¡Hola! Bueno, aquí está el decimosegundo capítulo de esta historia, la cual, agradezco profundamente sigan leyendo y espero de todo corazón comenten.
Y bueno, de nuevo en el presente, he aquí una conversación entre Roy y Riza.
¿Logrará él hacerla volver a su lado? ¿Podrá ella seguirse negando?
Espero sus valiosos comentarios y que disfruten el capítulo


12. Razones.

Respiró calmamente, sin dejar de observarlo fijamente a los ojos.

Las obsidianas de él le sostuvieron la mirada, desafiantes.

Aquello que habían empezado era una ensalzada lucha de voluntades. Una en la que, por primera vez en mucho tiempo, él estaba ganando.

Permanecían en silencio, pero sin apartar la vista el uno del otro. Aún sin pronunciar una sola sílaba, la intensidad de sus ojos era equivalente a más de mil palabras.

Roy no pudo evitar sentir un poco de nostalgia.

Cinco años y trece días sin aquellas conversaciones silentes y eternas con sus ojos caoba. Sin aquella mirada severa que le dedicaba cada vez que proponía algo "descabellado" y aquella manera en que fruncía levemente la frente en signo de su desacuerdo.

Habían sido cinco años… mil ochocientos treintainueve días exactos de su ausencia. Años que se le habían pasado como eternidades. Y teniéndola enfrente resultaba imposible pensar en volver a marcharse de su lado… en volver a permitir que ella se marchara de su lado.

No. Porque Riza Hawkeye pertenecía –y siempre había sido de aquel modo– junto a él.

Ella, por su parte, no hacía más que intentar sosegarse. Necesitaba aquella claridad y aquella calma que siempre reservaba para momentos como aquel, pero que parecía esfumarse sólo de tener aquella mirada negra enfrente.

Concentrarse, eso era. Concentrarse en la racionalidad y aferrarse a ella con todas sus fuerzas, sin flaquear, como lo hacía siempre que se trataba de él. Ella era Riza Hawkeye, podía mantenerse colecta y dejar de soñar cosas imposibles.

Tenía que aclararse sin dejarse amedrentar por aquellos ojos y priorizar qué era lo más importante en esos momentos. Y eso era y siempre había sido la niña que recién se había marchado hacia la escuela unos minutos atrás. No la sacrificaría a ella ni a su seguridad por nada ni por nadie. Incluso si se trataba de él.

Pero se hacía muy difícil mantenerse firme teniendo aquel par de obsidianas frente a frente, mirándole ardientes y llameantes, jurando, como siempre, victoria.

—Entonces planea quedarse— dijo ella sin dejar de observarlo con atención.

Roy tampoco rehuyó su mirada. Aquella no había sido una pregunta —Así es, teniente— respondió él, mirándola directo a los ojos.

Riza sospesó lo que eso podría significar.

Soltó un suspiro casi inaudible y señaló inexpresivamente —No es lo más prudente que puede hacer en estos momentos, General.

El pelinegro contestó con gallardía —Por eso le estoy sugiriendo que se apresure a tomar una decisión.

Ella lo miró enarcando una ceja —Y usted debería saber que no logrará presionarme de esa manera— advirtió con mordacidad.

Roy se encogió de hombros —No, Hawkeye. No pretendo presionarte. Deberías saberlo a estas alturas.

La rubia calló sin dejar de contemplarlo.

Lo sabía de todos modos. Roy Mustang no era un hombre que hablara en vano, ni que hiciera uso de la presión verbal. Mucho menos tratándose de ella. Riza Hawkeye estaba consciente que su advertencia era sincera. Y ella lo sabía: mientras más rápido tomase una decisión sería más conveniente.

La mente de la joven se detuvo ahí mismo.

¿Decisión? ¿En verdad aquello era realmente una situación opcional?

No en realidad.Y ella lo sabía. Tratándose de él jamás lo era.

Porque Roy Mustang tenía algo en esos ojos negros que provocaban que hicieras lo que él deseara. Algo que tenía especial efecto en ella.

O tal vez simplemente era la mala costumbre de Riza de sucumbir ante sus caprichos.

Lo cierto era que, de alguna manera una vocecilla en su interior le decía a gritos que era mejor no resistirse demasiado; que de todos modos y como siempre él la tenía ganada tratándose de su voluntad.

Pero ella debía ser más firme que eso. Así que optó por ignorar las advertencias de una mente sabia y plagada de experiencia.

Y él, por otro lado no dejaba de mirarla.

Hermosa, tal como la recordaba en sus sueños.

Sí. Riza Hawkeye era –al menos ante los ojos de él– condenadamente perfecta.

