Bergine
Sentía una sensación muy extraña. Ser conducida a los aposentos que a partir de ahora compartiría con el rey Vegeta, por las mismas damas que pocos meses atrás servían conmigo a la reina Shargot.
Reina… aún en mis pensamientos seguía refiriéndome a ella como "la reina". Ese título ahora me correspondía a mí. Me lo había ganado gracias a mi esfuerzo, a mi perseverancia… a mi astucia.
Después de darme un apresurado baño en el que era mi antiguo cuarto, entré en la habitación del rey seguida por Kale y otras dos muchachas. Una de ellas me situó delante de un espejo de cuerpo entero que había en uno de los laterales, y comenzó a deshacerme la gruesa trenza. El cabello oscuro cayó ondulado sobre mi espalda. No sabía cuál era el protocolo en estos casos. Había llegado a escuchar, que en otros planetas, la "ceremonia de encamamiento" era un asunto de estado, y que incluso se realizaba con otras personas presentes para corroborar que el matrimonio había sido consumado. El solo hecho de pensar que algún miembro del Consejo, Paragus, o Nappa tuviesen que estar en la habitación en esos momentos me hacía enfermar.
¡Por favor! ¡te lo suplico, que yo esté equivocada!
De pronto, la imponente presencia del rey inundó la habitación. Estaba solo, y las cuatro hicimos una reverencia a modo de saludo. Su Majestad ordenó con un gesto a las damas que abandonasen los aposentos. Cuando Kale pasó a mi lado no pude evitar sujetarle la mano. Ella me miró un poco extrañada al principio, pero al ver mi cara de angustia, noté que me apretaba los dedos levemente como dándome ánimos.
Estaba nerviosísima. Todo era tan premeditado, tan preparado… si me hubiese dejado llevar en algunos de los diferentes encuentros que tuvimos en los jardines o en cualquier otro sitio, seguro habría sido todo mucho más fluido, y ahora no estaría temblando de arriba abajo pensando en tonterías.
- ¿Qué te ocurre Bergine? – me preguntó el rey una vez nos quedamos solos – estás preciosa esta noche
Se acercó a mí despacio, y me abrazó. El fuego crepitaba suavemente en la chimenea, dotando al ambiente de una luz tenue y sensual.
Mi corazón empezó a latir acelerado cuando posó sus labios sobre los míos. Le correspondía al beso tímidamente, no como cuando nos veíamos a escondidas a espaldas de todos. Me apretó contra su cuerpo y con una mano empezó a deslizar mi vestido, bajándolo por uno de los hombros. Sentí que me mordía suavemente la clavícula y yo me estremecí por completo. Poco a poco me fue besando el cuello, mientras me decía lo mucho que le excitaba y como le volvía loco. Sus caricias se fueron intensificando y sujetando el vestido por la zona del cuello lo rasgó en dos mitades como si estuviese hecho de papel. Lancé un jadeo de sorpresa al verme completamente desnuda delante de él en menos de un minuto. Me sentía más vulnerable aún al verle a él con ropa y yo sin ella. Enrosqué la cola alrededor de mi cintura en un burdo intento por cubrirme.
Sus ojos brillaron mientras me recorrían el cuerpo de arriba abajo sin ningún tipo de reparo. Me sonrojé e intenté taparme, pero me lo impidió volviéndome a besar. Ya era hora de que hiciese yo algo, no quería que pensase que me sentía obligada a estar allí. Le desabroché el chaleco negro que llevaba y cayó al suelo con un ruido sordo. Tenía un torso perfecto. Moreno, duro, y con alguna que otra cicatriz de batallas pasadas. Sentí que se me secaba la boca y el corazón palpitaba en mis oídos. Le recorrí suavemente los abdominales con las manos y me agaché, demorándome un poco en la cintura del pantalón.
Desabroché el primero de los tres botones y de repente lanzó un gemido, mientras me elevaba del suelo sujetándome por los brazos y tirándome encima de la cama. Di un grito de sorpresa cuando se lanzó encima de mí como si estuviera fuera de control. Me besó con rabia, con desesperación, me besó los pechos, la cintura, la barriga, el vientre… y fue bajando más y más hasta situarse entre mis piernas.
- Ve…ge…ta… no – lancé un jadeo de placer por la sorpresa – no hagas… eso… me da vergüenza – mascullé tapándome la cara con las manos
Él esbozó una sonrisa perversa y volvió a bajar la cabeza. No me lo podía creer… ¡tenía al mismísimo rey del planeta completamente dedicado a darme placer!. Gemí por el deseo y la turbación. ¡No quería que me hiciese eso… pero a la vez sí!. Mis manos se aferraron a las sábanas y mi cuerpo se arqueó como un resorte. Me cubrí la boca con la mano para evitar gritar.
