Disclaimer: Todo lo contenido aquí es propiedad de la única e inigualable JK Rowling.
IV
De proposiciones y mensajes
Desde pequeño siempre había sentido que su madre intentaba jugar a la familia perfecta. Si había un evento en la mansión, su madre, obligaba a los elfos domésticos a trapear pisos, cepillar las ventanas y a pulir la vajilla de tal forma que de sólo verla perdieras la visión por un par de instantes. A él y a su padre los instaba a engalanarse en sus mejores galas, así como también, les pedía que mantuvieran un ojo en los empleados para verificar que todo se hacía a la perfección.
Todo esto mientras ella se dedicaba a su jardín, mientras ella se dedicaba a sus rosas.
Cuando era pequeño, Scorpius Malfoy, pensaba que las rosas que tenía su madre en el jardín eran maravillosamente bellas e inquebrantables. Solía quedarse extasiado mirando cada pétalo carmesí, hasta que el día caía y las flores se cerraban hasta el alba.
Sí, cuando era un crío adoraba las rosas, porque sentía que eran paradojas vivas en la naturaleza; la fuerza misma que a la vez es capaz de ser delicada y frágil como el cristal. Pero ahora que la palabra rosa parecía haber adquirido otros significados y miraba los jardines desde su ventana en el ala Oeste, intentaba pasar de alto su belleza y se limitaba a preguntarse todo el tiempo el porqué demonios las tenían en sus áreas verdes siendo que ni siquiera tenían un fin práctico.
Apartó la vista de la ventana, casi asqueado.
Su madre había organizado para ese día su conocida "reunión" de navidad, que venía siendo algo un poco más informal de lo que había sido el baile de navidad de año anterior en el que todos habían intentado demostrar su poderío a través de capas y telas caras. Según Astoria Malfoy este año se trataba sólo de una forma de celebrar con conocidos y amigos de la familia la cercana fiesta así como también era la ocasión ideal para festejar el retorno de su hijo al hogar. Según Scorpius Malfoy era una de las tantas formas que su madre utilizaba para retenerlo en su seno.
Resoplando tomó el chaleco teñido de color verde botella, perfectamente planchado, que se encontraba dentro de su pulido armario de caoba, y se pasó la prenda por sobre la cabeza sintiendo su reconfortante calor recorriéndole las extremidades. Le picaba en la zona de las muñecas y la clavícula, lo que le hacía agradecer que fuese de cuello redondo y no de tortuga.
Con pereza se sentó sobre su cama, echándose una miradita en el espejo que tenía puesto sobre el piso, junto a la puerta. Su madre había insistido que el verde resaltaba sus rasgos delgados, su estrecha barbilla y sus ojos grisáceos, pero él honestamente pensaba que lo único que hacía era volver su pelo aún más claro y hacer que su piel se viera aún más pálida, simulando una estatua de mármol muy bien pulida con una estúpida peluca rubia sobre el cráneo.
Detestaba el verde. Inconscientemente siempre había preferido el azul.
Aún sentado, dejó que su cuerpo se permitiese caer sobre el colchón. Aunque era mucho más blando y espacioso de lo que era el que tenía en la Torre de Premios Anuales, realmente la sentía extraña, aunque quizá se debía a que sólo había llegado hacía un par de días y su cuerpo aún no se acostumbraba a estar de vuelta en casa. Inclusive se había despertado más de una vez por las noches un poco desorientado, mirando a todos lados, buscando la luz que salía de la ventana de su habitación, para luego caer en la realidad que no se encontraba en Hogwarts, que no estaba en su cuarto honorífico en la torre y que se encontraba solo.
Rayos.
Aunque intentase negarlo por todos los medios posibles, sentía un vacío extraño que atribuía principalmente a la falta de emociones que tenían relación directa con la ira, el desprecio y el fuego que aparentemente Rose Weasley lanzaba en su vida. No la extrañaba a ella, se decía, sólo echaba de menos la adrenalina. Era extraño, pero a pesar de que habían sido enemigos por más de seis años, nunca le había sucedido aquello. Le parecía completamente confuso, pero seguía diciéndose que toda esa mierda le pasaba porque llevaba compartiendo techo con la idiota esa. Y era la mejor explicación que se podía ofrecer.
