"Ruleta Rusa".
SebasCiel.
By: Sinattea.
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Disclaimer: Kuroshitsuji no me pertenece, pero quiero imaginar que algún día tendré la autoridad para hacer con la historia lo que se me plazca, y quizá estas palabras se vuelvan legítimas.
Summary: Ruleta Rusa.
Nota: Hoy pasaron dos cosas impresionantes. La primera, alguien me ha leído el pensamiento y se está infiltrando en mis sueños sin que yo me dé cuenta. La segunda, creo que esa persona tiene más poder del que pensé en un inicio... ¿o es sólo una coincidencia que estuviera a punto de publicar algo que esa persona no quiere leer y se fuera la luz en todo mi coto?
Me desgarré el alma escribiendo esto, hace ya dos o tres semanas. Este es el último capítulo, el punto culminante, el tan temido clímax. Hoy se formula la última respuesta a la máxima pregunta.
Así que lean... y espero puedan llegar conmigo hasta el final.
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Capítulo 12: Ruleta Rusa.
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Ciel no lo podía creer, no quería creerlo. ¿Qué acaso todo era una broma del universo? ¿Era él un bufón o alguna especie de juguete para que nunca le salieran bien las cosas?
El plan era perfecto, estaba en marcha. Todas las piezas estaban en su lugar… ¿Entonces por qué Sebastian estaba allí, arrastrando a Adele lejos de él?
- ¡Suéltame! – renegaba ella, los tacones de sus botas dejando surcos en el piso - ¡Quítame tus sucias manos de encima, demonio!
Finalmente Adele fue capaz de girarse y apartar a Sebastian de una patada. Tuvo que sobarse un poco el cuello y reacomodarse la camisa y la corbata cuando por fin las manos enguantadas del mayordomo la soltaron.
- ¿Así que éste es tu demonio, niño? Es veloz, lo reconozco.
- Él no debería estar aquí… – balbució Ciel; comenzaba a sumirse en estado de shock.
- Tu plan perfecto falló. La próxima vez recuerda lanzar una moneda antes de tomar las decisiones importantes.
Adele avanzó katana en mano hasta llegar a la orilla del cráter que la caída de Sebastian había creado, y como era de esperarse, en medio ya estaba el demonio en pie, acomodando su saco y ajustando sus guantes.
- Tú debes ser Sebastian Michaelis – dijo Adele -. No nos conocemos, pero he oído hablar mucho de ti.
- Entonces sabes que acabas de cometer el peor y último error de tu existencia, shinigami.
- Ooh… – se burló la chica, poniéndose en guardia, katana en alto -. ¿Debería asustarme? ¿Voy a arrepentirme de lo que hice?
- No te imaginas cuánto…
Sebastian se tronó los nudillos de ambas manos antes de enfocar su mirada y su rabia contra Adele. Un segundo después se abalanzó sobre ella y establecieron combate.
Fue impresionante verlos cruzar golpes y patadas; Adele era tan veloz como Sebastian, si no es que más, aunque el demonio era más fuerte, pero no le servía de mucho teniendo en cuenta que la shinigami estaba muy bien armada. Adele esquivó casi a ojos cerrados todos los cuchillos y tenedores que Sebastian le arrojó, y a punto estuvo de herirlo varias veces. Si Sebastian pudiera concentrarse seguramente el combate hubiera sido más parejo, pero como no podía el dominio de Adele era abrumador.
Hubo un momento en que ella creyó haber dejado al demonio fuera de combate, y luego de cepillarse el cabello con los dedos se encaminó hacia Ciel, quien estaba paralizado en el lugar donde la shinigami lo dejara, limitándose a ser un mero espectador.
- Eso fue… entretenido, casi divertido. El Sepulturero debe haber disfrutado mucho observándonos. Es una pena por mis botas, las manchas de sangre serán difíciles de quitar. Como sea… ¿Y bien, conde? ¿Listo para retomar nuestro pequeño negocio en donde lo dejamos?
Esas palabras fueron las que sacaron a Sebastian de quicio. La ligereza con que Adele se tomaba el asunto de matar a Ciel… ¿Qué no se daba cuenta de la magnitud de lo que estaba por hacer? ¿No veía que Ciel no era un humano cualquiera?
Nadie entendía el verdadero valor de Ciel como Sebastian. Sebastian necesitaba a su joven amo, lo necesitaba con vida y a su lado, porque no toleraría el dolor de perder lo único que ahora le daba significado a su vacía e inmortal existencia.
