Capítulo 12

- ¡Hola, Tom! –saludó alegremente Candy.

- ¡Eeyy! ¡Por fin apareciste! – dijo acercándose a Candy para saludarla con un beso – Ya me tenías preocupado. ¿Me puedes explicar qué pasó ayer? El señor Johnson dijo que estabas en la casa del bosque con Albert… ¿Con Albert? ¿En serio? – le preguntó Tom incrédulo.

- En serio.

- ¿Pero estás loca? Con lo majadero que fue contigo, ¿qué hacías con él?

- Eso fue hace mucho tiempo…

- Sí, pero en todo este tiempo no ha tenido ni siquiera un gesto amable contigo. ¿Acaso no recuerdas cómo te trató cuando le ganaste el terreno en Chicago?

- Lo sé, pero…

- Pero, pero, pero… Siempre tienes un pero, Candy. ¿Es que tú no aprendes? ¡El tipo es un insoportable!

- Pero es mi… - trató de defenderse.

- ¿Tu qué? ¿Tu amigo? ¡Por favor! – rió Tom – Si ese estirado es tu amigo, entonces por favor no vuelvas a decir que yo también lo soy.

- Creo que estás exagerando, Tom.

- Pues yo no lo creo. ¿Acaso Archie ha sido así contigo? ¿O Paty, o Annie? ¿O yo o Jimmy? ¿O alguien más? ¡Nadie!

- Pero yo también me porté muy mal con él…

- Oye, ¡por favor! Ya termina de una vez con eso de que eres la mala del cuento, ¿quieres? ¿Hasta cuándo vas a seguir con eso?

- Pero es verdad… Tú sabes cómo lo traté, tú sabes que lo…

- Lo único que yo sé es que él te botó de su casa cuando tú más necesitabas ayuda y que nunca se interesó de verdad por lo que te estaba pasando. Es cierto, tú tampoco lo hiciste mejor y lo que te dijo en esa última conversación que tuvieron era verdad… ¡Pero ya ha pasado mucho tiempo de eso! No tenía derecho a humillarte ante Graham. Además, ¿qué clase de persona deja que su tía muera sin siquiera venir a visitarla?

- ¡Pero cómo puedes decir eso, Tom! – lo interrumpió Candy sorprendida – Estás yendo demasiado lejos. No tienes idea de lo que le pudo haber pasado a Albert en todo este este tiempo.

- ¿Ah no? ¿No tengo idea? Pues entonces instrúyeme, porque yo tengo muy clara la historia que nos contaron Annie y Archie. Y también el señor Johnson. Pero claro, lo había olvidado: tú lo conoces taaaan bien – ironizó Tom - ¿Cómo se me ocurre a mí decir algo sobre el excelente señor Andrew?

- Tom, basta. Albert es el tío de Anthony.

- ¿Y qué? Anthony no tiene la culpa de eso. Con ese tío…

- ¡Dije basta, Tom!

- ¡Pues no, no y no! ¡No basta! ¿Qué quieres hacer? ¿Rogarle para que te perdone? ¿Cuidarlo de nuevo como si fuera un amnésico? ¿Llamarlo tu "principito de la colina"? – se burló Tom.

- ¿Pero qué te pasa, Tom?

- ¡Nada! No me pasa nada. Haz lo que quieras. Si quieres ayudar a ese tarado, hazlo. Si quieres rogarle para que te perdone y así de una vez dejes de sentirte en deuda con el mundo, hazlo. Pero no me pidas que te ayude en eso. No esta vez.

- Tom, me estás haciendo sentir mal.

- ¿Yo? – le reclamó Tom - ¿Yo te estoy haciendo sentir mal? ¡Esto es genial! Sólo te estoy advirtiendo para que tengas cuidado con un tipo al que se le subieron los humos a la cabeza y al cual ya nadie soporta, ¿y tú me dices que yo te estoy haciendo sentir mal? La gente es mala, Candy. ¡Entiéndelo de una vez!

- Creo que mejor me voy… Sólo quería saber cómo estabas y veo que no estás muy bien.

- ¡Claro que estoy bien! – gritó Tom - ¡Claro que estoy bien!

