Los días pasaban. Segundos, minutos, horas... Gilbert sentía el avanzar del tiempo como punzadas ponzoñosas en su ya cansado corazón. El amor de su vida se marchitaba cada vez más, la bella flor de sus ojos perecía lentamente y él no podía hacer nada para evitarlo. Sólo podía observar como un mero espectador mudo, sin voz para detener todo aquello.
Eso era lo que se sentía ser el familiar de un enfermo terminal: mera impotencia en estado puro con unas gotas de pesimismo extremo y desesperanza absoluta. Claro, ver a quién amas ser arrastrado por las garras de la imperturbable muerte no era lo más grato, pero uno intentaba prepararse para lo inevitable de todas formas.
Gilbert no podía, no lo lograba asimilar. Ya había perdido a Lizzandra una vez en circunstancias bastante críticas donde pudo hacer algo aunque, de todas formas, no hizo nada de nada para evitar lo anterior. De todas formas, su corazón tenía un tope, y perder a la chica otra vez sobrepasaba aquello, una segunda vez le mataría también a él. Iría tras ella, ya lo tenía decidido y no pensaba echarse atrás en su idea. No le importaban las consecuencias, y era un cobarde por escapar del dolor que podría llegar a sentir, pero no le importaba: como a todo suicida, ya nada le importaba.
Pero, claro, aquel no era el momento más oportuno para pensar en como acabar con su vida cuando ya nada le quedase. Aquella noche sería en la que llevaría a cabo el gran baile en el Palacio Charlottenburg ubicado en la mismísima capital de la nación, Berlín. Lizzandra había pasado horas en la peluquería acicalándose y maquillándose, sin ya contar el tiempo que tardó en ir a por el vestido y colocárselo. Las mujeres podían ser bastante complicadas a lo que respectaba a su imagen, hasta una chica que se declaraba totalmente ignorante respecto a aquel tema por ser "marimacho".
Gilbert meramente se había quedado en casa esperando a su amada y, al igual que ella, se había alistado para la salida. Se había decidido por un elegante esmoquin negro que tenía ya hace varios años, una camisa carmesí de alta costura y una corbata de seda que, al igual que su esmoquin, era del negro más puro. Aquellos colores destacaban enormemente su palidez nívea y sus asombrosos y extraños ojos, los cuales parecían chispear. Todo el conjunto hacía relucir su obvio atractivo, ya de por sí solo asombroso e inigualable.
Observó su perfecto y simétrico rostro en el pequeño espejo que yacía colgado en el diminuto baño, tanta belleza no era posible ser poseída por un mortal y, quizás, aquello explicaría a la perfección la razón de su inmortalidad: aquel rostro y cuerpo no merecían perderse en los anales de la historia con el resto de mortales normaluchos.
-Creo que es bastante egocentrista de tu parte mirarte de esa manera en el espejo, pollito- murmuró Lizzandra, profundamente divertida. Había entrado a la casa sin que el chico se percatase de ello, asomándose por la escalera y sorprendiéndole. Él sonreía sin razón aparente.-Hasta un asesino primerizo en el oficio te habría podido despachar sin mayor problema con lo distraído que estás- agregó, sonriente. La sonrisa felina de ella le hacía perder la cabeza al chico, simplemente le encantaba.
-¿Cuándo es que has llegado? Ni siquiera te he escuchado entrar- preguntó Gilbert. Sus mejillas se habían teñido de un bonito escarlata, causado por la vergüenza de haber sido atrapado in fragantti. Ella rió con la mismísima suavidad de la seda y el dulce cantar de un río que corre por la fría montaña. Era encantadora.
-Hace apenas un par de minutos, la verdad- respondió. Sus azules ojos chispeaban mientras en sus labios se dibujaba una sonrisa traviesa.-Al no encontrarte en la planta baja supuse que estarías en el baño, frente al espejo... diva- agregó, lo que hizo enrojecer aún más las mejillas del chico. Absolutamente irresistible.