"Voy a protegerte, Ciel… lo quieras o no".
Esta vez Adele ni siquiera supo qué la golpeó. Había sido como estar encerrada en un cuarto sin luz donde la misma oscuridad te ataca, adquiriendo una corporeidad inesperada e irreal. Cuando menos lo esperaba ella ya estaba tendida de espaldas en el piso, sin su katana y con Sebastian encima de ella, ahorcándola con una mano y con la otra en alto, lista para atravesarle el pecho en cualquier momento.
El demonio iba a acabar con la shinigami, hasta que…
- ¡Alto! – gritó la voz, potente y oportuna, de Ciel Phantomhive - ¡Detente! ¡Te ordeno que no la mates!
- No… Ciel…
- ¡Kyaaaaaaa!
En el segundo de distracción Adele logró estirar la mano lo suficiente para alcanzar su katana, y casi apuñala a Sebastian acto seguido, pero el demonio fue lo bastantemente rápido para esquivar la estocada.
Sebastian retrocedió unos pasos, sin apartar sus ojos de su joven amo. Adele se paró.
- Qué buen niño… ayudando a tus socios de negocios – dijo ella.
- Cállate, shinigami – gruñó Sebastian, manteniendo sus ojos fijos en su amo -. Tú no tienes palabra aquí.
- ¿Por qué no? El niño y yo tenemos un trato – ante esas palabras Adele obligó a Sebastian a mirarla.
- Conmigo tiene un contrato – dijo el demonio, consciente de que toda criatura sobrenatural estaba, de cierta manera reglamentaria, forzada a respetar ese hecho. Lástima que Sebastian no conocía a Adele y no sabía nada del intenso odio que ella sentía por las reglas.
- Que está a punto de caducar: yo voy a matarlo – aseguró ella con desfachatez.
- Y yo voy a detenerte.
- ¿Por qué? ¿Por tu estúpido contrato? ¡Eso es todo lo que te importa! – gritó Ciel, finalmente despertando de su estado de shock y viéndose embargado por una explosión de emociones.
Caminando sin ser consciente de ello terminó por situarse en medio de la shinigami y el demonio, su demonio, aquél que lo había obligado a buscar la muerte y ahora, cruelmente, se dedicaba a alejarlo de ésta.
Ciel sentía que le ardían los ojos y el corazón le latía tan rápido en el pecho que sentía como si fuera a estallarle. Nunca se había sentido tan furioso, tan frustrado… tan expuesto. Había estado tan cerca de morir, de cumplir su propósito y acabar de una vez por todas con el sufrimiento que lo carcomía por dentro. En su interior Ciel ya estaba muerto; había agonizado durante años y ahora estaba muerto. ¿Por qué? Porque perdió a sus padres, porque fue hecho prisionero y su vida le fue robada, porque para escapar de esa prisión ofreció a cambio su vida, su alma y su ser… Y la criatura que las recibió hizo con ellas lo que se le antojó: se infiltró en su vida hasta controlarla, contaminó su alma hasta corromperla, e intoxicó su ser hasta enamorarlo por completo, hasta que cada pensamiento y cada fibra de su cuerpo se quemaban de deseo. Y ahora Ciel estaba perdido, hundido en el abismo, en un lugar donde nadie podía ya rescatarlo. No existía esperanza, porque el único hombre que podía tenderle una mano ni siquiera era un hombre, era un demonio que no podía sentir nada, y mucho menos por él.
Ciel quería gritar hasta destrozarse la garganta, quería escupir sangre y manchar el rostro de Sebastian para siempre con sus palabras.
- ¡Todos estos años! – habló, al principio apretando los dientes, tratando de reprimir los sollozos que amenazaban con liberarse y mostrar su vulnerabilidad. Pero el sentimiento de ira era demasiado poderoso… Más que ira, era odio, y ese odio lo alimentaba con una fortaleza enferma, y Ciel fue poco a poco alzando la voz - ¿Y para qué? Dices que no mientes y sin embargo todo acerca de ti es una mentira. ¡Yo te di tu apariencia, tu nombre, tu vida! ¡No eres más que una farsa! ¡Tú no tienes cara, ni cuerpo… y mucho menos un corazón! Ni siquiera tienes un alma… ¡No eres nada… más que un demonio! Y no crees en nada más que en tu estúpido contrato…
Sebastian experimentó un terrible malestar, una puñalada helada en la boca del estómago que iba subiendo poco a poco, conforme lo hacía el volumen de voz de Ciel y el veneno en sus palabras, amenazando con llegar hasta su corazón. Porque Sebastian tenía uno, aunque Ciel estuviera plenamente convencido de lo contrario. ¿Pero cómo podría demostrárselo? ¿Qué podía hacer Sebastian?
