CAPITULO 10

21 de septiembre

Tres minutos para la medianoche

Candy se desperezó lánguidamente y recorrió con las manos los músculos de la espalda de Albert. Se sentía somnolienta, saciada, sexy, cariñosa y, oh…, muchísimo más compleja de lo que había sido antes. De algún modo se sentía como si fuera una mujer nueva.

Candy White por fin había visto cómo un hombre cogía su flor.

Una indefinible sensación de paz y de que todo estaba como tenía que estar reposaba dentro de su estómago, su corazón se hallaba colmado, su mente, en calma.

Pero respirar debajo del peso de Albert era un desafío demasiado exigente incluso para la nueva y mejorada Candy, así que se lo quitó de encima con un suave empujón. Albert se volvió sobre la espalda y ella se le puso encima, montándolo a horcajadas del mismo modo en que lo había hecho el día en que lo encontró, pero ahora con la deliciosa y altamente erótica diferencia de que los dos estaban desnudos. Y había tanto que Candy quería hacer con Albert. Quería hacer el amor encima de él, junto a él, con él detrás de ella.

—Albert —murmuró mientras estudiaba su rostro, tan hermoso a la luz plateada de la luna. Los ojos de él se abrieron, cielo celeste lánguidamente seductora—. Gracias —dijo ella en voz baja.

Albert había hecho que la primera vez de Candy fuese una experiencia hermosa, apasionada e intensa, y si por alguna insondable razón nunca llegaba a volver a hacer el amor con él, sabía que Albert sería el patrón por el cual juzgaría a los hombres durante el resto de su vida.

Candy estaba enamorándose locamente de él. Y la sensación era increíble.

Albert le tomó el rostro entre las manos y la atrajo hacia sí para darle un ávido beso.

—Nunca me des las gracias, muchacha. Basta con que me pidas más. Ése es el elogio más maravilloso que un hombre puede llegar a oír de labios de una mujer. Eso y esto… —deslizó una mano entre las piernas de Candy—, el rocío de una mujer le dice a un hombre hasta qué punto lo desea ella.

Él la miró con una sonrisa en los labios, y mientras lo hacía se dio cuenta de la posición que había pasado a ocupar la luna en el cielo. La sonrisa se desvaneció abruptamente y su cuerpo se envaró debajo de Candy. La pasión se esfumó ríe sus ojos, sustituida por el pánico.

—¡Por Cristo —juró—, ya casi es demasiado tarde! —Quitándose de encima a Candy, se levantó de un salto, cogió su plaid y corrió hacia la losa de piedra—. Ven —ordenó.

Aturdida por el rápido desmontar de él y sintiéndose todavía muy sexy, adormilada y un poco dolorida, Candy lo miró con ojos inexpresivos.

—Ya casi es medianoche —dijo él en un tono apremiante—. Ven.

Ella extendió la mano hacia su ropa y él la detuvo.

—No hay tiempo para vestirse —dijo secamente—. Pero tienes que traer tu mochila, Candy.

Perpleja por su comentario, y sin sentirse del todo cómoda con su desnudez, Candy cogió su mochila y se apresuró a reunirse con Albert en la losa, con la científica que había dentro de ella llena de curiosidad por descubrir cómo planeaba probar él sus afirmaciones. Además, se dijo a sí misma, ya habría tiempo para volver a hacer el amor más tarde.

Albert trabajó muy deprisa, dirigiendo miradas intermitentes al cielo mientras mojaba los dedos en la pintura y trazaba los últimos símbolos sobre la losa.

—Coge mi mano.

Candy deslizó su mano en la suya. Albert estudió los dibujos durante un momento, y luego sacudió la cabeza y exhaló ruidosamente.

—Recemos a Amergin para que sean correctos. Ponte cerca de mí, Candy. Aquí.

Candy se colocó donde le indicaba y trató de mirar alrededor de él para ver los últimos símbolos, pero Albert dispuso su cuerpo entre ellos de tal manera que le ocultaba su visión.

—¿Qué piensas que va a ocurrir, Albert? —le preguntó, mirando su reloj y sorprendiéndose de que algo hubiera permanecido en su cuerpo durante el frenesí de su acto amoroso.