- No quiero que te contengas mujer – me dijo – me excitan tus gemidos, quiero que todo el palacio oiga como disfrutas entre mis brazos…
- Sois… malvado… Majestad – susurré entrecortadamente
Él sonrió con maliciosamente como si aquello fuese un cumplido. Se recostó a mi lado y me besó la frente. Yo bajé lentamente la mano nuevamente hasta su pantalón sin mirar hacia abajo. Su deseo por mí era más que evidente. Me sonrojé y giré la cara hacia el otro lado.
- Quítamelo tú mujer… - dijo cogiéndome la barbilla con la mano para besarme – así es más emocionante…
Le desabroché por completo el pantalón y se lo fui bajando poco a poco hasta dejarlo caer a un lado de la cama. No me atrevía a mirar, cerré los ojos y sentí su erección contra mi vientre. La curiosidad pudo más y mis ojos descendieron por todo su cuerpo hasta llegar "ahí".
Él sonrió levemente al ver mi cara de enorme sorpresa y como el calor me iba sofocando el rostro. Parecía muy orgulloso de sí mismo.
- "Hombres… - pensé irónica – son todos iguales, creen que masculinidad va en función de cómo la tengan"
Pero no iba a mentir. El rey estaba muy bien dotado. Empecé a angustiarme al darme cuenta de que "eso" no iba a entrar tan fácilmente. ¡Era imposible!. Me sentí muy pequeña en ese momento y me incrusté contra el colchón como queriéndolo atravesar. Él se situó encima de mí, apoyando las manos a ambos lados de mi cabeza. Me miraba con un deseo tan ardiente que parecía que la habitación iba a arder en llamas. Se le veía tan poderoso, tan sensual en esa posición… él llevaba la voz cantante, y yo en cambio parecía una humilde súbdita insignificante completamente a su merced.
Me abrió las piernas con una sola mano y sentí como intentaba entrar en mi interior. Yo no conseguía relajarme por lo nerviosa que estaba, y un dolor intenso traspasó mi cuerpo como un rayo.
- ¡Parad… por… favor! – le supliqué
Puse las manos en su torso y le empujé suavemente hacia atrás. Me senté apoyando la espalda contra los barrotes del cabecero de la cama y evité mirarle a los ojos.
- ¿Qué ocurre Bergine?
- Es que… me duele… mucho – murmuré con las mejillas coloradas – lo… siento…
- Tienes que estar más tranquila… si haces fuerza, te dolerá mucho más
Volvió e inclinarse sobre mí y me besó con furia. Me asusté al sentir el frenesí con el que me tocaba. Estaba bloqueada. Todo el deseo que había sentido hasta ahora se estaba transformando en miedo. No iba a ser capaz de cumplir… y se iba a enfadar. Si no conseguía volver a excitarme me dolería muchísimo. Acaba de entrar en un bucle de angustia del que no iba a poder salir cuanto más pensase en eso.
- No puedo… ha sido un día muy largo… estoy cansada… tantas emociones… - intenté justificarme pero me di cuenta de que no le estaba gustando nada lo que le decía, al ver como fruncía el ceño.
- ¡Maldita sea Bergine… no seas tonta, llevo esperando esto demasiado tiempo como para que me vengas ahora con esas!
Me sujetó por las muñecas con una sola mano por encima de mi cabeza y me volvió a separar las piernas. Me temblaban de una manera incontrolada, como si no me pertenecieran y fuesen de otra persona.
Emití un jadeo cuando me mordió un pecho con rabia, y sentí un dolor agudo al notar como entraba con fuerza dentro de mí. Lancé un grito de sorpresa y me tapó la boca con la mano. Empecé a sollozar como una niña y las lágrimas cayeron por mis mejillas mojando la almohada. Me sentía muy desdichada, al darme cuenta de que no le había importado en lo más mínimo lo que yo le decía. Comenzó a moverse encima de mí, y con cada jadeo entrecortado yo intentaba mirar hacia otro lado con los ojos cerrados. Mi cuerpo se estremecía de dolor con cada acometida. ¿Por qué me pasaba esto a mí? ¡todo había sido perfecto al principio! ¡si tan solo hubiese tenido un poco de paciencia conmigo es cierto que me hubiese dolido, pero al menos no me estaría sintiendo tan triste!
