"La diosa menor"
Cap. 12: Los trabajos de Hércules.
- Menuda semana en el mundo real… – refunfuñaba descontento el joven Hércules aún dando vueltas sin rumbo por el Centro Comercial del Ágora – No sé... - divagó un instante aproximándose a un busto esculpido de Zeus que había exhibido fuera del local de tallas en roca – Quizás no hubiera debido abandonar... - observó un instante el pétreo rostro cincelado de su padre como si le tuviera delante. Necesitaba su consejo más que nunca – Tú no te rendirías tan fácilmente, ¿verdad?
Inmediatamente, el busto cobró vida frente a los atónitos ojos azules del semidiós y comenzó a hablarle con voz profunda.
- ¡Yo te aseguro que sí! - exclamó la estatua con remarcada contundencia.
- ¡Padre! - exclamó Hércules entre asombrado y... algo asustado de que Zeus decidiera manifestarse en público de aquella inusual manera.
- ¡Deberías haber dejado ése trabajo sin futuro enseguida! - opinó el soberano del Olimpo sin darle importancia a aquella sobrenatural demostración pública. Total, los mortales duraban poco; tampoco es que la memoria de aquel desliz fuera a perdurar mucho más de cien años, el equivalente a nada para un inmortal - ¡Ningún hijo mío asará carne de cordero! - decidió - ¡Es humillante! Ya me encargaré yo de que consigas un trabajo digno de tu linaje.
Hércules, sonriendo estúpidamente, le hizo inmediatamente gestos al poderoso dios olímpico de que bajase la voz. La atención indeseada por parte de los mortales de aquella extraña demostración le estaba haciendo sudar a caldo.
Y más que sudaría con el nuevo trabajo que su divino padre tenía preparado para él.
Oh, sí.
En el Monte Olimpo, morada de los dioses, se había convocado hacía menos de una hora una reunión urgente con motivo de la búsqueda de un trabajo "digno" para Hércules.
Zeus era un soberano, además de caprichoso, tremendamente insistente en lo que concernía a sus asuntos personales, ¡y ay del dios o diosa que se atreviera a llevarle la contraria o a ignorarle!
Si Zeus había concertado una reunión entre los dioses más importantes, ninguno que osase faltar podría tener la garantía de no ser relevado de su puesto para, después, ser juzgado inmediatamente por un Consejo de Guerra Olímpico.
Si a Relámpagos se le metía en la chola que había que reunirse; aunque estuvieras en el excusado, ibas volando a la reunión a la mayor brevedad posible, aunque fuera con el culo al aire. Y punto.
Hades se hallaba en aquellos instantes, sentado a la Mesa del Consejo y con la ígnea cabeza reposando sobre una mano en un gesto de puro aburrimiento, sumamente contrariado.
El entrometido de Hermes había venido a buscarle hacía poco más de treinta minutos volando con ésas asquerosas sandalias con alitas que llevaba siempre puestas para notificarle el tema de la reunión urgente y le había frustrado los planes en un plis plás.
Había estado hablando tan a gusto con la mortal pelirroja hasta que, en un momento en que ella se ausentó unos minutos para atender a un cliente, Hermes se había presentado en la floristería buscando algo con la cabeza, totalmente desorientado, hasta que Hades había vuelto a su aspecto normal de siempre para informarse qué rábanos hacía el mensajero de los dioses allí.
Acto seguido se había encontrado con una carta delante de las narices que le instaba a comparecer a una reunión urgente, cortesía de Relámpagos, cuanto antes, mejor.
Bufando de puro fastidio, Hades se había vuelto a disfrazar para presentarle sus excusas a la chica y salir pitando de allí a ver de qué diablos iba todo aquello.
Todavía se preguntaba cómo rayos le habría localizado Hermes... aunque lo más probable es que este hubiera ido a buscarle al Inframundo y, al no encontrarle, les hubiera preguntado a aquel par de sabandijas miserables que eran sus esbirros, Pena y Pánico, si sabían dónde estaba su jefe.
