Cuestión de elecciones

La llamada en mi momento de mayor apertura me tomó de sorpresa. Me sentí como si me arrancaran violentamente de su sitio bueno, volviendo a respirar el pesado aire de mi realidad. La noche me hizo olvidar mis problemas, me hizo olvidar mi propia vida demasiado confusa para ella. Al atender, sentí mi estómago revolverse por alguien que he evitado tanto y que había creído poder evitar por unos días más.

Mi noche acabó allí. Un sencillo "Hola" tiró por los suelos todo un perfecto universo. Alzó de nuevo sus barreras y secó mis esperanzas.

El beso no solo me hizo trascender, me hizo olvidar total y completamente la existencia de una pareja, de un compañero o como quiera que lo llamara. Esa constatación me sorprendió. Robin, con su ausencia tranquila, me dio el momento de más realización, más liberador de mis años de casada. Es confuso saber que la falta de alguien es la causante de situaciones tan bellas.

He vivido en veinte días lo que no viví en diez años.

"Aterrador"

Sus negocios en Tokio se han cerrado más rápido de lo previsto, para mi infelicidad. Su alegría al contármelo me irritó, me había apartado de la compañía que yo deseaba. Deseaba la compañía de ella, no la de él. El sencillo hecho de su presencia, de su estado, de su respiración me irritó.

Necesitaba volver a la sala y contarle a mi momento de calma que nuestra noche había acabado. Vi en sus ojos decepción. No entiendo la capacidad que he creado en decepcionar, entristecer, herir a la única persona a la que evito con ansias hacerle tales cosas. Al final, siempre veo su mirada triste posada en mí.

Ando apresada, quiero dejarla en casa antes que mis ansias me lo impidan. Necesito resolver mis obstáculos antes de lanzarme a lo desconocido agradable. Conduzco concentrada en los coches, en las calles, en las personas que están paseando a esas horas de la noche. Me concentro en todo, menos en ella.

La srta, Swan consigue ablandarme con una sencilla sonrisa ladeada, con miradas discretas, con sus maneras tristes o alegres. Es tan fácil.

"No puedo mirarla"

Giro a la izquierda y acelero. Quiero dejar atrás aquel edificio que de momento odio. Quiero volver a abrazarla. Solo quiero pasar horas mirando cada distracción, cada sorpresa ante lo nuevo.

"Tengo que resolver las cosas antes"

Paro e intento no encarar "mis" ojos verdes. Ella tiene que irse y yo necesito creer, aceptar. Necesito que ella se vaya. La veo abrir la puerta y flaqueo. La agarro, suplicando que se quede, que vuelva.

-Tienes que dejarme ir

"¡No!"

Es lo que pienso, y la suelto.

"Resolver"

Intento disculparme, no es suficiente. Ninguna disculpa sería suficiente tras ver lo que vi. Sigo sus pasos en dirección a la entrada y mis cuerdas invisibles la enlazan. No consigo dejarla. Me quedo parada esperando que mi valor tome las riendas. Eso no sucede. Mi necesidad de irme es tan pequeña si la comparamos a mis deseos. Me necesidad es tan pequeña.

Emma se da cuenta de mi presencia y me entiende, me comprende, me espera. Me tranquilizo ante esa comprensión que tanto necesito. Respiro hondo y me dirijo al maldito aeropuerto.

Estaciono maniobrando lentamente, evitando lo inevitable. No quiero salir del coche y volver a la patética vida que siempre he tenido. Creía que mi vida era tan realizada, estaba satisfecha con todo lo que tenía, era suficiente. Ahora, aquel apartamento es demasiado pequeño para todo lo que tengo dentro de mí. Demasiado pequeño para todo lo que quiero.

Miro el volante, intento controlar mi resistente respiración. Miro hacia un lado y veo a Robin caminando feliz en mi dirección.

"No es su sonrisa la que quiero"

Me siento culpable por los minutos de atrás. Estaba con otra persona, estaba rendida, apasionada, carente. Estaba entregada como nunca antes. Por primera vez. Cada movimiento de él me estremece. Respiro profundamente buscando concentración, intentando sonreír a quien no es mío, ya no.