- ¡Ya deja de gritarme!

- ¡Y tú deja de tratarme como si fuera un niño! – le reclamó Tom – Si quieres quedarte en la casita del bosque con tu principito, hazlo. Sólo déjame en paz.

- ¡Envidioso!

- ¡No soy un envidioso!

- ¡Sí lo eres!

- ¡No lo soy! Lo único que quiero es protegerte, Candy. Sólo eso. Nadie más que yo sabe cuánto te ha costado recuperarte y estoy orgulloso de ti – le dijo tomándole ambas manos – No soportaría que por culpa de otro tarado tengas que pasarlo mal.

- ¿Otro?

- ¿Quieres que te nombre al "otro"? – preguntó Tom con tristeza.

- No es necesario… Albert no tiene nada que ver con él y tú lo sabes. Albert y tú se llevaban tan bien antes, ¿por qué ahora reaccionas así? – le dijo Candy acariciándole una mejilla – Vamos, Tom… Tú no eres así. Dime qué te pasa. No es Albert el que te molesta, ¿cierto?

- No me pasa nada – dijo Tom apartándose bruscamente de Candy y dándole la espalda.

- Tom… Tom… - Candy se acercó a él, poniéndole una mano sobre el hombro y tratando de hacer que la mirara– Tom… por favor, ya deja de torturarte por esa mujer. Olvídala. Ella no era para ti; no te merece. Hiciste todo por ella y mira cómo te pagó. No le des en el gusto, Tom, no cambies por ella.

- No es tan fácil, Candy…

- Sé que no lo es, pero también sé que tú puedes salir adelante. No estás enojado con Albert ni conmigo, ¿cierto? Estás molesto con ella…

- Supongo que tienes razón… - aceptó por fin Tom, sintiéndose un tonto – Perdona, no debí gritarte, ni tampoco debí haber dicho todas estas estupideces. Lo siento, Candy.

- Claro que te perdono. Yo sé que no eres más que un bruto – le dijo Candy dándole un fuerte abrazo al que Tom correspondió de inmediato – Mi bruto favorito.

- Gracias por el piropo – le contestó el aludido soltándose del abrazo – En todo caso, Candy, de verdad me preocupa que estés cerca de Albert. No quiero que nadie te haga daño, ¿me entiendes? No tienes por qué soportar sus desplantes. Por favor, dame tu palabra de que no vas a dejar que nadie te vuelva a pasar por encima.

- Te doy mi palabra.

- Si me llego a enterar de que otra vez fue grosero contigo, esta vez se las verá conmigo. ¿Me entiendes?

- ¿Y qué le vas a hacer? – sonrió Candy - ¿Romperle la cara?

- ¡No, qué va! – se rió Tom – Eso se lo tengo reservado al otro idiota, no a éste.

- ¡Tom! - lo retó Candy.

- ¡Tú preguntaste! – le contestó risueño.

- Bien, basta ya de todo esto. Sólo quería saber cómo estabas y también quería invitarte a cenar. ¿Vendrás?

- Mmmm… depende. ¿Qué tendrás de cenar?

- Oye, te estoy invitando. Es una sorpresa. Puedes llevar el vino.

- Ok… supongo que eso significa que Lily hará algo de verdad genial.

- Sí, además Albert estará…

- ¿Cómo que Albert? ¿También va a estar él?

- Está quedándose en mi casa… - dijo Candy con un hilo de voz, casi asustada.

Tom la miró sorprendido y Candy supo que estaba a punto de estallar.

- Eres aún más tonta de lo que yo pensaba… -le dijo con tierna resignación - Pero supongo que por eso te queremos tanto – Candy le sonrió – Está bien. Voy a ir. Así aprovecho de darme el gusto de bajarle los humos a tu principito.

- Ah no, lo último que quiero es que nos juntemos para pelear.

- ¿Pelear? Yo no peleo – sonrió irónico Tom – Yo razono – le dijo mostrándole un puño.

- Si vas con esa actitud las cosas no van a resultar.

