Ay jajajaja XD ... lo de los reviews lo decía en broma, no iba a dejar de escribir el fanfic si no recibía uwuU me basta en realidad con que al menos una persona siga leyendo; pero no por ello me deja de alegrar ver que mi chistosa amenaza ficticia rindió fruto XDDD Keita sabes que esto es sólo tuyo n-n pero lo compartes con las lectoras, neh? XDD, Gracias por dejarme su comentario a Miru (con todo y que va tristeando por ahi XD como si la dejaran a ella hahahaa), Tsunade (Con todo y que le diga estúpido a mi precioso Minato... ya después se explicara que no es que sea estúpido uwuU ya saben que aquí las cosas a veces aparentan más de lo que hay... te perdono sólo porque no has leído los capis que siguen jajajaja XD! y porque me escribes lindo XD!), Vero Uchiha (que fue de las que cayeron uwu y pensaron tal y como planee que Orochimaru le hizo algo a Sasu imbecil y al fin no XD, y me dan ganas de abrazar por opinar asi de Sai owo, sip, adoro a ese mono y nop, con Kakashi no XD tengo otras ideas para Sai); Starlaightnorain (aunque me hable feo uwu... no importa, sigue leyendo y ya masoca interna XD); Katrina Himura (supones bien, vamos a dar un saltito de algunos años, que tal? XD); Chibi Mikan (aunque se le olvide que me iba a decir uwuU); Hisoka Aneko (a quien doy un abrazote por dirigirse tan respetuosamente a mi (se me suben un poquitin los humos positivamente con eso de "Zusaku sama" OwO); Cafe Amargo (por dejarme esos reviews tan buenos uwu que me honran)

12. Tan cerca, tan lejos.

Tuvo que apretar los ojos fuertemente para evitar que la luz le diera de lleno. Tenía un codo enterrado en la espalda, pero estaba tan cómodo fuera de eso, que moverse representaba evitar el delicioso aletargamiento que caía sobre de sí. Arrugó un poco la nariz, pues sus sentidos, tanto como él, comenzaban a despertarse. Olía a sexo. Cuando abrió un poco los ojos, notó una cabellera oscura. Aún entregado al amodorramiento que le concedía el estar adormilado, se permitió acercarse un poco para poder inhalar profundamente.

Sonrió al tener el agradable calor que desprendía ese sujeto, sintiendo el abrazo que se aferró a su cintura. Entonces el rubio pasó su brazo por aquella espalda para aproximarlo más a su cuerpo. El aroma a madera combinada con tinta, se desplegaba de aquella persona. Hundió la nariz en su cabellera oscura. Sai olía deliciosamente.

Tres. Dos. Uno. Ahora sí su conciente se activo.

-¡Sai! Estúpido. –Naruto se sentó de un brinco, quitándose del –mientras estuvo dormido,- agradable abrazo.

Aún parpadeando para terminar de despertarse desde el piso, Sai se sentó para ver a Naruto que aún estaba sobre la cama.

-¿Por qué me has tirado?

-¡Porque estabas abrazándome, fenómeno desviado!

-¿Qué pasa? –preguntó una tercer voz.

-No tengo idea –dijo Sai, sonriendo falsamente.

-¡Que a este le va la marcha para otro lado! –Gritó Naruto.- Si no me cuido, quien sabe que me harías.

Sai sonrió, ladeando la cabeza al ponerse en pie.

-Me gusta dormir contigo, no tiene nada de malo que cada vez que lo hacemos, te abrace de vez en cuando.

Naruto se sonrojó violentamente y aunque buscó a tientas, no halló algo lo suficiente bueno para más arrojarle. Porque igual no sería muy correcto pegarle con la muchacha.

Sai decía la verdad, le gustaba dormir con Naruto, aunque no tuvieran sexo. Claro que con Naruto, se debía ser muy específico. En realidad desde niños durmieron juntos muchas ocasiones, o ellos llegaron muchas veces como esta a formar un trío con alguna señorita, pero nunca habían tenido sexo entre sí.

La muchacha que les acompañaba, tuvo que ponerse la mano en la nariz para evitar un derrame nasal. La luz que daba de la ventana tras Sai, creaba una sombra que provocaba que los músculos en el cuerpo blanquísimo del muchacho, se marcaran deliciosamente cuando se puso en pie.

-¡Tápate tus vergüenzas!, te pasas de veras. –Naruto le arrojó una almohada en la cara. (¡Por fin había hallado algo!). Sai la tomó cubriéndose el sexo. Aunque no era precisamente que a él le apenara. Se alejó un poco de si la almohada, sólo para mirarse él.

-¿Tú crees que tengo algo de lo cual avergonzarme? –Tomó la sábana, quitándosela de un jalón al cuerpo de Naruto, que lanzó un gritillo de indignación.- Me consolaré viendo que hay otras personas en peores condiciones que yo, como dice Kakashi.

-¡Cochino! –Naruto se volvió a tapar, quitando la almohada de la chica para arrojársela. Se levantó enrollándose una de las sábanas en la cintura. Fue directamente al baño, necesitaba una ducha urgente.

Sai y ella se quedaron unos segundos en silencio. Ella sonrió tímidamente. Él falsamente.

-¿Me bañaría con ustedes, por favor?

-Que amable petición, pero no. Muchas gracias por acompañarnos anoche, estuviste muy bien mientras te compartimos. Ya te puedes ir.

Ella sintió ganas de llorar. Y lloró. Sai no se acongojo, pero fingió interesarse, ayudándole a pasarle las prendas mientras ella se las ponía.

