también era el destinatario de sus berrinches, de sus babas y de algún que otro escape sobre sus pantalones. Pero ya se sabe, quien con niños se acuesta, mojado se levanta.

Casi al mismo tiempo en que acostaba a su hijo, Puky aparecía en la habitación para anunciarle que tenía visitas. El elfo le dirigió una mirada recelosa, sin poder dejar de preguntarse con preocupación porqué el amo Draco últimamente pretendía quitarle su trabajo.

- Los Sres. Nott y Warrington le esperan en la salita, amo. –dijo sin estridencias.

La última vez que había hablado con un tono un poco más alto de lo que su amo consideró apropiado en aquella habitación, éste le había dirigido una mirada gélida, de esas que a Puky le ponían tan nervioso.

- Diles que ahora bajo. –le indicó Draco con fastidio.

Blaise había hablado con él por la mañana para contarle la noticia que, a pesar de no ser pública todavía, ya corría como la pólvora dentro de su círculo. Draco sabía que habían tratado de comunicarse con él durante todo el día y le molestaba que acudieran a su casa a esas horas, para pedirle seguramente lo que jamás estaría dispuesto a hacer. De esos tres imbéciles, uno ya se había puesto fuera de juego él solito. Warrington era tan idiota o más que Pritchard, así que no creía tener que molestarse demasiado por él. Nott ya era harina de otro costal. Pensaba tomarse su tiempo para estudiar detenidamente las medidas a tomar con él. Draco no había olvidado.

Abandonó la habitación de su hijo con el semblante mudado en la expresión más fría de todo su repertorio.

- Buenas noches caballeros. –saludó una vez en la salita– Un poco tarde para andar de visita.

Con un gesto de su mano, les indicó que volvieran a sentarse.

- Lo sentimos, Draco. –Warrington parecía muy nervioso– Hemos intentado localizarte durante todo el día de hoy, pero ha sido imposible. –y justificó con gesto angustiado– Han detenido a Graham.

El rubio permaneció impasible ante las palabras de su ex compañero de Casa.

- ¿Y…? –preguntó.

Warrington le miró desconcertado mientras que Nott, quien todavía no había abierto la boca, apretaba los labios con irritación.

- ¡Por todos los magos! –exclamó el primero– ¡Debemos ayudarle¡Es uno de los nuestros!

Draco alzó una ceja con ironía.

Tienes contactos en el Ministerio, Draco –habló Nott con frialdad– Podríamos sacarle esta misma noche.

- ¿Después de una Imperdonable? –preguntó el rubio con sarcasmo.

- Sólo era un muggle. –siguió justificando Warrington en el mismo tono alterado– Pero Graham estaba algo bebido. Eso debería ser un atenuante¿no crees?

- No existen atenuantes para la idiotez, Cole. –respondió Draco con frialdad.

- Entonces¿qué vas a hacer? –preguntó Nott en el mismo tono.

Draco le dirigió una mirada aburrida.

- Nada. –dijo– Si Graham no saber beber, ya es hora de que aprenda.

- Puede acabar en Azkaban, Draco. –gimió Warrington– No podemos dejar que eso suceda.

- Sabes que el Ministerio está pendiente de todos nuestros pasos, esperando la menor oportunidad… –le recordó Nott.

Draco repiqueteó con los dedos sobre el brazo del sillón, denotando su impaciencia.

- Pues si ese imbécil se la ha puesto en bandeja, no es culpa nuestra. –dijo, tajante– No pienso involucrarme en esto y vosotros deberíais hacer lo mismo.

- A los demás no les hará gracia saber que abandonas a uno de los nuestros a su suerte. –amenazó Nott.

Draco estrechó su helada mirada gris y su voz se arrastró peligrosamente.

- Los demás se cuidan de sus propios asuntos, como hago yo, Theo. Y no andan por ahí emborrachándose y atacando muggles. –sonrió con ironía– Además¿dónde están? No veo a nadie más aquí.

Nott apretó las mandíbulas tratando de dominar su cólera.

- ¿Y dónde están tus principios, Draco? –masculló– ¿O es que vas a dejar que un montón de sangre sucias, mestizos y simpatizantes de muggles se salgan con la suya¿Acaso no sientes ningún respeto por tu propia sangre, tú, un Malfoy?

- Mide tus palabras, Theodore. –y esta vez el tono fue claramente amenazador.

Nott lanzó una carcajada burlona.

- No me amenaces, Draco. –dijo entre dientes– Porque a lo mejor a tu suegro tampoco le hará ninguna gracias saber que le estás dando la espalda a todo tu linaje con esa actitud tan… integradora que gastas últimamente. –acabó con desprecio.

Draco se puso en pie de un solo movimiento. Tan inesperado que Warrington dio un respingo y dirigió una mirada inquieta a su compañero quien, aparentemente, no se inmutó.

- ¡Largaos! –siseó Draco a punto de perder la compostura mientras su mano se deslizaba automáticamente hasta su varita.

El sutil movimiento no pasó desapercibido a ninguno de sus dos visitantes. Y a pesar de su bravuconería, ni siquiera Nott estaba dispuesto a enfrentarse al mago hábil, poderoso y cabreado que en ese momento era Draco Malfoy.