¿Todos los hombres eran así? ¡por mucho que se desvivieran por una si no les correspondías en la cama cuando ellos querían se volvían unos auténticos miserables?.
Apreté los dientes con rabia al sentir como explotaba dentro de mí. El rey emitió un sonido ronco y varios espasmos recorrieron su cuerpo antes de dejarse caer a mi lado. Yo me tapé con la sábana rápidamente y con la vista fija al techo. No quería ni mirarle a la cara. Me mantuve durante unos minutos así mientras se le normalizaba la respiración.
- Bergine… - dijo entre jadeos – Bergine ¿me oyes?
Claro que le oía… pero mi tristeza había dado paso a una sutil indiferencia. No quería que me dijese nada en toda la noche. Incluso se me pasó por la cabeza el salir corriendo de la habitación y refugiarme en cualquier otro lugar. No quería estar allí en esos momentos.
Me subí la sábana casi hasta los ojos y me di la vuelta para que no pudiese ver la expresión de mi rostro. Esto es lo que estaba obteniendo por jugar a las princesas. El ser tratada como cualquier otra mujer que no puede negarle nada al todopoderoso rey de los Saiyans. La humillación que estaba sintiendo me carcomía por dentro, y las lágrimas de dolor y angustia volvieron a brotar de mis ojos sin poder evitarlo.
Rey Vegeta
Me sentía como un auténtico idiota. ¿Cómo había sido capaz de lastimarla de esa forma? Ahora seguro que me odiaría. Lo admito… me pudo demasiado el deseo que siento por ella. Y cuando se negó, sentí que estaba pisoteando mi hombría. Ya sé que no es así, y que no me estaba rechazando por falta de ganas, pero el miedo y el dolor le hicieron ponerse tan nerviosa.
Sonreí suavemente y la miré de reojo. Se había dado la vuelta y estaba tapada casi por completo. Ahora me tocaba a mí comportarme bien con ella.
- Bergine… - la llamé tocándole suavemente el hombro – no te enfades así… por favor
- Déjame… - susurró debajo de las sábanas
- Perdóname… no sé qué me ha pasado… perdí la cabeza cuando te negaste a entregarte a mí – la abracé por la espalda y unos sollozos empezaron a sacudir su cuerpo – estaba tan deseoso de hacerte mía que no fui capaz de controlarme.
La besé en la cabeza y sentí el olor de su cabello que ya se estaba convirtiendo en algo tan familiar para mí. Sentí una sensación extraña. Nunca me había pasado algo así, nunca. Ese remordimiento por haberla hecho sufrir… me hacía encontrarme mal conmigo mismo. ¡Como odiaba ese sentimiento! ¿me estaría convirtiendo en un ser débil por culpa de esta mujer?
De pronto se dio la vuelta llorando a lágrima viva y enterró su cara contra mi cuello. Estaba tan hermosa. Su suave cuerpo apretado contra el mío volvía a hacer que el deseo surgiese otra vez en mi interior.
- ¡Yo no soy una cualquiera! ¡soy tu mujer! ¡No quiero… no quiero volverme a sentir así nunca más! – sus pequeños puños me golpearon el pecho mientras seguía sollozando ocultando el rostro – abrázame fuerte… por favor
Definitivamente no había quien entendiese a las mujeres. Primero me odiaba y ahora quería que le abrazase. Pero no iba a negarme.
- Lo siento Bergine – me disculpé estrechándola contra mi pecho – pero es que eres tan bonita que no he sido capaz de resistirme. Te prometo que no volverá a ocurrir, que nunca más vas a sufrir por mi culpa.
Pero el destino es muy caprichoso, y las cosas no suceden siempre como las deseamos. La verdadera naturaleza de las personas rara vez puede cambiar, pero las promesas por desgracia sí se pueden romper con más facilidad.
Bergine
La brillante luz del amanecer se filtraba por las ventanas, impidiéndome seguir durmiendo. El fuego de la chimenea ya hacia horas que se había apagado. Abrí los ojos poco a poco todavía adormilada. Lo primero que vi fue el severo rostro del rey muy cerca del mío. Su pecho subía y bajaba despacio, al ritmo de la respiración. Así dormido se veía tan apacible. Tenía el brazo en un gesto posesivo alrededor de mi cintura, y sonreí levemente mientras le contemplaba. Eran tan atractivo, tan apuesto... que no pude evitar darle un suave beso en la frente. Él me atrajo contra él y dijo algo mediante un gruñido que no entendí pero siguió durmiendo. Debía ser todavía bastante temprano, así que me acurruqué contra él mientras le besaba el cuello poco a poco. Sonrió perversamente sin ni siquiera abrir los ojos.