La ducha y Naruto cantando bajo ella, hicieron el suficiente ruido para que el rubio no se enterase. Él solía despedirlas de una forma más amable. En todo caso, les hablaba de tal forma que les hacía creer que había sido la noche más especial en su vida, pero que no estaban hechos el uno para el otro. Aunque se volviera a repetir dos o tres ocasiones el encuentro.

Sai tenía una forma de ser extravagante. A pesar de que vivía ahora en el pequeño apartamento de Kakashi, con la libertad que él le otorgaba, prefería quedarse casi todo el tiempo encerrado; sumergido en crear sus obras pictóricas. Sólo salía para ir a la escuela, o cuando Naruto terminaba arrastrándolo junto con Sakura, a alguna parte en especial. Pero aún así, jamás se juntaba por lo regular con los otros muchachos. Sakura solía explicarles que era muy selectivo. Naruto decía que le faltaba un tornillo.

Muy pocas personas le agradaban, pero hacía siempre lo posible por demostrar una buena cara ante el mundo. Aunque eso significara dibujar una sonrisa forzada casi todo el tiempo. Los únicos que gozaban de sus sonrisas verdaderas, eran Naruto y Sakura. Kakashi no pudo traspasar la barrera del muchacho. Tampoco es que lo hubiera intentado mucho.

Sai había adoptado inconcientemente algo de la perversión de su cuidador. Por supuesto también de Jiraya, que cuando Sai era pequeño, el hombre mayor había ido a la capital para fungir como su maestro particular, en algunos años de su vida. También absorbió un poco de la sinceridad al estilo Kakashi: directo y cínico. La diferencia es que Kakashi lograba confundir lo suficiente con su expresión y tono de voz, como para no saber si decía las cosas en broma o en serio. La gente no sabía si reírse o enfadarse. Con Sai… sólo se enfadaban la mayor parte de las veces.

Kakashi, más que considerarlo como su hijo, hermano o simplemente apreciado alumno, sólo le veía como su discípulo. Se limitó a protegerse a sí mismo, mirándolo como aquel que sería el sucesor de su padre Obito; se encargaría de servir a la familia Namikaze y más específicamente, su labor sería custodiar y aconsejar a Naruto. Tal y como se dedicó fielmente la familia secundaria del clan Uchiha, durante generaciones.

Principalmente se encargaba de enseñarle lo básico para ser servil con los Namikaze, pues se dedicaría en adelante a cuidar de Naruto. Un poco de ciencias y humanidades, práctica de distintos tipos de arte marcial, política y sociedad, teorías sobre guerra y paz. Lo repletaba de libros, le daba lo necesario como vestimenta y alimentos, le hacía ir a la escuela; en cuanto a lo demás, lo dejaba ser. O dejar de ser.

Su encierro antes de llegar a la Hoja, se vio reforzado por su propia renuncia a ser sociable ante aquella costumbre. E incentivado por la enorme cantidad de libros que Kakashi le daba, para suplir el tiempo de enseñanza que no pasaría con él. Eso lo había llevado a ser inocente en muchas cosas; como por ejemplo, en la incapacidad para demostrar ciertos tipos de sentimientos. Por la otra, su sinceridad sobrepasaba los límites, llegando a ser terriblemente hiriente además de ser cínico. No por maldad, sino por no saber interactuar suficiente con las personas, como para saber que la verdad al ser dicha sin tacto no siempre es mala, pero incomoda. O enoja al decirse en voz alta.

Desde que Naruto descubrió con una compañerita de la escuela, que el sexo era una cosa extraordinaria, no dudó en comentarle a Sai sus impresiones. Tras esos tres años, ellos habían convivido lo suficiente para tener ese tipo de confianzas, al grado de compartir incluso sus experiencias sexuales en los relatos de confesión.

Sai insistió siempre en que los amigos debían ser unidos y compartir. Porque el moreno tenía los profundos ideales en cuanto a sentimientos como amistad, amor, paz, entre muchos otros, que había leído innumerables veces en libros de psicología, superación personal y novelas de todo tipo. Naruto, bajo las enseñanzas pervertidas de Jiraya y Kakashi, aceptó la inocente idea, transformándolo en algo al estilo depravado de ellos: compartían a las chicas.

Por supuesto, con la discreción suficiente que se podría tener en una aldea que ya no era tan pequeña en ningún aspecto, para que los adultos no se enfadaran (cuando tomaban a sus hijas), o se metieran en lo que no les incumbía (como podía pasar con la autoridad de ciertas personas sobre ellos).

Una vez, Kakashi los había encontrado. Se quedó parado en la puerta, con su pose desgarbada y el cuello un poco hacia enfrente, como si intentara adivinar la forma que tenía el nudo que habían tomado los tres cuerpos en su cama, la chica estaba en medio de los dos muchachos. A Naruto, se le había metido en la cabeza tener la aventura en la cama de alguien que representaba autoridad par él, pero no se atrevería jamás a hacerlo en la de su papá.

Aunque Naruto estaba al borde de un ataque al corazón del miedo, Sai sonrió con su respiración acelerada. La muchacha pedía que la soltaran, totalmente apenada, escondiendo su rostro en el cuello de Naruto. Kakashi levantó su mano para disculparse, sonrió; se fue no sin antes dejar la instrucción de que cambiaran las sábanas al acabar. La muchacha y Naruto se quedaron boquiabiertos. Sai sugirió continuar. Kakashi les prestó la casa después, pidiendo que sólo le avisaran cuando iban a ocuparla para algo así cada vez. Naruto prefirió no saber si era para espiarlos, o darles libertad.

Esta vez, Minato había salido unos días a la aldea vecina a arreglar asuntos, así que tenían libre la casa. Naruto podía usar su habitación tan ruidosamente como quisiera, también sin tener que ayudar a ninguna señorita a escapar por la ventana, para que su amado y respetado padre no se enterase.