Se colocó los zapatos de cuero oscuro que alguien había colocado a los pies de su puerta y, tras ello, se echó un miradita rápida en el espejo, desordenándose y peinándose el cabello a la vez.
Luego de esto, salió de la habitación.
El pasillo estaba helado, dado que no poseían calefacción en ninguno de los corredores y que aquel daba directamente al patio central, que ahora se tenía con las pinceladas del ocaso. Si a eso se le añadía que aquel era uno de los pocos lugares de la mansión que estaba completamente hecho de mármol para una mejor luminosidad, lo convertía de inmediato en un abovedado congelador. Por eso nadie vivía en el ala Oeste, demasiado frío, pero a Scorpius le encantaba, principalmente porque nadie vivía allí a parte de él y porque en el crudo verano siempre se encontraba fresco.
El único problema que tenía con el sitio eran los gritos.
Prácticamente todo el ala se encontraba sobre el sótano de la mansión, que antes había sido utilizado casi como sala de tortura para sangre sucias y cosas relacionadas con la época oscura y la Segunda Guerra Mágica, aunque su madre había intentado por todos los medios convencerlo de que sólo se utilizaba para guardar cachivaches cuando era pequeño. Lamentablemente para ella Scorpius ya había leído casi todos los libros que se relacionaban con la mansión a esas alturas por lo que sus mentiras baratas no servían para nada más que incentivarlo a averiguar mas sobre el asunto.
En la actualidad, era sabido por todos que se utilizaba para guardar los retratos de sus antepasados, aunque ahora eran sólo visitados por el polvo y ya no se les exhibía en ningún salón principal o en alguna vitrina honoraria. Eso les provocaba una evidente ira y molestia, que expresaban cada noche contra su madre por haberlos condenado al encierro eterno y a su padre por haberlo permitido en primer lugar, que él presenciaba cada vez que el sol se ponía.
No tenía idea de cómo sabían cuando ya era de noche, porque no había ventanas y dudaba que alguno tuviese un reloj mágico que les permitiera saber cuándo intervenir, pero tampoco es como si le importara averiguarlo de todas formas.
Había bajado un par de veces cuando no quería ser encontrado, y, aunque los cuadros no habían sido acogedores debido a sus soberbias personalidades y semblantes, sí se había tratado de un buen escondite y de un tiempo aprovechado ya que muchos de los cuadros solían pelear entre ellos por cosas que habían sucedido incluso antes de que su abuelo naciera. Y si había algo que el amaba eran las peleas.
Metiéndose por un pasillo más estrecho, con las manos en los bolsillos del pantalón, desembocó en un pasadizo que en vez de ser de mármol era de piedra oscura y tras un par de vueltas llegó al ala norte. Muchos visitantes solían quejarse de que la mansión era demasiado amplia, así como también decían, que resultaba muy difícil movilizarse de un sitio a otro, pero era porque ellos no conocían los recovecos ni la estructura básica de la mansión que consistía en un jardín central, que unía todos los sectores, que tenían funciones especificas; las áreas Oeste y Este consistían en habitaciones—la mayoría en desuso—, la zona Sur tenía la cocina en la primera planta junto con la biblioteca con el estudio de su padre en la segunda y la ala Norte tenía la sala de estar, el comedor y una enorme escalera que daba a un pasillo con más habitaciones que conectaba con la zona Sur.
No le parecía complicado en absoluto. Aunque quizá era porque llevaba toda la vida viviendo en las endemoniadas paredes.
Subió por la enorme escalera que abarcaba casi toda la parte central y cruzó el pasillo en dirección al ala sur. Aunque la mansión tenía muchas formas de acortar caminos, no había encontrado aún una que uniera las partes Oeste y Sur, por lo que tenía que hacer un recorrido muy largo para llegar a la biblioteca y al estudio de su progenitor. Estaba seguro que su padre tenía una forma más corta de llegar, pero nunca se la había revelado, por lo que suponía que prefería guardársela para sí.
—¿Qué haces aquí?