Cuando les pillara... les iba a cortar en finas lonchas para dárselas de comer a Cerbero.
- Bueno, vamos allá. – comenzó Hermes a hablar como si le hubieran dado cuerda – Se abre la Sesión de Emergencia del Consejo de los Dioses, tal y como mandan las leyes.
Las leyes del Señor Todopoderoso, claro. - pensó el soberano del Inframundo con sumo desdén - No las leyes de los demás, porque ¿a quién le importa la opinión mayoritaria de un grupo de dioses primigenios? A Relámpagos no, desde luego.
- Bueno, antes de abordar el asunto que nos ocupa, dejadme que os lea el acta de la última reunión. – seguía hablando el dios menor, ciego o tal vez indiferente a las caras de aburrimiento de la inmensa mayoría de los inmortales allí presentes – Poseidón sugirió que Zeus lanzara un terremoto sobre Macedonia.
El aludido Señor de los Mares, y hermano mediano entre Hades y Zeus, jugueteaba en aquellos instantes con una suerte de cilindro de cristal que tenía dentro la isla de Macedonia representada en miniatura rodeada de agua; y contemplaba con ojos malignos, soñador, la posibilidad de que, a consecuencia del citado terremoto, aquella pequeña porción de tierra corriera la misma suerte que la Atlántida y así él pudiera ampliar su territorio marino.
- El chalado de Poseidón. – sonrió Hermes en voz baja dirigiéndose al oído de Zeus – Ése tío es demasiado. - opinó para, acto seguido, continuar enunciando los pormenores del acta en voz alta – Y Zeus prometió formar un comité para la causa de Espart...
- Bueno Hermes, ya está bien. – le interrumpió Zeus bruscamente – Vamos a ir directamente al grano. ¡He convocado esta reunión por una razón muy importante! - anunció con grandilocuencia – Hércules necesita un trabajo.
Hades enarcó una ceja desde su posición. ¿Y para esto le interrumpían y le hacían volar desde tan lejos? Por Cronos... qué ganas tenía de cargarse al crío, de verdad. No era más que una fuente de problemas... igual que el malnacido de su padre.
- Cariño. – dijo la hermosa voz de Hera al tiempo que depositaba su rosada y fina mano sobre la de su esposo Zeus – Quizás Hércules debería volver al trabajo que le asignaron en el Ágora.
- ¡Tonterías! - exclamó el soberano del Olimpo adoptando una postura de importanciosidad - ¡Mi hijo se merece algo mejor!
Y Hades, en aquel instante, súbitamente animado, cazó la oportunidad al vuelo. No podría matar al muchacho, pero sí obtener una pequeña... satisfacción por todo lo que había tenido que padecer desde que se enterara de que seguía vivo.
- ¡No busques más! - exclamó, como era su costumbre, hablando a toda velocidad - ¡Envíame a mí a ése pequeño semidiós! Siempre ando buscando fiambres laborales... y ahora también.
Hera y Zeus intercambiaron una mirada significativa.
- ¡Hércules en el Inframundo! - exclamó Zeus desechando la idea prontamente con una carcajada – ¡Preferiría verle de nuevo en el restaurante de comida rápida!
Tragándose la mucha indignación que aquel comentario le produjo, el Señor de los Muertos contuvo su extremadamente volátil temperamento y pensó con la cabeza. Después de todo, si se mantenía sereno, podría engatusar o incluso engañar a Relámpagos con su mucha labia.
- Vamos, vamos, vamos, hermanito… – dijo en tono amistoso caminando hacia Zeus y rodeando sus anchos hombros con un brazo pálido – Al chiquillo le conviene saber lo que es el trabajo duro. - remarcó - ¿No quieres que se convierta en héroe?, ¿mmm? Tendrá que familiarizarse con la muerte y con el trabajo duro si su joven mente quiere resistir una vida llena de... heroicidades.
Los demás dioses presentes asintieron coincidiendo plenamente con aquel punto de vista. Incluso Hera pareció pensárselo un momento.