El de cabellos oscuros entró en la ducha. Naruto lo miró mal, dándole la espalda, pero no renegó cuando el muchacho se metió con él bajo la regadera. Sai siempre se le quedaba mirando bajo la cintura, y solía burlarse de que tenía supuestamente el pene pequeño. Eso no era precisamente cierto, pero Sai estaba… "mejor equipado"

-Cállate.

-No dije nada.

-Pero ibas a decir algo sobre mi pene.

-No hay mucho de qué hablar en realidad al respecto. –Dijo con su sonrisa falsa, haciendo alusión a lo poco que abarcaba el tema.

-¡No la tengo pequeña! es sólo que lo que tú traes colgando ahí es… una… grosería.

Sai bajó la vista, preguntándose exactamente a qué se refería. Es vedad que su miembro era más grande que el de Naruto, pero no entendía a qué hacía alusión. Nunca era muy bueno con los modismos que usaban la mayoría de los jóvenes.

-¿Te consolaría si te digo que tienes unas nalgas excelentemente formadas? –sonrió.

Naruto lanzó un chillidillo de indignación, tapándose con las manos.

-¿Ves? No alcanzas a abarcarlas. –continuó Sai, intentando ser halagador.

Naruto, sonrojado hasta las orejas, le tomó los hombros arrinconándolo de un empujón. Salió de la ducha envolviéndose en la cintura una toalla.

-Insisto, estar contigo a solas es un peligro. –Se sentó en el retrete que estaba tapado, como pensando en algo.

Sai arrugó el entrecejo pensativo, ladeando el rostro. No comprendía porque Naruto se molestara en que se le dijera la verdad, o que se enojara por un halago amistoso. Tampoco comprendía la razón que le dijera desviado u homosexual, cuando estuvo presente varias ocasiones en que estaba con una chica, entre otras muchas cosas, que serían aún un misterio para él.

Naruto y Sai, habían terminado por encamarse con todas las damas de La Hoja. E incluso haber repetido a solas o acompañados.

-¡Naruto! –dijo la voz de ella, gritando armoniosamente desde afuera de la casa.

Claro, sólo les faltaba una. Haruno Sakura.

-¡Pronto! Más rápido. –Naruto tomó la toalla más cercana, envolviendo a Sai con ella. Él sólo levantó las manos para dejarse hacer. La toalla se empapó en segundos, porque Naruto estaba tan apresurado por cubrirles, que dejó la regadera abierta. Sai se quedó parpadeando aún bajo el agua, con la toalla pegada en la mitad del cuerpo que cubría. Naruto había salido del baño, con su toalla humedecida pues él no se mojó tanto, corriendo de aquí a allá, intentando poner un poco de orden en aquél hoyo negro que era su habitación.

Quitó las sábanas sucias, escondiéndolas debajo de la cama; puso como pudo un cobertor sobre ella. Abrió la ventana, ayudando con los brazos a que entrara aire. Escurriendo, Sai salió de la ducha que había cerrado previamente, quedándose en el borde de la puerta entre la habitación y el baño particular, viendo como Naruto quitaba ropa del piso, para amontonarla en otro lado. Todo seguía igual de tirado.

-¡La chica!... ¿Dónde escondiste a la chica?

Sai sonrió.

-No la escondí, le dije que se fuera.

Naruto se puso la mano en el pecho y suspiró aliviado. Extendió el brazo para elevar el dedo pulgar a Sai.

No es que Sakura, a través de sus amigas, no supiera de las movidas de sus queridos amigos, pero ellos le guardaban respeto. Al menos el que podían ofrecer ese par. Es por esa razón que les gustaba fingir que ella no sabía nada, y ella aunque les miraba de soslayo, y les llamaba constantemente pervertidos –además de que les pegaba a menudo por ello,- le gustaba hacerse la desentendida.

Naruto le dio la espalda, intentando ordenar un poco más y buscarse ropa limpia. De paso algo que Sai pudiera ponerse.

-Lo bueno es que este año crecí mucho. ¿Te acuerdas cuando te quedabas en casa y papá te ofrecía cambiarte?; Te ponías mi ropa. ¡Eras tan chistoso!, mis camisas te quedaban de ombligueras, y mis pantalones de pantaloncillos cortos. –Pareció parar para pensar.- Yo creo que de ahí se te quedó el usar las camisas tan cortitas cuando estás en los labores del campo, o te pones con Kakashi a practicar las artes marciales esas. ¡De veras!

Sai no contestó. Naruto, mientras hablaba se había puesto un pantalón holgado color negro, y una camiseta anaranjada oscura con dibujos negros. A la falta de respuesta, giró la cabeza. Sai no estaba. Y Sakura ya no estaba tocando la puerta.

-¡Serás idiota!

Bajó corriendo las escaleras, pero el grito femenino indignado y el sonido de algo –o más precisamente alguien, su actual mejor amigo,- estrellándose estruendosamente con los muebles, le hizo saber que era tarde para apurarse.

Bajó un poco los hombros al ver cómo Sakura, estaba del otro lado de la habitación, con esa especie de aura asesina que a veces la envolvía. Les daba la espalda, cubriéndose los ojos.

-¡Ese cerdo!

Sai estaba en el suelo, con las piernas abiertas que hacían que por la naturaleza de la caída la toalla le cubriera los genitales. Se sobaba la mejilla.

-Yo sólo pensé en abrirle rápido a esta frontuda grosera. –dijo con tranquilidad.

Naruto tembló. Y la casa entera también.