- Dejemos algo en claro, Candy: eres tú la que quiere tenerlo cerca. No yo. Si él se porta bien, yo no tengo razón para portarme mal. Si él te trata como tú te lo mereces, si es como el Albert que yo conocí, créeme que será un agrado cenar con él. Pero si sale con alguno de sus desplantes, como los que nos ha contado Annie, ya no podrás culparme de nada.

- Tom, por favor… la idea es que lo pasemos bien. Acaba de morir su tía, ¿lo olvidas?

- No… - concedió Tom, levemente arrepentido – Tienes razón.

- Está muy mal, Tom. Lo último que necesita es que le hagamos peor las cosas. Sólo quiero que los tres lo pasemos bien. Por favor, ¿puede ser? – le rogó Candy.

- Está bien, está bien – cedió por fin Tom de mala gana.

- ¡Excelente! Te espero entonces a las ocho y media.


Tras el baño, Albert decidió bajar a la sala de estar. Era muy temprano y lo último que quería hacer era quedarse encerrado dándole vueltas a lo sucedido días antes. Pensó que tal vez encontraría algo para leer o cualquier otra ocupación hasta que Candy regresara. Entró a la sala, miró los estantes y encontró un par de revistas que comenzó a hojear distraídamente. Nada muy interesante, en realidad. Las dejó nuevamente en su lugar y tomó un libro. Se sentó frente al ventanal que daba a la terraza y comenzó a leer.

De pronto vio una sombra negra pasar frente al ventanal. Pelusa. La perra movía alegre su cola y se dirigía a su cama. Albert no le prestó mayor atención. Siguió hojeando el libro, deteniéndose en una que otra fotografía… Tampoco lo entusiasmó y decidió ir a buscar otro. Miró hacia el jardín y notó que Pelusa estaba afanada comiendo algo. Seguramente un hueso. La perra pareció notar su mirada y se dio vuelta a observarlo, con su presa en el hocico, orgullosa y feliz.

- ¡Mi zapato! ¡Oye tú, deja mi zapato! – le gritó Albert dejando el libro y dirigiéndose al ventanal - ¡Suéltalo!

Pero Pelusa ni se inmutó. Muy por el contrario, se puso más cómoda y siguió masticándolo.

- ¡Te digo que lo sueltes! ¡Maldición! Vaya con ese animal – reclamó en voz alta abriendo el ventanal para salir a la terraza.

Pelusa lo miraba atentamente, sin perder de vista ni uno solo de sus movimientos.

- ¡Te digo que sueltes mi zapato! Vamos, ¡vete de aquí! ¡Entrégame el zapato! – le reclamó inclinándose para recuperarlo. Pero en cuanto acercó la mano, la perra gruñó, mirándolo con ojos amenazantes - Ey, ey… tranquila, perrita bonita. No seas mala, dame mi zapato, ¿sí?

La perra pareció entender el tono amistoso de Albert y soltó el zapato, moviendo la cola con alegría y abriendo el hocico, como si se riera. Albert interpretó aquello como señal de que se rendía y trató de tomar el zapato, pero en cuanto se acercó, la perra se adueñó nuevamente del zapato y gruñó con rabia.

- Ok, ok… entiendo. ¡Oh, vamos, esto es ridículo! Basta ya, entrégame el zapato – dijo molesto Albert, tomando un extremo del mismo.

Pero fue una mala idea. En cuanto lo hizo, Pelusa lo mordió; no con la fuerza suficiente para causarle daño, pero sí con lo justo y necesario para hacerle pasar un buen susto.

- ¡Bruta! – le gritó Albert indignado, sobándose la mano - ¡Me mordiste!

Si creía que con eso la perra se calmaría, lo único que logró fue exactamente lo contrario, porque esta vez se levantó de su cama, llevando el zapato en el hocico, para ir a echarse al otro extremo de la terraza.

- ¡Te digo que sueltes mi zapato! – la siguió gritando Albert.

Pelusa dejó caer el zapato y se puso a ladrarle furiosa. Se le erizaron los pelos y sus blancos colmillos demostraban que no estaba dispuesta a dejar que el extraño se saliera con la suya. La perra no era precisamente pequeña y por la marca que le había dejado en la mano izquierda, Albert sabía que no estaba jugando. Decidió buscar algo para distraerla, pero en cuanto se dio vuelta, la perra tomó nuevamente el zapato y salió corriendo hacia el jardín.