Sin notarlo ya se encontraba frente a la puerta de la biblioteca, con la habitación de relajo de su padre a sus espaldas. La voz que escuchó lo sobresaltó de tal forma que pegó un brinco. Draco Malfoy lo miraba desde la puerta de su despacho con una ceja alzada, brazos cruzados. Llevaba un chaleco parecido al que él tenía, pero con botones y lana de un color vino que lo convertía casi en un fantasma.
—Yo...
—Sabes que la reunión de tú madre es en menos de una hora—replicó interrumpiéndolo. Aunque sonase feo, Draco era una de las pocas personas que lograba ponerlo nervioso; quizá porque nunca fueron realmente cercanos, por su parecido físico, ó tal vez fuera que intentaba tanto parecerse a él porque la sociedad así lo había dicho que temía cometer algún error.—Scorpius...
—Venía a la biblioteca, padre—respondió rápidamente. Quería que aquella charla terminase lo más rápido posible—Simplemente quería leer un poco antes de...
Se cayó porque su padre lo miró con sospecha.
—¿Leer qué?
—Un libro.
Scorpius pudo ver en el rostro de su padre una sonrisa diminuta asomándose por las comisuras de sus labios. El gesto le demostró al muchacho que había hecho un buen trabajo en aquella partida de pregunta-respuesta.
—No te entretengas demasiado. Si te demoras en llegar a recibir a todos, a tu madre le dará un ataque de nervios.—Dicho aquello cerró la puerta de caoba que protegía su espacio del resto del mundo y dejó el pasillo nuevamente sumido en el silencio y la penumbra.
El joven Malfoy se quedó parado en medio del corredor por un par de minutos y, luego de asegurarse que se encontraba nuevamente solo, soltó un suspiro entre dientes. Podía sentir sus músculos de la espalda completamente contraídos, como los de un puma a un pelo de saltar sobre su presa.
Demonios.
Se acercó a la puerta de la biblioteca y giró con agilidad el pomo de oro tostado, evitando hacer mucho ruido al correrla. Una vez dentro, la cerró con suavidad.
Aquel lugar no tenía nada que envidiarle a su par en Hogwarts: Los estantes estaban en mejores condiciones, los pisos se encontraban aún más lustrosos, las mesas y asientos eran mucho más finas y confortables mientras que la mayoría de los libros parecían haber sido recientemente comprados debido a sus impecables apariencias. Había lámparas, colgadas cada cierta distancia en el cielo raso, con cristales pendiendo que iban del tamaño de una mano al de un diente, así como también las paredes estaban hechas de piedra y cada ventana tenía su propia cortina verde oscura, tan gruesa como la piel de un oso.
Silbando se dirigió a la tercera estantería de la derecha. Allí no importaba el ruido: podría haber cien tipos tocando instrumentos a todo volumen y nadie se enteraría.
El libro que sacó era grueso, tan ancho que apenas abarcaba su grosor sus largos dedos. La tapa era de cuero negro muy delicado más no tenía ni un solo adorno en ella, mientras que el lomo sólo rezaba Defensa con una tinta metálica.
Había descubierto el libro unos años antes en el verano de entre cuarto y quinto, y, aunque nunca le había dado mucha importancia ya que tenía muy buenas calificaciones en defensa y no sentía que fuera necesario reforzar extracurricularmente, siempre tuvo presente que tal vez un día necesitara el bendito tomo cuando tuviese una consulta.
Lástima que ese día ya lo hubiese encontrado.
A pesar de que había leído una y otra vez el ejemplar que se les había asignado a los alumnos de séptimo año en la clase de defensa, aún era incapaz de producir aunque fuese un vaporcillo plateado en cuanto a patronus se tratara. En los últimos días se desvainaba los sesos intentando encontrar aunque fuese una pista o algún tipo de dato que resultara útil para poder producir algo que fuese más que un atisbo de humo saliendo de la punta de su varita.
Recurrir a ese libro, desde su punto de vista, era casi rayar en la desesperación misma.
—Veamos que tienes para mi.—resopló, mientras se sentaba en la primera mesa que encontró. Las paginas eran tan delgadas que simulaban agua en sus manos. Las pasó con avidez, sólo leyendo los títulos de cada capítulo, con sus ojos volando en todas direcciones, consumiendo palabras—Ajá.