- El niño te conoce bien – interfirió Adele, mirando la estupefacción de Sebastian con creciente gozo. Dio unos cuantos pasos y se agachó hasta quedar a la altura del oído de Ciel -. ¿Qué más quieres decirle a este demonio? Él te lastimó, ¿verdad? ¿Por qué no le dices eso?
- ¡Cállate, shinigami! – bramó el demonio, sintiéndose increíblemente frustrado porque descargar su ira contra Adele no le proporcionaba ningún alivio. Tenía que admitirlo: en ese preciso instante el enemigo era Ciel.
- ¡No, tú cállate! – rugió el niño - ¡Yo no te he dado permiso de hablar!
Sebastian sintió automáticamente que un nudo se le formaba en la garganta, como si su cuerpo siguiera empeñado en obedecer cual sirviente, pese a que su mente y el resto de su ser querían desobedecer cada orden hasta que las cosas volvieran a tener sentido. El mayordomo quería rebelarse… y revelarse ante Ciel, pero no sabía cómo hacerlo.
- Sé lo que eres y lo que quieres… – proseguía Ciel, sus ojos dispares refulgiendo con rabia y repulsión hacia el demonio - Y no te lo daré… ¿No has tomado ya suficiente de mí? ¿No te basta con todo lo que me has quitado? Firmé mi sentencia de muerte el día que acepté tu sello…
- Ciel… – el jadeo que emitía Sebastian no podía describirse como una voz.
- ¡Basta! – exclamó el niño, llevándose las manos a la cabeza, sacudiéndola en un gesto casi demente - Sé lo que hiciste… ¡Tú lo planeaste todo! Desde un principio… ¡lo único que querías era arrastrarme hasta ti! ¡Mataste a mis padres y destruiste todo en lo que yo creía!
No. Todo menos eso… Todo, cualquier cosa, Sebastian podría soportarlo si se aferraba a la parte más demoniaca de sí mismo (o a lo que sobrevivía de ésta). Pero esa acusación, eso por lo que Ciel lo estaba culpando… era demasiado. Más de lo que se debe soportar.
- ¿Pero qué estás…? ¡Ciel! – Sebastian intentaba, en vano, hacer reaccionar a su joven amo, recordarle cómo era que habían sucedido las cosas. Ni siquiera valía la pena tratar…
- No me importa cuánto hayas esperado por un alma atormentada como la mía… ¡Por mí, espera toda la eternidad! ¡Mi alma no la tendrás! ¡Terminaré con este contrato de una vez por todas!
Adele sonrió y blandió ligeramente su katana, entendiendo que su momento de intervenir estaba próximo. Como buena shinigami, disfrutaba de ver a bestias como los demonios sufrir un poco con una cucharada de su propia medicina.
- No lo hagas… – suplicó Sebastian, reuniendo lo que le quedaba de fuerza en un último intento desesperado de salvar a Ciel.
- Yo ya estoy muerto – afirmó Ciel -… y mi alma también…
- ¡¿No entiendes que ya no me interesa tu alma?!
Entonces pasó algo que ni el joven conde ni la shinigami se esperaban: Sebastian tomó el rostro de Ciel con ambas manos y lo atrapó en un intenso y desesperado beso.
Si Adele tenía la intención de retomar el "negocio" y asesinar al joven conde en ese mismo instante, al ver la insólita escena lo olvidó por completo.
Ciel también se quedó paralizado entre los brazos de Sebastian. Todos sus pensamientos se dispararon hacia la incoherencia y no sabía qué era lo que debía sentir ni cómo reaccionar. Por unos segundos sólo se dejó besar, hasta que definió que la cercanía de Sebastian ahora sólo le resultaba dolorosa, no quedaba ni rastro del embrujo que tuviera en la fiesta de Buckingham.
- ¡S-suéltame! – sollozó, y usando toda su fuerza logró empujar a Sebastian - ¡Déjame ir!
- Nunca – dijo el demonio, desafortunadamente, en un tono de voz que sonó más a amenaza que a promesa.
