Compras
Llegó un momento en que las acciones rebeldes del titán Prometeo colmaron la (escasa) paciencia de Zeus y el rey de los dioses condenó a su antiguo aliado a permanecer encadenado en la cima del Cáucaso, donde cada amanecer un buitre lo atormentaba devorando su hígado.
Los gritos del titán se escuchaban cada mañana en toda la ciudad donde él y su hermano Epimeteo se establecieron cuando tomaron la decisión de vivir entre los mortales a pesar de ser de origen divino.
Pero esa tarde lo que sobresaltó a los vecinos no fue la voz potente de Prometeo, sino la voz estridente de Epimeteo, que maldecía a gritos a su mujer, Pandora, mientras la llevaba hasta la plaza arrastrándola por el cabello y deteniéndose solo para golpearla y patearla de cuando en cuando.
Pandora, reconocida por todos como una de las mujeres más bellas de Grecia (y una de las más problemáticas también) guardaba silencio a pesar del maltrato y se esforzaba por escudar con su cuerpo a su hija Pirra, una niña pequeña todavía, cada vez que caía sobre ellas la lluvia de golpes.
-¡Es la última vez que me contradices, maldita! –aullaba Epimeteo cuando llegaron al ágora, en el centro de la cual soltó por fin el cabello de su esposa para mirar con ojos enloquecidos a los ciudadanos y extranjeros que interrumpieron sus negocios para mirarlo asombrados-. ¡Esta desdichada es la culpable de que mi hermano esté prisionero del que acumula las nubes! ¡La entregaré a quien me dé una moneda de cobre, y con ella entrego también a su cachorra! ¡¿Quién de ustedes quiere a la mujer que recibió dones de todos los dioses y a la única hija que fue capaz de darme?! ¡Las entregaré a quien sea que quiera pagar lo que le venga en gana por ellas!
Era una acción legal, aunque resultaba inusual que un hombre tan adinerado como Epimeteo, dueño de tierras y rebaños, vendiera a su mujer e hija, eso solía ser más bien el último recurso de un hombre desesperado.
El silencio a su alrededor fue general. Todos ahí conocían la historia de Pandora, que había llegado de lejos con vestidos, joyas y regalos dignos de una reina, dispuesta a casarse con Prometeo, que era mayor que Epimeteo. Se decía que era hija de un rey, otros decían que la había enviado el propio Zeus… pero Prometeo rechazó tomarla por esposa y le cerró en la cara la puerta de su casa, dejándola ofendida y humillada en la calle, con sus preciosos vestidos y sus lujosos regalos.
Epimteo, sin embargo, no perdió tiempo y le habló con palabras dulces para que no regresara al lugar de donde fuese que había llegado. Al día siguiente se casó con ella.
Era de sobra conocido en la ciudad que el matrimonio era infeliz, pero culpar de las desgracias de Prometeo a aquella pobre mujer cuyo defecto más notorio era el no haber tenido hijos varones…
-¿Darás a la mujer con los regalos y las joyas que tenía cuando se casó contigo? –preguntó una voz cínica entre la concurrencia.
-¡No! ¡Eso me lo quedo por compensación por todos los daños que me ha causado!
Pandora se puso de pie con su hija en brazos y miró a la gente a su alrededor, altiva y seria a pesar de los golpes recibidos, que ya destacaban contra la piel blanca.
Nadie ofreció dinero por ella y los espectadores fueron retirándose poco a poco, hasta que solo quedaron dos hombres cerca de Epimeteo.
Ambos eran extranjeros, viajeros que simplemente estaban de paso. Posiblemente eran parientes entre sí, porque se parecían mucho, aunque uno tenía el cabello negro azabache y el otro lo tenía rojo como el fuego.
Los dos habían permanecido en silencio durante toda la escena, y el de cabello negro había dado unos cuantos pasos para alejarse de ahí cuando advirtió que su compañero, que parecía ser unos años más joven que él, se acercaba al titán.
-Yo las compraré.
Epimeteo recibió la bolsa que le ofrecía el pelirrojo (una bolsa no muy grande ni muy llena, en la que el sonido de las monedas delataba la presencia de más plata que oro) y se la guardó sin siquiera mirar la cantidad.
-Tuyas son.
-Espera, sobrino –el de cabello negro se acercó también-. Si compras a la mujer, tu padre se irritará. Lo conoces lo suficiente como para saber que lo considerará un reproche.
El pelirrojo lo miró con desconcierto.
-Pero, tío, es que yo… Yo estaba presente cuando fue creada…
-¿Te sientes responsable por haber contribuido con un don? –el de cabello negro enarcó las cejas.
-Nunca se me permite crear –respondió el pelirrojo, apartando la mirada-. Y cuando se me permite… mira lo que mi padre deja que se haga con el resultado. Un espíritu combativo fue lo que le otorgué, así que lo que le ha ocurrido hoy, muy probablemente es mi culpa. Debí seguir tu ejemplo cuando te negaste a participar en el plan de mi padre, pero deseaba tanto contribuir a crear que caí en la tentación y ahora lamento haberlo hecho.
Epimeteo palideció al escuchar eso. Ofuscado por su cólera, no había mirado con atención a los extranjeros, pero ahora acababa de reconocerlos. Por una vez en su vida fue prudente y guardó silencio.
El hombre de cabello negro le dio una palmadita en el hombro al pelirrojo y sacó una bolsa mucho mejor provista, la cual arrojó a los pies de Epimeteo.
-Mi sobrino ha pagado por la niña, yo compro a la mujer.