No por nada a Hades le precedía su reputación como gran negociador; pues el que sabe negociar, obviamente, sabe convencer.
Pero el Gran Z aún dudaba.
- No sé... - dijo no muy convencido al tiempo que se llevaba una de sus enormes manos al mentón y se lo pellizcaba pensativamente – Entiéndeme Hades... es el Inframundo.
- Un reino vasto, grande y con muchas labores que solo alguien con las cualidades de tu hijo podría llevar a cabo. – siguió Hades con voz suave como la seda – Los horrores que el chico no vea allí, no los verá en ningún otro sitio. Se ganará el título de héroe a pulso, créeme.
Porque para vivir en el Inframundo, desde luego, hacía falta mucho aplomo. De no ser porque Hades siempre había gozado de un excelente sentido del humor (que se volvía más negro y sombrío a cada año que pasaba) hubiera sucumbido a la locura hacía mucho, mucho tiempo. Para regir el Reino de los Muertos había que tener mucho estómago y mucha sangre fría.
Además, jugar con los sentimientos de Relámpagos en lo concerniente a recuperar la divinidad de su vástago era apuntarse muchos tantos a su favor ya que Hera, la madre del chico, también querría verle de nuevo en casa lo antes posible. Y aquello podría suponer una poderosa influencia en las decisiones del Señor Todopoderoso.
Y no erró en sus cálculos.
- Querido. – comenzó Hera de nuevo – Tal vez tu hermano tenga razón y el hacer entender a Hércules que el trabajo es algo serio y que requiere de esfuerzo y constancia sea una idea, si bien algo expeditiva, necesaria para su madurez.
Zeus seguía cruzado de brazos, dividido entre la obviedad y lo que él quería realmente para su hijo.
Eones atrás le había dado el mando del Inframundo a su hermano por dos motivos.
Uno, porque Hades era bastante más listo que la media de dioses que poblaban el Olimpo y quizás podría... suponer un problema el tenerle demasiado cerca. No es que la oscura deidad fuera un ser violento por definición, pero cuando eran más pequeños Hades, al ser el mayor, era más lábil y tenía la odiosa tendencia a darle siempre la vuelta a la tortilla en cualquier disputa entre ellos con sus hábilmente hilados argumentos para quedar siempre como el más inteligente.
Y eso a Zeus le ponía de los nervios. Al lado de su hermano mayor se sentía a veces como un crío lelo y eso no le gustaba nada de nada.
El segundo motivo había sido que sabía muy bien que, de haberse hecho cargo él o Poseidón del Reino de los Muertos, ambos estarían a estas alturas con una depresión galopante, y quizás solteros y sin hijos como Hades, amargados de la inmortal existencia.
Hades había sido siempre más resistente y podía con aquello. Además, ¿acaso no era el mayor? Tenía que velar por la felicidad de sus hermanos pequeños y cargar con las tareas más pesadas. O, si no, que no hubiera nacido antes, hombre.
Oh, por Cronos... no quería que su hijo viera la dura cara de la realidad, no quería quitarle ésa candidez inocente enviándole al submundo... pero no podía hallar argumentos sólidos que rebatieran el punto de vista del dios infernal.
Su hermano mayor, mal que le pesase, tenía la maldita razón.
- Bien, bien, sobrinito… – decía Hades en aquellos instantes guardándose una enorme sonrisa de satisfacción al tiempo que fingía una actitud simpática hacia un muy anonadado semidiós – Mi hermano quiere hacer de ti un hombre de provecho y yo, muy gustosamente, te voy a dar la clave para lograrlo.
Hércules, cuyo ánimo en aquellos instantes oscilaba entre la confusión, la depresión y las ganas de salir de aquel lúgubre lugar por patas lo antes posible, observaba a su tío desconfiadamente.
No se fiaba de él ni un pelo.