- ¡Espera, espera!

Albert quiso correr tras ella, pero se dio cuenta de que aún andaba con las pantuflas. Se las sacó de un golpe y salió dispuesto a darle caza a la delincuente. La perra se había dado vuelta para mirarlo, deteniéndose para que la alcanzara, pero en cuanto Albert estuvo cerca, echó a correr de nuevo. Albert volvió a correr, reclamando y perdiendo cada vez más la paciencia, pero nuevamente la perra corrió, esperó que se acercara y echó a correr. Siguió haciéndolo hasta conseguir que Albert le diera una vuelta completa al jardín.

Albert se detuvo agotado, furioso y adolorido, porque en la carrera había pisado más de una piedra o quién sabe qué cosa; mal que mal, los calcetines que llevaba no eran la mejor protección. Pelusa, en cambio, estaba encantada. El jueguito le parecía entretenido y el extraño que la seguía era lo suficientemente torpe como para ser incapaz de alcanzarla. Se echó a prudente distancia de Albert y comenzó nuevamente a mordisquear el zapato, moviendo la cola feliz y satisfecha.

- ¡Ya vas a ver! - gritó Albert indignado lanzándose sobre la perra, sólo para caer justo en el lugar que el animal ocupaba, pues Pelusa ya había dado un salto y nuevamente corría por el jardín con el zapato en el hocico - ¡Ahhhh! – gritó más furioso que nunca - ¡Ven acá!

Una y otra vez Pelusa logró esquivar a Albert y éste, a su vez, una y otra vez trató de alcanzarla, hasta que de nuevo quedó agotado y se dejó caer en el pasto. Pelusa, feliz, se sentó muy cerca de él, moviendo la cola y dejando el zapato entre sus patas delanteras. Albert estiró lentamente la mano derecha para tratar de alcanzarlo, pero de nuevo, como un rayo, Pelusa intentó morderlo. Esta vez, sin embargo, el rubio fue más rápido y logró esquivarla.

- ¡Ajá! – gritó triunfante - ¿Viste? ¡Dos veces no vas a morderme!

La perra gruñó rabiosa, se echó y comenzó a mordisquear el zapato de nuevo. Albert la miró frustrado. Definitivamente no iba a entregarle el zapato, pero no podía quedarse todo el día descalzo. Se miró los pies y, desde luego, los calcetines estaban hechos un asco tras la carrera por el pasto mojado. Entonces tuvo una idea. Se quitó uno de los calcetines y se lo mostró a Pelusa, tentándola.

- Mira, perrita, mira… ¿lo quieres? ¿Lo quieres?

La perra dejó de lado el zapato se acercó al calcetín, pero en cuanto Albert trató de tomar el zapato, la perra volvió a tomarlo en su hocico, gruñendo furiosa. No estaba dispuesta a dejarlo y Albert de verdad estaba perdiendo el poco de paciencia que le quedaba. Se sacó entonces el otro calcetín y con ambos hizo una suerte de pelota. Se la mostró a la perra y en cuanto tuvo su atención, la lanzó lejos. Eso tenía que resultar. Pelusa salió corriendo tras los calcetines, pero para su indignación, ¡se llevó el zapato en el hocico!

- ¡Ahhh! – gritó Albert furioso y nuevamente se dio a la caza de la perra.

Tomó los calcetines y en cuanto lo hizo, Pelusa soltó el zapato y se acercó a Albert. ¡Ese era el momento! Albert la tentó con los calcetines, simulando ignorar el zapato, y los lanzó tan lejos como pudo. Pelusa salió corriendo como un rayo y de un salto los alcanzó en el aire y volvió en un segundo donde Albert, sin darle tiempo a tomar el zapato. En cuanto estuvo frente a él, le entregó la bola de calcetines y lo quedó mirando, esperando que los lanzara de nuevo y moviendo la cola sin parar. Albert sonrió entendiendo bien qué es lo la perra quería. Lanzó nuevamente los calcetines y en cuanto Pelusa salió corriendo, tomó el zapato.

