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.•.¸¸•´¯'•.¸¸.ஐ CAPITULO 10 ஐ..•.¸¸•´¯'•.¸¸.

Algún hijo de perra les disparó cuando regresaban. Albert estaba atento. Cabalgaba junto a Candy Rose, y en cuanto divisó un brillo de metal a través de los pinos, delante de ellos, en el punto donde el sendero comenzaba a girar, empujó a la muchacha haciéndola caer del caballo, sacó su seis tiros y disparó, con un segundo de demora.

La bala enemiga le pasó por el costado derecho, y casi no reaccionó a la punzada súbita de dolor. Se inclinó sobre la montura de Candy Rose, con la vista clavada en el bosque que tenían delante. Si la muchacha hubiese estado sobre la montura, la bala que Albert interceptó sin duda la habría matado.

Y cuando lo comprendió, se sintió desbordado.

—Quédate abajo —le ordenó.

No perdió tiempo en ver dónde había aterrizado. Espoleó a MacHugh, haciéndolo correr a galope tendido. Lo único que le importaba era encontrar al canalla y destrozarlo con sus propias manos.

Pudo echar un buen vistazo al rostro del cobarde, pero cuando llegó a la siguiente curva del sendero, el culpable había desaparecido. Albert siguió las huellas y, al ver que terminaban cerca de un promontorio que daba al río, se decepcionó. El sujeto había saltado. "¡Ojalá se ahogue!", pensó.

Volvió sobre sus pasos, y encontró a Candy Rose sentada sobre un peñasco, con el revólver en la mano. Parecía totalmente desentendida de lo que acababa de suceder.

—¿Estás bien? —le preguntó, en tono gruñón, irritado.

—Sí, gracias —la voz de Candy Rose, en cambio, era fresca como un sorbo de agua—. Por favor, ¿podrías buscar a Millie?

Albert asintió, y fue a buscar a la yegua. Cuando volvió, Candy Rose estaba de pie en el centro de la senda. Había dejado el arma, y estaba intentando arreglarse el cabello.

Albert le entregó las riendas y comenzó a desmontar para ayudarla, pero ella fue más rápida. Se acomodó en la montura, le sonrió, y espoleó a Millie.

¡Caramba, tenía una expresión que parecía indicar que una emboscada era cosa de todos los días, para ella!

—¿De verdad, estás bien?

—Sí, aunque mi trasero quedará tan amoratado como el tuyo. Aterricé de golpe. Me arrojaste entre los arbustos, Albert. La próxima vez, te sugiero que me indiques que me agache, simplemente.

Albert la dejó cabalgar delante de él. No quería que viese que estaba revisándose la herida. Sentía la humedad bajo la camisa, y cuando miró, la sangre manaba de ella.

Pese a todo, no le pareció una herida grave. La sangre no era demasiada, y eso le pareció buena señal. Agradeció que la bala hubiese pasado de largo.

Se detuvo a sacar el chaleco de cuero de la bolsa, y se lo puso lo más rápido que pudo. El dolor que se le extendió por el costado cuando movió el brazo, le hizo hacer una mueca, pero en seguida forzó una sonrisa para la joven, que se volvió para mirarlo. Hizo apurar el paso a MacHugh, para alcanzarla y cabalgar a su lado.

—¿Tienes frío? Si es así, puedes usar la manta de Corrie —le sugirió la joven.

—Estoy bien —le respondió—. Y tú, ¿no tienes frío?

—No, mi ropa ya se secó. Está arrugada pero me abriga. ¿Has podido atrapar al que intentó matarnos?

—No —le lanzó una mirada sombría, y no pudo contener un comentario sobre la compostura de la muchacha—. Te comportas como si esta clase de cosas sucediera a menudo. ¿Es así?

—No, claro que no.

—Entonces, ¿por qué estás tan tranquila? Esperó que la alcanzara, y le contestó:

—Porque tú no.

—¿Yo no, qué?

—No estás tranquilo.

Y él creía que tenía una apariencia de perfecta calma. Supuso que estaba equivocado.

—La expresión de tus ojos desmiente tu tono de voz.

—¿Qué hay con la expresión de mis ojos?

—Es fría... colérica... estás furioso por no haber atrapado a ese sujeto, ¿no es cierto?

—Saltó sobre el promontorio. Espero que se haya ahogado.

—Puede ser.