O.O.O.O

A principios de Julio, empezaba a notarse un frenetismo inhabitual en el Ministerio. Gran parte de la plantilla iniciaba sus vacaciones la segunda quincena de ese mes y todo el mundo tenía prisa por dejar las cosas más o menos arregladas antes de tomarse un merecido descanso. La primera quincena de Agosto, el Ministerio quedaba prácticamente vacío, porque a los que se habían ido en Julio, les faltaban todavía dos semanas para regresar. Y los que empezaban el 1 de Agosto, se despedirían ese día sin mucha pena de los compañeros a los que le había tocado "pringar" ese año.

Las vacaciones de los aurores se programaban de forma distinta, por turnos y de manera rotativa. Y sólo podían tomar quince días de forma seguida. Ese era uno de los motivos por los que Harry Potter no andaba de muy buen humor aquella mañana. La mitad de sus aurores se habían ido aquella semana y en su lugar, ahora tenía en su equipo a cinco veteranos a los que no les hacía la menor gracia recibir órdenes de alguien que tenía casi la misma edad que alguno de sus hijos. Para acabar de redondear el día, era su cumpleaños. Y sabía que, al igual que el año pasado, debía esperar la consabida broma. La vez anterior se habían conformado con una tarta de velas inapagables. Pero encontrar dos horrorosos patitos de goma encima de su mesa, como representación de los 22 que ese día cumplía, le había molestado más de lo que había podido imaginar. Todavía más, tener que callar los estridentes cuak-cuak que ambos empezaron a emitir tan pronto puso el pie en su despacho y que escaparan de la mesa al tratar de desencantarlos y tirarlos a la papelera. Cuando los dos patitos habían estallado en el aire y no había quedado de ellos ni el pico, las risas habían cesado. Aunque tal vez había tenido mucho que ver la mirada especialmente sádica que el Jefe de Unidad había dirigido hacia los cubículos más veteranos y alejados de su despacho. Aquella que utilizaba de vez en cuando para recordar a los desmemoriados quién había acabado con Voldemort.

Después de la contundente demostración, había logrado pasar el resto de la mañana con bastante tranquilidad.

En ese preciso momento, se dirigía hacia la cafetería donde, según la nota que le había enviado Malfoy, se encontraría con él para celebrar su reunión. Cuando llegó, comprobó que el local estaba abarrotado. Risas, conversaciones en tonos demasiado altos y excitados, despedidas y promesas de lechuzas desde el lugar de vacaciones de los que tenían la suerte de poder marcharse. Harry oteó desde la puerta, intentando localizar al Consejero para Asuntos Económicos entre toda aquella algarabía. Finalmente, vislumbró su platinada cabeza en una de las mesas del fondo, apenas visible entre varias brujas que le rodeaban entre exclamaciones y risitas.

- No puedo creerlo… –murmuró Harry para sí mismo, negando con la cabeza.

Al acercarse, pudo comprobar que los pulmones de Evon seguían en plena forma, pero que al contrario de lo que le había parecido desde lejos, su padre no parecía demasiado contento.

- Señoras… –le oyó decir– …por favor, señoras, estoy esperando a una persona para comer, si fueran tan amables… –y cuando sus ojos grises repararon en él pareció realmente aliviado– ¡Ah, Potter! Me alegro de que hayas llegado.

Harry miró fijamente a Draco y después a su alrededor.

- ¿Hay huelga de canguros o de elfos domésticos, Malfoy? –preguntó en un tono seco, ausente de amabilidad.

Las brujas que hasta ese momento le habían estado haciendo carantoñas y monerías al último representante de la dinastía Malfoy, se retiraron discretamente. Patitos encantados estallando y desintegrándose en el despacho del auror era la noticia de una mañana, en la que por lo visto el Salvador del mundo mágico no se había levantado de su mejor humor.

- ¡Feliz cumpleaños, Potter! –le deseó Draco dedicándole una sonrisa encantadora– ¿Tienes algo en contra de los patitos de goma?

Harry le dirigió una mirada helada. Nada que Draco no hubiera previsto y no pudiera manejar.

Una hora más tarde, tal vez no hubieran discutido demasiado sobre ese impuesto de circulación que el Ministro quería instaurar para las escobas; pero los dos habían conseguido quedar pringados de papilla hasta las cejas. Y Evon, neófito todavía en asuntos de plato y cuchara, les contemplaba sonriente con su precioso bigote de pescado con verduras, burlándose de ellos.

Harry apartó un mechón de pelo de su frente y se colocó bien las gafas. Arrebató la pequeña cuchara de la mano de Malfoy con una expresión de determinación en su rostro, murmurando algo parecido a Slytherins inútiles.

- ¡Dame, Malfoy! A este paso vamos a cerrar la cafetería. Y por si no te has dado cuenta, todo el mundo nos está mirando. –Draco le dirigió una mirada cándidamente sorprendida– Cógele las manitas para que no las meta en el plato otra vez.

Draco tenía al niño sentado en su regazo. Besó discretamente la rubia cabecita mientras observaba atentamente las maniobras de Harry con el plato de papilla y la cuchara.

- Abre la boquita, Evon. –dijo el moreno con la gran sonrisa que sólo dedicaba al pequeño– Así… ahhhhh… muy bien… ahhhh… ¿lo ves, Malfoy? No es tan difícil.