No he necesitado treinta días para decidirme, no necesité sentir su ausencia. Siempre lo supe. Mis disculpas pequeñas solo me ayudaron en la negación en que vivía. Ahora veo plenamente, claramente.

Abre la puerta, tira las maletas en el asiento trasero y se inclina esperando un beso lleno de añoranza, de pasión, de amor. Mi razón sabe que tengo que retribuirle el cariño, pero no consigo. Desvío el rostro con mi falsa sonrisa, sonrisa que he dado tantas veces a la dueña de mi mejor momento, él besa mi rostro.

Necesito mejorar el teatro.

-¿Qué tal en Tokio?- arrancó fingiendo interés. Ahora tengo un motivo fuerte para concentrarme en cualquier otra cosa.

Puedo jurar que él respondió contento y animado a causa del trabajo. No escuché una palabra siquiera. Percibía su felicidad por el tono de voz, por sus gestos exagerados, pero mi atención no estaba ahí, estaba enmarañada en unos cabellos rubios.

Pensaba en el momento oportuno para salir de esa mentira. En las palabras adecuadas para usar. Pensaba en los días en el parque sin preocupaciones, en los vinos expresivamente encantadores. En las búsquedas de detalles de sus ojos verdes. En la ansiedad urgente de una sencilla conversación muda.

He tardado demasiado en creer.

Hoy escojo la aventura desconocida a la comodidad de una rutina.

Elecciones.

Yo he elegido.

Puedo sentir mis labios abrirse ante la constatación.

Me siento sola en el coche evitando palabras que intentan desesperadamente alcanzar mis oídos. Yo solo quiero mi silencio.

No sé si Robin se cansó, se rindió, se irritó o solo entendió que su existencia no marca la diferencia. Se calló, y pude apreciar mis propios descubrimientos. Estoy ansiosa por que aquello acabe. Estoy ansiosa por el nuevo paso que daré rumbo a la felicidad.

Llegamos a "nuestro" edificio. Al entrar en el ascensor como todos los días, todo estaba diferente. Lo normal ya no existe para mí. Tengo la impresión de percibir el olor que busco. Cierro los ojos y me derrito, al igual que todas las veces. Entrar en mi apartamento ya no será lo mismo.

El resto de la noche se resume en preguntas sobre visitas, copas, cenas y todo de lo que no quiero hablar. Robin se irrita, yo me irrito y su regreso me trae momentos olvidados desde hacía veinte días. ¡Qué bueno era el silencio de un sitio vacío! Ahora está lleno de decisiones y actitudes que deben ser tomadas.

Él me desea las buenas noches con la ilusión de que su indignación me afecte. Su indignación alivia mi henchido pecho. Solo tendré mis pensamientos llenos de conflictos resueltos. Comparto la cama con su espalda encarándome, no necesitaré negar cada demostración de afecto, cada intento de tener lo que nunca fue de él. La posibilidad de cualquier toque íntimo con deseos fingidos no se me pasa por la cabeza, ya no más.

Me duermo cubierta de nuevas certezas.


Robin me evita con una consciencia aterradora. Parece que sabe los motivos de mi alejamiento, se niega a aceptar y evita una conversación inevitable.

Miro el vaso que siempre ha estado en mi despacho y anhelo a la persona que representa.

"Tengo que resolver"

"Necesito volver a ti"

Mi teléfono suena en medio de mi monólogo matutino. Soy interrumpida en mi momento de sentir. Siempre que miro hacia aquel vaso, me permito sentir cada sensación que me proporciona. Se sobresale con todo lo que he transmitido en este tiempo. Está lleno. Está lleno con mis confusiones y mis escondidos anhelos. Solo él sabe todo lo que he sentido y todo lo que siento desde la primera vez.

Mi confidente.

El teléfono continúa exigiendo mi atención y desisto de ignorarlo.

-¡Diga!- atendí con la paciencia de un volcán.

Perdí mis sentidos al escuchar cada frase. No sé muy bien todo lo que se dijo, pero escuché tres palabras perfectamente.

Robin.

Disparo.

Hospital.

