Sara: ¡Buenas a todos y todas! Una vez más estamos aquí, y esta vez a tiempo!
Norma: ¡Increíble pero cierto!
S: ¿Quién, yo? Lo sé, es algo que me suelen decir.
N: ¿Quién? ¿Tu madre? Ah, no, espera, que ella tampoco lo hace ¬w¬
S: ¿Y tú como lo sabes? ¿Acaso me espías? ¬¬
N: Demándame, soy una acosadora ~.~ De todos modos, sigo preguntándome por qué continuo juntándome contigo…
S: es por mi maravilloso carácter y mi irresistible sonrisa.
N: O quizás porque así tengo a alguien a quien pegar… Bueno, volviendo a lo importante…
S: ¡A mí!
N: (le pega un sartenazo) Que te calles, pesada. ¡Dentro capítulo!
S: ¡Esperamos que os guste!
Cap. 12: las monedas de la traición (I)
A la mañana siguiente, la primera en despertar fue Isabelle, que abrió los ojos poco a poco y con pereza. Se dio la vuelta en la cama y cuán grande sorpresa se llevó al encontrarse a un Simon dormido a su lado.
Por si aquello fuera poco, ella estaba en ropa interior y la camisa de él casi de todo despasada.
¡¿Qué demonios había pasado la noche anterior?!
Simon fue despertado y, al ver a Isabelle, sonrió y le saludó con voz adormilada:
-Buenos días…
-"Buenos días"- repitió ella con un tic en la ceja y completamente sonrojada-. ¡¿Buenos días?! ¡Sal de aquí!- le dijo pegándole una patada que lo tiró de la cama.
-¿Pero qué te pasa?- Se quejó el castaño. Ella se cubrió todo lo que pudo con las sábanas y lo miró desconfiada. Fue entonces cuando Simon comprendió la situación.- Isabelle, esto no es lo que parece…
-Sabes que esa frase suele acabar mal, ¿no?- dijo ella con el ceño un tanto fruncido, y Simon pensó que en ese momento: sonrojada, con el ceño fruncido y desconfiada, era el vivo retrato de Alec si fuera mujer. Por otro lado, él no pudo estar más de acuerdo con que la elección de palabras no había sido la más acertada.
-Anoche, cuando volvimos, te quedaste dormida en el coche y tuve que traerte a tu habitación. El vestido parecía muy ceñido, así que supuse que no sería cómodo dormir con él, por lo que te lo quité. ¡Pero te juro que no miré! ¡Cerré los ojos mientras lo hacía y los abrí cuando ya te había tapado!- Exclamó él. Isabelle lo miró con los ojos entrecerrados.- ¡Lo juro!
-¿Y cómo explicas que estés durmiendo a mi lado y sin camiseta?- inquirió la morena.
-Me confundiste con una almohada y ya no me pude deshacer de tu agarre…- se justificó comenzando a hartarse ya de aquél interrogatorio.
-Mmm… ¿Cómo has podido atreverte a desnudarme?- dijo ella.
-B-bueno, no es como si tuvieras algo que no hubiera visto antes.
-perdona, pero estas dos son únicas- espetó Isabelle señalando sus pechos cubiertos por la sábana blanca. Simon se puso rojo como la grana mientras se dejaba caer sobre la cama boca abajo, escondiendo sus mejillas coloradas en la almohada. Definitivamente, aquella batalla había sido ganada por la joven dama.
Por su parte, Magnus se despertó con la promesa que le había hecho a Alec en mente: lograría caerle bien al chico. Desde su pelea por el brick de leche que ése se había convertido en su reto principal y actual en la vida. Se puso en pie y fue a la cocina; empezaría desde ya. Además, si Alexander se iba a hacer pasar por su novio frente a sus padres, más le valía que se llevaran bien.
Hizo unas tortitas, de las cuales, unas cubrió con chocolate y nata y las otras, con mantequilla y distintas mermeladas. Sin embargo, le faltaba el café, así que se vistió rápidamente, pero sin dejar de lado su estrafalario sentido de la moda, y como solo iba a ir al Starbucks de la acera de enfrente, decidió que unos pantalones de cuero, una camisa ceñida azul marino de una tela suave y brillante y con los primeros botones desabrochados, unos zapatos negros italianos y un poco de delineador azul en sus ojos sería una buena elección. Por aquello de ir informal y esas cosas.