-Intentaba verme presentable aunque, en verdad siempre lo estoy pero, ya sabes, siempre es bienvenido el sacarle su brillo a este asombroso y perfecto cuerpo que los dioses me han concedido- murmuró él, sonriendo de manera socarrona. La chica subió las escaleras, quedando frente a él logrando que, inevitablemente, paseara sus rojizos ojos por el cuerpo de su amada: su negro cabello permanecía recogido en un complicado peinado adornado con pequeñas y blancas perlas; su rostro estaba escasamente, aunque lo suficiente para lograr destacar sus maravillosos ojos y preciosos labios; un vestido azul largo de escote en corazón cubría su cuerpo como si de una segunda piel se tratase, con detalles tan delicados y precisos que fluían como si de las mismísimas olas del mar se tratase. Estaba preciosa, y eso nadie con dos dedos de frente y algo de cordura podría negarlo.-Aunque... a tu lado me veré claramente opacado- agregó, con la mirada cargada de picardía. Se acercó a ella, como si de una indefensa gacela se tratase, y posó sus largas manos en la estrecha cintura de la chica.-En otras palabras, te ves preciosa esta noche- concluyó, en un murmullo contra la oreja de ella.
-Eres tan dulce...- rió ella, mientras abrazaba a su amado por el cuello. Sus cuerpos estaban tan apegados como las leyes físicas les permitían, moviéndose al ritmo de un suave vals que ricamente existía al interior de sus embelesados corazones. Miradas apasionadas, el cielo y el infierno en medio de una danza mortal.-...pero ya es hora de que partamos hacia el baile, y tú más que nadie sabe que la impuntualidad no es una virtud bien vista entre las personas educadas- agregó, sonriendo a medias.
Lizzandra soltó a Gilbert, alejándose escalera abajo moviendo provocativamente las caderas de lado a lado, lo que despertó las ganas de su amado de mandar a la mismísima mierda las normas de educación respecto a la puntualidad y besarla allí mismo. Pero, claro, a ella le encantaba ser puntual. El chico le siguió de cerca hasta el coche, montándose ambos en él y, por fin, emprendiendo el camino hasta el gran Palacio Charlottenburg. Él a duras penas lograba mantener los ojos puestos en la carretera con su amada a su lado, de reojo observaba cada uno de sus finos detalles: la blanca piel de sus hombros al descubierto, sus rojizos labios, sus largas y oscuras pestañas, la curva de su busto bien formado, la pendiente de su respingada nariz... todo en ella era perfecto.
-Te aconsejaría dejar de tener tus lindos ojitos sobre mi escote y centrarte en conducir, amor- musitó Lizzandra, de improviso. Aquello hizo que el chico desviara la mirada, con las mejillas ardiendo.-Vamos, soy una asesina profesional, no creas que puedes pasar desapercibido bajo mi vigilancia- agregó, con una pequeña sonrisa tirando de las comisuras de sus rojizos labios.
-No es mi culpa precisamente que esta noche te veas tan hermosa...- intentó excusarse Gilbert, con la vergüenza tiñendo sus pálidas mejillas. La chica soltó una carcajada cantarina y dulce.- ¡L-lo digo en serio!- agregó, sonrojándose aún más. Podría decirse que, junto al prusiano, un tomate se vería pálido.
-Seré una flor bella, pero no he perdido mis espinas- musitó ella, como respuesta. Tenía entre las manos una afilada daga con la que jugueteaba, como un gato con su bola de estambre. El verdadero enigma era de donde la había sacado.
-Lizz, ya te he advertido sobre lo de llevar armas al baile...- murmuró el chico, algo molesto. La rebeldía de la chica podía llegar a ser exasperante algunas veces, aunque él nunca llegaba a molestarse verdaderamente con ella. Lizzandra le dedicó una mirada inocente, en verdad la naturaleza de una asesina era como un huracán, imposible de predecir y menos de controlar.-Te pido por favor que guardes el arma, no quiero que tengamos problemas en el evento, ya sabes- agregó. Simplemente no podía molestarse con ella, era algo tan imposible como lamerse una costilla.
-¡No seas tan aguafiestas, pollito! Sería divertido darles un buen susto a todas las estiradas que asistan- rió la chica. Sus ojos danzaban entre el azul y el rojo, el cielo y la sangre. Paz y locura.-Los pleitos no son tan desagradables cuando tienes algo de ventaja...- agregó, en un simple susurro. Hermosa, pero escalofriante.
