Capítulo 12. Débil.

Cuando León salió de la tienda de animales camino a su departamento Chris, T-Chan, Ten-Chan y Pon-Chan recogían los platos del desayuno mientras D entraba a la habitación de Holon llevado consigo un gran plato de carne cruda; Q-Chan por su parte se mantenía muy cerca de su nieto pero sin llegar a posarse en su hombro, pues el olor del detective le impregnaba completamente la piel. Lo que siguió fue asegurarse de que las "jaulas" de los animales estuviesen limpias y después de eso D se consideró preparado para abrir la tienda; sin embargo, un momento antes de levantar el letrero de "cerrado" el teléfono comenzó a sonar.

El Conde D miró al aparato con extrañeza: hoy no había sentido la ruptura de ningún contrato y dado que León acababa de irse era demasiado temprano como para que llamara de vuelta… sobre todo porque debía pasar a su departamento a cambiarse de ropa y comprobar sobre Killy antes de ir a la oficina.

A la tercera insistencia del aparato D levantó la bocina y jugó con su mejor voz:

-Muy buenos días, habla usted a la tienda de mascotas del Conde D ¿en qué podemos servirle?

-¿Conde D? hola… soy Tina Stabler ¿me recuerda?

-Ah, la señorita Stabler que hace unos meses nos compró un bello loro australiano ¿no es así?

-Sí.

Algo no le gustaba a D, Linda se escuchaba asustada y dado que el loro que compró no era una de sus mascotas "especiales" ese miedo en su voz no tenía una razón de ser.

-¿En qué puedo ayudarla?

-Conde yo… "Gema" ha estado muy rara en los últimos días: casi no ha comido y apenas y emite cualquier sonido. El veterinario la revisó pero dice que no tiene nada y yo estoy preocupada. Conde, sé que esto es mucho pedir pero ¿cree usted que podría venir a mi casa y echarle un vistazo? Es que yo…

-No se preocupe señorita Stabler, estaré ahí en media hora. Tal vez a mí la pequeña Gema pueda decirme lo que le sucede.

-Muchísimas gracias Conde. Lo espero entonces… y, por favor dese prisa.

-Hasta la vista, señorita Stabler.

En cuanto colgó el teléfono D frunció los labios. ¿Qué es lo que tendría la pobre Gema? Tuvo que suspirar porque bueno, era obvio que había cosas con las que los incompetentes veterinarios humanos no podían lidiar y era el colmo que él tuviera que desplazarse desde la tienda para poder ayudar decentemente a sus queridas mascotas.

-Conde – lo llamó Chris - ¿qué es lo que pasa?

-No pasa nada Christopher. Hay una mascota que se siente mal y voy a ir a casa de su dueño a revisarla – una idea repentina cruzó por su mente – ¿quieres venir conmigo?

-¡Quiu! – Q-Chan protestó al escuchar a su nieto invitar al niño pero el kami más joven lo ignoró.

-¡Sí!

-Perfecto, entonces cámbiate de ropa. La presentación es algo muy importante y no puedo permitir que un representante de la tienda de mi abuelo carezca de formalidad.

-¡Quiu! – la protesta volvió a ser ignorada.

-¡Entendido Conde!

Christopher corrió a su habitación buscando sin duda alguna cumplir con las instrucciones de D y el nieto del Conde no pudo ante eso sino sonreír discreta pero sinceramente. Oh ¿qué es lo que tenían los hermanos Orcot que últimamente le hacían querer salir a toda costa de sus rutinas habituales? Si se tratase de ir a recuperar a la mascota de un contrato roto D jamás expondría al pequeño a lo que sin duda sería un espectáculo terrible, pero tratándose de una revisión a la bella "Gema" D simplemente pensó que al pequeño le haría bien salir de la tienda de vez en cuando a sitios diferentes que el departamento de León o el centro comercial, y siendo honestos que si algo caracterizaba a Tina Stabler era su amabilidad, buen trato con los visitantes y amor nato por los niños.