El titulo Encantamiento Patronus: Dementores, chocó contra su retina rápidamente. Había un par de dibujos puestos en junto a algunos párrafos, mientras que bajo ellos había anotaciones explicando. Las primeras diez páginas trataban temas casi inútiles sobre el origen de los dementores y la necesidad de protegerse de ellos, como hacerlo y cuál fue el origen del encantamiento. A partir de la onceaba hoja las cosas se ponían más interesantes: el encabezado rezaba Cómo producir un Patronus.
El muchacho se enderezó en la silla y, tomando una tremenda bocanada de aire a través de la boca, leyó en voz alta.
—"Producir un encantamiento patronus es una de las cosas más difi..." ¡Eso ya lo sé! "...para conseguir un encantamiento fructífero es necesario en primer lugar evocar un..." ¡Eso también lo sé, maldita sea, sale en cada puñetero libro! Diablos. "...con respecto a los movimientos técnicos, se debe tener en cuenta el movimiento de muñeca y varita que se necesi...".
No alcanzó a terminar de leer, dado que el libro ya había sido lanzado al otro extremo de la sala por sus manos.
Mierda, reamente no tenía ni idea de lo que haría a continuación. Había supuesto que el libro le ayudaría aunque fuese con un secreto concejo para poder avanzar, algún pie de página, alguna especie de solapa o palabra secreta que sirviera para su caso, pero lo único que había encontrado había sido la misma porquería que salía en todas partes una y otra vez.
Le desesperaba pensar que se estaba atrasando. Hasta el propio Nott había mejorado su técnica y, aunque él insistía en que su caso era excepcional dado que ni siquiera había pensado en algo alegre sino que simplemente había salido de su varita sin más, aquello no lograba reconfortarlo en lo absoluto: no podía creer que un maldito objeto inerte le ganara. Debía haber algo que no hubiese visto, quizá alguien había escrito alguna cosa con tinta invisible con el fin de no debelar el secreto de su éxito.
Se disponía a recoger el libro anteriormente lanzado cuando la puerta se abrió de golpe y, uno de los uchos elfos domésticos que tenía, entró con rostro asustado.
—Joven Malfoy, su madre los espera en...
—¡MALFOY!
El elfo pegó un saltito que resonó en el piso. Su madre solía llamarlos a él y a su padre Malfoy, como si fuesen sólo uno, cuando ella estaba prácticamente al borde de un colapso nervioso—lo cual sucedía en la mayoría de los eventos que ella organizaba—y provocaba gran disturbio en la mansión, más aún sobre los empleados. Cuando faltaban pocos minutos para empezar uno de los tantos actos sociales, a su madre le daba por gritarle a media servidumbre, por lo que no era un muy buen presagio que ya comenzara a vociferar Malfoy como si no hubiese mañana.
Siendo franco, Scorpius, no culpaba al elfo por estar tan aterrado.
—...la gran escalera Norte, Señor.—dicho aquello, sus piernas se lo llevaron por el pasillo hasta que se volvió un punto borroso. Su madre probablemente le habría ordenado que, tras dado el mensaje, se fuese directamente a la cocina a preparar los últimos detalles.
Cuando llegó a la escalera su padre ya estaba ubicado en la parte más alta, con los zapatos perfectamente lustrados, sus pantalones sin una arruga y el chaleco a botones con el que lo había visto en el despacho. Cuando él llegó le lanzó una miradita de un segundo y luego cambió la vista al frente, bajo las escaleras donde su madre comenzaba a subir con elegancia.
Su progenitora no parecía de la edad que tenía. Su cuello no estaba fofo, ni tampoco tenía arrugas fuertes marcadas en la piel del rostro. Sus ojos seguían repletos del mismo verde que siempre habían tenido y sus labios estaban suaves y tersos, pintados de un rojo carmesí. Se había puesto un vestido azul marino entallado que le llevaba hasta las rodillas, con una capa del mismo color muy fina.
Parecía toda una dama de la alta sociedad.