-Lizz... guarda el cuchillo, por todos los dioses...- insistió el chico de blancos cabellos. Había tomado una de las manos de la chica, acariciándola lentamente en toda su extensión.
Lizzandra contuvo la respiración, cada músculo de su pequeño cuerpo estaba tenso como un arco listo para disparar, mientras que su rostro mantenía una expresión carente de emoción alguna, imperturbable como la mismísima montaña. Temblores le recorrieron de pies a cabeza mientras bajaba la ventanilla del coche, lanzando finalmente la daga a través de esta a donde sea que cayese en la oscura carretera. Gilbert suspiró y, sin soltar la mano de la chica, volvió toda su atención al camino, mientras rogaba mentalmente que aquella arma no le hubiera hecho daño a nadie. ¿Quién se esperaría ser atacado por una daga salvaje voladora e medio de la carretera?
Hace poco tiempo había descubierto que cuando la chica estaba entrando en crisis, transformándose dicho de otra manera, era más propensa a tranquilizarse que cuando ya estaba totalmente consumida por la locura que le causaba aquella maldición. Una de las maneras más efectivas de revertir el efecto del padecimiento era el contacto humano con seres queridos y, en cierta medida, las palabras de una persona que lograra sacarle del estupor. Aquella era su técnica.
Pronto llegaron a las puertas del gran Palacio Charlottenburg en las ajetreadas calles de un Berlín bellamente iluminado en la penumbra nocturna. Ante la pareja se abrieron las gigantescas puertas de metal forjado que daban a los extensos y verdes jardines de la propiedad. El edificio que conformaba el palacio era impresionante: se extendía de lado a lado desde la torre principal, ventanales altos e imponentes, la punta de la torre era de un color que recordaba bastante al óxido peculiar del cobre y los altos techos le daban una majestuosidad inigualable. Estaba exquisitamente iluminado, lo que le daba un aire más alegre y la música que manaba por sus rendijas daba a conocer la gran fiesta que se estaba llevando a cabo. Llegaban con 15 minutos de retraso, pero no pretendía mencionárselo a la chica. Estaría enamorado, pero no era tonto.
Gilbert bajó del carro junto a Lizzandra, mientras le entregaba las llaves al mozo encargado de estacionar los vehículos para luego tomar la mano de la chica. La pareja entró en la estructura sin armar mayor escándalo y, de esta manera, el chico logró confirmar sus sospechas y dudas respecto a la restauración a aquel lugar que, durante la Segunda Guerra Mundial, había sufrido las repercusiones de los brutales bombardeos por parte de los aliados. Lamentablemente, los frescos destruidos nunca se lograron recuperar tras la catástrofe.
El lugar estaba abarrotado de gente, siendo la gran mayoría perteneciente a la casta de inmortales que respectaba a la encarnación de naciones aunque también se podía encontrar uno que otro humano mortal pululando por allí sin un rumbo aparentemente fijo. La chica se soltó de su brazo, corriendo a saludar a un pequeño grupo de gente: Antonio y Francis con sus respectivas parejas. El albino detuvo su andar tras la chica y contempló la gigantesca estancia.