Si tomaba un tiempo para reflexionarlo la verdad es que D en el pasado jamás habría aceptado la responsabilidad sobre el cuidado de un ser humano – sin importar que se tratase de un cachorro –, pero ahora estaba más que feliz de involucrarse activamente en el cuidado del pequeño Christopher y también consideraba agradable la tarea de ver "discretamente" por León.

La llegada a su vida de los hermanos Orcot había alterado muchas más cosas de las que originalmente habría pensado; por ejemplo, D nunca había sido una persona de la mañana y era por eso que muchas de las mejores golosinas debía conseguirlas a través de la venta de sus mascotas. Ese era siempre un buen trato: un cliente obtenía una mascota especial (además de una buena lección) y D podía a cambio disfrutar de las golosinas que se le antojasen.

Con León D nunca estaba seguro de lo que iba a probar en el día, pues el detective podía llegar lo mismo con una caja de chocolates que con delicioso pastel de frutas ácidas bañadas en azúcar. Sin embargo la mejor parte de todo era siempre la compañía, porque a diferencia de casi todos los animales que vivían en la tienda, la relación que existía entre D y León había sido siempre de iguales, sin subordinaciones ni intentos vacíos de alago; porque honestamente D no había tenido una relación así antes de León: si estaba con su abuelo el Conde sabía que no podía responder al mayor y más sabio sin importar que no concordase con sus opiniones, y si de los animales se trataba entonces era rara la ocasión que alguno de ellos se atrevía a hablar de modo directo con el kami porque bien o mal lo reconocían como su maestro y tenían por él el mismo respeto titubeante que sentía él por su abuelo… Q-Chan era en cierto modo una excepción a esto pero cuando el pequeño conejo alado hablaba era siempre cuando decía las cosas en nombre del Conde D y entonces no era diferente a estar con el abuelo.

León, con sus formas irreverentes, su carácter impredecible y su falta de modales, le había inspirado disgusto inicialmente, pero conforme llegaron a conocerse y a profundizar en sus respectivos caracteres, entonces D reconoció la sinceridad de León y supo por primera vez lo que se sentía tratar con alguien que no tenía miedo de decir que no estaba de acuerdo con sus opiniones o con su forma de hacer las cosas.

En retrospectiva, de todos los representantes de la ley imperante que había llegado alguna vez a su tienda León era el único que de algún modo le había sabido orillar a cuestionarse a sí mismo y a aceptar abrir verdadera y sinceramente las puertas de su tienda – su hogar – a los seres humanos, aún si Chris y León era los únicos humanos a los que este favor se hacía extensivo.

-Conde ¿está todo bien?

El kami salió de sus reflexiones para hablar precisamente con el hermano pequeño de su León.

-Todo está bien Christopher. ¿Ya estás listo?

-Sí – el niño señaló hacia la ropa de vestir que traía puesta (el único conjunto de ese tipo en su armario) y miró a D expectante por su aprobación.

-Bueno, reconozco que te ves muy bien así pero debo recordar conseguirte algo de "ropa de negocios" para futuras ocasiones. Vámonos.

Cuando D se acercó al niño y tomó su mano Q-Chan soltó un chillido indignado y voló hacia una de las perchas al fondo de la sala.

-¿Q-Chan?

-¡Quiu!

-Mmm… lo siento Christopher, parece ser que nuestro pequeño Q-Chan no ha amanecido con el mejor humor el día de hoy. Tal vez lo mejor sea que tú y yo nos adelantemos y tal vez él quiera alcanzarnos en el camino.

¡Por supuesto que no! – Recalcó en su mente el Conde D - ¡Primero dejas a tu amante humano pasar la noche en mi tienda! ¡Ahora decides llevar al chiquillo a visitar a los clientes! ¿Qué es lo que sigue? ¿Ahora vas a traer a vivir aquí al par de rubios y vas a restregarlos en mi cara hasta obligarme a revelar mi verdadera forma?... ¡No! Todavía no. Mi nieto, esperaba que fueras más… prudente al tomar decisiones pero voy a darte otra oportunidad. Te he criado bien y estoy seguro de que una vez que se te pase el encaprichamiento con el humano volverás al camino correcto. Pero hasta entonces – observó a su nieto salir llevando de la mano al rubiecito – no voy a segundar tus tonterías.