Al llegar al nivel en el que ellos se encontraban, miró fijamente a su esposo y dio una sonrisa de aprobación. Luego paso a su hijo y los ojos verde botella de su madre pasaron por su cuerpo en una minuciosa revisada que iba desde el primer pelo de su nuca, hasta la planta de los zapatos de cuero con cordones.
Después soltó un suspiro.
—Scorpius te ves maravilloso—sonrió—Pero...ah...Esos calcetines—continuó mirando la tela grisácea que éstos tenían.
—Nadie mirará mis calcetines—replicó con enfado.
Su madre frunció el cejo con tal fuerza que él temió que se quedara atrapada en esa mueca.
—Ya no importa. No hay tiempo para que te los cambies. Son terribles.
La mirada que le lanzó bastó para que el cuerpo del muchacho se retorciera con una oleada de culpabilidad y vergüenza que venía acompañada de un monto importante de ira y desazón.
Esa era una de las cosas que no comprendía de su madre; aunque ella parecía estar siempre intentando retenerlo a su lado continuamente soltaba frases como aquella que no hacían más que darle unas irresistibles ganas de saltar por la ventana más cercana al piso y huir lejos. Era como si siempre buscase en él alguien que él no podía ser.
Como si siempre buscase en él la figura de su padre.
II
Los invitados se adentraron en la mansión tal como lo haría el agua que intenta colarse por un grifo mal cerrado: en un inicio lentamente y luego de una forma irritantemente ruidosa que, exaspera de tal forma, que es necesario cerrar el grifo por completo.
Aunque su madre había afirmado que serían pocos los concurrentes más de doscientas personas entraron hambrientas de cosas que para Scorpius no tenían valor alguno, como los chismes y las variadas apreciaciones a su hogar que llovieron en sus oídos. Muchos invitados formaban grupos en los que miraban el lugar en el que se encontraban, pero él sabía que tras aquellos halagos y esos ojos admirados había una fina capa de recelo, cosa que se notaba en las miraditas que le echaban de vez en cuando a sus padres y a él mismo y, que obviamente, tenían como finalidad encontrar un error—aunque fuese insignificante—que pudiesen vender al periódico mágico por una buena suma de dinero.
Las caras que giraban a su alrededor le eran, en su mayoría desconocidas, aunque estaba al tanto que casi todos formaban parte de la alta sociedad mágica. Muchos eran magos adinerados que se asociaban con su padre y otros eran sencillamente amigos con una gran cantidad de influencia en su bolsillo. Sabía que muchos de los padres de sus compañeros de Hogwarts se encontrarían allí por aquel motivo: aunque los Malfoy no fuesen de la simpatía de todos, el hecho de un evento social en el que pudiesen inflar sus egos con gente poderosa les hacía perdonar el pasado momentáneamente.
Los Nott llegaron, como casi siempre solían hacerlo, de los últimos. Algunos a su entrada voltearon la cabeza y los miraron fijamente, pero Scorpius sabía que ese era el efecto que les gustaba causar en cualquier lugar al que se presentaban. Excepto a Timothy, claro, él era más del estilo de colocarse en una esquina oscura y lanzar maldiciones a los inútiles que se atreviesen a mirarlo.
—¡Astoria, querida!—Si bien la voz de Pansy Parkinson nunca había sido muy agradable, con el paso de los años se había vuelto una mezcla entre chillido y un permanente dolor de garganta. La frase la dijo con tal fuerza que un par de personas tensaron los hombros—¡Que adorable velada!
Scorpius sabía que aquello era un teatro barato. La madre de Timothy no soportaba en lo más mínimo a su madre y, aunque él siempre había sospechado que era por celos, nunca había encontrado más prueba de ello que las ojeadas rancias que le lanzaba cuando ella no la estaba mirando. Nunca lo había comentado con su amigo, pero estaba seguro que él también estaba al tanto de la situación.
Desde su lugar, a unos metros de su padre pudo escuchar como Theodore Nott le pedía con desesperación a su padre el licor más fuerte que tuviera. Aparentemente él tampoco resistía a su esposa y su padre siempre estaba más animado cuando de licor se trataba, por lo que juntos se dirigieron a la habitación en la cocina en la que su padre guardaba barriles con whisky de fuego añejado.