Todavía no lograba entender aquel "arreglo" que su padre Zeus había concertado para otorgarle un trabajo más... digno que el del restaurante de comida rápida. No entendía qué hacía allí, en el Inframundo, ni por qué su elusivo tío Hades parecía de repente tan amable.
Allí había algo que no cuadraba.
- Para empezar… – prosiguió el Señor de los Muertos tranquilamente – Vas a... - lo meditó un instante – Sustituir a Caronte en su barca durante unas horitas. - decidió finalmente señalando con el dedo un punto detrás del joven.
- ¿A Caronte? - preguntó el muchacho girándose para encuadrar en su campo de visión al huesudo remero de la Laguna Estigia.
Y el barquero, por su parte, se restregó las cuencas de la calavera varias veces por si estaba soñando.
Su jefe... ¿le estaba dando vacaciones?
- E... ¿en serio? - preguntaron el aprendiz de héroe y el remero al unísono, totalmente alucinados.
- Muy, muy, pero que muy en serio, muchachos. – asintió Hades mostrando su dentadura picuda en una sonrisa de media luna – Así que hale, ¡a remar se ha dicho!
Caronte, confuso, le entregó el remo de la barca al semidiós y le observó alejarse remando entre las ánimas de los muertos, que pugnaban por subirse a la barca asiéndose de los bordes de la misma.
- ¡¿Qué se supone que tengo que hacer... con ellos?! - exclamó Hércules tratando de apartar a los muertos de la barca con el largo remo lo más cuidadosamente posible.
- ¡Si se te suben, golpéalos! - gritó Hades haciendo bocina con las manos, tratando de contener la carcajada - ¡Si te suplican no les hagas caso! ¡Los muertos han de permanecer aquí, no lo olvides!
- ¡D-De acuerdo! - exclamó el chico alejándose y batallando con las almas en pena.
Caronte observó la surrealista escena, aún sin creérselo, a la derecha de Hades mientras el dios se frotaba las manos de puro gusto sonriendo.
- ¿Cuánto tiempo exactamente va a estar así? - inquirió lanzándole una mirada de duda a su jefe.
La cínica sonrisa de Hades se amplió considerablemente.
- Hasta que me canse. – replicó tranquilamente – Con un poco de suerte morirá de agotamiento y todo y ¡PUM!, se acabó Tocinito de Cielo. - añadió riendo siniestramente.
- ¿Y entonces ahora qué hago yo?
Hades se giró hacia el relegado barquero repentinamente furibundo.
- ¡¿Y a mí qué me explicas?! - ladró - ¡Te acabo de dar vacaciones, idiota! ¡Vete a la playa a tomar el sol, que buena falta te hace, o vete a un buffet libre a comer lo que te dé la gana! ¡Échate una siesta, tómate un café, fúmate un puro o lee el periódico! - exclamó molesto haciendo gestos con las manos de que le dejara en paz - ¡Lo que sea, pero lárgate!
Caronte lo sopesó un momento y, asintiendo, marchó tranquilamente arrastrando los huesudos pies por el árido suelo gris del Inframundo.
- Iré a visitar a mamá. – decidió – Hace siglos que no la veo... seguro que se muere por verme.
- ¿Y... ahora qué... hago...? - preguntó jadeando un muy cansado aprendiz de héroe tras varias horas que excedían con creces la jornada laboral de un trabajador normal remando por el Río de los Muertos.
- Ahora vas a... sacar al perro. – se le ocurrió a Hades de pronto, complacido en sumo grado de ver a su sobrino tan agotado – A mi perro, para ser exactos.
Hércules sonrió, cansado.
- Oh... ¡qué bien! - suspiró con evidente alivio – Creía que lo que tocaba ahora sería limpiar la Laguna Estigia o algo así.
- Eso mañana. – dijo Hades apuntándose mentalmente encargarle aquella ingrata tarea al chico a primera hora de la mañana – Te va a encantar, sobrino... mi perro es una criatura... como no habrás visto en toda tu vida.
Y efectivamente, al llevar al semidiós ante la presencia del can Cerbero, el joven se quedó helado.