-Te pagaré eso… -empezó el pelirrojo.
-Inténtalo y me ofenderás, sobrino. Sé muy bien lo escaso que estás siempre de dinero. Tú no recibes ofrenda en la misma medida que tus hermanos.
Epimeteo recibió el dinero sin decir palabra y se alejó a grandes zancadas y sin mirar atrás.
-¿Qué harás con la niña, sobrino?
-No tengo ni idea –admitió el pelirrojo, que tomó a la pequeña en brazos para aligerar la carga de Pandora-. Tal vez se la dé a mi dulce señora para la eduque y la convierta en una de sus sacerdotisas, quizá se la obsequie a una de mis hijas para que sea su compañera de juegos, o quizá haga de ella una guerrera… ya veremos. ¿Y tú, qué piensas hacer, tío?
-Tampoco tengo ni la menor idea. Una esclava no me es de ninguna utilidad.
Los extranjeros salieron de la ciudad, seguidos por Pandora. Caminaron un rato en silencio, cuando escucharon gritos llamándolos.
Un hombre joven los alcanzó corriendo y se postró a sus pies, ofreciéndoles una bolsa con dinero.
-¡Señores! ¡Buenos señores! –exclamó-. ¡Permítanme comprar a la niña!
-¿A la niña? –dijo el pelirrojo sorprendido. La pequeña se había dormido en sus brazos y parecía cómoda con él.
-Su nombre es Pirra y es mi prometida. Yo soy Deucalión, hijo de Prometeo –explicó el muchacho, que no podía tener más de trece años-. Estaba en el campo, atendiendo la siembra, cuando llegaron a decirme que mi tío acababa de venderla a ella y a Pandora.
-¿Y piensas comprar a la que fue tu prometida para que sea sirvienta en la casa de la que debió ser señora? –el pelirrojo frunció el ceño-. Eso es un insulto y creo que la prefiero combatiendo con mis hijos que humillada entre su familia.
-¡No, buen señor! –el muchacho hizo un gesto de desesperación-. Mi tío estaba en su derecho, pero me ha deshonrado al vender a Pirra. La llevaré con mi madre y ella la cuidará como a una hija hasta que tenga edad para ser mi esposa. Será la dueña de mi casa, como prometieron mi padre y mi tío estando yo como testigo, el mismo día en que ella nació.
-Tomo eso que acabas de decir como un juramento ante al altar del Destructor de Ciudades –respondió el pelirrojo-. Toma a la niña y llévala con tu madre, pero si Pirra llega a tener la menor queja de ti, tienes mi palabra de que verás todo lo que amas convertirse en ceniza ante tus ojos.
Deucalión recibió en brazos a la niña y entregó el dinero con una sonrisa agradecida.
-¿Comprarás también a la madre de tu prometida? –preguntó el de cabello negro.
La sonrisa de Deucalión desapareció.
-No puedo pagar la misma cantidad que entregaste a mi tío, señor, aunque en ausencia de mi padre soy el hombre de la casa, no puedo disponer de una cantidad tan grande.
-¿Y si tuvieras con qué pagarme?
Pandora enarcó las cejas. Mientras el hombre de cabello negro hacía esa pregunta, las piedras del camino que estaban detrás de Deucalión cambiaron de color y tomaron el aspecto de grandes pepitas de oro.
-Aunque tuviera el dinero, no la compararía –respondió Deucalión, antes de mirar con pena a Pandora-. Lo siento mucho, pero si te comprara, jamás habría paz entre mi familia y la de mi tío. Él tomaría eso como un reproche.
-Lo comprendo –respondió Pandora.
Las piedras detrás de Deucalión volvieron a ser piedras corrientes.
El pelirrojo sacó dos monedas de la bolsa que le había dado el joven y se la devolvió.
-No soy un… un hombre rico. Acepta eso como mi aporte para la dote de Pirra.
Pandora caminó en silencio detrás de los dos extranjeros un rato más luego de la partida de Deucalión y Pirra.
-¿Dos monedas, sobrino? –dijo el de cabello negro de repente, con voz divertida-. Has hecho un muy mal negocio el día de hoy. Con razón siempre bordeas la pobreza más absoluta.
-Sin duda alguna, y seguiré empeorando –el pelirrojo le entregó las dos monedas-. Toma, pago por adelantado el pasaje de Pirra en la barca de Caronte. Por si acaso, ya que la suerte de los mortales es tan incierta.
El hombre de cabello negro recibió las monedas. Acababan de llegar a una encrucijada, donde tío y sobrino se despidieron para tomar caminos diferentes.
-Puedes ir a donde quieras –dijo el de cabello negro a Pandora-. Como dije, no me sirve de nada una esclava.
-Divino Señor, no tengo a donde ir.
-El sitio a donde me dirijo no te resultará agradable.
-No importa –la mujer hizo una reverencia-. Jamás he bajado la cabeza ante nadie, pero a partir de hoy seré tu servidora más leal, divino.
-Ni siquiera sabes quién soy.
-Lo sé de sobra. Recuerdo a todos los dioses del Olimpo y el regalo que recibí de cada uno. Eres el que no estuvo presente ni me otorgó nada. Hades, Soberano del Inframundo.
-Ah, veo que sí recibiste el don de la inteligencia.
-Hoy, al comprarme, me has hecho libre, Señor, y libremente seré tu sierva.
-Si así lo quieres…
Hades se encogió de hombros y continuó su camino. Pandora lo siguió caminando tres pasos atrás de él.
fin