- Me parece que hay alguien aquí que quiere un poco de guerra... - dijo mientras me besaba poniéndose encima de mí colocándome boca abajo.
Yo me reí como una niña al verlo de tan buen humor. Su barba me hacía cosquillas en el cuello. Descendió por la espalda, la cintura, hasta el nacimiento de la cola, y me mordió un glúteo con fuerza. Emití un pequeño grito de sorpresa mientras ocultaba el rostro en la almohada riéndome.
- Pero sintiéndolo mucho mujer... ¡no va a poder ser! - dijo incorporándose de repente y saliendo de la cama
- ¿Pero... por qué? - pregunté con cara de sorpresa - ¡no lo entiendo... si estamos recién casados!
Me quejé frunciendo el ceño y me senté con las piernas cruzadas tapándome con un cojín.
- Vaya vaya... no pareces la misma mujer de anoche... ¿se puede saber a qué vienen ahora tantas prisas por complacer a tu rey? - dijo irónicamente mientras sacaba una toalla de uno de los armarios
Bajé la cabeza y me sonrojé, al recordar mi negativa anterior a acostarme con él. Me imaginaba que si lo hacía la segunda vez... ya no me dolería tanto... y al verlo tan animado, quizás esta vez sí que se mostraría más comprensivo.
- Bueno, bueno... no pongas esa cara... me voy a dar una ducha - dijo dirigiéndose hacia el baño - ¡pero no me sigas! ¡no quiero que me hagas caer en tu trampa! yo ya hice el papel de tonto durante mucho tiempo... ahora vas a ser tú la que suspire por mi cuerpo - bromeó mostrándome el bíceps y me giñó un ojo cerrando la puerta tras de sí.
Suspiré y me tumbé boca arriba sobre la cama con los brazos abiertos. El sonido del agua de la ducha al caer me relajaba, y sentía que me iba quedando dormida poco a poco.
Llamaron a la puerta, y pude reconocer la voz de Nappa justo al otro lado.
- ¡Majestad! ¿está despierto? ¿puedo pasar?
- ¡Un momento! - respondí inconscientemente poniéndome nerviosa saltando de la cama con las mejillas coloradas.
El vestido blanco que llevaba ayer por la noche estaba en el suelo completamente roto, así que abrí el armario y cuál fue mi sorpresa al encontrar allí gran parte de mi ropa, más otra completamente nueva.
Me puse rápidamente una camiseta sin mangas y unos pantalones ajustados azul oscuro. Me calcé unas botas blancas y abrí la puerta con timidez. Nappa entró en la habitación a grandes zancadas y me hizo una reverencia.
- Mi señora... vengo a informarles de los eventos y reuniones que se celebrarán durante el día de hoy.
- Muy... muy bien - dije entrecortadamente
No estaba acostumbrada a que ocurriesen tantas cosas en tan poco tiempo. Estaba abrumada, casi no me había dado tiempo a asimilar mi enlace con el rey ya estaba Nappa con esas energías de buena mañana, para decirnos no sé qué de algo que tenía la impresión de que sería mortalmente aburrido.
Vegeta salió del baño con un pantalón corto negro, secándose el pelo húmedo con una pequeña toalla.
¡Ay por Dios pero que sensual era! ¡parecía un felino por la manera que tenía de moverse! ¡no sé si lo hacía adrede para fastidiarme o qué demonios pretendía!.
Nappa se inclinó y volvió a decir lo mismo que me había dicho a mí.
Genial... mi primer día como reina y ya tenía una agenda programada desde ahora hasta la noche.
Una vez se hubo retirado, el rey se vistió en pocos minutos y se adelantó mientras dos damas entraban en la habitación y me ayudaban con el atuendo que iba a llevar hoy. Por un lado me hacía sentir especial, pero por otro yo estaba acostumbrada a decidir lo que me ponía, y a hacerlo a mi ritmo, no necesitaba la ayuda de nadie para eso. Quizás más adelante se lo diría a Vegeta... ahora yo era la reina, ¿acaso no podía decidir por mi cuenta algo tan tonto como el querer vestirme sin ayuda?
En cuanto terminé, vi que Turles me estaba esperando justo al lado de la puerta de mi habitación, acompañado por otro guerrero y una mujer Saiyan con el pelo recogido en una coleta alta que parecía muy fuerte. Estaba claro que ahora que era la reina mi seguridad era algo muy importante.
Los tres me hicieron una reverencia y Turles me sonrió situándose a mi lado. Los otros dos se mantuvieron atrás un poco más rezagados.