Entonces Ciel hizo lo que, según sus pensamientos actuales, debió haber hecho desde la primera noche en que Sebastian se le acercó de esa manera. No sólo lo abofeteó, sino que le plantó un puñetazo de lleno en la cara, y, por increíble que parezca, lo hizo sangrar. Hilillos de sangre roja y cálida escurrían por la cara de Sebastian desde su ceja izquierda y su labio inferior hasta su barbilla, manchando su impecable camisa.
- ¡Te odio!
- Ciel… – finalmente la terrible puñalada había alcanzado y perforado el nuevo corazón de Sebastian.
- ¡Aléjate de mí! ¡Es una orden! – a cada palabra Ciel retrocedía un paso, dos, hasta que la distancia física entre él y Sebastian asemejó al abismo mental que los separaba - ¡No quiero que estés cerca de mí, no quiero que me toques, no quiero que me mires! ¡No quiero que estés presente en lo que me queda de vida! ¡Nunca más! ¡Te ordeno actuar como si yo no existiera! Porque de ahora en adelante yo haré lo mismo contigo…
Y tras pronunciar esa sentencia de muerte, Ciel Phantomhive dio media vuelta y salió corriendo de la fábrica de East End, abandonando allí a Sebastian… para siempre…
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No importaba que fuera un ser inmortal; ahora Sebastian sabía perfectamente cómo se siente la muerte.
Con la respiración estentórea y los ojos perdidos en el vacío, Sebastian se dejó caer de rodillas, viéndose en la necesidad de apoyar ambas manos sobre el suelo. El dolor lo carcomía por dentro, recorriendo su ser como si fuera lava ardiente: un fuego voraz que lo destruye sin aniquilarlo. Sebastian no moriría, y vivir con ese infinito dolor era una alternativa mil veces peor que caer muerto. ¿Así era como se sentía Ciel? ¿Por eso la idea de suicidarse?
"Yo… lo he perdido… Se acabó…" pensaba el mayordomo febrilmente. Su mente giraba como un torbellino que lo arrastraba hacia las profundidades, hasta un abismo del que no pudiera salir…
No obstante (y afortunadamente), la risa ácida de Adele fue suficiente para sacarlo de sus desahuciados pensamientos.
- Bueno – dijo ella, con su tono de voz burlón y estúpido -, la única vez que presencié un rechazo tan doloroso fue hace cuatro mil años, y creo que éste fue peor. Humillante, ¿no lo crees?
Gracias al hiriente comentario de la shinigami, Sebastian de alguna manera recordó que todavía estaba vivo y conservaba sus fuerzas, que todavía podía levantarse, quitarse el guante y comprobar que el sello del contrato seguía allí. Luego de haber hecho eso se sintió de nuevo como él mismo, y pudo enfrentar a la shinigami y dedicarle una mirada asesina. Por su parte, la mirada de Adele brilló con entendimiento. Ahora para ella todo tenía sentido, y sus labios trazaron una sonrisa socarrona.
- ¡Oh, por el abismo! ¡Estás enamorado del pequeño malcriado! Creí que ese beso era tu forma de manipular sus sentimientos por ti, ¡pero en verdad estás enamorad- - -!
Antes de darse cuenta Sebastian ya la tenía fuertemente agarrada por el cuello, empujándola con violencia contra el muro más cercano. Sí, definitivamente la shinigami había vuelto a despertar al demonio que Sebastian requería ser. Adele rió con demencia y satisfacción.
- ¿Y qué vas a hacer? ¿Matarme? – se burló ella - El mocoso acaba de darte la orden contraria.
- ¿Cómo lo llamaste? – inquirió Sebastian, susurrando entre dientes con ira contenida.
- ¡Oops! Me disculpo… Tu pequeño y hermoso amo te ordenó no matarme.
Sebastian sabía que ella estaba en lo correcto, y muy en su fuero interno le estaba agradecido por haberlo hecho reaccionar, así que la soltó. Adele cayó al suelo jadeando desesperadamente, aun cuando segundos antes, al reír, no daba la impresión de que Sebastian la estuviera privando del aliento. "Qué bueno que el contrato sigue vigente" pensó la shinigami.
- De cualquier forma, no es a mí a quien deberías matar – dijo ella, sobándose el cuello con precaución.
Sebastian volvió a implementar una peligrosísima mirada asesina.
- Trataste de asesinar a mi Bocchan.