Casi se echó a reír cuando comprendió que en ese momento el reloj, y la tira de su mochila encima del hombro, eran lo único que llevaba. La segunda manecilla se movía con un audible tic-tic-tic.

—Candy, yo…

Él se calló y la miró.

La mirada de Candy voló hacia la suya. ¿Habría sentido también Albert lo mismo que ella cuando hicieron el amor? Como no tenía ninguna experiencia en ello, Candy no estaba segura de si la emoción que experimentaba cada vez que lo miraba era sólo un efecto secundario pasajero de la intimidad física. Sospechaba que su duración sería más significativa, pero no tenía ninguna prisa por ponerse en ridículo. Pero si él también lo estaba sintiendo, entonces ella podía creer que lo que existía entre ambos era tan válido y tan real como cualquier ecuación matemática. La mirada de Albert recorrió su cuerpo de una manera que la hizo sentirse hermosa, no menuda y…, de acuerdo, un poco entrada en carnes. Candy siempre se había sentido bastante fuera de lugar en un mundo donde cada revista y cada película mostraban delgadas modelos de piernas muy largas.

Pero con él no le ocurría aquello. En los ojos de Albert, Candy veía un reflejo de sí misma que era la perfección.

—Ojalá dispusiéramos de una eternidad —dijo él con tristeza.

Los dedos de Candy se tensaron alrededor de su mano, animándolo silenciosamente a que siguiera hablando. Cuando su reloj dio la medianoche con unos diminutos tintineos metálicos, Candy se encogió sobre sí misma. Una. Dos. Tres…

—Eres realmente magnífica, muchacha —dijo él mientras reseguía con la punta de un dedo la curva de su mejilla—. Tu corazón no conoce el miedo.

Cinco. Seis. Siete.

—¿He llegado a importarte aunque sólo fuera un poco, Candy?

Candy asintió, sin atreverse a hablar porque sintió que de pronto se le hacía un nudo en la garganta. Albert parecía tan triste que Candy temió empezar a soltar tonterías sentimentales y ponerse en ridículo. Mientras hacían el amor, ella ya había dicho una cosa que jamás pensó llegaría a salir de sus labios y ahora, si no iba con cuidado, se pondría espantosamente melosa con él.

Nueve.

—Eso y mi fe en ti tienen que bastar. ¿Me ayudarías en el caso de que yo corriese peligro?

—Por supuesto —dijo ella al instante. Luego, en un tono más titubeante—: ¿Y en lo que respecta a mí?

—Mi vida por ti —se limitó a decir él—. No me temas, muchacha. Suceda lo que suceda, prométeme que nunca tendrás miedo de mí. Soy un buen hombre. Te juro que lo soy.

Impresionada por el pánico que había en la voz de él, Candy le acarició la mejilla con los dedos.

—Sé quién eres, Albert MacAndrew —dijo firmemente—. No te temo…

—Pero las cosas podrían cambiar.

—Eso nada puede cambiarlo. Nada podría hacer que tuviera miedo de ti.

—Ojalá sea cierto —dijo él, mirándola con ojos que se habían oscurecido.

Doce.

¿Trece?

Entonces él gritó, la tomó entre sus brazos y la besó, un profundo beso del alma… y el mundo tal como lo conocía Candy White empezó a rasgarse por las costuras.

Candy empezó a girar en los brazos de Albert, oscilando y sacudiéndose como un corcho en un remolino, arriba y abajo, de un lado a otro, atrás y adelante… y de pronto en una nueva dirección que no tenía nada de tal.

El espacio-tiempo cambió, la misma existencia de Candy dentro de él cambió y, de algún modo, toda ella se derritió para apartarse de los brazos de Albert

La mochila resbaló de su hombro y se alejó de ella dentro de un vórtice de luz.

Como desde una gran distancia, Candy vio que sus manos se extendían hacia la mochila, pero había algo extraño en ellas. De pronto tenían una dimensión añadida que su mente no podía llegar a abarcar. Candy movió los dedos en un desesperado intento por aprehender su nueva cualidad. Sus palmas, sus muñecas, sus brazos eran tan… diferentes.