- Por favor Turles... no me trates ahora tú también como todos los demás... es muy incómodo - le dije en un susurro
- Es normal que tus queridos súbditos te rindan pleitesía ahora que eres la reina... tienes que ir acostumbrándote
- Lo que ellos hagan me da igual, yo solo quiero que al menos tú te comportes como siempre... no veas lo extraño que se me hizo hoy al ver a Nappa tan correcto conmigo, cuando a la vista está que me odia con todas sus fuerzas.
- Yo no creo que te odie, solo debes esperar a tener el ansiado hijo del rey, y ya verás cómo cambia su actitud hacia tí.
- No lo sé... ¡pero no me importa! ¡me da igual lo que piensen todos esos idiotas sobre mí! ¡yo he conseguido lo que tanto deseaba, y créeme que ahora lo voy a disfrutar!
Nappa
Ya habían pasado tres semanas desde la boda del rey Vegeta con Bergine. No fue sorpresa de nadie, ver como él se desvivía por complacerla. Vestidos, joyas, regalos... nunca me habría imaginado que las misiones de conquista de otros planetas pudiesen asemejarse a ir de compras. Nada era suficiente para su caprichosa esposa. Tenía unas habitaciones exclusivas para ella, donde se divertía con sus amigos, sus damas y todo aquel que fuese joven y alocado como ella. Estaban lujosamente decoradas, con alfombras, pieles de animales exóticos y todo tipo de artilugios procedentes de otros planetas.
La personalidad de la reina era muy atractiva para muchos, su belleza, su confianza... hacía que todo el mundo quisiera estar a su lado. Le gustaba organizar fiestas, divertirse, y el rey se lo permitía sin ningún tipo de restricción. A mi parecer, el estar casado con una mujer tan joven, le hacía sentirse también así, y nunca le negaba nada.
La Corte parecía estar convirtiéndose en un patio de colegio. Su Majestad se reía de mí y me decía que yo no podía estar siempre tan amargado.
No es que estuviese amargado... es que al rey a veces parecía que se le olvidaba que su nueva esposa no era más que una niña, con un montón de juguetes nuevos, que nunca antes había tenido. La gran mayoría de los muchachos de la Corte estaban enamorados de ella, la contemplaban como si fuese una diosa inalcanzable, pero Bergine solo quería pasárselo bien y disfrutar de su juventud. Prefería reservarme mis opiniones, pero la manera descontrolada de derrochar de la muchacha iba a pasar factura a las arcas del reino como siguiese así.
¿Hasta cuándo aguantaría el rey? ¿sería capaz de seguirle el ritmo a aquella niña caprichosa?. Nunca antes le había visto tan obsesionado por una mujer, ¡no parecía él!. El rey siempre había sido un hombre de apariencia bastante temible, con intensos ataques de ira y con un humor demasiado cambiante. Pero ahora Bergine hacía con él lo que le daba la gana. Si él en algún momento no estaba de acuerdo en algo, ella se cruzaba de brazos dándose la vuelta, hacía un mohín, y ya estaba todo solucionado. Y desde luego no era la primera vez que yo estaba en los aposentos con el rey, aparecía ella con esa sonrisa pícara en el rostro, y su Majestad me ordenaba salir de la habitación devorándola con los ojos, que casi no me daba tiempo a irme antes de que se arrancasen la ropa. Los dos guerreros que solían vigilar los pasillos donde se encontraban los aposentos de los reyes me miraban con una leve sonrisa, acostumbrados ya a sus arranques amorosos.
Lo único bueno por parte de Bergine, era que seguía entrenando como hasta ahora. Si bien es cierto que no le dedicaba tanto tiempo como antes, sus progresos iban en aumento. Era un desperdicio que aquella niña no se hubiese dedicado en serio desde el principio. Ahora sería una valiosa guerrera, en vez de una cara bonita.
El rey últimamente partía mucho de misión. El tirano Freezer se había empeñado en unos planetas que llevaban meses en su punto de mira y estaba todo el día contratando nuestros servicios para conquistarlos. Eso dejaba mucho tiempo libre a la nueva reina para que hiciera lo que le viniese en gana.
- ¡Nappa!
- Sí, mi señora - respondí de mala gana
- Necesito ir a ver a mi familia. Quiero que me acompañes tú. Turles está ocupado en un entrenamiento con su escuadrón y no puede venir conmigo.
- Muy bien... de acuerdo, será mejor que avise también a los guerreros que os suelen acompañar diariamente y...