Harry puso unos morritos muy graciosos, imitando inconscientemente los mismos movimientos de los del pequeño. Draco le contempló embelesado, casi deseando que la siguiente cucharada fuera para él.

- ¿Dónde aprendiste? –preguntó inocentemente.

- Tengo una amiga que no acepta un no por respuesta. –gruñó Harry– ¡Malfoy, que le cojas las manos, por el amor de Dios!

Demasiado tarde. Con un agudo chillido de alegría, Evon había conseguido chapotear nuevamente su mano en el plato y dejar las gafas de Harry parcialmente cubiertas de una masa espesa de color verde.

- ¡Merlín, lo siento! –se disculpó Draco, tratando de contener la risa– De veras lo siento, Potter.

Harry se quitó las gafas y con una servilleta se limpió la nariz y parte de la mejilla.

- No, Malfoy, no lo sientes. –dijo– Te lo estás pasando en grande, gilipollas.

- No digas palabrotas delante de mi hijo. –le reprendió Draco, tapando las orejitas de Evon– Un auror respetable como tú debería cuidar su lenguaje.

Harry le dirigió una mirada desenfocada, mientras trataba de limpiar sus gafas.

- Malfoy¿te estás riendo de mí?

Y de pronto un potente dejà vu, golpeó a Draco. ¿Estás sonriendo, Malfoy¿O te estás riendo? Después Harry había recorrido suavemente su rostro y él le había besado por primera vez.

- ¡Malfoy, te estoy hablando! –le llegó la voz impaciente de Harry.

- Disculpa, estaba… recordando una cosa.

Harry se había levantado y se estaba colocando la túnica después de haberse lanzado a sí mismo un hechizo limpiador. Un pequeño artilugio que el auror llevaba prendido a su cinturón no dejaba de emitir unos persistentes y molestos bips, que sin embargo parecían entusiasmar a Evon, que lanzaba su cuerpecito hacia delante, pretendiendo alcanzar de cabeza aquel intrigante sonido.

- Pues recuerda esto también. –dijo el auror– Mañana a las 9.00, no puedo aplazarlo más porque la semana que viene, si puedo, no pienso estar aquí. Así que consíguete a alguien que cuide de Evon¿de acuerdo?

Draco asintió, observando satisfecho como Harry dedicaba una pequeña caricia a la cabecita de su hijo, quien le correspondió con un nuevo gritito y una radiante sonrisa.

- Más te valdría limpiarte tú también, Malfoy. –se burló después– No querrás que tu famosa elegancia quede en entredicho¿verdad?

Y con una sonrisa socarrona en los labios, Draco le vio perderse a toda prisa entre las mesas de la cafetería.

O.O.O.O

El once de agosto, declarado festivo para celebrar la derrota del Señor Oscuro a manos del Elegido, caía en viernes ese año. El cuerpo de aurores al completo debía estar presente ese día para ocuparse de la seguridad del evento, repartidos entre el Ministerio, el Callejón Diagon, Hogwarts, Hogsmeade y el recinto en conmemoración a los caídos, popularmente conocido como "El cielo de los héroes". Éste último iba a ser el emplazamiento dónde se concentrarían la mayoría de discursos y actos.

También se podría visitar Hogwarts, ya que Voldemort había tenido el detalle de atacarlo durante las vacaciones de verano, cuando los únicos estudiantes que quedaban eran los que iban a luchar contra él. Si hubiera sucedido en época escolar, aparte de haber sido mucho más nefasto, el Señor Ministro habría tenido serias dificultades para incluir la escuela en el recorrido conmemorativo. Porque su nueva Directora, Minerva McGonagall no habría accedido. Sin embargo, dadas las circunstancias, la estricta bruja se había sentido lo suficientemente generosa como para incluso ceder el campo de Quidditch de la escuela para un partido de exhibición.

En Hogsmeade estaban igualmente dispuestos a celebrar el día por todo lo alto. En el menú de Las Tres Escobas, podría degustarse el plato especial del día denominado "De la Victoria", que una vez en la mesa, se convertiría en el platillo favorito del comensal. Honeydukes había elaborado una serie de dulces y caramelos alegóricos a la jornada y con las ranas de chocolate se podrían encontrar cromos de los héroes de la guerra, con Harry Potter a la cabeza.

Se preveía que la celebración sería mucho más alegre y colorida que la del año anterior, cuando todo se palpaba todavía demasiado reciente.

Como cada mañana, Ron esperaba a Harry en el vestíbulo del edificio. Cuando le vio bajar el último tramo de escalera, no pudo evitar soltar un resoplido.

- ¡Ah, no! –explotó enojado, empujando a su amigo y jefe escaleras arriba otra vez– Me gusta tan poco como a ti, pero no vas a chuparte tres días de arresto y nosotros el turno de noche sólo por una cuestión de vestuario.

- No es una cuestión de vestuario y lo sabes. –protestó Harry– Y no se atreverá.

- ¡Oh, sí lo hará! –aseguró el pelirrojo convencido– Tal vez no el año pasado. Pero éste se atreverá, créeme.

Pero Harry siguió firmemente clavado en el primer escalón.