Creyó ver cómo Albert pasaba girando junto a ella y luego le pareció oír la explosión de una onda de choque, pero un retumbar sónico habría significado que ella estaba moviéndose a una velocidad superior a la del sonido y Candy no se movía en lo más mínimo, a no ser que uno contara como movimiento el hecho de que se sentía tan inerte como una mariposa que batiera sus frágiles alas contra los vientos con fuerza de galerna de un tornado. Imaginó que podía sentir desgarrarse las puntas de aquellos frágiles apéndices. Además, pensó vagamente en un esfuerzo por aferrarse a algún núcleo de cordura, la persona que se movía más rápido que la velocidad del sonido no oía el estallido sónico. Sólo quienes permanecían quietos podían oírlo.

Entonces un destello de blancura la envolvió, tan cegador que Candy perdió toda noción del tiempo, el espacio y el yo. La blancura la llenó por completo. Candy se atragantó con ella, la respiró, la sintió bajo la piel mientras la blancura empapaba sus células y las recolocaba de acuerdo con un nuevo patrón completamente ajeno a ellas. «La velocidad punta para la persona media que salta en paracaídas—recitó con una voz aterradora la científica que había dentro de ella— oscila entre los ciento cincuenta y los doscientos kilómetros por hora. El sonido viaja a una velocidad de mil doscientos dieciséis kilómetros por hora, en un día húmedo. La velocidad de escape es la velocidad necesaria para llegar a abandonar la atmósfera de la Tierra y hacer posible el viaje interplanetario, o sea cuarenta mil kilómetros por hora. La luz viaja a una velocidad aproximada de trescientos mil kilómetros por segundo.» Después de eso llegó un pensamiento muy peculiar: «Un gato siempre cae de pie. Mantén un momento angular de cero».

No había sensación alguna de movimiento, y sin embargo había un horrible vértigo. No había sonido, y sin embargo el silencio era ensordecedor. No había ninguna plenitud del cuerpo, y sin embargo no había ningún vacío. Con la velocidad de escape alcanzada y superada, blanca y cada vez más blanca, Candy . estaba ¿encima?, ¿dentro?, ¿fuera?, de un largo puente o tunel. No tenía ningún cuerpo al cual dar la instrucción de correr.

La blancura desapareció tan abruptamente que el súbito impacto de la oscuridad fue como chocar con un muro de ladrillos. Entonces se manifestó la bendita presencia de la visión y del sonido, y de la sensación en sus manos y sus pies.

«Quizá no tan bendita», decidió Candy.

El sabor era una amarga bilis metálica en su garganta; el peso era una desagradable presión después de aquel terrible vacío.

Conteniendo el deseo de vomitar, Candy alzó una cabeza que pesaba dos toneladas y que sentía tan hinchada como un tomate demasiado maduro.

La noche hizo explosión alrededor de ella. El granizo azotaba el suelo, arrancando zarcillos de neblina de la tierra. El ciento gimoteaba y se quejaba, hacía volar hojas y partía ramas. Grandes trozos de hielo aguijoneaban la piel desnuda de Candy.

—¡Albert! —gritó.

—Aquí, muchacha.

Fue hacia ella tropezando y dando traspiés, y entonces resbaló en el terreno cubierto de granizo y cayó de rodillas.

—Albert, ¿qué está sucediendo?

Mientras él se incorporaba, Candy vio que su rostro estaba pálido y desencajado; líneas en las que nunca había reparado antes trazaban profundos surcos alrededor de su boca. Albert se miraba las manos con horror. La mirada de Candy voló hacia ellas y se preguntó qué habría de malo en sus manos. Fuese lo que fuese lo que veía él, ella no podía verlo. Las manos parecían desaparecer en la neblina.

—Erré al trazar los últimos símbolos —gritó él roncamente. Una gran bola de hielo le dio en el pómulo, creando un verdugón inmediato—He retrocedido demasiado. Pensaba que yo podría ir contigo, pero no puedo hacerlo. ¡Perdóname, muchacha, porque no esperaba que fuese de esta manera!

—¿Qué?