- ¡No! quiero que vengas tú solo, no me va a pasar nada. Además de esta manera puedo perfeccionar mi técnica de volar, aunque tardemos un poco más en llegar.
Bergine
Metí en una bolsa marrón de piel, una buena cantidad de dinero y medicinas para la enfermedad de mi madre. Llevaba también un scouter para mi hermana por si era necesario que se comunicasen conmigo. Así sería todo más fácil.
Llegamos en menos de una hora, y no pude evitar sentir una mezcla de emociones al ver mi casa desde arriba. Estaba tal cual yo la recordaba. Descendimos y vi que dos ancianas vecinas de la zona que pasaban por allí nos hacían una reverencia. ¡Cómo había cambiado a historia! las mismas personas que hace meses me recriminaban por ser tan egoísta y hacer sufrir así a mi familia, ahora se postraban ante mí.
Llamé a la puerta con los nudillos y le ordené a Nappa que esperase fuera. No obtuve respuesta, así que volví a insistir. Quizás mi madre estaba en la parte de atrás trabajando algo en el huerto y por eso no me oían. Empujé la puerta y vi que estaba abierta.
En cuando entré, me dirigí a la cocina y vi por la ventana que efectivamente mi madre estaba en el jardín.
Se sorprendió mucho al verme, y yo esbocé una sonrisa tímida. Me acerqué a donde se encontraba y le di un beso en la mejilla, pero ella desvió un poco la cara.
- Mamá... tienes que acostumbrarte a cerrar la puerta de casa, si no, algún día puede entrar cualquiera y daros un susto.
- ¿Qué haces aquí Bergine? - dijo sin rodeos. Observé que me miraba de arriba a abajo con el ceño fruncido. Parecía que mi nuevo y distinguido aspecto no le alegraba en lo más mínimo.
- He venido a haceros una visita... a las dos, ¿dónde está Raina?
- Tu hermana no se encuentra en casa en estos momentos, ha salido a dar una vuelta con Toma...
- ¿Qué? ¿con ese muerto de hambre? - grité - ¡no me digas que son pareja! ¡ayyy mamá... vale que Raina no es la gran cosa pero creo que se podría haber buscado algo mejor que ese tipo no?
- ¡No hables así de tu hermana ni tampoco de Toma! ¡él ha estado siempre pendiente de nosotras desde que ocurrió aquella horrible desgracia con tu prima! - vi que estaba muy enfadada y que sería imposible hacerla cambiar de opinión - Raina es una buena muchacha... ella sí que se merece ser feliz...
- ¿Acaso estás insinuando que yo no lo soy?... mira mamá... no he venido aquí para discutir... toma, son para tí - dije entregándole la bolsa - son medicinas, para varios meses, y cuando se terminen vendré a traerte más. Y este dinero es para que arregléis la casa u os mudéis a otra más bonita, lo que prefieras... se me cae el alma a los pies cada vez que veo esta zona en la que vivís.
Mi madre con el semblante serio abrió la bolsa y miró en su interior. Un destello de rabia inundó su rostro y la tiró al suelo con furia.
- ¡A mí sí que se me cae el alma cuando veo en lo que te has convertido Bergine! ¡puede que en su momento haya aceptado la generosidad del rey porque él insistió, pero a partir de ahora no va a ser así! ¿me oyes?
- ¡Pero mamá! ¡no te das cuenta que es por tu bien! ¡si no te vas a poner peor!
- ¡Peor me pone el tener que ver como mi hija se prostituye por vivir rodeada de lujos! ¿dónde está tu orgullo de Saiyan, Bergine? ¿por qué nos haces esto? - comenzó a llorar mientras me miraba con rabia apretando los puños – no te puedes imaginar, la tristeza que me produce ver que mi propia hija, a la que yo crie con el sudor de mi frente, por la que yo me desviví durante tantos años para que saliese adelante, ahora me pague de esta forma tanto sacrificio.
- Pero... yo estoy casada... con el rey... yo...
- ¡Para mí ese matrimonio no tiene ninguna validez! ¡cuando el rey descubra tu juego... te va a ir muy mal Bergine...! mejor vete... no quiero verte más, tú… ¡ya no eres mi hija...!
- Pero mamá... ¡no puedes hacerme esto! ¡yo… soy la reina de este planeta! ¡no puedes tratarme así!
- ¿Me estás amenazando Bergine? ¡yo soy la mujer que te dio la vida! ¡y tengo todo el derecho del mundo a decirte lo que pienso! – se llevó la mano al pecho y su rostro se cubrió de una máscara de dolor
- ¡Mamá! ¡mamá por favor! ¡estás muy pálida! ¿te encuentras bien?