- P-Pero... - balbuceó como un idiota, completamente horrorizado de la envergadura de coloso del susodicho animal, que era más grande que un elefante - ¡Esto no es un perro corriente!
- ¿Y quién ha dicho que lo fuera? - preguntó Hades no pudiendo evitar cierto tinte de socarronería en su voz – Muchacho, te presento a Cerbero. – dijo haciendo un gesto con su larguísima mano abarcando al portentoso monstruo de tres cabezas – Espero que, en las dos horas siguientes, os lleguéis a conocer muy, muy bien...
Y Hércules tragó cantidades ingentes de saliva en cuanto la criatura policéfala le acercó sus tres hocicos para, tras olisquearle brevemente, comenzar a perseguir al chico con serias intenciones de morderle.
Y Hades, a todo aquello, disfrutó como un niño fumándose tranquilamente un puro mientras observaba desde su trono a Cerbero perseguir a Hércules por todo el Inframundo.
- Buen perro. – musitó complacido.
Tres días. Perséfone llevaba tres días sin ver a su primo Hércules desde que este decidiera abandonar el trabajo que se le había adjudicado en el Ágora para cambiarlo por otro, por lo que había oído, más relacionado con su campo predilecto de ser un héroe en el futuro.
¿Estaría haciendo las prácticas laborales con Phil? Tras la semana de trabajo no remunerado los estudiantes necesitaban un papel firmado por sus empleadores para presentar las prácticas laborales como válidas, y la diosa menor no tenía muy claro si la firma del entrenador de Hércules bastaría para el Consejo Escolar.
Su madre, Démeter, sabía algo acerca de aquel asunto, pero por más que Perséfone le había preguntado, la oronda deidad verdosa de la cosecha no había soltado prenda al respecto. Aquel arreglo era cosa de Zeus, y Démeter no estaba autorizada a contárselo a nadie, ni siquiera a su propia hija. Punto.
Tenía el consuelo de que Aidas seguía viniendo de tanto en tanto a verla al trabajo para animarle el día, cada vez con una ristra nueva de chistes negros para contarle a la chica.
Por un lado estaba muy contenta con su trabajo en la floristería, saliendo de vez en cuando a hacer algún descanso y hablar con Cassandra, espiar a Ícaro en su trabajo en la lencería o yéndose a dar una vuelta por el centro comercial con Aidas.
Pero por otro... estaba algo inquieta.
Quizás fuera solo que las prácticas de Hércules eran tan absorbentes que no tuviera tiempo ni de pasarse por el Ágora para saludarla a ella o a sus dos amigos Ícaro y Cassandra... pero todo aquello le parecía muy raro y no le cuadraba para nada en la manera de ser de su primo.
Definitivamente, iría aquella tarde hasta la isla de Phil para saber de su pariente y verle ni que fueran diez minutos.
Seguro que tío Zeus le prestaría incluso la nube voladora para ir más rápido hasta allí.
Así pues, al salir de su cuarta jornada de trabajo de aquella semana, la pequeña diosa de la primavera fue derecha a la isla de Phil... para que el semihombre le contestara que Hércules solía irse muy temprano y volver muy tarde de las prácticas laborales y que aún no había llegado.
- Yo no sé qué hará, pero el chico se pasa casi todo el día fuera. – le explicó Phil al tiempo que la invitaba a sentarse y tomarse un chocolate caliente mientras esperaban a Hércules – Vuelve casi siempre de noche, muy cansado, sin ganas de hablar y duerme las seis horas que está aquí del tirón para levantarse por la mañana, desayunar comida como para un regimiento militar y salir volando con el caballo. – dijo refiriéndose, obviamente, a Pegaso – Me tiene muy preocupado. No tiene tiempo ni de entrenar con ése trabajo.
Perséfone había meditado todos y cada uno de aquellos datos muy cuidadosamente dentro de su cabeza. Aquello no tenía sentido.