.-.-.-.-.-.-.-

-¿Estás listo?

La puerta se entreabrió. La penumbra se iluminó ligeramente, para dar paso recto a la luz hasta la silla del fondo. El hombre sentado en ella, recargaba los codos en las rodillas, las manos entrecruzadas frente a su rostro, entreabrió sus ojos tan oscuros como la penumbra de unos instantes antes.

-Si. –Tras la breve respuesta, se puso en pie. Su gabardina hizo un sonido al extenderse y rozar contra la madera de la silla. El otro hombre moreno en la puerta dibujó una media sonrisa. Vestido de esa manera, Itachi lucía no sólo imponente, sino con aire aristocrático. Cuando llegó a la puerta, Madara lo paró un segundo.

Itachi frunció el seño cuando el otro hombre, le tomó su fina corbata de seda escarlata, pero Itachi no se movió ni un ápice. Madara acomodó con lentitud el nudo.

-Siempre has sido mi nieto favorito, y no sólo por ser hijo de Fugaku. –Pasó las manos por los hombros, como sacudiendo basura inexistente. –Sino porque has sido un magnífico ser toda tu vida.

Itachi le sostuvo la mirada. Era de la poca gente que podía con una mirada tan dura y penetrante, como la de Uchiha Madara.

-Sé que lo soy. – Dejó el enigma de si sabía que era el favorito, o de ser tan magnífico.

Se hizo un paso atrás, inclinándose en una reverencia de respeto y despedida momentánea. Lo único que hizo ruido, fueron sus ligeras respiraciones. Itachi no hacía sonido ni siquiera al caminar. Madara sonrió.

Al final del pasillo, se encontraría una escalera por la que ascendería. Entonces Itachi, llegaría hasta las puertas del consejo del país de Fuego. Uno para el que trabajaba ahora como asistente personal y representante de Madara.

A pesar de que detestaban a Madara, su posición por nacimiento no le pudo ser negada. El consejo, desconfiado y honestamente asustado, siempre tenía cuidado con ese hombre, que sabían quería el poder total. Aunque tuviera que arrebatarlo a los Namikaze.

El señor del país de fuego había caído en las mentiras de Madara. Viejo y enfermo, lo había convertido en depositario de su confianza. Jamás se quedaba a solas con él, pero si era alguien demasiado cercano, para terror del consejo.

Itachi había sido lo suficiente astuto, como para granjearse un lugar de respeto gracias a la elocuencia de sus palabras, su imagen impecable y una actitud intachable. Los miembros del consejo estaban convencidos de que les sería de gran utilidad. Itachi era un arma excelsa y poderosa en contra del propio Madara. Lo aceptaron gradualmente entre ellos.

Itachi jugaba un doble papel. Por un lado, le informaba a Madara de lo que hablaba el consejo, muchas cosas de las que se hubieran limitado a tocar en la presencia de ese hombre. Por el otro, hablaba al consejo de algunas ideas de Madara, pero siempre sin lograr perjudicarlo lo suficiente como para que lo removieran, o descubrieran y entonces pudiera dejar él mismo de tener ese puesto privilegiado, como su representante en el consejo.

Era peligroso, pero necesario. Y ninguna de las dos partes, sabía realmente de qué lado estaba. Pero ambos preferían tener el beneficio de la duda, con tal de tener esa mente brillante en sus filas.

Madara, por su parte intentaba introducir algunas ideas en el hombre enfermo que era rey, pero jamás llegaban a consumarse, así que cambió de táctica. Había conseguido alejarlo lo suficiente de Tsunade, que se limitaba a ser gobernar la capital. Había consolidado su posición como partidario de los Namikaze, al negar a su propio clan, el cual ahora estaba básicamente extinto; convirtiéndose también en una especie de amigo confidencial del rey, así no le hablaba de política, pero se acercaba más a ese hombre.

Madara sentía que dentro de poco, tendría todo en su poder. Si Itachi lograba seguir haciendo tan bien su parte con el consejo manejando sus mentes, y Madara la suya con el rey tomando su confianza y gradualmente, algún próximo día tendría su lugar. Esa por supuesto, era sólo la primer parte. La segunda parte del plan era Itachi mismo. Él debía ser el sucesor directo de Madara en el trono. Nadie más merecedor que la otra mente más brillante entre los Uchiha. No antes, sino después. Ellos superaban en todo aspecto a los Namikaze. Eran un clan tan antiguo y magnífico como para merecer todo lo que pensaba, se les había arrebatado desde hace tantos años.

Ni Fugaku, ni los descendientes del propio hermano de Madara, que servían tan fielmente a los Namikaze, eran considerados por él lo suficientemente dignos para tener la sucesión de algo por lo que había luchado tanto. Por tanto eso ponía a Itachi, en la posición como heredero tras la muerte del rey, que supuestamente llegado ese momento, entonces sería Madara Uchiha. E Itachi estaba conciente de que Madara estaba convirtiéndolo en el archirival directo de Minato.

Itachi suspiró profundamente, sacando con esa exhalación parte de su frustración. No podía hablarlo con nadie. Estaba siempre en el borde del filo de una navaja, un paso en falso y estaría cortado en mil pedazos. Y aunque muchas veces estaba deseándolo con vehemencia, no podía darse ese lujo. No sin antes salvar a su hermano pequeño.

A pesar de que había visto a Orochimaru en el consejo, se limitó estrictamente a hablar limitadas ocasiones con él, -sólo por ser muy necesario-, acerca de asuntos políticos. Orochimaru ahora tenía todo el derecho legal sobre Sasuke, y mientras los pocos Uchiha estuvieran bajo la mira, no podía hacer un movimiento que delatara el deseo del bienestar de su hermano, que había hecho entender con su actitud, que estaba de acuerdo en quedarse con aquel hombre espeluznante.