Cuando llegó, se acercó al mostrador y, advirtiendo que la dependienta acababa de preparar cinco cafés, se puso a coquetear con ella y le pidió un mocca con virutas de chocolate y crema de cacao y nata. Al regresar con su pedido después de unos minutos, Magnus sacó todas sus armas de seducción.
-¿Sabes? Soy pintor, y hace tiempo que me gustaría practicar un nuevo estilo… querría cambiar el lienzo por un cuerpo femenino; pintar sobre él…- susurró cerca del rostro de la joven, asegurándose de que el sonrojo que cubría las mejillas de la rubia creciera. La única barrera entre ellos era el gran mostrador de granito, pero ya se encargaría él de que ella deseara echarlo a bajo.- Y quizás… No, creo que…- Se hizo el avergonzado mordiéndose el labio inferior sugerentemente mientras la miraba como si realmente quisiera empotrarla contra el mostrador y hacerle gemir hasta dejarla afónica y Wen, como ponía en su uniforme, se tuvo que sostener de la barra, se ahuecó el cabello y, "accidentalmente" se despasó un par de botones del escote de la camisa.- Pero creo que no…- dijo finalmente Magnus continuando con el teatro- es decir, eres preciosa y… quiero decir: mírate… Eres… ¡wow! Y esto es muy poco caballeroso por mi parte…
-¡Qué va! Y-yo… estoy libre esta tarde…- prácticamente ronroneó Wen, y Magnus sonrió pícaramente, haciendo que las rodillas de la chica temblaran.
El inspector cogió una servilleta y, después de sacar el bolígrafo que había en el bolsillo de la blusa de Wen- ese que estaba en la parte derecha de su pecho- asegurándose de alargar un poco el roce y , así, hacer temblar a la muchacha, escribió un número de teléfono y lo colocó con cuidado dentro del mismo bolsillo del que había sacado el bolígrafo. Se dio la vuelta y cogió su café y los otros cinco de antes y se fue, mientras la joven suspirada. ¡Et voilà!: Seis cafés por el precio de uno y una cita para el capitán Ragnor; no había sido un mal negocio.
Así, con la sensación de haber aprovechado bien la visita al Starbucks, regresó al apartamento pensando que nadie se habría levantado todavía y que, por lo tanto, podría terminar de preparar su sorpresa. Sin embargo, al llegar se encontró a los tres Lightwood y a Simon comiéndose las tortitas que ÉL había hecho.
-¡Brillitos! Me encantan las tortitas- exclamó el rubio-. Creo que a partir de ahora, serás tú el que prepare el desayuno.
-Estoy de acuerdo- secundó Simon.
-Yo con tal de que no lo prepare Isabelle…- comentó Alec ganándose un puñetazo en el hombro por parte de su hermana.
-bueno, dicen que la mejor manera de llegar al corazón de un hombre es mediante el estómago- suspiró resignado Magnus a la vez que repartía los cafés.
-¿Y al corazón de quién pretendes llegar tú, nene?- le preguntó pícara Isabelle.
-Es evidente, Izzy- dijo un serio Jace-. Al mío; al fin y al cabo, soy tremendamente atractivo y nuestro querido inspector no ha podido resistirse a mis encantos.
-Lo siento, rubito, pero no es a ti.
-Confío en que no sea a mí- confesó Simon.
-Puedes estar tranquilo, Sammy, lo nuestro nunca funcionaría, soy demasiado hombre para ti.
-Podrías habernos dicho desde un principio que pretendías tirarte a Alec- dijo Jace por encima de las quejas de Simon a la vez que veía a su hermano atragantarse con su café.
-Sí, no nos hubiera molestado saberlo. Y tú- señaló Isabelle a Alexander, que estaba totalmente sonrojado y con un tic en la ceja-. Ya era hora de que ligaras…
-En realidad no pretendo tirármelo…
-Eso es lo que dices siempre- murmuró el otro policía llevándose un bocado de tortita de chocolate a la boca.
-Para que lo sepáis; yo no…- comenzó Magnus, pero se vio interrumpido por el timbre de su móvil.- Tenéis suerte de que me hayan llamado- dijo mientras salía de la cocina.
-Bueno, Alec, ¿hay algo que nos quieras contar?- preguntó inquisitivamente Isabelle.