- ¡Sí! – gritó triunfante. Pero su tono de voz cambió en cuanto sus dedos tocaron el interior el pobre zapato – Nooo – dijo en cuanto notó que estaba lleno de baba maloliente.

El pobre zapato había quedado bueno para nada y la autora del crimen ya estaba junto a Albert, con la bola de calcetines en el hocico, esperando que el juego siguiera.

- ¡Mira lo que hiciste! – le reclamó indignado - ¡Ya no sirve para nada! – la perra lo miraba con cara de no entender qué decía, sólo de querer jugar. Al notar que Albert no reaccionaba y ver que tenía el zapato en las manos, dio un salto y se lo quitó, echándose a correr de nuevo - ¡No, no! ¡Ven acá!

La perra dejó caer el zapato y esperó a Albert. El rubio sonrió.

- Está bien… ¡tú ganas! – y sin más, tomó el zapato y lo lanzó con todas sus fuerzas. La perra corrió como un rayo y en menos de un minuto ya estaba de vuelta junto a Albert, pero en cuanto él quiso quitárselo, la perra se echó a correr.

Así comenzó un juego al que Albert se entregó por completo. Corrieron, saltaron y rodaron por el pasto mojado una y otra vez. La perra, a su vez, lo mordió un par de veces cuando trató de quitarle el zapato o los calcetines o lo que fuera que Albert le lanzara, hasta que aprendió a esquivarla. Definitivamente ese no era un perrito faldero; tenía una fuerza increíble y cuando saltaba y le ponía las patas sobre el pecho, casi lo tiraba de espaldas. Al cabo de un rato, Albert logró que la perra le permitiera palmotearle la cabeza y ella, agradecida, se restregó contra sus piernas, como si fuera un enorme gato negro.

Albert sonrió. ¡Vaya mascota tenía Candy! No se parecía en nada al dulce e inofensivo Klin, ni tampoco a su tierna Puppet. Aahhh… qué tiempo hacía desde todo aquello… Albert miró hacia el fondo del jardín, por donde habían llegado en la mañana. El bosque estaba tan cerca. ¿Por qué no? Claro que descalzo… "Ok, vaquerito, creo que sí tendré que usar tus botas. ¡No te vayas, Pelusa!", le gritó Albert, corriendo de vuelta a la casa. Subió como un rayo a la habitación de Tom, tomó unos calcetines y se puso las botas. No eran muy cómodas, pero sin duda sería mejor que ir descalzo. Bajó raudo la escalera y corrió hasta llegar donde Pelusa.

- ¡Vamos! – le gritó corriendo hacia la puerta del jardín.

Pelusa no necesitaba más invitaciones; ladrando y corriendo como un rayo, se dispuso a enseñarle el camino al nuevo extraño que había en la casa.

CONTINUARÁ...


Hola: Lamento que el capítulo anterior haya quedado con todo el texto en negritas. No era la idea. De hecho, cuando reviso el documento desde mi cuenta, no aparece todo en negritas... en fin, misterios de FFnet. Lo corregí. Espero que este capítulo aparezca con el formato correcto. De verdad es una lata no poder mejorarlo. Pero confío en que podrán leerlo. Gracias por avisarme que el anterior se veía mal. En esta ocasión no pude agregar un separador más bonito, así que tuve que conformarme con una línea horrible. ¿Alguien sabe cómo solucionar eso? Ingreso los típicos tres asteríscos (* * *) o algo similar (onda && - &&) para separar las secciones del capítulo, y FFnet los borra. ¿Alguna idea de cómo evitarlo? Cielos... de verdad odio no poder formatear la historia.

Gracias también por sus comentarios. Ummm... creo que hay cierta "ansiedad" porque la historia no avanza... Bueno, es verdad, pero yo les dije: esta segunda parte tiene otro ritmo, porque fue escrita para ser leída sin apuros de tiempo, como fue el caso de Pupilas I. Espero que con el retorno de Tom en este capítulo sientan que hubo un poquito más de avance :-)

¡Saludos!

PCR