Todo en ella era una obra de arte compleja y sublime: la manera en que su cabello relucía pálidamente a la luz solar que se filtraba de las ventanas, o sus ojos redondos y brillantes, del color de la caoba, que le dejaban entrever una parte de su impenetrable corazón. –una parte a la que, se enorgullecía saber, sólo él había tenido acceso–

Tal vez era su piel lisa, blanca, suave y firme con la que sus manos deliraban noche tras noche desde su partida, o su voz inquebrantable pero aterciopelada que resonaba cálidamente por sus oídos, a través de los recuerdos y de los años.

Cada pequeño rasgo, cada imperceptible línea de su cuerpo eran razones suficientes para anhelarla de la manera en que lo hacía.

Y la observaba y lo hacía una vez más, preguntándose de dónde había sacado fuerzas para sobrevivir sin ella, recordando los últimos cinco patéticos y vacíos años de su existencia.

Imposible.

El ya no estaba dispuesto a más calvario. Aquel tiempo había sido más que suficiente para comprenderlo. Estaba así de claro: Roy Mustang no sabía vivir sin Riza Hawkeye y no estaba dispuesto a aprender.

— ¿Por qué? — fue lo único que los labios del alquimista lograron pronunciar, irrumpiendo de repente en el silencio.

Ella abrió ligeramente los ojos ante la pregunta, y luego retomó aquella expresión colecta que siempre poseía.

Evidentemente sabía a qué se refería su ex superior.

Simplemente se limitó a suspirar —Ya se lo expliqué, General— respondió con voz monótona —No encontré otra solución.

Roy apretó los puños y la miró, con ojos llameantes —Pudo haber sido de otra forma… Yo hubiera encontrado la manera…

—Lo sé— interrumpió ella —Pero no quería ser la causa de su fracaso. Además siempre fui consciente que no quería una familia, y un bebé en ese preciso momento hubiese significado un gran obstáculo en su carrera militar, General…

— ¿Mi carrera militar? — Inquirió él, de una manera casi violenta, mirándola con incredulidad.

¿Acaso aquello era en serio?, pensó él ¿Esa era la gran razón por la que lo había abandonado y separado de Elizabeth?

— ¿Mi carrera militar? — Repitió, sin ser consciente de cómo aumentaba su voz un par de decibeles — ¡¿Crees que mi maldita carrera militar importaba?! — Intentó tomar aire para continuar sin que le fallara la voz —Te fuiste— exclamó, casi a tono de reproche — ¿Tienes idea de cómo fueron estos años? Pasé todo este tiempo pensando que… que tú…— calló.

No tuvo el coraje suficiente para admitirlo. Para admitir como le quemaba el sólo imaginar que pudiera estar con otro.

Ella tampoco dijo nada. No hacía falta de todos modos. Siempre supo que él había pensado eso.

—Pensé que te había perdido— admitió él finalmente, entre dientes, mandíbula prieta, al igual que los puños, a tal grado que dejó sus nudillos completamente blancos, con la vista ahora fija en la mesa y el gesto crispado —Me dejaste creer que te habías ido con… otro para marcharte y huir con… con nuestra hija— le reprochó, encarándola nuevamente, con cierta dificultad al pronunciar la última parte de la oración.

Riza se limitó a observarlo con gesto inescrutable.

Sabía que él tenía razón esta vez. Pero estaba convencida de que, por otro lado, había hecho lo más prudente.

—Elizabeth se convirtió en mi prioridad desde el momento que supe de su existencia— comenzó a explicar ella, con voz firme, como siempre —Y, por un lado no quería faltar a mi promesa, pero sabía que el quedarme representaría un gran problema, tanto para usted, como para el bebé. Por eso recurrí a Su Excelencia y le expliqué lo que estaba pasando.

Roy la escuchaba atentamente, intentando ligar todas y cada una de las palabras en su desastrosa mente.

La mujer prosiguió—No quería dar demasiadas explicaciones sobre mi renuncia, y es obvio que el que usted se enterara nunca fue mi intención— inhaló hondo —Lo hice por su bien, y por el esfuerzo que ambos hicimos para llegar tan lejos… pero también lo hice por el bien de mi bebé. No quería exponerlo… exponerla a ese mundo tan lleno de tensión y de enemistad. No quería que se convirtiera en un daño colateral.

El hombre la observaba, aún inmerso en lo que ella acababa de decir.

Sí. Como siempre, ella tenía razón, al menos en esa parte.

Pero no en lo demás.

—Aún así— replicó él —Debiste decírmelo. Hubiéramos encontrado la manera de solucionarlo juntos. No tenías por qué marcharte así. No tenías por que irte con ella. Yo hubiera encontrado una manera de protegerla. Lo sabes— su tono de voz se elevaba, pero se quebraba.

No sabía cómo sentirse. No sabía que pensar. Lo único que sabía era que había sido injusto. Que él tenía derecho a haber estado ahí.

—Tal vez— concedió ella, lo más firmemente que su voz le permitió, aún cuando sabía que él estaba en lo cierto… aún cuando después de tanto tiempo ella sabía las verdaderas razones de lo que había hecho. Razones que ella jamás admitiría en voz alta, mucho menos frente a él. —Pero ya no vale la pena lamentarse por lo que no sucedió en el pasado.