- ¿Tuyo? – insinuó Adele, remarcando lo que Sebastian seguía haciendo evidente. Él le advirtió con sus ojos rojos y brillantes que dejara el asunto por la paz y Adele, lo suficientemente prudente como para evitar su ira, optó por no tentar más la paciencia del demonio -. Oh, bueno, él hizo un trato conmigo, aunque creo que ahora está roto. Pero Angela… Ella es el verdadero peligro, lo sabes.
- ¿Cómo sabes tú de ella? – se sorprendió el mayordomo. Adele sonrió, irritante.
- No negaré que ella me tenía algo así como contratada para este trabajo. No le importa de qué manera muera tu precioso amo, ella sólo lo quiere muerto. O ellos, debería decir.
- No me hubiera imaginado que sentías tanta aversión por la vida, shinigami – rechinó Sebastian los dientes. Era una manera elegante de decir "Tú de verdad quieres que te mate", una advertencia de Sebastian para guardar silencio.
- ¿Quieres saber cómo detenerlos, para siempre? – exclamó Adele justo a tiempo, capturando la curiosidad del demonio - Arráncale al maldito ángel su blanco y palpitante corazón del pecho… y quémalo. Tienes acceso a muchas apariencias, estoy enterada, una de las cuales es un demonio de fuego, ¿cierto? Quémalo, justo frente a sus malditos ojos. Sólo así tu precioso niño estará a salvo.
- ¿Y cómo puedes estar segura de que funcionará? Porque si no puedo matarlos a ellos, regresaré por ti. Puedes apostarlo.
- Oh, me ha funcionado antes.
- ¿Has matado ángeles? – murmuró Sebastian con incredulidad y la dosis justa de sarcasmo.
- Soy fuerte, demonio – certificó ella, arrastrando las palabras ya que estaba apretando la mandíbula.
- Yo lo soy más.
- Entonces para ti debería ser pan comido, ¿no?
Sebastian ya no respondió al comentario de Adele. No tenía ni las ganas ni mucho menos el tiempo de enfrascarse en una discusión con la casi-asesina de su querido amo. No tenía la más mínima idea de qué era lo que pasaba en esos momentos por la cabeza de Ciel Phantomhive, pero inexplicablemente Sebastian estaba seguro de que él ya no intentaría nada más, al menos por ese día. Su plan maestro había fallado, y Ciel necesitaba tiempo para digerirlo y pensar en otra cosa… si es que insistía en sus enfermos atentados suicidas y se negaba a reflexionar sobre lo que Sebastian había dicho y hecho. Además, Adele ya estaba advertida de que si no abandonaba su "negocio" con el joven conde lo pagaría muy caro.
El único obstáculo, el último peligro que quedaba sin resolver, era precisamente Angela.
Y Sebastian lo arreglaría cuanto antes. Acabaría con el ángel y regresaría a buscar a Ciel para enmendar sus errores, para demostrarle que ahora era mucho más que un demonio. Pero debía darse prisa.
Justo antes de que Sebastian se marcharse, Adele no desperdició la oportunidad de burlarse de él con una última palabra.
- Ve, sé el salvador, destruye al ángel que amenaza a tu lindo niño. Mi pregunta es: ¿puedes salvarlo de él mismo?
Sebastian prefirió controlarse y hacer caso omiso de la venenosa y ácida shinigami, ya luego tendría tiempo de lidiar con ella. Saltó hasta la oscuridad del techo y desapareció a través de una ventana.
Adele lo vio partir, y después miró a su alrededor, sonriendo porque entre ella y Sebastian habían causado unos muy buenos destrozos. Era una pena que la fábrica siguiera en pie. Silbando la tonadilla de "London bridge" la shinigami deslizó su katana a través de un par de columnas y paredes, y al final le bastó con rozar la punta de su bota contra un pilar para echarlo abajo y colapsar toda la fábrica.
Dejando a su espalda una montaña de polvo y escombro, Adele Adler se marchó, dispuesta a compartir el jugoso chisme que acababa de presenciar en la antigua fábrica.
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Londres ofrecía una panorámica sombría y aburrida con tantas nubes de tormenta pendiendo por encima de la ciudad. Seguramente todo el lugar se vería más hermoso cubierto de luz… de la luz de las llamas que ellos desatarían. Todo Londres ardería hasta las cenizas y consumiría a todos los pecadores, una versión renovada de Sodoma y Gomorra. Qué visión tan espectacular sería.
- La shinigami falló – dijo Ash, molesto y decepcionado. Si no lograban eliminar primero a los grandes errores del universo como Ciel Phantomhive, la meta de crear un mundo ideal donde todo fuera blanco y puro como ellos nunca se cumpliría.