Él, por su parte, caminó a la esquina en la que Timothy y él solían encontrarse en eventos como aquel y se reían, o más bien se ocultaban; él de su madre y de sus intentos de presentarle a gente influyente y su amigo de prácticamente medio mundo.
—Llegas tarde—se quejó Timothy cuando llegó a su destino. Aunque había llegado hacía poco, Scorpius sabía que él muchacho había corrido allí como si no hubiera un mañana a penas su madre se había despistado. Uno de los elfos le trajo un licor de color rojo sangre, que tenía toda la pinta de ser sangre verdadera. A penas tomó un sorbo puso una mueca y devolvió el contenido a la copa sin ningún decoro—Maldita sea, detesto el sabor a plaquetas. ¿Es que han invitado a un vampiro?
—Eso creo. Tengo entendido que tenemos relaciones con Transilvania.
Nott se limpió las comisuras de los labios con la manga, dejando un rastro leve rojizo en la tela de lana gris que vestía, y luego miró con desdén a un par de personas que lo analizaban con la mirada.
—¿Y Ella?—preguntó él alzando una ceja. Los ojos se su compañero pasaron de negro petróleo a un tinte turbio y brillante—Juraría que vi a los Zabini entrar un poco antes que ustedes.
Timothy puso los ojos en blanco.
—La han dejado en su habitación como siempre. Ya sabes, eso de "no queremos que nos vinculen con uno de ellos" y "somos serpientes no malditos gatos". La misma historia que usan como excusa para no traerla a ninguna maldita reunión. Han pasado siete años, que los superen de una bendita vez.
—Tú tardaste un tiempo—rió él, aunque también consideraba que ese espectáculo que los Zabini debían dejar ir el tema un poco.—Casi tres años.
—Pero lo hice.
—Y de qué manera.
Aunque Timothy le lanzó una mirada asesina, o más bien un intento de, él tampoco pudo evitar sonreír de lado por un par de segundos. A pesar que él y Nott en sus inicios no habían sido compinches con el tiempo se habían vuelto un soporte mutuo en casi todas las situaciones a las que se enfrentaban.
—¿Crees que vendrán?—interrogó el de cabello negro, mientras se acomodaba el borde de la camisa arrugada que sobresalía por el borde de su chaleco.
Scorpius inmediatamente negó con la cabeza. Desde que tenía memoria sus padres invitaban a las familias salvadoras, Potter y Weasley, por mera cordialidad a sus eventos, aunque él nunca los había visto poner un pie en su hogar ni había escuchado a nadie mencionar su ausencia cuando las reuniones se llevaban a cabo. Desconocía la razón de ello, pero cuando eran pequeños—casi los únicos pequeños que estaban en esas juntas, con el resto de los hijos de Theodore Nott y un par de otros chiquillos ricos—solían apostar a cuál de ellos sería el primero en decirles insultos en cuanto entraran por la puerta.
—Lo dudo—respondió—Aunque realmente no me importa mucho si vienen o no a estas ridiculeces.
Una pequeña parte de su estómago se rió de él, escupiéndole que sabía que aquello no era cierto pero prefirió no mencionarlo.
—¿Seguro?
—¿A qué te refieres?
El segundo de los Nott lo miró con tal nerviosismo que él podría jurar que estaba a un pelo de vomitarle encima. Se revolvió el cabello dejando que su pelo rugiera en todas direcciones.
—Esto...Hace un tiempo Ella y yo estábamos...ya sabes...—la mirada que le lanzó Scorpius fue tan extrema, que el muchacho se apresuró en decir—...¡Conversando!...acaloradamente...Y...Seré honesto. Ella estaba preocupada. Decía que había tenido una conversación contigo y temía que te gustara...
—¡Scorpius!
Estaba tan concentrado en el discurso incómodo que Nott estaba dándole, que perdió la compostura por unos instantes pegando un salto que resonó fuertemente cuando sus pies retornaron al piso. Scarlett Welch estaba caminado hacia ellos, meneando las caderas al ritmo del eco de sus zapatos de tacón. Era obvio que no había comprendido la etiqueta de "medianamente informal" que su madre había puesto en las invitaciones: Llevaba un vestido rojo, brillante, tan ajustado que no dejaba ni un trozo de piel a la imaginación y con un escote que casi le llegaba al ombligo.