Sadik estaba junto a un chico de bastante baja estatura, piel morena y cabello oscuro, un simple humano que con sólo mirarle se podía intuir el tipo de relación que llevaba con el turco. En una esquina de la sala se podía ver a Emil con una chica delgada, de facciones delicadas y un aire latino, traía un exquisito vestido rosa pálido que combinaba a la perfección con la corbata de seda que llevaba puesta su pareja. Cercano a ellos se encontraba Héracles, sentado en una mesa, junto a su pareja: una chica de piel clara y cabello ruloso, que le acariciaba el cabello cual gato mientras él dormitaba plácidamente. Comparada con su pareja ella se veía impecable con su negro vestido de fiesta mientras que él llevaba el traje algo arrugado. En la pista de baile se encontraba Basch, con una chica de pelo oscuro y vestido esmeralda. Ambos bailaban lentamente, siguiendo el ritmo de la música que tocaba la pequeña orquesta que se encontraba en una de las esquinas de la sala. Los violines cantaban en su esquina, mientras que las flautas silbaban con una dulzura inigualable, todas las almas presentes parecían moverse con la misma fluidez de la melodía interpretada, dándole al lugar un ambiente pacífico y de magia. A pesar de todo, aquel gentío se veía notablemente separado en dos grupos: a las que habían sido las fuerzas del eje durante la Segunda Gran Guerra, Ludwig con Feliciano como su pareja y Kiku con una chica de cabello corto y vestido púrpura, mientras que, no muy lejos de allí, se encontraban algunos de los que habían conformado a las fuerzas Aliadas hablando en voz baja, y entre ellos se encontraba el americano glotón, Alfred. Aquel chico no estaba alegre como siempre, si no callado y bastante apagado: sus azules ojos vagaban por la estancia sin mayor interés, como si le hubieran forzado a asistir al evento. Aquello no estaba bien.
El chico prusiano detuvo su mirada escarlata en aquel rubio, en el aura oscura que manaba de este casi imposible de percibir e ignorar. No tenía un buen presentimiento respecto a eso, en verdad.
-¡Hey, pollito!- exclamó Lizzandra de improviso. Había corrido hacia su amado, poniéndose a su lado y tomando una de sus largas manos. Sus dedos estaban entrelazados al igual que sus miradas danzantes e inquietas.- ¿Por qué te has quedado aquí, tan solo?- murmuró. Él bajó la mirada, con la vergüenza tiñéndole las pálidas mejillas.
-No es nada, sólo me distraje por un par de segundos- respondió. Se había girado para quedar frente a frente con la chica, dedicándole su más brillante sonrisa.
Lizzandra rió, murmurando un par de cosas que Gilbert no tuvo tiempo de escuchar y asimilar por lo que meramente asintió con la cabeza cual muñeca de trapo, mientras ella le arrastraba hacia la pista de baile. De esta manera las horas fueron transcurriendo, bailó y bebió, convivió y rió. Una noche perfecta.
El chico no pudo evitar fijarse en las parejas humanas que traían muchos de sus colegas e iguales: desde la chica de vestido escarlata que estaba con su amigo Francis hasta la callada chica la cual estaba junto a un chico el cual Gilbert no lograba recordaba su nombre, pero le recordaba bastante al glotón americano. Claro, los inmortales nunca mantenían una pareja por demasiado tiempo, ya que se llegaban a aburrir de esta o simplemente era alcanzada por el cruel reloj biológico que todo mortal tiene. Cualquiera se cansaría de estar con la misma persona por año tras año: escuchar una y otra vez las mismas discusiones, ver el mismo rostro cada mañana, repetir las mismas bromas que ya pierden su sentido, acostumbrarse a la maldita rutina de un todo. Un inmortal no puede soportar aquello, sin importar cuán enamorado estuviese ni cuanto le gustase la rutina: su espíritu salvaje e indomable terminaría intentando escapar de sus cadenas. Esa había sido la filosofía de Gilbert durante cientos de años, siguiendo aquella idea como si se tratase de una doctrina, como un caballo salvaje de corazón indomable. Claro, aquello había sido su regla de vida hasta el día en que conoció y se enamoró de Lizzandra, creyendo ingenuamente que sería como las demás veces que se había interesado en una mortal: un mero juego sin profundidad ni futuro alguno. Pero, quizás lamentablemente, terminó por enamorarse y no lograba entender aquello, aquel sentimiento ¿Por qué estaba tan feliz al estar junto a ella? ¿Cómo podía olvidar todos sus problemas con sólo escuchar su suave risa? ¿Cuándo había dejado caer sus barreras?
No recordaba haber sentido aquello nunca, y quizás si lo había hecho simplemente lo olvidó como las cosas que no eran de su interés: el amor era una bestia de apariencia bella y dócil, pero e el fondo era una serpiente letal y venenosa.