- Ella cumplió con su parte – replicó Angela.
- El chico sigue vivo.
- No por mucho – musitó Angela, jugueteando con el látigo que sostenía entre manos.
- ¿Sabes usar eso?
- Es una habilidad que desarrollé mientras tú dormías. Muy pronto la pondré en práctica. Nuestra misión tendrá éxito; todo Londres será consumido por nuestra luz.
- Y en el mundo finalmente gobernará la pureza.
- Todo será perfecto…
- En cuanto ustedes dos estén muertos – irrumpió la amenazante voz de Sebastian.
Ash desapareció dentro del cuerpo de Angela, y ella se giró sobresaltada para encontrarse con la visión más oscura que hubiera enfrentado jamás.
- ¡No podrás detenerlo, demonio! ¡El plan está en marcha! – chilló ella, con doble voz.
- Tengo talento arruinando planes.
- Tu presencia aquí es insignificante. Muy pronto los seres impuros como tú y el sucio niño que te manda dejarán de existir.
- Atrévete a decir una sola cosa más sobre mi Bocchan – retó Sebastian, echando, literalmente, chispas por los ojos.
Angela esbozó una sonrisa maquiavélica y agitó su látigo.
Sebastian se preparó a luchar. Esa guerra tocaría ese mismo día su fin.
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Mientras tanto, Ciel se las había ingeniado para volver a su mansión, ni siquiera supo cómo lo hizo, sólo supo que de pronto se encontraba subiendo las escaleras de la entrada, abriendo la puerta y ordenando a los sirvientes a voz en grito que se fueran y no regresaran.
Subió hasta su estudio y se encerró allí, sin molestarse en encender la chimenea, de todos modos no sabía cómo. Se sentó frente al escritorio y subió los pies a la silla, abrazándose las piernas en un gesto ausente y demente. De verdad se sentía a un paso de la locura, ya nada en su mísera vida guardaba sentido.
No recordaba cómo se articulaban los pensamientos, mucho menos las palabras. Impotencia y rabia lo invadían a partes iguales, y aunque no recordaba los detalles no podía borrar la imagen de su cabeza: Sebastian, de pie en medio de la fábrica. No podía recordar nada más, y honestamente no quería hacerlo. Ya había tenido suficiente de Sebastian, estaba harto de él, de sus juegos, de su risa, de su sola presencia. Tenía que desintoxicarse de su voz grave y seductora, que sólo era un disfraz para palabras mortales e impías, tenía que liberarse de su mirada, de los ojos que lo hipnotizaron y lo llevaron al precipicio.
Tenía que romper el contrato.
Tenía que morir.
"Debo morir. Voy a morir…".
Una lluvia torrencial hizo eco repentino de su turbado ánimo, arreciando contra los cristales e invadiendo el estudio con sus relámpagos atroces. Ante los ojos atónitos de Ciel, todas las cartas que le enviara "A. A." brillaron sobre su escritorio, y la luz intermitente que ofrecía la tormenta le permitió volver a leerlas todas, una por una.
Y de pronto lo entendió todo. Allí estaba la clave, en el último regalo: la caja de chocolates de peso sobrenatural. Levantándose lentamente del escritorio y caminando de igual manera, Ciel llegó hasta el librero donde había abandonado el obsequio firmado por "A. A." La caja envuelta en papel morado y sellada con listón blanco pareció emitir un débil resplandor cuando la luz de otro relámpago logró atravesar las cortinas, como diciendo: "soy una señal, soy la respuesta a tus plegarias".
Ciel tomó la caja entre sus manos, deshizo el moño y levantó la tapa. Allí estaba su obsequio: sobre terciopelo blanco descansaban una pistola y una única bala.
Ahora podría jugar al máximo juego de azar: la ruleta rusa.
"Y Sebastian jamás lo verá venir". Ciel sonrió levemente, pero comenzaba a olvidar cómo utilizar su cuerpo, así que se apresuro en tomar la pistola y acto seguido dedicó minutos enteros a deleitarse en la visión del instrumento que le daría la victoria.
Otro relámpago, otro trueno; la cara de Ciel quedó sumida en las sombras. Lo triste es que su corazón llevaba ya toda una vida hundido en la oscuridad.