—¿No has tenido nada de miedo?

—Sí, lo tuve.

—En ese caso, te aplaudo. Disimulas mejor que yo tus sentimientos. Creí que dominaba este juego, pero ahora veo que no.

—¿Es importante dominarlo?

—En un tribunal, sí.

Candy sonrió, y le palmeó la rodilla.

—Estoy segura de que te desenvuelves muy bien en un tribunal.

—Tú eres algo especial, Candy Rose. Te juro que lo eres.

No supo si la había elogiado o no. Pero como él sonreía, concluyó que podía interpretar el comentario como un elogio.

—Vivir con Kuki nos ha enseñado a todos nosotros a estar preparados para cualquier sorpresa. Aquí, eso forma parte de nuestra vida.

—A estas alturas, tus hermanos deben de haber regresado.

—Es probable. Llegaremos al rancho más o menos en una hora.

—¿Qué querría?

—¿Quién?

—El cobarde que intentó matarnos.

—Los caballos o el dinero. Tal vez tuviese esperanzas de apoderarse de ambas cosas.

—Diablos.

—Deja de preocuparte. Ya se fue. Hablemos de otra cosa. No puedo olvidar la consideración de Corrie. Tuvo que andar una buena distancia para llevamos la manta. Fue valiente, ¿no crees?

—Quiso darte la manta a ti, no a mí —la corrigió.

—No puedes estar seguro de eso —argumentó Candy Rose.

Albert sonrió. El sabía que Corrie había abrigado a Candy Rose, pero no estaba dispuesto a admitir que la había visto. Quizás el motivo fuese tonto: Corrie le pertenecía a ella. Quiso que fuese ella la primera en ver a la amiga... cuando Corrie estuviese lista para presentarse.

—Todavía pareces enfadado, Albert.

No podía evitarlo.

—Maldita sea, Candy Rose, podrían haberte matado. Me he ganado el derecho a estar enfadado. Si te hubiese pasado algo...

Se volvió y lo miró:

—¿Qué?

Albert suspiró:

—Tus hermanos me matarían.

—¿Te morirías si admitieras que me echarías de menos?

—No, no me moriría. Por supuesto que te echaría de menos.

Se sintió sobremanera complacida. Cambió de tema otra vez.

—He pensado lo que dijiste sobre Charlie, y he decidido conversar con él. No quisiera que se perturbe demasiado por causa de Anny. También tendré una firme conversación con ella: No puede estar dándoles órdenes a mis hermanos. Charlie me escuchará. Anny, tal vez, no. De todos modos, lo intentaré. Pronto será el cumpleaños de Charlie, y se comportará lo mejor posible para recibir un bonito regalo.

—¿Cuándo es su cumpleaños?

—El once de julio —le respondió—. Ya casi he terminado de tejerle una chaqueta. Creo que le encantará. El color hace juego con sus ojos. Claro que a él eso no le importa. Le gustará, porque es abrigada. ¿Cuándo es tu cumpleaños?

—El diecisiete de febrero.

No le preguntó en qué fecha cumplía años ella, suponiendo que no conocía la fecha real, y que los hermanos fijaron una para poder celebrárselo.

Además, ya sabía la fecha del nacimiento de lady Victoria: el dos de enero.

—Dos de enero.

Lo dijo una fracción de segundo después de que Albert la pensó. Le costaba creer que hubiese oído bien. Luego se le ocurrió que, tal vez, la dijo en voz alta sin advertirlo.

—¿Dijiste que...? ¿Qué era lo que acabas de decir?

—Dos de enero —repitió la joven—. Mi cumpleaños. ¿Qué problema hay con el dos de enero? Pareces perplejo. En serio.

No pudo responderle, pues tenía cerrada la garganta. ¿Perplejo? Era una expresión pobre de lo que sentía. Su mente giraba, repasando imposibles. En nombre de Dios, ¿cómo podía saber su fecha real de nacimiento?

—El cumpleaños de Adam es el veinte de noviembre. El de Kuki, el quince de abril, aunque, para serte sincera, en realidad no está seguro de la fecha porque no tiene ninguna prueba, salvo un vecino que lo recuerda y que estaba convencido de que nació en ese día, por eso decidió adoptar esa fecha para celebrarlo. Y el de Tom es el último día de marzo. No me olvido de nadie, ¿verdad?

Albert sacudió la cabeza otra vez.