El viento era tan ensordecedor que Candy apenas pudo oír a Albert. Las mechas le pinchaban la piel del cuello cada vez que el viento le agitaba los cabellos alrededor de la cara. La ventisca era tan terrible que Candy sentía como si estuviera a punto de arrancarle la piel de los pómulos. El granizo le golpeaba el cuero cabelludo, y la cabeza ya le dolía en docenas de sitios. Candy fue penosamente hacia Albert y se agarró a su brazo. Lo sintió curiosamente insustancial bajo sus dedos, aunque podía ver hincharse los músculos. Albert trató de cerrar su mano neblinosa alrededor de la suya, pero sus dedos parecieron escurrirse a través de los de Candy.

—¿Qué te está ocurriendo? —gimoteó ella.

—Sálvame. Salva a mi clan, muchacha —gritó él—. Mantén a salvo la sabiduría.

Dios, podía sentir cómo su ser era partido en dos mientras hablaba con ella y trataba de razonar simultáneamente con su yo del pasado. No estaba dando resultado. El mero hecho de mover los labios y llegar a formar palabras requería un inmenso esfuerzo. Albert había empezado a disgregarse…, dos lugares en un único tiempo, y todo ello mientras flotaba a la deriva porque ahora al fin entendía la próxima dimensión… ¡y tenía que decirle a Candy lo que debía decir y hacer! ¡Tenía que contarle cómo se utilizaba el hechizo que él le había enseñado!

—¿Se puede saber de qué estás hablando? —chilló ella—. ¡Ay! —chilló un instante después cuando una piedra de granizo le dio en la frente.

Pero él no respondió, y sólo titiló de una manera que aterrorizó a Candy, como si estuviera esfumándose pero aun así luchara por seguir allí. Al borde de la histeria, Candy trató de aferrarse a él, pero Albert le resbaló entre las manos.

Sus ojos celestes destellaban y tenía un aspecto salvaje e imponente, un hechicero oscuro venido de hacía eones.

Le tiró su plaid, pidiéndole sin palabras que lo cogiera.

Candy cerró los dedos temblorosos sobre la tela.

—¡Escucha! —gritó él. Su mirada recorrió a Candy y la pasión llameó en sus ojos. Luego inclinó la cabeza hacia un lado como si oyera algo que ella no podía oír y miró más allá de ella como si viera algo que ella no podía ver. Sus labios se movieron una última vez—. En el momento en que lo veas, tienes que contarle… mostrarle…

—¿Qué? —gritó ella—. ¿Contarle qué a quién?

Hojas y ramas que volaban por los aires llovieron sobre ellos. Cuando Albert se agachó y se protegió el rostro para desviar el impacto de una rama particularmente grande, Candy se perdió la mayor parte de lo que le estaba diciendo. ¿Decirle y mostrarle qué a quién?

Y de pronto Albert desapareció. Se esfumó tan completamente como se habían esfumado los símbolos ríe su pecho en la caverna hacía tinos días.

Con su desaparición, el torbellino murió y el granizo cesó abruptamente. La noche quedó en silencio y la niebla se disipó entre una última y feroz ráfaga de viento.

Conmocionada, llena de morados y con todo el cuerpo dolorido y todavía aterido por la fuerza del viento, Candy no se movió de donde estaba.

No se atrevía a dar ni un paso sobre una pierna que momentos antes no había sido sólo suya sino su pierna y algo más al mismo tiempo, algo contra lo que la furibunda científica de la bata blanca todavía protestaba estridentemente mientras iba y venía por su laboratorio. Caven no estaba demasiado segura de que ninguna parte de ella fuese a obedecer las órdenes más sencillas, tan confusa estaba su mente.

—Albert —llamó con un hilo de voz. Luego, más alto—: ¡Albert! Un silencio terrible le contestó.

Un estremecimiento incontrolable recorrió el cuerpo de Candy, y entonces se acordó tardíamente de que estaba desnuda. Se envolvió con rígidos movimientos de autómata en el plaid de Albert y fue hacia la hoguera, tropezando y dando traspiés por el suelo resbaladizo.

Pero ya no había ninguna hoguera. La tormenta debía de haberla apagado.