"Quizás me he vuelto loco – pensó el niño, sosteniendo la bala con dos dedos justo a la altura de sus ojos -. Sólo un loco buscaría la muerte con esta urgencia por el simple hecho de que un demonio no lo… quiere. Para empezar sólo alguien muy enfermo invocaría a un demonio… Y mírame ahora: completamente solo… y… destrozado…".
Había que ponerle fin a todo ese sufrimiento, y rápido.
Ciel sólo intentaría tres tiros: uno por el contrato, uno por Sebastian, y uno por sí mismo.
Presa de la desesperación, depositó la bala en su sitio e hizo girar la cámara de la pistola. Cuando ésta se detuvo, Ciel se puso la boca del arma sobre la oreja y sin pensarlo tiró del gatillo.
Nada.
La angustia se hizo aún más fuerte y el sufrimiento más pesado. Ciel quiso gritar por la frustración, pero no pudo. Su cuerpo no le respondía de la misma manera y ya no era capaz de externar ninguna clase de emoción, todo iba hacia adentro, acumulándose, pudriéndose, esperando el momento para estallar.
Con la respiración irregular de quien sufre un ataque demencial el joven conde dudó un segundo sobre si simplemente volver a tirar del gatillo o volver a girar el depósito de las balas. Supuso que añadir otro giro incrementaría el azar, y así lo hizo.
Se puso otra vez el arma contra la cabeza y esta vez se tomó su tiempo… No quería pensar en Sebastian, ni rememorar sus crueles mentiras. ¿Por qué su inconsciente lo obligaba a prolongar el sufrimiento?
"¡Tira del gatillo! ¡YA!".
Nada. El chasquido seco de la ausencia de una bala.
El grito fue mental y tan abrumador que casi derriba al pobre chico. "¿Por qué? ¿Por qué no puedo morir? ¡Si ya estoy muerto, maldita sea! ¿Qué diferencia hace? ¡Déjenme morir!". Ciel no sabía a quién se dirigía, pero estaba seguro que si se atascaba en el pensamiento con suficiente fuerza ese alguien lo escucharía.
Un par de lágrimas dibujaron surcos en sus mejillas; Ciel las limpió con el cañón del arma, arañándose la cara en el proceso. No quería que lo vieran llorar, no ahora que sentía que el universo convergía en su persona.
Con las manos temblorosas revisó la pistola para asegurarse de que sí había colocado la bala en su sitio y que no se lo había imaginado. Una vez comprobado que todo estaba "en orden" giró la cámara una vez más y se apuntó a la cabeza antes de que se detuviera. Era la última oportunidad; si fallaba… "¡No! ¡No puedo fallar!". Cerró los ojos, inhaló superficialmente varias veces y se dispuso a tirar el gatillo.
Antes de que su dedo presionara con suficiente fuerza, un eco se abrió paso entre su caótica y derruida mente: "¡¿No entiendes que ya no me interesa tu alma?!".
Sorprendido, Ciel respiró hondo, abriendo los ojos y apartando el arma unos centímetros. ¿Sebastian? ¿Por qué debía visualizarlo con tanta nitidez justo ahora? El niño ni siquiera sabía si lo que retumbaba en su mente era un recuerdo o una ilusión creada por su propio miedo y soledad, que ponía en boca del mayordomo palabras que él jamás diría.
Pero… ¿y si resultaba ser cierto? ¿Y si Sebastian en verdad quisiera protegerlo? ¿Si tuviera motivos para…?
"NO – Ciel detuvo en seco las ridículas elucubraciones -. Si fuera cierto nada de esto estaría pasando. Sebastian me juró una vez que siempre estaría a mi lado, hasta el final… Éste es el final, ¿y dónde está él ahora?". Parte de Ciel quiso recordar que la ausencia del mayordomo era su culpa, que él le ordenó ignorarlo, pero eso no hizo más que empeorar la situación: si a Sebastian le importara el niño, aunque fuera un poco, se habría atrevido a violar el contrato y desobedecer esa terrible orden. Sin embargo, Ciel estaba allí, solo. Siempre había estado solo.
"Sebastian no me quiere, sólo me utiliza…" El chico supo entonces, mejor que nunca, que él no tenía a nadie… sólo a su mayordomo, pero como los demonios no tienen emociones y no pueden amar ni preocuparse por nadie… "No tengo nada… mi vida no vale nada… Yo no valgo nada…"
Nada… nada…
"¡BASTA!"
Tiró del gatillo.
El arma se disparó.