- ¡Déjame! No… me importa… - dijo entre jadeos – con esto que nos has hecho, ya solo… me queda morirme de vergüenza… ¿sabes? He logrado sobrevivir al dolor de perder un esposo, y un hijo, que es lo más grande que se puede tener en esta vida… pero al menos ellos murieron con honor, luchando por su raza, pero tú… con tu egoísmo me estás causando un daño terrible…
- ¡No me digas eso, por favor! - las lágrimas brotaron de mis ojos sin poder evitarlo ante sus duras palabras- yo solo quiero ayudaros a las dos...
- No es así como te crie, para que te comportases de esa manera... ¡vete de aquí! ¡fuera de esta casa! ¡fuera!
Me empujó hacia la valla que rodeaba el huerto a pesar de mis protestas. Al oír el escándalo Nappa se asomó para ver que estaba ocurriendo.
¡No! No quería que me viese en ese estado, era humillante, me daba mucha vergüenza.
Y salí volando lo más rápido que pude para no seguir escuchando los continuos reproches de mi madre.
Nappa
- Disculpe señora, de verdad que lo siento... yo... por favor no se angustie...
- ¡Mamá! - Raina apareció en ese momento por un lado de la casa - ¿qué es lo que ha pasado? ¿se trata de mi hermana? ¡la acabo de ver marcharse volando a toda velocidad! ¿a qué vino la muy descarada?
- Que tu madre te lo explique mejor después, disculpadme, debo seguir a Bergine antes de que cometa alguna tontería.
Hice un gesto apresurado con la mano y salí volando yo también. A pesar de que la muchacha estaba aprendiendo, me llevaba una cuanta ventaja.
Le grité que parara pero no me hizo caso.
- "Muy bien... no me dejas otra opción" - desplegué toda mi energía y conseguí adelantarla.
La sujeté con fuerza por la muñeca y la obligué a parar evitando que siguiese huyendo. Ella tenía la vista fija hacia abajo, pero pude ver como los ojos se le llenaban de lágrimas. La ayudé a descender y no se resistió en ningún momento. No habló ni dijo nada, y yo la observaba mientras sus hombros subían y bajaban por los llantos. Se limpió la cara con el dorso de la mano e intentó serenarse.
- Majestad... si quiere puede contarme lo qué ha sucedido... yo no voy a juzgarla - dije suavemente – no tiene por qué avergonzarse.
- ¡Basta! ¡No me llames así! - explotó gritándome - ¡deja de tratarme con tanta cortesía maldita sea! ¿o acaso no te acuerdas que hace un tiempo tú mismo me diste una bofetada después de un entrenamiento?
- Sí... pero en aquel momento todavía no erais la reina - murmuré mirando al suelo
- ¡Cállate! ¡Eres... un idiotaaa!
Se lanzó contra mí y comenzó a golpearme en el pecho una y otra vez. Con la armadura casi ni sentía sus puños sobre mí, y era extraño, porque la muchacha últimamente me ponía en más de un apuro durante los entrenamientos.
Sonreí. No quería hacerme daño realmente, solo desahogarse. Le dejé que siguiera golpeándome hasta que se cansó, y apoyó la frente contra mi torso lanzando un suspiro.
Me empecé a poner nervioso. ¿Qué debía hacer? ¿abrazarla? ¿quedarme quieto, decirle algo? las mujeres estaba claro que nunca habían sido mi fuerte, y si encima lloraban así ya me bloqueaba por completo.
- Bergine...
- ¡Oh! ¡lo siento...! - se disculpó separándose y poniéndose un poco colorada - perdóname, no era mi intención... soy una estúpida...
Ahora entendía por qué era capaz de encandilar a todos de esa forma. A pesar de ser muy bella, no poseía esa hermosura fiera e intimidante de algunas mujeres Saiyan. En situaciones así, parecía una niña delicada y frágil, y esos contrastes habían sido lo que había hecho que el rey Vegeta se sintiera obsesionado con ella. Bergine era una muchacha que cuando lloraba o se ponía triste, parecía que era necesario el tener que protegerla, por muy dura que se intentase mostrar siempre delante de todos.
Además... aunque intentase disimular, debía sentirse muy sola en la Corte, porque el rey se pasaba varios días fuera, y ella, había tenido que adaptarse a un mundo diferente y completamente desconocido. Muchas de las personas que se acercaban a ella, lo hacían por el hecho de ser la reina, o por conseguir algún tipo de favor, por conveniencia. Muy pocos lo hacían porque verdaderamente se preocuparan por ella o quisieran conocerla mejor. Vivía en un mundo completamente superficial.