Él suspiró, intentando sosegarse.

En efecto, ya no tenía sentido andarse con lamentaciones. Las cosas se habían dado de la manera en que lo hicieron, y por mucho que así lo deseara, era imposible remediarlo.

—Tienes razón— dijo en un suspiro —Ya no importa el pasado, ése ya no podemos cambiarlo. Pero el futuro sí, Hawkeye. Y por eso estoy aquí.

Riza suspiró, sintiendo como un escalofrío le recorría la espalda —Señor, por favor— intentó –estérilmente, sabía– persuadirlo ella —Tiene que entrar en razón…

—Estoy en mis cinco sentidos, eso te lo aseguro— la cortó él, mirándola completamente decidido a no escuchar otra de sus excusas.

La rubia sintió un retortijón en el estómago.

¿Podría negarse eternamente? Cada vez parecía más y más difícil. Aún así jugaría todas sus cartas.

—Entonces sigue esperando que dejemos todo aquí y nos vayamos con usted— repuso ella, con tono desaprobatorio, cruzando los brazos sobre sus pechos.

—Espero recuperar lo que es mío— replicó él, devolviéndole la mirada.

—Muy bien— dijo ella, suspirando con serenidad —Supongamos que acepto la idea y Elizabeth y yo nos marchamos con usted ¿Qué pasará después? ¿Cuál es su plan? — inquirió, sabiendo de antemano la respuesta.

Roy entreabrió los labios para decir algo pero no logró articularlo.

Si era sincero, en realidad, no tenía idea de qué sería lo que haría después de recuperarlas. Frunció el ceño y refunfuñó, cruzando los brazos y desviando la mirada.

Riza suspiró, resignada —Eso fue lo que pensé— murmuró.

El hombre volvió a dirigir sus negros ojos a los de ella —Ya pensaré en algo— replicó.

Ella lo miró con aquella severidad en sus ojos —No voy a arriesgar a Elizabeth sin un plan. Usted no tiene uno, por lo tanto la decisión ya ha sido tomada.

Roy se sintió impotente.

Debió haber ideado un condenado plan antes de presentarse ante ella. Una idea, al menos de qué sería lo que pasaría. Pero siempre ansioso, de nuevo lo había arruinado.

—Idearé uno— se apresuró a asegurar él.

—Hasta entonces, General— respondió ella, con firmeza —Hasta que lo haya concretado Elizabeth no se moverá de aquí.

El hombre apretó la mandíbula sintiéndose como un tonto ¿Cómo era posible que un hombre que algunos años atrás había planeado, desarrollado y ejecutado exitosamente un golpe de Estado, ahora se viera incapaz de idear un plan para recuperar a su mejor soldado y a su hija?

Irónico.

Pero no se rendiría.

Él era Roy Mustang, el alquimista de la flama, el próximo líder del país. Había podido combatir homúnculos, había podido regresar de la Puerta de la Verdad. Sin duda lograría recuperarlas a los dos y no salir afectado.

—En ese caso, me quedaré en Ciudad del Este hasta que eso haya sucedido— replicó con su característica arrogancia.

Ella lo miró sin expresión alguna, pensando en lo condenadamente necio que podía llegar a ser.

Pero ya no había remedio, él siempre había sido así. Tal vez era precisamente esa necedad la que los tenía en aquella situación: su necedad por entrar en la muralla que Riza Hawkeye había creado siendo apenas una niña. Su necedad por querer tenerlo todo y su necedad por abrir puertas prohibidas…

—General Mustang, me temo que está siendo impulsivo una vez más— replicó ella —Tuve mis razones para marcharme, y no puedo permitir que usted se arruine de esta manera…

—Y yo tengo mis razones para quedarme, teniente. Dos muy buenas razones.

Ella lo observó, sin saber muy bien qué contestar. Aún así, habló —Parece que no importa lo que haga usted seguirá con esto ¿no es así? — inquirió por lo bajo, suspirando resignadamente.

—Está usted en lo correcto, como de costumbre— aseguró él con una sonrisa arrogante.

Días, semanas, meses, años. Lo que fuera necesario. Pero se quedaría en esa maldita ciudad hasta recuperar el tiempo perdido con ella y con la pequeñita de los ojos negros, incluso si arriesgaba su condenada carrera militar.

Al menos aquellas eran dos excelentes razones para arruinarlo todo.


Bueno, pues espero les haya gustado. En caso de no haber sido así, por favor, yo acepto todo tipo de opiniones, me hacen muy bien ¿Qué les ha parecido este capítulo? ¿Qué creen que sucederá a partir de ahora? Si creen que estoy equivocándome, díganme, por favor.
Y bueno, si cometí algún error de redacción, o gramática, lo siento.
Espero sus comentarios.
Sayonara! n_n