Candy cayó de rodillas sobre el suelo cubierto de granizo y se envolvió más apretadamente en el plaid de Albert, acurrucándose dentro de él en busca de algo de calor. Miró confusamente a su alrededor, y se asombró al ver que el suelo se hallaba cubierto por una granizada tan gruesa que parecía como si los cielos se hubieran abierto y hubiesen helado la cima de la montaña. La noche otoñal era cálida, pero aun así seguramente tendrían que transcurrir varias horas antes de que el hielo se derritiese. Candy se quedó inmóvil y ya no pensó más en la extraña tormenta, mientras la totalidad de su encuentro con Albert pasaba por su mente y por fin veía la pauta.

Albert había dicho que le probaría que estaba diciendo la verdad, pero que sólo podía hacerlo en las piedras. Luego había dicho que si ella no le creía, quedaría libre de él. Candy no se había dado cuenta de ello antes, pero entonces reparó en que Albert siempre había escogido sus palabras con mucho cuidado, como si ocultaran un doble significado.

Ahora entendía exactamente a qué se refería.

—Me has dejado —susurró—. Realmente me lo has mostrado, ¿eh?—Soltó un bufido y empezó a llorar al mismo tiempo—. Una prueba incontrovertible. Desde luego que sí. La que siempre duda de todo, ésa soy yo.

Él la había manipulado para que Candy lo guiara hasta las piedras a través de su tiempo, le hizo el amor increíblemente bien, probó que su historia era cierta y luego se devolvió a sí mismo a su propio tiempo, dejándola a ella en el siglo XXI , sola.

Así que Albert no estaba trastornado después de todo. Candy había tenido en sus brazos a un auténtico guerrero del siglo XVI que había viajado por el tiempo, y ella no había parado de mofarse de él ni por un solo instante. Lo había amenazado con la incredulidad, y ; en una ocasión incluso llegó a tratarlo de manera prepotente.

Oh, esta vez sí que realmente la había cagado. Se había prendado de él a velocidad límite. En el espacio de tres días, Candy había llegado a sentirse unida a él de una manera que nunca hubiese creído posible. Había estado edificando dentro de su mente toda una vida con Albert, racionalizando sus delirios y entretejiéndolo en el mundo de ella.

Y ahora él la había dejado. ¡Ni siquiera se había ofrecido a llevarla consigo!

«¿Habrías ido con él? —preguntó secamente la científica—. ¿Le habrías dicho que sí? ¿Te habrías lanzado de cabeza a un siglo acerca del cual no sabías absolutamente nada? ¿Dejando atrás este siglo para siempre?»

«¡Sí, demonios, claro que hubiera dicho que sí! ¿Qué es lo que tengo aquí? ¡Estaba enamorándome de él y hubiera ido a cualquier parte, hubiera hecho cualquier cosa por eso!»

Aquel cambio era tan nuevo que la científica que había dentro de ella no tenía ninguna respuesta cáustica que darle.

Candy lloró, sintiéndose súbitamente vieja y lamentando la pérdida de una cosa que no había sabido apreciar ni entender realmente mientras la había tenido en la mano.

Después no tendría ni idea de cuánto tiempo pasó tendida en el claro mientras hacía que las cosas volvieran a desfilar a través de su mente, deteniéndose en cómo habían hecho el amor y viéndolo todo bajo una nueva luz.

Cuando finalmente se incorporó, toda ella temblaba. Tenía las rodillas heladas de tanto haber permanecido inmóvil encima del hielo, y los dedos de los pies le ardían con un doloroso hormigueo. «Siento, MacAlbert. Eso me lo has enseñado tú. Espero que estés satisfecho de ti mismo, después de haberme demostrado que tengo un corazón haciéndome daño.»

Candy se levantó del suelo, fue lentamente alrededor del círculo y buscó a tientas sus ropas en la oscuridad. Sacudiéndose de encima un nuevo deseo de llorar, soltó un bufido. ¿Dónde diablos estaban sus botas? Y ya puestos a pensar, ¿dónde estaban su mochila y su linterna? Había empezado a sufrir un severo anhelo de nicotina, porque la alteración emocional siempre hacía que le entraran ganas de fumarse un cigarrillo.

¿Cómo iba a conseguir olvidarse de Albert MacAndrew? ¿Cómo podría hacer frente a la certeza de que el hombre en cuyos brazos había perdido su corazón llevaba centenares de años muerto?