El que Fugaku hubiera cedido a su hijo de aquella manera a alguien como Orochimaru, no sólo había causado revuelo, sino acrecentado desconfianza en aquel clan. Muerto su padre, ni siquiera por ser Madara el abuelo, o Itachi el hermano, podía eliminarse el hecho de que Fugaku, en vida, hubiera cedido legalmente a Sasuke.

Itachi se sentó. Por fin la pesada reunión terminó, ahora estaba solo en su apartamento, y podía darse el lujo de ser débil. Únicamente ante sí mismo.

Se desabrochó la corbata lanzándola a un extremo de la habitación. Se quitó los zapatos, descalzándose. Su alfombra era de pelo alto y grueso, pero más suave que el pasto. Movió sus dedos uno por uno, restregando luego las plantas de los pies en la alfombra. Como le había enseñado Minato, que le ayudaba a relajarse en el pasado. Se echó hacia atrás, recargando espalda y cabeza en el sofá. Ocultó la cara entre las manos.

Si Itachi se notaba insistente en recuperar a su hermano, entonces podría tener sobre él también desconfianza, y perdería el lugar que había logrado. Uno demasiado conveniente para derribar a Orochimaru con mayor facilidad, y recuperar a Sasuke aunque no quisiera regresar con él. Porque seguramente a Madara no le importaría, y era entonces el único familiar legalmente con derechos sobre su persona. Sasuke aún era menor de edad, e Itachi su hermano mayor.

Tiempo atrás se habían encontrado mientras Orochimaru, lucía a su nueva adquisición en una fiesta de gente importante. En el jardín un poco más a solas, Sasuke le había escupido literalmente en la cara que no iría con él y la cantidad de odio que tenía hacia su persona. Aunque tenía el corazón destrozado ante la negativa, Itachi tuvo que guardar todo el aplomo necesario. Kabuto había sostenido a Sasuke, que intentó echársele encima. Itachi sonrió con frialdad y le dio la espalda, diciendo que regresaría cuando Sasuke, estuviera listo para realmente ser algo en la vida y pudiera compararse un poco con él.

Otro asunto que le pesaban eran sus padres, y en sí, todo el clan que de la nada, supuestamente había sufrido su extinción. Algunos dijeron que era porque al ser parte de la policía se habían encontrado con muchos enemigos corruptos, los más arriesgados hablaban de que los propios aliados que estaban con el clan Uchiha, se habían hartado de el dominio que ellos ejercían sobre otros clanes menores, y partidarios de sus ideales que no eran dichos en voz alta.

Cuando por boca de Madara, se enteró en La Hoja que habían muerto, su mente comenzó a trabajar. Pudo haber sido el consejo, u Orochimaru. Incluso la propia Tsunade. Poco importaba. Aceptó ir a la capital para saber la verdad, pero en cuanto se enteró que Orochimaru había ido por Sasuke, en cuanto abrió la habitación y no le encontró, supo que no lo recuperaría fácilmente. Ahora él estaba ahí. Y no para vengarlos, sino para descubrir la verdad.

Estaba trabajando para Madara por conveniencia, no por convicción. Lo odiaba. Pero él podría conseguirle realmente un lugar desde donde pudiera ascender gracias a su inteligencia. Para mirarles desde arriba como ahora, aunque por papeles diplomáticos estuviera en un cargo menor a ellos. Madara supuestamente estaba intentando intervenir en el consejo, haciendo planes para ayudar a recuperar a Sasuke. Por eso se fue con él. Itachi sabía que sólo la mitad de sus palabras eran ciertas, pero no podía perder la oportunidad de intentarlo. Madara se aprovechaba de la situación, Itachi lo sabía, y no podía ni quería evitarlo. Porque le era de utilidad.

Se puso en pie andando lentamente de un lado a otro, con la cabeza abajo.

Itachi apretó las mandíbulas, empuñando las manos. No había ido ahí por sus padres. No luego de la ausencia de Sasuke, que hizo se le figurara un vacío insondable en la habitación. De cierta forma, por más cruel y frío que sonara, el que sus padres y sus partidarios no estuvieran con vida, era una preocupación menos, y sobre todo… ahora su hermanito tenía un peligro menos con lo cual cargar. Proteger a Sasuke era su prioridad, y descubrir a los asesinos de sus padres, y demás familiares, era lo que sabía tarde o temprano estaría en proceso.

Incluso no le costó trabajo pensar que quizá había sido el propio Madara. Fugaku y todos sus seguidores en derrocar el gobierno, estaban estorbándole por una parte. Por la otra, si eliminaba una pieza más, entonces habría menos sucesores probables. Sin el hermano de Madara, sin Fugaku, ni Obito, sus primos o esposas… Itachi era el siguiente sucesor, al menos, el directo de Madara, y quitando a la segunda familia principal del camino, entonces Itachi no tenía tampoco trabas ni peligros latentes.

Estrelló su puño en contra del vidrio. Recargó la frente en su mano, cerrando con fuerza los ojos. Había agarrado el margen de la ventana con ambas manos para recargarse, apretándole con fuerza. Los vidrios comenzaron a clavarse en las palmas, pero a él, en lugar de importarle que estuviera dañándose, de alguna forma tenía la necesidad de sentir dolor físico. Uno que mitigara un poco el dolor mental y emocional que estaba viviendo cada día de su vida. Necesitaba sentirse vivo.