-Yo… nada. ¡Nada, de verdad!- exclamó nervioso y ruborizado el cuestionado.
-Isabelle, déjalo- trató de ayudarle Simon.
-Tú te callas.
-Sí, señora- dijo mientras se volvía a sentar en la silla y ocupaba su boca con tortitas.
-Alec, antes de que Izzy siga con su interrogatorio debo decirte que me siento muy orgulloso de ti- dijo serio por una vez en la vida-: has llegado virgen hasta antes de tu matrimonio y ya sabes; siempre que te hagan falta condones, no me los pidas a mí, sino a Isabelle.
-¡Sois insoportables!- exclamó Alec tan rojo que casi parecía una tetera caliente.
-Sasha, mueve tu culo; nos vamos a la comisaría- anunció Magnus, que entraba en la cocina seguido de una Clary que evitaba cualquier tipo de contacto visual con el rubio-. Y nada de protestar.- se adelantó a la quejas del hacker.
-¡Pasadlo bien!- les gritó Jace antes de voltearse hacia Alec.- ¿No te despides?
-Eso, Alexander, ¿no te despides?- le pregunto de vuelta el inspector, sonriendo de lado.
-¡Adiós!- gritó con fuerza antes de que Magnus saliera de la puerta riendo sonoramente.
La casa había quedado en relativa calma después de que los agentes se fuesen a trabajar. Isabelle estaba en un sillón de la sala de estar leyendo, para terror de sus hermanos, un libro de cocina muy interesada. Alec, después de observar con un escalofrío aquella inquietante escena, volvió a su dormitorio para leer un reportaje sobre los avances en el estudio de las curas para el cáncer. Jace, que veía con aburrimiento el titular del artículo, salió del cuarto de su hermano y fue a la sala de estar, donde prendió la televisión para jugar con la PSP de Simon.
Se estaba iniciando la consola con el título de Assassins Creed en la pantalla cuando sonó el teléfono móvil de Isabelle, quien descolgó sin darle mucha importancia. Sin embargo, en cuanto le hablaron desde la otra línea, no pudo más que dejar caer el libro nerviosa, lo que llamó la atención del rubio.
-V-valentine… h-hola. N-no, no esperábamos tu llamada- le contestó con la máxima normalidad que pudo encontrar en su voz a la pregunta de Valentine. Según parecía, y por lo que podía escuchar Jace, Valentine reía divertido y jovial, raro en él.
Jace se retiró sin hacer ruido hacia la habitación de Alec y le avisó sobre la llamada. En menos dos cinco segundos, ambos muchachos habían regresado junto a su hermana y escucharon la pequeña charla que Valentine tuvo con su hermana, hasta que éste se pudo serio.
-Isabelle, ¿están ahí tus hermanos?- la chica respondió afirmativamente- Pues pon el altavoz, tengo un trabajo para vosotros- se escuchó la voz grave del hombre una vez que la morena puso el manos libres, y el tenso ambiente que reinaba en la sala fue roto por la voz imperativa del otro lado del teléfono.
España había cedido gran parte de una colección de antiguas monedas de oro, plata y cobre del siglo XVI al gobierno estadounidense, y el viernes de esa misma semana, estarían en una de las exposiciones de Nueva York.
Valentine les ordenó hacerse con ellas y entregárselas personalmente la misma noche que las consiguieran. Sabía a la perfección que les estaba pidiendo algo peligroso, pero debía poner a prueba la lealtad y el temor que le tenían. Los Lightwood eran buenos en lo que hacían, no pensaba dejarlos escapar tan fácilmente; al fin y al cabo le proporcionaban grandes beneficios económicos al cabo del año. Sin embargo, la traición era algo que Valentine no iba a perdonar, y si les tenía que hacer pagar, lo haría de buen grado.
Cuando sonó el pitido que indicaba que Valentine había colgado, los tres hermanos se miraron seriamente.
-¿Qué vamos a hacer?- preguntó Isabelle, aguantándose la cabeza con las manos.- Si nos negamos, sabrá que algo está pasando y nos pondrá entre la espada y la pared con Max y Zacarías…
-Y si le obedecemos, Magnus, Clary y Simon se verán obligados a arrestarnos, perderemos el derecho de custodio policial, Max terminará en un orfanato y el tío Zacarías será arrestado porque sus crímenes todavía no han prescrito- susurró Alec.- Sea cuál sea la opción que elijamos, de nosotros depende el futuro de nuestra única familia.