El pánico se apoderó de ella mientras caminaba en círculos alrededor de la losa de piedra, buscando sus pertenencias. Habían desaparecido. ¿Era posible que aquella extraña y violenta tormenta se lo hubiera llevado todo en una de sus ráfagas de viento?

Atónita, Candy miró a su alrededor y luego alzó la mirada hacia el cielo, y entonces entrevio —por primera vez desde el momento en que desapareció Albert— lo que había más allá de las piedras.

El asombro la dejó boquiabierta y su mirada fue de una torre a un torreón y a una torre de piedra todavía más grande, para seguir más allá de unos muros rematados por aquellas cosas de piedra parecidas a dientes que se veían en los castillos por toda Escocia, hasta otro torreón más y nuevamente a una torre cuadrada. Candy parpadeó y volvió lentamente la cabeza de izquierda a derecha, y luego dejó que su mirada se dirigiese nuevamente hacia la izquierda.

Una alarma empezó a sonar dentro de su cerebro, pero no fue capaz de responder a ella. Candy no podía responder a nada. Empezó a hiperventilar; diminutas respiraciones se incrustaron la una en la otra y se amontonaron dentro de su garganta.

Un castillo de dimensiones monstruosas se alzaba más allá del círculo de piedras.

Inmenso, impresionante y aun así hermoso, estaba hecho de enormes muros de piedra gris que se elevaban con elegancia hacia el cielo. Una torre central rectangular se alzaba por encima del resto de la estructura y dos torres redondas más pequeñas la flanqueaban. Las alas del castillo se extendían desde el este hacia el oeste abarcando el horizonte, con grandes torres cuadradas en los extremos. Una neblina lechosa espolvoreaba los baluartes y coronaba las torretas.

Candy sintió que se le aflojaba la mandíbula.

Tan inmóvil como las frías piedras que la circundaban, miró.

¿Podría ser que no hubiera perdido a Albert después de todo?

Con un súbito y doloroso torrente de adrenalina que hizo que su corazón ladera demasiado deprisa, Candy salió como una exhalación del círculo de piedras y entró en un patio cubierto. Desde allí los caminos se extendían en varias direcciones; uno de ellos conducía directamente a los escalones de la entrada delantera del castillo.

Candy giró en un lento círculo sin hacer caso de los helados dedos de sus pies. Su cerebro registró el hecho de que el granizo sólo había caído dentro del círculo de piedras. Más allá de él, el suelo estaba seco y caliente.

Albert le había dicho que en su siglo las piedras de Ban Drochaid se hallaban dentro de los muros del perímetro de sus posesiones, pero el Ban Drochaid en el que ella había entrado una hora antes estaba en el centro de un erial de hierba y piedras desplomadas.

Sin embargo, ahora Candy se encontraba completamente rodeada por unos muros muy altos, en el interior de una verdadera fortaleza.

Levantó la vista hacia el cielo nocturno. De una negrura muy densa, no había ningún resplandor visible en parte alguna del horizonte. Lo cual era imposible, porque Alborath quedaba más allá en el valle, y la noche anterior, sentada encima del capó del coche alquilado, Candy había lamentado que las luces del pueblo echaran a perder su visión de las estrellas.

Volviéndose hacia el castillo que no había estado allí cinco minutos antes, Candy acarició los pliegues del plaid de Albert. De pronto, las palabras que él le había gritado —unas palabras a las que ella apenas había prestado atención porque en aquel momento carecían de toda lógica— adquirieron sentido.

«He retrocedido demasiado. Pensaba que yo podría ir contigo, pero no puedo hacerlo.

»Salva a mi clan.»

«Oh, Dios, Albert —pensó—, no retrocediste en el tiempo. ¡Me enviaste hacia atrás para que te salvara!»

Continuara...

Cuando considero la pequeña extensión de mi vida absorbida en la eternidad del tiempo, o la pequeña parte del espacio que puedo tocar o ver perdida en la infinita inmensidad de aquellos espacios que no conozco y que nada saben de mí, me asusta y me asombra verme a mí mismo aquí en lugar fie allí…, ahora en lugar de entonces.

BLAISE PASCAL

Para aquellos de nosotros que creemos en la física, esta separación entre pasado, presente y futuro sólo es una ilusión, si bien se trata de una ilusión muy tenaz.

ALBERT EINSTEIN