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Cubierto de sangre y con el traje desgarrado, Sebastian corría a toda velocidad hacia la mansión Phantomhive. Bueno, correr es una expresión inapropiada; un demonio no corre… se desliza, atraviesa, se transporta… hace de todo cuando usa su verdadera forma en una situación de vida o muerte.
Sebastian estaba herido, sí, pero la sangre que manchaba sus guantes no era suya, era lo único que quedaba de los dos ángeles maniáticos que compartían el mismo cuerpo. Tras una ardua batalla, el mayordomo del Conde Phantomhive finalmente logró acabar con ellos, haciendo caso del consejo que esa repugnante shinigami le diera horas antes.
Sentir cómo su mano perforaba el pecho de la criatura y aferraba el deforme corazón en su puño fue una sensación asombrosa, repleta de poder, satisfacción y venganza. Pero más que nada, saber que había destruido al ángel lo llenó de alivio, porque ahora su Bocchan, su "precioso niño" estaría a salvo. Cuando el corazón ardió y se derritió en su puño el grito fue desgarrador y antinatural, el cuerpo con dos cabezas y tres brazos intentó arrastrase hasta él y aferrarse a sus tobillos para detenerlo, logrando únicamente su más pronta destrucción, porque lo que agarraron no fue el pantalón de mayordomo, sino una extremidad de piel oscura y llameante.
De Angela y Ash no quedó más que el recuerdo, porque ni siquiera su perro los sobrevivió. Sebastian se había encargado de matar a Puru-Puru mucho antes de ir al encuentro del ángel.
Y aun así no era posible saborear la victoria.
Sebastian se había equivocado… y mucho. Se dio cuenta poco después de regresar a su apariencia humana, la cual inmediatamente anuló para poder sacar provecho de su forma original y llegar a la mansión en un abrir y cerrar de ojos.
"¿Qué has hecho, Ciel?". El agónico pensamiento bombardeaba cada partícula de su ser. Él estaba en peligro, peor que nunca… Ciel, su Ciel…
Sebastian llegó a la mansión tan agotado por la pelea y el viaje que, aunque hubiera querido, no pudo mantener su forma demoniaca por más tiempo. Claro que si iba a salvar a Ciel prefería hacerlo con la imagen que él le había concedido, la que él reconocería y la que había sido vehículo para que se enamorara de él. Volviendo a ser el perfecto mayordomo (sólo en apariencia, porque estaba quebrantando muchísimas órdenes y no estaba dispuesto a obedecer ninguna más) entró en la mansión y se precipitó hacia el estudio. Sabía que Ciel estaba allí; podía percibir su presencia, su miedo, su anhelo inconsciente de ser rescatado una vez más…
Y al llegar hasta el estudio Sebastian entendió que todo lo que había "percibido" no habían sido más que sus propias inútiles esperanzas…
Al abrir la puerta vio a su joven amo que yacía inerte sobre la alfombra, rodeado de un charco de su propia sangre, con la pistola aún apretada en su mano.
El universo pareció venirse abajo en un instante…
- ¡ ¡ ¡CIEL! ! !
Sebastian se precipitó al lado del cadáver y tomó a su niño entre sus brazos: frío, pálido, vacío… Un segundo fue lo que le tomó al demonio aprender cómo se derrama una lágrima.
La presencia de Sebastian de alguna manera extraña encendió las luces de la habitación, y a la trémula llama de chimenea, las facciones de su Bocchan se dibujaron diáfanas e inexpresivas, y Sebastian descubrió dos ojos azules, como hechos de cristal, y opacos.
"No…"
Sin soltar el cuerpo de Ciel, Sebastian se arrancó el guante de la mano izquierda y vio cómo su tetragramatón se iba desvaneciendo, y al desaparecer por completo se llevaría consigo lo último que aún lo ataba a Ciel.
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Ciel Phantomhive estaba muerto.
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Y por única vez en la historia, el contrato con un demonio se había roto.
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Sebastian estaba destrozado…
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Nota: Haters gonna hate. Y créanme, me dolió más a mí que a ustedes...
Gracias por haber llegado conmigo hasta el final... ¿Quién tiene el valor de seguir adelante?
No pido perdón, no me arrepiento de nada. No hay nada dejado al azar, yo no caí en ese juego. Si prestan atención, encontrarán una pequeña luz...
¿Existirá todavía la esperanza?
Un mínimo de diez reviews podría responder a esta pregunta. Aunque... me temo que hoy no hay respuestas.
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Atte: Sinattea.