En tanto, el más joven kami – totalmente ignorante de los pensamientos y la verdadera identidad de su mascota – llevó al niño en un corto paseo de veinte minutos a la casa de Tina Stabler.

A diferencia de mucha otra gente en Los Ángeles la señorita Stabler vivía en una casa grande y de casi cien años de antigüedad, esto por supuesto, gracias a la herencia de su amada abuela.

¿Qué más había que decir? Bueno, ella era una mujer amable y gentil e inclusive se podría asegurar que de buen corazón; era una chica solitaria porque sus ideas emboaban poco con la gente a su alrededor y porque tenía una ligera tendencia al carácter depresivo, pero no era algo tan grave como para orillarla al aislamiento total.

D al llegar a casa de Tina no se sorprendió de que hubiese un gran desastre en el jardín – Tina era una mujer descuidada – y de ahí que no prestó ni le menor atención a todos aquellos pequeños detalles que León inmediatamente habría identificado como "evidencias de lucha". Así, sin sospechar lo que les esperaba, el kami y el niño atravesaron rápidamente todo el patio principal hasta pararse justo delante de la puerta principal de la casa de Tina.

D tocó con despreocupación.

-¿Conde D? – la voz salió tensa y la puerta no se abrió.

-Señorita Stabler ¡muy buenos días! ¡Ya estoy aquí!

-Conde… ¡Pase! Lo siento, tengo las manos ocupadas pero la puerta está abierta.

-Señorita Stabler…

-¡Está bien! ¡Sólo tardaré un minuto! Póngase cómodo por favor.

D comenzó a sentir en la boca del estómago una sensación incómoda, pero ya que Tina era una mujer completamente inofensiva atribuyó esa sensación a algo más y entró en la estancia con el pequeño Chris…

Le bastaron un par de pasos para saber que las cosas no estaban bien: todo el lugar olía a cloro y limpia-pisos cítrico, en las esquinas había charolas con incienso quemándose y de la cocina llegaba una especie de olor a picante que hizo al sensible sentido del olfato del kami quejarse de disgusto.

-¡Conde D!

Desde que la voz de Tina Stabler sonó con auténtico terror el primer instinto de D fue sacar a Christopher de esa casa antes de poder intervenir, sin embargo, por una vez fue tomado por sorpresa y al tratar de retroceder la alfombra bajo sus pies se deslizó haciendo que el kami se desestabilizara y el niño perdiera el equilibrio cayendo de sentón sobre el suelo duro.

-Conde…

D no alcanzó a reaccionar cuando dos hombres salieron del ropero que estaba en el pasillo y derramaron sobre ellos – especialmente sobre D – una sustancia roja y espesa que tenía el desagradable aroma de la sangre.

Aunque D – a diferencia de muchos de sus animales – no gustaba de la vista, el olor o el sabor de la sangre, esta sangre en especial tenía algo que le hizo sentir asfixiado y débil. La "voz" de Christopher se escuchó entonces y fue lo único que oblig luchar contra la bruma.

-…de.

D sabía que físicamente no estaba herido, pero la sangre quemaba en su piel como si fuese ácido y perforaba por sus fosas nasales hasta llegar a invadir los pulmones convirtiendo cada respiración en dolorosa.

-Conde D.

Por lo general D reconocería que había sido emboscado y esperaría lo siguiente, pero la conciencia de que Chris estaba a su lado lo obligó a luchar y cuando sintió la mano del pequeño en su rostro el tacto finalmente fue capaz de abrir los ojos… por supuesto, fue recibido por la imagen borrosa de Christopher llorando mientras trataba de limpiarle la sangre del rostro.

-Christopher…

-Conde D ¡Por favor levántate!

-Chris…

Con un grito ahogado la imagen del chico fue remplazada por un hombre de pelo canoso, características duras y mirada cruel que observaba al kami disfrutando indiscutiblemente de su estado vulnerable.

-Conde D – una voz femenina se escuchó y D sólo alcanzó a moverse un poco para enfocar en sus ojos a la chica canosa que, en compañía de los hombres que le habían arrojado la sangre, estaba parada al final del pasillo… D gimió porque uno de estos hombres sujetaba a Chris con rudeza.