Salgo corriendo, preocupada, nerviosa. Esquivo los coches apresada, escucho gritos furiosos y ofensas ridículas por mi peligrosa conducción. Llego al hospital que creo que es el correcto- no lo había escuchado bien- buscó información sobre mi futuro ex marido. Me dejan en una sala de espera con sus incómodos sillones rosa.

Tengo miedo por el hombre que ha estado a mi lado durante diez años. Me levanto a cada paso blanco dado por alguien sospechoso, con cada apertura de puerta.

Necesito noticias.

Una enfermera de azul, con cabellos cortos intenta tranquilizarme con información no definitiva.

-Está en cirugía

Eso no es suficiente. Camino y puedo ver las suelas de mis zapatos rojos desgastarse en el suelo del sitio en que no debería estar, ni él.

-¡Regina!

-¡Zelena!

Llega mi fortaleza y me agarro a sus brazos. Necesito seguridad, necesito calma, necesito despertar de esta pesadilla embarrada. Me estoy hundiendo ahora que pensaba que estaba renaciendo a nuevas opciones.

Nos quedamos sentadas, impacientes, esperando.

Esperando.

Esperando.

Zelena me trae café para intentar calmarme. Miro el vaso desechable y el diseño en su porexpan me recuerda a ella.

"Emma"

Paso las manos por mi cabello por tener un problema más. Postergar mi realización.

-¿Qué ocurre?- mi hermana ve el cambio en mi estado. ¡Cómo si fuera posible demostrar una desesperación mayor!

-Emma- digo mirando hacia el mostrador donde están las enfermeras atareadas con sus hojas.

-¿Quieres que la avise?

-¡No! Aún no, yo misma hablaré con ella.

Zelena asiente y sigue esperando. Pasan horas o días, semanas. Perdí la noción del tiempo con el balanceo ansioso de mis piernas. Un médico sale por la puerta que había estado mirando tanto buscando respuestas. Me mira mientras se quita el gorro, demasiado colorido para la ocasión. Comienzo a temblar ante la expectativa. Me habla directamente a mí con su tono de catástrofe.

Sus palabras destruyen mi mundo.


-Tienes que hablar con Emma, no deja de hacer preguntas

Comencé a vivir como en un sueño abstracto. Las palabras de la gente no tenían sentido para mi mente hundida en la oscuridad. Todo se volvió más difícil de procesar, de resolver. Perdí la concentración, el entusiasmo, el deseo, la felicidad. Solo me dejo deslizar por las horas del día.

-Lo sé- no formulo frases concretas

-¿Cuándo?- Zelena insiste en cuestiones que no puedo resolver

-No lo sé

-Regina, por favor. Déjame hablar con ella- su voz se mezcla con la desesperación, pena y tristeza.

-No, yo hablaré con ella.

Mi hermana desiste de argumentar como lo había hecho otras veinte veces. Me siento en la obligación de mirar a los ojos que me conquistaron y decir

"No voy a estar contigo"

Estoy evitando ese encuentro. En el momento en que pronuncie esas palabras que me asustan, todo se volverá verdad. No quiero la verdad. Mis búsquedas se desmoronan y estoy juntando los trozos para continuar.

-¿Cómo está él?

-No lo acepta

-¿Ya sabes cuándo saldrá?

-No

-¿Ya has comprado la silla de ruedas?

-No

Mis respuestas dicen "no quiero conversar". Mi inconsciente grosería viene de la fantasía que creo que estoy viviendo. Me siento mareada cuando me despierto, embriagada. Doy pasos automáticos hacia delante queriendo caminar hacia atrás. Quiero volver en el tiempo y aprovechar mis horas brillantes, revivir la unicidad de mis sencillos momentos, de mis tardes, de mi puesta de sol verdosa.

No sé cuándo Zelena salió y no sé si estoy en el mismo día. Solo sé que mi pavor invadió mi despacho pidiendo explicaciones que he retrasado por miedo. Me asusto por verme obligada a encarar todo lo que he evitado.

-Sra. Mills, sencillamente entró. ¿Quiere que llame a seguridad?

-Rose, salga- la miro deseando que ese instante nunca hubiera llegado

-¿Pero, sra. Mills?

-¡Salga!