- Sólo es un maldito discurso y unos pocos aplausos. Das las gracias, saludas y te largas. –gruñó Ron, que comprendía perfectamente a su amigo y sentía en el alma tener que obligarle.

Al igual que el año anterior, Harry había sido designado para formar parte de la guardia de aurores que acompañaría al Ministro, privilegio reservado usualmente a los aurores más veteranos. Pero vistos los continuos rechazos del héroe a unirse a la parafernalia de la celebración, esa era la única manera que el Ministro había encontrado de tenerle al alcance de la mano en el momento adecuado. Harry lo sabía. Radcliff lo sabía. Sus compañeros lo sabían. Sólo cabía resignarse.

El moreno había tenido una agria discusión con el Jefe de Aurores el día antes, al intentar por todos los medios declinar el supuesto "honor". Pero Radcliff había sido tajante en su advertencia y muy claro con las consecuencias que esta vez tendría el sufrir una gripe inesperada en pleno Agosto. Como la que había padecido el joven Jefe de Unidad durante la pasada celebración.

Se suponía que los aurores que formaban parte de esa guardia tenían que lucir su uniforme de gala para acompañar a Scrimgeour, no el de trabajo. Que era precisamente el que Harry llevaba puesto en ese momento, dispuesto a escabullirse les gustara o no a Radcliff y al Ministro. Después de un tenso tira y afloja con Ron, finalmente había terminado bajando Roger y logrado convencerle de que volviera al apartamento para cambiarse.

El Jefe de Aurores no pudo evitar un suspiro de alivio cuando vio aparecer a Potter en el atrio del Ministerio junto con Weasley. Por lo visto, su discurso del día anterior había surtido el suficiente efecto como para templarle al joven los nervios. O eso creía él.

- ¡Harry, muchacho! –saludó Scrimgeour estrechando con fuerza la mano del auror minutos después– Celebro que este año goces de buena salud para poder acompañarnos a los actos de conmemoración.

Harry esbozó una sonrisa de compromiso y dirigió una mirada con dardo a Radcliff.

- ¿Nos vamos, Jefe? –ordenó más que preguntó el Ministro.

Y la comitiva se puso en marcha.

Harry no había vuelto nunca a ese lugar desde "ese" día. Ahora tenía un apretado nudo en el estómago. En ese momento odiaba a Ron, por no haberle concedido la oportunidad de evadirse. A Radcliff por obligarle a estar allí. Al Ministro que soltaría el obligado discurso, que acabaría centrando la atención de todo el mundo en él. A los periodistas que harían que su rostro apareciera en la primera página de El Profeta al día siguiente. A todos cuantos se encontraban allí aquella mañana, susurrando y señalándole, haciéndole sentir poco más o menos que expuesto en un escaparate.

- No voy a perderte de vista, Potter. –amenazó Radcliff, a su lado– Así que no te atrevas a mover un pie de este entarimado hasta que el Ministro se retire.

Harry, con la mirada al frente y más tieso que el palo de su escoba, ni tan siquiera parpadeó. No miraría. No hablaría. No escucharía. No recordaría. Se sumiría en un estado autista voluntario que le permitiera aislarse y evadirse de cuanto le rodeaba. De la gente que paseaba, sonriendo, incluso riendo por el lugar que una vez había sido un infierno. Su infierno.

A veces pensaba que ni siquiera un Obliviate sería capaz de alejar los fantasmas de su memoria.

No muy lejos, algo apartado de la muchedumbre, Remus Lupin contemplaba al joven que más que nunca parecía la réplica de James Potter. El cuerpo rígido, la pose tensa, el rostro sin ninguna expresión, expresándolo todo. Pero Harry era joven, fuerte. Pronto sería capaz de volver la cara y mirar de frente ese recinto, sin sentirse como un edificio al que le tiemblan los cimientos, a punto de desmoronarse. Cuando alcanzara su propia edad, esa guerra sería un recuerdo amargo, pero ya no dolería. No como él, que después de haber sobrevivido a dos y dejado atrás a muchos amigos estaba demasiado cansado para olvidar. Para tan siquiera hacer el esfuerzo de intentarlo. Harry era la principal razón de que él siguiera adelante. Porque se lo debía a James y a Lily. A Sirius. A Dumbledore. Y a todos los que pusieron sus esperanzas en ese niño desgarbado que hasta los once años no supo que era un mago. Porque había llegado a quererle como al hijo que nunca tendría. Y si hubiera podido, hubiera ocupado su lugar sin dudarlo un solo instante. Ron había hecho bien en frustrar sus intenciones, porque Harry debía enfrentarse a sus fantasmas. Y vencerlos.

Remus desvió unos segundos la mirada hacia el castillo de Hogwarts, recortándose a lo lejos. Sus ojos color miel tenían la expresión serena que casi siempre lograba tranquilizar a quien estuviera a su lado. Sus labios se curvaron apenas en una sonrisa al recordar que, tal vez, con un poco de paciencia, Harry no sería el único capaz de mantenerle con los pies sobre la tierra.