-Max y Zacarías están a salvo, ¿no? No tendríamos que temer nada- dijo Jace muy tenso.
-Tú lo has dicho: no "tendríamos" que estarlo. Pero es así como nos sentimos porque sabemos de lo que es capaz de hacer Valentine con tal de salirse con la suya- comentó Isabelle-. No quiero traicionar a los chicos; nos han ayudado mucho- sollozó-. Cualquier otro policía nos hubiera encerrado de por vida en prisión y se hubiese encargado de que un juez dictara cadena perpetua.
-Isabelle… tranquila; saldremos de esta…- le susurró Jace sin acabarse creer sus propias palabras mientras la abrazaba. Alec los miró desde su posición sin moverse y recordó que, por mucha vergüenza que le hicieran sentir a veces o sus comentarios soeces, eran una familia, eran su familia, y él estaba realmente orgulloso de ellos.
Pasaron toda la tarde deliberando los pros y los contras, pero no parecían llegar nunca a una buena solución. A las siete de la tarde lo agentes hicieron acto de presencia en el apartamento. No tardaron mucho en percatarse del poco ánimo de los Lightwood y en preguntar, pero los hermanos respondieron que simplemente sentían añoranza de Max y Zacarías, que se les pasaría en un rato.
A la mañana siguiente, Isabelle fue a comprar ella los cafés al Starbucks de enfrente mientras Alec se encargaba de la comida. Cuando cruzó la calle, alguien comenzó a caminar junto a ella. No necesitó más de cinco segundos para darse cuenta de que se trataba de Sebastian, el mejor sicario de Valentine.
-Valentine quiere saber si ya tenéis preparado el golpe- le dijo a la joven y notando la tensión en el cuello de ésta cuando le habló.
-Bueno, nos lo dijo ayer. Todavía estamos planificándolo.
-Pues que sea rápido, tiene cierto interés personal por esas monedas y después de este viernes la exposición se irá a Las vegas.- Comentó él a sabiendas de los verdaderos planes de su jefe y poniendo a prueba a Isabelle.
-¿Y eso?- preguntó ella.
-Tiene algo que ver con la leyenda de esas monedas. Se dice que fueron manchadas con la sangre de todos los traidores de la patria española. Valentine quiere comprobar por sí mismo si eso es cierto…- Isabelle sintió que el aire le faltaba, pero supo aparentar normalidad. Valentine los estaba poniendo a prueba; lo sabía todo.
-Es una historia apasionante.
(1)-Sí, bueno, España es un país con miles de mitos y personajes históricos alucinantes entre las páginas de su historia, por no hablar de su vasta cultura. Esperemos que la corrupción política, los desfalcos bancarios, la desigualdad ante la justicia y los conflictos sociales no acaben con un país tan rico en esos aspectos.
-Bueno, dicen que España es el país más rico del mundo.- dijo ella, y Sebastian la miro con una ceja enarcada dispuesto a replicar con sorna, pero ella continuó la frase antes de que él la cortara-. Es decir, los políticos y la monarquía comenzaron a robar desde antes del siglo XVI, y todavía no han acabado.- Y Sebastian no pudo evitar reír fuerte, mientras que Isabelle trataba por todos los medios de seguirle el juego. (1)
En cuanto se despidieron, la morena voló hasta el apartamento. Cuando les contó a Jace y a Alec lo ocurrido, estuvieron de acuerdo en que, aunque les doliera, no podían dejar las vidas de Max y Zacarías en las garras de Valentine, menos cuando éste estaba tan alerta y Sebastian rondaba cerca.
La semana pasó rápidamente y el viernes finalmente llegó, así que Jace se puso en contacto con Valentine para explicarle que al día siguiente tendría parte del tesoro español en la vitrina de su casa.
Esa misma noche, los chicos aprovecharon que los agentes llegarían tarde a la casa por un caso algo complicado para dar el golpe.