-Minato…

Se mordió la lengua, regañándose a sí mismo por lo que acababa de decir. Realmente con la única persona que se había sentido seguro y en paz, había sido con ese hombre. La Hoja, su arrozal, esa familia que aparentemente lo había adoptado, había sido su paraíso personal.

-Triste historia la mía. –Susurró, sonrió con nostalgia. Se separó con lentitud de la ventana, sintiendo como lentamente de sus manos se desencajaban los vidrios más largos, que se quedaron pegados en el borde de la ventana. Miró sus manos ensangrentadas, que goteaban en el suelo, creando también un río rojizo diminuto sobre sus pies descalzos.

La única luz que alumbraba su apartamento, era una lámpara de poca intensidad. La oscuridad que le había acompañado tantos años en su juventud, antes de que apareciera ese hombre rubio como el sol, cuyos ojos eran su cielo, había regresado otra vez. Y no se molestaba en el detalle de guardar apariencias fuera de sí mismo, ensombreciendo sus lugares para meditar en silencio y oscuridad.

Se quitó la camisa, rompiéndola en tiras largas para envolverse las manos. Los últimos minutos se había dedicado a quitarse con sus cortas uñas, los pequeños trozos de vidrio que tenía en las manos. Sabía que aún tenía astillas, pero por el momento no estaba de ánimo para poder quitárselas. Se sentó en el suelo, mirando hacia la lámpara.

Sonrió un poco, recordando aquella vez que Minato, recién conociéndolo con esa naturalidad tan suya había metido el dedo de Itachi, dentro de su suave y deliciosa boca. Todo por un diminuto corte de un cuchillo, por su torpeza al cocinar. Y no había sido la única vez. Minato le había cuidado cuando se enfermó, y siempre que se lastimaba era quien le curaba las heridas. Incluso fue el bálsamo que mitigó el dolor por un tiempo las de su corazón.

Volteó las manos, recargando esta vez la frente en el dorso y no mancharse la cara.

-Ahora mismo estoy realmente enfermo… -Estaba seguro. La contaminación de personas que eran corruptas, las mentiras, los engaños. El peso de la presión familiar, política y social. - … ¿Por qué no me pudiste inyectar un poco mas de tu suero de olvido y vida que me pudiera curar?

Sus labios temblaron, tuvo que suspirar otra vez. Pensó firmemente que para Minato, en el fondo nunca había sido nadie. ¿Cuántas veces no le había dicho que le amaba? Miró sus manos otra vez, pensando en que habían sangrado bastante.

-Creo… que necesito una transfusión. –Ironizó; dejó las muñecas recargadas en las rodillas, con las manos colgando. Miró hacia el techo.- Una para mi corazón que está en verdad enfermo… para poder tener fuerzas para luchar una vez más. –Sonrió con ironía. Él no estaba pensando en sangre. Sino en amor.

-Pero para ti… -susurró casi sin voz, miró de nuevo hacia la única luz de la habitación, con la vista perdida, como si viera algo muy lejano.- Para ti, Minato… nunca fui nada. –Suspiró.- ¡Si no me hubieras usado! Fueron años completos en que lo permití. A pesar de que te amaba tanto, nunca pude confiar por eso en ti. Te necesite entonces, y ahora te necesito tanto…pero no puedo si eres así.

.-.-.-.-.-.-.-

La colección de paquetes con pies, en la que se había convertido ese hombre rubio, trastabilló cuando alguien se le atravesó. Miró por un costado, descubriendo a una ancianita que lo veía con su dulce rostro acongojado. El rubio había tirado sus bolsas con alimentos, y se habían regado las verduras en el piso. Kakashi bajó sus cajas de papeles y bolsas de compras. Se levantó un poco el cubre bocas, soplando para quitarse los cabellos dorados que le habían caído en el rostro. Ayudó a la anciana a recoger sus bolsas, y las subió sobre sus paquetes. La llevó hasta su casa.

Cansado, casi temblándole las piernas, caminó de nuevo a la avenida, pero parecía que ningún taxi quería hacer la parada. Se animó entonces a caminar varios metros hasta la próxima parada del autobús, y pisó algo que hizo un quejido exagerado.

El gato –casi negro en su totalidad, hay que agregar,- le dio un arañazo en el tobillo, trastabilló para no romperle la pata al animalito al poner todo su peso en su pie, tiró sus paquetes de cajas y las bolsas. Tardó alrededor de media hora en evitar que el viento se las llevara, los transeúntes –que maldijo porque nadie le ayudó- no les pisaran y meterlas aunque fuese desordenado en las cajas. No hay que olvidar que lo que había comprado, ahora ya no estaba en tan buenas condiciones.

Se quejó audiblemente en un jadeo. Retomó su camino y llegó por fin a la avenida principal. Ahí no se negaron a subirle. Su cubre bocas le estaba haciendo sudar al regresarle su propio aliento. Subió todas sus cajas, y él se sentó en la parte de enfrente. Al taxi se le poncho un neumático. Una lagrimita se asomó en el rostro de Kakashi. La tarde se estaba yendo más rápido de lo común, al menos para él. Pero por fin, había podido llegar al hotel.

-¿Por qué tardaste tanto? –El hombre de cabello oscuro lo miró con fiereza. Sus ojos azules se habían entrecerrado, mostrándose amenazador. Esa no era una mirada. Según Kakashi era La Mirada.

-Es que… tuve que ayudarle a una ancianita. Se me atravesó un gato negro y tú sabes que dan mala suerte y…

-¡Ya basta Kakashi! Esas excusas me las das desde que eras un niño. No puedo creer que para colmo ahora las juntes todas.

La ceja de Kakashi se curvó hacia abajo, e intentó una sonrisa.

-Pero es que esta vez es en serio.

-Si, claro. Dame eso.