-Chris…

-¿No me recuerdas, Conde D? – La muchacha se plantó entre él y el pequeño – Soy Ángela Davison, la hija de Ángel Davison ¿recuerda a Ángel Davison, Conde?

-¿Ángel Davison? – ese nombre no le sonaba a D.

-Hace quince años usted le vendió una tortuga carnívora que lo devoró ¿va a negarlo?

-Yo no…

-¡No mienta Conde!

Prácticamente escupiendo a D la mujer arrojó sobre él un papel; al notar que el kami estaba demasiado débil incluso para leer la mujer levantó el contrato y comenzó a leer en voz alta:

SER EN CONTRATO: Tortuga de seis patas.

Al adquirir del Conde D la antes mencionada criatura el comprador queda obligado a respetar los siguientes términos: 1) No mostrársela a nadie. 2) Alimentarla con carne fresca todas las mañana y con plantas verdes por la noche. 3) Jamás quedarse dormido en su presencia.

En caso de no cumplir con los términos de este contrato, el vendedor no se hace responsable por las consecuencias.

NOMBRE Y FIRMA DEL COMPRADOR: Ángel R. Davison.

-Sin embargo Conde D – continuo la mujer –, en este contrato no decía que la tortuga tenía la maña de escapar de su habitación e ir a otras habitaciones. De haberlo sabido mi padre jamás habría dejado la puerta de su habitación abierta pero… - la voz de Ángela se cortó con lágrimas mientras el hombre que sostenía a Chris lo sujetaba con más fuerza haciéndole daño.

-Los contratos… yo no…

-¡No mientas D! – Bramó el hombre frente al kami con un marcado acento alemán – ¡No te he perseguido por medio mundo para que ahora tenga que escuchar tus mentiras!

Después de eso el kami recibió un fuerte puntapié que le hizo sentir como si desgarraran sus entrañas.

-¡Conde!

Oh vaya, tal vez no era posible, pero en realidad lo que más le preocupaba – aún en ese terrible momento – era el llanto de Chris.

-¡Niño estúpido! – Bramó uno de los hombres - ¡Deja de llorar! – su mano entonces quiso apuntar un arma de fuego contra el niño, pero sorpresivamente D sacó fuerza de flaqueza para arrastrarse rápidamente y capturar su pie logrando no sólo impedir el movimiento contra el pequeño, sino además enterrar las uñas tan profundo que el tipo chilló de dolor al tiempo que el arma se disparaba hacia un punto muerto de la casa.

-¡Maldito!

Esta vez el kami no supo de donde llegaba el ruido, ya que algo fuerte y duro hecho de madera impactó contra su cabeza.

-¿Conde D?

Chris observó la figura desvanecida del nieto del Conde en el piso a través de sus lágrimas y, más que eso, observó con un pánico que antes no había conocido a todos los adultos que estaban en la habitación. Cuando el kami no le respondió el niño forcejeó entre los brazos del hombre que lo sostenía pero el agarre era demasiado fuerte como para inmutarse por los débiles empujes del chiquillo.

-Erick ¿qué es lo que vamos a hacer con este niño? – preguntó ahora dicho hombre dirigiéndose al de acento alemán.

-Ni siquiera sabemos si es un niño o no – respondió este fijando duramente sus ojos en Chris - ¿recuerdan las historias que oímos sobre las mascotas "humanas" del Conde D? a lo que sabemos este chico puede no ser más que una de esas mascotas exóticas que el kami tiene en su tienda y si ese es el caso entonces lo mejor que podemos hacer es matarlo ahora antes que decida hacer algo para asesinarnos.

-Pero… - el hombre que había golpeado a D intentó protestar.

-Calla Erick, todos aquí decidimos llegar hasta las últimas consecuencias así que ahora no quieras echarte para atrás.

Como para dar credibilidad a sus palabras el hombre sacó un arma de entre sus ropas y apuntó a Chris… enseguida un disparo se escuchó y el cuerpo del niño tocó es suelo.