- ¿Y no te parece raro todo esto? Quiero decir... ningún negocio tiene un horario laboral tan amplio y, por convenio, a los menores de dieciocho años no les está permitido trabajar más de siete horas seguidas, ni aunque sean extras. – había razonado la joven deidad – Lo veo desmedido. Eso es explotación. ¿No sabes ni siquiera quién es su empleador?
El sátiro había meneado la cabeza de lado a lado vigorosamente.
- Ni idea.
Y se había hecho el silencio hasta la llegada del joven aprendiz de héroe, casi a las once de la noche.
Perséfone se había horrorizado al verle: demasiado pálido para el usual bronceado saludable que su primo solía lucir siempre, con ojeras, los labios descoloridos y los párpados hinchados de sueño. El pobre, según llegó, lo primero que hizo fue comer algo para, casi inmediatamente, caer dormido sobre el plato vacío de la cena.
La diosa y el semihombre se lo tuvieron que llevar en brazos entre los dos hasta la cama para arroparle y acomodarle la cabeza sobre la almohada, se veía exhausto.
Tras ver aquello, decidida a enterarse de qué estaba pasando, aquel día fingió estar enferma pasando un justificante falso a la floristería para que le pospusieran el último día de prácticas al sábado, y siguió a su primo disimuladamente en su vuelo de madrugada, él a lomos de Pegaso, ella sobre la nube de Zeus, hasta que dio, confundida y asustada, con lo que buscaba: las mismísimas puertas del Inframundo.
Le costó muchas horas colarse de extranjis en el Reino de los Muertos sin ser vista hasta que, finalmente, logró localizar a su primo fregando a conciencia el suelo yermo de aquel reino oscuro.
Pero no tuvo tampoco demasiado tiempo para ir a su lado y preguntarle qué diablos hacía allí limpiando ya que, salido de la oscuridad, el húmedo hocico negro de la cabeza central del can Cerbero se pegó a las espaldas de la pequeña deidad, quien había acudido allí oculta tras una capa oscura con capucha, para, tras olisquearla brevemente, comenzar a gruñir.
Perséfone, desde su posición, se giró despacio hasta quedar frente a frente con aquel mastodonte canino de tres cabezas, que en aquellos instantes tenía los belfos de las tres bocas retraídos y enseñaba sus afilados dientes con promesas de usarlos contra ella si se movía.
La diosa de la primavera se humedeció los labios con la lengua distraídamente mientras pensaba a toda velocidad en un plan alternativo a aquel peligroso inconveniente.
- Bonito... - musitó con la voz más cariñosa y dulce que el miedo le permitió esbozar – Perrito bonito... perrito guapo...
El animal entonces dejó de gruñir e, inesperadamente, varió su expresión agresiva a una juguetona al tiempo que meneaba la cola, contento, y las tres cabezas sacaban las lenguas para, inmediatamente, comenzar a lamer de arriba abajo a la joven deidad con cariño.
La chica, alucinada de que un monstruo como aquel pudiera ser tan tierno como un cachorrillo, se atrevió a acariciarle una de las cabezas y a rascarle la mandíbula a otra.
La gigantesca criatura, contenta, se marchó corriendo para, antes de que la muchacha pudiera reaccionar para irse, traerle un palo que depositó inmediatamente a sus pies.
Perséfone recogió el palo chupado enarcando una ceja, sonriendo ligeramente.
- ¿Quieres jugar? - preguntó ya más tranquila. Era evidente que nadie jugaba con aquel animal y el pobre era la mar de cariñoso. Todo lo que tenía de grande lo tenía de tontorrón - ¡Busca! - exclamó contenta al tiempo que tiraba el palo bien lejos para que el perro se entretuviera un rato hasta encontrarlo.
El gigantesco can salió corriendo (haciendo retumbar el suelo durante el proceso) en pos de la vara y Perséfone inmediatamente tuvo que esconderse en cuanto oyó pasos seguidos de una retahíla de gritos que, a su vez, fueron seguidos de sendos chorros de llamas.