El hombre de cabello negro le quitó la mitad de los paquetes, dejándole entrar. Kakashi decidió que de todas formas, había dicho las suficientes mentiras por sus retrasos, para que no le creyeran y lo tomó como su castigo. Aunque no por eso dejaría de hacerlo.

Tras dejar las cajas y paquetes al lado de la mesa, comenzaron a revisarlos y ordenarlos. Minato se rascó la cabeza.

-Si la mueve tanto, se le caerá la peluca.

-Pica. –Se rascó con ambas manos.- Sólo a Jiraya se le ocurren estás cosas… ¡y a mi hacerle caso!

Kakashi sonrió bajo el cubre bocas, asintiendo con su rubia cabeza.

-Pero no negará que por primera vez, una de sus disparatadas ideas fue buena. Nadie nos ha reconocido hasta el momento.

Minato suspiró, asintiendo con la cabeza.

-De todas formas hay más de mil gentes viviendo en esta ciudad. Nos perderíamos entre ellos.

Kakashi siguió trabajando en los papeles, como si nada en el mundo importara.

-Con su personalidad maestro, ni aunque midiera diez centímetros menos dejaría de llamar la atención. –El tono de voz era despreocupado, pero Minato, a pesar de ello sabía que hablaba en serio. Agradeció internamente la admiración de su ex alumno.

-¿Son todos los papeles que te dio Shizune?

-Si. Es bastante competente. –Kakashi cerró los ojos, poniendo su ojito feliz.- Me parece que ya sé porque funciona tan bien todo esto, con su ayuda y un gobernante competente.

Minato lo miró con odio fingido, después se carcajeó, asintiendo.

-En verdad, Shizune es el más grande apoyo de mi madre. Y ella cada vez está despertando más. Quizá porque mi abuelo está cercano a la muerte y ha tenido que madurar cada día con los golpes de la vida.

-Me refería a usted. –Dijo el del cubre bocas. Minato elevó la vista de los papeles, Kakashi seguía sonriendo.- A pesar de la distancia, Shizune se ha encargado de enviarle los asuntos más importantes, y usted los resuelve con una mano en la cintura.- Kakashi siguió con los papeles.- Con todo respeto, Shizune es una excelente secretaria para ti. Y tu madre tiene un gran carisma, como para ser tu porta imagen y representante.

Minato negó con la cabeza, tornando su rostro serio. Con su humildad latente ante su discípulo, sentía que Kakashi le estaba dando mucho crédito inmerecido.

-Quiero mucho a mi madre y sé que necesita mi apoyo. Por eso le ayudo de vez en cuando con estos asuntos.

Kakashi sonrió, sabiendo que la conversación se daba por terminada. Minato no permitiría que el trabajo de su madre fuese desprestigiado, aunque él era quien llevara gran parte de la verdad. Aunque no le dijera a ella que le quería, se lo demostraba ayudándola aunque no hacía precisamente la voluntad de Tsunade. Minato, desde la Hoja era ocultamente quien prácticamente llevaba las riendas de la capital. Y por tanto del país de Fuego. Pero había prometido a su esposa que se quedaría en la Hoja, y ayudaría desde abajo a los demás pueblos pequeños y aldeas con su mente maravillosa. Como también lo había estado haciendo.

No se aprovecharía del poder como príncipe que tenía, ni usaría el reino mismo para cubrir esa ambición. A pulso y por su propio esfuerzo, Minato se había ganado a la gente de la Hoja, se había colocado como su gobernante, había hecho crecer la aldea hasta convertirla en el centro importante de comercio y cultura en el que se había transformado. Y sobre todo al intercambiar con ellas, había impulsado a aldeas no sólo del país de Fuego, sino de otros países que ahora le reconocían.

Minato sonrió de la nada. Kakashi y Jiraya siempre habían estado ahí, simplemente para apoyarlo. Kakashi prometía mucho en la gran ciudad. No sólo pudo haber sido un ilustre maestro, sino también parte del consejo, con o sin Minato ocupando la sucesión del trono. Pero Kakashi simplemente era así. Displicente y natural. El día en que Kushina y Minato tomaron sus maletas y subieron al avión, Kakashi llegó con su mochila dos días después a la Hoja.

-Dijiste que llegaste porque te habías perdido en el camino de la vida. –Dijo Minato. Kakashi lo miró sin entender.- Y nunca me sentí más feliz de que fueras un mentiroso.

Kakashi parpadeó sin entender, pero le regresó la sonrisa a su maestro. En silencio siguieron con los papeles.

-Maestro. –Captó la atención de Minato.- ¿Alguna vez se lo dijiste?

-¿El qué?

-Que la amabas. –Kakashi seguía mirando los papeles, ordenándolos con su aburrimiento habitual.

Minato entreabrió los labios. La pregunta había llegado de forma inesperada. Dejó los papeles en la mesa, y sus manos sobre ellos.

-¡Convertí a esa mujer en mi esposa y la madre de mi hijo! Renuncié a la ensoñada vida de príncipe, incluso a hablar por un año entero con mi madre. Es verdad que elegí por otro lado, sobresalir por mí mismo sólo impulsado por mis promesas hacia ella, y la criaturita que me regaló. ¿Qué mas prueba de que la amaba? –Minato sonrió hermosamente. Kakashi le miró serio.

-Kushina era una mujer excepcional, al grado de que incluso llamaba la atención a alguien como yo, a quien siempre le han gustado los hombres.