—¿Dedujiste tu fecha de nacimiento, o tienes pruebas de que naciste el dos de enero?

—Tengo pruebas —respondió—. Vine con papeles.

Albert se echó atrás en la montura. Las palabras rebotaban sin cesar en su cabeza.

Vino con papeles. Todos estaban esperándolos. Anny se paseaba por el porche, Adam estaba parado en la entrada, y Tom y Charlie, sentados en la baranda del porche, apoyados en los postes.

Kuki acababa de salir del cobertizo principal, cuando Tom le gritó y señaló a los recién llegados.

Albert no tardó en notar que la mano del exaltado hermano voló al revólver, y la expresión de su cara indicaba que estaba dispuesto a usarlo.

Dejó escapar un suspiro fatigado. A decir verdad, no tenía tiempo para tonterías: se sentía muy mal. El costado le ardía como fuego. Pero el día no tenía perspectivas de mejorar, porque, al fin, había decidido no esperar más. En un sentido o en otro, el futuro de Candy Rose se decidiría antes de que él fuese a acostarse. Les diría a los hermanos la verdad sobre la muchacha. Primero, por supuesto, obtendría la información que necesitaba, y si era necesario dispararles a algunos de ellos para averiguar lo que quería saber, entonces, por Dios que lo haría.

Ya no daría más rodeos. Si no hacía algo, pronto estaría casado y con seis hijos.

—Albert, no arrugues el entrecejo.

—Lo siento. Estaba pensando en dispararles a tus hermanos.

—Por favor, no lo hagas —susurró Candy Rose—. Por el amor de Dios, sonríe.

—Parecería que quisieran lincharme.

Candy miró otra vez a sus hermanos: Albert tenía razón. Tres de ellos tenían semblantes que reflejaban sus deseos de colgar a Albert del árbol más cercano. Anny parecía dispuesta a conseguir la cuerda. Tenía las manos en las caderas, y los miraba, ceñuda.

—Adam parece contento de vernos. Estoy segura de que será razonable. Date prisa en explicarle, antes de que Kuki...

—Cariño, no hemos hecho nada malo.

—¿Y por qué me siento como si lo hubiésemos hecho?

Albert comprendió que sentía lo mismo, y sonrió.

—Yo me ocuparé de Kuki. Tú, dedícate a los otros.

—¿Tú te ocupas de Kuki, y yo de los otros cuatro? Es justo—bromeó la muchacha.

Se dio la vuelta, y lo observó encaminarse hacia el cobertizo. Millie quiso seguirlos, pero Candy Rose la guió hacia la casa.

—Quítate el revólver —le sugirió a Albert en un susurro alto—.Por lo general, a Kuki no le gusta dispararle a un hombre desarmado.

Albert negó con la cabeza, y siguió su camino. Cuando estuvo a menos de un metro de Kuki, se apeó de MacHugh. El potro siguió camino hacia el establo. Albert lo atendería después de haber enfrentado al hermano.

Kuki se precipitó hacia él y lo enfrentó.

—¡Rastrero, hijo de perra! Si tú...

Antes de terminar la amenaza, decidió darle un puñetazo.

Pero, esta vez, Albert estaba preparado. Atrapó el puño de Kuki en la palma de la mano izquierda y lo sujetó con fuerza. Entonces, empezó a apretar.

—¿Si yo qué? —lo desafió, en tono helado.

La expresión de Kuki pasó de la cólera a la estupefacción, en un abrir y cerrar de ojos.

—Si tú... Maldición, eres rápido. Suéltame. Estás estrujándome el dedo que uso para disparar.

—¿Tratarás de golpearme otra vez?

—No. Ahora pienso en dispararte. Luego, mataré a Candy Rose.

—Primero, yo te mataré a ti. —Diablos.

—No sucedió nada, Kuki. Quedamos atrapados por la lluvia, eso es todo. Entra conmigo al cobertizo. Me han dado un tiro. Quiero saber cuán grave es la herida antes de que Candy Rose lo sepa.

Albert soltó el puño de Kuki, y entraron. Sintió las piernas flojas, pero estaba seguro de que bastaría con comer algo para sentirse mejor.

—¿Qué te ha pasado? ¿Intentaste algo con Candy Rose? ¿Ella te ha disparado?

—Por supuesto que no —estalló.

Se detuvo junto a la lámpara de petróleo, y esperó a que Kuki la encendiera.

