Los primeros rayos del alba teñían el arroyo que caía y se colaban entre las ramas de los árboles que servían de techo del reino para poder invadir el lugar. Kherion los observaba bajar despreocupadamente hacia su rostro vigilante y sumido de concentración. La duda en cada rasgo de su rostro daba a entender que aún intentaba aclarar su mente.
Se sentía como un simple adolescente por no poder decidir qué debía hacer. Una parte de él le gritaba que corriese a todo lo que su cuerpo le diera y se alejara de ese reino para siempre. Otra parte, por el contrario, deseaba quedarse, pues ya no imaginaba su vida fuera de allí. La decisión que él no podía tomar en ese momento lo ponía en un gran aprieto, haciéndole doler las sienes de tanta presión.
Sus piernas ligeras lo llevaron a la cocina, queriendo detener por un momento el titubeo de su mente y encontrar algo de paz. Una vez dentro, una dulce jovencita lo esperaba dentro para entregarle la bandeja ya hecha. Allí, se sentó con el ánimo casi deshecho, preparado para comenzar el día. Tomó lo que había en su bandeja y prácticamente lo devoró, sin contemplaciones previas; sólo quería realizar su deber y encontrar un momento donde pudiera estar en paz. Al terminar su comida, la misma jovencita regresó para retirar sus vasijas vacías y entregarle la bandeja con el desayuno para el rey.
Al contemplarla allí, Kherion abrió grande los ojos color esmeralda brillantes. Jamás la había visto por los alrededores, estaba seguro de ello, pues no se le olvidaría ese ser tan lleno de gracia que contemplaba ahora. La muchacha, al verlo mirándola tan concentrado, se sonrojó levemente y se marchó a paso apresurado disculpándose antes de irse. El dulce sonido de su voz casi lo hipnotiza…
Parpadeo un par de veces, intentando entender por qué ella le había dado esa impresión. Podía hablar tranquilamente con los otros elfos del lugar, con los soldados y cocineros, con los otros sirvientes también. Pero con ella, no le había salido ni un simple "buen día". ¿Qué tanto le estaba sucediendo ahora?
Tomó la bandeja entre sus manos confundidas y partió hacia la recámara del rey. Completamente compenetrado por el rostro de la jovencita que acababa de conocer en la cocina, no se dio cuenta de cuándo llegó a la habitación hasta que se topó con la puerta real. Soltó un suspiro largo antes de golpear el madero, conteniendo sus nervios que comenzaban a palpitar fuertemente dentro de él.
No hubo respuesta desde el otro lado, pero sabía que debía entrar de todas formas. Armándose de valor y tragando saliva, se adentró en el cuarto. Oscurecido aún, la habitación vislumbraba apenas el camino que tenía que recorrer hasta llegar a la mesita donde servía el desayuno antes de entregárselo a su rey. Estaba concentrando toda su atención en ello, por lo que, cuando oyó pasos detrás de él, se exaltó terriblemente.
Dándose la vuelta de repente, sus ojos asustados observaron al rey de pie y ya vestido con su túnica real rojiza allí. Kherion comenzó a preguntarse cómo había llegado él hasta ahí tan rápido, aunque la respuesta era que cuando entró ya no se encontraba en la cama y no lo había notado, lo cual sumaba más puntos a favor de su torpeza.
-Mi señor…- Dijo, apenas con un hilo de voz debido al sobresalto. – Buenos días-
-Buenos días-
El que le haya respondido lo conmocionó aún más. Era la primera vez en mucho tiempo que le deseaba buenos días; aunque para él decir buenos días fuera sólo una rutina, para Kherion significaba mucho.
La mirada de Thranduil se posó sobre el rostro del joven elfo y éste sintió de sopetón que recibía de lleno un golpe de vergüenza. Sus mejillas debieron acalorarse, pues sentía la cara ardiendo. Para evitar que el otro notara eso, -aunque a estas alturas, de seguro ya lo había notado-, se dio la vuelta rápidamente y continuó preparando el desayuno.
Sirvió el contenido de la jarra y tomó aquella vasija entre sus manos, dispuesto a pasársela a su señor. Cuando se volvió, pudo darse cuenta de que éste ya estaba mucho más cerca suyo, a una altura en que sus brazos podían alcanzarlo si los extendía.
Al recordar el contenido de su sueño, otro nuevo soplo de vergüenza se posó en su rostro ya acalorado.
"Ya cálmate, no hay forma de que eso suceda", se recriminó internamente. No quería peder la compostura, no ahora que tenía una nueva oportunidad de comenzar las cosas con el pie derecho. Tenía que ser fuerte, él podría con esa presión que sentía en el pecho cada vez que lo veía… Él podría vencer el deseo si se empeñaba con que nada pasaba en realidad… Tan sólo… debía concentrarse en otra cosa…
El recuerdo de aquel dulce rostro que lo recibió en la cocina endulzó su boca, retorciéndola de ternura. No supo bien por qué, pero pensar en ella lo tranquilizó poco a poco, hasta que pudo despegar sus ojos entorpecidos del rey extenderle la vasija con el té para que se sirviera.
Repentinamente, al sentir que los dedos de Thranduil rozaban los suyos cuando tomaba la taza que él sostenía, volvió a perder la tranquilidad que reinó pocos segundos en su mente. Algo exaltado, alejó su propia mano rápidamente, intentando evitar el contacto, pues provocaba que se le erizara toda la piel, y eso no le gustaba.
