Noche VI. Draco Malfoy.

Se sentó en las escaleras, apoyando la espalda contra la pared, con un libro que acababa de coger del sótano entre sus manos y se dispuso a leer sobre hechizos hindúes. Trataba, en su mayoría, sobre técnicas de meditación y como superar el dolor alcanzando la paz interior.

Una completa basura, en su opinión, pero quizás a medida que avanzase la lectura habría algo más interesante.

Era la primera vez desde que despertó en la casa protegida que había pasado todo el día fuera de su habitación. Primero, la charla matutina con Potter acerca de su tonta espada y sus pocas ganas de contarle su gran y heroica misión en la vida.

Después, había estado leyendo hasta la hora de comer. Devoró uno de los platos que el moreno le había dejado en la nevera días atrás, aplicándole un hechizo de temperatura a la guarnición y dejando la carne cruda y fría.

Eso lo hizo meditar sobre su condición, llegando a la conclusión de que, de alguna manera, el incidente con Potter le había ayudado a progresar. Lo curó de forma automática, obligándose a no pensar todo el tiempo, para recibir todo el impacto psicológico encerrado en su habitación, cuando el idiota estuvo fuera de peligro.

Gracias a Merlín, se había podido contener de hacer cualquier estupidez en su desesperación, como empaparse los dedos con la sangre de Potter y beberla, porque eso habría acabado con él.

La sangre. Su mayor problema. El motivo por el cual siempre comía carne casi cruda, fresca, repleta de sangre de animal que su cuerpo reconocía y anhelaba, de una forma en que su mente podía aceptarlo sin quebrarse en mil pedazos.

No había sido idea suya. Potter había empezado a cocinarle así para sus cenas tan pronto como él empezó a salir de su habitación por la noche, sin decir ni una palabra del por qué, pero Draco se dio cuenta de que lo sabía. De ahí que llegaran al acuerdo que tenían de no decirle nada a Severus sobre su condición.

Y ahora... Por fin, tras tantos meses, avanzaba, debido a una escena que cualquiera pensaría que debería haberlo hecho regresar, pero que, incomprensiblemente, había logrando que dejará atrás parte de lo que le había atormentado.

Podía controlarlo. Potter era la prueba viva de que podía.

De seguir así incluso podría tener una vida normal como mago, cuando la guerra finalizase. Si el cuatrojos ganaba, claro. Si ganaba Voldemort, él mismo se mataría.

Intentando no pensar en esa posibilidad, se concentró en los hechizos hindúes.

Ya debían ser las ocho de la tarde, fuera había oscurecido, cuando oyó la puerta de la casa abrirse.

—He vuelto —escuchó decir a Potter desde la entrada, pero lo ignoró—. ¿Qué haces sentado en la escalera, Malfoy?

El mencionado alzó la vista para señalarle que podía sentarse donde la diera la gana, pero el aspecto de Potter le dejó con la palabra en la boca. Estaba lleno de barro, hojas, cortes y heridas superficiales, como si se hubiera peleado con un perro salvaje y ambos hubieran rodado por el suelo en medio de la lucha. La camisa blanca y los vaqueros que llevaba estaban destrozados.

—¿Qué demonios has estado haciendo? —preguntó, levantándose automáticamente y dejando el libro olvidado en un escalón, para coger a Potter del brazo y arrastrarlo sin miramientos escaleras abajo, hasta el sótano.

—Eh, ¿que haces? —quiso saber el moreno, dejándose llevar sin oponer resistencia.

—De verdad que a veces eres demasiado denso, Potter —respondió molesto—. Te llevo al único lugar de esta maldita casa en donde pueden usarse hechizos curativos —informó, soltándolo cuando llegó abajo y pronunciando la contraseña para acceder al laboratorio de Severus.

—Eso ya lo sé —dijo bien alto, para que pudiera oírlo. Sonaba cabreado—. Puedo ocuparme yo, ¿sabes?

Ahora sonaba irritado. Draco sonrió, escogiendo una pomada curativa y regresando a la sala, para encontrarse con Potter sentado en uno de los sillones cercanos a las estanterías, cruzado de brazos.

—¿Ocuparte tú? —se burló—. Nadie lo diría viendo como llegas, idiota. Y ahora, quítate la camisa.

—¿Qué? —parecía genuinamente sorprendido y Draco bufó—. No hablarás en serio...

—Potter, no me hagas pensar que eres más estúpido de lo que ya creo que eres y quítate la camisa (si es que se le puede llamar así) para que pueda ponerte la maldita pomada.

El moreno obedeció, mirándolo con suspicacia. Draco suspiró con cansancio. Potter tenía buen cuerpo, con los músculos bastante marcados tras tanto entrenamiento físico, pero no es como si estuviera interesado en eso. Desde su encierro, era incapaz de sentir deseo o de excitarse.

—Te prometo que tu virtud está a salvo conmigo —aseguró, comenzando a aplicarle el ungüento sobre los cortes de forma impersonal—. No quiero quitarle a Severus ese privilegio.

—Otra vez con el tema no, por favor —gimió el chico, haciendo que el rubio sonriera maliciosamente—. No estoy enamorado de Severus, Malfoy. Asúmelo de una vez..

Draco negó con la cabeza, divertido. Era tan fácil incordiar a Potter... Siempre lo había sido.

—¿Quieres que deje el tema? Pues cuéntame que has estado haciendo.

El moreno clavó sus verdes ojos en él. No se inmutó. Le aguantó la mirada mientras continuaba con la cura.

—Eres muy tozudo, ¿sabes? —acusó Potter.

—Algo me habían comentado.

—¿De verdad quieres saberlo? —preguntó, esta vez serio—. Si te lo digo, estarás en peligro.

—Potter, no creo que pueda estar más en peligro de lo que ya estoy. Vivo contigo, idiota.

—Supongo que tienes razón —aceptó, encogiéndose de hombros y haciendo una mueca cuando el rubio untó de pomada un corte algo más profundo de su tórax—. Pues bien... He destruido algo que estaba repleto de magia oscura y que me ha zarandeado como si fuera un muñeco tratando de impedir que lo destruyera.

—Y supongo que no vas a decirme que era exactamente... —murmuró, aplicando la pomada en los últimos cortes y alejándose para ver el resultado de su cura.

—Pues no —dijo Potter, sonriendo—. Pero si te diré que te has convertido en una enfermera excelente.

Draco lo fulminó con la mirada por el comentario.

Maldito cara rajada... La próxima vez lo iba a dejar morir desangrado.

Continuará...