Se pusieron ropas negras y ceñidas que les permitieran un gran margen de movimiento y que les hicieran pasar por sombras en la oscuridad. Cogieron el mapa de las instalaciones y sincronizaron sus relojes. Alec preparó el equipo informático, Isabelle los intercomunicadores y Jace las herramientas necesarias para aquél robo, las cuales guardó en una mochila que se colgó en la espalda. Cogieron la furgoneta negra que habían dejado abandonada en la plaza de aparcamiento que había en frente de las de los agentes y que no habían utilizado desde que llegaron al piso franco, y salieron hacia el museo.
Una vez llegaron allí, Alec se encargó se localizar la zona de acceso con una vigilancia digital más débil y de debilitarla lo suficiente como para que Jace y él pudieran pasar sin que la alarma saltara ni el guardia de seguridad se diera cuenta de la baja frecuencia electromagnética en aquella puerta ya que, por otro lado, utilizar el truco de las cámaras de seguridad, sería como hacer una declaración abierta con carteles luminosos de que habían vuelto a las andadas.
Isabelle, sentada en la parte trasera de la furgoneta y con el mapa sobre una mesa empotrada y atornillada contra una de las paredes del vehículo, los iba guiando por los pasillos, avisándoles de los puntos de mayor vigilancia tecnológica y de las rutas que los guardias hacían durante sus rondas nocturnas para poder esquivarlos.
Después de casi tres cuartos de hora para asegurarse que nadie sospechara de su visita nocturna, Jace comenzó a cortar el cristal de la vitrina en la que estaban las monedas españolas después de que su hermano hubiera desactivado cualquier infrarrojo en su camino, pero cuál fue su sorpresa cuando una potente alarma sonó y todas las luces del museo se encendieron.
-¿¡Pero tú no habías desactivado la alarma?!- l gritó exaltado Jace a Alec.
-¡Claro que lo he hecho! ¿¡Tan estúpido me crees!? ¡Debe haber algún dispositivo que este cacharro no haya localizado- dijo refiriéndose a una de las herramientas.
-¡Dejad de discutir y daos prisa! ¡Los guardias van hacia allí y se oyen sirenas a lo lejos!- les gritó Isabelle a través de los auriculares mirando por la ventanilla de la furgoneta. No se veían las luces de los coches patrulla todavía, pero todo era cuestión de tiempo.
Jace y Alec se dieron prisa en guardar las cosas y meter las monedas en un saquito que Jace se colgó del cinturón del pantalón y salieron corriendo mientras escuchaban los gritos y las pisadas de los guardias de seguridad detrás de ellos.
-¡Alto! ¡Alto o disparo!- les gritó un hombre de unos cincuenta años y no muy buena condición física.
-¡Mira! ¡Otro para la colección!- se rió Jace sin dejar de reír, y Alec uvo la grandiosa necesidad de ahorcarlo allí mismo e ir a prisión por robo y asesinato.
_EN LA COMISARÍA DE NY_
Los agentes se encontraban alrededor de una pizarra enorme repleta de fotografías e información cuando la voz de alarma se extendió en la comisaría.
-¿Qué pasa?- le preguntó Magnus a Ragnor, quien salía apresurado de su despacho.
-La alarma del museo en que se está llevando a cabo la exposición del tesoro español ha saltado- le respondió mirándolos significativamente.
En Nueva York habían miles de ladrones, pero solo existían cinco que se dedicaran exclusivamente al robo de antigüedades. Sin embargo, Susan Carter estaba en una prisión de Arizona, Louis McGregor hacía un mes que había muerto al intentar escapar de la policía en medio de un tiroteo, Wen Shu había dado su último golpe en China aquella misma mañana, así que era cronológicamente imposible que hubiera sido él, Cataleya Morgan solo buscaba piezas de arte, no monedas… así pues, solo quedaban los Lightwood.
-Es imposible…- susurró Simon sintiendo un pinchazo en el estómago.
-Nos han estado mintiendo todo este tiempo…- pensó en voz alta Clary, sin acabar de creérselo.
Magnus se quedó de piedra. Los habían utilizado. Los Lightwood se habían visto acorralados por la policía, ¡así que inventaron toda aquella historia de Valentine para encime tener a la policía de su lado!
Los agentes no pudieron evitar sentirse estafados y humillados, decepcionados. Su confianza había sido traicionada.
Posdata: por si acaso no os habéis dado cuenta, en los (1), Norma se ha quedado más a gusto que Sara después de ir al baño.