¿Cómo haré esto? ¿Cómo explicaré que no podemos seguir viéndonos? ¿Cómo le diré que me siento obligada a continuar en un compromiso que no deseo?

-Hoy es el "otro día"

Es bueno volver a verla. Me pierdo por algunos segundos. Intento regresar a la responsabilidad que he asumido y ella continúa.

-¿Por qué desapareciste?- soy arrastrada a la noche en mi apartamento. Siento todo el deseo regresar -¿Por qué no me respondes?

Anhelo.

En ese instante percibo el anhelo escondido en mí. Me levanto y voy hacia ella. Su perfume mezclado con la carencia me ciega. Mi cuerpo no reacciona a mis deberes, reacciona a Emma. Mis manos me desobedecen y vuelan hasta sus cabellos ondulados.

Admiro los trazos que no son míos y no puedo evitar, no consigo contenerme, asegurarme. La beso una última vez.

No consigo olvidarme de los problemas esta vez. Agarro su rostro aferrando mi vida en desespero. La agarro como quien busca respirar, intentando escalar las capas de agua que me empujan hacia abajo, ahogándome. Prolongo el momento, sé que cuando la suelte, todo caerá, y me hundiré.

El problema es que Emma conoce mis detalles. Ella sabe que mi desespero no es por la añoranza, y sí por la despedida. Me suelta y yo me ahogo.

-¡Regina, no!

Es ahora

-Emma, necesito que te vayas y que no vuelvas más.

La srta. Swan se aparta, perpleja. Niega mi pedido o solo balancea la cabeza mostrándose cansada de mis confusiones…de mí.

No me muevo. Tengo miedo de quebrarme al mínimo movimiento. Mi cuerpo está rígido, contraído, escondiendo todo lo que yo solo sé.

¡No! Solo yo y el vaso confidente. El único recuerdo que pretendo guardar de mis días soleados. Un vaso que me provocará el dolor de nunca poder vivir lo que tardé tanto en percibir, y ahora estoy presa en días largos y lluviosos. Presa en una obligación ética o por piedad. Da igual, los motivos no cambiarán el desenlace.

Ella no habla. Está asombrada. Me mira, yo aún estoy inmóvil, temblando con miedo de demostrar la sombra que me recorre. Intento no ceder.

Discutimos con palabras que son solo nuestras, sin soltar ningún sonido. Veo sus hombros subir por reflejo de un suspiro de decepción.

Está cansada. Yo también.

Emma busca una salida en mi despacho y ve lo que no debería ver.

-Pensé que ya no ibas más donde George- ella señala mi objeto inanimado favorito.

-No voy- respondo rápido. Veo su desconfianza al estrechar los ojos.

-¿Por qué tienes un vaso de George entonces en tu despacho?- lo malo acaba de empeorarse.

-No me preguntes eso, por favor

-¿Por qué tienes un vaso de George en tu despacho, Regina?- se acerca al aparador y agarra el objeto que ha absorbido todo lo que he sentido. Todas mis frustraciones -¿Es un recuerdo?

No puedo moverme. Ella no puede darse cuenta. No más. No respondo, contraigo los músculos, trago en seco y es el fracaso. Ella desorbita los ojos por no creerlo. Agarra el vaso y tengo la impresión de que me está agarrando a mí. Doy un paso hacia delante.

-Ya no necesitas esto. Ya has tomado tu decisión.

Emma Swan lo aplasta. Aplasta el vaso, mi pecho, mis recuerdos, el amigo que escuchó cada palabra sobre ella, el recuerdo de la vida que quería tener.

Emma Swan lo aplasta.

Lo suelta y se va. Veo los restos del vaso de porexpan más importante que he tenido. Me llevo la mano a mi boca tapando los gritos de mi cuerpo. Lloro observando el fin. Aquel gesto ha significado el fin de mi cordura, de las esperanzas que sé que no tendré.

Me siento culpable por el dolor que he provocado. La srta. Swan solo ha reflejado ese dolor en un gesto. Ella no entiende la grandeza de lo que acababa de hacer y la culpa ha sido solo mía. Creé expectativas al rendirme, después las he destruido por una desdicha del destino.

He vivido una historia de amor sin nunca haberla vivido realmente.