Minato recordó el día en que la conoció. La vio con su hermoso cabello largísimo y pelirrojo, fuera del edificio, discutiendo y forcejeando con los guardaespaldas. Ella hizo lo que ninguna persona se había atrevido. Se presentó al edificio de gobierno, con ese carácter fuerte y honesto, exigiendo hablar con la representante o el consejo. Una mujer casi analfabeta, que era poco aceptada en su pueblo, por la forma de ser de su carácter. Abierto, libre, apasionado y el hecho de que jamás se daba por vencida. Los hombres de la Hoja se acobardaron, no atreviéndose a visitar la capital en nombre de los demás aldeanos. El Tercer gran gobernante de la Hoja, no tuvo más que aceptar que ella se fuera con un acompañante que apenas si figuró en el proceso. Entregó una copia hecha a mano de su pliego petitorio a toda persona que hallaba, y comenzó una especie de movimiento que al principio nadie escuchaba, pero que en poquísimos meses hacía repercusión tras bambalinas.

Minato terminó prendado de esa mujer y la llevó con su madre. Y aunque ella no la aceptó, Minato terminó yéndose como voluntario a la Hoja para atender a los enfermos de ese pueblo pobre. Fundó la academia para enseñar a los pequeños y a los adultos que no sabían leer. Según Minato, leer y escribir era importante: la sabiduría les permitiría tener cierto poder. Con su bondad natural y constante esfuerzo, con duro trabajo en los campos, en la escuela y en el consultorio, Minato se había ganado la confianza del tercero, y de pronto a sus numerosas labores, se anexo el ser su asistente personal. Ante el hecho de ser un pueblo casi perdido y arruinado, el propio tercero no sabía que se trataba del mismísimo príncipe de la capital, hasta varios años después. El hombre decidió proteger a su benevolente príncipe, manteniéndolo en secreto. Uno que básicamente se llevó a la tumba aquella mujer con la que se entendía sin palabras, había muerto, aunque tiempo después por el propio crecimiento de la aldea, la identidad de Minato fuese un secreto a voces. Y con ella murió también la sonrisa verdadera de Minato.

-Pero no todas las personas son educadas de la misma manera ni son iguales. –Continuó Kakashi.- No todos entienden con acciones nada más. ¿Qué pasa cuando una persona lucha mucho en ir en contra de la corriente, pero no lo logra del todo?, ¿Y qué si alguien fue educado de una forma en que las actitudes deben ser reforzadas con palabras?, ¿o si piensan que sólo les das cosas, porque le enseñaron que sólo se deben de dar premios cuando hacen algo bien que agrada a sus superiores?

Minato frunció el seño, sabiendo qué rumbo tenía la conversación.

-Lo que tengas que decir, hazlo.

-Nunca le dijiste a Itachi que lo amabas. Y ahora estás en la misma ciudad que él, no vas y le dices. –La voz era monótona, como si realmente no le importara lo que decía, aunque en el fondo era todo lo contrario.- Y todos los días de estos años, tienes esa sonrisa forzada que lastima al propio Naruto, a quien se supone deseas proteger. Y a quien por cierto, tampoco le has dicho que lo quieres. ¿Es porque son hombres?

Minato sonrió un poco, para después carcajearse. A Kakashi se le cayeron los papeles de las manos ante la sorpresa. No dijeron nada más, porque Kakashi pensó que lo prudente era no preguntar en ese momento. Buena elección.

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Itachi se terminó de sacar las astillas de vidrio, vendando sus manos. Se arregló con ropa limpia, preparándose para el encargo del consejo. Tomó un par de guantes negros de piel de su cajonera, se los pondría en el aeropuerto para evitar que se hicieran especulaciones sobre sus heridas. Tenía que recoger al gobernante de la ciudad de la Arena, capital del país de la Roca.

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-Vamos ya, Kakashi. No creo que el piloto del avión nos vaya a esperar, menos si le decimos una de tus excusas.

-Si, si, ya voy.

Kakashi suspiró, colgándose las bolsas en los brazos, que eran regalos para Jiraya, Naruto y algunos de sus amigos, cortesía de Minato, y también unos cuantos para Iruka, cortesía de Kakashi incitado –por no decir obligado,- por Minato; tomo la mitad de las cajas.

Subieron al taxi. Kakashi miró el reloj en su muñeca, insistiendo que era muy temprano. Minato era extremadamente puntual, al grado incluso de llegar siempre antes de la hora citada. Así que no pudo refutarle nada. Una orden era una orden, aunque la dieran con una encantadora sonrisa, que aseguraba aniquilación con la mirada enojada, si no se cumplía el cometido antes de ser borrada la sonrisa.

Kakashi se acomodó el cabello, recordando que bajo esa masa de lacio pelo rubio, estaba su despeinada melena grisácea. Y por primera vez extraño algo que le solía importar mas bien poco.

Contrario a la Hoja, en la capital no era extraño ver un rubio porque había gente de todas partes. Después de todo, la capital de Fuego, era básicamente el ombligo del mundo desde que se ganó la guerra, y se convirtieron en la primera potencia mundial. Realmente hubieran podido tener el mundo en sus manos, y manejarlo a su antojo. Pero el soberano actual, había decidido que los tiempos de paz eran mejores y la autenticidad de los pueblos residía en su identidad. Permitió que la mayoría de las ciudades se recuperaran, conservando su propia independencia y autonomía. No sin estar íntimamente relacionados en cuanto a comercio y política se refería, recordando su posición fuerte y dominante. Así eran los Namikaze, aunque con el tiempo y el exceso de poder, el abuelo de Minato hubiese cambiado.

-Déjate ese cabello y agarra bien los paquetes, no quiero que se desordenen. Mi hijo estará ansioso de tener sus obsequios, así que no te perdonaremos si no tomamos hoy mismo el avión, vamos al aeropuerto.

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Continúa.