Draco estaba escuchando poco o más bien nada del discurso de Ministro. Discretamente sentando en uno de los últimos asientos de la tribuna, su atención estaba centrada en la espalda del auror de pelo negro, de pie junto Scrimgeour, que por su inmovilidad más parecía una estatua que un ser humano. No podía ver su rostro, pero lo imaginaba. Deseaba con toda su alma que hubiera sido posible llevarse a Harry otra vez a Tenby. O a dónde fuera. En realidad no importaba el lugar mientras hubiera podido alejarle de aquel mal trago. Hubiera querido poder abrazarle y besarle hasta borrar cualquier recuerdo que no fueran sus labios sobre los de él. Se prometió que Harry no estaría en ese estrado el próximo año.

Cuando minutos más tarde irremediablemente Harry se vio obligado a tomar la palabra, su voz sonó tan extraña que ninguno de sus allegados fue capaz de reconocerla.

Dos horas después, Ministro y séquito se habían trasladado a Hogwarts para asistir al partido de Quidditch. Hermione entrecerró los ojos y trató de enfocar el rostro de su amigo, sentado junto al ministro en la tribuna de Ravenclaw, donde los representantes del Ministerio habían sido ubicados. Scrimgeour hablaba animadamente con Harry, como si estuviera tratando de persuadirle sobre algo a lo que él se negaba firmemente con la cabeza, sin dejarse convencer. Otro rápido vistazo a la tribuna de Slytherin, para comprobar que Draco había transfugado y abandonado el elenco ministerial. Conversaba con quien Hermione supuso que debía ser Zabini y con la joven morena que no podía ser otra que Pansy. Los jugadores hicieron su aparición en el campo en ese momento. Hermione vio a Roger, con una sonrisa de oreja a oreja y más contento que unas castañuelas. El cazador dirigió un entusiástico saludo hacia la tribuna de Ravenclaw, que por lo que la castaña pudo comprobar, no fue correspondido. Ese Davis era imbécil. Definitivamente.

Ron todavía no había llegado a casa cuando horas después la Profesora McGonagall se puso en contacto con Hermione a través de la red floo. Ella era una mujer comprensiva, había dicho la Directora de Hogwarts a su ex alumna. Y, después de todo, Potter había tenido un día duro. Razón de que hubiera hecho la vista gorda durante un par de horas. Pero ya era tiempo de que alguien fuera a buscarle y se lo llevara a casa.

Lo que la ya preocupada Directora no esperaba, era que quien apareciera en los terrenos de Hogwarts apenas media hora después no fuera Hermione sino Draco Malfoy.

- ¿Dónde está? –preguntó el rubio sonriendo interiormente ante la cara de estupefacción de su ex Profesora.

- En la Torre de Astronomía. –respondió McGonagall– ¿Ha hablado con la Sra. Weasley?

- No se preocupe, Profesora. –la tranquilizó él– Me ha explicado la situación.

La bruja asintió, no muy segura de que Malfoy fuera la persona más adecuada para convencer a Potter de que ya era hora de que bajara de esa Torre. Hubiera preferido contar con la presencia de Lupin, pero esa noche habría luna llena. Vio desaparecer al rubio Slytherin escaleras arriba con un suspiro de resignación y un punto de inquietud.

Los goznes de la vieja puerta que daba paso a la Torre de Astronomía seguían rechinando con el mismo sonido agudo que en sus tiempos de estudiantes. Así que Harry volvió la cabeza en esa dirección apenas Draco entró. Estaba sentado en el suelo, apoyado contra la muralla, con lo que parecía una botella de firewhisky entre las piernas. Su túnica de auror estaba tirada con descuido en medio de la torre, como si la hubiera lanzado al aire. Los guantes, junto a sus pies, estaban aplastados por un par de botellas de cerveza, vacías. A pesar de que eran las ocho de la tarde, todavía apretaba el calor. El moreno se había arremangado las mangas de su blanca camisa, que llevaba desabotonada hasta el pecho. El sudor había hecho resbalar las gafas casi hasta la punta de su nariz y el largo flequillo le cubría prácticamente los ojos.

Harry le siguió con la mirada algo desenfocada entre mechones de pelo negro, mientras se acercaba a él y se sentaba después a su lado.

- ¿Has asaltado una licorería, Potter?

Harry se encogió de hombros y se llevó a los labios la botella. Después de dudar un momento, se la ofreció a Draco. Éste aceptó y le dio también un buen trago.

- ¡Aggghhhh, Potter¿De dónde has sacado esta mierda? –preguntó devolviéndosela.

- ¿Demasiado para tu refinado paladar? –se burló el moreno con voz pastosa.

Y como si de pronto cayera en la cuenta, miró al Slytherin y cuestionó:

- ¿Qué coño haces tú aquí?

Draco sonrió de medio lado.

- Por lo visto McGonagall tiene miedo a que te caigas de la Torre.

Harry resopló y alzó otra vez la botella. Después dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en la muralla.

- Deberíamos irnos. –insinuó Draco intentando arrebatarle la botella– Está anocheciendo.

- Estamos bien aquí, gracias. –respondió Harry, refiriéndose a él y al firewhisky, el cual defendió con las dos manos– Pero tú puedes irte cuando quieras. –ofreció señalando torpemente la puerta que daba a la escalera de caracol que conducía a la parte de atrás del castillo.

- Estas borracho, Harry.