—¿Dónde recibiste el balazo?

—En el costado. La bala sólo me rozó. Pasó de largo.

—Déjame echar un vistazo.

Kuki se convirtió en una persona eficiente. Apartó el brazo de Albert y le quitó lentamente la camisa. Después, se inclinó para ver la herida más de cerca.

Disimuló su desmayo al ver la gravedad de la herida.

—Es sólo un rasguño, ¿verdad?

Kuki se enderezó, preguntándose si Albert sabía lo débil que sonaba su propia voz. Estaba a punto de desmayarse, y necesitaba cuidados inmediatos.

—Sólo un rasguño —concedió.

Albery empezó a meterse la camisa otra vez dentro de los pantalones.

—Un cobarde intentó emboscarnos, cerca de la loma. Lo perseguí, pero ya había saltado al río.

—¿Pudiste verle la cara?

Albert asintió. Empezó a caminar hacia la salida.

—Tengo que hablar con Adam antes de limpiarme.

Kuki se acercó a su costado izquierdo, y pasó el brazo de Albert por sus hombros. Lo obligó a apoyarse en él.

Dijo con voz serena:

—El te dará algo para ponerte en esa herida insignificante. Fuiste un caballero, ¿no es así? Estoy seguro de que yo no habría sido así si hubiese estado con una muchacha bonita. Pero, por supuesto, mi hermana es diferente. Si la hubieses tocado, tendría que matarte.

—Si lo hago, no olvidaré comunicártelo —replicó Albert.

A Kuki le pareció extraño que Albert no supiera que estaba sosteniéndolo. Se afligió más aún. No era propio de él ser tan dócil.

—Te llevaré a la barraca. Adam irá a curarte. En realidad, el rasguño es un poco peor de lo que te dije. Si bien no es algo serio, como tú eres un tipo de la ciudad tendremos que atenderlo. Iré a salvar a Candy Rose, por esta vez. Tú ya has tenido lo tuyo con el atacante.

—¿De qué la salvarás?

—De mis hermanos. ¿Por qué crees que estábamos todos tan alterados? Te llevaste a Candy Rose y nos dejaste la bruja. No sé si podré perdonártelo alguna vez. Le disparó a Tom. Dijo que fue un accidente, pero él no la cree, pues recuerda que ya una vez le disparó, "por accidente", al cochero de la diligencia. Nadie la cree. Antes de que mate a uno de nosotros, la echaremos.

Albert logró esbozar una sonrisa débil.

—¿De modo que no estás preocupado por la virtud de tu hermana?

Por supuesto que se había preocupado, pero no pensaba admitirlo. Había visto cómo contemplaba Albert a su hermana. Y ella miraba del mismo modo a Albert.

—No, no me preocupé por vosotros. Iba a decir que si otra vez sales con Candy Rose y nos dejas con Anny, nos turnaremos para matarte. Eso era lo que pensaba decir. En cambio, decidí golpearte. Supuse que un buen puñetazo dejaría en claro más rápido mi punto de vista.

Albert se tambaleó, recuperó el equilibrio y siguió caminando. Creyó que había tropezado con un guijarro y que eso lo hizo tambalearse.

—Ah, diablos, me vas a obligar a cargarte, ¿eh?

Albert no contestó. No podía, pues ya se había desmayado en sus brazos.

Candy lanzó un grito, se recogió las faldas y corrió hacia ellos. Todos la siguieron.

—¡Qué le has hecho! ¡Dios mío!, ¿qué le has hecho?

—No le he hecho nada —contestó Kuki, a gritos. No le creyó:

—¿Qué le ha pasado?

Se inclinó a observar el rostro de Albert. Lo vio tan pálido que estuvo a punto de estallar en llanto.

Tom fue el siguiente en acercarse.

—¿Lo has matado, Kuki? —preguntó.

—No.

Si bien la herida era seria, no era mortal, y a juicio de Kuki eso significaba que Albert aún participaba del juego.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Adam.

La sonrisa de Kuki fue endiablada:

—Se ha desmayado.

15 de enero de 1866

Querida Mamá Rose:

Tus ijos son malos connigo. Adam me hace sentarme sola a la mesa, sólo porke di un puntapié a Charlie. Adam es malo. Dile que no tengo por qué sentarme sola. Hice un dibujo para ti.

Candy Rose

CONTINUARA