Él desde un principio pensó que aquello no duraría demasiado tiempo, que aquella felicidad se extinguiría con el paso del tiempo, y así sucedió: la chica murió y la felicidad incontrolable fue reemplazada por culpa y un dolor lacerante que consumía lentamente su triste alma. Tal vez en otra situación habría logrado olvidarle, habría continuado con su vida sin Lizzandra como si nunca hubiera existido, pero no podía: la culpa le carcomía la mente, la muerte de ella había sido algo que él causó siendo que podría haberla salvado sin demasiado esfuerzo, pero el miedo y la ira le habían dominado y nublado su juicio. Miedo a sufrir el mismo destino que ella e ira por las mentiras de su identidad. Era un maldito cobarde.
-Gilbert...- exclamó Lizzandra, suavemente. La pareja de enamorados había salido del edificio tras 3 horas de fiesta, buscaban descansar un rato del alboroto y tomar algo de aire fresco. A su alrededor se extendían los hermosos jardines de la propiedad, algo oscuros y tétricos a aquellas alturas de la noche.-Me gustaría pedirte algo, pollito- agregó, deteniendo su caminar. Las estrellas se reflejaban en sus azules ojos.
-¿Qué cosa?- respondió Gilbert, girándose para mirarla. La pálida luz de la luna iluminaba medianamente los rasgos de la chica, dejando el resto en tinieblas.-Puedes pedirme lo que sea, linda- sonrió, animándola. La seriedad con la que le miraba le resultaba escalofriante.
-Bueno, estuve hablando con varios de los invitados, especialmente con tu hermano. Están felices de que estés bien nuevamente, ya que la has pasado muy mal desde mi ejecución a finales de la guerra aunque nadie parece reconocerme, exceptuando a tu hermano y a un chico de cejas muy pobladas del cual no recuerdo su nombre. Me han explicado todo lo que sufriste tras mi partida, las veces que intentaste... suicidarte, las noches donde llorabas a gritos...- comenzó ella. Su mirada vagó por los jardines, para luego recorrer el cielo nocturno sin un destino fijo. En el fondo de los pozos azules que tenía como ojos existía un extraño sentimiento, como de tristeza. Como de culpa.-Como ambos sabemos, mi condición es delicada actualmente, la maldición que arrastro hace cientos de años me está consumiendo y, realmente, no me queda mucho tiempo en este mundo- continuó, con voz apagada. En sus ojos se asomaron indicios de lágrimas, pero al volver su mirada al chico estos desaparecieron. Aunque la tristeza inundaba cada rincón de su ser.-Si llegara a suceder algo conmigo, que lo hará, quiero... que me olvides. Que te olvides de mi existencia, mi cuerpo, mi tacto, mi mirada... todo lo que respecta a mí. Quiero que olvides que existió alguien llamada Lizzandra Anouk y que borres todo recuerdo que tengas de mi, que ni siquiera vayas a dejar flores a mi tumba. Quiero que me olvides, y que continúes tu vida como si nada hubiera sucedido, porque no vale la pena sufrir por alguien quién ya o va a volver nunca- concluyó. Voz segura, corazón trizado.
-Lizz...- susurró él, con la tristeza más pura a flor de piel. Intentó abrazar a la chica, confortarla, pero ella se alejó de golpe. Su mirada se había endurecido como el cemento al intemperie. Mirada de granito.
-¡Promételo! ¡Promete que me olvidarás!- gritó, mientras apretaba los puños a ambos lados de su cuerpo. Temblaba de pies a cabeza, lo que chocaba bastante con su mirada dura y decidida.- ¡No vale la pena sufrir por alguien como yo, idiota!- su voz se había quebrado, al igual que su fuerza. Lágrimas amargas brotaban de sus ojos cual gotas de lluvia.- No soportaría hacerte daño...- susurró, con un mero hilo de voz.
Gilbert simplemente le abrazó, con el corazón destrozado en la garganta y la tristeza inundando cada recoveco de su alma. Cualquiera que les viese diría que era una pareja feliz más.
Al final, se lo prometió. Prometió al amor de su vida olvidarle, costase lo que costase.
Él sabía que esto era mentira, pero no se sentía capaz de confesarle a su amada que, el día que ella partiese, él iría tras ella.
Era un cobarde... y un mentiroso.