- No, no lo estoy. –negó éste con contundentes movimientos de cabeza– Todavía no lo suficiente…

Draco dejó escapar un gruñido y se levantó para quitarse su propia túnica. En vista de que no iba a conseguir arrancarle de allí fácilmente, arremangó las mangas de su camisa y volvió a sentarse. Esta vez, le cogió por sorpresa y consiguió la botella.

- ¿Qué haces? –preguntó Harry irritado.

Draco cerró los ojos y tragó con fuerza. ¡Mierda de whisky de garrafón!

- Ya sabes lo que dicen, si no puedes con ellos… –respondió con voz ronca por la quemazón– ¡Joder¿Cómo puedes beberte esto?

- No quiero compañía, Malfoy. Así que lárgate.

Como única respuesta, Draco se llevó nuevamente la botella a los labios, para después toser como un condenado. El cielo en ese momento era un lienzo de rojos y naranjas, envolviendo un sol cada vez menos amarillo y menos brillante. Encerrándoles a los dos en aquella mortecina, pero hermosa luz de anochecer. Durante un buen rato permanecieron en silencio, pasándose la botella con una recién encontrada camaradería, sumido cada uno en sus propios pensamientos. Harry no volvió a pedirle que se marchara. Y Draco acostumbró la garganta al ardiente líquido a fuerza de hacerlo bajar por ella. Al cabo de un tiempo, el rubio sintió que su cabeza empezaba a enturbiarse peligrosamente y decidió que era el momento de volver a sugerir una retirada. Una luna redonda y blanca iluminaba ahora el cielo. La tenue sombra que hasta ese momento había sido Harry a su lado, volvió a tener rostro y cuerpo bajo el resplandor blanquecino. Los cristales de sus gafas brillaron cuando intentó ponerse en pie, escurriéndose pared abajo un par de veces antes de lograrlo.

- Mañana tendremos un resacón de mil demonios. –gruñó Draco en voz alta, contemplando los esfuerzos de su compañero.

Harry había logrado mantenerse derecho y se agarraba a una de las almenas como si en aquel momento fuera lo único sólido en su vida. Para cuando Draco fue capaz de procesar la imagen, el moreno se balanceaba entre dos almenas, con las piernas entreabiertas en un intento de mantenerse firme, la cabeza gacha y refunfuñando palabras incoherentes contra algo con lo que en ese momento parecía tener un serio problema

- ¿Qué coño haces? –gritó levantándose de un salto.

Mala idea, porque el whisky de garrafón suele ser muy traicionero y la muralla onduló ante sus ojos.

Sin abandonar aquel ligero vaivén que su cuerpo había decidido de forma totalmente independiente, Harry volvió un poco la cabeza para enfocar a Malfoy, que trataba de levantarse justo a su lado.

- Intento mear, Malfoy. ¿Te importa?

Draco logró ponerse en pie y decidió que mear era una buena idea. Así que, como si se tratara de un urinario, se situó entre las dos almenas siguientes y bajó la cremallera de sus pantalones. A su lado, Harry dejaba escapar un gemido de satisfacción. Después de unos momentos en los que sus dedos y su pene parecieron jugar al escondite, Draco logró sacarlo y unirse al placer de chorrear el aire que ahora parecía divertir tanto a su compañero.

- Mañana no tendrán que regar el césped. –aseguró Harry con una risita floja.

Se dio la vuelta con desmaña y se escurrió muralla abajo otra vez. Draco no tardó en acompañarle. ¡Merlín, bendito! Hermione iba a matarle, fue capaz de pensar. Y Evon. No podría darle un beso de buenas noches a su hijo. En ese momento sintió a Harry gatear sobre él, intentando alcanzar la botella prácticamente vacía que había quedado de su lado.

- ¿No has ahogado suficientes penas ya? –preguntó Draco intentando no sonar tan beodo como se sentía.

- Tengo un par que todavía se resisten. –respondió Harry, que haciendo gala de la ventaja etílica que le llevaba, cayó encima de las piernas del Slytherin cuan largo era.

- No pueden haber sobrevivido. –aseguró Draco, negando sin mucha coordinación con la cabeza– Van a declararte zona catastrófica en cualquier momento.

Harry soltó una risa achispada y Draco sintió cómo su estómago vibraba sobre sus piernas. Y a su propia entrepierna vibrar por cuenta propia.

- Levántate, Harry. Vas a dejarme las piernas llenas de moratones.

El moreno volvió la cabeza hacia él desde el suelo, con dificultad. Frunció el ceño y apretó los labios como si estuviera a punto de tener una rabieta.

- ¡Tú qué sabes de moratones! –acusó en tono ebrio.

Y si tú no te levantas pronto, sabrás lo que es un Malfoy caliente, gimió el rubio en silencio. Con algún que otro aprieto, Harry logró incorporarse y quedarse de rodillas frente a Draco, con una expresión enfurruñada y retadora. Torpemente, empezó a sacar la camisa de sus pantalones y la subió hasta retorcerla bajo su cuello.

- ¿Ves? –mostró señalando alternativamente con un dedo su estómago, costado, pecho…

Mientras Harry le mostraba todas y cada una de las cicatrices que Draco ya conocía, el rubio rogaba para que no se le ocurriera bajarse los pantalones para enseñarle la del muslo. En su estado, no creía poder encontrar la suficiente fortaleza como para aguantar la visión de Harry con los pantalones por las rodillas. Y quedarse quieto.