- ¡IDIOTAS! - oyó que voceaba alguien, una voz masculina - ¡¿Os pensabais acaso que no me daría cuenta, eh?! ¡¿Creéis que os podéis llevar el mando de la televisión, tan campantes, para verla a mis espaldas SIN MI PERMISO?! ¡HARTO, ME TENÉIS HARTO!
A aquel griterío le siguieron más llamas y chillidos de dolor.
- ¡A trabajar, inútiles! ¡Vigilad que ése mocoso deje el suelo como los chorros del oro antes de que acabe el día!
- ¡Sí, su Grandísima Lugubriedad! - exclamaron dos vocecillas agudas que la diosa menor reconoció inmediatamente.
Ah, sí. Ése par de diablillos lelos: Pena y Pánico. - pensó Perséfone enarcando una ceja verde – Llegan a ser subordinados míos y a hacerme estas guarradas que le hacen a su jefe, y les pongo rapidito de patitas en la calle. Y sin finiquito de despido.
Sin embargo, con lo que no contó es que ambos diablillos, mientras se frotaban significativamente sus traseros chamuscados con una mano, fueron en dirección hacia donde estaba la joven deidad para ir a ver qué hacía Hércules y, al encontrarse a Perséfone, la agarraron inmediatamente de los brazos y la inmovilizaron.
- ¡Una intrusa! - exclamó el regordete Pena.
- ¡En el Inframundo! - chilló a su vez su verdoso compinche narigudo.
Y ambos sonaban muy felices de haberla capturado. Seguramente la usarían para congraciarse con su Amo tras aquel incidente con el mando a distancia de la tele quedando como unos héroes por haber pillado a una más que posible ladrona.
- ¡Estaos quietos, que soy...! - fue a advertirles la chica cuando se encontró con que acababan de darle a oler un pañuelo con cloroformo y, antes de poder reaccionar para zafarse o intentar defenderse, Perséfone cayó inconsciente.
Pero, al ir a izarla entre los dos para llevarla ante Hades, a la joven se le retiró la capucha que llevaba sobre el rostro revelando su divinidad a aquel par de metepatas que, al percatarse de a quién habían dejado K.O., comenzaron a sudar a caldo.
- ¡Pero si es...! - comenzó Pánico, notando sus nervios empezar a descontrolarse por momentos.
- ¡... La chica ésa del Olimpo! - terminó Pena por él.
Ambos se miraron asustados sin saber qué hacer. Acababan de liarla pero bien gorda.
- ¡Estupendo! - exclamó Pánico histérico - ¡Acabamos de agredir a una inmortal! ¡¿Te das cuenta de lo que eso significa?!
- Dioses haciendo preguntas...
- Investigaciones...
- ¡Hades furioso!
Ambos tragaron saliva en abundancia.
- ¡Nos matará en cuanto se entere de lo ocurrido! - exclamó Pánico llevándose las manos a la cabeza como queriendo llorar.
Pero su rosado compinche se lo pensó mejor.
- Te refieres a... si se entera. - apuntó maliciosamente con una sonrisa de oreja a oreja.
El flaco diablillo verde cazó aquel pensamiento al vuelo.
- Sí... - asintió con idéntica malicia – Sí, eso es.
Nota de la autora: uyuyuyuyuyuy... qué peligro tienen Pena y Pánico, ¿qué le harán a Perséfone para intentar esconder la burrada que han hecho? :D
Jajajaja, bueno, por suerte he tenido un día más de fin de semana y, como me ha venido la inspiración, he escrito este ^^
AkumuHoshi: me encantan tus reviews, son de completitos... ^^ Todavía queda mucho para que a Démeter le entren ganas de ahogar a Hades por descubrir que va detrás de su "niña". Y Habrá algo de lío con el tema de las dobles identidades, ya verás jijijijiji
Hale, a ver cuándo puedo escribir el siguiente, tengo muchas cosas planeadas y algunos trozos sueltos de escenas ya escritos ^^ ¡Nos leemos!