Ante esto, el rey lo observó detenidamente, intentando, al parecer, estudiar aquella reacción. Kherion de pronto comenzó a sentir que las fuerzas lo abandonaban, como si las luces se le apagasen todas de un soplo sin avisarle; el impulso más rápido que tuvo fue hacer dos o tres pasos rápidos hacia atrás, pretendiendo sentirse seguro con eso.
-¿Estás bien?-
La pregunta en la boca de Thranduil se oyó desinteresada pero de alguna forma, también daba pista de que se lo vio venir, si es que eso era posible. No había forma alguna de que su señor previera esa situación, pero por otro lado, el joven elfo no podía descartarlo… Después de todo, había vivido demasiados años… Aunque era extraño pensar en que el mayor pudiera estar conciente de que su tacto lo debilitaría de aquella forma… Todo era tan confuso de repente…
-Sí… Es sólo que…- Intentó responder, perdiendo más fuerza con su sola habla.
-Deberías descansar por ahora-
Las últimas palabras de su señor resonaron en la habitación como un trueno inflexible. Al oír eso, Kherion volvió a dirigir su mirada confundida hacia Thranduil, quien lo veía con aquel extraño brillo en sus ojos, como si quisiera decirle algo más, como si escondiese algo detrás de esas palabras que le dirigió antes.
Sin pensárselo dos veces, salió del cuarto a tientas. Con cada segundo que pasaba allí dentro, se sentía morir mil veces. Poco a poco, mientras se fue alejado cada vez más, volvió a sentir la común liviandad en todo su cuerpo, relajando sus músculos y su mente también. Ya un poco más descansado, se encontró vagando sin rumbo en uno de los puentes del enorme jardín, cuyos árboles de distintas tonalidades rodeaban su soledad.
Qué había pasado exactamente y a qué se debía, Kherion no lo sabía. No podía dar respuesta alguna a lo que aconteció allí dentro, pues si bien era conciente de que la presencia de Thranduil lo afectaba demasiado, jamás para llegar al punto de desmayarse… Algo inusualmente raro le estaba pasando ahora…
Decidido a ponerse en mejores condiciones para retomar su tarea habitual, volvió a entrar para dirigirse de nuevo a la cocina. No supo bien por qué, pero sentía la curiosa necesidad de volver a ver a la jovencita de esta mañana. Su mente no parecía querer descansar hasta no verla de nuevo.
Caminando con ligereza, se encontró pronto entre las paredes conocidas de la cocina, donde los sirvientes designados se encargan de preparar todo tipo de aperitivos. Allí, su mirada extraviada viajó de lado a lado, hasta que nuevamente pudo encontrarla.
A un lado, en un rincón, se hallaba la menuda mujer que había cautivado su atención hacía unas pocas horas atrás. Ahí estaba, de pie, picando algún ingrediente con mucha agilidad en sus movimientos. La concentración que denotaba en su mirada magnificó al joven silvano, que no paraba de observarla, como hipnotizado de ella.
No entendía lo que pasaba, realmente que no. De un momento a otro, la aflicción que sentía por Thranduil se convierte en alivio cuando la tiene a ella en la mente… Todo era tan, tan confuso e inusual… Sí, sabía que era un chico raro, que se había enamorado de su rey, que por cierto, es demasiado hasta para él… Pero volver a enamorarse, y esta vez de una mujer… Ojalá que no fuera como lo estaba pensando, o de lo contrario, estaba más loco de lo que aparentaba.
Mientras discutía internamente sobre lo que le sucedía, la muchacha se giró en su dirección, y al notarlo allí, de pie tan torpemente, mirándola sin descanso, su primera reacción fue ruborizarse y correr hacia algún lugar donde no estuviera a la vista de aquel que la observaba tan descaradamente.
Kherion suspiró. No podía ser más dulce y gentil… Y él no podía dejar de ser un idiota. Sea a ella o a Thranduil, siempre debía poner en evidencia su interés por no poder dejar de mirar… De repente sólo quería arrancarse los ojos de las cuencas y servir un estofado con ellos… ¡Qué grandísimo tonto!
Queriendo disculparse por su torpe descuido hacia ella, la siguió detrás, encontrándosela de nuevo realizando quehaceres en la cocina, junto con otras cocineras allí presentes. La dulce joven no se había percatado de su presencia hasta que Kherion se aclaró la garganta para hacerse notar. Una vez que sus miradas se cruzaron otra vez, el pecho de él se apretujó con fuerza, como si sus pulmones fueran demasiado grandes para su tórax.
Inestable, volvió a tambalearse, entrando en una sintonía errónea muy similar a lo que le sucedió cuando estaba en la habitación real con Thranduil esa misma mañana. No entendía por qué se daba esa reacción tan repentinamente y tan seguido, pero estaba comenzando a preocuparlo.
La muchacha, al verlo tan pálido, le ordenó a una de las ayudantes que le trajeran agua, mientras que ella auxiliaba a Kherion para que se apoyarse sobre la pared, y así evitar el mareo. Después, ya sintiendo los alivios de poder repeler el malestar por unos minutos, el joven la observó de nuevo con quietud, intentando hallar respuestas en esos enormes ojos color café.
-Lo siento…- Comenzó a decir ella, bajando la mirada.
-¿P—por qué te disculpas? Debería ser yo quien- - Pero antes de terminar, ella lo interrumpió.
-¡Lo siento! Yo no quería…- Atinó a decir, mas al volver a posar sus ojos en él, algo de su determinación la abandonó, dejándola con una frase a medio decir y sin ningún valor para afrontarlo.
Corriendo graciosamente, se alejó de él en un minuto, dejando a un Kherion muy importunado con más dudas que respuestas, y sin entender del todo por qué se disculpaba…