- Pero la más grande está aquí… –oyó que decía entonces el moreno arrastrando la última sílaba de algunas palabras.

Con desesperación Draco vio como el Gryffindor empezaba a desabrocharse el cinturón. Por suerte para él, con serias dificultades, lo cual le dio tiempo a abortar la exhibición.

- Tú no eres el único, presumido… –dijo intentando pronunciar cada palabra con la suficiente claridad– …yo también… tengo…

Draco se incorporó un poco tambaleante hasta quedarse también de rodillas. Con dedos inhábiles desabrochó su propia camisa, ante la mirada curiosa del moreno. Después le mostró la espalda. Pero la luz de la luna y la borrachera de Harry no eran buenos aliados para que éste pudiera ver claramente lo que Malfoy quería enseñarle. Así que el Gryffindor sacó la varita de su bolsillo y con un Lumos iluminó la blanca espalda.

- ¡Wow! –sopló el Gryffindor sobre la piel pálida– ¿Quién te hizo esto, Malfoy?

Un sinfín de líneas de color marfileño, ahora casi tan pálidas como su piel cruzaban la espalda del Slytherin. Con un dedo, Harry resiguió algunas de ellas, para comprobar que apenas podían notarse al tacto. Draco se estremeció al sentir la suave caricia.

- Fue mi padre. –confesó.

- ¿Por qué? –preguntó el Gryffindor sorprendido.

- Procuro olvidarlo. –respondió él– Y tú deberías hacer lo mismo. Olvidar, Harry. –se dio la vuelta, apoyándose en una mano para no caer en el giro– A veces es bueno correr un velo sobre las cosas que nos hacen daño. –su propia mano se atrevió a recorrer una de las marcas en el estómago del moreno– En cambio, otras, sería tan bueno poderlas recordar…

Harry inclinó la cabeza hacia un lado y siguió mirándole fijamente, como si esperara que siguiera hablando. Se balanceó peligrosamente hacia delante y Draco le detuvo con la palma de la mano contra su pecho.

- Hora de volver a casa, león. –susurró.

- No… –negó Harry.

- Davis estará preocupado…

El moreno volvió a negar.

- No está…en casa… –siseó mientras Draco, haciendo acopio de equilibrio, lograba ponerles en pie a los dos.

No iba a ser capaz de aparecerse, pensó Draco. Ni con Harry ni solo. No digamos de llegar fuera del límite de los terrenos para poder hacerlo. En ese momento se daba por satisfecho con lograr bajar la estrecha escalera de caracol y encontrar a McGonagall para que les prestara una chimenea.

Abrió los ojos y volvió a cerrarlos inmediatamente al sentirlos heridos por la potente luz que se derramaba sobre la cama. Volvió a abrirlos, esta vez con su mano como visera y miró a su alrededor.

- McGonagall estaba algo cabreada ayer por la noche. –dijo una voz conocida– Aunque, tranquilo, yo me llevé la peor parte.

Draco Malfoy entró en su campo visual con una taza de café en cada mano. Le tendió una.

- Después de todo, tú eras su Gryffindor favorito. –el rubio sonrió– ¿Resaca?

Harry se incorporó hasta quedarse sentado y tomó la taza de café.

-¿Estamos en Hogwarts? –preguntó tras el primer sorbo, ante la familiaridad del mobiliario.

- Si. –confirmó Draco– En una habitación para invitados o algo así.

Harry dio otro sorbo a su café y tomó sus gafas de la mesita de noche. Entrecerró los ojos, intentando hacer memoria de cómo había llegado hasta allí.

- Después de vernos bajar a los dos las escaleras, McGonagall dijo que podríamos ganarnos la vida como equilibristas… –explicó Draco– pero que era mejor que nos quedáramos a dormir aquí.

Harry se preguntó cómo era posible que el Slytherin pareciera más fresco que una rosa cuando él se sentía como una miserable mierda. Localizó su túnica, pulcramente doblada sobre el respaldo de una silla y los guantes encima del asiento. Sus botas estaban justo al lado.

- Oye, siento haberte dado la tarde. Y la noche. –se disculpó algo incómodo.

- Oh, no lo sientas. –dijo Draco, risueño– De hecho estuviste muy… comunicativo.

Harry volvió la cabeza bruscamente hacia el rubio, que en ese momento le tendía un plato con tostadas, con un latido disonante en el pecho. Lo rechazó y siguió con la mirada a la figura alta y esbelta que volvió a depositarlo encima de la mesita situada entre dos sillones, justo frente a la cama.

- ¿Comunicativo? –pronunció con cautela.

Malfoy tomó asiento a su lado, mordisqueando una tostada.

- Es bueno poder desahogarse de vez en cuando. –afirmó con una expresión extraña en su mirada– Y créeme, tú tenías el saco bastante lleno.

Harry tragó saliva y el rubio vio subir y bajar su nuez de Adán con fuerza.

- No lo habías hablado con nadie¿verdad? –preguntó Draco suavemente, casi en un susurro– De cómo te sentías…

Harry dio otro trago a su café, tratando de darse tiempo a recordar. Intentando hacer memoria de lo que le habría soltado su bocota borracha a Malfoy. ¡A Malfoy, precisamente!