Sus padres se encontraban tras de ella, con sus sonrisas enormes y blancas, cabellos rubios ondulados, vestidos casi tan elegantes e inadecuados como su hija.
—Scarlett—sonrió él forzadamente—Te ves bellísima.
Era una mentira, se veía como sardina enlatada, pero sabía que su padre consideraba a los Welch gente importante. Estaban en trámites para adquirir el cuerpo editorial de El Profeta y se sabía que tenían una emergente tienda de varitas mágicas y calderos que tenía una muy buena reputación dentro y fuera del Reino Unido. Nunca le perdonarían que se enemistara con aquella gente y mucho menos se perdonaría enojar a la hija de ellos, considerando que había sido y era una buena compañía en las noches de soledad.
—Así que usted es el famoso Scorpius Malfoy, ¿eh?—habló el padre de ella. Era bajo, casi un palmo más bajo que él, lo que hacía que fuese muy incómodo mirarlo a los ojos sin sentir que estaba riéndose de su pequeño porte. Aún así le gusto que se refiriera a él como un superior al utilizar la palabra usted.—Nuestra Scarlett ha hablado muy bien de usted, por lo que no hemos dudado un instante en venir a esta adorable reunión. Soy Remulus Welch, encantado.—Su mano era bastante grande en comparación a su estatura. No le sorprendía que la chica Welch hablara de él con su familia dado que era sabido por todos, y por él mismo, que le quería de una forma que él nunca había sido capaz de quererle. Tampoco le sorprendía que estuvieran allí considerando su inminente asenso a la alta sociedad—Y esta es mi esposa Emerald. Hemos venido con el expreso propósito conocerle.
—¿En serio?—respondió. Ahora si estaba sorprendido, dado que no sospechaba que hubiese otra intención en si venida que codearse con gente que fuese más influyente. El hecho de que hubieran venido sólo por él no tenía el más mínimo sentido, ni lógica. Y a él no le gustaban demasiado los disparates.
Miró hacia atrás buscando a Nott, pero él ya se había marchado, probablemente incómodo ante la visión de los Welch.
—¿Es que sus padres no se lo han mencionado?—dijo esta vez la madre. Su cabello estaba demasiado tieso, sus dientes excesivamente blancos y sus ojos verdosos carecían de brillo, parecía echa de plástico—Existe un gran interés de nuestra parte y, aparentemente de su propia familia, en unir lazos matrimoniales entre usted y nuestra hija con el fin de hacer prevalecer el...poder.
Scarlett sonrió de tal forma que su cara pareció de goma.
Poder, Sangre, Pureza, Honor. Palabras simples que se utilizaban como clave para una misma cosa, en la que él toda su vida había creído, pero que en esos instantes le parecían una maldita estupidez.
Unir lazos. Matrimonio. Eventualmente habría una boda, saldría en los periódicos, irían todos los que estaban en aquella mansión, todos con sonrisas fingidas, esperando que su matrimonio sería casi tan bueno como el de su padre y el de su madre. Por las noches él llegaría tras el trabajo y ella lo esperaría con los brazos abiertos dispuesta a entregársele múltiples veces, porque nunca se saciaba, nunca de él. Quizá tendrían hijos, tal vez comprarían un gato. Saldrían a la calle y la gente los miraría sabiendo que había sido un matrimonio con el fin de hacer que la sangre fuese y siquiera siendo pura y para que las monedas doradas no desaparecieran nunca de su bolsillo.
La idea de un matrimonio así, de una vida tan malditamente acomodada y de tener un maldito gato le causaban náuseas. Un asco que nunca había sentido en toda su puñetera vida.
No quería casarse. No a esa edad. No con ella. No así.
—Señor Malfoy—dijo la mujer—¿Se encuentra bien?
Él la miró, directo a sus ojos verdes, tan opacos como un vidrio sucio, y corrió.
Corrió sin mirar ni una vez atrás.
III
Desde su posición en el sótano, rodeado de retratos, podía escuchar como la mansión se iba vaciando poco a poco. Aunque la reunión había sido en el ala norte principalmente no se podía negar que la construcción total tuviese una gran resonancia que permitía captar hasta el más diminuto suspiro.