Estaba claro que cuando estaba en su casa, había tenido una grave confrontación con su madre, pues nunca antes la había visto en este estado. Solo esperaba que la señora se encontrase bien, pues cuando yo me estaba marchando me di cuenta de que se llevaba la mano al corazón y empezaba a respirar muy agitada.
- Volvamos al palacio Nappa, no tenemos nada que hacer aquí - dijo Bergine con firmeza mientras comenzaba a elevarse.
Yo asentí y le seguí de cerca en todo momento, en silencio. Ella estaba muy seria con la vista al frente pero al menos había dejado de llorar. ¿Qué le estaría pasando por la cabeza en estos momentos? Esa mujer sin duda era todo un misterio para mí.
Turles
Los progresos de Bergine durante los entrenamientos eran increíbles. La discusión que había tenido con su madre le había afectado mucho más de lo que me quiso reconocer. Insistió al rey Vegeta una y mil veces para que le dejase ir a una misión conmigo, Daizu y el resto de mi escuadrón, pero no se lo permitió. Tampoco quiso llevarla con él a conquista del planeta Deruva, y eso que los habitantes de aquel lugar no suponían ningún riego para nosotros los Saiyans, pero el rey alegaba que no quería tener que estar pendiente de ella en todo momento. No era muy habitual que las parejas formasen parte del mismo escuadrón, ya que aquello podría conllevar a demasiadas distracciones.
- Bergine... hoy te veo en muy baja forma, ¿te ocurre algo? - le pregunté esquivando con facilidad un puñetazo - además llevas unos días muy extraña... ¡no me digas que sigues dándole vueltas a la confrontación que tuviste con tu madre!
Nos encontrábamos en una de las salas de entrenamiento los dos solos, pero parecía que ella no se sentía muy bien. Sus movimientos eran lentos e imprecisos, y tenía el rostro con bastante mal color.
- No es eso... Turles... - contestó entre jadeos - es que últimamente no dejo de discutir con Vegeta, pretende tenerme todo el día controlada, a veces me trata como si yo fuese de cristal y me pudiera romper en mil pedazos de un momento a otro. ¡No lo soporto! ¡Parece mi padre cuando se comporta de esa manera! Además estoy muy enfadada. Ha vuelto hace dos días de esa sencilla misión y apenas he cruzado algunas palabras con él, para que se dé cuenta de que verdaderamente estoy molesta.
- Bienvenida al mundo real Bergine... ahora eres la reina, y ya no podrás disfrutar nunca de esa libertad que tenías cuando eras plebeya - no pude evitar soltar una carcajada ante su mirada de rabia - tienes que asumirlo, te ha costado muchísimo llegar hasta donde estás... ¿no será que te estás arrepintiendo?
- ¡Por supuesto que no! ¡pero odio tener que sacrificar ciertas cosas para obtener otras! ¿por qué no puedo tenerlo todo Turles...? - se quejó lastimera - ni siquiera puedo salir a dar una vuelta por los jardines del palacio sin tener a esos odiosos guardias detrás de mí
- Vaya... muchas gracias por la parte que me toca - dije entornando los ojos
- ¡No lo digo por tí, Turles, no seas tonto! ¡pero a veces quiero estar sola! ¿tan difícil es de entender? ahora ya puedo defenderme sin ningún problema, soy mucho más fuerte que hace unos años.
Me lanzó una patada que esquivé a duras penas. Saltó apoyando las manos sobre mis hombros dando una voltereta en el aire. Un puñetazo esta vez me alcanzó en el rostro y por poco me tira al suelo. Ella ascendió y acumuló energía lanzándome una bola de fuego que desvié con el brazo. Nos enzarzamos en una serie de movimientos en los que más que hacer daño, nuestro objetivo era simplemente marcar el golpe. Le di una patada que frenó protegiéndose el rostro con ambos brazos y descendió hasta el suelo.
Empezó a jadear profundamente y observé que apretaba los dientes en un gesto de dolor. Apoyó una rodilla en el suelo mientras que se secaba el sudor de la frente con el dorso de la mano.
- Bergine... me estás asustando, ¿qué te ocurre? - pregunté preocupado descendiendo a su lado
- No... lo sé... me cuesta respirar... me estoy mareando, veo todo... borroso...
De repente los ojos se le pusieron en blanco y con un último gemido se desmayó sobre el suelo de la sala de entrenamiento.