Por su parte, Draco observando la tensión en el amado rostro, escondía la sonrisa tras su propia taza de café. Porque Harry ya había estado roncando antes de caer en la cama, completamente fuera de juego, la noche anterior. Pero, sin lugar a dudas, no podía presentársele ocasión mejor para justificar todo lo que conocía sobre él; lo que había logrado arrancarle con mucha paciencia y grandes dosis de ternura en esa otra vida.

- Estás muy raro últimamente, Malfoy. –fue lo único que dijo Harry antes de levantarse y dirigirse hacia la silla junto a la que estaban sus botas.

Depositó la taza de café en la mesita, se calzó, tomó sus guantes, su túnica y después miró a Draco con expresión apremiante.

- ¿Nos vamos? Habrá que disculparse con McGonagall.

Se detuvo en la puerta, frunciendo un poco el ceño, como si reflexionara. Después dijo:

- Yo, me disculparé con McGonagall.

O.O.O.O

Alexius Luxellet era un maestro de pociones magnífico. Aunque había nacido en Ginebra, había pasado su infancia en Nidwalden, en el centro de Suiza. Hasta que ingresó en el colegio de magia suizo, muy cerca de Berna. Una vez acabados los estudios, con matrícula de honor en Pociones, había entrado en la escuela superior de Viena para hacer la maestría. Después, había regresado a Berna, donde había empezado a trabajar como ayudante de su antiguo maestro y mentor, ya retirado de la enseñanza. Un par de años más tarde, Hans van Kaffman le reclutaba como jefe de laboratorio de su compañía.

Habían sido unos años de absoluta dedicación y plena satisfacción en su trabajo. Había podido comprar una hermosa casa y se había casado con una encantadora bruja que había conocido en Viena. Con ella, había tenido dos hijos que eran el centro de su existencia y su mayor alegría. La vida le sonreía. Hasta que Étienne, el menor, había contraído aquella extraña y grave enfermedad mágica.

Poco a poco, la felicidad se había ido diluyendo, al mismo ritmo que conocía la angustia y la preocupación. Su pequeño necesitaba muchos cuidados para poder seguir adelante. Permanecía ingresado en el hospital mágico de Zürich la mayor parte del tiempo y los gastos eran cuantiosos. También el tratamiento, aunque él pudiera prepar la mayoría de pociones que su hijo necesitaba. Sin embargo, no por ello los ingredientes dejaban de ser demasiado caros para su ya maltrecha economía. Tenía facilidades, claro está. El señor van Kaffman era muy amable en ese sentido. Hasta que se dio cuenta de cómo iba a tener que pagárselos.

La primera vez le dijo que era un favor muy especial para un amigo suyo, al que debía mucho. Alexius no pudo negarse. Después de todo, él también le debía mucho a van Kaffman. Y aunque no le gustó, hizo la poción. No tardó en llegar una segunda y después una tercera. Cuando intentó negarse a las siguientes, su hasta entonces generoso y amable patrón, le recordó todo lo que había gastado y seguía gastando en ingredientes para las pociones de su hijo. Los que seguiría necesitando por tiempo aún indefinido. Y Alexius claudicó. En poco más de un año, había montado un nuevo laboratorio, esta vez clandestino, para la elaboración de pociones prohibidas. A partir de ese momento, Industrias Van Kaffman habían despegado definitivamente y empezado a expandirse. Y Alexius Luxellet dejó oficialmente la compañía, con la excusa de tener que ocuparse de su hijo enfermo y pasó a trabajar en la sombra. Tan clandestinamente como clandestino era su laboratorio y las pociones que en él se fabricaban.

Habían pasado cinco años desde entonces. Étienne parecía haberse estabilizado y, aunque cada vez pasaba menos tiempo en el hospital, seguía necesitando su caro tratamiento. Alexius le debía tantos galeones a van Kaffman que no podría pagarle ni trabajando para él durante tres vidas. Sabía que estaba atado a ese laboratorio para siempre y durante una larga temporada, incluso había dejado de importarle, limitándose a alegrarse de los avances de su hijo. Sin embargo, desde hacía algún tiempo, una nueva inquietud se había instalado en su vida. Hacía unos meses, una de las remesas que habían enviado a Alemania, había sido interceptada. No había nada que pudiera relacionarla con Industrias van Kaffman. De momento. Las autoridades alemanas, habían empezado a investigar, pero habían llegado a un punto muerto y a falta de pistas, habían abandonado la pesquisa.

Ahora Alexius tenía miedo. Si le detenían y le encarcelaban¿qué sería de Étienne, de su familia? Por mucho que ese mago engreído y altanero que supervisaba la producción y los envíos para van Kaffman, le asegurara que no había manera de que pudiera llegar hasta ellos. Nott, que así se llamaba el petulante joven, le había dicho que su patrón había encontrado una forma segura de camuflar los ya grandes beneficios que la venta de pociones prohibidas le proporcionaba, para que no llamaran la atención y provocaran preguntas enojosas.

No habría nada que pudiera hacer sospechar de Industrias van Kaffman si todos permanecían con la boca cerrada.

Continuará…


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