La mayoría de los cuadros estaban dormidos. El de su abuelo colgaba al final de todos y el de su padre se encontraba a su izquierda, descansando la cabeza sobre su hombro. Era normal que todos estuviesen ya en el quinto sueño: La fiesta había dejado de ser animada desde hacía ya un buen rato y la mayoría de los chismes ya habían dejado de ser tan escandalosos.
Sabía que su madre había llegado después de su rápida huída. De seguro había intentado excusarlo diciendo que todo había sido por la gran emoción que todo aquel plan de bodas le causaba y que la felicidad lo había hecho correr a quien sabía dónde. Probablemente había desviado el evento y que deberían elegir el vestido lo antes posible.
Pero él no comprendía cómo era que su madre estaba de acuerdo con todo aquello, ni cómo era posible el que él se escandalizara tanto con todo el asunto. Desde pequeño sabía que un matrimonio arreglado era su futuro y, siendo honesto, siempre había estado de acuerdo con que así fuera.
De la nada todo le parecía un horrible acontecimiento que deseaba que nunca se llevara a cabo.
Cuando supo que ya no quedaba nadie en la mansión y que sus padres ya estaban durmiendo en su cuarto, salió del sótano lo más cuidadosamente posible que pudo, para no despertar a sus antepasados. Se dirigió a su habitación con sus zapatos de cuero replicando en una suave melodía y se adentró en sus aposentos rápidamente.
Su cama estaba ya hecha, sus cajones estaban perfectamente arreglados y por la ventana entraba un hilo de luz lunar, colándose por la ventana que estaba extrañamente abierta. Se dirigió a cerrarla cuando vio un trozo de pergamino, bastante pequeño, con un trozo de tela sellándolo.
Inmediatamente reconoció su procedencia. Quizá fuese por el olor, tal vez se trataba que estaba acostumbrado a ver esa clase de papel tirada en la sala común de su torre, de su nuevo hogar. No sabía de donde el destinatario podría haber sacado su dirección, ni a que hora del día habría llegado el mensaje. Tampoco sabía cómo estaba tan convencido de que era de ella, ni porqué su corazón latía rápido y lento la vez.
Simplemente lo sabía.
Por ello cuando lo abrió y vio las palabras: Lo tengo todo bajo control, idiota; sonrió de lado y una carcajada repleta de una expresión indefinible para él brotó de sus labios. De sus entrañas, de sus pies
Oh, diablos.
JI JI JI, *Paz camina lentamente y sonríe tímidamente* LO LAMENTO TANTO. Sé que debería hacer publicado hace ya...mucho rato *MESES*, pero realmente no tengo una escusa razonable para mi falta de respeto.
Muchas cosas feas—Y buenas—Me pasaron desde la última vez que publiqué en Fanfiction. Su pongo que esas cosas me desencantaron y a la vez me bloquearon la mente y realmente no sabía de qué escribir, ni tenía las más mínimas ganas de hacer. Mi cumpleaños, la muerte de mi abuelo en Agosto, mi viaje a Nueva York en septiembre, los horribles exámenes de Noviembre por los que me desvelaba y las típicas fiestas de Diciembre me pegaban en la cara una y otra vez. La inspiración no venía a mi precisamente.
Entonces volví a enamorarme con Fanfiction y sentí las ganas de volver a escribir. Releí mi historia y me volví a encantar y aquí me tienen. Sé que mis excusas son algo que definitivamente no va a llenar ese espacio de tiempo, pero espero que sean medio buenos :c
Espero que comenten—Aunque sea para enviarme tomatazos en la cara virtualmente—Y espero que estén teniendo un lindo 2014! Juro que no abandonaré el fic nuevamente. Estaré publicando el próximo capítulo durante la semana *palabra de honor*
Nos vemos pronto c: Me gustaría agradecerle a mi amiga sarabella45 que fue una de las principales razones por las que volví aquí—me mandó mensajes casi todos los meses obligándome pidiéndome cordialmente que retomara la historia— Aquí me tienes loquilla!
Nos leemos!
Paz
